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Full text of "Silvina Ocampo. Cuentos Completos 1"

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EMECE EDITORES 
PRIMERA EDICIÓN - BUENOS AIRES 1999 



Silvina Ocampo (1903-1993) nació en Buenos Aires. Desde joven estudió 
dibujo y pintura; uno de sus maestros fue Giorgio De Cliirico. Publicó por 
primera vez en 1937 (Viaje olvidado). En 1940 se casa con Adolfo Bioy Ca- 
sares y ese mismo año compila con éste y con Borges una Antología de la 
literatura fantástica. Sus poemas y cuentos aparecieron en la revista Sur 
que dirigía su hermana Victoria. Entre más de veinte obras publicadas vale 
recordar: Enumeración de la patria (poemas), Los que aman, odian (novela 
policial en colaboración con Bioy, Emecé, 1945) y Los traidores (teatro, en 
colaboración con J. R. Wilcock). Recibió el Premio Municipal de Poesía y el 
Primer Premio Nacional de Poesía. Realizó numerosas traducciones del in- 
glés y el francés y, a su vez, fue traducida a varios idiomas. 

*** 

"Como el Dios del primer versículo de la Biblia, cada escritor crea un mun- 
do. Esa creación, a diferencia de la divina, no es ex nibilo; surge de la me- 
moria, del olvido que es parte de la memoria, de la literatura anterior, de 
los hábitos de un lenguaje y, esencialmente, de la imaginación y de la pa- 
sión. [...] Silvina Ocampo nos propone una realidad en la que conviven lo 
quimérico y lo casero, la crueldad minuciosa de los niños y la recatada ter- 
nura, la hamaca paraguaya de una quinta y la mitología. [...] Le importan 
los colores, los matices, las formas, lo convexo, lo cóncavo, los metales, lo 
áspero, lo pulido, lo opaco, lo traslúcido, las piedras, las plantas, los anima- 
les, el sabor peculiar de cada hora y de cada estación, la música, la no me- 
nos misteriosa poesía y el peso de las almas, de que habla Hugo. De las pa- 
labras que podrían definirla, la más precisa, creo, es genial. " 
Jorge Luis Borges 

*** 

"Los personajes de Silvina Ocampo callan con gusto [...] y cuando escriben, 
es para crear otra oscuridad, para tramar una impostura; más aún: para 
confirmar el carácter de impostura de todo lo demás. Pero si la escritura 
aporta más sombra que luz, es justamente por la conciencia que ella tiene 
de esta sombra que cumple con su misión reveladora. [...] La fuerza de es- 
ta ferocidad sutil reside en su tranquilidad y su impasibilidad mismas, idén- 
ticas a las de los niños, al punto de no excluir una mirada limpia y una son- 
risa ligera. Una ferocidad que jamás se separa de la inocencia: inocencia 
máscara de la ferocidad, o ferocidad máscara de la inocencia. [...] hay un 



mundo femenino en el cual Silvina Ocampo se desenvuelve como en un 
continente oculto, un laberinto de prisiones individuales que rodea y condi- 
ciona todo lo que parece simple y evidente en las relaciones humanas, pri- 
siones que el egoísmo edifica alrededor de nosotros mismos. 
Italo Calvino 

ÍNDICE 

Cielo de claraboyas 

Esperanza en Flores 

El vestido verde aceituna 

El Remanso 

El caballo muerto 

La enemistad de las cosas 

Eladio Rada y la casa dormida 

El pasaporte perdido 

Florindo Flodiola 

El retrato mal hecho 

Paisaje de trapecios 

Las dos casas de Olivos 

Los funámbulos 

La siesta en el cedro 

La cabeza pegada al vidrio 

El corredor ancho de sol 

Nocturno 

Extraña visita 

La calle Sarandí 

El vendedor de estatuas 

Día de Santo 

Diorama 

El Pabellón de los Lagos 
El mar 

Viaje olvidado 

La familia Linio Milagro 

Los Pies Desnudos 

La casa de los tranvías 

Epitafio romano 

La red 

El impostor 

Fragmentos del libro invisible 
Autobiografía de Irene 
La liebre dorada 



La continuación 

El mal 

El vástaqo 

La casa de azúcar 

La casa de los relojes 

Mimoso 

El cuaderno 

La sibila 

El sótano 

Las fotografías 

Maqush 

La propiedad 

Los objetos 

Nosotros 

La furia 

Carta perdida en un cajón 

El verdugo 

Azabache 

La última tarde 

El vestido de terciopelo 

Los sueños de Leopoldina 

Las ondas 

La boda 

La paciente y el médico 
Voz en el teléfono 
El castigo 
La oración 
La creación 
El asco 

El goce y la penitencia 
Los amigos 

Informe del Cielo y del Infierno 

La raza inextinguible 

Tales eran sus rostros 

La hija del toro 

Éxodo 

Carta bajo la cama 
La revelación 
Amelia Cicuta 
El almacén negro 
La escalera 
La boda 



El progreso de la ciencia 

Visiones 

El lecho 

Anillo de humo 

Fuera de las jaulas 

Isis 

La venganza 

El novio de Sibila 

El Moro 

El siniestro del Ecuador 
El médico encantador 
El incesto A Juana Ivulich 
La cara en la palma 
Los amantes 
Las termas de Tirte 
La peluca 
La expiación 
El fantasma 

La gallina de membrillo 

Celestina 

Icera 

El crimen perfecto 

El lazo 

Amor 

El pecado mortal 

Rhadamanthos 

El hórreo 

El árbol grabado 

Carta de despedida 

La pluma mágica 

El diario de Porfiria Bernal 

El diario de Porfiria 

Las invitadas 

La piedra 

Los mastines del templo de Adrano 



Cielo de claraboyas 



La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro 
negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desen- 
volverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor. 
Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. 
Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa miste- 
riosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies au- 
reolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos 
dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a tra- 
vés del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies 
grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con 
ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el 
mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban in- 
cesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De 
tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de 
abajo y se acallaban contra la alfombra. 

Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, 
que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de 
las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban 
chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de 
palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes 
como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, 
salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso 
para que se durmiera,) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera 
disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institu- 
triz perversa. Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba 
"¡Celestina, Celestina!", haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. 
Y después que el llanto disminuyó despacito... aparecieron dos piecitos des- 
nudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos 
de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su 
camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La 
voz de los pies embotinados crecía: "iCelestina, Celestina!". Las risas le 
contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos 
saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una 
caja de música con una muñeca encima. 

Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordo- 
nes que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas 
de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron 
de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de 
los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un 



mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda ne- 
gra, y brotaban gritos de pelo tironeado. 

El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie 
de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra 
gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: "iVoy a matarte!". Y como un 
trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al 
suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, 
en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico 
golpeado. 

Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una ca- 
beza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se 
agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas 
gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. 
Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado 
al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del 
día anterior. 

La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: "iCelestina, Celesti- 
na!", y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda. 
Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se 
transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de 
colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y 
la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el 
vidrio. 

Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de 
los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un ves- 
tido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles. 

Esperanza en Flores 

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, era ya muy tarde. La lámpara de kerosene 
chistaba a la noche, aquietándola como una madre a un hijo que no quiere 
dormirse, y Esperanza se quedaba desvelada a las doce de la noche, des- 
pués de haber pasado el día durmiéndose en los rincones. Uno, dos, tres, 
cuatro, cinco habían sido los caballos negros atados al coche fúnebre que 
llevaron a su marido cubierto de flores hasta la Chacarita, y desde ese día 
abundaban las visitas en la casa. Sus amigas la habían querido llevar a pa- 
sear un domingo porque estaba pálida. Uno, dos, tres, Esperanza se había 
hecho rogar, y después por fin había salido hasta la plaza de Flores y allí se 
había sentado en un banco con dos señoras vecinas, hermanas del almace- 
nero. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, un hombre detrás de un árbol desabro- 
chaba su pantalón y Esperanza miraba el cielo a través de las ramas. "Es- 
peranza, no podés seguir así. Esperanza, no podés seguir así, te vas a en- 



fermar. Hay que conformarse al destino", le decían sus amigas. 
Uno, dos, tres, alguien golpeaba la puerta de entrada. Esperanza estaba en 
el punto liso de su tejido y dijo: "¿Quién es?". Florián entró despacito con 
los ojos dormidos "¿Florián a estas horas?" Florián dormía en la cama de su 
hermana, no hacía ni media hora, cuando la madre lo despertó sacándolo a 
tirones: había visitas y no alcanzaban las camas. 

Salvo los domingos y días de fiesta era siempre de noche cuando llegaban 
las visitas: a esa hora la radio tocaba una música que las atraía, sin duda. 
Esperanza no conocía de esa casa más que a Florián. Los chismes de las 
vecinas caían sobre las hermanas y las madres, que tenían todas ondula- 
ciones permanente (¿croquiñol o permanente al aceite?; una seria discusión 
se había establecido entre las hermanas del almacenero), tenían todas bar- 
niz en las uñas y no pagaban al panadero. Florián se hacía la rabona y pe- 
día limosna en la calle, desviando un ojo. Pero, casi siempre, con su cara 
original de ángel, ganaba más limosnas que con su ojo perdido. Esperanza 
no sabía ese tejemaneje, creía en la virtud azul de los ojos de Florián, en 
sus diez años, en su timidez, en su voz quejosa ejercitada en pedir limos- 
nas. No hubiera admitido ni siquiera el sufrimiento o el hambre de un chico 
que se hace la rabona pidiendo limosna con un ojo voluntariamente tuerto. 
Hubiera visto a ese chico desmenuzarse debajo de un ómnibus, morirse de 
hambre en una esquina, suicidarse con un cuchillo sucio de cocina: no hu- 
biera dado un paso por salvarlo. Sólo la virtud inocente de los ojos de Flo- 
rián, igual a los ojos de un Niño Jesús, le ganaba el corazón, hasta hacerlo 
sentar a veces sobre sus escasas faldas a las doce de la noche cuando es- 
taba sola. Entonces, creyendo salvarlo de su familia, le enseñaba oraciones 
que venían escritas detrás de las estampas, con veinte, cuarenta, cincuenta 
días de indulgencias. 

El sueño ponía sus manos santas sobre los ojos de Florián, mientras conta- 
ba todo lo que había trabajado en la casa aquel día. Había ayudado a Leo- 
nor a barrer el cuarto. Leonor tenía que planchar un camisón nuevo, tenía 
que arreglar las flores de papel en el florero de su cuarto sobre una carpeta 
de macramé. Y él había tenido que limpiar el excusado, había tenido que 
pelar las papas, limpiar todas las verduras para el almuerzo. 
"iPobre angelito!" -suspiraba Esperanza-. Después había llegado tarde al 
colegio por culpa de su hermana; la maestra le había pegado con un látigo 
que tenía escondido en un cajón del pupitre. Le había dicho que no quería 
recibir ningún vago en la escuela, ningún muerto de hambre, ningún hijo de 
puta. Esperanza levantó sus anchos brazos sacudidos de espanto: "¿Es po- 
sible que la maestra te haya dicho esas cosas?". Florián, mártir de su sue- 
ño, decía sí con la cabeza. 

El día quedaba muy lejos detrás de la noche, y recordaba que había recorri- 
do las calles de más tráfico torturándose los ojos, sin conseguir una limos- 



na, y cuando volvía a su casa con su rostro cotidiano, sin liacer ningún es- 
fuerzo para conmover a nadie, una señorita le había dado un peso entero 
en nnonedas, averiguándole su nombre. Había gastado el peso en cinema- 
tógrafo, masitas y tranvía; no quería volver a su casa con un solo centavo 
en el bolsillo. Sus hermanas lo desvalijaban, ellas que ganaban por lo me- 
nos cuatro pesos por día. Todo eso no se lo podía contar a Esperanza; tam- 
poco le podía contar que había hecho pis contra un automóvil nuevo y que 
le había roto la blusa a su hermana. "Hijo de puta" -le había dicho el hijo 
del frutero-. "Tu madre no me paga pero yo le pago a ella. Tendrá que pa- 
garme el vidrio de mi vidriera que me has roto, o bien los llevaré a todos a 
la comisaría". Pero al día siguiente, Valentini, el frutero, llegaría a la casa 
como siempre, repartiendo sonrisas y bombones con versitos de almacén, y 
al entrar a la pieza de su hermana le daría una palmadita en la cara, dicién- 
dole: "Picaro, picaro". Es que Valentini se olvidaba de todo cuando estaba 
con sus hermanas; cuando llegaba a casa de Florián no parecía ni siquiera 
un pariente lejano del frutero Valentini de delantal blanco, ofreciendo sus 
mercaderías a través de las vidrieras. ¿Qué virtud tan extraordinaria tenían 
sus hermanas? 

Esperanza guardó el tejido en una canastita. Uno, dos, tres, cuatro, cinco 
puntos faltaban para terminar la fila, y eso la iba a desvelar. Volvió a tomar 
el tejido. Uno, dos, tres, cuatro, cinco años faltaban para terminar de pagar 
la casa por mensualidades. Mientras tanto vendería sus tejidos; era un mo- 
do honrado de ganarse la vida, y no como estas malas mujeres, estas mu- 
jeres de la calle. 

Sin darse cuenta, hablaba en alta voz. Florián, sonámbulo de sueño, se reti- 
raba silenciosamente en dirección a la cama de su hermana, con la espe- 
ranza de encontrar sitio para él. 

"Mi hijito, es la hora de dormirse." Esperanza se dio vuelta y se encontró 
sola frente a la lámpara de kerosene. No se oía más que el canto de la luz 
que le decía despacito que se callara. 

El vestido verde aceituna 

Las vidrieras venían a su encuentro. Había salido nada más que para hacer 
compras esa mañana. Miss Hilton se sonrojaba fácilmente, tenía una piel 
transparente de papel manteca, como los paquetes en los cuales se ve todo 
lo que viene envuelto; pero dentro de esas transparencias había capas del- 
gadísimas de misterio, detrás de las ramificaciones de venas que crecían 
como un arbolito sobre su frente. No tenía ninguna edad y uno creía sor- 
prender en ella un gesto de infancia, justo en el momento en que se acen- 
tuaban las arrugas más profundas de la cara y la blancura de las trenzas. 
Otras veces uno creía sorprender en ella una lisura de muchacha joven y un 



pelo muy rubio, justo en el momento en que se acentuaban los gestos in- 
termitentes de la vejez. 

Había viajado por todo el mundo en un barco de carga, envuelta en marine- 
ros y humo negro. Conocía América y casi todo el Oriente. Soñaba siempre 
volver a Ceilán. Allí había conocido a un indio que vivía en un jardín rodea- 
do de serpientes. Miss Hilton se bañaba con un traje de baño largo y grande 
como un globo a la luz de la luna, en un mar tibio donde uno buscaba el 
agua indefinidamente, sin encontrarla, porque era de la misma temperatura 
que el aire. Se había comprado un sombrero ancho de paja con un pavo 
real pintado encima, que llovía alas en ondas sobre su cara pensativa. Le 
habían regalado piedras y pulseras, le habían regalado chales y serpientes 
embalsamadas, pájaros apolillados que guardaba en un baúl, en la casa de 
pensión. Toda su vida estaba encerrada en aquel baúl, toda su vida estaba 
consagrada a juntar modestas curiosidades a lo largo de sus viajes, para 
después, en un gesto de intimidad suprema que la acercaba súbitamente a 
los seres, abrir el baúl y mostrar uno por uno sus recuerdos. Entonces vol- 
vía a bañarse en las playas tibias de Ceilán, volvía a viajar por la China, 
donde un chino amenazó matarla si no se casaba con él. Volvía a viajar por 
España, donde se desmayaba en las corridas de toros, debajo de las alas de 
pavo real del sombrero que temblaba anunciándole de antemano, como un 
termómetro, su desmayo. Volvía a viajar por Italia. En Venecia iba de dama 
de compañía de una argentina. Había dormido en un cuarto debajo de un 
cielo pintado donde descansaba sobre una parva de pasto una pastora ves- 
tida de color rosa con una hoz en la mano. Había visitado todos los museos. 
Le gustaban más que los canales las calles angostas, de cementerio, de Ve- 
necia, donde sus piernas corrían y no se dormían como en las góndolas. 
Se encontró en la mercería El Ancla, comprando alfileres y horquillas para 
sostener sus finas y largas trenzas enroscadas alrededor de la cabeza. Las 
vidrieras de las mercerías le gustaban por un cierto aire comestible que tie- 
nen las hileras de botones acaramelados, los costureros en forma de bom- 
boneras y las puntillas de papel. Las horquillas tenían que ser doradas. Su 
última discípula, que tenía el capricho de los peinados, le había rogado que 
se dejase peinar un día que, convaleciente de un resfrío, no la dejaban salir 
a caminar. Miss Hilton había accedido porque no había nadie en la casa: se 
había dejado peinar por las manos de catorce años de su discípula, y desde 
ese día había adoptado ese peinado de trenzas que le hacía, vista de ade- 
lante y con sus propios ojos, una cabeza griega; pero, vista de espalda y 
con los ojos de los demás, un barullo de pelos sueltos que llovían sobre la 
nuca arrugada. Desde aquel día, varios pintores la habían mirado con insis- 
tencia y uno de ellos le había pedido permiso para hacerle un retrato, por 
su extraordinario parecido con Miss Edith Cavell. 

Los días que iba a posarle al pintor, Miss Hilton se vestía con un traje de 



terciopelo verde aceituna, que era espeso como el tapizado de un reclinato- 
rio antiguo. El estudio del pintor era brumoso de humo, pero el sombrero 
de paja de Miss Hilton la llevaba a regiones infinitas del sol, cerca de los al- 
rededores de Bombay. 

En las paredes colgaban cuadros de mujeres desnudas, pero a ella le gusta- 
ban los paisajes con puestas de sol, y una tarde llevó a su discípula para 
mostrarle un cuadro donde se veía un rebaño de ovejas debajo de un árbol 
dorado en el atardecer. Miss Hilton buscaba desesperadamente el paisaje, 
mientras estaban las dos solas esperando al pintor. No había ningún paisa- 
je: todos los cuadros se habían convertido en mujeres desnudas, y el her- 
moso peinado con trenzas lo tenía una mujer desnuda en un cuadro recién 
hecho sobre un caballete. Delante de su discípula, Miss Hilton posó ese día 
más tiesa que nunca, contra la ventana, envuelta en su vestido de terciope- 
lo. 

A la mañana siguiente, cuando fue a la casa de su discípula, no había na- 
die; sobre la mesa del cuarto de estudio, la esperaba un sobre con el dinero 
de medio mes, que le debían, con una tarjetita que decía en grandes letras 
de indignación, escritas por la dueña de casa: "No queremos maestras que 
tengan tan poco pudor". Miss Hilton no entendió bien el sentido de la frase; 
la palabra pudor le nadaba en su cabeza vestida de terciopelo verde aceitu- 
na. Sintió crecer en ella una mujer fácilmente fatal, y se fue de la casa con 
la cara abrasada, como si acabara de jugar un partido de tenis. 
Al abrir la cartera para pagar las horquillas, se encontró con la tarjeta insul- 
tante que se asomaba todavía por entre los papeles, y la miró furtivamente 
como si se hubiera tratado de una fotografía pornográfica. 

El Remanso 

La estancia El Remanso quedaba a cuatro horas de tren, en el oeste de 
Buenos Aires. Era un campo tan llano que el horizonte subía sobre el cielo 
por los cuatro lados, en forma de palangana. Había varios montes de paraí- 
sos color de ciruela en el verano y color de oro en el otoño; había una lagu- 
na donde flotaban gritos de pájaros extraños; había grupos de casuarinas 
que parecían recién llegados de un viaje en tren, y sin embargo contenían 
en sus hojas de alfileres una sonoridad muy limpia, bañada por el mar; ha- 
bía una infaltable calle de eucaliptos que llevaba hasta la casa. Y en esa ca- 
sa, tan sólo de un lado no se veía el horizonte, pero no era ni del lado en 
que se acostaba el sol ni del lado en que se levantaba. Estaba rodeada de 
corredores donde se reflejaban lustrosas las puestas de sol y donde se esti- 
raba el mugido de la hacienda. 

Era una mañana radiante cuando Venancio Medina había llegado a la estan- 
cia, en un vagón que le había prestado el almacenero, cargado con un baúl 



roto, un ropero sin espejo, cuatro atados de ropa, un perrito blanco enrula- 
do, su mujer y sus dos hijas. Le habían indicado la casita blanca de dos 
cuartos donde iban a vivir él y su familia. Venancio Medina había examinado 
desde el primer instante los corredores de la casa grande, donde estaban 
sentados en ruedas de medias lunas los dueños de casa. Había media doce- 
na de chicos. La familia se componía de varias familias juntas, y Venancio 
creyó al principio que la mayor parte eran visitas. 

La familia, inmovilizada sobre escalones progresivos de sueño, pareció 
conmoverse al ver desembarcar del vagón a Venancio Medina con su chica 
más chiquita en los brazos. Más que una chica, parecía un monito vestido 
de rojo. En seguida corrió parte de la familia inmovilizada, movilizada en 
busca de la chica. Venancio Medina sintió sobre su brazo las polleras empa- 
padas de la hija que acababa de hacerse pis, pero no pudo retenerla de las 
manos que se la llevaban hasta el comedor de su casa, donde la pusieron 
sobre la mesa como un postre, contemplándole por todos lados su llanto 
inarticulado. Venancio miraba desde la puerta, absorto, y el nombre de su 
hija revoloteaba por toda la casa, como en su casa el nombre del perrito 
enrulado. 

De eso hacía ya más de diez años. Venancio había entrado a la estancia en 
calidad de casero, pero sus actividades múltiples lo llevaron desde mucamo 
de comedor, cuando los sirvientes abandonaban la casa, hasta jardinero 
cuando el jardinero llegaba a faltar. Fue después cuando eligió definitiva- 
mente el puesto de cochero. Y era evidente que había nacido para ser co- 
chero, con sus grandes bigotes y un chasquido inimitable de lengua contra 
el paladar, que hacía trotar cualquier caballo sobre el barro más pesado. 
Los chicos, sentados sobre el pescante del break, trataban de imitar ese 
ruido opulento y mágico que aventajaba el látigo para poner en movimiento 
las ancas de los caballos. 

Mientras tanto, la mujer de Venancio se ocupaba de la casa; era ella la que 
hacía el trabajo de los dos, siempre rezongando y pegando a sus hijas; 
siempre furiosa de trabajo, con la cabeza lista a esconderse dentro del 
cuerpo como la cabeza de una tortuga, en cuanto alguien se le acercaba. 
Sus dos hijas crecían perezosas y lánguidas como flores de invernáculo. 
Siempre los otros chicos las llamaban para jugar en el jardín, justo en el 
momento en que la madre las perseguía con una escoba para que barrie- 
ran. Y se iban llenas de risas por entre los árboles, Libia y Cándida, adonde 
las esperaban entre nubes de mosquitos las confidencias asombrosas de 
esa familia de chicos de todas las edades y de todos los sexos. Se habían 
vuelto imprescindibles. Si no estaban Libia y Cándida, no había bastantes 
árboles para jugar a Las Esquinitas; si no estaban Libia y Cándida, no había 
bastantes vigilantes para jugar a Los Vigilantes y Ladrones; si no estaban 
Libia y Cándida, no había bastantes nombres de frutas para jugar a Martín 



Pescador. Y a lo largo del día, jugaban escapándose de las siestas en los 
cuartos dormidos. Sentían un delicioso placer que las arrancaba de sus pa- 
dres. Presenciaban los odios nnortales que dividían a los chicos en bandadas 
de insultos que se gritaban de un extremo al otro del parque, sentados en 
los bancos con aire de meditación. (A veces, no les alcanzaban los nombres 
de animales para insultarse; tenían que recurrir al diccionario.) 
Libia y Cándida tenían los libros de misa llenos de retratos de sus amigas. 
Sentían el desarraigo de no poder preferir a ninguna, de miedo a que se re- 
sintieran las otras. Y se pasaban los inviernos en la estancia vacía, espe- 
rando cartas prometidas que no llegaban. Y a medida que iban creciendo, 
disminuía levemente alrededor de ellas ese cariño que era del color del sol 
que las unía en verano. Los vestidos que les regalaban les quedaban justos, 
no había que soltar ningún dobladillo, no había que deshacer ninguna man- 
ga. Libia y Cándida entraban como ladronas a la casa grande, cuando la 
familia no estaba, para mirarse en los altos espejos. Estaban acostumbra- 
das a verse con un ojo torcido y con la boca hinchada en un espejo roto, y 
el vestido invariablemente quedaba en tinieblas; pero en la casa grande 
abrían las persianas y se quedaban en adoración delante de sí mismas, y 
creían ver en esos espejos a las niñas de la casa. 

Cándida, un día, se acercó tanto al espejo que llegó a darse un beso, pero 
al encontrarse con la superficie lisa y helada donde los besos no pueden en- 
trar, se dio cuenta de que sus amigas la abandonaban de igual manera. El 
cariño que antes le enviaban, a veces en forma de tarjeta postal, ahora se 
lo enviaban en forma de vestido y de sonrisa helada cuando estaban cerca. 
Ya no había palabras, ya no había gestos, si no era el abrazo de las mangas 
vacías de los vestidos envueltos que venían de regalo. Cándida huyó ante 
su imagen y en el movimiento patético de su huida, que le retenía los ojos 
en el espejo, creyó ver un parentesco lejano con una estrella de cine que 
había visto un día en un film, donde la heroína se escapaba de su casa. 

Llegaba el verano, llegaba el invierno y volvía el verano; eran grandes; los 
dueños de la estancia apenas las llamaban los domingos para llevarlas a 
misa. El odio crecía en ellas por el padre satisfecho y la madre furiosa. 
Venancio Medina era cada vez más dueño de la estancia. Cuando iba hasta 
la estación a buscar las visitas, ante las exclamaciones de admiración de los 
viajeros, sacudía la cabeza y decía con modestia: "IQué va a ser lindo! INo 
tiene nada de lindo! IHay otras estancias más lindas!" 
Las hijas de Venancio pensaban que ninguna estancia podía ser linda, de- 
testaban el canto tranquilo de las palomas a mediodía, detestaban las pues- 
tas de sol que dejaban manchas muy sucias de fruta en el cielo, detesta- 
ban, sobre todos los horrores humanos, el silencio. Libia se casó con el pri- 
mer hombre que le ofreció llevársela a vivir cerca del macadam; gastaron 



todos los ahorros en muebles que no cabían en la casa demasiado chiquita. 
Así vivió en un amontonamiento de chicos recién nacidos, de muebles su- 
cios, de carpetas bordadas y almohadones en que nunca tenía tiempo de 
sentarse a descansar. 

Cándida, el mismo día, sin decir adiós a sus padres, tomó un tren que iba a 
Buenos Aires, con un atado de vestidos, donde llevaba los brazos vacíos de 
sus amigas. 

El caballo muerto 

Sentían que llevaban corazones bordados de nervaduras como las hojas, 
todas iguales y sin embargo distintas en las láminas del libro de Ciencias 
Naturales. Las tres corrían juntas en el fondo del jardín; de tarde tenían el 
pelo desatado en ondas que se levantaban detrás de ellas; corrían hasta el 
alambrado que daba sobre el camino de tierra. Se olía de tanto en tanto 
pasar la respiración acalorada del tren, que provocaba la nostalgia de un 
viaje sobre la suprema felicidad de la cama de arriba, en un camarote lleno 
de valijas y de vidrios que tiemblan. 

Eran las cinco de la tarde en la sombra de las hamacas abandonadas, ha- 
macadas por el viento, cuando veían pasar todos los días un chico a caballo, 
con los pies desnudos. Desde el día en que habían visto ese caballo obscuro 
con un chico encima, una presencia milagrosa las llevaba juntas, en remoli- 
nos de corridas por todo el jardín. Nunca habían podido ser amigas, siem- 
pre había una de las dos hermanas que se iba sola, caminando con un cielo 
de tormenta en la frente, y la otra con el brazo anudado al brazo de su 
amiga. Y ahora andaban las tres juntas, desde la mañana hasta la noche. 
Miss Harrington ya no tenía ningún poder sobre ellas; era inútil que tragara 
el jardín con sus pasos enormes, llamándolas con una voz que le quedaba 
chica. La pobre Miss Harrington lloraba de noche, en su cuarto, lágrimas 
imperceptibles. Había llegado a esa casa una tarde de Navidad. Los chicos 
escondieron abundantes risas detrás de la puerta por donde la veían llegar. 
Los largos pasos de sus piernas involuntarias, hacían de ella una institutriz 
insensible y severa. En ese momento, Miss Harrington se sintió más chica 
que sus discípulos: no sabía nada de geografía, no podía acordarse de nin- 
gún dato histórico; desamparada ante la largura de sus pasos, subió la es- 
calera de un interminable suplicio, que la llevó hasta el cuarto de la dueña 
de casa. 

Hacía cuatro años que estaba en la casa y vivía recogiendo los náufragos de 
las peleas. Ahora no había peleas para preservarla de su soledad: los varo- 
nes estaban ese año en un colegio, las tres chicas estaban demasiado uni- 
das para oír a ningún llamado. Asombraba en la casa ese tríptico enlazado 
que antes vivía de rasguños y tirones de pelo. Estaban tan quietas que pa- 



recia que posaban para un fotógrafo invisible, y era que se sentían crecer, y 
a una de ellas le entristecía, a las otras dos les gustaba. Por eso estaban a 
veces atentas y mudas, como si las estuvieran peinando para ir a una fies- 
ta. 

A las cinco de la tarde, por el camino de tierra pasaba a caballo el chico del 
guardabarrera, que las llevaba, corriendo por el deseo de verlo, hasta el 
alambrado. Le regalaban monedas y estampas, pero el chico les decía cosas 
atroces. 

De noche, antes de dormirse, las tres contaban las palabras que les había 
dicho, las contaban mil veces, de miedo de haber perdido algunas en el 
transcurso del día, y se dormían tarde. 

Un día que había torta pascualina para el almuerzo, y treinta grados en el 
termómetro del corredor -apenas parpadeaban las sombras de los árboles a 
las cinco de la tarde-, ya no galopaba más el caballo sobre el camino: esta- 
ba muñéndose en el suelo y el chico le pegaba con un látigo, con sus gritos 
y con sus miradas. El caballo ya no se movía, tenía los ojos grandes, abier- 
tos, y en ellos entraba el cielo y se detenían los golpes. Estaba muerto co- 
mo un cabrón sobre la tierra. 

Y más tarde, subía la noche llenando el jardín de olor a caballo muerto. Vo- 
laban las pantallas de las moscas por toda la casa. 

El canto de los grillos era tan compacto que no se oía. Una de las dos her- 
manas iba sola caminando. 

Miss Harrington, que estaba recogiendo datos históricos, se sonrió por en- 
cima de su libro al verlas llegar. 

La enemistad de las cosas 

Arqueó su boca al bajar los ojos sobre la tricota azul que llevaba puesta. 
Desde hacía días, una aprensión inmensa crecía insospechadamente por to- 
das las cosas que lo rodeaban. A veces era una corbata, a veces era una 
tricota o un traje que le parecía que provocaba su desgracia. Había jurado 
analizar los hechos y las coincidencias para poner fin a sus dudas. 
Desde esa mañana de invierno en que había salido de Buenos Aires, no ha- 
cía ni tres días, dejaba abierta para las traiciones una extensión que llegaba 
hasta el día de su nacimiento. Aquella ausencia pesaba sobre él varios me- 
ses atrás, como una fatalidad imprevisible; tenía que ir a revisar el campo; 
no podía escapar a su destino, y dócilmente se había ido en un tren que lo 
mataba de una estación a otra. 

Pasó la mano por su frente, y al sentirse despeinado, supo que estaba en el 
campo. Había estado hasta entonces sordo al silencio que hacían los árboles 
en torno de la casa, sordo a la claridad del cielo, sordo a todo, salvo a la 



turbación que lo habitaba. Ya no se acordaba más: cuando era cínico, en esa 
estancia le gustaba tener que cruzar la noche alumbrada por una lámpara 
de kerosene o por la luna, para llegar desde el comedor hasta el cuarto de 
dormir, y esa felicidad lo había llevado siempre de la mano al cruzar el pa- 
tio. No había sido nunca chico aquel día. 

Súbitamente, se daba cuenta de que vivía rodeado de la enemistad de las 
cosas. Se daba cuenta que el día que había estrenado esa tricota azul con 
dibujos grises (que su madre le había mandado hacer), su novia había es- 
tado distante paseando sus ojos inalcanzables por épocas misteriosas y es- 
condidas de su vida, que la hacían sonreír una sonrisa tierna, que a él le re- 
sultaba dura como de piedra donde caían de rodillas las súplicas, "¿En qué 
piensas?"; y ella había tenido un gesto de impaciencia, y esa impaciencia 
había crecido con resorte al contacto de sus gestos, al contacto de sus pa- 
labras. En ese momento ya no sabía caminar sin tropezar, no sabía tragar 
sin hacer un ruido extraordinario y su voz se había desbocado en los mo- 
mentos que requerían más silencio. El odio o la indiferencia que había le- 
vantado aquel día estaban ahí delante de él palpables y sólidos como una 
pared de piedra. 

Más tarde, cuando volvió a su casa, recordó que al desvestirse había senti- 
do como una liberación. Llamó el teléfono, y la ternura de su novia era para 
él solo: una cama donde uno se duerme cuanto uno está muy cansado. 

Eladio Rada y la casa dormida 

La casa era de varios pisos. Era una casa de campo con trechos inmensos 
de playas desiertas, donde se asomaban los árboles y los ladrones. En los 
techos crecían cada día nuevas telarañas que enardecían el plumero más al- 
to de la casa; y brotaba de los muebles y de las sábanas guardadas como 
plantas de un invernáculo obscuro, olor a choclo recién cortado. 
Hacía frío de invierno en la casa vacía, pero a Eladio Rada, el casero, las es- 
taciones no se le anunciaban ni por el frío ni por el calor. Nunca miraba el 
cielo. La llegada o la ausencia de la familia era el único cambio de estación 
que él conocía. Cuando empezaba a oír su nombre cercándolo a gritos por 
todos lados, voces grandes, voces chicas llamándolo: "Eladio", "Eladio", sa- 
bía que llegaba el buen tiempo y que la familia pronto vendría a invadir la 
casa; sabía que entonces las camas todas las noches se llenarían de mos- 
quiteros, habría que quitar los forros blancos de los muebles, habría que 
encerar los pisos para que los niños patinaran encima, rayándolos con res- 
plandores opacos. 

Y entonces, sólo entonces, oía cantar las chicharras del jardín y ya no se 
animaba a mirar la estatua desnuda del hall. 



Pero ahora vivía en la mitad del invierno, la casa era de él solo y de los cua- 
tro perros que debía cuidar. Él mismo tenía que hacerse la comida, en un 
calentador Primus, que susurraba en el silencio de mediodía y de la noche. 
Hubiera tenido tiempo para dormir la siesta y para pensar en la mujer con 
quien quería casarse, si no hubiera sido por el miedo a los ladrones. 
Había lugares inexplorados de la casa, en donde se oían ruidos, de noche, 
que lo despertaban; entonces se levantaba con la escopeta que le habían 
dado los patrones, revisaba las persianas, pero nunca llegaba hasta ese lu- 
gar lejano y misterioso por donde entran los ruidos de la noche que hacen 
ladrar a los perros. Por eso Eladio Rada se dormía de día en los bancos del 
jardín y los chicos se burlaban de su cara de idiota. 

En un cajón lleno de clavos, recortes de diarios y alambres viejos, Eladio 
tenía guardada la fotografía de su novia. Sabía lavar bien y cocinar mejor, 
era trabajadora. Habían salido a pasear unas cuantas veces y era el único 
recuerdo de su vida. Eladio no sabía cómo hacer para pedirle que se casara 
con él, y cada vez que intentaba decírselo, ponía cara de perro enojado, 
dándole empujones al cruzar las calles; pero Angelina no se daba cuenta de 
nada, ni siquiera le dolían los empujones y se despedía en las esquinas de 
las calles, riéndose con los jardineros. 

Eladio se pasaba las horas de invierno con los ojos sumidos en las baldosas 
del corredor. Angelina había desaparecido. No sabía si había soñado una 
novia con quien se fotografió en el Jardín Zoológico, un día memorable que 
fue a pasear a Buenos Aires. Angelina se había apoyado ese día sobre su 
brazo porque estaba cansada; llevaba un traje nuevo. No tenía otro recuer- 
do. Y cuando cruzaba el hall se detenía, mirando para otro lado, junto a la 
estatua desnuda. ¿Así sería el cuerpo de una mujer? Angelina debía de ser 
tres veces más linda, tres veces más gorda, cuando se bañaba tal vez des- 
nuda por las mañanas. 

En esos momentos en que la cabeza de Eladio se surcaba de corredores por 
donde paseaba Angelina, su novia perdida, invariablemente oía ruidos de 
ladrones invisibles que hacían ladrar los perros, y salía por la casa desierta 
a revisar las persianas que se multiplicaban alrededor de la casa. 
Un día Eladio Rada se moriría y en el momento de morirse desfallecido en la 
cama del hospital, con los ojos perdidos en las regiones del techo, se levan- 
taría a revisar las persianas y las puertas de la casa, donde se asomarán los 
ángeles. 

El pasaporte perdido 

"Certifico que Da. Claude Vildrac, de estado soltera, de profesión..., que sí 
lee y escribe, y cuya fotografía, impresión digitopulgar derecha y firma figu- 
ran al dorso, es nacida... 15 de abril de 1922... en el pueblo... Cap. Federal, 



Buenos Aires, Rep. Argentina... tiene Im 40 cm de altura, el cutis de color 
blanco, cabello rubio, nariz de dorso recto, boca med. y orejas med."... 
Claude seguía las huellas de su cara con las dos nnanos y mirando el pasa- 
porte pensaba: "No tengo que perder este pasaporte. Soy Claude Vildrac y 
tengo 14 años. No tengo que olvidarme; si pierdo este pasaporte ya nadie 
me reconocería, ni yo misma. No tengo que perder este pasaporte. Si llega- 
ra a perderlo, seguiría eternamente en este barco hasta que los años lo 
usaran y prepararan para un naufragio. Los barcos viejos tienen todos que 
naufragar, y entonces tendría que morirme ahogada y con el pelo suelto y 
mojado, fotografiada en los diarios: La chica que perdió su pasaporte". 
"Tengo que llegar a Liverpool, en donde me espera mi tía con el sombrero 
en la punta de la cabeza. Mi tía Mabel tiene una casa grande con cinco pe- 
rros, tres daneses y dos galgos. Un galgo blanco que llegó fotografiado en 
una de las cartas breves de Mabel: 'This is my beautiful Lightning', nombre 
difícil para un perro, a quien hay que llamar muchas veces. Mi tía Mabel tie- 
ne un jardín con flores y una fábrica de tejidos. No quiero llegar demasiado 
pronto a Liverpool, porque los días a bordo son todos días de fiesta, y quie- 
ro tener muchos días de fiestas corriendo por la cubierta, sola, sola, sola, 
sin que nadie me cuide." 

"Alguien me preguntó si estaba triste, porque anoche apoyaba mis manos 
sobre mis ojos de sueño. No, no estaba triste; mi padre me recomendó al 
comisario de a bordo y a una familia de nombre extraño que se me olvida 
todo el tiempo. El día que salía del barco las campanas tocaban como en la 
elevación, y el comedor estaba lleno de olor a flores y los abrazos me hun- 
dieron tanto el sombrero que no veía más que los pies despedirse con pasos 
de baile. Mi padre me quitó el sombrero para verme los ojos, y en ese mo- 
mento vi que había montones de ojos a mi alrededor que lloraban. Sentí 
que ése era un momento de la vida en que había que llorar. Refregué mis 
ojos y guardé mi pañuelo en la mano como un signo de llanto hasta el final 
de la despedida. 

"Cuando me dieron el último abrazo, las campanas sonaban como las cam- 
panillas de los helados en la calle." La sirena hacía temblar el barco, como 
si se fuera a romper tres veces, y después el silencio del agua se llenó de 
luces y de tres campanadas en el reloj de los ingleses. Buenos Aires ya es- 
taba lejos. "Así son los viajes", pensaba Claude Vildrac, "tan distintos de lo 
que uno ha previsto." 

Sentada sobre la cama del camarote, leía su pasaporte como un libro de 
misa. Hacía ya una semana que se había embarcado a bordo del Transvaal, 
transatlántico flamante de banderitas y de estrellas. Antes de embarcarse 
habían visitado el barco ella y su madre, habían elegido el camarote, habían 
buscado corriendo el bote de salvamento correspondiente a un caso de ñau- 



fragio. El terror le puso a Claude el rostro que tenía en el pasaporte, los 
ojos se le habían ensanchado profundamente con las olas de las tormentas 
que hacen naufragar los barcos. Su madre se había reído, y a Claude le pa- 
reció un presagio funesto. Recordó que ese día habían almorzado en un res- 
taurante que se llama La Sonámbula. En cada plato había una sonámbula 
chiquitita, de cabello suelto, con los brazos tendidos, cruzando un puente; 
esa sonámbula era más bien una mujer recién desembarcada de un naufra- 
gio, que perdió su pasaporte a los catorce años, su casa y su familia. 
Se asomó por el ojo de buey: el mar estaba azul marino, de tinta muy azul; 
el barco crujía suavemente de un lado al otro. Era increíble lo distinto que 
podía ser el mar de los baños de mar, el mar de las playas, del mar de a 
bordo, tan duro, tan impenetrable como las mesas de mármol veteadas de 
verde. Claude tenía el cabello húmedo de un baño de pileta, que había du- 
rado más de dos horas. Elvia la había retado. ¿Quién era Elvia? No sabía su 
apellido, no sabía quién era su padre ni su madre, y, sin embargo, Elvia era 
la persona a quien ella seguía a bordo todo el día; era la persona a quien 
daría su salvavidas el día del naufragio. Guardaba preciosamente un pedazo 
de cinta, con la cual Elvia se había atado el cabello el día de cruzar la línea. 
El comedor estaba lleno de luces aquella noche, la música de circo se había 
vuelto sentimental. Las mesas también estaban vestidas de baile, y los cra- 
ckers eran de un verde de aguas marinas, con anchas mariposas y caballos 
de carrera y bailarinas y cazadores pintados encima. Pero Elvia no estaba 
vestida de baile; llevaba un vestido que lloraba de soledad en el brillo de la 
noche; los cinco frascos de perfume con que se había perfumado hacían 
como un jardín alrededor de ella, que la guardaba encerrada. 
¿Quién era Elvia? "Una guaranga", decían "algunos". "Una mujer de la vi- 
da", había dicho un viejo, tapándose la boca, como si tosiera, al ver el ca- 
bello suelto y las piernas rasguñadas de Claude. "Una mujer de la vida" de- 
bería tener un traje negro de trabajadora, con grandes remiendos y zapatos 
gastados de caminar por la vida. Así veía Claude a "las mujeres de la vida", 
con la boca despintada y una gran bolsa en las espaldas, como los linyeras, 
caminando de estancia en estancia. 

Claude recordaba una mañana en que, corriendo por el decktennis, se había 
caído al suelo. Elvia la había recogido con un gesto maternal y le había 
vendado la rodilla lastimada con un pañuelo fino. Después, cuando se en- 
contró sola, vio que la esquinita del pañuelo llevaba un nombre bordado: 
Elvia. Así había conocido a Elvia. 

Recostó su cabeza contra la frescura blanda de la almohada; las almohadas 
eran caracoles blancos donde se oye de noche el ruido del mar, sin necesi- 
dad de estar embarcada. 

Lo que más le gustaba de a bordo eran los desayunos por las mañanas, la 



música de circo, el miedo de los naufragios y Elvia. 

Pero de pronto un pez redondo, de aletas festoneadas por las grandes pro- 
fundidades del mar, con un pico largo de medio metro, entró por la puerta 
volando; primero empezó a picar las peonías de un cuadro y después las 
bombitas de luz. El cuarto quedó en tinieblas, envuelto entre los tules raya- 
dos del mar. La angustia se apoderó de Claude: la angustia de haber perdi- 
do el espectáculo del naufragio. ¿El barco se habría hundido hacía ya cuánto 
tiempo? Y, de repente, de una bombita rota, surgió una llama impercepti- 
ble, que fue creciendo y derramándose por el suelo y sobre las sillas. El 
barco entero se iba a incendiar de ese modo, "iincendio, incendio!", todas 
las puertas de los camarotes se abrían a gritos. Claude salió corriendo, repi- 
tiendo el número del bote de salvamento 55, como una letanía. Subió las 
escaleras. Los botes estaban todos llenos de gente en camisón. Estaban to- 
dos los pasajeros: los que comían en el comedor grande y los que comían 
en el comedor chico; estaban los mozos y los dos peluqueros, estaban los 
oficiales y los marineros, los músicos, los cocineros y las mucamas. Estaban 
todos, menos Elvia. Elvia venía caminando lejos, lejos, por el puente, y no 
llegaba nunca. Elvia, transformada en la sonámbula del plato, no llegaba 
nunca, nunca. Claude corría detrás de ella con el salvavidas en los brazos. 
El barco se hundía para siempre, llevándose su nombre y su rostro sin copia 
al fondo del mar. 

Florindo Flodiola 

Sabía por qué calle lo habían llevado hasta esa puerta con cortinitas rojas 
que hacían una apuesta de sol constante, detrás del zaguán silencioso. To- 
do el mundo hablaba en secreto cuando entró por la puerta. Llevaba una 
galera guardada para el día de su casamiento y unos calzoncillos demasiado 
largos. 

La entrada de la casa era angosta con plantas altas, que crecían sobre una 
carpeta tejida al crochet debajo de una maceta negra donde se dormían los 
mayorales. 

Había millones de almohadones de seda pintados con borlas que sonaban 
como campanillitas cada vez que entraba alguien. Había una mujer mucho 
más alta que las otras, con un vestido de tarlatán amarillo, adornado con 
estalactitas de caramelo, y todas tenían el pelo corto y largas trenzas que 
les colgaban debajo de las polleras levantadas en forma de cortinas de tea- 
tro. Hablaban con voces de sirena. 

Tenía permiso de cantar en todos los teatros y un día cantó en la peluque- 
ría, pero no podía rebajarse a cantar en una peluquería. La guitarra era 
demasiado alta, había que subir por una escalera de cuerdas para alcanzar 
las notas, y ahora todas las mujeres en esa casa color de incendio lo perse- 



guían. Todas lo llamaban adentro de las piezas para que cantara en un tea- 
tro lleno de cortinados rojos. 

Por fin entró a una pieza toda cubierta de enredaderas y de flores con cin- 
tas desplegadas; la cama era de madera negra con incrustraciones brillan- 
tes verdes y anaranjadas; había una sola silla que daba vueltas por el cuar- 
to, en cuanto uno quería sentarse. 
La mujer vestida de tarlatán amarillo lo abrazó. 

Taralatán, taralatán, taralatán cantaban las sirenas... 

Al levantar los ojos al techo, estaba lleno de gente que lo miraba, vio su ga- 
lera como un reloj luminoso en la obscuridad del cuarto, y se fue corriendo 
por los corredores con los brazos en forma de gritos. 

El retrato mal hecho 

A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponi- 
na porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, 
encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y miste- 
riosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimien- 
tos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían 
sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los 
brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer. 

Detestaba los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que 
iban naciendo, como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a 
no ser los brazos que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, 
eran como cunas para sus hijos traviesos. 

La vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era 
muchas señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de 
tarde en tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir 
en postura de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió pa- 
ciente y comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de 
los fanales. 

La mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los 
dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy 
despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su ac- 
tividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se 
acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa 
limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la 
que servía la mesa. 

Fue el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el 
fondo del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: "Se borda esta tira so- 



bre pana de color bronce obscuro" o bien: "Traje de visita para señora jo- 
ven, vestido verde mirto", o bien: "punto de cadeneta, punto de espiga, 
punto anudado, punto lanzado y pasado". Los chicos gritaban en el fondo 
del jardín. Eponina seguía leyendo: "Las hojas se hacen con seda color de 
aceituna" o bien: "los enrejados son de color de rosa y azules", o bien: "la 
flor grande es de color encarnado", o bien: "las venas y los tallos color alba- 
ricoque". 

Ana no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, ma- 
ridos, primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. 
No quedaba más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre 
la mesa, no sabía lo que quería decir albaricoque: "Las venas y los tallos 
color albaricoque". Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el 
mueble que la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo 
roto. Entre un amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, 
Ana estaba con la cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su de- 
lantal, siempre limpio, ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó 
la mano, la levantó. Ana, indicando el baúl, contestó al silencio: "Lo he ma- 
tado". 

Eponina abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado 
subir sobre sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus 
vestidos más viejos, en busca de su corazón. 

La familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba 
con gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían 
visto todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de 
horror. 

Eponina se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los 
labios de Eponina se movían en una lenta ebullición: "Niño de cuatro años 
vestido de raso de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un ple- 
gado que figura como olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los 
tallos son de color marrón dorados, verde mirto o carmín". 

Paisaje de trapecios 

Charlotte dejó caer su mirada sobre sus pechos; el vestido era de lana 
gruesa bordada con flores, las mangas estaban mal pegadas y le daban en 
todo el cuerpo una sensación tironeada, de ahogo, semejante a la del encie- 
rro en los ascensores de madera detenidos en un entrepiso. El desayuno es- 
taba listo sobre la mesa; siempre tomaba el desayuno levantada y ya vesti- 
da en los cuartos de los hoteles por las mañanas. Y entonces, a esa hora 
desnuda de cantos en la ciudad, abría la puerta del cuarto vecino, donde 
dormía Plinio. Plinio entraba anunciándole la mañana con una corrida balan- 
ceada de piernas torcidas, como si de cada lado de sus brazos llevara col- 



gado el cansancio de muchas personas, de muchos baldes de agua o de 
muchos canastos de frutas. Sus ojos eran tristes de malicia y de imitación. 
Charlotte lo sentaba sobre sus faldas desnudas y le daba terrones de azúcar 
todas las mañanas de su vida. A veces se preguntaba si no era realmente 
gracias a él como había entrado a su compañía de circo o bien si era gracias 
a ella misma y a sus números de acrobacia. Pero las exclamaciones de ad- 
miración la perseguían a lo largo de los viajes, en los barcos, en los ande- 
nes, en las ventanillas de los trenes hasta donde le llegaban las voces 
asombradas de "iOh, miren la chica con un mono!"; todo eso no iba dirigido 
a ella ni a su gorro de lana rojo, ni a sus anchas espaldas. Que un mono 
fuera capaz de andar en bicicleta asombraba al público, que un mono hi- 
ciera equilibrio sobre una silla era un prodigio y Plinio sabía hacer todas 
esas cosas. Es cierto que Charlotte había desplegado toda su paciencia: con 
las manos pegajosas de terrones de azúcar se había pasado horas ense- 
ñándole pruebas. Y sin embargo, durante las representaciones los aplausos 
llovían sobre Plinio, y ella, en cambio, con sus números de acrobacia, con 
las piernas hinchadas envueltas en mallas rosas, con los brazos tremenda- 
mente desnudos, tenía que anticipar los aplausos después de cada prueba, 
tenía que forzar los aplausos con una corrida de gran artista, distribuyendo 
besos de cada lado de las gradas. 

Un vasto silencio aumentaba la sala. Charlotte había sufrido en los primeros 
tiempos los saltos mortales de su corazón como el tambor que anuncia las 
pruebas peligrosas; los pechos se le hinchaban en forma de semillas debajo 
de un cuello rojo atravesado de venas sinuosas... y cuando terminaba la re- 
presentación, se dejaba caer sobre la cama de algún cuarto desmantelado. 
Sentía los latidos de su corazón recorrerla en puntos rotos a lo largo de la 
malla. La salud le robaba la compasión de los demás; podía tener el cuerpo 
desgarrado de cansancio, pero sus mejillas permanecían rosadas. 
La compañía del circo Edna había pasado los años yendo de un pueblo a 
otro y se mantenía gracias a la media docena de elefantes que sabían ca- 
minar con una pata en el aire, que sabían hacer gárgaras de arena con rui- 
do de trompetas, que sabían sentarse en ruedas furiosas sobre barriles, y 
caminar encima del enano, delicadamente, como bailarinas, sin aplastarlo. 
Gracias a Plinio, que levantaba lluvias compactas de aplausos y a un mala- 
barista japonés. 

Pero Charlotte trabajaba desde los diez años; había crecido entre paisajes 
de trapecios y redes giratorias, entre patas rugosas de elefantes amaestra- 
dos. Nunca había vivido en el campo. No conocía otros animales que los que 
vienen encerrados en jaulas. 

Un día, hacía poco tiempo, la habían invitado a un pic-nic en el Tigre; des- 
pués de andar en lancha de excursión bajaron ella y sus compañeros a un 
Recreo llamado Las Violetas. Charlotte se durmió debajo de una palmera. 



Cuando se despertó vio la pata rugosa de un elefante apoyada contra su 
cuerpo, sus ojos subieron por la pata del elefante hasta que llegaron a la al- 
tura de las palmas verdes, el aire no estaba tamizado de aserrín y de arena, 
y aconteció la cosa más increíble de su vida: un día de campo. 
Nada extraordinario había sucedido en su vida, vivía en una soledad de de- 
sierto sin cielo. Se dormía en los bancos, esperando su turno, con los ojos 
ribeteados de un fuego intenso de sueño (por eso sus compañeros la llama- 
ban "la Dormilona")... Plinio la despertaba, le tiraba de la pollera, le sacudía 
los brazos mientras el público pasaba en los entreactos a visitar los anima- 
les. Y entre toda esa gente, un día, fue así, en esa postura de sueño, que 
algodona los brazos, que agranda los párpados listos a caerse como dos 
enormes lágrimas, que entreabre la boca y pinta las mejillas de rojo, es- 
tampando el apoyo de un bordado, de una estrellita o de una mano abierta, 
fue así como un hombre se había enamorado de ella. Para él apenas en ese 
instante se hicieron reales los movimientos acrobáticos incandescentes de 
esa mujer dormida; cada brazo, cada pierna era un envoltorio de músculos 
dormidos y blandos como un abrazo. 

Ese hombre en su infancia había visto serafines rubios disfrazados de acró- 
batas en el circo, por eso quizá se detuvo y miró largamente a la pruebista 
resucitada de su infancia. Y ella, tapiada detrás del sueño, lo vio lejos, le- 
jos, en las gradas más altas, guiñándole el ojo detrás de dos bigotes de ce- 
jas rarísimas que llevaba sobre la frente. La intensidad de la mirada debió 
de ser muy grande, tan grande que Charlotte se despertó, pero no vio a 
nadie. "¿Plinio, quién era ese hombre?" Plinio se asomó a espiar por las cor- 
tinas y volvió tambaleando sin respuesta. 

Hasta ese día había vivido en una soledad de desierto sin cielo, luego ese 
cielo ausente se cubrió de alas de mariposas coleccionadas en Río, que 
aquel desconocido le mandó de regalo -fue Plinio el que recibió los besos de 
agradecimiento-. Por entre los trapecios y las sillas apiladas, las grandes 
manos redondas de Charlotte rezaban de alegría, una semana después, 
cuando un hombre alto, de traje azul violáceo, se acercó a saludarla. 
Después de ese breve encuentro se vieron todos los días en un taxi, donde 
Charlotte descubrió que el amor era una especie de match de Catch As 
Catch Can. Enseguida el novio quiso llevarla a una amueblada, pero no con- 
siguió llevarla sino a un Bar Alemán con vueltas de Danubio Azul, desafina- 
do, que los indujo al noviazgo definitivo. 

Ella tenía que interrumpir puntualmente sus entrevistas para ir hasta la pie- 
za del hotel y darle de comer a Plinio; era una ocupación sagrada que man- 
tuvo aun el día de su compromiso. Su novio, encarcelado esta vez dentro 
de un traje a rayas, ensombrecía su frente diciendo: "Voy a concluir por 
ponerme celoso". "¿De quién?" preguntó Charlotte. "De Plinio." Una risa 
breve los envolvió dentro del baile. Hacía frío afuera esa noche, y el interior 



del Bar Alemán abrigaba con olores espesos a gente, a cerveza, a frituras. 
En el medio de las mesas había floreritos de metal angostísimos y altos con 
tres flores muertas. 

Para ella los días eran cortísimos; para él, en cambio, eran infinitos. Y de 
pronto, en la obscuridad de una ausencia brillaron los ojos culpables de Pli- 
nio. El novio pensó descorazonadamente en la inutilidad de disminuir su voz 
hasta modularla como la de un cura diciendo misa para santificar las propo- 
siciones de llevar a su novia a una amueblada. Le pareció que por falta de 
tiempo sus frases no eran convincentes. Y Plinio era el culpable. Era él 
quien le robaba su novia, a él le dedicaba ella su tiempo enseñándole impú- 
dicamente, en camisón, a andar en bicicleta, y para darle de comer salía to- 
dos los días, corriendo, de todas partes. 

En los diarios de Buenos Aires, estaba anunciada la despedida de la compa- 
ñía del circo Edna, pero todas eran funciones de despedida. Charlotte salió 
temprano del hotel esa mañana para hacer compras después de terminar 
su desayuno y volvió justo a las doce para darle de comer a Plinio. En el 
zaguán del hotel tuvo el gesto de retener los latidos de su corazón, como si 
tragara una pildora muy grande sin agua. Entró al dormitorio, abrió la puer- 
ta que comunicaba con el cuarto de al lado: un desorden complicadísimo 
rodeaba las sillas cálidas y Plinio, en el suelo, como un muerto, parecía que 
había perdido el uso de la palabra; él, que nunca había hablado, ahora que 
estaba muerto necesitaba hablar. Charlotte lo acarició y en su mano queda- 
ron impresas gotas anchas de sangre. Llevaba una herida grande en el pe- 
cho. Alguien lo había asesinado, sin duda. Charlotte abrió la puerta y gritó 
tres veces. Llegó su novio, venía a buscarla; pero ella no vio la sonrisa nue- 
va que traía como un ramo de flores en el rostro; llevaba una mano venda- 
da y se asomó sobre Plinio muerto, incrédulamente, como se había asoma- 
do en el circo sobre sus pruebas más difíciles, miró a su novia y no la reco- 
noció. Ya no era el ángel disfrazado de acróbata, ya no era la chica con el 
mono deslumbrante; sentada en el suelo con la mirada inmóvil, redactaba 
un aviso para los diarios, reclamando al malhechor el precio de la vida de 
Plinio. 

Las dos casas de Olivos 

En las barrancas de Olivos había una casa muy grande de tres pisos, en 
donde no vivían más que cinco personas: el dueño de casa, su hija de diez 
años, una niñera, una cocinera, y un mucamo (sin contar el jardinero que 
vivía en el fondo de la quinta). Había cuartos inhabilitados, enormes cuartos 
con persianas siempre cerradas de humedad, cuartos llenos de miniaturas 



de antepasados y cuadros ovalados en las paredes. El jardín era espacioso 
con árboles altísimos. Sólo una cosa preocupaba al dueño de casa y era la 
innprobabilidad de conseguir frambuesas; en ese jardín crecían flores, ár- 
boles frutales, había hasta frutillas, pero las frambuesas no podían conse- 
guirse. 

En el bajo de las barrancas de Olivos, en una casita de lata de una sola pie- 
za vivían cuatro personas: el dueño de casa y sus tres nietas; la mayor te- 
nía diez años y cocinaba siempre que hubiera alguna cosa para cocinar. 
Y sucedió que esas dos chicas se hicieron amigas a través de la reja que ro- 
deaba el jardín. "Mi casa es fea", dijo una. "tiene diez cuartos en donde no 
se puede nunca entrar; el jardín no tiene frambuesas y por esa razón mi 
padre está siempre enojado." "Mi casa es fea", dijo la otra. "Es toda de la- 
tas, en la orilla del río, donde suben las mareas; en invierno hacemos foga- 
tas para no tener tanto frío." "IQué lindo!" contestó la otra. "En casa no me 
dejan encender la chimenea." Y cada una se fue soñando con la casa de la 
otra. 

Al día siguiente volvieron a encontrarse en el cerco y era extraño ver que 
esas dos chicas se iban pareciendo cada vez más; los ojos eran idénticos, el 
cabello era del mismo color; se midieron la altura en los alambres del cerco 
y eran de la misma altura, pero había solamente dos cosas distintas en 
ellas: los pies y las manos. La chica de la casa grande se quitó las medias y 
los zapatos; tenía los pies más blancos y más chiquitos que su compañera; 
sus manos eran también más blancas y más lisas. Tuvo las manos durante 
varios días en palanganas de agua y lavandina, lavando pañuelos, hasta 
que se le pusieron rojas y paspadas; caminó varios días descalza haciendo 
equilibrio sobre las piedras; ya nada las diferenciaba, ni siquiera el deseo 
que tenían de cambiar de casa. Hasta que un día, a escondidas en el ombú 
del cerco que servía de puente, se cambiaron la ropa y los nombres. Una 
chica le dio a la otra sus pies descalzos, y la otra le dio los zapatos. Una 
chica le dio a la otra sus guantes de hilo blanco y la otra le dio sus manos 
raspadas... iPero se olvidaron de cambiar de Ángeles Guardianes! 

Era la hora de la siesta; los Ángeles dormían en el pasto. Las dos chicas 
cruzaron por encima de la reja; la que estaba en el jardín grande cruzó la 
calle, la que estaba en la calle cruzó al jardín. Se dijeron adiós. "No te pier- 
das; mi cuarto de dormir queda al fondo del corredor a la derecha." Y la 
otra contestó: "No te pierdas, hay que seguir caminando hasta el fondo del 
callejón" (el jardinero, que estaba cerca, pensó que el eco se había vuelto 
sordo porque cambiaba el final de la frase que gritaba la niña). Y se fueron 
corriendo cada una a casa de la otra. 

Nadie se dio cuenta del cambio y ellas, que creían conocer sus casas, em- 
pezaban a reconocerlas según los cuentos que se contaban diariamente a 



través del cerco; hacían descubrimientos que las asombraban. 

Pero los Ángeles Guardianes dormían la siesta a la hora de las confidencias 

y seguían ignorando todo. 

Fue al principio del otoño, un día caluroso; el cielo estaba negro y muy cer- 
ca de la tierra pesaban nubes grises de plomo; era la hora en que las chicas 
se encontraban en el cerco, pero ninguna de las dos llegaba. 
En la casita de latas no se podía respirar esa tarde; el abuelo y las tres nie- 
tas caminaban descalzos en el río tomando fresco. La chica de diez años se 
acordó de que en el jardín de la casa grande, como de costumbre, su amiga 
debía de estar esperándola; había ya pasado la hora, pero no importaba, 
iría de todas maneras. Vio un caballo blanco muy desnudo, le puso un bo- 
cado que encontró en el suelo, se trepó encima y salió al galope castigándo- 
lo con una rama de paraíso. La tormenta se acercaba, los árboles columpia- 
ban grandes hamacas contra el viento, filamentos como los que había en 
las bombitas de luz eléctrica de las casas grandes llenaban el cielo, y prime- 
ro un trueno y después otro rompían la tarde. El Ángel de la Guarda estaba 
despierto, pero, acostumbrado a las tormentas que cruzaba siempre la chi- 
ca sin resfriarse, tuvo cuidado solamente de preservarla de los rayos. "Los 
caballos blancos atraen los rayos", pensaba el Ángel. "Hay que tener cuida- 
do. Hay que tener cuidado." 

Las dos chicas se encontraron en el cerco y tuvieron apenas tiempo de de- 
cirse adiós; llovía con tanta fuerza que la lluvia ponía entre ellas una cortina 
espesa, imposible de levantar. 

Se oyó lejos, lejos, el galope de un caballo entre la tormenta y un rayo y 
otro rayo hicieron lastimaduras de relámpagos, duras incisiones de fuego. 

La chica se bajó del caballo y se desmayó en la puerta de la casita de lata. 
La marea subía muy cerca; en ese instante oyó un rayo sobre el animal 
que, disparando con un relincho de crines deshilachadas, quedó tendido en 
el suelo negro. En el jardín el otro rayo cayó sobre la otra chica, mientras el 
Ángel la protegía de los resfríos confiadamente, pensando que la casa tenía 
pararrayos desde tiempo inmemorial. 

En la puerta de la casita de lata la otra chica no pudo resistir el frío y se fue 
al cielo después de la tormenta... 

Había mucho canto de pájaros y de arroyos a la mañana siguiente cuando 
subidas las dos chicas sobre el caballo blanco llegaron al cielo. No había ca- 
sas ni grandes ni pequeñas, ni de lata ni de ladrillos; el cielo era un gran 
cuarto azul sembrado de frambuesas y de otras frutas. Las dos chicas se in- 
ternaron adentro y más adentro del cielo, hasta que no se las alcanzó a ver 
más. 



Los funámbulos 

Vivían en la obscuridad de corredores fríos donde se establecen corrientes 
de aire producidas por las plantas de los patios. Tenían almas de funámbu- 
los jugando con los arcos en los patios consecutivos de la casa. No sentían 
esa pasión desesperada de todos los chicos por tirar piedras y por recoger 
huevos celestes de urraca en los árboles. Cipriano y Valerio -Cipriano y Va- 
lerio los llamaba sin oírlos la planchadora sorda, que rompía la mesa de 
planchar con sus golpes-. Cipriano y Valerio eran sus hijos, y cada vez se 
volvían más desconocidos para ella; tenían designios obscuros que habían 
nacido en un libro de cuentos de saltimbanquis, regalado por los dueños de 
casa. 

Cipriano saltaba a través de los arcos con galope de caballo blanco, y Vale- 
rio de vez en cuando hacía equilibrio sobre una silla rota y escondía cuida- 
dosamente su afición por las muñecas. No comprendía por qué los varones 
no tenían que jugar con muñecas. No había sabido que era una cosa prohi- 
bida hasta el día en que se había abrazado de una muñeca rota en el borde 
de la vereda y la había recogido y cuidado en sus brazos con un movimiento 
de canción. En ese momento lo atravesaron cinco risas de chicas que pasa- 
ban -y su madre lo llamó, y con el mismo gesto de tirar la basura le arrancó 
la muñeca. Cipriano había aumentado ampliamente su vergüenza con sus 
lágrimas. 

La planchadora Clodomira rociaba la ropa blanca con su mano en flor de re- 
gadera y de vez en cuando se asomaba sobre el patio para ver jugar a los 
muchachos que ostentaban posturas extraordinarias en los marcos de las 
ventanas. Nunca sabía de qué estaban hablando y cuando interrogaba los 
labios una inmovilidad de cera se implantaba en las bocas movibles de sus 
hijos. Era una admirable planchadora; los plegados de las camisas se abrían 
como grandes flores blancas en las canastas de ropa recién planchada, y 
planchaba sin mirar la ropa, mirando las bocas de sus hijos. Detrás de las 
cabezas se elaboraba algún extraño proyecto que largamente trató de adi- 
vinar en el movimiento de los labios, hasta que acabó por acostumbrarse un 
poco a esa puerta cerrada que había entre ella y sus hijos. Por las mañanas 
los dos chicos iban al colegio, pero las tardes estaban llenas de juegos en el 
patio, de lecturas en los rincones del cuarto de plancha, de pruebas en ima- 
ginarios trapecios que la madre empezaba a admirar. 

Cipriano había ido al circo un día con su madre. Durante el entreacto fueron 
a visitar los animales. Cuando volvieron, al cruzar delante de la pista Ci- 
priano sintió el vértigo de altura que había sentido en la azotea de la casa 
adonde raras veces lo habían dejado subir. Soltó la mano de su madre y co- 
rrió hacia adentro del picadero, dio vueltas de caballo furioso, dio vueltas de 
carnero de pruebista, se colgó de un alambre de trapecista, se dio golpes 
de clown. Y todo eso con una rapidez vertiginosa en medio de una lluvia de 



aplausos. Todo el público lo aplaudía. Cipriano, deslumhrado en las estrellas 
de sus golpes, era el caballo blanco de la bailarina, el pruebista de saltos 
mortales con diez pruebistas encima de su cabeza, el trapecista de puros 
brazos con alas que atraviesan el aire para luego caer en la red elástica so- 
bre un colchón enorme, donde duermen los trapecistas. Su madre lo llama- 
ba por entre el tumulto de aplausos: ¡Cipriano, Cipriano! y se creyó muda, 
con su hijo perdido para siempre. Hasta que un acomodador se lo trajo 
lleno de moretones y bañado en sudor. El público sonreía por todas partes y 
Clodomira sintió su terror furioso transformarse súbitamente en admiración 
que la hizo temer un poco a su hijo como a un ser desconocido y pri- 
vilegiado. 

Cuando llegaron de vuelta a la casa, Valerio, que estaba enfermo con la ca- 
beza tapada dentro de las sábanas, asomó los ojos y vio todo el espectáculo 
glorioso del circo desenrollarse como una alfombra en los cuentos de Ci- 
priano. Cipriano llevaba un nimbo alrededor de su cara del color de la arena 
de la pista, sus moretones adquirían formas extrañas de tatuajes sobre sus 
brazos. 

Cipriano vivió desde ese día para volver al circo, Valerio para que Cipriano 
volviera al circo. Era a través de su hermano que Valerio gozaba todas las 
cosas, salvo su afición por las muñecas. 

El fervor acrobático sin cesar crecía en el cuerpo de Cipriano; llegaron a in- 
ventar un traje de saltimbanqui hecho con medias de mujer y camisetas 
viejas del portero. 

Un día no sentían ya el frío de la tarde sobre los brazos desnudos. Parados 
en el borde de una ventana del tercer piso, dieron un salto glorioso y en- 
vueltos en un saludo cayeron aplastados contra las baldosas del patio. Clo- 
domira, que estaba planchando en el cuarto de al lado, vio el gesto maravi- 
lloso y sintió, con una sonrisa, que de todas las ventanas se asomaban mi- 
llones de gritos y de brazos aplaudiendo, pero siguió planchando. Se acordó 
de su primera angustia en el circo. Ahora estaba acostumbrada a esas co- 
sas. 

La siesta en el cedro 

Hamamelis Virginica, Agua Destilada 86% y una mujer corría con dos ramas 
en las manos, una mujer redonda sobre un fondo amarillo de tormenta. 
Elena mirando la imagen humedecía el algodón en la Maravilla Curativa pa- 
ra luego ponérsela en las rodillas: dos hilitos de sangre corrían atándole la 
rodilla. Se había caído a propósito, necesitaba ese dolor para poder llorar. 
Hamacándose fuerte, fuerte, hasta la altura de las ramas más altas y luego 
arrastrando los pies para frenar se había agachado tanto y había soltado 



tan de golpe los brazos que, finalmente, logró caerse. Nadie la había oído, 
las persianas de la casa dormían a la hora de la siesta. Lloró contra el suelo 
mordiendo las piedras, lágrimas perdidas -toda lágrima no compartida le 
parecía perdida como una penitencia-. Y se había golpeado para que alguien 
la sintiera sufrir dentro de las rodillas lastimadas, como si llevara dos cora- 
zones chiquitos, doloridos y arrodillados. 

Cecilia y Ester, sus mejores amigas, eran mellizas, delgadas y descalzas; 
eran las hijas del jardinero y vivían en una casa modesta, cubierta de enre- 
daderas de madreselva y de malvas, con pequeños canteros de flores. 
Un día oyó decir al chauffeur: "Cecilia está tísica. Van tres que mueren en la 
casa de esa misma enfermedad". En seguida corrió y se lo dijo a la niñera, 
después a su hermana. No sé qué voluptuosidad dormía en esa palabra de 
color marfil. "No te acerques mucho a ella, por las dudas", le dijeron y 
agregaron despacito: "Fíjate bien si tose": la palabra cambió de color, se 
puso negra, del color de un secreto horrible, que mata. 
Cecilia llegó para jugar con ella, al día siguiente con los ojos hundidos; sólo 
entonces la oyó toser cada cinco minutos, y era cada vez como si el mundo 
se abriera en dos para tragarla. "No te acerques demasiado", oía que le de- 
cían por todos los rincones; "No tomes agua en el mismo vaso", pero ávi- 
damente bebió agua en el mismo vaso. 

Cuando Cecilia se fue sola a las cinco de la tarde por los caminos de árbo- 
les, Elena corrió al cuarto de su madre y dijo: "Cecilia está tísica": esa noti- 
cia hizo un cerco asombroso alrededor de ella y una vez llegada a los oídos 
de su madre acabó de encerrarla. 

Desde aquel día vivió escondida detrás de las puertas, oía voces crecer, 
disminuir y desaparecer adentro de los cuartos: "Es peligroso" decían, "No 
tienen que jugar juntas. Cecilia no vendrá más a esta casa". Así, poco a po- 
co, le prohibieron hablar con Cecilia, indirectamente, por detrás de las puer- 
tas. 

Y pasaron los días de verano con pesadez de mano blanda y sudada, con 
cantos de mosquitos finos como alfileres. A la hora de la siesta miraba el 
jardín dormido entre las rendijas de las persianas. Las chicharras cantaban 
sonidos de estrellas: era en los oídos como en los ojos cuando se ha mirado 
mucho al sol, de frente; manchas rojas de sol. Veía llegar a Cecilia desde el 
portón juntando bellotas que parecían pequeñísimas pipas con las cuales 
fingía fumar intercambiándolas, como hombres cuando toman mate. Sintió 
que era para ella para quien las estaba juntando, esas bellotas verdes y li- 
sas que contenían una carne blanca de almendra. 

Después de alzar la cabeza insistentemente como si la persiana fuese de vi- 
drio, se acercó corriendo hasta la puerta y tocó el timbre; alguien le abrió y 



dijo palabras que no se oían. Le entregaban paquetes de dulces y juguetes 
antes de cerrar la puerta y decirle que Elena no estaba, que Elena tenía do- 
lor de cabeza o estaba resfriada. Pero volvía todos los días juntando coqui- 
tos y bellotas, mirando la persiana cerrada detrás de la cual se asomaban 
los ojos de su amiga. Hasta el día en que no volvió más. 
Elena permanecía detrás de las persianas a la hora de la siesta. El jardinero 
estaba vestido de negro. Elena esta vez huía de los secretos detrás de las 
puertas, corría por los corredores, hablaba fuerte, cantaba fuerte, golpeaba 
sillas y mesas al entrar a los cuartos, para no poder oír secretos. Pero fue 
todo inútil; por encima de las sillas golpeadas y de las mesas, por encima 
de los gritos y de los cantos, Cecilia se había muerto. Cecilia descalza co- 
rriendo por el borde del río se había resfriado, hacía dos semanas, y se ha- 
bía muerto. Elena guardó el vaso en que bebían el agua prohibida. 

Pocos días después Micaela, la niñera, la llevó a escondidas de visita a casa 
del jardinero. Elena trató de reproducir su rostro más triste, sus movimien- 
tos más inmóviles; la nerviosidad le robaba toda tristeza, trataba en vano 
de llegar al estado de sufrimiento anterior para no interrumpir el dolor nu- 
meroso. Pero cuando llegaron a la casa, la familia hablaba de manteles bor- 
dados, cuellos tejidos, la mejor manera de ganarse la vida, casamientos, 
todo interrumpido de risas. Nada parecía haber sucedido dentro de esa ca- 
sa. Micaela escuchaba con severidad, como si alguien la hubiera engañado. 
Esa visita no podía terminar así; ella no había ido para hablar de manteles 
ni casamientos, había ido para reconfortar a los deudos y apiadarse de 
ellos. Trataba de entrar una frase triste en la conversación, como los chicos 
cuando entran a saltar a la cuerda. Al fin pudo: preguntó si no conservaban 
ningún retrato de la finada. 

Hasta ese instante la familia entera parecía esperar la llegada de Cecilia de 
un momento a otro; esperaban que llegara del almacén, que llegara del río, 
o de las quintas vecinas. Inmediatamente hubo un revuelo de accidente, en 
los cuartos, adentro de los armarios y de los cajones, en busca de retratos 
como de medicamentos. Luego un silencio en el que Elena oyó unos pasos: 
los pasos descalzos de Cecilia. No, no había ningún retrato, salvo la fotogra- 
fía de la cédula de identidad. 

Una nube oscurísima se cernía sobre la casa; la madre trajo la fotografía 
que ya estaba medio borrada, sólo se veía claramente el dibujo de la boca. 
Ester era lo único que quedaba de ella, habían nacido juntas pero no se pa- 
recían nada. Ester, sentada en una silla, se reía; la madre le gritó: "Andá, 
laváte la cara" -y volvió con urgencia la conversación de los manteles-. La 
madre pasó la mano por sus ojos al despedirse. Micaela la miró intensa- 
mente buscándole lágrimas. Abrió la pequeña puerta y se quedó parada en 
la vereda con la manos cruzadas sobre el delantal gris, sonriendo. 



Hamamelis Virginica, Agua Destilada 86%, la mujer corría enloquecida so- 
bre la caja de cartón. Elena se levantó y se asomó por la persiana, el jardi- 
nero vestido de negro se reía con el otro jardinero. Nadie sabía que Cecilia, 
como ella, se había muerto, y al fin y al cabo, quién sabe si esperándola 
mucho en la persiana no llegaría un día juntando bellotas; entonces Elena 
bajaría corriendo con una cuchara de sopa y un frasco de jarabe para la tos, 
y se irían corriendo lejos, hasta el cedro donde vivían en una especie de 
cueva, entre las ramas, a la hora de la siesta, para siempre. 

La cabeza pegada al vidrio 

Desde hacía quince años Mlle. Dargére tenía a su cargo una colonia de ni- 
ños débiles que había sido fundada por una de sus abuelas. La casa estaba 
situada a la orilla del mar y ella desde su juventud había vivido en la parte 
lateral del asilo, en el último piso de la torre. 

En los primeros tiempos vivía en el primer piso, pero de noche en los vi- 
drios de la ventana se le aparecía la cabeza de un hombre en llamas. Una 
cabeza espantosamente roja, pegada al vidrio como las pinturas de los vi- 
traux. Se mudó al segundo piso: la misma cabeza la perseguía. Se mudó al 
tercer piso: la misma cabeza la perseguía; se mudó de todos los cuartos de 
la casa con el mismo resultado. 

Mlle. Dargére era extremadamente bonita y los chicos la querían, pero una 
preocupación constante se le instaló en el entrecejo en forma de arrugas 
verticales que estropeaban un poco su belleza. Sus noches se llenaban de 
insomnios y en sus desvelos oía los coros de los sueños de los niños subir, 
con blancura de camisón, de los dormitorios de veinte camas en donde de- 
positaba besos cotidianos. 

Las mañanas eran diáfanas a la orilla del mar; los chicos salían todos vesti- 
dos con trajes de baño demasiado largos que se enredaban en las olas. No 
era la culpa de los trajes, pensaba Mlle. Dargére apoyada contra la balaus- 
trada de la terraza; los chicos no podían usar sino trajes hechos a medida, 
para no quedar ridículos. Tenían un bañero negro que los mortificaba dia- 
riamente con una zambullida dolorosa, que lo resguardaba a él sólo, cuida- 
dosamente, de las olas. Pero ella no podía oír llorar a los chicos y se acor- 
daba del suplicio de los baños con bañeros en su infancia, que habían llena- 
do su vida de sueños eternos de maremotos. 

Se bañaba de tarde con el agua a la altura de las rodillas, cuando la playa 
estaba desierta; entonces llevaba a veces un libro que no leía y se acostaba 
sobre la arena después del baño; era el único momento del día en que des- 
cansaba. Era la madre de ciento cincuenta chicos pálidos a pesar del sol, 
flacos a pesar de la alimentación estudiada por los médicos, histéricos a pe- 



sar de la vida sana que llevaban. 

Mlle. Dargére derrannaba su prestigio de belleza sobre ellos. Su proximidad 
los serenaba un poco y los engordaba más que los alimentos estudiados por 
los mejores médicos, pero la cabeza del hombre en llamas seguía de noche 
en la ventana hasta que llegó a ser una horrible cosa necesaria que se bus- 
ca detrás de las cortinas. 

Una noche no durmió un solo minuto; la cabeza estaba ausente, la buscó 
detrás de las cortinas, y la desveló esta vez la posibilidad de poder dormir 
tranquila: la cabeza parecía haberse perdido para siempre. 

A la mañana siguiente, en los dormitorios, una extraña exasperación retenía 
a los chicos al borde de las lágrimas. Llantos contenidos se amontonaban en 
las bocas. Mlle. Dargére creyó ver un asilo de ancianos en traje de baño 
azul marino desfilando hacia la playa. Carolina, su preferida, la única que 
tenía un cuerpo capaz de rellenar el traje de baño, se escapó de entre sus 
brazos. 

La playa esa mañana se llenó de llantos obscuros y atorados dentro de las 
olas. 

Mlle. Dargére, después de apoyar su melancolía sobre la balaustrada, que 
fue como una despedida a la belleza, subió corriendo hasta el espejo de su 
cuarto. La cabeza del hombre en llamas se le apareció del otro lado; vista 
de tan cerca era una cabeza picada de viruela y tenía la misma emotividad 
de los flanes bien hechos. Mlle. Dargére atribuyó el arrebato de su cara a 
las quemaduras del sol que se derraman en líquidos hirvientes sobre las 
pieles finas. Se puso compresas de óleo calcáreo, pero la imagen de la ca- 
beza en llamas se había radicado en el espejo. 

El corredor ancho de sol 

Se sintió enferma el día de su convalecencia. Ya no oía los ruidos inusitados 
del alba: el carrito del lechero, las cortinas metálicas de las tiendas, los 
tranvías solitarios que no se detienen a esa hora en las esquinas. 
El día estaba ya viejo en las ventanas de su cuarto cuando se despertaba y 
oía los ruidos de la mañana. La casa donde vivía quedaba sobre la pendien- 
te de una calle empedrada que aceleraba los autos con cambios de veloci- 
dad, y esos cambios de velocidad le recordaban un hotel de Francia situado 
al pie de una montaña en donde había pasado protestando los días que 
ahora le parecían más felices de su vida. El hotel estaba rodeado de lam- 
bercianas y las piñas amontonadas en las ramas eran redondas y grises 
como muchos pájaros juntitos. Era un paisaje parecido a los paisajes de la 
provincia de aquí, pero donde las plantas eran menos fragantes y sin espi- 
nas, como los pescados preparados por un cocinero hábil. En las provincias 



existían plantas de olores extraordinarios: recordaba una planta con olor a 
sartén venenosa, otra con olor a piso recién encerado, otra con olor a gua- 
ranga. 

Estaba sentada contra la ventana, con la frente apoyada sobre el vidrio que 
temblaba masajes eléctricos cada vez que pasaba por la calle un carro de 
tres o cuatro caballos. No podía hacer el gesto de cambiar de postura, por- 
que entre cada postura había que hacer un salto mortal que ponía en mo- 
vimiento giratorio de terremoto todos los muebles y cuadros del cuarto... 
Su cuerpo se había distanciado de ella y sus ojos se disolvían como si fue- 
ran de azúcar, en un punto fijo indefinidamente vago y rodeado como un 
cielo de estrellas. 

La aliviaba pensar en un corredor muy ancho de sol, donde una vez se ha- 
bía estirado en un sillón de mimbre blanco. Era una casa rosada en forma 
de herradura. Tres corredores rodeaban un patio de pasto lleno de flores de 
agapanto muy azules o muy violetas, según el color de la pared contra la 
cual se apoyaban entre los arcos de un croquet abandonado. Ella sentía que 
había nacido en esa casa repleta de silencio donde andaba por el campo en 
una americana con un caballo empacado y enfurecido de galopes en las 
vueltas de los caminos. Había nacido en esa casa, aunque solamente la hu- 
bieran invitado por un día. Conocía la casa de memoria antes de haber en- 
trado en ella, la hubiera podido dibujar con la misma facilidad con la cual 
había dibujado, un día, en un cuaderno la cara de su novio antes de cono- 
cerlo. Recordaba como un recuerdo anterior a su vida, que en medio de una 
inmensa inconsciencia había tenido que atravesar días de angustias antes 
de llegar hasta ese rostro donde había encerrado su cariño, hasta ese co- 
rredor tan ancho de sol. Volvió a pensar en el hotel de Francia, porque el li- 
noleum del cuarto de baño del hotel era igual al de aquella casa de campo. 
Movió blandamente sus grandes brazos de nadadora, y sus manos busca- 
ban un libro sobre la mesa. Hubiera podido nadar, porque nadando se va 
acostado sobre colchones espesos de agua, y el sol la hubiera sanado, pero 
los árboles estaban desnudos contra el cielo gris y los toldos de las venta- 
nas volaban el viento. Era inútil que sus manos tomaran el libro. Por la 
puerta entreabierta se oyeron cantos de cucharas y platos que anunciaban 
la llegada de una sopa de tapioca en una bandeja con estrellitas y con gusto 
a infancia. 

Nocturno 

Juan Pack duerme. Todas las noches al despedirse de su novia y antes de 
irse de la casa inspeccionaba el enorme armario del dormitorio, en busca de 
ladrones. Nunca se quedaba tranquilo, siempre había el mismo ruido inusi- 
tado detrás de las puertas en las persianas mal cerradas. Las cañerías de la 



casa hacían gárgaras y sonidos de tripas gigantes en los pisos altos. Los 
trenes cercanos desparramaban distancias líquidas, jadeantes, y se interpo- 
nían como puertas translúcidas delante de los otros ruidos. Juan Pack 
duerme con una invisible raqueta en la mano. Un partido de tennis lumino- 
so dividía en dos el transcurso del día obscuro de oficina, bañándolo ahora 
de un sueño blando de infancia. Los sábados eran días de jugar al tennis, 
las noches del sábado eran noches de dormir como un niño. 
La novia de Pack duerme en una casa alta de ocho pisos, rodeada de un 
mar de ruidos crecientes en la noche con ese armario grande en el dormito- 
rio, donde se reunían vestidos, abrigos de invierno y verano, grandes som- 
breros azules de paja con cintas blancas y rojas. No hay ningún ladrón den- 
tro del armario, las anchas espaldas de las perchas en filas apretadas desfi- 
laban de día y de noche. Sólo un vestido es distinto de los otros, distinto de 
medida y de forma; es blanco con nidos de abeja en el ruedo, en los puños, 
en las mangas. Era el vestido cosido para una fiesta por Eulalia, era el ves- 
tido cosido y cortado por Eulalia hace diez años, cuando la novia de Pack 
pesaba quince kilos menos, tenía dieciséis años y no tenía ningún novio. Un 
anillo ancho ceñía su dedo izquierdo, un anillo sacado de una torta de boda 
o en un cracker el día del casamiento de una de sus primas. 
Entonces recordaba que había tenido que cruzar por casamientos como por 
muertes; primero fueron las hermanas, después las amigas, que dejaban 
las casas vacías al irse. No había creído nunca que llevaría otro traje de no- 
via, a no ser el que le hacía el tul del mosquitero, tan lindo al levantarse por 
las mañanas, sobre su cabeza, en el espejo. Relegada bien al fondo de su 
infancia, veía todavía pasar los coches iluminados, con dos novios mellizos 
y tiesos expuestos en vidriera: un ramo de flores blancas en la mano como 
florero inmóvil sobre una mesa. Se oía todavía gritar: "Matilde", "Matilde", 
tirando el velo de novia de su hermana mayor el día del casamiento. Pero 
Matilde, distante y fría aunque bañada en lágrimas, abrazaba parientes y 
amigas con las mejillas estampadas de bocas rojas; resistía los tirones del 
velo como si se hubiera enganchado en una puerta y no en las manos supli- 
cantes de su hermana. Y sin embargo todas las noches habían dormido de 
la mano y con las camas juntas. 

Vivían entonces en Lomas de Zamora, una casa con corredores lustrosos y 
sillas trenzadas de paja, macizos de amapolas y centauras muy azules ro- 
deaban el jardín. Eulalia era costurera, ama de llaves, de muchas llaves, y 
tenía tiempo a veces de regar las flores y el pasto. Sobrevino la venta de la 
casa; había que instalarse en un departamento en el centro; nadie en la 
familia deseaba mudarse pero obedecieron como a un mandato invisible. 
"Lomas de Zamora queda muy distante para las chicas, ahora que empie- 
zan a ser grandes", repetían el padre y la madre, despidiéndose de la casa. 
La mudanza fue penosa. Seis carros no alcanzaron para llevar los muebles; 



los demás se vendieron en rennate. 

Al pasar por la casa poco después vieron enarbolar un cartel que decía: 
"Edificio para el Colegio de la Inmaculada Concepción", lo leyeron de reojo, 
con miedo de que, visto de frente, les lastimara la vista. Pero Lucía salvaba 
su vestido blanco adornado con nidos de abeja: en los pliegues era seguro 
que llevaba las amapolas del jardín, las sillitas verdes de fierro, las cuatro 
palmeras y las siestas estiradas en los cuartos húmedos de la casa vieja. 
Lucía Treming sueña dentro del armario vestida hace diez años con el vesti- 
do blanco; abre las ventanas de la casa de Lomas de Zamora; a través de 
la reja pasa un muchacho alto: es Juan Pack, pero no se conocen, pasa el 
límite de la reja sin darse vuelta y ella, sintiéndose anémica, se sienta en 
las sillitas verdes de fierro y espera que vuelva a pasar ese muchacho alto y 
desconocido que toda la vida le prodigará sonrisas; la hija de Eulalia corre 
por el jardín, con una red de cazar mariposas aprisiona la cabeza de Lucía y 
la encierra sin luz debajo de la red; su novio la llama desde lejos sin verla - 
no se conocen, se miran siempre de lejos. 

Pack sueña en el jardín muy grande de su casa de campo; hay una cancha 
de tennis recién regada, sin red; llama al jardinero: "¿Dónde está la red del 
tennis?" 

-"Señor, la red se ha perdido, pero hay una bromelia detrás del motor de 
ochenta y cinco caballos"; entra en la oficina, busca la red en los cajones 
del escritorio, no la encuentra; entra al cuarto de Lucía que está durmiendo, 
abre el enorme armario, por entre los vestidos se abre paso y camina, ca- 
mina. No hay vestidos ni cintas ni sombreros, una enorme red de tennis te- 
jida con telarañas se pega en sus manos desplegándose infinitamente 
"Lucía, Lucía, tus vestidos se han perdido todos. Mis vestidos sueltos corren 
y corren por el cuarto." 

Dentro de ese armario hay un misterio permanente que Pack trata de dilu- 
cidar: es el cuartito de guardar plumeros donde se escondían de chicos ju- 
gando "a la operación de apendicitis", "al cuarto obscuro". 
El miedo, cuidadosamente guardado, se asoma con cara de ladrón, lo aga- 
rra de la mano, le sonríe grande y adulto como un monstruo. 

Extraña visita 

Antes almorzaba en una mesita chica en el antecomedor y ahora tenía per- 
miso de almorzar en la mesa grande. Por entre las conversaciones los ojos 
de Leonor se abrían paso hasta las ventanas en busca de un pedazo de cie- 
lo azul enteramente cubierto, ahora, por las nubes. Iba a llover y hacía mu- 
cho tiempo que esperaba aquel día, porque le habrían prometido llevarla de 
visita a una casa que estaba en las afueras, adonde la habían llevado una 
sola vez. Allí vivía un señor muy alto como aislado del mundo por su altura. 



Era un amigo del padre de Leonor, que tenía una hija, dos mucamas y un 
jardinero viviendo en una casa cliiquita, con una escalera de caracol. En el 
jardín había una fuente en miniatura con dos tritones anudados que echa- 
ban agua por la boca, una palmera achatada contra la pared de la casa de 
al lado y cuatro rosales en filas dobles de cada lado del camino. Elena tenía 
el pelo increíblemente negro, pero la cara tan transparente que se le había 
borrado; no quedaba más que el moño blanco, muy bien hecho, de su pelo 
y el vestido con cinco alforzas entre las cuales se enganchaban los ojos de 
Leonor. 

Habían explorado la casa y lo único que abundaba eran los recovecos. Ha- 
bían subido hasta la azotea desde la que se veían vivir las casas vecinas en 
cortejos de ropas tendidas al sol. Se habían escondido debajo de la escalera 
y se habían cansado de que nadie las buscara. Se habían asomado a la ven- 
tana del escritorio del piso bajo en donde dos señores hablaban, dos seño- 
res con las caras severas de sus padres, dos señores ahogados en seriedad 
de cuello duro y olor a cigarro. Leonor, conteniendo su risa, apretaba la na- 
riz contra el vidrio frío y sus ojos tenían que atravesar el paisaje de una 
cortina blanca y de una Diana Cazadora para llegar hasta su padre que es- 
taba sentado en un sofá de cuero marrón. Leonor vio que del bolsillo sacó el 
ancho pañuelo con que se secaba la frente los días de mucho calor, pero 
hacía frío en ese cuarto. Su padre no se había quitado el sobretodo, y sin 
embargo, con el mismo gesto de secarse la frente los días de mucho calor, 
se pasaba el pañuelo hasta llegar a la altura de los ojos, en donde se detu- 
vo como alguien que llora. 

Un ruido de máquina de coser envolvía la casa haciéndole un ruedo de si- 
lencio y se oía apenas el quejido que deben de hacer las lágrimas para 
atravesar los ojos cerrados. El padre de Elena se levantó y corrió el store de 
la ventana. Después de un rato volvieron a crecer las voces como antes. 
Elena tomó la mano de Leonor, que tenía miedo, y caminaron hasta el cuar- 
to de juguetes como si tuviesen la orden de jugar; pero no jugaron. Elena 
le regaló una medallita que se le perdió tres veces en el suelo al sacarla del 
cajón. Se despidieron sin mirarse, con un beso que buscaba mejillas al lado 
de las mejillas, sobre el aire. 

En el automóvil, de vuelta, su padre la retó dos veces, y Leonor ya no creyó 
que hubiera llorado. Por el costado de los ojos había visto la dureza de la 
frente arrugada y no podía conciliar las dos imágenes, una vista a través 
del paisaje lejano de la cortina, la otra tan cerca y en una región remota 
adonde lo llevaba su mal humor, sentado en el asiento de un automóvil. 
Leonor pensaba en Elena. La mesa se llenaba de risa a la hora del postre. El 
cielo estaba cada vez más negro, y caía una lluvia finita de azúcar en polvo. 
Leonor vio que su padre sacudía la cabeza pensando que no irían a la casa 
de Elena ese día, y sentía que un océano grande como el que le enseñaban 



en los mapas la tenía alejada del rostro que quería alcanzar, y que se le ha- 
bía borrado, de Elena. 

La calle Sarandí 

No tengo el recuerdo de otras tardes más que de esas tardes de otoño que 
han quedado presas tapándome las otras. Los jardines y las casas adquirían 
aspectos de mudanza, había invisibles baúles flotando en el aire y presen- 
cias de forros blancos empezaban ya a nacer sobre los muebles obscuros de 
los cuartos. Solamente las casas más modestas se salvaban de las despedi- 
das invernales. Eran tardes frescas y los últimos rayos del sol amarillo, de 
este mismo rosado-amarillo, envolvían los árboles de la calle Sarandí, 
cuando yo era chica y me mandaban al almacén a comprar arroz, azúcar o 
sal. 

El miedo de perder algo me cerraba las manos herméticamente sobre las 
hojas que arrancaba de los cercos; al cabo de un rato creía llevar un men- 
saje misterioso, una fortuna en esa hoja arrugada y con olor a pasto dentro 
del calor de mi mano. En la mitad del trayecto, de la casa donde vivíamos al 
almacén, un hombre se asomaba, siempre en mangas de camisa y decía 
palabras pegajosas, persiguiendo mis piernas desnudas con una ramita de 
sauce, de espantar mosquitos. Ese hombre formaba parte de las casas, es- 
taba siempre allí como un escalón o como una reja. A veces yo doblaba por 
otro camino dando una vuelta larguísima por el borde del río, pero las cre- 
cientes me impedían muchas veces pasar, y el camino directo se volvía 
inevitable. Mis hermanas eran seis, algunas se fueron casando, otras se 
fueron muriendo de extrañas enfermedades. Después de vivir varios meses 
en cama se levantaban como si fuera de un largo viaje entre bosques de 
espinas; volvían demacradas y cubiertas de moretones muy azules. Mi sa- 
lud me llenaba de obligaciones hacia ellas y hacia la casa. 
Los árboles de la calle Sarandí se cubrían de oleajes con el viento. El hom- 
bre asomado a la puerta de su casa escondía en el rostro torcido un invisi- 
ble cuchillo que me hacía sonreírle de miedo y que me obligaba a pasar por 
la misma vereda de su casa con lentitud de pesadilla. 

Una tarde más obscura y más entrada en invierno que las otras, el hombre 
ya no estaba en el camino. De una de las ventanas surgió una voz enmas- 
carada por la distancia, persiguiéndome, no me di vuelta pero sentí que al- 
guien me corría y que me agarraban del cuello dirigiendo mis pasos inmóvi- 
les adentro de una casa envuelta en humo y en telarañas grises. Había una 
cama de fierro en medio del cuarto y un despertador que marcaba las cinco 
y media. El hombre estaba detrás de mí, la sombra que proyectaba se 
agrandaba sobre el piso, subía hasta el techo y terminaba en una cabeza 
chiquita envuelta en telarañas. No quise ver más nada y me encerré en el 



cuantito obscuro de mis dos manos, liasta que llamó el despertador. 
Las horas habían pasado en puntas de pie. Una respiración blanda de sueño 
invadía el silencio; en torno de la lámpara de kerosene caían lentas gotas 
de mariposas muertas cuando por las ventanas de mis dedos vi la quietud 
del cuarto y los anchos zapatos desabrochados sobre el borde de la cama. 
Me quedaba el horror de la calle para atravesar. Salí corriendo desanudan- 
do mis manos; volteé una silla trenzada del color del alba. Nadie me oyó. 

Desde aquel día no volví a ver más a aquel hombre, la casa se transformó 
en una relojería con un vendedor que tenía un ojo de vidrio. Mis hermanas 
se fueron yendo o desapareciendo junto con mi madre. A fuerza de lavar el 
piso y la ropa, a fuerza de remendar las medias, el destino se apoderó de 
mi casa sin que yo me diera cuenta, llevándoselo todo, menos el hijo de mi 
hermana mayor. No quedaba nada de ellas, salvo algunas medias y cami- 
sones remendados y una fotografía de mi padre, rodeado de una familia 
enana y desconocida. 

Ahora en este espejo roto reconozco todavía la forma de las trenzas que 
aprendí a hacerme de chica, gruesa arriba y finita abajo como los troncos 
de los palos borrachos. La cabeza de mi infancia fue siempre una cabeza 
blanca de viejita. Mi frente de ahora está cruzada por surcos, como un ca- 
mino por donde han pasado muchas ruedas, tantas fueron las muecas que 
le hice al sol. 

Reconozco esta frente nunca lisa, pero ya no conozco al chico de mi herma- 
na, era tierno y lo creí para siempre un recién nacido cuando me lo dieron 
todo envuelto en una pañoleta de franela celeste porque era un varón. Me 
despertaba por las mañanas con una risa de globitos bañada de aguas muy 
claras y su llanto me bendecía las noches. 

Pero la ropa que me entregaban algunas familias para lavar o para coser, 
las vainillas de los manteles, las costuras, invadían mis días mientras que el 
chico de mi hermana gateaba, aprendía a caminar e iba a la escuela. No me 
di cuenta de que su voz se había desbarrancado de una manera vertiginosa 
a los dieciséis años, como la voz de ese compañero de colegio que le ayu- 
daba a hacer los deberes. No me di cuenta hasta el día en que pronunció un 
discurso ensayándose para una fiesta en el colegio; hasta entonces había 
creído que esa voz obscura salía de la radio de al lado. 

Cuántas vainillas habré hecho, vainillas de manteles y vainillas de bizco- 
chuelo (pues no puedo desperdiciar la oportunidad de cocinar algunos biz- 
cochuelos o dulces para vender de vez en cuando), cuántos ruedos y dobla- 
dillos habré cosido, cuánta espuma blanca habré batido lavando la ropa y 
los pisos. No quiero ver más nada. Este hijo que fue casi mío, tiene la voz 
desconocida que brota de una radio. Estoy encerrada en el cuartito obscuro 



de mis manos y por la ventana de mis dedos veo los zapatos de un hombre 
en el borde de la cama. Ese hijo fue casi mío, esa voz recitando un discurso 
político debe de ser, en la radio vecina, el hombre con la rama de sauce de 
espantar mosquitos. Y esa cuna vacía, tejida de fierro... 
Cierro las ventanas, aprieto mis ojos y veo azul, verde, rojo, amarillo, viole- 
ta, blanco, blanco. La espuma blanca, el azul. Así será la muerte cuando me 
arranque del cuartito de mis manos. 

El vendedor de estatuas 

Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que 
daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de al- 
gunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado. 
En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se 
habían sentado muchas mujeres y profesores gordos. 

Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las 
manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un 
profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de 
la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vende- 
dor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con 
manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de me- 
sa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un 
chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el ven- 
dedor de estatuas aun el beso de un chico era una travesura peligrosa; les 
tenía el mismo miedo que se les tiene a los payasos y a las mascaritas. 
En un corralón de al lado el vendedor de estatuas tenía su taller. Grandes 
letras anunciaban sobre la puerta de entrada: "Octaviano Crivellini. Copias 
de estatuas de jardines europeos, de cementerios y de salones"; y ahí es- 
taba un batallón de estatuas temibles para los compradores que no sabían 
elegir. Había mandado construir una pequeña habitación para poder vivir 
confortablemente. Mientras tanto vivía en la casa de pensión de al lado y 
antes de dormirse les decía disimuladamente buenas noches a las estatuas. 
Sentado en la mesa del comedor Octaviano Crivellini era un hombre devo- 
rado de angustias. Estaba delante de los fiambres desganado y triste, repi- 
tiendo: "No tengo que preocuparme por estas cosas", "No tengo que preo- 
cuparme por estas cosas". 

El chico de siete años se alojaba detrás de la silla y con perversidad mala- 
barista le daba pequeñas patadas invisibles, y esta escena se repetía diaria- 
mente; pero eso no era todo. Las patadas invisibles a la hora de las comi- 
das, las hubiera podido soportar como picaduras de mosquitos de otoño, te- 
rribles y tolerables porque existe el descanso del mosquitero por la noche, 
las piezas sin luz y el alambre tejido en las ventanas, pero las diversas mo- 



lestias que ocasionaba Tirso, el cínico de siete años, eran constantes y sin 
descanso. No había adonde acudir para librarse de él. Debía de tener una 
madre anóninna, un padre aterrorizado que nadie se atrevía a interpelar. 

Hacía ya una semana de aquella noche en que se había escapado de la casa 
detrás de él. Sin duda lo había visto repartir besos con un movimiento habi- 
tual de limpieza sobre las cabezas de yeso que se movían en la noche con 
frialdad de estrella. Tirso se rió destempladamente y cabalgó sobre un león 
con melena suelta y abultada. La luna hacía de la tierra un lago relleno de 
sombras donde lloraban ángeles de cementerio, alguna Venus de ojos va- 
cíos, alguna Diana Cazadora corriendo contra el viento, algún busto de Só- 
crates. Octaviano, al ver a Tirso cabalgando sobre uno de sus leones prefe- 
ridos, abrevió rápidamente su despedida nocturna y se fue abrumado de 
vergüenza y terror. 

Tirso, creyendo que el vendedor inmóvil de estatuas no lo había visto, sintió 
que tenía un poder prodigioso de invisibilidad, y volvió a acostarse en pun- 
tas de pie con la sensación de haber presenciado un milagro. Desde ese día 
todas las noches lo había seguido hasta el corralón, se había familiarizado 
con las estatuas, con las manos y los pies de yeso guardados en los ar- 
marios, con los perros blancos. Octaviano en cambio se había distanciado 
de sus estatuas, las limpiaba ahora con escasas caricias delante del chico. 
Tirso empezó a cansarse de ese don de invisibilidad del que gozaba desde 
hacía poco tiempo. El jugador de ajedrez le había hablado dos o tres veces. 
El ciclista le había dado un caramelo. La comisionista le había probado un 
cuello de puntillas, confundiéndolo con una chica, un día que llevaba un de- 
lantal, pero el vendedor de estatuas no le hablaba. 

Cuando terminaron de comer, Octaviano se levantó como un chico en peni- 
tencia, sin postre -él, que hubiera deseado que Tirso se quedara sin postre. 
Se ató un pañuelo alrededor del pescuezo y salió como de costumbre. Tirso 
lo siguió. Empezaba a grabar su nombre con tiza colorada en las estatuas y 
Octaviano creía enloquecer de pena. Tirso lo desalojaba, le robaba su tran- 
quilidad, lo asesinaba subterráneamente, y Tirso era inconmovible e inde- 
pendiente como lo son raras veces los grandes criminales. Cuando volvió a 
acostarse, al querer cerrar la puerta de su cuarto sintió una fuerza gigante 
que la retenía; hizo tentativas inútiles por cerrarla, hasta que de pronto, 
inesperadamente, se le vino encima, aplastándole casi el brazo. Pocos mi- 
nutos después la puerta volvió a abrirse. No era necesario ver quién abría la 
puerta con esa fuerza, no podía ser sino Tirso; y esta escena, como las 
otras, se repitió todas las noches. 

Las primeras veces trató de juntar toda su fuerza en los ojos al clavarlos 
sobre Tirso, pero los ojos de Tirso eran duros como paredes metálicas. Te- 
nía unos ojos que nunca debían de haber llorado, y solamente matándolo se 



lo podía quizás lastimar un poco. 

En el fondo del corralón había un gran armario donde el hombre desespera- 
do se refugió una noche. Tirso, al ver que no estaba allí el vendedor de es- 
tatuas, se fue decepcionado. Pero persistió en sus cabalgatas nocturnas. 
Empezó a notar que sus actos eran tan invisibles como su cuerpo: los nom- 
bres que había grabado en las estatuas, no los encontraba nunca la noche 
siguiente; por eso sacó su cortaplumas para grabarlos, como en los árboles 
de una manera más segura. 

Una noche llena de perros que ladraban a la luna, el vendedor de estatuas 
se retiró más temprano que de costumbre en el refugio del armario. Tirso 
no se resolvía a bajarse de encima del león, pero al fin empezó a trotar en 
círculos y semicírculos enloquecidos, arrastrando un ruido de fierros oxida- 
dos por el suelo. El vendedor de estatuas después de un rato no oyó más 
nada; el silencio y el bienestar habían entrado de nuevo en la noche circun- 
dante. Iba a salirse del armario cuando oyó dar a la llave dos vueltas que lo 
encerraban. 

Quedaba poco aire respirable, quizás alcanzaría para unas horas de vida; 
sintió desfilar todas las estatuas que había vendido y que no había vendido 
a lo largo de su existencia. Un ángel de cementerio estaba cerca de él y le 
indicaba el camino al cielo. Llevaba un nombre grabado sobre la frente. Tu- 
vo miedo: sacó el pañuelo y borró largamente el nombre en la obscuridad 
del armario donde se acababan las últimas gotas de aire y de luz que toda- 
vía le permitían vivir. 

Día de Santo 

Era el día de su santo y era un día como todos los demás. Un vals brotaba 
en ondas, de la casa de al lado; no era la radio, debía de ser alguien que 
estudiaba piano siguiendo las notas sobre una música salpicada de indeci- 
siones. Y era cada día ese mismo vals nunca aprendido que se asomaba por 
las persianas y se filtraba por las paredes de la casa vecina. Esa música se 
extendía muy lejos desde el día de su nacimiento y se repetía cada año en 
un día de santo huérfano de regalos. El mes pasado Fulgencia la había invi- 
tado para su cumpleaños; había regalos tan abundantes que hubieran podi- 
do llenar la vidriera de una juguetería. Celinita estaba con botines nuevos; 
extrañaba sus pies desnudos de todos los días que corrían como palomas 
sobre las baldosas floreadas, dos palomas asustadas resbaladizas sobre el 
piso encerado de los cuartos. 

Había muchas visitas, muchas primas, muchas señoras sentadas en las si- 
llas viendo jugar las chicas como en un teatro, pero Fulgencia prefería jugar 
sola y sin juguetes con Celinita, porque ella sola llevaba en la frente un 
nimbo lacio de pobreza, porque sabía subirse sobre los árboles mejor que 



nadie, y porque vivía en una casa vieja y despintada, con plantas verdes en 
el techo. Las personas grandes habían conspirado ese día para hacer llorar 
a las chicas si no jugaban con bastante entusiasmo o si estaban avergonza- 
das. 

Fulgencia hubiera imaginado una fiesta distinta, jugando como con nieve 
con el barro del Tigre, haciendo moldes de pescados o de magdalenas pol- 
voreadas con tierra seca. Solamente en el Tigre podía realizarse ese sueño; 
allí en esa quinta llamada Las Glicinas Porque llovían cascadas de glicinas 
en los embarcaderos. En esa quinta había nacido. La casa tenía cuartos de 
baño decorados con paisajes, enormes bañaderas tapizadas de madera, 
como confesionarios, donde se escondían de noche las arañas. Ventanitas 
con vidrios irisados, donde el agua color elefante del Tigre se tornaba del 
color del mar. Las mareas aprisionaban frecuentemente la casa. 

Esos días no llegaban ni maestras ni visitas, eran días seguros y largos, lle- 
nos de figuras iluminadas con lápices de colores. Los dragones azules, con 
las bocas abiertas para jugar al sapo, nadaban en el jardín. 
Habían ido juntas una sola vez a Las Glicinas. Por culpa de las mareas mu- 
chas veces, de la distancia otras veces, se volvían tan temibles y apreciados 
esos paseos al Tigre durante los meses de invierno. 

Fulgencia era única hija, por eso sus padres la mataban de cuidados que 
transformados en penitencias involuntarias despertaban venganzas aviesas. 
Un día se había escondido detrás de un bote que navegaba la mayor parte 
del tiempo sobre el pasto contra una planta de bambú. Llevaba en los bolsi- 
llos una provisión de terrones de azúcar y galletitas Iris. La madre, la niñera 
y el jardinero la buscaban por el jardín y por la casa. La madre lloraba mi- 
rando las aguas marrones del Tigre: "¡Dónde está mi hija!" "IDónde está mi 
hija!"... Escondida detrás del bote, Fulgencia oía todo. Su madre se arrodi- 
llaba sobre el pasto llorando, veía muerta a su hija flotando entre las frutas 
de los canales, con el pelo enredado de yuyos; la veía robada por un lan- 
chero excursionista de los domingos; la veía secuestrada en un recreo be- 
biendo agua de los canales, muñéndose de tifus sin la ayuda de los termó- 
metros y de los médicos. 

Fulgencia apretaba los remos del bote, cómplice de su risa que iba disminu- 
yendo. Ya no se atrevía a resucitar ante los ojos asombrados de su madre. 
La noche sobrevenía con canto de lanchas sobre el agua, con canto de gri- 
llos y de remos sobre el agua. Crecía un olor triste a barro mezclado con 
plantas húmedas y pescados: era el olor de la obscuridad, sonora de ba- 
gres, quizás, o de sapos que florecen a la hora de los mosquiteros. 
Ella sabía que su madre a esa hora soñaba con un paseo remoto en Vene- 
cia. Era la hora en que hablaba, con las visitas de San Giorgio, de la 
Ca'D'oro, de Santa María Dell'Orto. Pero Venecia se hundía en la noche, de- 



vorada por las aguas negras del Tigre. Fulgencia se creyó perdida y después 
muerta en sus lágrimas; hizo movimientos ahogados entre las ramas de 
bambú hasta que la descubrió el jardinero. 

Celinita desde ese día había tratado en vano de reproducir la misma escena 
en su casa. Nadie la buscaba. Además la casa donde vivía era demasiado 
pequeña para permitirle esconderse y tenía demasiados hermanos para que 
se dieran cuenta de que ella faltaba. 

Pero esta vez cumplía siete años, no se había querido esconder y sin em- 
bargo estaba perdida en su propia casa; nadie la veía, nadie la buscaba. 
Fulgencia se había olvidado de mandarla llamar para jugar con ella. Era el 
día de Santa Cecilia, y Santa Celina debía de ser una santa anónima que no 
figuraba en los libros de misa ni en el calendario. La madre remendaba un 
delantal a cuadros cuando corriendo por los corredores le llegó el nombre 
de su hija desde el zaguán. Suspiró de alivio; venían a buscarla para que 
jugara con Fulgencia. 

Celinita salió corriendo. La otra casa quedaba a media cuadra. 
Lo primero que dijo cuando llegó fue: "Hoy es mi cumpleaños", y Fulgencia, 
subiendo los escalones que llevaban al cuarto de juguetes, contestó: "Ba- 
jemos al sótano, no hay nadie. ¿Es tu cumpleaños o tu santo? Si es tu san- 
to, entonces no vale". Celinita no sabía, y se resignó a perder su cumplea- 
ños para quedarse con la soledad del santo. 

Bajaron al sótano; las ventanas daban sobre paisajes misteriosos de cables 
de ascensor, enrejados, plumeros y botellas rotas, baúles llenos de grandes 
polleras, de cortinas gigantes. Crecía una vegetación obscura y sin cielo de 
candelabros viejos, alambres tejidos y bolsas de leña como en los inver- 
náculos abandonados del Tigre. Entre los pliegues de una cortina encontra- 
ron una muñeca sin ojos, una muñeca definitivamente nueva a fuerza de 
ser vieja, tiznada de golpes y desteñiduras, que se llevaron repartiéndosela 
en los brazos. 

Al apagar la luz, el sótano se cubrió de un firmamento de pizarrón negro. 
Dos pupilas brillaban: las pupilas sueltas de la muñeca ciega volaban en 
busca de sus ojos. Fulgencia reconoció su muñeca preferida, la que tenía el 
pelo arrancado a fuerza de rulos y de lavados, la sonámbula de las noches 
que bajaba en el ascensor hasta el sótano y paseaba sus ojos por las ven- 
tanas vacías... 

Diorama 

Anudaba la última vuelta de su corbata delante del espejo, con la ventana 
abierta. Las voces de los chicos subían de la calle sumergidas dentro del 
mar de una playa lejana. Había mañanas en las cuales el mar se esperaba 



en la vuelta de los caminos detrás de las casas modernas con olor a casilla 
de baño. El ascensor bajaba más lentamente que de costumbre y la puerta 
daba lugar a quejas porque los portazos la incitaban a abrirse de nuevo. 
En la puerta de la calle, esa gran chapa lo llenaba de asombro; esa chapa 
que llevaba un nombre desconocido: Afranio Mármol, Médico. No se acos- 
tumbraba todavía a ver ese nombre, así expuesto, como un cartel insistente 
de alquiler. Hasta hacía dos meses había sido un médico anónimo sin con- 
sultorio; ahora su casa se había convertido en una sala de espera con olor a 
vendas, con estatuas de bronce, millares de revistas viejas, almohadones 
bordados con pastores y mariposas sobre un fondo negro atravesado de hi- 
los de oro, floreros con penachos de flores monstruosas. Había soñado con 
un consultorio moderno y claro, pero la fatalidad había intervenido; todo lo 
que sobraba en casa de su madre habían ido mandándoselo como a un ca- 
jón de basura. Así habían ido apilándose los muebles inservibles y viejos en 
las salas donde esperaban los enfermos envueltos en tinieblas de impacien- 
cia, elaborando enfermedades. Esa sala de espera lo hubiera asustado de 
chico como las salas de los dentistas. Los médicos lo habían perseguido du- 
rante su infancia, los médicos armados de termómetros, los médicos que 
tosen cuando firman las recetas, los médicos que golpean los dedos como 
tambores sobre las barrigas. Ahora eran los enfermos quienes lo perse- 
guían; las hojas de los árboles movidas por el viento eran manos de pacien- 
tes atravesadas de venas; las mujeres que se cruzaban con él por la calle 
eran figuras descarnadas y luminosas, en donde había estudiado anatomía; 
mapas atravesados de pulmones azules y venas ramificadas, centros ner- 
viosos rojos, recorridos de relámpagos delgados. 

La mañana estaba translúcida como en el borde del mar; brotaba de las 
plazas olor a pasto recién cortado, pero no respiraba sino el aire con olor a 
cloroformo de los hospitales y de la morgue detrás de vidrios violetas y de 
frascos rojos, entre sonoridades de tapones y tenazas. 
A veces evocaba el campo sembrado de anchos potreros de alfalfa: era en 
la estancia de unos parientes de su madre, donde había ido a descansar ha- 
cía diez años. A lo largo de su vida había cruzado por túneles obscuros de 
tristeza, con ideas fugitivas de suicidio que habían desembocado en ese 
campo con potreros de alfalfa. Recordaba mañanas felices como ninguna, 
sin otro motivo de ser feliz que la transparencia del cielo. Recordó durante 
mucho tiempo su soledad de entonces como una novia de quien se evoca el 
recuerdo, en el disco de un fonógrafo o en un perfume. Una novia con olor 
a pasto recién cortado, cubierta de horizonte y de cantos. 
Se creyó curado, allí en esa estancia, gracias al zumbido de las abejas y de 
los insectos que tejían sobre la copa más alta de los árboles, enrejados azu- 
les y sedantes, junto con las palomas torcazas. Pero en cuanto volvió a la 



ciudad las ideas suicidas se instalaron de nuevo en su cuerpo. Fue entonces 
cuando se dedicó a la medicina y fueron los enfermos los que lo salvaron. 

Volvía de las consultas de los hospitales como de un baño de sol. 
Había caminado tres cuadras, llamó un taxímetro. Pensaba que su mujer le 
recomendaba caminar. Ese "No haces ejercicio", "No haces ejercicio" con el 
cual lo despedía todas las mañanas, le había quedado en el oído como el 
fastidioso vuelo de una mosca que lo cansaba de antemano. Subió al taxí- 
metro, tenía que estar a las doce en casa del paciente de la calle Tacuarí. 
Lo habían llamado por teléfono hacía cinco días, le habían pedido que fuese 
a casa del enfermo; un golpe en la rodilla le impedía moverse. Ese hombre 
lo había citado a las seis de la tarde hacía cinco días. 

Cuando llegó a la casa el portero lo hizo pasar al vestíbulo y le dijo ceremo- 
niosamente: "El señor no puede atenderlo, está con una señora y tenemos 
orden de no interrumpirlo". Tuvo que insistir y hasta que extrajo su tarjeta 
como un revólver el portero se mantuvo inconmovible. De uno de los cuar- 
tos llegaba la voz altísima de un hombre, pero la otra voz quizás hablaba en 
secreto porque no se oía. El portero golpeó la puerta ladeando la cabeza 
atenta a escuchar. Las palabras se dispersaron. 

La puerta se abrió, volvió a cerrarse, después de un instante volvió a abrir- 
se para dejarlo pasar delante del brazo estirado del mucamo. 

El dormitorio no tenía facciones, parecía un dormitorio de vidriera. El dueño 
de casa, delgado, alto, de ojos hundidos, le tendió la mano. Se quejaba de 
un dolor en el costado izquierdo. Se estiró sobre la cama, en mangas de 
camisa rayada y los dedos de Afranio Mármol empezaron a tocar el tambor 
sobre la barriga, el estómago y la espalda de aquel hombre pálido. Todavía 
no podía dar su diagnóstico; el hígado estaba inflamado, pero no era para 
alarmarse. Entonces, desviándose de las enfermedades cayeron en las con- 
fidencias. Esa mujer que estaba poco antes en el cuarto era su querida -lo 
venía a visitar todas las tardes desde hacía mucho tiempo-, no podía vivir 
con ella por razones sociales, pero venía a verlo todos los días, lo cuidaba 
maternalmente, le ponía cataplasmas; en ese momento seguramente los 
estaba espiando por la puerta de vidrio; levantaba despacito la cortina: 
"Doctor, mire, dése vuelta". Afranio Mármol se daba vuelta y no veía nada. 
"Es ella que ha arreglado las flores en ese florero", decía el hombre pálido 
levantándose de la cama y poniéndose el saco. Y así terminó la consulta 
aquel día. 

El taxi llegaba a la calle Tacuarí, y el portero de tres días antes sonreía en 
la puerta un aire cómplice de visitas clandestinas. Esa vez lo hicieron pasar 
en seguida. Las persianas cerradas pesaban en torno de ese cuarto ilumi- 
nado con luz eléctrica a las doce del día; no parecía el mismo cuarto de la 



vez anterior; el papel floreado que cubría las paredes se había oscurecido 
de manchas, los muebles de vidriera no estaban tan flamantes. Un olor 
fuertísimo a encerrado y a manchas de humedad le hacían insensiblemente 
mirar el techo en busca de goteras. El paciente estaba en segundo plano, 
había que sanar primero el cuarto para después cuidarlo a él: "Señor, ¿por 
qué no abre las ventanas?" se sintió fastidioso como cuando a él le decían: 
"Tenés que hacer ejercicio". El enfermo le contestó: "Doctor, es que le mo- 
lesta el sol". "¿A quién le molesta el sol?" "A ella." 

El hígado estaba descongestionado, pero los dolores seguían; se habló de 
radiografías, de aplicaciones eléctricas, para luego caer en las inevitables 
confidencias. Se trataba de una mujer casada. Los domingos y los sábados 
eran días dedicados a pasear con el marido, eran días mortales. Pero hoy, 
¿qué día era? "No sé en qué día vivo", dijo Afranio Mármol. El enfermo frun- 
ció las cejas: eran malos precedentes para un médico. Pero la mujer canta- 
ba maravillosamente: "¿No la oye, doctor? ¿No encuentra que tiene una voz 
privilegiada?" El silencio dobladillaba la casa, no pasaban coches por la ca- 
lle. "No oigo nada", dijo Afranio Mármol. "Ha estudiado en un conservatorio 
y ahora canta en las iglesias de campo, los domingos. Escuche las notas al- 
tas." El silencio hacía crujir los muebles. Pasaron al escritorio, y esta vez el 
médico, recobrando su tos de médico, sentado frente a una mesa levantó la 
cabeza del águila del tintero, tomó la pluma y escribió lentamente la receta. 
En ese momento el dueño de casa dio un grito: "Venga, doctor, mi mujer 
no se siente bien", y corriendo lo hizo entrar a otro cuarto tapizado de rojo. 
La cama era grande y labrada con una espesa colcha verde. El hombre se 
arrodilló mirando ávidamente la almohada vacía, y después incorporándose 
le dijo: "Doctor, esto no será nada, ¿verdad? Hágame el favor de auscultar- 
la". Afranio Mármol pasó las manos sobre la cama y contestó: "No, no es 
nada, no se aflija, no es nada". Inclinó la cabeza sobre la almohada bus- 
cando el corazón de la mujer hasta que el hombre se quedara tranquilo. 

El Pabellón de los Lagos 

Debía de ser en el principio del verano, cuando los paseos se hacían más 
densos y más largos. Aquel día tenía una amiga nueva de la misma edad 
que ella; se habían hecho amigas a través de las risas que aumentaban en 
circunferencias cada vez mayores, como sobre el agua las cincunferencias 
provocadas por las piedritas que tiraban en el lago de Palermo. Catalinita 
tenía una niñera buenísima porque le gustaba conversar con las otras niñe- 
ras; las desobediencias pasaban sin notarse a través de largas conversacio- 
nes que le hacían mover los ojos de derecha a izquierda vertiginosamente y 
que no le dejaban ver nada, salvo el placer de sus conversaciones; sabo- 
reaba sus palabras con un ruidito de lengua contra el paladar. Cuando con- 



cluía de conversar parecía que acababa de comer algún plato delicioso. Ca- 
talinita insensiblennente buscaba el paquete de caramelos que seguramente 
llevaba el bolsillo de su niñera. 

Catalinita jugaba frente al Pabellón de los Lagos. Era un pabellón milagroso 
adonde la llevaban cuando se había portado excepcionalmente bien, y en- 
traba siempre como a una iglesia, con ganas de persignarse. Dentro de una 
caja de vidrio había una equilibrista rubia que bailaba sobre una cuerda flo- 
ja. Bastaba poner diez centavos y la música era tan irresistible que la mu- 
ñeca empezaba a bailar; estaba vestida con un vestido de tul blanco salpi- 
cado de espejitos que temblaban en cada uno de sus movimientos. Había 
también una gallina de oro que por veinte centavos ponía huevos floreados 
llenos de confites que nunca se comían. 

Cuando Teresa, la nueva amiga, conoció por primera vez el Pabellón de los 
Lagos Catalinita también lo conoció, doblemente, por primera vez; sus ojos 
se llenaron del asombro de Teresa delante de la equilibrista que bailaba 
mejor que nunca. Tres veces la hicieron bailar, hasta que se acabaron las 
monedas de diez centavos; quedaba una de veinte para la gallina de oro. 
Catalinita adoraba tanto los zapatitos y el pelo suelto y lacio de Teresa, que 
le regaló el huevo divino, sintiendo crecer en ella la cara de una santa. 
Y ese día salieron del Pabellón de los Lagos con las dos cabezas vueltas ha- 
cia atrás, mirando en el fondo de los vidrios a la equilibrista desaparecida 
para siempre. 

El lago era encantado en la época en que existía el Pabellón de los Lagos, 
tan encantado que en las orillas del agua debajo de una palmera encontra- 
ron un caracol o una piedra preciosa. Catalinita dio un grito y las dos se 
sentaron en el suelo con los ojos en la maravilla del descubrimiento; se ha- 
bían olvidado de la inalcanzable felicidad de los paseos en bote. El agua que 
llenaba el lago venía entonces de un mar lejano y desconocido, como el que 
hay en las playas de Biarritz; de tanto caminar, el agua se había embarrado 
los pies, pero no se había olvidado de traer piedras preciosas o caracoles 
verdes del color del mar. Catalinita apretó la piedra verde entre sus manos 
y se cortó la palma de la mano con el vidrio; gotitas de sangre redonditas 
como vaquitas de San José brotaban y se aplastaban contra el vestido blan- 
co almidonado. Puso el caracol contra su oreja y oyó cantar el mar. 

El mar 

Era en un barrio de pescadores cerca del puerto; el caserío de latas grises 
brillaba en la tarde, cuando una mujer con la mano puesta como una visera 
sobre sus ojos resguardándolos del sol, miraba lejos sobre la extensión va- 
cía de la playa. La playa en aquel lugar se asemejaba al mar; era undosa y 



reflejaba con trasparencias de agua los cambios del cielo. Los tamariscos se 
encaminaban perpetuamente hacia el mar como lentas procesiones de bi- 
chos quemadores verdes. 

La mujer mordía sus labios paspados. La playa, hasta donde llegaban sus 
ojos, estaba desierta. El cencerro de las vacas lecheras cruzaba el camino; 
era la vaca blanca la que llevaba el cencerro. La mujer dejó de morder sus 
labios; en el horizonte aparecieron dos diminutos puntos negros que au- 
mentaban despacito; dos hombres venían caminando. 
La mujer sabía quiénes eran esos hombres, sabía cómo estaban vestidos, 
sabía de memoria cuál era el botón descosido de la camisa de su hermano y 
el remiendo del pantalón de su marido; los veía venir desde muy lejos, el 
color de las bufandas flameaba detrás de ellos como banderitas en el vien- 
to. 

Después de inclinar la cabeza a un lado y a otro, dos o tres veces, como si 
ese movimiento atestiguara el regreso de los dos hombres, entró en la ca- 
sa. Esa casa se diferenciaba de las otras porque tenía un jardincito muy pe- 
queño, con canteros de flores rodeados de piedras y caracoles y un colum- 
pio colgado entre dos postes gruesos de madera. 

Todos los chicos de las casas vecinas se columpiaban en ese jardín y por 
eso la llamaban "La Casa de las Hamacas". 

La cocina estaba llena de humo, las paredes chorreaban negrura de carbón, 
pero todo estaba en perfecto orden como en un cuarto recién blanqueado, 
mientras la mujer cocinaba. 

Por el camino de tierra venían acercándose los dos hombres; el más alto 
era de tez más obscura, con los ojos asimétricos, el otro tenía los ojos gri- 
ses muy hundidos; a uno lo había obscurecido el sol, al otro lo había ilumi- 
nado como a un campo de trigo. 

La puerta permanecía entreabierta; entraron derecho a la cocina; la mesa 
estaba puesta. Después de quitarse los abrigos se sentaron frente a la me- 
sa; la mujer iba y venía, retiraba la olla del fuego, buscaba sal en los estan- 
tes, hasta que todo estuvo listo y trajo la fuente, la depositó sobre la mesa 
y se sentó entre los dos hombres. No hablaban, se oía solamente el ruido 
de los cubiertos contra los platos, ruido de mandíbulas y dientes en el silen- 
cio. 

Después de un rato el hombre obscuro habló: hablaba de las lanchas pes- 
cadoras; nombres de pescados plateados relumbraban sobre la mesa. La 
mujer protestó: no traían nunca nada, ninguna brótola, ninguna corvina 
negra, todo lo vendían, y los pescados que sobraban los tiraban siempre al 
mar. El hombre rubio se reía: el pescado era comida para gatos; en cuanto 
a él, prefería morirse de hambre antes de probar un calamar o un langostín. 
El otro hombre escupió contra el suelo: a él le era lo mismo con tal de co- 
mer algo, lo mismo la perdiz que el pejerrey, la carne de vaca o el caballo. 



Sobrevino el silencio, abrieron la puerta y vieron que era una noche sin lu- 
na. 

Después de lavar los platos, la mujer cansada se desvestía sentada sobre la 
cama, los hombres la miraban sin verla por la abertura de la puerta. Ella oía 
entre sueños las voces de los hombres que la llevaban por un camino lar- 
guísimo, al final del que se quedaba dormida, meciendo la cuna del hijo. 
Los dos hombres seguían sentados en la cocina. Fue recién a la una de la 
noche cuando salieron de la casa; llevaban un revólver, un farol, y un ma- 
nojo de llaves. Elegían un mes antes la casa adonde entraban a robar. Ron- 
daban varios días por los barrios, viendo a qué horas apagaban las luces, 
cómo eran las cerraduras, trataban de amigarse con los perros, y pedían 
algunas veces permiso al jardinero para beber agua en las canillas. Y des- 
pués, sigilosamente elegían la noche más obscura. 

Los dos hombres se pusieron los abrigos; esa noche se internaban por los 
caminos de las lomas que se alejaban del mar. Había que caminar más de 
cincuenta cuadras; las casas estaban sin luz; no había ningún viento; los 
hombres caminaban despacio. Caminaban entre matorrales cortando ca- 
mino; tardaron más de una hora en llegar, la maleza subía en grandes olas 
y se rompía a la altura de las rodillas; de vez en cuando encendían el farol. 
Cuando estuvieron a unos veinte metros, el perro empezó a ladrar; saltaron 
por encima de la reja; el perro seguía ladrando; se acercaron hasta que los 
reconoció y se quedó quieto, acurrucado, desperezándose y moviendo la 
cola. Era una casa grande. Revisaron las persianas que daban sobre el co- 
rredor: estaban todas cerradas. En las partes laterales no había corredores; 
los dos hombres iban deslizándose pegados contra el muro y vieron que 
una de las persianas estaba abierta, una pequeña luz brillaba a través de la 
cortina, la ventana estaba también abierta de par en par. Se treparon des- 
pacio sobre un tanque de agua llovida por donde pudieron asomarse al 
cuarto. La luz estaba encendida. Frente a un espejo una mujer se probaba 
un traje de baño, se acercaba, se retiraba y se acercaba de nuevo al espejo 
como si ejecutara un baile misterioso. Se miraba de frente y de perfil. Uno 
de los dos hombres cerró los ojos. 

La mujer se quitó el traje, tomó el camisón que estaba estirado sobre la 
cama y se lo puso, después dobló el traje de baño y lo dejó sobre la silla 
contra la ventana. Los dos hombres contenían sus respiraciones, no se mo- 
vieron durante quizás media hora, hasta que la mujer se durmió. 
Entonces uno de los hombres, agrandando el silencio, extendió el brazo y 
robó el traje de baño y una caja de cartón que estaba sobre la silla. Salie- 
ron corriendo; habían oído golpear una puerta. Caminaron largamente en 
las lomas, volvían desandando caminos defraudados por aquel robo en que 
no había intervenido la ganzúa ni el farol, en que no habían penetrado en el 



comedor eligiendo la platería, con el revólver apuntando a las puertas. Los 
dos sentían el perfume que emanaba del traje de baño, iban arrancando las 
hojas de los cercos hasta que llegaron a la casa. 

Entraron golpeando las puertas y vieron de pronto, por primera vez, a la 
mujer durmiendo en el cuarto vecino; un hombro desnudo se asomaba por 
encima de la sábana. 
Se durmieron con el canto de los pájaros. 

Al día siguiente, cuando volvió la mujer del tambo, le mostraron el traje de 
baño y el vestido celeste que habían encontrado en la caja de cartón. La 
mujer levantó los brazos: ipara eso habían salido a la una de la noche y no 
la habían dejado dormir tranquila! Examinó el género del vestido sacudien- 
do la cabeza: no alcanzaba ni para hacerle una bombacha al hijo; todavía el 
traje de baño era un poco más abrigado. Los hombres le contestaron que 
tenía que ponerse el traje, ya que se lo habían traído; la llevarían hasta la 
playa a bañarse; ellos se bañaban siempre los días de mucho calor. ¿Por 
qué no se bañaba ella también? La mujer sacudió de nuevo la cabeza: el 
mar no había sido nunca un placer sino más bien un aparato de tortura in- 
cansable. La vecina le aconsejaba bañarse; cuando tenía libres las mañanas 
iba a la playa vestida con un traje de seda, viejo y negro; se bañaba en la 
orilla y volvía cubierta de caracoles chiquitos, piedritas y algas enredadas 
entre los dedos de los pies. Decía que era bueno para los huesos. 
Los hombres insistieron hasta que la mujer accedió creyendo que se habían 
vuelto locos. Salió vestida como estaba con un pañuelo sobre la cabeza; los 
hombres iban de cada lado, caminando apuradamente. 
La mañana estaba muy quieta, era domingo. Llegaron a la playa, la mujer 
tras una larga consideración se desvistió junto al bote. A esos hombres que 
nunca la llevaban con ellos, que nunca se ocupaban de ella sino para pedirle 
comida o alguna otra cosa, ¿qué era lo que les pasaba? 
La mujer se olvidó de la vergüenza del traje de baño y el miedo de las olas: 
una irresistible alegría la llevaba hacia al mar. Se humedeció primero los 
pies despacito, los hombres le tendieron la mano para que no se cayera. A 
esa mujer tan fuerte le crecían piernas de algodón en el agua; la miraron 
asombrados. Esa mujer que nunca se había puesto un traje de baño se 
asemejaba bastante a la bañista del espejo. Sintió el mar por primera vez 
sobre sus pechos, saltaba sobre esa agua que de lejos la había atormentado 
con sus olas grandes, con sus olas chicas, con su mar de fondo, saltando 
las escolleras, haciendo naufragar barcos; sentía que ya nunca tendría mie- 
do, ya que no le tenía miedo al mar. 

Cuando regresaron, el llanto del chico los esperaba desde lejos; la mujer lo 
acunó en sus brazos. Los hombres no se movieron de la casa ese día. Dis- 
cusiones oblicuas se establecían entre ellos; un odio obscuro empezó a en- 



volverlos; subía, subía como la marea alta. Vivieron en una madeja intrin- 
cada de ademanes, palabras, silencios desconocidos. 

Mucho tiempo después se creyó que el demonio se había apoderado de La 
Casa de las Hamacas. Las hamacas se columpiaban solas. Una noche los 
vecinos oyeron gritos y golpes y luego, después de un silencio bastante lar- 
go, creyeron ver la sombra de una mujer que corría con un niño en los bra- 
zos y un atado de ropa. No se supo nada más. Al día siguiente, como de 
costumbre, al alba salieron los dos hombres con la red de pescar. Camina- 
ron uno detrás del otro, uno detrás del otro, sin hablarse. 

Viaje olvidado 

Quería acordarse del día en que había nacido y fruncía tanto las cejas que a 
cada instante las personas grandes la interrumpían para que desarrugara la 
frente. Por eso no podía nunca llegar hasta el recuerdo de su nacimiento. 
Los chicos antes de nacer estaban almacenados en una gran tienda en Pa- 
rís, las madres los encargaban, y a veces iban ellas mismas a comprarlos. 
Hubiera deseado ver desenvolver el paquete, y abrir la caja donde venían 
envueltos los bebés, pero nunca la habían llamado a tiempo en las casas de 
los recién nacidos. Llegaban todos achicharrados del viaje, no podían respi- 
rar bien dentro de la caja, y por eso estaban tan colorados y lloraban ince- 
santemente, enrulando los dedos de los pies. 

Pero ella había nacido una mañana en Palermo haciendo nidos para los pá- 
jaros. No recordaba haber salido de su casa aquel día, tenía la sensación de 
haber hecho un viaje sin automóvil ni coche, un viaje lleno de sombras mis- 
teriosas y de haberse despertado en un camino de árboles con olor a casua- 
rinas donde se encontró de repente haciendo nidos para los pájaros. Los 
ojos de Micaela, su niñera, la seguían como dos guardianes. La construcción 
de los nidos no era fácil; eran de varios cuartos: tenía que haber dormitorio 
y cocina. 

Al día siguiente, cuando volvió a Palermo, buscaba los nidos en el camino 
de casuarinas. No quedaba ninguno. Estaba a punto de llorar cuando la ni- 
ñera le dijo: "Los pajaritos se han llevado los nidos sobre los árboles, por 
eso están tan contentos esta mañana". Pero su hermana, que tenía cruel- 
mente tres años más que ella, se rió, le señaló con su guante de hilo el jar- 
dinero de Palermo que tenía un ojo tuerto y que barría la calle con una es- 
coba de ramas grises. Junto con las hojas muertas barría el último nido. Y 
ella, en ese momento sintió ganas de lanzar, como si oyera el ruido de las 
hamacas del jardín de su casa. 

Y después, el tiempo había pasado desde aquel día alejándola desespera- 
damente de su nacimiento. Cada recuerdo era otra chiquita distinta, pero 



que llevaba su mismo rostro. Cada año que cumplía estiraba la ronda de 
chicas que no se alcanzaban las manos alrededor de ella. 
Hasta que un día jugando en el cuarto de estudio, la hija del chauffeur fran- 
cés le dijo con palabras atroces, llenas de sangre: "Los chicos que nacen no 
vienen de París" y mirando a todos lados para ver si las puertas escuchaban 
dijo despacito, más fuerte que si hubiera sido fuerte: "Los chicos están den- 
tro de las barrigas de las madres y cuando nacen salen del ombligo", y no 
sé qué otras palabras oscuras como pecados habían brotado de la boca de 
Germaine, que ni siquiera palideció al decirlas. 

Entonces empezaron a nacer chicos por todas partes. Nunca habían nacido 
tantos chicos en la familia. Las mujeres llevaban enormes globos en las ba- 
rrigas y cada vez que las personas grandes hablaban de algún bebito recién 
nacido, un fuego intenso se le derramaba por toda la cara, y le hacía aga- 
char la cabeza buscando algo en el suelo, un anillo, un pañuelo que no se 
había caído. Y todos los ojos se tornaban hacia ella como faroles iluminando 
su vergüenza. 

Una mañana, recién salida del baño, mirando la flor del desagüe mientras la 
niñera la secaba envolviéndola en la toalla, le confió a Micaela su horrible 
secreto, riéndose. La niñera se enojó mucho y volvió a asegurarle que los 
bebes venían de París. Sintió un pequeño alivio. 

Pero cuando la noche llegaba, una angustia mezclada con los ruidos de la 
calle subía por todo su cuerpo. No podía dormirse de noche aunque su ma- 
dre la besara muchas veces antes de irse al teatro. Los besos se habían 
desvirtuado. 

Y fue después de muchos días y de muchas horas largas y negras en el reloj 
enorme de la cocina, en los corredores desiertos de la casa, detrás de las 
puertas llenas de personas grandes secreteándose, cuando su madre la 
sentó sobre sus faldas en su cuarto de vestir y le dijo que los chicos no ve- 
nían de París. Le habló de flores, le habló de pájaros; y todo eso se mezcla- 
ba a los secretos horribles de Germaine. Pero ella sostuvo desesperada- 
mente que los chicos venían de París. 

Un momento después, cuando su madre dijo que iba a abrir la ventana y la 
abrió, el rostro de su madre había cambiado totalmente debajo del sombre- 
ro con plumas: era una señora que estaba de visita en su casa. La ventana 
quedaba más cerrada que antes, y cuando dijo su madre que el sol estaba 
lindísimo, vio el cielo negro de la noche donde no cantaba un solo pájaro. 

La familia Linio Milagro 

La noche ponía un papel muy azul de calcar sobre las ventanas, cuando la 
familia Linio Milagro se reunía alrededor de la estufa de kerosene en aquel 
cuarto del piso alto. Es cierto que el hall era frío, con guirnaldas de luces 



sostenidas por una estatua de márnnol; la sala también fría, inexplorada, 
llena de reverencias de almohadones redondos. El ascensor era el lento re- 
fugio, de olor a comida, rodeado de escaleras de madera obscura por donde 
subían pasos invisibles. Esas regiones frías de los cuartos del piso bajo es- 
taban vedadas y se iluminaban solamente en días de fiestas, de cumplea- 
ños o de casamientos improbables. Reunirse alrededor de una estufa de ke- 
rosene era tan indispensable para la familia Linio Milagro como el almuerzo 
de mediodía. 

Las seis hermanas llevaban tricotas verdes de diferentes tonos, verde vero- 
nés, verde esmeralda, verde nilo, verde aceituna, verde almendra y verde 
mirto; las seis recogían alabanzas por haber tejido las tricotas ellas mismas, 
las seis llevaban el mismo peinado, las seis hablaban al mismo tiempo de la 
última adquisición de un sombrero adornado con cintas pespunteadas de 
vidrio, hasta que se fueron levantando de las sillas y dejaron el cuarto vacío 
frente al retrato de un antepasado vestido de cazador con un fusil en la 
mano y con un perro sentado a los pies. 

La compra de un terreno alteraba de vez en cuando la tranquilidad de esa 
familia que no paseaba más que en paisajes de films, coloreados, eterna- 
mente tristes: colores azules y verdes se estiraban sobre cielos de campa- 
narios amarillos de un sol poniente embalsamado. 

Aurelia no había tejido ninguna tricota; era ella la hermana que provocaba 
secretos, gritos contenidos dentro de los cuartos cerrados, discusiones te- 
rribles a la hora de las comidas, siestas larguísimas en invierno; era ella la 
causante de los sueños atrasados. ¿Desde cuándo? Desde que empezaba el 
recuerdo de esas seis hermanas. Aurelia envuelta en gasas de automovilista 
antigua bajaba las escaleras a las cuatro de la mañana, encendía todas las 
luces de la sala y tocaba el piano perpendicular, con los pedales incesantes 
arrastrando las notas. Espaciosos misterios cubrían esa música nocturna 
que se despertaba en el sueño de Aurelia y en los desvelos de sus herma- 
nas. Un día, después de un largo conciliábulo de familia donde crecieron 
hermanas víctimas de furiosos insomnios, resolvieron cerrar el piano con 
llave. Esa noche, a las cuatro de la mañana oyeron golpes de muebles y vi- 
drios rotos. Cuando llegaron a la sala, Aurelia estaba tendida en el suelo 
con las manos ensangrentadas de espejos rotos, los ojos cerrados. Cinco 
hermanas aterrorizadas abrieron el piano y perdieron expresamente la llave 
debajo de un mueble. De esto hacía ocho años silenciosos sin protestas por 
la cuestión del piano. 

Concluida la hora de la comida subían las voces con sonoridad cotidiana de 
merengue. 

Todas se acostaron temprano esa noche. 

Las horas más distantes estaban cerca en los sueños y caminaban abraza- 



das. Antes de cerrar los ojos sintieron que Aurelia ya estaba en el piano. 
Pero no. La noche era muda. Un extraño olor a papeles quemados se intro- 
ducía en los cuartos ribeteando de fuego el silencio. La casa se envolvía en 
humo negro. 

La familia entera saltó de las camas y se precipitó a extraer abrigos, calzo- 
nes y zapatos de los armarios. Eran las cuatro de la mañana, Aurelia se 
adelantaba hacia al piano; tuvieron que arrastrarla hasta la puerta de calle. 
Las llamas crecían, los vecinos llamaron a los bomberos. Todo el mundo se 
asomaba por las ventanas para ver el incendio, pero los ojos de Aurelia na- 
daban remontando corrientes remotas de música. 

La familia Linio Milagro, acurrucada en un rincón de la calle miraba el es- 
panto de las llamas. Nadie se dio cuenta de que Aurelia faltaba. Las llamas 
subían con intención de lamer el cielo, las paredes se derrumbaban, y de 
pronto se oyó el piano, la música de siempre, imperturbable en la noche. 
"lAurelia!", "lAurelia!" 

La casa estaba asegurada, la casa era vieja, nadie la había querido alquilar: 
una tímida esperanza de un incendio provechoso surgía en las cabezas. 
"lAurelia!", "lAurelia!" Aurelia no estaba en ninguna parte, sólo el piano se 
oía, apagándose con el fuego creciente. 

Aurelia no se salvó del incendio. Envuelta en sus gasas de automovilista an- 
tigua, murió como Juana de Arco, oyendo voces. La familia Linio Milagro, 
perseguida por el piano de las cuatro de la mañana, se mudó infinitas veces 
de casa. 

Los Pies Desnudos 

Esas peleas servidas como fiambres del día anterior son las peores, nos 
atan a un malestar hecho de nudos dobles, imposibles de deshacer, tienen 
la consistencia pegajosa de las cataplasmas, pensaba Cristián Navedo, 
mientras agravaba el desorden de su escritorio apilando libros y papeles 
nuevos, cuya presencia agrandaba las cordilleras que crecían sin cesar so- 
bre la mesa. Tenía el temor constante de morir asfixiado debajo de los pa- 
peles perdidos para siempre en el desorden, papeles que se buscan y no se 
encuentran nunca, porque nadan en una zona indefinida de otros papeles 
detrás de los estantes, enredados para siempre en la obscuridad de los rin- 
cones empolvados de tierra. Y sin embargo, le habían enseñado de chico a 
ser ordenado, a doblar la ropa sobre una silla al acostarse, a guardar los 
cuadernos y los lápices en el cajón del pupitre, y más de una vez lo habían 
dejado sin postre. Pero todo eso no había hecho sino agravar su desorden, 
todo eso no había servido más que para enseñarle a ordenar su desorden, 
fervorosamente. 

Cristián guardaba todo, hasta algunos de los cuadernos de su infancia, y sin 



embargo vivía en una perpetua angustia de liaber perdido todo. Detrás de 
ese regimiento indisciplinado de cosas liabía toda una vida frondosa que se 
extendía en profundidades insondables; guardaba todo, hasta las peleas 
abortadas el día anterior; pero eran lo único que volvía a encontrar; no se 
le perdían nunca: las peleas, siempre las peleas con Alcira (las tenía todas 
registradas, como en un libro de cuentas). 

Se conocían desde hacía poco tiempo, pero ese tiempo parecía haber nacido 
junto con ellos, tan hermanos se sentían. Y de pronto, como asesinos lentos 
que entran de noche a una casa, las peleas se habían introducido dentro de 
los días, traicioneramente. A medida que iba creciendo en ellos el amor, 
crecía la desconfianza y esa desconsideración prolija que trae consigo el 
amor: como los pliegues de un traje mal planchado que no se borran con 
nada, se intercalaban los pliegues del mal modo de los gritos y del silencio; 
todo equivalía a un Insulto. Así se había instalado entre ellos un mutuo 
desacuerdo que disminuía en forma de resentimiento mudo a la espera de 
otra rabia. 

Cristián extrañaba secretamente sus amores confiados, distantes y distin- 
tos. Era tan fácil confiar en lo que no le importaba demasiado. Esos amores 
de confiterías, de esquinas de almacenes, de playas, que no le robaban na- 
da, ni sus paseos por las mañanas al sol, ni sus horas vacías, ni la soledad 
que lo llevaba a tientas al lado de los demás seres, ni las visitas a casa de 
sus primas, ni la generosidad divina del tiempo, ni su desgracia de estar 
siempre solo. 

Se acordaba de Ethel Buyington y de la relación inconsistente que los había 
unido durante un mes. Qué sensación de irrealidad le había dado esa ingle- 
sa transparente que le confió su vida la primera tarde sentados en el banco 
de una plaza. Le había contado su infancia en un colegio de Londres. En ca- 
sa de sus padres no vivía más que cuatro o cinco meses, durante las vaca- 
ciones. Había escrito una novela a los catorce años y debajo de su cama te- 
nía una caja que contenía todos sus tesoros: una muñeca, un museo que 
consistía en una cajita con muchas divisiones donde coleccionaba toda clase 
de curiosidades: una mariposa, las puntadas de una operación de apendici- 
tis, una piedra anaranjada, un caracol, un diente de leche, los ojos de una 
muñeca, y después la novela y después dieciocho poemas dedicados a su 
muñeca. 

Ethel terminó los estudios más ignorante que antes y se fue a viajar por las 
costas de África con una familia francesa. Durante su ausencia se le murió 
la madre; las hermanas vendieron los muebles y la casa donde habían vivi- 
do. Recibió la noticia un mes después; sus tesoros se perdieron en la mu- 
danza. Cuando volvió a Inglaterra no encontró en ninguna parte su cuartito 
cubierto de vuelos de pájaros y de flores; habían vendido hasta las creto- 
nas. No encontró en ninguna parte el museo de cajas debajo de la cama. Ya 



no tenía catorce años ni en sus retratos de antes, ya no podía escribir ni 
sentir como entonces. Se liizo bailarina y bailaba con los pies desnudos pa- 
ra no tener que depender de los zapatos de baile que se pierden en los via- 
jes debajo de las camas de los hoteles. Ethel tenía razón. 
Pero él, Cristián [necesitaba tal equipaje! ITal regimiento de libros, de cua- 
dernos y papeles para hacer cualquier cosa, tal regimiento de zapatos para 
usar al fin y al cabo siempre los mismos y no bailar con ellos! 
iOh!, la felicidad de los bailarines contorsionistas y pruebistas que no nece- 
sitan llevar sino su cuerpo! Pero Alcira, pensaba Cristián... 

La casa de los tranvías 

El mayoral del tranvía número 15, como un dueño de calesitas estaba re- 
costado sobre el parapeto esperando que se llenara de gente su tranvía pa- 
ra salir. La casa donde duermen los tranvías es obscura y misteriosa para 
quienes la conocen; a veces se oye la música de un violín sobre los rieles 
desiertos, cuando se detienen las ruedas, a veces se oye patadas obscuras 
en las caballerizas: son las almas de los caballos abandonados por los tran- 
vías. 

El mayoral del número 15 tenía los mismos bigotes de un maniquí en una 
tienda de Flores -allí había nacido y crecido muy alto en el segundo piso de 
la tienda, hasta que llegó a ser conductor de tranvía. 

Todos los días cuando el tranvía se llenaba de gente, a último momento, 
llegaba corriendo una muchacha cargada de paquetes entre los cuales se 
veía colgar, indefensa, una cartera. La muchacha durante el viaje no habla- 
ba con nadie ni miraba el paisaje, leía atentamente los diarios que envol- 
vían sus paquetes. Un día, protegido por los empujones de la gente, el ma- 
yoral sintió sus manos robar la cartera indefensa, y se quedó lleno de 
asombro. Había sido siempre un hombre honrado: tampoco era caso de 
cleptomanía ¿qué es lo que lo había inducido a robar una cartera? 
Esa tarde durante la trayectoria del tranvía, el mayoral se dio varias veces 
vuelta para mirar a la dueña de la cartera -nunca sus ojos habían llegado ni 
más arriba ni más abajo de los paquetes que la cubrían- y se dio cuenta de 
que tenía una cara preciosa como las figuras que llevan algunas cajas de 
fósforos. 

A medida que se acercaba el fin del trayecto los ojos de la muchacha iban 
poniéndose colorados. El mayoral se tapaba los oídos cuando el tranvía da- 
ba vueltas en las esquinas, no podía oír el ruido finito y penetrante de los 
rieles que lo llevaban cada vez con más precisión al término del viaje. 
Cuando el tranvía se quedó vacío, el mayoral, después de mirar largamente 
la desaparición de la muchacha, oyó un nombre con el que alguien la Na- 



maba agitando un pañuelo. En la esquina de la vereda unas familias compli- 
cadísimas de hijas más viejas que las madres, llamaban: lAgustina! lAgus- 
tina! -y ella volvió corriendo a recoger su nombre inclinada sobre los besos 
que la rodeaban. Agustina le quedaba bien. Agustina era un nombre rubio. 
El mayoral sintió que una intimidad muy grande había crecido con la pose- 
sión de su nombre. 

Más tarde, cuando abrió la cartera, encontró un alfiler de gancho, una pol- 
vera con un perrito pintado encima, y diez pesos arrugados. Desde ese día 
la cartera dormía debajo de la almohada y las noches fueron angustiosas, 
llenas de sueños de rieles venenosos enroscados alrededor de su pescuezo 
en el Parque Japonés. Hasta que se le ocurrió la milagrosa idea de comprar 
un regalo de diez pesos. En uno de sus sueños proféticos había visto una 
mujer que llevaba un prendedor dorado con una golondrina de alas desple- 
gadas: fue ese el regalo que buscó a lo largo de las tiendas, y como tenía 
que ser de diez pesos, tardó bastante en encontrarlo. 

El Mayoral llevaba sus brazos tendidos en invisibles gestos de regalo, sentía 
que solamente de ese modo iba a librarse de su dolor. iPero el día no llega- 
ba! El paquetito permanecía guardado en el bolsillo del uniforme. Los tran- 
vías se vaciaban y se llenaban sin que llegara la oportunidad deseada. 
Agustina era la última en subir y la primera en bajar. Ese gesto requería la 
soledad de un claustro a medianoche, y esa soledad no sobrevenía nunca. 
Cuando el tranvía se quedaba vacío era siempre sin Agustina; hasta que 
llegó un día en que no apareció más; toda la gente subía como de costum- 
bre, pero ella no llegaba nunca. Y junto con su ausencia empezaron a lle- 
narse las calles de Agustinas imprevistas. El mayoral, cuando ponía el tran- 
vía en marcha, creía verla aparecer en todas las esquinas, y recogía sus es- 
peranzas muertas en esa especie de red metálica y curva con carencia de 
hilos horizontales, esa red de pescar accidentes que llevan los tranvías. 

Era un día en que los pasos en el macadam se volvían pegajosos como ca- 
ramelos elásticos. En una esquina bañada de tráfico, detrás del vidrio de un 
automóvil, los ojos de Agustina sonreían. El mayoral puso su mano de lla- 
mador de puerta sobre su corazón y detuvo el tranvía. Bajó corriendo a la 
calle, ensordecido por los claxons sintiendo que en el gesto de abandonar 
algo hay más robo que en un robo. Corría entre los automóviles y la gente, 
detrás de un rostro que aparecía y desaparecía en todas las mujeres de ca- 
bezas desnudas, lejos del tranvía abandonado, que quedó como un muerto 
que nadie resucita, rodeado de gente en el medio de la calle. 



Epitafio romano 



Oscuros cipreses, un puente de nnadera al pie del nnonte Aventino, el cielo 
más azul sobre las aguas del Tíber, desconocidas casas plebeyas (sin la re- 
dención de los patios), organizaban, perfeccionaban, el atormentado secre- 
to de un caballero romano. 

Sé que amaba, como Virgilio, los perfumes del laurel y del mirto; llevaba 
dos ramitas que su mujer le prendía por las mañanas sobre el pecho. Fre- 
cuentemente, en las discusiones políticas, en el Foro, se le veía arrancar 
hojitas de esas ramas y llevárselas a la boca; al sentir ese gusto, que, se- 
gún él, le recordaba la infancia, adquiría la indulgencia necesaria para so- 
portar la falta de lógica de sus adversarios. Del mismo modo, al cruzar por 
lugares insalubres, cerca de los pantanos con moscas y olor a huevo podri- 
do en las afueras de la ciudad, respiraba el perfume de esas hojas. 
Ninguna precisión, ningún busto de mármol me guían para describir ese 
rostro joven y resuelto, embellecido por el mentón y los labios. Prohibida la 
tristeza por las cejas rectas, sus ojos eran bruscamente severos. La sime- 
tría, la pureza de las facciones, la mirada atormentada y sin melancolía po- 
cas veces lograron ennoblecer tanto un rostro. 

"Puedo atormentarme, pero sin tristeza. La tristeza pertenece al tedio que 
sienten los débiles o los niños", solía decir a sus amigos. "La vida nos encie- 
rra continuamente en invisibles prisiones, de las cuales sólo nuestra inteli- 
gencia o nuestro espíritu creador pueden liberarnos. En alguna prisión de 
mi vida he creído ser feliz; en otras he creído ser desdichado; en otras, 
humillado. La vida, como el amor, como el poema, se corrige fácilmente y 
es buena para los estudiosos." Con frecuencia citaba a Plauto: "Para ignorar 
el amor, para tenerlo apartado, para abstenerse de él, todos los procedi- 
mientos son buenos. Amor, nunca seas mi amigo. Sin embargo, hay desdi- 
chados a quienes maltratas y que son tus víctimas. Pero yo he decidido 
consagrarme a la virtud". Con una sonrisa escéptica asistía a las fiestas re- 
ligiosas; todos los años veía a los fieles arrojar sobre las aguas del Tíber 
(para aplacarlas) treinta maniquíes vestidos. Protestaba: "Para aplacar la 
violencia de las aguas ¿no sería más eficaz y económico arrojar treinta mu- 
jeres verdaderas?" 

En algún momento de su vida las cuestiones políticas, las ocupaciones so- 
ciales, los sueños deleitables, los esplendores de la naturaleza o del arte y 
hasta los versos más inspirados, llevaban su pensamiento a un determinado 
lugar, cuyo paisaje le sugería infiernos de voluptuosidad: en esas penum- 
bras ardientes, anónimas, estaba su mujer... Vanamente era devota de Ve- 
nus Verticordia, y en vano amaba el recuerdo de la casta Sulpicia. 
Flavia y su insistente perfil, su cabellera con ocho trenzas, entrelazadas con 
ocho cintas, su vestido ondulante del color de la miel o de las uvas violetas 
¿se prostituía? ¿Qué falso candor ofrecía a otros hombres? ¿Qué inventadas 
confidencias entregaban sus labios? En sus temores, Claudio Emilio parecía 



el protector de sus rivales. Más de una vez, paseando con amigos, creyó 
verla salir de casas desconocidas, cerca del puente Sublicio, el rostro oculto 
en un manto amarillo o rosado, de un fulgor análogo al del poniente. Al ser 
interrogada, ella, sin ruborizarse, le había respondido: "iOh, Claudio Emilio! 
Tus amigos plagian tus versos, pero yo los reconozco. Dime, ¿te agradaría 
que los confundiera? Porque soy hermosa, y también para que las ames, 
mis amigas plagian mis túnicas, el color de mi cabello, tan difícil de lograr, 
las ocho trenzas de mi peinado. ¿No trataron de imitar el color de mis ojos 
con ungüentos? Para recibir tus besos ¿no perdió casi la vista Cornelia con 
aquella pomada azul que nunca llegó a ser del color de mis ojos? Durante 
tres meses, para lograr el brillo alarmante de mi cabellera, ¿no quedaron 
calvas las sienes de Helena? ¿Adela no murió de fiebre, con esa flor que da- 
ba a sus labios el color de mis labios? (Para recibir, después de todo, un so- 
lo beso, el de la muerte, y la atención de mis lágrimas obligatorias.) Reco- 
noces sobre mi pecho, desde lejos, la rosa artificial y la rosa verdadera; sin 
equivocarte puedes distinguir el buen poema del malo, ¡pero puedes con- 
fundirme en pleno día con mis amigas!" Para conmoverlo aún más, agrega- 
ba: "INo sabes lo triste que es estar triste!" El silencio de un rostro amado 
es elocuente cuando quiere ser más hermético; los párpados sobre los ojos 
de Claudio Emilio indicaban grados de ternura, indicaban a veces a una mu- 
jer lo que debía decir: "Cambiaré de amigas" decía Flavia trenzándose el 
cabello con lentitud nocturna. "Serán más serias, más idénticas a mí, pero 
nunca lograré que no te amen". 

¿En dónde encontraba Flavia amigas tan parecidas? La misma estatura, el 
mismo talle, los mismos senos. ¿Les elegía las túnicas? Para amarlas o 
desecharlas ¿se medía con ellas? 

Como los senderos de un jardín que se alejan o se acercan arbitrariamente, 
formando modestos laberintos, muchas escenas, muchos diálogos, se repe- 
tían entre Claudio Emilio y Flavia: 

-La vida parece hecha por personas distraídas -decía Claudio Emilio-. Las 
cosas se repiten, y vuelvo siempre a la dulzura de tus brazos. 
-Es cierto -decía Flavia aspirando una flor-; se repiten las cosas, pero nunca 
son iguales y nunca se repiten bastante. Este atardecer no se repetirá, ni 
esta flor que me da su perfume, ni este momento de tus ojos del cual no 
me cansaría nunca. 

-Las cosas se repiten demasiado: un solo día es igual al resto de la existen- 
cia. Una sola amiga es igual a todas tus amigas. El vuelo de aquel pájaro, 
que incesantemente se acerca al cielo de los árboles, lo volveré a ver en es- 
te mismo jardín que honra a Diana. Estas palabras que estamos diciendo 
¿no las dijimos ya otro día? 

-Para un enamorado, el encuentro y la separación transforman los minutos, 
las imágenes, las palabras. No podemos conservar intacto ni el recuerdo de 



un momento porque el recuerdo va siendo recuerdo del recuerdo: de un re- 
cuerdo apasionado o indiferente que siempre es inexacto. 
-Se repiten los hechos con extraña insistencia. Con temor de perderse, las 
formas se repiten en ellas mismas: en la hoja del árbol está dibujada la 
forma de un árbol en miniatura; en el caracol, la terminación del mar con 
sus ondas sobre la playa; en una sola ala, imperceptibles alas infinitas; en 
el interior de la flor, diminutas flores perfectas. En las caras se reflejan las 
caras más contempladas. 

-Esa figura que prefirieron nuestras pupilas, ¿puede, entonces, quedar para 
siempre en nosotros como un brillante retrato en colores? 
-Puede quedar como quedan en las manos las formas y el perfume de otras 
manos. Se repiten las cosas, pero un día se saben, un día se transforman, 
un día se expían. 

-Un día también se pierden: es claro que un día llegaría la muerte. 
-En el argumento de una vida hay casi siempre una parte indigna que los 
hombres o los dioses descuidaron: la muerte a veces sería oportuna; a ve- 
ces convendría anticiparla. 

Flavia, probablemente dócil a su destino, cambió de amigas hasta llegar a la 
que tendría que delatarla. Pero ¿cuál fue la verdad? ¿En qué forma se des- 
cubrió? ¿Cómo palideció Claudio Emilio, cómo latió su corazón al ver a Fla- 
via en otros brazos? ¿Cómo eran el aposento (o el jardín), la hora, el per- 
fume de alguna flor perturbadora. Inolvidable, el color delictuoso de una 
nube, la estación, el silencio? ¿Mandó matar Claudio Emilio al amante, o 
mató con sus propias manos, o bien desdeñó ambos procedimientos? ¿Una 
muerte no bastaba? Nadie logró saberlo; pero tal vez sólo importa (y sólo 
es distinto de lo que ocurre siempre) lo que ocurrió después. Cortésmente, 
sin aplicaciones, sobornando a tres o cuatro personas, Claudio Emilio hizo 
encerrar a Flavia en su granja del Tíber. Dio órdenes explícitas: había que 
alimentarla bien, darle ropa de las más finas telas, buenos vinos, dulces, 
instrumentos de música y libros; pero no le sería permitido ver el sol, ni pa- 
sear por el campo, debajo de los árboles que tanto amaba. Incendió su casa 
de Roma; para que se propagase más pronto el fuego, eligió un día de tor- 
menta. Salvó a sus hijos y retiró algunos objetos de valor, algunos retratos. 
Anunció la muerte de Flavia. Se recogieron en una urna las pretendidas ce- 
nizas, y los retazos de una de sus túnicas (Claudio Emilio los había colocado 
cuidadosamente entre los escombros) fueron enterrados con pompa. 
Por primera vez Claudio Emilio pareció triste. Sobre la tumba grabó perso- 
nalmente un largo epitafio. Hizo figurar a los más cercanos parientes de la 
muerta como autores de algunos versos que él mismo compuso: esta ac- 
ción fue agradecida por sus padres, pero severamente reprobada por sus 
amigos, que juzgaron el epitafio absurdamente extenso y plebeyo. 
Dos años después, cuando el recuerdo de Flavia parecía casi olvidado. 



Claudio Emilio la sacó de su prisión. Le costó reconocerla: la falta de sol y 
de tinturas había oscurecido su pelo, estaba pálida y sus ojos claros pare- 
cían negros, estaba menos delgada (y aún más hermosa, pensó Claudio 
Emilio). La vistió con la misma túnica rota que había utilizado como prueba 
de su muerte y, secretamente, la llevó en una noche de luna hasta su tum- 
ba. Sin apartar de ella los ojos, aguardó a que leyera el epitafio: sobre una 
lápida decorada con instrumentos musicales, figuras de adolescentes y 
guirnaldas, estaban, grabados estos versos: 

Tus PADRES: 

Qué racimos azules, cuántas flores 
y dulces venerando tus favores, 
te regalan tus hijos. Atesoran 
complicadas ofrendas y no lloran. 

TU HERMANA MENOR: 

lEn qué admirado incendio fuiste de oro 
la claridad de arrepentidas llamas! 

TU HERMANA MAYOR: 

Tus labios tendrán sed como las ramas 
que han devorado el sol: por eso lloro. 
Por eso el ánfora con agua helada 
traigo con una estrella reflejada. 

TUS HIJOS: 

Oh madre, eternamente la paloma 
cantará entre los árboles de Roma; 
se extinguirá tu cuerpo mientras dura 
del verano la sombra, la dulzura... 

Tu PRIMA: 

Y seguirán cayendo del invierno 

las nieves de otros tiempos, sin gobierno. 



TU HERMANO: 



iOh, Flavia, la distancia de la muerte 
oculta los misterios de tu suerte! 

TU ESPOSO: 

Traerán las estaciones, en los brazos, 
para ti en vano, frutas, dulces lazos: 
como la tierra en sombra augustamente 
te alejará tu sueño eternamente. 

La antigüedad nos propone tres finales para esta historia: 
En el primero, el más previsible, Flavia agradece a Claudio Emilio la salva- 
ción del honor de sus hijos y de su familia por haberla ennoblecido prema- 
turamente con los privilegios que sólo puede otorgar la muerte. "Muchas 
personas vivientes me envidiarán", suspira Flavia con dulzura. "Y también 
muchos muertos", le dice Claudio Emilio. "Te has convertido ya en una ve- 
nerable aparición. Tu vida transcurrirá pacíficamente, pues no te faltarán 
alimento, ni techo, ni reverencias." 

En el segundo, Flavia, después de leer su epitafio y de alabar algunos ver- 
sos, de censurar otros, exclama: "lEsto se parece mucho a un sueño! Ten- 
dré que estar atenta y recordarlo para contártelo mañana". "No te preocu- 
pes, Flavia. Es un sueño sin despertar y no se lo contarás a nadie. Tus hi- 
jos, tus padres, tus hermanos, tus amigas, el mundo entero cree que has 
muerto. Si te acercas a ellos, si les hablas, creerán que eres una aparición, 
tendrán miedo de ti y te darán alimento; pero no lograrás reincorporarte a 
la vida. El día en que mueras realmente, nadie asistirá a tu muerte, nadie 
te enterrará." 

Flavia, con una voz casi inaudible, responde: "Es cierto, todos creen que he 
muerto, salvo tú: tú eres el único equivocado". 

En el tercero, después de leer el epitafio, Flavia, con renovado esplendor, le 
dice: "INo soy bastante serial INo merezco estar muerta!" El fulgor de su 
cabellera suelta ilumina la noche y Claudio Emilio pide clemencia a los dio- 
ses y amor a Flavia. La lleva a su casa. Nadie la reconoce y ella asegura ser 
una mendiga que un demente ha violado, después de vestirla con las túni- 
cas que robó de una urna sagrada. La locura de Claudio Emilio es tal vez 
inevitable; nadie entiende sus explicaciones claras e ingeniosas; en vano 
probará las hojas del mirto y del laurel. A orillas del Tíber, entre los cantos 
del Fragmen Arboris, se le oye durante tres noches gritar su indignación en 
versos que la posteridad ha perdido. 



La red 



Mi amiga Kéng-Su me decía: 

-En la ventana del hotel brillaba esa luz diáfana que a veces y de un modo 
fugaz anticipa, en diciembre, el mes de marzo. Sientes como yo la presen- 
cia del mar: se extiende, penetra en todos los objetos, en los follajes, en los 
troncos de los árboles de todos los jardines, en nuestros rostros y en nues- 
tras cabelleras. Esta sonoridad, esta frescura que sólo hay en las grutas, 
hace dos meses entró en mi luminosa habitación, trayendo en sus pliegues 
azules y verdes algo más que el aire y que el espectáculo diario de las plan- 
tas y del firmamento. Trajo una mariposa amarilla con nervaduras anaran- 
jadas y negras. La mariposa se posó en la flor de un vaso: reflejada en el 
espejo agregaba pétalos a la flor sobre la cual abría y cerraba las alas. Me 
acerqué tratando de no proyectar una sombra sobre ella: los lepidópteros 
temen las sombras. Huyó de la sombra de mi mano para posarse en el 
marco del espejo. Me acerqué de nuevo y pude apresar sus alas entre mis 
dedos delicados. Pensé: "Tendría que soltarla. No es una flor, no puedo co- 
locarla en un florero, no puedo darle agua, no puedo conservarla entre las 
hojas de un libro, como un pensamiento". Pensé: "No es un pájaro, no pue- 
do encerrarla en una jaula de mimbre con una pequeña bañera y un tarrito 
enlozado, con alpiste". 

-Sobre la mesa -prosiguió-, entre mis peinetas y mis horquillas, había un 
alfiler de oro con una turquesa. Lo tomé y atravesé con dificultad el cuerpo 
resistente de la mariposa -ahora cuando recuerdo aquel momento me es- 
tremezco como si hubiera oído una pequeña voz quejándose en el cuerpo 
obscuro del insecto. Luego clavé el alfiler con su presa en la tapa de una ca- 
ja de jabones donde guardo la lima, la tijera y el barniz con que pinto mis 
uñas. La mariposa abría y cerraba las alas como siguiendo el ritmo de mi 
respiración. En mis dedos quedó un polvillo irisado y suave. La dejé en mi 
habitación ensayando su inmóvil vuelo de agonía. 

A la noche, cuando volví, la mariposa había volado llevándose el alfiler. La 
busqué en el jardín de la plaza, situada frente al hotel, sobre las favoritas y 
las retamas, sobre las flores de los tilos, sobre el césped, sobre un montón 
de hojas caídas. La busqué vanamente. 

En mis sueños sentí remordimientos. Me decía: "¿Por qué no la encerré 
adentro de una caja? ¿Por qué no la cubrí con un vaso de vidrio? ¿Por qué 
no la perforé con un alfiler más grueso y pesado?" 

Kéng-Su permaneció un instante silenciosa. Estábamos sentadas sobre la 
arena, debajo de la carpa. Escuchábamos el rumor de las olas tranquilas. 
Eran las siete de la tarde y hacía un inusitado calor. 

-Durante muchos días no vine a la playa -continuó Kéng-Su anudando su 
cabellera negra-, tenía que terminar de bordar una tapicería para Miss El- 
dington, la dueña del hotel. Sabes cómo es de exigente. Además yo necesi- 



taba dinero para pagar los gastos. 



Durante muchos días sucedieron cosas insólitas en nni habitación. Tal vez 
las he soñado. Mi biblioteca se compone de cuatro o cinco libros que siem- 
pre llevo a veranear conmigo. La lectura no es uno de mis entretenimientos 
favoritos, pero siempre mi madre me aconsejaba, para que mis sueños fue- 
ran agradables, la lectura de estos libros: El Libro de Mencius, La Fiesta de 
las Linternas, Hoei-Lan-Ki (Historia del círculo de tiza) y El Libro de las Re- 
compensas y de las Penas. 

Varias veces encontré el último de estos libros abierto sobre mi mesa, con 
algunos párrafos marcados con pequeños puntitos que parecían hechos con 
un alfiler. Después yo repetía, involuntariamente, de memoria estos párra- 
fos. No puedo olvidarlos. 

-Kéng-Su, repítelos, por favor. No conozco esos libros y me gustaría oír 
esas palabras de tus labios. 

Kéng-Su palideció levemente y jugando con la arena me dijo: 
-No tengo inconveniente. 

A cada día correspondía un párrafo. Bastaba que saliera un momento de mi 
habitación para que me esperara el libro abierto y la frase marcada con los 
inexplicables puntitos. La primera frase que leí fue la siguiente: 
"Si deseamos sinceramente acumular virtudes y atesorar méritos tenemos 
que amar no sólo a los hombres, sino a los animales, pájaros, peces, insec- 
tos, y en general a todos los seres diferentes de los hombres, que vuelan, 
corren y se mueven". 
Al otro día leí: 

"Por pequeños que seamos, nos anima el mismo principio de vida: todos 
estamos arraigados en la existencia y del mismo modo tememos la muer- 
te". 

Guardé el libro dentro del armario, pero al otro día lo encontré sobre mi 
cama, con este párrafo marcado: 

"Caminando, de pie, sentada o acostada, si ves un insecto pereciendo trata 
de liberarlo y de conservarle la vida. iSi lo matas, con tus propias manos, 
qué destino te esperará!..." 

Escondí el libro en el cajón de la cómoda, que cerré con llave; al otro día 
estaba sobre la cómoda, con la siguiente leyenda subrayada: 
"Song-Kiao, que vivió bajo la dinastía de los Song, un día construyó un 
puente con pequeñas cañas para que unas hormigas cruzaran un arroyo, y 
obtuvo el primer grado de Tchoang-Youen (primer doctor entre los docto- 
res). Kéng-Su, ¿qué obtendrás por tu oscuro crimen?..." 
A las dos de la mañana, el día de mi cumpleaños, creí volverme loca al leer: 
"Aquel que recibe un castigo injusto conserva un resentimiento en su alma". 



Busqué en la enciclopedia de una librería (conozco al dueño, un honnbre 
bondadoso, y me permitió consultar varios libros) el tiempo que viven los 
insectos lepidópteros después de la última metamorfosis; pero como exis- 
ten cien mil especies diferentes es difícil conocer la duración de las vidas de 
los individuos de cada especie; algunos, en estado de imago, viven dos o 
tres días; pero ¿pertenecía mi mariposa a esta especie tan efímera? 

Los párrafos seguían apareciendo en el libro, misteriosamente subrayados 
con puntitos: 

"Algunos hombres caen en la desdicha; otros obtienen la dicha. No existe 
un camino determinado que los conduzca a una u otra parte. Depende todo 
del hombre, que tiene el poder de atraer el bien o el mal, con su conducta. 
Si el hombre obra rectamente obtiene la felicidad; si obra perversamente 
recibe la desdicha. Son rigurosas las medidas de la dicha y de la aflicción, y 
proporcionadas a las virtudes y a la gravedad de los crímenes". 

Cuando mis manos bordaban, mis pensamientos urdían las tramas horribles 
de un mundo de mariposas. 

Tan obcecada estaba, que estas marcas de mis labores, que llevo en las 
yemas de los dedos, me parecían pinchazos de la mariposa. 
Durante las comidas intentaba conversaciones sobre insectos, con los com- 
pañeros de mesa. Nadie se interesaba en estas cuestiones, salvo una seño- 
ra que me dijo: "A veces me pregunto cuánto vivirán las mariposas. iPare- 
cen tan frágiles! Y he oído decir que cruzan (en grandes bandadas) el 
océano, atravesando distancias prodigiosas. El año pasado había una ver- 
dadera plaga en estas playas". 

A veces tenía que deshacer una rama entera de mi labor: insensiblemente 
había bordado con lanas amarillas, en lugar de hojas o de pequeños drago- 
nes, formas de alas. 

En la parte superior de la tapicería tuve que bordar tres mariposas. ¿Por 
qué hacerlas me repugnaba tanto, ya que involuntariamente, a cada instan- 
te, bordaba sus alas? 

En esos días, como sentía cansada la vista, consulté a un médico. En la sala 
de espera me entretuve con esas revistas viejas que hay en todos los con- 
sultorios. En una de ellas vi una lámina cubierta de mariposas. Sobre la 
imagen de una mariposa me pareció descubrir los puntitos del alfiler; no 
podría asegurar que esto fuera justificado, pues el papel tenía manchas y 
no tuve tiempo de examinarlo con atención. 

A las once de la noche caminé hasta el espigón, proyectando un viaje a las 
montañas. Hacía frío y el agua me contemplaba con crueldad. 



Antes de regresar al hotel me detuve debajo de los árboles de la plaza, para 
respirar el olor de las flores. Buscando siempre la mariposa, arranqué una 
hoja y vi en la verde superficie una serie de agujeritos; mirando el suelo vi 
en la tierra otra serie de agujeritos: pertenecían, sin duda, a un hormigue- 
ro. Pero en aquel momento pensé que mi visión del mundo se estaba trans- 
formando y que muy pronto mi piel, el agua, el aire, la tierra y hasta el cie- 
lo se cubriría de esos mismos puntitos, y entonces -fue como el relámpago 
de una esperanza- pensé que no tendría motivos de inquietud ya que una 
sola mariposa, con un alfiler, a menos de ser inmortal, no sería capaz de 
tanta actividad. Mi tapicería estaba casi concluida y las personas que la vie- 
ron me felicitaron. 

Hice nuevas incursiones en el jardín de la plaza, hasta que descubrí, entre 
un montón de hojas, la mariposa. Era la misma, sin duda. Parecía una flor 
mustia. Envejecidas las alas, no brillaban Ese cuerpo, horadado, torcido, 
había sufrido. La miré sin compasión. Hay en el mundo tantas mariposas 
muertas. Me sentí aliviada. Busqué en vano el alfiler de oro con la turquesa. 
Mi padre me lo había regalado. En el mundo no hallaría otro alfiler como 
ése. Tenía el prestigio que sólo tienen los recuerdos de familia. 
Pero una vez más en el libro tuve que ver un párrafo marcado: 
"Hay personas que inmediatamente son castigadas o recompensadas; hay 
otras cuyas recompensas y castigos tardan tanto en llegar que no las alcan- 
zan sino en los hijos o en los nietos. Por eso hemos visto morir a jóvenes 
cuyas culpas no parecían merecer un castigo tan severo, pero esas culpas 
se agravaban con los crímenes que habían cometido sus antepasados". 
Luego leí una frase interrumpida: 
"Como la sombra sigue los cuerpos..." 

Con qué impaciencia había esperado esa mañana, y qué indiferente resultó 
después de tantos días de sufrimiento: pasé la aguja con la última lana por 
la tapicería (esa lana era del color oscuro que daña mi vista). Me saqué los 
anteojos y salí del trabajo como de un túnel. La alegría de terminar un bor- 
dado se parece a la inocencia. Logré olvidarme de la mariposa -continuó 
Kéng-Su ajustando en sus cabellos una tira de papel amarillo-. El mar, co- 
mo un espejo, con sus volados blancos de espuma me besaba los pies. Yo 
he nacido en América y me gustan los mares. Al penetrar en las ondas vi 
algunas mariposas muertas que ensuciaban la orilla. Salté para no tocarlas 
con mis pies desnudos. 

Soy buena nadadora. Me has visto nadar algunas veces, pero las olas en- 
torpecían mis movimientos. Soy nadadora de agua dulce y no me gusta na- 
dar con la cabeza dentro del agua. Tengo siempre la tentación de alejarme 
de la costa, de perderme debajo del cóncavo cielo. 

-¿No tienes miedo? A doscientos metros de la costa ya me asusta la idea de 



encontrar delfines que podrían escoltarme hasta la muerte -le dije-. Kéng- 
Su desaprobó mis temores. Sus oblicuos ojos brillaban. 
-Me deslicé perezosamente -continuó-. Creo que sonreí al ver el cielo tan 
profundo y al sentir mi cuerpo transparente e impersonal como el agua. Me 
parecía que me despojaba de los días pasados como de una larga pesadilla, 
como de una vestidura sucia, como de una enfermedad horrible de la piel. 
Suavemente recobraba la salud. La felicidad me penetraba, me anonadaba. 
Pero un momento después una sombra diminuta sobre el mar me perturbó: 
era como la sombra de un pétalo o de una hoja doble; no era la sombra de 
un pez. Alcé los ojos. Vi la mariposa: las llamas de sus alas luminosas oscu- 
recían el color del cielo. Con el alfiler fijo en el cuerpo -como un órgano arti- 
ficial pero definitivamente adherido- me seguía. Se elevaba y bajaba, roza- 
ba apenas el agua delante de mí, como buscando un apoyo en flores invisi- 
bles. Traté de capturarla. Su velocidad vertiginosa y el sol me deslumhra- 
ban. Me seguía, vacilante y rápida; al principio parecía que la brisa la lleva- 
ba sin su consentimiento; luego creí ver en ella más resolución y más segu- 
ridad. ¿Qué buscaba? Algo que no era el agua, algo que no era el aire, algo 
que no era una sombra (me dirás que esto es una locura; a veces he de- 
sechado la idea que ahora te confieso): buscaba mis ojos, el centro de mis 
ojos, para clavar en ellos su alfiler. El terror se apoderó de mis ojos inde- 
fensos como si no me pertenecieran, como si ya no pudiera defenderlos de 
ese ataque omnipotente. Trataba de hundir la cara en el agua. Apenas po- 
día respirar. El insecto me asediaba por todos lados. Sentía que ese alfiler, 
ese recuerdo de familia que se había transformado en el arma adversa, ho- 
rrible, me pinchaba la cabeza. Afortunadamente yo estaba cerca de la orilla. 
Cubrí mis ojos con una mano y nadé durante cinco minutos que me parecie- 
ron cinco años, hasta llegar a la costa. 

El bullicio de los bañistas seguramente ahuyentó la mariposa. Cuando abrí 
los ojos había desaparecido. Casi me desmayé en la arena. Este papel, 
donde pinté yo misma un dios con tinta colorada, me preserva ahora de to- 
do mal. 

Kéng-Su me enseñó el papel amarillo, que había colocado tan cuidadosa- 
mente entre los dientes de su peineta, sobre su cabellera. 
-Me rodearon unos bañistas y me preguntaron qué me sucedía. Les dije: 
"He visto un fantasma". Un señor muy amable me dijo: "Es la primera vez 
que un hecho así ocurre en esta playa", y agregó: "Pero no es peligroso. 
Usted es una gran nadadora. No se aflija". 

Durante una semana entera pensé en ese fantasma. Podría dibujártelo, si 
me dieras un papel y un lápiz. No se trata ya de una mariposa común; se 
trata de un pequeño monstruo. A veces, al mirarme al espejo, veía sus ojos 



sobrepuestos a los míos. He visto hombres con caras de animales y me han 
inspirado cierta repugnancia; un animal con cara humana me produce te- 
rror. 

Imagínate una boca desdeñosa, de labios finos, rizados; unos ojos pene- 
trantes, duros y negros; una frente abultada y resuelta, cubierta de pelusa. 
Imagínate una cara diminuta y mezquina -como una noche oscura-, con 
cuatro alas amarillas, dos antenas y un alfiler de oro; una cara que al des- 
membrarse conservaría en cada una de sus partes la totalidad de su expre- 
sión y de su poder. Imagínate ese monstruo, de apariencia frágil, volando, 
inexorable (por su misma pequeñez e inestabilidad), llegando siempre -tal 
como yo lo imagino- de la avenida de las tumbas de los Ming. 
-Habrás contribuido a formar una nueva especie de mariposas, Kéng-Su: 
una mariposa temible, maravillosa. Tu nombre figurará en los libros de 
ciencia -le dije mientras nos desvestíamos para bañarnos. Consulté mi reloj. 
-Son las ocho de la noche. Entremos en el mar. Las mariposas no vuelan de 
noche. 

Nos acercábamos a la orilla. Kéng-Su puso un dedo sobre los labios, para 
que nos calláramos, y señaló el cielo. La arena estaba tibia. Tomadas de la 
mano, entramos en el mar lentamente para admirar mejor los reflejos del 
cielo en las olas. Estuvimos un rato con el agua hasta la cintura, refrescan- 
do nuestros rostros. Después comenzamos a nadar, con temor y con delei- 
te. El agua nos llevaba en sus reflejos dorados, como a peces felices, sin 
que hiciéramos el menor esfuerzo. 
-¿Crees en los fantasmas? 
Kéng-Su me contestaba: 

-En una noche como ésta... Tendría que ser un fantasma para creer en fan- 
tasmas. 

El silencio agrandaba los minutos. El mar parecía un río enorme. En los 
acantilados se oía el canto de los grillos, y llegaban ráfagas de olores vege- 
tales y de removidas tierras húmedas. 

Iluminados por la luna, los ojos de Kéng-Su se abrieron desme- 
suradamente, como los ojos de un animal. Me habló en inglés: 
-Ahí está. Es ella. 

Vi nítidamente la luna amarilla recortada en el cielo nacarado. Lloraba en la 
voz de Kéng-Su una súplica. Creo que el agua desfigura las voces, suele 
comunicarles una sonoridad de llanto: pero esta vez Kéng-Su lloraba, y no 
podré olvidar su llanto mientras exista mi memoria. Me repitió en inglés: 
-Ahí está. Mírala cómo se acerca buscando mis ojos. 

En la dorada claridad de la luna, Kéng-Su hundía la cabeza en el agua y se 
alejaba de la costa. Luchaba contra un enemigo, para mí invisible. Yo oía el 
horrible chapoteo del agua y el sonido confuso de unas palabras entrecorta- 
das. Traté de nadar, de seguirla. La llamé desesperadamente. No podía al- 



canzarla. Nadé hacia la orilla a pedir socorro. No soy buena nadadora; tardé 
en llegar. Busqué inútilmente al guardamarina, al bañero. Oí el ruido del 
mar; vi una vez más el reflejo imperturbable de la luna. Me desmayé en la 
arena. Después debajo de la carpa encontré la tira de papel amarillo, con el 
ídolo pintado. 

Cuando pienso en Kéng-Su, me parece que la conocí en un sueño. 
El impostor 

Hacía un calor sofocante. A las cuatro llegué a Constitución. Los libros inter- 
calados entre las correas de la valija, y la valija, pesaban mucho. Me detuve 
a comer el resto de un helado de frutilla junto a uno de los leones de piedra 
que vigilan la escalinata de entrada. Subí por la escalinata. Faltaban veinte 
minutos para que saliera el tren. Vagué un rato por la estación, curioseé en 
los escaparates de las tiendas. Me llamó la atención, en la librería, un lápiz 
Eversharp, muy barato: lo compré; compré también un frasquito de gomina 
rosada. No uso gomina, pero pensé que en el campo, en los días de viento, 
podría hacerme falta. En los reflejos de una vidriera vi, como un oprobio, mi 
pelo rizado. Reminiscencias vagas de mis primeros padecimientos en el co- 
legio acudieron a mi memoria. 

Me había olvidado de algo, de algo importante. Miré mi muñeca, para ase- 
gurarme que llevaba el reloj, miré el pañuelo en el bolsillo, la bufanda de 
lana escocesa enroscada en las correas de la valija. Me había olvidado de 
las pastillas de bromuro. Antes y después de los exámenes suelo sufrir de 
insomnios, pero tal vez el aire, el sol de campo, como dijo mi madre al des- 
pedirse de mí, actuarán sobre los nervios mejor que un sedante. Ella no 
admitía que un muchacho de mi edad tomara medicinas. Sin embargo, yo 
había olvidado algo, algo más importante que las pastillas de bromuro. Ha- 
bía olvidado mi libro de álgebra: lo lamenté al mirar desde el andén la esfe- 
ra del reloj (su perfecta redondez me recordaba los más hermosos teore- 
mas). Lo lamenté, pues el álgebra era mi materia predilecta. 
Cuando subí al tren los guardas no habían terminado aún de remover los 
asientos. Subían estrepitosamente las ventanillas, con plumeros largos le- 
vantaban nubes de polvo y de moscas. El vagón estaba imbuido de olores, 
de calores sucesivos. La luz ardiente del día reposaba su claridad celeste en 
los vidrios, en las manijas de metal, en los ventiladores inmóviles, en los 
asientos de cuero. 

En el compartimento que elegí se sentaron, unos minutos después, una mu- 
jer y una muchacha muy joven. Traían una canasta y un ramo de flores en- 
vuelto en un papel de diario. Tomé uno de mis libros y fingí leer, pero ob- 
servaba a las vecinas, que después de acomodar las flores y de sentarse, 
con laboriosos movimientos abrieron la canasta y desenvolvieron un paque- 



te con alfajores. Mientras comían, hablaban en voz baja; sin duda hablaban 
de mí, pues la muchacha, que no era tan desagradable como yo lo había 
supuesto en el primer instante, me miraba de soslayo, con un movimiento 
imperceptible, de interrogación, en las cejas. 

La señora, inclinándose hacia mí y ofreciéndome un alfajor, me dijo confi- 
dencialmente: 

-Tienen dulce de leche. Si no me equivoco, usted es hijo de Jorge Maidana. 
Vacilando, acepté el alfajor. La señora no esperó mi respuesta. 
-Hemos sido como hermanos. -Limpiándose los labios con una servilleta de 
papel, prosiguió: 

-El tiempo, las circunstancias, no siempre favorables, separan, a veces, a 
los amigos de juventud. Usted era muy niño; no se acordará de aquellos 
días en Tandil, cuando nos reuníamos para las fiestas de carnaval y de Se- 
mana Santa. 

En un laberinto de recuerdos vi el Hotel de Tandil, pintado de verde, las 
numerosas mesitas del corredor, las hamacas, las piedras gigantescas del 
jardín, las sombras, el sol infinito del espacio, mezclándose a ellos indele- 
bles olores a pomo de carnaval, a incienso y a melancólicos jazmines: en 
ese edén confuso, una señora vestida con un quimono cubierto de enreda- 
deras me había iniciado en la prohibida ascensión de unas montañas. 
Asentí con la cabeza. 

-IQué hermosos recuerdos! -prosiguió la señora-. Yo estaba de novia. Su 
madre me acompañaba de noche al corso. Por las tardes, como dos maripo- 
sas, jugábamos al tenis. Hacíamos las Estaciones y el Viacrucis juntas. 
La muchacha me miraba. La señora suspiró levemente, hizo aletear un pa- 
ñuelo, se enjugó la frente y, como queriendo cambiar de conversación, pre- 
guntó: 

-¿Aficionado a la lectura? Siempre lo he dicho: en los viajes no está de más 

llevar un libro. ¿Va muy lejos? 

-A Cacharí -contesté sin entusiasmo. 

-íA mis pagos! Cacharí, Cacharí, Cacharí. 

La miré con asombro. Ella continuó: 

-¿No conoce la leyenda? Cacharí era un cacique temible. Cerca del pueblo lo 
mató el ejército, hace un siglo. Cayó herido y durante tres noches y tres 
días, gritó: "Cacharí, Cacharí, Cacharí. Aquí está Cacharí". Nadie se atrevió 
a acercarse al lugar donde el indio agonizaba. Dicen que aún hoy cuando 
sopla el viento, a medianoche, en invierno, se oye el grito de Cacharí. ¿Vie- 
ne a pasar las vacaciones? ¿Sólito? Seré curiosa: ¿dónde? 
-En la estancia Los Cisnes. 

-Pero ¿no arrendaron el campo? ¿Quién está allí? 

-Armando Heredia -contesté con impaciencia. 

La señora musitó varias veces el nombre y finalmente inquirió: 



-¿Armando Heredia, el viejo? 

-Tiene diecioclio años -respondí, mirando por la ventanilla. 
-¿Ya tiene dieciocho años? 

La miré con odio: primeramente me preguntaba si Armando Heredia era el 
viejo, después (para prolongar vanamente el diálogo), se asombraba que 
ya tuviera dieciocho años. 

-iCómo pasa el tiempo! -suspiró de nuevo la señora palmoteando los plie- 
gues de una solapa blanca, de muselina, sobre la protuberancia de su pe- 
cho-. Es una estancia triste Los Cisnes. La casa está abandonada y hay más 
murciélagos que muebles. Pero es natural, a un muchacho de su edad no le 
asustan estas cosas. Es inútil, yo siempre sostengo que las amistades que- 
dan en la familia. Los padres se separan, pero los hijos de esos mismos pa- 
dres vuelven a reunirse. ¿Armando Heredia será compañero suyo? 
-No lo conozco. 

-iNo lo conoce! Dicen que el mozo es medio loco. Cuentan que cegó un ca- 
ballo porque no le obedecía: lo ató a un poste, lo maniató, y le quemó los 
ojos con cigarrillos turcos. Pero no hay que dejarse llevar por cuentos. 
Asentí con un movimiento de cabeza. Cariñosamente, la muchacha estruja- 
ba entre sus manos el papel que había envuelto uno de los alfajores. Las 
manos eran delgadas, nerviosas. En sus ojos no sé qué belleza melancólica 
y tímida me cautivaba. 

Se detuvo el tren y aproveché el momento oportuno: me asomé por la ven- 
tanilla como si esperara a alguien, me precipité afuera, bajé y caminé un 
rato por el andén. El calor de la tarde estaba en su apogeo. Sentía el sol ar- 
diente sobre mi cabeza. En un rincón, en la sombra, cuatro o cinco hombres 
esperaban, como hipnotizados. Un gato blanco dormía en un banco de la 
sala de espera. Subí al vagón, volví a mi asiento. Cuando de nuevo arrancó 
el tren, oí la voz monótona e insistente: 

-Qué largos son estos viajes en verano. Solamente los hago por obligación. 
Tuve que llevar a Claudia al oculista. Le recetaron anteojos. 
Sacó de la cartera unos anteojos oscuros y, examinándolos, agregó: 
-No quiere usarlos. Dice que no ve las letras del diario ni los escalones y 
que el tiempo parece tormentoso y triste a través de los vidrios oscuros. 
La muchacha echó la cabeza hacia atrás, con un movimiento de pájaro, y 
descubrió su cuello redondo. Sus ojos se movieron, inquietos, de un lado a 
otro, para después posarse abstraídamente sobre mí. Pensé que hacía bien 
en no querer usar anteojos. ¿Qué hubiera quedado de su rostro sin la lumi- 
nosidad de su mirada? ¿Qué hubiera hablado en ella? A través de los lentes 
oscuros, jamás me hubiera atrevido a creer que me miraba. 
Me asomé de nuevo por la ventanilla. Ningún relámpago en el cielo, ningu- 
na puesta de sol, ningún cometa justificaba, para esta señora, mi larga con- 
templación. El campo ardientemente monótono, con pastos amarillos o ver- 



des, se extendía con sus repetidas ovejas, sus caballos y sus vacas. 
Mis compañeras de viaje todavía no me habían dejado reflexionar. ¿Cómo 
sería aquella estancia remota, con el nombre de un pájaro que para mí 
existía solamente en los lagos de Palermo o en los versos de Rubén Darío? 
¿Cómo sería Armando Heredia? Cuando su padre me lo describía, sentí al- 
gún afecto por aquel muchacho, solitario y desconocido, cuya indiferencia 
preocupaba a toda una familia. Esto también es cierto: sentí una mezcla de 
admiración y repugnancia por él. 

ITodo lo que la imaginación puede fraguar alrededor de un nombre! Mien- 
tras desfilaban ante mis ojos las nubes y los animales del poniente, lo ima- 
ginaba alto, ancho de hombros, moreno, cruel y melancólico, afectado y 
grosero, siempre con olor a alcohol. 

"iCómo un muchacho que se ha recibido de bachiller en Europa, que iba a 
seguir la carrera de médico, un muchacho con bastante afición a la música, 
puede encerrarse un buen día en una estancia abandonada, cuidada por los 
murciélagos y los sapos! ¿Para qué se encierra en esa estancia? No es para 
estudiar, ni para cultivar la tierra, ni para criar vacunos", un día exclamó, 
escandalizada, mi madre. ¿Pero acaso Armando Heredia no era más sensa- 
to que su familia? El arrendatario del campo les había cedido el casco de la 
estancia y por pequeño que éste fuera ¿cómo no disfrutaban de esa propie- 
dad de campo, ya que la situación pecuniaria en que se encontraban no les 
permitía veranear en otra parte? 

Armando Heredia me parecía pertenecer a la raza de los héroes (en una 
nube imaginé su perfil atrevido): no había sucumbido bajo las iras familia- 
res. Había podido abandonar todo por nada. Sin embargo yo no estaba tan 
seguro que ese nada fuera realmente nada. 

En los vidrios de la ventanilla vi el reflejo de una nube y el horizonte que 
achataban un sol casi violeta. Vi también el rubor de mi frente, mientras 
pensaba: soy un avergonzado embajador enviado por el amigo de mi padre. 
Yo soy tímido y nada astuto ¿qué influencia puedo tener sobre el ánimo de 
un muchacho que sólo conozco por vagas, contradictorias informaciones? 
"Lo único que tienes que hacer es seguir estudiando" me había dicho el se- 
ñor Heredia, mientras fumaba un habano, en el escritorio de mi padre, 
"demostrarle tu amistad, si la sientes. Creo en la eficacia del ejemplo: nin- 
gún consejo será mejor. No podría pedirte, no, no podría pedirte, aprove- 
chando las ventajas de una posible amistad, que arranques de su corazón 
un secreto para entregármelo a mí. Temo que en el misterio de su reclusión 
exista una mujer o un vicio. Repito: lo único que tienes que hacer, amigo 
mío, es estudiar allí y aprovechar el aire saludable del campo. La casa está 
abandonada, pero para un muchacho de tu edad eso no significa una mo- 
lestia sino una diversión más." 

Admiré en la ventanilla una interminable laguna donde reposaban como fio- 



res algunos adormecidos flamencos. Pensé en la frescura de un baño y, al 
contemplar mejor la monotonía del agua, seguí el curso anterior de mis 
pensamientos. Mi padre, que estima al señor Heredia como uno de sus me- 
jores amigos de infancia, viendo, en la promesa de un vínculo de amistad 
entre su hijo y yo, reanudarse una relación interrumpida desde hacía años 
por circunstancias ineludibles de la vida, me recomendó que desplegara la 
máxima cautela, la conducta más sagaz, la inteligencia más sutil para acer- 
carme a Armando Heredia e influir sobre su carácter áspero. Tantas espe- 
ranzas puestas en mí me confundían. 

Si Armando Heredia no me resultaba simpático, si yo no le resultaba simpá- 
tico ¿cómo haría para soportar aquellos quince o veinte días en la soledad 
definitiva del campo? Por lo menos ¿habría en la estancia un aparato de ra- 
dio, una bicicleta, un caballo? 

Caía la noche con un cielo vacío. Sobre la frescura del vidrio apoyé mi fren- 
te: me sentía afiebrado. Hubo un momento de júbilo cuando vimos la pri- 
mera llama y el primer avestruz iluminados por monstruosas luces. Leí un 
rato. Pensé que estaba solo y hasta cierto punto lo estaba. Mi interlocutora 
se había dormido; la muchacha, reclinada en el respaldo del asiento, con 
los ojos entornados, trataba de imitarla. Vi que su boca tenía la forma de 
un corazón orgulloso. Vi que llevaba en su vestido un broche con piedritas 
celestes; las piedritas dibujaban un nombre: María. 

Las luces comenzaban a encenderse cuando el tren se detuvo en la estación 
de Cacharí. No me esperaba Armando Heredia, sino un peón afónico, cuya 
cara no pude distinguir de la noche, y una volanta desvencijada. 
Ladraban los perros. En la oscuridad de una casa muy larga, compuesta ca- 
si esencialmente de corredores, de enredaderas superpuestas, apareció 
Armando Heredia llevando una lámpara de kerosene en la mano. Gracias a 
las circunstancias nuestro encuentro fue providencialmente natural. Un chi- 
flón apagó la lámpara. Tuvimos que ir a la cocina, a buscar otra. En el cuar- 
to contiguo una agria voz de mujer protestaba contra las camisas de las 
lámparas. Todas se habían quemado ese día. Armando Heredia descolgó del 
techo un farol y me condujo con la luz a través de otro corredor. Llegamos 
a una habitación larga; algunos tablones del piso estaban hundidos. 
-Esto fue un comedor -me dijo Heredia, iluminando su cara con la lámpara- 
todo en esta casa fue y ya no es, aun la comida -agregó, enseñándome una 
fuente con carne ahumada y hojas de lechuga amarilla. 
Algunas personas que vemos por vez primera nos sugieren falsos recuer- 
dos; creemos haberlas visto antes; seguramente tienen algún parecido con 
otras que conocimos en algún café o en alguna tienda. Heredia no era como 
yo lo había imaginado, pero en cambio se parecía a alguien: no podía des- 
cubrir a quién. Busqué nombres, lugares en mi memoria; lo asocié a un li- 



brero de la calle Corrientes, a un profesor de matennáticas. Mientras obser- 
vaba el movimiento de sus labios perdí las esperanzas de saber a quién se 
parecía. Me sentí humillado ante mi falta de memoria. 
-Si quiere pasar a su cuarto, antes de comer, sígame. 

Atravesamos otros corredores y llegamos a un dormitorio con un techo muy 
bajo. Las ventanas eran de distinto tamaño, los muebles llevaban esculpi- 
dos en la base una suerte de monstruos, con colas dobles de sirenas; los 
vislumbraba apenas en la trémula luz del velador. 

-En este armario hay una percha, la única. Es mía -dijo Heredia, mostrán- 
dome en la oscuridad el armario entreabierto-. ¿Ve las goteras? 
Interesado, inspeccioné la oscuridad. 

-Estas vasijas -prosiguió, dando un puntapié sobre un objeto- están desti- 
nadas, no sólo a recoger el agua cuando llueve, sino a producir insomnios y 
una música imprevisible. Podría jurarlo: cada gota que cae en estos reci- 
pientes produce un sonido infinitesimalmente distinto del anterior y del si- 
guiente. He oído más de quinientas lluvias en este cuarto. 
Pensé decirle: Es muy aficionado a la música. Pregunté atentamente: 
-¿Llueve mucho? 

Me lavé las manos, saqué algunas cosas de mi valija, me peiné. Después 
nos sentamos a comer, casi a oscuras. 

El sol implacable iluminaba el cielo y una arboleda tupida, cuyas copas se 
dibujaban contra nubes blancas. Un viento ardiente soplaba sobre los pas- 
tos secos. Era aquella una estancia abandonada. Sobre el techo de la casa 
crecía un eucalipto y algunas flores silvestres. Las enredaderas devoraban 
las puertas, los aleros de los corredores, las rejas de las ventanas. En una 
película cinematográfica había visto algo parecido. Una casa con telarañas, 
con puertas desquiciadas, con fantasmas. 

Salvo a Heredia, no había visto a nadie después de mi llegada. El desayuno, 
en la cocina, a las siete de la mañana, fue bastante frugal. En uno de mis 
bolsillos guardé un pedazo de galleta y unos terrones de azúcar, que fui 
comiendo despacio. 

El silencio me asombraba como algo totalmente nuevo: llegaba a ser terri- 
ble y estridente. 

-Hace mucho que no salgo al campo -exclamé como respondiendo a una 
pregunta que nadie había formulado-, el aire y el sol me aturden. 
Armando Heredia caminaba a mi lado, dando cortos rebencazos en el pasto. 
Nos seguían tres perros. 

-Las cosas monótonas son las más difíciles de conocer. Nunca nos fijamos 
bastante en ellas porque creemos que son siempre iguales. 
-¿Qué es monótono? 
-El campo, la soledad. 



Callamos, incómodamente. 

- ¿Por qué esta estancia se llama Los Cisnes? -pregunté, tratando de evadir 
el silencio. 

-Por los cisnes de la laguna -me dijo señalando con su rebenque un lado 
problemático del monte. 

Tuve la sensación de estar ciego: de noche, la oscuridad; de día, la intensa 
luz, no me permitían ver. 

-¿No le dije ya que todo ha desaparecido en esta estancia? -prosiguió-. To- 
do, salvo los murciélagos, las arañas, los reptiles, usted y yo. 
En ese instante, como ilustrando el final de su frase, una víbora se deslizó 
entre los pastos. Retrocedí de un salto. Heredia inquirió: 
-¿Es miedoso? 

Esta frase hubiera podido ofenderme, pero todo me parecía demasiado 
irreal. Repliqué: 

-Todo lo que es viscoso me da miedo: un pescado, un sapo, el jabón cuan- 
do está derretido, cualquiera de esas ranitas que sobrevienen con la lluvia. 
Me convidó con cigarrillos. Nos detuvimos. Mientras encendía un fósforo y 
resguardábamos la llama entre nuestras manos, lo observé atentamente. 
Estaba apoyado en el tronco de un árbol. Examiné las bombachas negras, el 
cinturón de cuero sobado, el pañuelo azulado al cuello, el grave perfil casi 
griego (que recordaba alguna de las estatuas que poblaban las láminas de 
un libro de historia de Malet). Volví a asociar su cara a otras caras, en vano. 
-¿Podríamos ver la laguna? -inquirí. Luego agregué con verdadera curiosi- 
dad: 

-¿Y por qué no tiene cisnes? ¿Los cazaron todos? 

-Los cisnes no se cazan, pero mi abuelo materno los hizo matar. Pretendía 
que le traían mala suerte. En la familia creen que tuvo razón. La muerte 
rectifica muchas cosas; con mi abuelo fue esplendorosa: transformó sus 
supersticiones en nobles y meditadas actitudes; sus manías, en admirables 
constancias. Mi tía Celina, la menor de sus hijas, que solía ir a la laguna con 
las chicas del puestero, enfermó gravemente un día de diciembre. Dijeron 
que se había bañado en la laguna; volvió a la casa descalza y con la ropa 
mojada. Cuarenta noches y cuarenta días tembló de fiebre en la cama de 
fierro donde yo duermo ahora y nadie sabía que en sus delirios veía los 
enormes cisnes de la laguna picotear su cabeza. "Allí están otra vez. Ahí 
vuelven", gritaba tía Celina. Mi abuelo le preguntaba "¿Quienes vuelven?", 
ella contestaba: "Los monstruos". "¿Qué monstruos?" "Los grandes, con las 
caras negras." 

Dos años duró su enfermedad. Mi abuelo tardó en averiguar quiénes eran 
los monstruos de caras negras. Cuando lo supo, hizo matar los cisnes. Des- 
pués, poco tiempo después, mi tía Celina murió de un ataque al corazón. 
Dicen que en esos días encontraron al último cisne en la laguna y que mi 



abuelo lo estranguló con la nnano izquierda. Toda esta historia desprestigió 
la estancia. Mi madre no quiso volver. Adoraba a Celina. Mi padre, aunque 
nunca vivió más de una semana aquí, siente una atracción romántica por el 
lugar. El arrendatario del campo no aceptó la casa. Es natural, la suya es 
mejor. Aquí se quedaron a vivir la antigua casera, esa mujer que cocina pa- 
ra nosotros y nos lava la ropa, el marido, que fue el peón más antiguo de la 
estancia y que tiene algunas ovejas y algunos caballos y el nieto, de doce 
años, que se llama Eladio Esquivel. 
-Pero ¿son invisibles? 

-Si fueran silenciosos sería mejor -respondió Heredia. 
-No los he oído. 

-Hoy se fueron a Tapalqué, para asistir a un casamiento. Volverán a la no- 
che. Dejaron preparada la sopa. Una sopa incomible. Nosotros mismos asa- 
remos la carne en las brasas. Hay dulce de membrillo y queso. 
La descripción de este almuerzo despertó mi apetito. Saqué un trozo de ga- 
lleta del bolsillo y lo comí mientras contemplaba las avenidas idénticas del 
monte. 

Sentía sueño, sueño y hambre. Era la abrumante hora de la siesta. Penetré 
en una especie de despensa con olor a jabones y a yerba, donde zumbaban 
moscas. Los postigos estaban cerrados. Un hálito fresco y agradable me 
acariciaba la frente, mientras me acostumbraba a la oscuridad. En el suelo 
vi dos cajones vacíos, tres bolsas: una, con protuberancias desiguales, que 
contenía las galletas; otra, con forma de almohada, con algo que debía de 
ser afrecho; otra casi vacía con maíz desgranado. En los estantes, en un 
rincón, vi unos jabones amarillos y una escoba; en otro rincón, un pedazo 
de dulce de membrillo, dos tajadas del mismo dulce sobre un plato; en el 
último estante, tres botellas de vino negro, un sifón viejo y un extraño ob- 
jeto que me llamó la atención. Para examinarlo de cerca, subí sobre uno de 
los cajones. Lo tomé en mis manos. Era un florero de porcelana azul, con 
heléchos rosados, que representaba una canasta; un cupido con la boca 
abierta sostenía la tapa con una mano y con la otra una guirnalda de flores 
y de frutos exuberantes. 

En la casa de uno de mis amigos había visto, en una vitrina o tal vez en el 
centro de una mesa redonda, un adorno idéntico. Dejé en la repisa el re- 
pugnante objeto; estaba cubierto de telarañas y de polvo. Bajé del cajón y 
miré el dulce en el plato. Tenía hambre, pero no me gusta el dulce de 
membrillo. Resignado, tomé las tajadas y las devoré. 

Nuestros paseos a caballo me deleitaban: los esperaba en la primera luz del 
día, en los primeros cantos de los pájaros. Heredia me había prestado unas 
bombachas y un par de alpargatas. Con exaltación incomparable crucé la 
laguna y vi flotar sobre las aguas nidos en forma de canastas. Encontré en 



el campo un huevo de perdiz, oscuro y lustroso, de color de chocolate, y 
otro huevo enorme de avestruz. 

Del fondo de la cocina llegaban las voces de un aparato de radio: llenaban 
la solitaria casa de resonancias. Comprendí por qué Heredia se había la- 
mentado de que los habitantes de la casa no fueran tan silenciosos como 
invisibles. "Las radios ajenas son agresivas", decía mi amigo mientras se 
sacaba las botas para calzarse las alpargatas. 

Salimos a un patio. Era de noche. Vi nacer una luna conmovedora. En ese 
instante, no por su modo de hablar ni por sus palabras, sino por su modo 
de distribuir las audaces ventajas del silencio, tuve la deslumbrante revela- 
ción de la inteligencia de Heredia. 

Andábamos a caballo por el campo. Yo le preguntaba a Heredia a quiénes 
pertenecían los montes y las casas que se divisaban a lo lejos. Me explicaba 
con paciencia: 

-Aquel monte es de Rosendo Jara. Tiene ovejas. Aquél es de Miguel Ramos, 
el almacenero. Tiene un plantel de vacunos y un hijo, que es domador. El 
de más allá, en donde se ve un molino, es de Valentín Gismondi, un hombre 
más pobre que los otros. Tiene una hija llamada María. 

Lentamente progresaba nuestra amistad. Lentamente llegamos a hacernos 
confidencias recíprocas. Le hablé de la antipatía que sentía por mi hermano 
mayor, de la absurda actitud que tomaba mi madre ante un sentimiento tan 
natural. Los vínculos de la sangre no existían para mí. ¿No bastaba que fué- 
ramos hermanos? ¿Teníamos que ser amigos? Heredia me comprendía. Me 
hablaba de su padre: 

-No puede tolerar que yo este aquí. Sospecha que le oculto un secreto. 
¿Acaso puede uno vivir sin ocultar un secreto a su padre? Suponiendo que 
lo averiguara y lo descubriera, siempre existiría un secreto. Nunca podría 
conocerme. Un día sospecha que estoy enamorado; otro, que me abandono 
a la bebida. Desconcertarlo me divierte. 
-Está mal -dije con desgano. 

-¿Por qué está mal? Las personas frivolas necesitan ser castigadas. Si lo 
llevara a un rancho hecho de barro, sin postigos, tal vez sin puertas, y le 
enseñara a una muchacha como María Gismondi, con olor a humo pero lle- 
na de virtudes; si le dijera: "ésta es mi novia", me trataría como a un cri- 
minal. 

-¿Y ésa es su situación? 

-No, de ningún modo. Quiero probarle con este ejemplo la frivolidad de mi 
padre. Es un monstruo. He pensado a veces... 



Yo sentía el transcurso, la esencia del tiempo en sus repeticiones. Recordar 
el presente es alargar más el tiempo. Recordaba las fragancias de las llu- 
vias, al declinar el día, cuando Heredia, sin dar explicaciones, desaparecía 
de la estancia. Yo escuchaba el galope del caballo, que se alejaba sobre el 
camino de tierra, o veía una nube de polvo, que se alejaba con la volanta. 
Pensaba: regresa no sé a qué horas, cuando estoy profundamente dormido. 
Oigo los pasos de sus botas sobre las baldosas del corredor. Golpea mi ven- 
tana, para darme las buenas noches. Lo oigo entre sueños. Mientras duer- 
mo, el tiempo interrumpe su ritmo convencional. En lugares solitarios el 
sueño se enlaza a la realidad. Ésta es como la imitación de una vida muy 
larga, con sus memorias. Hace cinco o seis días que vivo en esta estancia 
con Armando Heredia y me parece que toda mi vida he vivido con él, en es- 
ta casa; que siempre que he oído llover, que siempre que he visto las pues- 
tas de sol, Armando ha golpeado en mi ventana para decirme buenas no- 
ches, en medio de mis sueños. 

* * * 

Llegamos del fondo del campo, a caballo, y nos bañamos en el tanque aus- 
traliano que estaba en la antigua huerta. El agua nos llegaba a la cintura, 
pero yo sentía más placer que en los baños que me daba en la piscina de la 
Asociación Cristiana de Jóvenes, o en la playas de Olivos, en el Río de la 
Plata. Nos zambullíamos alegremente en medio metro de agua. Los pájaros 
bajaban, rozando apenas el agua con las alas, y ascendían rápidamente al 
cielo. Mientras nos vestíamos debajo de un sauce, cuya sombra nos cobija- 
ba, nuestro diálogo se internaba por los senderos de las confidencias. 
-En el primer momento, cuando quise quedarme aquí, mi padre me creyó 
loco -me decía Heredia-. Cuando vio que todo era inútil, pues a pesar de no 
haberme dado un centavo yo insistí en quedarme, me pidió, como último 
recurso, que fuera a Buenos Aires a consultar a un médico. Acepté. Yo su- 
fría de insomnios y de frecuentes dolores de cabeza. Mi encuentro con el 
médico -el doctor Tarcisio Fernández, un psicoanalista- fue cómico. Él mis- 
mo me había prescripto una franqueza absoluta, que aproveché para insul- 
tarlo durante las visitas que le hice en su consultorio. Después él mismo 
aconsejó a mi padre que me dejara venir al campo y me pidió, ya sin espe- 
ranzas de ser oído, que anotara mis sueños. Del cajón de su escritorio sacó 
un cuaderno, con tapas de cuero azul, que me entregó diciéndome: "Este 
cuadernito podrá servirle para anotar sus sueños". Reconciliados, nos des- 
pedimos. Le prometí obedecer su pedido. Quisiera satisfacer ese pueril ca- 
pricho, le aseguro, pero no puedo, no he podido, no tengo sueños. ¿Usted 
sueña mucho? 

-Sí, pero cosas absurdas, sin interés; muchas veces creo que estoy pensan- 



do y en cambio estoy soñando. Me transformo en otro individuo: sueño con 
personas, lugares y objetos que jamás lie visto. Después, cuando no puedo 
vincularlos con la realidad, los olvido. Recuerdo que en uno de mis sueños 
me dormí de aburrimiento. Sin duda son sueños hereditarios. 
-Cómo interesaría todo esto a Tarcisio Fernández -exclamó Heredia-. Yo 
quisiera tener sueños, aunque fueran inconciliables con la realidad. No so- 
ñar es como estar muerto. La realidad pierde importancia. Pienso en los 
sueños de Jacob, de José, de Sócrates; pienso en el de Coleridge, que le 
inspiró un poema. A veces me despierto con la sensación de tener dentro 
de mi memoria una hoja en blanco; nada parece imprimirse en ella. Come- 
tería un crimen si ese crimen me permitiera soñar. Maidana, por favor, 
cuénteme alguno de sus sueños. Si yo estuviera como usted condenado a 
soñar con personas y lugares que no conozco -se interrumpió un instante 
para atarse las cintas de una alpargata-, seguramente me divertiría mucho. 
Me dedicaría a buscar esos lugares y esas personas. 

-Yo no podría hacerlo porque no soy fisonomista. Apenas reconozco a per- 
sonas que he visto muchas veces en la vida. En un sueño tengo menos pro- 
babilidades de recordarlas. 

-Cuénteme algunos de sus sueños -insistió Heredia. 

-En este momento tendría que inventarlos. No recuerdo ninguno. 

Solo, a las ocho de la noche, vagaba por el campo. Quería ver en la laguna 
los pájaros que acuden a sus nidos a la puesta del sol. Al pasar por el 
alambrado de púas me lastimé un dedo. Busqué una hoja, para limpiarme 
la sangre, pero no encontré sino la mostacilla del cerco y los cardos del ca- 
mino. Llegué a la laguna. 

Me inclinaba entre los juncos, sobre el agua, para lavarme las manos, 
cuando vi una extraña criatura acurrucada en el suelo. Primero pensé que 
era una oveja echada, una de esas ovejas, como los leones de algunos cua- 
dros, con cara de hombre. Me acerqué más, removí los juncos. Era un 
hombre con el pelo largo hasta la cintura; estaba sentado adentro del agua, 
trenzaba con los juncos una suerte de jaula que le serviría, sin duda, para 
capturar pájaros. Me acerqué. Le hablé. No me oyó. En la austeridad del si- 
lencio, el silbido que sus labios modulaban era similar al canto de los más 
ingeniosos pájaros. 

Heredia comía sobriamente. No bebía vino; no olía nunca a alcohol. Era 
bueno con los animales. Su conducta era correcta. Yo lo estimaba. Las ca- 
lumnias habían sido vanas: pensaba estas cosas al mirar en mi mano la 
rama amarga, con frutos rojos, de un duraznillo. 

Heredia de vez en cuando interrumpía su diálogo; arrancaba hojas de los 



árboles para llevárselas a la boca y masticarlas. 

-Mi padre me ha enviado una carta, anunciándome para la próxima semana 
la llegada de uno de sus amigos. -Sacó la carta del bolsillo y sonrió extra- 
ñamente. 

-Lo manda -prosiguió- para espiarme. Pienso no tolerar ninguna de esas in- 
tromisiones: mataré de un balazo a cualquier persona que pretenda meter- 
se en mi vida privada. 
-¿Tiene revólver? 

-No; pero alguien podría prestármelo. 
-Iría preso. 

-No me importa ir preso. ¿Acaso no estoy preso aquí? 
-Por su gusto. 

-¿Por mi gusto? -se interrumpió un momento-. Tal vez sí, tal vez no. 

Llovía. Como predijo Heredia, dentro de los recipientes, que estaban colo- 
cados en mi habitación, las gotas caían con sonoridades rítmicas y tonos 
tan diversos que resultaba imposible no escucharlos (como se escuchan, sin 
querer, algunas músicas). 

¿Por qué Heredia no me llevaba nunca al pueblo de Cacharí? El día que re- 
solví ir a la peluquería ¿por qué combinó un viaje a Azul, y me llevó en tren 
y de mala gana? ¿Por qué no me dejaba entrar a su cuarto que está en el 
ala opuesta de la casa? ¿Me ocultaba algo? Mi amistad con él ¿había sido 
ilusoria? Me hacía esta serie de reflexiones cuando Eladio Esquivel, el nieto 
de la casera, se asomó a mi ventana y me dijo: "Hay correspondencia para 
usted". Debajo de un capuchón improvisado con bolsas; para protegerse de 
la lluvia, vi por primera vez la cara risueña del muchacho. Pensé: IQué ma- 
nía tengo de descubrir parecidos en las personas! Creí evocar un retrato de 
mi padre a los diez años. Abrí el sobre. Leí la firma, para no alegrarme va- 
namente. La leí con asombro. Era una carta del señor Heredia, a quien yo 
había perfectamente olvidado. Sentí un leve malestar. No podía identificar 
al señor Heredia, que yo había conocido en Buenos Aires, con el padre de 
Armando Heredia. Si hubiera seguido mi primer impulso no hubiera leído la 
carta. Tal vez pensé en lo frágil que es nuestra inocencia ante la imaginada 
interpretación de los demás. Venciendo mi repugnancia comencé la lectura. 
No puedo textualmente repetir su contenido, pero su significado era más o 
menos éste: Después de preguntarme qué recibimiento me habían hecho 
en la estancia, si me divertía, si no me mataban de hambre, si la vida de 
campo era de mi agrado, mencionaba a su hijo, me pedía noticias de él, de 
su conducta, de su aspecto físico, etc. La carta, escrita en un tono paternal 
y quejumbroso, me desagradó. La escritura era grande, inclinada y preten- 
ciosa. Tengo algunos conocimientos de grafología. Cavilé un instante sobre 
los rasgos principales de la escritura. Descubrí en ellos su cobardía y su va- 



nidad. Cuando alcé los ojos, Armando Heredia estaba frente a mí. Como 
una sombra había entrado en mi habitación, como una sombra lo vi recor- 
tado en el marco de la puerta por donde se infiltraba la luminosidad verdo- 
sa y celeste de la lluvia. Desde mi llegada a la estancia no había sentido 
culpabilidad alguna en mi actitud: Armando Heredia no me había interroga- 
do; por lo tanto, yo no había sentido la obligación de relatarle mi entrevista 
con su padre, ni se me había ocurrido cavilar sobre estas cosas. Frente a su 
invisible semblante me sentí, con una carta que parecía revelar mi traición, 
tenebrosamente culpable. Heredia retrocedió unos pasos para avanzar de 
nuevo: la luz iluminó sus ojos. Seguí la dirección de su mirada: atravesaba 
la carta y el rubor incontenible de mi rostro. 
-¿Y usted mantiene correspondencia con mi padre? 

Agité la hoja en el aire y le respondí riéndome, tratando torpemente de 
tranquilizarme. 

-Me ha escrito estas líneas. Intentaba hacer su grafología. 

-Tendría que hacer su propia grafología, para averiguar qué clase de espía 

es usted. -Al pronunciar estas palabras Heredia tomó una jarra que había 

sobre la mesa y la estrelló contra la pared. El agua cayó como una enorme 

flor. 

-Mi padre es un imbécil, pero usted es un hipócrita. Usted ha venido a esta 
estancia con el pretexto de descansar, de estudiar para los próximos exá- 
menes; ni descansa, ni estudia. Pero tampoco sirve para espiar; para todo 
hay que ser inteligente. 

Con estas palabras dio un portazo y se alejó por los corredores. Oí sus pa- 
sos, metálicos, en la lluvia. 

En mi corazón ¿predominaba la ira o el remordimiento? La ira convertida en 
resentimiento se volvía más incómoda; el remordimiento convertido en 
asombro, más llevadero. Preparé mi valija. Acomodé los libros entre las co- 
rreas de cuero. Me preocupaban muchas cosas: ¿en qué me iría a la esta- 
ción? ¿Qué diría al señor Heredia y a mis padres en Buenos Aires? ¿Dónde 
estaba mi bufanda? Abrí el postigo. Llovía torrencialmente. Entré en la coci- 
na. No había nadie. Me senté en un banco frente a la puerta. El humo de los 
leños húmedos llenó mis ojos de lágrimas. La casera tardó en llegar y, al 
verme con la valija, me preguntó si estaba de viaje. Le dije que esperaba 
irme esa misma noche. Averigüé la hora de los trenes. Le pregunté si la vo- 
lanta podría llevarme; no me aseguró nada. 

La lluvia amainó. Se despejó el cielo. Dejé la valija en la cocina y salí al pa- 
tio. Me interné por el monte. Volvió a sorprenderme la similitud de todos los 
caminos de eucaliptos y de casuarinas. Me seguía uno de los perros. Desde 
el primer momento me había seguido; por las mañanas me esperaba inde- 
fectiblemente en la puerta de mi cuarto. Era negro, lanudo y humilde. Lo 



llamaban Carbón. 

La lluvia, finísima, se infiltraba apenas entre el follaje. La tierra, en el bos- 
que de eucaliptos, no estaba húmeda. Se hubiera dicho que los rayos de sol 
apresados en un colchón de hojas secas mantenían un calor y un olor más 
intensos en medio de la lluvia. Me senté al pie de un árbol, desde donde se 
divisaba la entrada de la casa. Melancólicamente pensaba en todo lo agra- 
dable y lo desagradable de mi estadía. En lo poco que había estudiado, en 
los insultos de Heredia, en la indignidad aparente de mi actitud, en los pa- 
seos a caballo, en los baños en el tanque australiano, en la muerte del indio 
Cacharí, cuando fui arrancado de mis meditaciones por Carbón, que se aba- 
lanzó ladrando en dirección a la casa. Al rato vi llegar un automóvil. Bajó un 
hombre, después otro. Entraron en la casa. Volvieron con la casera y el nie- 
to. Trataban de sacar del automóvil un bulto muy pesado. Me puse de pie, 
para ver mejor. Comprendí que no se trataba de una bolsa ni de un cajón: 
los hombres respetuosamente sacaron del automóvil una persona muerta. 



Con la sensación de irrealidad que uno siente después de pasar una noche 
en vela, seguí a la casera por los corredores. Armando Heredia me manda- 
ba llamar. Por primera vez entré en su cuarto. Aterrado, me detuve en la 
puerta. Armando estaba acostado, tenía un pañuelo sobre la frente. Vaga- 
mente vi una palangana sobre una silla, junto a su cama. Con una voz débil 
le oí balbucear. 

-Me dijeron que estaba por irse. Tal vez me excedí, tal vez me equivoqué. 
Soy violento. 

-¿Está mejor? -le pregunté, interrumpiendo nerviosamente su frase-. ¿Qué 
sucedió? 

-Iba al pueblo. En vez de rodear los potreros del fondo, como suelo hacerlo 
en los días de lluvia, tomé el camino. El barro estaba resbaladizo como un 
piso de baldosas jabonado. Súbitamente mi caballo patinó, se espantó y ro- 
dó en la zanja, cerca de la alcantarilla del camino. No sentí nada. Unos ve- 
cinos que pasaron en automóvil me recogieron y me trajeron desmayado. 
-¿Se hirió? 

-Un poco, en la cabeza, en la cintura, en el brazo izquierdo -dijo, tratando 
de incorporarse en la cama. 

Se arremangó y vi que tenía en el brazo izquierdo una herida bastante pro- 
funda. 

-No comprendo con qué me hice esta herida -musitó perplejo. Agregó: 
-Alguna piedra o los bordes de la alcantarilla. 

Heredia necesitaba paliativos para sus dolores y desinfectantes para su he- 
rida. Resolví ir a buscarlos al pueblo. Bajé del caballo, lo até a un poste y 



entré en la farmacia. Aprovechaba ese pretexto para visitar Cacliarí y para 
alejarnne un rato de la estancia. Después de comprar los medicamentos, 
vagué por el pueblo. Nubes incesantes de polvo se levantaban; un polvo 
fino como la arena giraba en remolinos. Caminé por la avenida principal que 
tiene en el centro una hilera de fénix. Entré en el almacén y compré un ma- 
te de porcelana, con la inscripción Amistad, y un atado de cigarrillos. 
Reclinada en el mostrador, en una actitud de dulce indiferencia, estaba la 
muchacha con quien había viajado hacia unos días. Esperaba frente a una 
botella, con los ojos fijos en mí. Apoyé un brazo en el mostrador y la miré 
con adoración. Le dije en voz baja: 
-¿Esperando? 

Sin darse por aludida y sin dejar de mirarme, cambió de postura, tomó un 
paquete y la botella llena de vinagre, que le entregó el almacenero, y salió 
cerrando la puerta apresuradamente. Permanecí un instante inmóvil. De- 
fraudado, salí del almacén, busqué a la muchacha. Había desaparecido en el 
sol y en el silencio. Por las sombras cuadradas de las casas caminé al en- 
cuentro de mi caballo, lo monté y regresé con una sola esperanza: la espe- 
ranza de verla. 

Los gritos de los troperos que pasaban arreando el ganado se elevaban, se 
perdían entre un tumulto de mugidos. Armando Heredia ya podía sentarse 
en la cama: la hinchazón del brazo había disminuido. Reanudamos la amis- 
tad. Un día que hablábamos y nos reíamos de nuestra disputa como de algo 
que había ocurrido entre otras personas, por primera vez me detuve a 
examinar la habitación; algunos cortinados, algunos muebles la oscurecían, 
las ventanas, caprichosamente colocadas, y una puerta con vidrios, la ilumi- 
naban; todos sus ángulos estaban en falsa escuadra; era exageradamente 
alargada; sus paredes blanqueadas revelaban en partes colores oscuros y 
sucios. La cama era de fierro y tenía en la cabecera un pequeño paisaje 
ovalado, que representaba un barco con las velas desplegadas y un cielo 
celeste, con nubes. Las sillas estaban vencidas por el uso. El armario, una 
ruina altísima y desolada, tenía el espejo roto. La mesa de luz era gris; le 
faltaba un cajón (por el hueco asomaban unos libros, un tubo de aspirina, 
un lápiz verde y un cortaplumas). Un almanaque del año 1930 colgaba de 
un clavo en la pared de la derecha y pegado a la pared contigua junto a la 
puerta, había una reproducción de un cuadro que debía de ser de Delacroix. 
Me acerqué al cuadro: en el profuso verdor de un paisaje del trópico un ti- 
gre se abalanzaba sobre un jaguar. 
-Yo he visto una pelea como ésta -dije en voz alta. 

Heredia no ocultó su incredulidad. Inmediatamente quiso saber en qué cir- 
cunstancias y dónde la había visto. No pude contradecirme. Le di una expli- 
cación insatisfactoria, pero sentí que después de haberme oído Heredia me 



estimaba más que antes. 



Mi conciencia me torturaba. Si no era por mentir ni por satisfacer mi vani- 
dad ¿por qué había diclio esa frase? Si confesaba a Heredia que al mirar la 
reproducción del cuadro tuve la certeza de haber asistido alguna vez a la 
pelea de un tigre con un jaguar y que luego al indagar en mi memoria y al 
tratar penosamente de contarla había comprendido que ese recuerdo no 
existía; que en el transcurso de mi vida, en ningún momento, ni siquiera en 
el Jardín Zoológico, ni siquiera en la infancia, entre mis animales de jugue- 
te, pude asistir a un espectáculo semejante, ¿qué pensaría de mí? 
Así reflexionaba mientras veía desde el corredor las evoluciones de Eladio 
Esquivel, que subía con la roldana un balde con botellas del fondo del pozo 
donde se mantenían casi heladas. Me acerqué a pedirle agua; tomé unos 
tragos de una botella. Al mirar de nuevo la risueña cara del muchacho, se 
agolparon en mi memoria imágenes confusas. ¿Por qué todo me recordaba 
otra cosa? Claudia o María (la muchacha que había visto en el tren), el 
mismo Armando Heredia, la repugnante canasta de porcelana con el cupido 
y la guirnalda, la cama de Armando Heredia, Eladio Esquivel, la reproduc- 
ción del cuadro... Recordé unos versos que había leído en una antología in- 
glesa: 

I have been here before, 

But when or how I cannot tell. 

Yo también tenía la impresión de haber visto antes todo esto, pero sin el 
éxtasis de amor, que era lo único que la hubiera justificado. 
Pensé en la transmigración de las almas. Recordé algunas frases relaciona- 
das con el dogma de la filosofía india: "El alma está en el cuerpo como el 
pájaro en la jaula". "El cuerpo hace largos viajes y cuando se enferma, el 
alma, que lo lleva, le consigue remedios, pero cuando perece lo abandona, 
como al casco de un barco, para buscar otro y gobernarlo como al anterior." 
Estudié de nuevo la cara de Eladio: vi sobre su cabeza un turbante ceñido y 
oscuro como la flor aterciopelada que mi madre había llamado, en un jardín 
de Olivos, cresta de gallo. 
Pregunté a Esquivel: 

-¿Usted no recuerda haberme visto antes que yo viniera a esta estancia? 
Mirándome con sus enormes ojos, respondió: 
-Tengo mala memoria. 

-Yo también tengo mala memoria para reconocer las caras, pero no se trata 
de eso. ¿No le parece que me ha conocido antes? ¿No hay algo en mí que 
usted reconoce? 

Con mirada curiosa recorrió mi cara, miró mi pelo, mi frente, como si recor- 



dará algo. Sacudió la cabeza y dijo sin convicción: 
-Creo que no. 
Le respondí: 

-Yo lo vi en la India, hace más de un siglo. Se quitaba el humilde turbante 
para bañarse de noche en las aguas del río. Después robó piezas de seda 
en una tienda y al morir se reencarnó en un ave. 
Recité en alta voz estas palabras: 

-"El alma no puede morir: sale de su primera morada para vivir en otra. Yo 
lo recuerdo, estaba en el sitio de Troya, me llamaba Euforbo, hijo de Panto, 
y el más joven de los atridas atravesó mi pecho con su lanza. Asimismo, 
antaño, en Argos, reconocí mi escudo en los muros del templo de Juno. To- 
do cambia; nada perece". Como Pitágoras, yo también creo en la transmi- 
gración de las almas. -Eladio Esquivel me escuchaba absorto. 
-A los doce años yo sabía de memoria, y en griego, el apólogo de Her, hijo 
de Armonio, que vio el alma de Orfeo transformarse en cisne, la de Tamiro, 
en ruiseñor, la de Ayax, en león, la de Agamenón, en águila. 
Las nubes sonrosadas tenían fastidiosas formas de ángeles y de altares. 
Tendidos sobre la hierba, los jirones de neblina se disipaban. En la turbia 
luz del monte, lento, ciego, apareció Apolo, el caballo con la estrella en la 
frente. Era la primera vez que yo veía un animal ciego. Preparé esta frase 
para decírsela a Heredia: "Una persona, capaz de hablar, de comprender, 
de razonar, aunque haya nacido ciega, a través de las palabras puede co- 
nocer el mundo de las formas, de los colores, del pensamiento; pero un 
animal ciego ¿en qué secretos laberintos vagará, preso de sus movimientos, 
como un autómata? ¿Qué manos, qué voz piadosa le enseñarán el mundo?" 
Dije: 

-Los animales son los sueños de la naturaleza. 

Apolo se acercaba lentamente, se detuvo ante nosotros. Una luz azulada y 
turbia, de ópalo, iluminaba sus ojos muertos. Parecía una imperfecta esta- 
tua de piedra o de yeso manchado. Todo ese mundo visual, que espanta a 
los caballos, había desaparecido de su vida junto con la dicha. Sentí que en 
mi cara transparente se traslucía el horror: recordé las palabras oídas en el 
tren: "...cegó un caballo porque no le obedecía. Lo ató a un poste, lo ma- 
niató y le quemó los ojos con cigarrillos turcos". 
Entre nosotros se entabló el siguiente diálogo: 
-Pobre animal, ¿por qué no lo matan? 
-Todavía sirve para el arado. 
-¿Lo hacen trabajar? Ha de sufrir mucho. 
-¿Cómo lo sabe? 

-Apenas se mueve. Lo he visto vagar lentamente, icón tanta indiferencia! 
-La indiferencia no es sufrimiento. 
-Es el peor. 



-Tal vez. Pero Apolo no es del todo indiferente. Usted verá. 

Heredia encendió un fósforo y lo acercó a los belfos del caballo. Éste se es- 

trenneció, irguió el pescuezo, se levantó en las patas traseras y se abalanzó 

entre los árboles con el esplendor de una figura mitológica. 

-¿Qué le pasa? -pregunté con voz trémula. 

-Quedó ciego en un incendio. Estaba atado y no pudo huir. El calor del fue- 
go lo enloquece. Con Eladio nos divertimos: encendemos una fogata en el 
corral, lo encerramos y lo montamos por turno para ver a quién voltea an- 
tes. 

Heredia prometió que al día siguiente nos divertiríamos con Apolo. Acepté 
asqueado. Pensaba, mientras sonreía hipócritamente: Cada amigo nos re- 
vela, tarde o temprano, la existencia, en nosotros, de un defecto inespera- 
do. Heredia me revelaba mi cobardía; o más bien, el miedo que yo tenía de 
parecer cobarde. 

A lo lejos, entre los árboles, Apolo había recuperado su indiferencia melan- 
cólica. 

Conversábamos con Heredia a la sombra de un fénix. 

-El 28 de febrero llegará el amigo de mi padre -me decía; después, apo- 
yándose en el tronco, miró el follaje y prosiguió-: Asocio las palmas al mar. 
En_ el cielo en que se despliega el follaje de una palmera imagino siempre 
la franja azul del agua. Asocio las palmas al mar, como la llegada del amigo 
de mi padre a un crimen: al crimen que yo he de cometer. 
-¿Cuál es el nombre de su víctima? 
Heredia pronunció un nombre que no entendí. 

Eran aproximadamente las seis de la tarde. Montamos a caballo. Ala salida 
del monte los pájaros volaban, lanzando gritos ensordecedores. íbamos al 
pueblo, a buscar la correspondencia. Tomamos el camino más corto, por los 
potreros del fondo de la estancia. Al divisar un sulky, después de pasar tres 
o cuatro tranqueras y antes de llegar a la última, Heredia se detuvo. Musi- 
tó: 

-Andemos al paso. No quisiera encontrarme con esas personas. A unos me- 
tros, en un monte enmarañado, había una tapera con dos enormes higue- 
ras. 

-¿Por qué no nos bajamos un rato? Me parece que hay higos -le dije con jú- 
bilo. 

-En la tapera de la mecedora -me contestó Heredia- nunca hay higos madu- 
ros. 

Nos dirigimos al sitio y sin bajarnos de los caballos entramos en el monte, 
en la tapera cuyas paredes estaban rotas. Nos acercamos a una higuera y 
arrancamos uno o dos higos, todavía verdes, y los tiramos. 
-Aquí vivía Juan Otondo. Comía huesos. Una noche desapareció. Robaron 



todo lo que había en el rancho, salvo esta mecedora -me enseñó los restos 
de una mecedora, con la esterilla agujereada y unos barrotes quebrados. 
Luego agregó: 

-La gente de aquí le teme porque se mueve sola. 

Abismado, miré un rato aquel mueble ruinoso que al menor soplo de viento 
se mecía levemente. 
-¿Le da miedo? 

-En alguna parte he visto esta mecedora. 

En aquel instante, al oír mis propias palabras, sentí el terror de lo sobrena- 
tural. 

-¡Volverá a hablar de sus teorías sobre la reencarnación! Pobre Eladio, ape- 
nas recuerda lo que hizo ayer y usted quiere que recuerde sus vidas ante- 
riores -exclamó Heredia arrancando un higo y tirándolo contra la mecedora. 
Ésta se movió de nuevo. 

-Lo que pienso parece una locura, pero, al ver esta mecedora, al rememo- 
rarla, he comprendido muchas cosas... 

-¿Terminó con sus divagaciones? -me gritó Heredia e, invitándome a seguir, 
dio un rebencazo a mi caballo. 

Porque pensaba no podía dormir. Pensaba con claridad y esa claridad era 
más turbia que la oscuridad de mis pensamientos anteriores. Me explicaba 
todo, pero ante la nueva revelación, sentía un nuevo malestar. Ahora lo sa- 
bía: esa misteriosa colección de objetos y de personas, que me recordaban 
otros y que me habían dado la inquietante impresión de que todo en mi 
existencia estaba hecho de recuerdos anteriores a mi vida o de confusiones 
y de olvidos... Toda esa colección de objetos y de personas, había poblado 
mis sueños. Yo siempre había soñado con personas y objetos desconocidos. 
Por eso los sueños habían desaparecido de mi memoria. Por eso, y debido 
al asombro que me había causado descubrir ese mundo, ahora los re- 
cordaba con extraordinaria precisión. 

Torturado por las infinitas proporciones de mis sueños pasados, penetré en 
los dédalos del recuerdo. Ahora me explicaba todo. La canasta de porcela- 
na, que creía haber visto en la casa de un amigo; Eladio Esquivel, que me 
recordaba un retrato de mi padre; la pelea entre un jaguar y un tigre, que 
existía en mis recuerdos, como algo real, eran meros subterfugios que yo 
había buscado para explicarme esa obsesión de las similitudes, para discul- 
par mi falta de memoria y, tal vez inconscientemente, para evitar una ex- 
plicación sobrenatural. Lo que nunca hubiera sospechado es que las desco- 
nocidas imágenes de mis sueños iban a aparecer un día en la realidad y que 
en la asquerosa forma de esa mecedora se iniciaría la aclaración inexplica- 
ble de un misterio. Yo que siempre me jacté del perfecto equilibrio de mi 
sistema nervioso, me sentía perturbado. Recordé, trémulo de odio, la des- 



pectiva actitud de Heredia, la frase que pronunció: "¿Terminó con sus diva- 
gaciones?" en el momento en que intenté explicarle estas cosas. El dolor 
que puede ocasionar el odio, aunque sea fugaz, cuando va aparejado al 
más sincero de los afectos, parece inextinguible. 

No podía dormir. Sería aproximadamente las cinco de la mañana. Oía la 
respiración del perro que estaba echado junto a mi puerta. Me vestí. Abrí la 
persiana. Los primeros albores de la mañana se iniciaban en el horizonte. 
Se oía el tímido canto de un pájaro. Una luz blanquecina se infiltraba entre 
los follajes y caía sobre las hierbas húmedas. Me encaminé al monte, donde 
la noche, con mayor lentitud, moría. Tomé el sendero desde donde se divi- 
saba mejor el horizonte. Llegué a la tranquera. Allí esperé, como si necesi- 
tara de esa entrada para llegar a la estancia, la salida del sol. Con mi- 
nuciosa lentitud se difundieron las claridades primeras en un cielo todavía 
estrellado. ¡Qué repugnante me parecía el alba! Unas nubes sucias, con tin- 
tes apenas rosados, flotaban sobre un horizonte amarillo; la parte azul y 
celeste de la noche bajaba sobre la franja amarilla del futuro día, formando 
una franja intermediaria, verdosa. Con intermitencias prorrumpía el canto 
de los pájaros. La luz surgía de la tierra en ondas espesas, cuando comenzó 
a aparecer, fragmentariamente, el sol; tardó en descubrirse del todo. Aspiré 
la fragancia áspera de las hierbas. El perro. Carbón, corría algún reptil, se 
detenía, removía las hierbas con el hocico, resoplaba. Volvimos a la casa. 
En las baldosas del corredor oí unos pasos. Heredia apareció entre las últi- 
mas columnas. 

Entramos en el derruido galpón a buscar unas herramientas para componer 
la tabla del asiento del sulky, que estaba rota. Sobre una bolsa enorme 
dormía un gato negro. Heredia estaba demacrado. Febrilmente buscó el 
martillo, algunos clavos y las tenazas. Admiré su rapidez, su habilidad. 
-Hay que terminar en seguida -dijo, mientras golpeaba los últimos clavos. 
-¿Qué pasa? 

-Tengo que ir a la feria. Me han encargado la compra de unos novillos. 
-¿No puedo acompañarlo? 

-No cabemos en el sulky. Irá conmigo un vecino. 

Eran las dos de la tarde. Sobre el techo de zinc del galpón, el sol ardía. He- 
redia subió al sulky y castigó al caballo con el látigo; en una nube de polvo 
desaparecieron. 

Volví a la casa, elegí en mi cuarto algunos libros de estudio (los menos abu- 
rridos). Busqué un lugar agradable y sombreado entre los árboles y me 
acosté sobre la tierra, a leer. Caían del follaje algunas plumitas, algunas 
semillas, algunas hojas livianas, algunos insectos. Alcancé a leer tres capí- 
tulos del libro de Historia, pero los tábanos y los mosquitos empezaron a 
perseguirme. A medida que los mataba se multiplicaban. Me senté, me 



arrodillé y finalmente me puse de pie resuelto a concluir la batalla. Enton- 
ces apareció una enorme abeja y se posó en el tronco de un eucalipto. Me 
saqué una alpargata, para aplastarla. Se trataba de una abeja inmortal, 
ningún golpe la hería. Después de recibir tres golpes voló alrededor de mí, 
se introdujo entre los pliegues del pañuelo que yo llevaba atado al cuello y 
quedó zumbando violentamente. Aterrado desaté y arrojé el pañuelo. La 
abeja permaneció inmóvil y triunfante, sobre una franja azul. Al cortar una 
rama del árbol, para ahuyentar la abeja, vi un nombre grabado en el tron- 
co: María Gismondi. Cuando volví a mirar el suelo, la abeja no estaba sobre 
el pañuelo, sino sobre mi pie. Prudentemente esperé que la abeja volara. 
Pero mi pesadilla no había terminado: mi pie derecho se hundía en un hor- 
miguero oculto entre las hojas. Las hormigas ya subían por mi pierna. 
Una noche templada, de luna y de luciérnagas, acogía mi soledad. Acababa 
de comer y salí a caminar con los perros. Pasé frente al árbol donde estaba 
grabado el nombre de María Gismondi y me pregunté con inquietud quién lo 
habría escrito. Pensé en el cortaplumas de Heredia. Pensé en Claudia, la 
muchacha que había visto el día de mi llegada y unos días después en el 
almacén de Cacharí. El día que la vi en el tren ¿no llevaba un prendedor con 
el nombre María dibujado con piedritas? Su nombre ¿no era María Gis- 
mondi? ¿También Heredia estaba enamorado de ella? ¿Por qué no me lo 
decía? Recorrí con lentitud los caminos de casuarinas; y en mi pensamiento 
se identificaba la muchacha que había viajado conmigo en el tren con María 
Gismondi. 

En letras lilas, como de amatistas, vi el nombre escrito entre los árboles: 
María Gismondi. ¿Era ella la muchacha que había visto en un sueño? Ahora 
lo recordaba. ¿Era ella? La había amado porque siempre hay que amar a al- 
guien. La había amado sin recordarla. 

Me daba cuenta de que la nostalgia que sentía ante cualquier mujer se la 
debía a ella. En otros ojos había buscado sus ojos, en otros labios, sus la- 
bios, en otros brazos, sus brazos. 

Recordaba un sueño: En invierno, en una austera habitación, con penum- 
bras de iglesia, yo esperaba algo, sin saber qué, sentado en un banco (un 
duro banco de estación). Un cielo pardo se infiltraba por los altos vidrios de 
los ventanales, llenando el cuarto de brumas. Mi corazón resplandecía de 
esperanzas. Esperaba a alguien. Me puse de pie ansiosamente, miré a tra- 
vés de los vidrios más bajos. En mi sueño sentía que dependían de mí el 
rostro y el cuerpo de la mujer que venía a mi encuentro. No esperé mucho, 
pero hubiera esperado toda mi vida. Oí sus pasos sobre las piedras del piso. 
Con la austeridad de todo lo que es hermoso, la mujer apareció, inmóvil, en 
el marco de una puerta. Consciente de sus imperfecciones, la adoré, porque 
en sus ojos brillaba una luz que me era favorable. 
-¿Espera a alguien? -le dije en voz baja. 



-No. 

-¿Está sola? 
-Sí. 

-Sospeché que alguien la esperaría afuera. Quisiera conversar con usted. 
-Aquí, no puedo. 
-¿Dónde? 
-No sé. 

-Escúcheme. Debemos conversar en serio. 
-¿De qué otro modo se puede conversar? 

-Con usted, de ningún otro modo. Con el brazo mío alrededor de su cintura. 
Quiero sentir el latido de su corazón en cada una de sus palabras. 
-¿De qué lado está el corazón? 
-Del izquierdo. 

-¿Todo el mundo lo tiene del lado izquierdo? 

-Todas las personas normales. Pero no me haga sufrir. iPara qué pregunta 
esas cosas! 

-A veces quiero poner una mano sobre el corazón y no sé de qué lado po- 
nerla. 

-¿Cuándo quiere poner su mano sobre el corazón? 

-Cuando algo me impresiona mucho o cuando me encuentro enferma y mi 

padre no quiere creerme. 

-¿Por qué no quiere creerle? ¿Usted le miente? 

-Sí. 

-¿Por qué le miente? 

-Cuando le digo la verdad se enoja. 

-¿Qué verdad? 

-No sé. Nunca se la he dicho. 

-¿Cómo sabe que su padre se enoja cuando le dice la verdad si nunca se la 
ha dicho? 

-Porque a veces la sospecha y entonces quiero morirme. 
-¿Qué es lo que sospecha? 
-Que no digo la verdad. 
-¿Qué verdad? Quiero saberlo. 
-No lo sé. 

Me acercaba al rostro de la muchacha. Me parecía que un vínculo nos unía. 
No podía soportar que su vida tuviera secretos para mí. 

Con la conciencia de perderla en ese acto, desesperadamente la besé en los 
labios. Cuando abrí los ojos vi las flores de una falda. No besaba sus labios, 
besaba un género áspero. La muchacha había desaparecido. 
-Pero sus labios no se parecen a estas flores. Sus labios se parecen a las 
flores verdaderas -dije, sollozando. 



Las hojas de la enredadera, que habitualmente se agitaban como pájaros, 
estaban innnóviles en la ventana. Hacía calor, y por la puerta y las ventanas 
abiertas no entraba aire en mi cuarto. Resolví dormir fuera de la casa. Re- 
cogí el poncho de mi cama, tomé de la mesa un atado de cigarrillos y una 
caja de fósforos. Cerca de la casa, entre las ramas de un viejo laurel, donde 
se había formado una bóveda fresca y oscura, como un segundo cielo, en- 
contré un lugar agradable para dormir. En los espacios dibujados entre las 
hojas, brillaban las estrellas. Heredia pasaba en ese instante y se detuvo 
para ver lo que yo hacía. Le dije que iba a dormir afuera y me contestó que 
pensaba imitarme. Entró en la casa y volvió con una almohada, una botella 
con agua, un vaso, un atado de cigarrillos y una linterna. Extendí el poncho 
sobre el pasto, Heredia colocó la almohada junto al tronco del laurel y nos 
dispusimos a dormir. Pero el sueño no es obediente. Empezamos a conver- 
sar y a fumar. De vez en cuando quedábamos callados. A través del follaje 
mirábamos la profundidad del cielo y oíamos el aleteo de un pájaro. 
Heredia me hablaba; no recuerdo exactamente sus palabras, pero en cada 
una de ellas sentí que iba a revelarme un secreto: el secreto que yo espe- 
raba. A medida que me hablaba, el sueño me vencía. Recuerdo la última 
frase que oí, antes de quedar dormido; era sin duda el preámbulo de una 
confidencia: "¿Pero me jura no decírselo a nadie?" Cuando desperté no sa- 
bía dónde estaba. Era pleno día. En cuanto recordé la realidad, busqué a 
Heredia. Busqué su almohada y su linterna: no estaban. Me levanté. No sa- 
bía qué hora era; ningún pájaro cantaba; me parecía que todo lo que había 
visto, el lugar, la gente, los animales, no eran reales. Vagué por la estancia, 
con la sensación de ser un fantasma que vive entre fantasmas. 

Pensaba que no debía verla, por lealtad, por prudencia, por delicadeza. Sin 
embargo, resolví ir a Cacharí. Era esa hora final de la tarde en que las mu- 
chachas pasean, tomadas del brazo, por el andén de la estación. Había gen- 
te, animales, jaulas, esperando el tren. Recorrí el andén dos o tres veces, 
me detuve en la sala de espera, estudié el itinerario y, finalmente, me sen- 
té sobre unos cajones a fumar un cigarrillo. 

Pasaron dos muchachas, con las uñas pintadas; pasaron cuatro muchachas 
bajitas, con el pelo muy negro. Pasó María Gismondi, sola; una leve sonrisa 
iluminaba sus labios. Me aproximé. 

-Tengo que hacerle una pregunta, señorita; perdóneme. Mirando para otro 

lado, me contestó: 

-Hágala. 

-¿Usted no se enojará conmigo? 

Me miró fijamente sin contestarme; yo proseguí: 

-Usted tiene dos nombres ¿verdad? 



-No. Tengo tres nombres: uno es el sobrenonnbre, que fue inventado por 
una de mis amigas; otro es el nombre que me puso mi abuela y que nadie 
sabe pronunciar; otro es el verdadero y el que más me agrada. ¿Cuál pre- 
fiere? 

-El verdadero. 

-Es el nombre de mi madrina. Es curandera, todo el mundo la visita; sana a 
los enfermos. ¿Usted no está enfermo? 
-Todavía no. 

-Aquí hay muchos enfermos de reumatismo. Me llamaron una vez para cui- 
dar a uno; pero ahí llega el tren. 

Estrepitosamente, el tren llegó a la estación. La muchacha recorrió los va- 
gones buscando algo. Yo la seguía de lejos. Un guarda la saludó y le entre- 
gó un paquete grande, de forma triangular. El paquete, sin duda, pesaba 
mucho, pues la muchacha lo depositó dos veces en el suelo. Me acerqué y 
le dije casi al oído: 
-¿Quiere que se lo lleve? 
Aceptó sonriendo. 

-Es una máquina de coser. Pesa bastante. 

Levanté el paquete. Estaba hecho con cartones, maderas, papeles de diario. 
-Tengo que llevarlo en el sulky. Mi hermana me espera enfrente. 
Salimos de la estación. Era ya de noche. El sulky no estaba. 
-Se escapó el caballo con el sulky -exclamó casi llorando-. ¿Qué haremos? 
La noche se extendía oscura como un precipicio, pero a través de las nubes, 
de vez en cuando, brillaba la luna. 

-Dejaremos aquí la máquina de coser -le dije, mientras escondía el paquete 
debajo de un arbusto y me disponía a buscar el sulky y el caballo. En los 
primeros instantes no se veía nada. 

-Tengo miedo -decía la muchacha. La ternura trémula de su voz parecía 
amarme. 

Me acerqué a ella y le tomé la mano. 
-No tenga miedo. 

Me acerqué más; enlacé con mi brazo su cintura, pero su cuerpo parecía 
inasible, como la noche. Hay momentos que la dicha vuelve casi eternos: 
me pareció que enlazados el tiempo no concluiría. La luna iluminó brusca- 
mente nuestras sombras y, a unos pocos metros, el sulky. 
-No había motivo para afligirse tanto -le dije, intimidado por su seriedad. 
-No me afligí por eso. 
-¿Por qué se afligió, entonces? 
-Estoy triste. 
-¿Por qué está triste? 

-No lo sé. Cada vez que pasa el tren me pongo triste. Lo siento aquí -dijo 
tomando una de mis manos y llevándosela al pecho-. 



¿Siente los latidos? A veces creo que se me va a romper el corazón cuando 
oigo la trepidación de las locomotoras. 
-¿Pero siempre le ha ocurrido eso? 

-Siempre. Mi madrina, que es curandera, trata de curarme. -¿Volveré a ver- 
la? 

-En la casa donde vivo. -¿Dónde queda su casa? 

-Detrás de la panadería: allá -me mostró el horizonte-. Tiene un jardín con 
una diosma y una aljaba. 

Después de ayudar a la muchacha a subir al sulky, coloqué el paquete. Oí el 
chasquido del látigo y luego, como una enorme sábana, el silencio cubrió 
todas las imágenes. 

Estábamos ensillando los caballos. Pregunté a Heredia: 

-¿Hay una curandera en el pueblo? 

-Creo que sí. 

-Quisiera consultarla. 

-¿Qué le pasa? 

-Tengo dolores de cabeza. 

-¿Y cree en las curanderas? 

-¿Por qué no? 

-Vamos. Lo acompaño hasta allí. 

No había esperado que me acompañara. Era una oportunidad para descu- 
brir si María Gismondi era la misma muchacha que yo conocía. 
En Cacharí, después de averiguar dónde vivía la curandera, nos aproxima- 
mos a la casa rodeada de álamos que nos habían indicado. Después de atar 
los caballos a un poste, golpeamos a la puerta. Tuvimos que esperar un lar- 
go rato. Después apareció una mujer con cara de india. Me incliné ante ella 
mientras Armando le preguntaba solemnemente: 
-Señora, ¿es usted la curandera? 
-Sí, señores; yo soy la curandera. ¿Quieren pasar? 

Entramos a un cuarto húmedo, con un armario muy alto, un catre con una 
colcha bordada y una silla. 
-¿Quién es el enfermo? 

-Soy yo -le contesté, mirando para todos lados con curiosidad. 
-Siéntese -me dijo-. ¿Qué le duele? 
-La cabeza. 
-¿Dónde? 

-Aquí. -Le mostré sobre mi frente la parte dolorida. 

-Ha llegado un poco tarde -me contestó abriendo la puerta y mirando el cie- 
lo-; tendrá que volver otro día a las cuatro de la tarde, cuando la sombra de 
su cuerpo mida un metro de largo. 

Alguien silbaba a lo lejos en el campo. Luces violetas y rosadas caían como 



flores de los árboles. Me acerqué al brocal; miré el fondo del agua que me 
reflejaba; la imagen que vi era extraña. Sentí miedo: ese miedo que sien- 
ten los niños o los perros ante un espejo. 

Estábamos en la orilla de un río que yo visitaba por primera vez. Habíamos 
andado cinco leguas a caballo. Era un lugar muy fresco entre los juncos. 
Los álamos proyectaban sombras ligeras sobre el agua. Desensillamos y nos 
recostamos a descansar. 

Heredia me habló de sus recuerdos de viaje, de los estudios que había cur- 
sado en París, de su infancia en las playas del Mediterráneo, de su llegada a 
Buenos Aires. Me hablaba de su primera visita a Los Cisnes, de cómo el 
campo desde el primer instante había conquistado su corazón. Yo lo escu- 
chaba sintiendo su falta de sinceridad. ¿Por qué profesaba ese amor por la 
naturaleza, si lo único que lo atraía era una mujer? 

Al preguntarle si la compra de los novillos había sido satisfactoria, aprove- 
ché para decirle que había visto grabado en el tronco de un árbol de la es- 
tancia el nombre de María Gismondi. Como si no hubiera oído mi frase, me 
relató una serie de fracasos que no me interesaban. Insistí: 
-IQuién habrá grabado el nombre de esa persona que yo quisiera conocer! 
Me preguntó, fingiendo una gran despreocupación, por qué quería conocer- 
la. 

-He visto un retrato de ella. 

-¿Dónde encontró ese retrato? -preguntó Heredia bruscamente, poniéndose 
de pie. 

Vacilando, respondí: 
-No lo sé. 

Recordé la escena absurda, frente a la reproducción del cuadro con la pelea 
del tigre y del jaguar; ahora la situación era más difícil pues no se me ocu- 
rría ninguna explicación para esta mentira que indignaba tanto a Heredia. 
-¿Ha estado curioseando en los cajones? 

-No he curioseado en ninguna parte -le contesté, furioso-. En un sueño 
aburridísimo vi el retrato de María Gismondi. Le pido disculpas por el atre- 
vimiento. 

-¿Qué puede importarme que haya visto el retrato de María Gismondi? Me 
importa que ande curioseando por los cuartos. 

-Le he dicho ya que no he curioseado en ninguna parte, que lo vi en sueños 
-grité con vehemencia. 

Heredia sacudía el rebenque sobre las hierbas. 

-No es para tanto -musitó distraídamente-. IQué susceptibilidad! 

-Es la segunda vez que me trata de espía. 

Procuré explicarle de nuevo toda la cuestión de los sueños. Hice la lista de 
objetos y personas que después de conocer en sueños había encontrado en 



la realidad; los describí minuciosamente. Le conté algunos sueños, sin éxi- 
to; eran vagos, monótonos y no tenían virtudes fantásticas. Eran sueños a 
base de reflexiones muy largas: para mí sólo tenían realidad. Si le hubiera 
contado una pesadilla, tal vez la veracidad de mis relatos se habría revelado 
con suntuosa precisión. Pero acudieron a mi memoria los detalles más gri- 
ses, más borrosos, más idénticos a la vida. ¿Qué significaban para Heredia 
el florero de porcelana, la mecedora, la cara de Esquivel? ¿Cómo podía con 
estas cosas testimoniar la veracidad de mi aserto, si él nunca se había fija- 
do en ellas y era incapaz de reconocerlas? 

Heredia comprobó que yo no había curioseado en la casa. A la caída de la 
noche ya estábamos reconciliados. Alumbrándonos con un farol, subimos 
por una estrecha escalera verde. Entramos en el altillo a buscar un reben- 
que. Entre maderas rotas, cajones polvorientos y silbidos de murciélagos, 
penetramos en la oscuridad de ese desorden antiguo. Heredia quería mos- 
trarme un cofre y un baúl donde estaban guardados los recuerdos de la fa- 
milia. Quería mostrarme, con cierta malignidad, esa desagradable mansión 
de los murciélagos. Después de colgar el farol en un clavo nos dispusimos a 
abrir el cofre de madera que estaba recubierto de incrustaciones y molduras 
pintadas. Nos sentamos sobre unos cajones. 

-Mi madre -me decía Heredia-, que es la única heredera, nunca tuvo ánimo 
para revisar estas cosas; aquel sentimentalismo se ha transformado ahora 
en indiferencia. Sospecho que ni siquiera sabe lo que hay en este altillo. Por 
rutina no quiere volver a la estancia. 

-iPero estas cosas tienen valor! -le respondí con fingida gravedad, creyendo 
que Heredia, por razones sentimentales, reprobaba la conducta de su ma- 
dre. 

-No crea. Las que tenían valor ya las hice vender en Buenos Aires. El tintero 
encerrado en un cofre de cristal, con ribetes de oro, el abanico de encaje de 
marfil, los mates de plata, con iniciales, el marco de ébano, que encuadraba 
un ramo de flores hecho con el pelo sucio de mis antepasados, todas esas 
cosas ya las vendí. Los objetos más ridículos alegran a los anticuarios. En- 
contré una caja de madera, diminuta, con incrustaciones de nácar y un 
agujero que daba cabida a una llave. Quise ver lo que contenía. Durante 
unos días busqué la llave, que se había perdido. La encontré debajo de una 
de estas tablas que hay en el piso. Tardé, como un idiota, en advertir que 
esa llave no servía para abrir la caja. Era una caja de música. Al darle cuer- 
da se levantaba la tapa y aparecía un pájaro apolillado, que no medía más 
de un centímetro. El pájaro cantaba y agitaba furiosamente sus alas verdes. 
Fue mi primer descubrimiento en este altillo. ¿Sabe usted en cuánto vendí 
ese juguete? En mil quinientos pesos. Ahora conozco el precio de las cosas. 
-¿Habrá pasado muchos días aquí arriba? 

-Muchos -me respondió-. Creía que nunca terminaría de examinar todo; re- 



tratos, cartas viejas, recibos de almacenes, basuras. 

Heredia sacaba del cofre paquetes de retratos, mientras yo miraba con 
asombro aquel lugar lleno de telarañas, que había poblado gran parte de 
mis sueños. Oíamos el silbido de los murciélagos que atravesaban el altillo 
proyectando sombras enormes. 

-iSi estos retratos fueran objetos, me haría millonario! 

Heredia me pasó algunos retratos para que los viera. Eran de todas las 

épocas. Ninguno me interesaba. 

-Aquí esta el rebenque -exclamó Heredia-. No vale nada, pero siempre será 
mejor que una rama de ligustro. Vamos. 

Descolgó el farol y, al iluminar el techo del cuarto, vimos racimos de mur- 
ciélagos inmóviles. Heredia me dio el farol. 

-Llevaré uno de estos bichos a Eladio para que lo crucifique y lo haga fumar 
-me dijo, tomando con precaución un murciélago. 

En ese instante una ráfaga de viento apagó la luz del farol. El terror me in- 
movilizó. Avanzar en las tinieblas, entre murciélagos y ranas, me parecía 
imposible. 

-Acerquémonos a la escalera -dijo Heredia. 

-No veo nada -respondí sin moverme. 

-Yo soy como los gatos, veo en la oscuridad. 

Se acercó a la puerta sin tropezar. Sentí que algo me rozaba una mejilla, 
algo frío, áspero y rápido. 
-iUn murciélago! -grité. 

La risa de Heredia, cruel, desafinada, penetrante, me hirió como un insulto. 
Oímos unas detonaciones en el fondo de la arboleda. 
-Es Máximo Esquive! que tira al blanco -dijo Heredia-. 

Cuando cumplió treinta años, mi abuelo le regaló un revólver. Desde enton- 
ces tira al blanco todos los domingos. 
-¿Quién es l^láximo Esquive!? 

-El padre de Eladio. No vive aquí. A cada rato viene a visitar a su hijo. 
Nos acercamos al lugar de donde partían las detonaciones. Heredia gritó: 
-il^láximo, no tires! 

Pidió el revólver. Apuntó a una paloma que estaba posada sobre una rama: 
hasta que emprendió vuelo no oprimió el gatillo. La paloma herida cayó al 
suelo y vino a morir a nuestros pies. Heredia me pasó el revólver. Apunté a 
un chimango y en el momento de tirar cerré los ojos; el chimango, con un 
grito estridente, revoloteó un largo rato. Hasta cerca de la estancia nos si- 
guió. 

Sobre la mesa del dormitorio de Heredia vi un retrato: pensé que era el de 
María Gismondi. Heredia se calzaba las botas. Yo lo esperaba para salir con 
él a caballo. En un momento en que se alejó de mi lado, miré el retrato. 
Sobre un fondo gris, el rostro, iluminado y velado por tenues sombras, pa- 



recia indicar una falta absoluta de carácter. Este defecto provenía tal vez de 
la postura tan poco natural que había adoptado la muchacha. Un solo deta- 
lle era expresivo en el conjunto de líneas y de sombras retocadas: la cabe- 
llera. Lacia como una lluvia o como un velo espeso, caía a cada lado del 
rostro, recortando el óvalo con tenues brillos. Sentí un profundo alivio: no 
estábamos enamorados de la misma mujer. Al pie de la fotografía, con una 
escritura inclinada y muy fina, en tinta verde, estaba grabado un nombre 
con una rúbrica ambiciosa. Cuando volvió Heredia, le pregunté: 
-¿Por qué no quiere nunca hablarme de María Gismondi? 
-No comprendo -me contestó. 

-Ya que le interesa tanto ¿por qué no me habla de ella? -insistí. 
-¿Quién dijo que me interesa tanto? 
-Se me ha ocurrido. -¿Por qué? 

-Porque usted tiene su retrato; porque a cada instante la nombra. 

-Es el retrato de mi hermana -dijo, mostrándomelo-. Vea. 

-Leí con asombro la firma: Carmen Heredia. 

-Pero ¿con qué derecho se atreve a preguntarme esas cosas? 

-Con el de la amistad. 

El diálogo, que parecía que iba a degenerar en una disputa, terminó con la 
alegre aparición de Eladio Esquivel. Los caballos estaban ensillados. 
-María Gismondi vendrá esta tarde. Le prometí unas fotografías de su fami- 
lia y una medalla que descubrí en un sobre con su nombre. Es una mucha- 
cha esquiva y desconfiada. Encontrarlo aquí le causaría mala impresión. La 
invité hoy porque los caseros van al Azul con Eladio. Le pido que se encierre 
en su cuarto o que salga al campo, antes de las siete de la tarde, y que no 
vuelva hasta las nueve. 

Con estas palabras Heredia me hizo la confidencia que yo había esperado 
durante tantos días. 

Eran las siete menos cuarto. Hacía mucho calor. Resolví confinarme en mi 
cuarto. Me desnudé, me acosté en la cama y estudié alrededor de media 
hora. Tenía sueño y sed. Me levanté, miré por la ventana. No había nadie. 
Un silencio absoluto reinaba en los corredores de la casa. Se me ocurrió 
que, sin desobedecer las recomendaciones de Heredia, podría ir (no había 
riesgo de encontrar a nadie) hasta la despensa, a buscar algo para beber. 
Dos o tres naranjas exprimidas en un vaso, como me las preparaba mi ma- 
dre, me quitarían la sed. Abrí cautelosamente la puerta. Con la impresión 
que tendrán los ladrones cuando van a cometer un robo, me deslicé por los 
corredores y entré en la despensa sin encontrar a nadie. Elegí las naranjas; 
eran duras como piedras. Con muchas dificultades encontré un cuchillo en 
el comedor; no cortaba. Volví a buscar otro y, en el momento de cruzar el 
pasillo de comunicación entre los dos cuartos, me pareció oír ruido. Silen- 
ciosamente me aproximé a una ventana interior, con vidrios rojos y azules; 



pero no podía ver; la ventana estaba en lo alto. Movido por la curiosidad, 
me encaramé a una silla. ¿Qué hubiera dicho Heredia si me encontraba en 
ese momento? ¿Qué hacía yo sino merecer la acusación que tanto me había 
ofendido? Aunque me costara la vida tenía que ver a María Gismondi. A tra- 
vés de los vidrios vi la desmantelada y lúgubre sala de la casa. Nunca en- 
trábamos en ella porque era húmeda y porque estaba muy sucia. A pesar 
de su estado ruinoso mantenía alguna jerarquía: en los dibujos del cielo ra- 
so, en las guirnaldas de flores de los zócalos, en las proporciones de las 
ventanas se adivinaban los restos de un pretérito esplendor. Vi a Heredia 
solo, frente a la puerta, con los brazos apoyados sobre el respaldo de una 
silla. Me quedé un largo rato mirándolo, con la esperanza (que él también 
tendría) de ver entrar a María Gismondi; pero la luz declinaba hasta conver- 
tirse en noche en la puerta entreabierta. 

María Gismondi no apareció. Consulté mi reloj pulsera. Marcaba las nueve. 
Podía ya salir de mi escondite, averiguar qué había sucedido. 

Más tarde, durante la comida, al encontrarme frente a Heredia, el diálogo 
resultó inesperadamente difícil: ni yo me atrevía a preguntarle nada, ni él 
me dijo nada. 

Trataba de estudiar, pero las letras del libro, rojas como el fuego, se mo- 
vían ante mis ojos. 
-Tiene una insolación -dijo Heredia. 

Me aconsejó acostarme. Tomé aspirina. La casera me trajo una jarra de na- 
ranjada y, en un plato, unas tajadas de papa cruda, que puso sobre mi 
frente, porque aliviaban, según ella, las quemaduras de sol. 
Tragué la naranjada, tibia y dulce, que Eladio me sirvió en una taza. Un 
viento ardiente, como el viento del desierto, entraba por la ventana. Pedí a 
Eladio que cerrara las persianas, los postigos, la puerta y que me dejara 
dormir, pero en el cuarto cerrado perduró una violenta luz. Comprendí que 
tenía fiebre. Tambaleando me levanté para buscar agua. Fui hasta el lava- 
torio. Caí desmayado sobre las baldosas. Eladio y la casera me recogieron, 
sin que yo lo sintiera, y me acostaron en la cama. 

Un largo corredor apareció al final de mi sueño. El corredor del colegio, que 
conducía a un enorme teatro donde estaban reunidos los profesores que 
tomaban examen. Las preguntas que me hacían eran fáciles, pero no podía 
contestarlas, porque mi lengua se paralizaba. El público, en los palcos, em- 
pezó a silbar. Después, una vasta muchedumbre entró por las puertas, gri- 
tando: "Queremos ver al muerto". Empezaron a romper las sillas, las mesas 
y los libros en que yo estudiaba. Me vi en un espejo: grandes gotas de su- 
dor caían de mi frente y bajaban por mis mejillas. Desperté con la almoha- 
da húmeda. 

Jugábamos a las barajas en el patio. No podía pensar en el juego. Éstas 



eran mis reflexiones: podemos vivir muclios días con una persona, compar- 
tir sus comidas, pasear y conversar, llegar a una gran intimidad con ella y, 
sin embargo, no saber nada de esa persona: mi amistad con Heredia lo 
demostraba. 

¿A qué jugábamos? Creo que a la brisca. Veía claramente cómo una pasión 
cometía su devastadora obra en el alma de un muchacho y lo obligaba a 
desdeñar y abandonar todas las otras cosas de la vida, a disimular y men- 
tir. 

Por eso Heredia comía apresuradamente, fingía tener negocios con los veci- 
nos y vendía sin escrúpulos los objetos que habían pertenecido a sus abue- 
los; por eso abandonaba sus estudios y se recluía en la soledad del campo, 
por eso me insultaba; por eso estaba descontento y despreciaba a su pa- 
dre. ITodo me parecía comprensible! 

Heredia estaba nervioso. 

-Mañana a las seis -me dijo, y de nuevo me probó su confianza- tengo que 
encontrarme con María Gismondi en la tapera de la mecedora. Ella irá a ca- 
ballo. A veces va a caballo a casa de sus primas, donde le enseñan a coser; 
para llegar allí tiene que cruzar el potrero de la tapera. Nos encontraremos 
como por casualidad, a la hora de la siesta. Dejaré mi caballo en el potrero 
y ella esconderá el suyo entre los árboles; hay muchos escondites en ese 
monte. Hemos previsto todo. Si la descubren, dirá que estaba juntando hi- 
gos; si me descubren, cosa improbable, diré que la ayudaba a juntar higos. 
-¡Qué lugar maravilloso para una cita de amor! -exclamé, con una voz ab- 
surda, como si lo adulara. 

-No crea -contestó Heredia-. En cuanto uno quiere encontrarse con alguien, 
la soledad del campo no existe. Ni siquiera la noche ampara aquí a los 
enamorados. Ese vivo deseo que uno siente de estar a oscuras con una mu- 
jer en los primeros momentos del amor, la naturaleza nunca lo satisface. 
Hay que buscar las horas horribles de la siesta; lugares en ruina iluminados 
por soles despiadados. Si pudiera pedirle que vuelva a esta casa, como la 
otra tarde, sería tal vez mejor. 
-¿La otra tarde? 

-Sí, la otra tarde, cuando le entregué los retratos y la medalla. 
Su contestación me sorprendió. ¿Entonces María Gismondi había ido a la es- 
tancia, había entrado en la casa y yo no la había visto? Mientras me hacía 
esta reflexión, dije: 
-Me gustaría volver a esa tapera. 

-Vamos -dijo Heredia-. Aprovecharé para encontrar un lugar donde pueda 
esconderme con María. 



Dejé mi caballo atado a un poste, en el camino. Pasé entre los alambrados 



y llegué a la tapera. Pensar que en la visita de la víspera, me dije, yo había 
imaginado que sólo buscábamos un escondite para Heredia y para su novia. 
La empresa era arriesgada. Cavilé en todos los peligros que corría. ¿Si He- 
redia llegaba con los perros? Los perros seguramente me descubrirían. ¿Si 
María Gismondi tenía ese don de adivinación, propio de las mujeres? ¿Si 
bruscamente le decía a Heredia: "Hay alguien aquí. Yo siento que hay al- 
guien"? ¿Si Heredia, para tranquilizarla, revisaba todos los rincones? ¿Si me 
descubría después de una larga expectativa y me mataba de un balazo? Pe- 
ro recordé que Heredia no tenía revólver; no tenía armas; ¿con qué podía 
matarme? Con la terrible vergüenza que me haría sentir al cruzarme la cara 
de un rebencazo. Me acerqué a las higueras; arranqué dos higos y los comí. 
En el techo desvencijado de la tapera había un hueco donde podía escon- 
derme. La ascensión era difícil, pero el lugar, sin duda, era el más seguro. 
Con suma dificultad logré treparme, usando como peldaños las partes rotas 
de la pared; durante estas evoluciones se me cayó el pañuelo. Me disponía 
a bajar para recogerlo cuando oí el galope de un caballo. Me acosté sobre el 
techo. 

Por una hendidura entre las pajas veía todo sin ser visto. Llegó Armando 
Heredia; bajó del caballo y lo soltó. ¿Había olvidado las precauciones que lo 
hicieron cavilar el día anterior? En la misma actitud ausente con la que se 
había apoyado sobre el respaldo de una silla en la sala de la estancia, se 
apoyaba ahora sobre un tronco. Espiar a una persona que está sola es in- 
cómodo. Tuve ganas de bajar y decirle en tono de broma: "Estaba espián- 
dolo". Tratándose ,de otro amigo lo hubiera hecho; con Heredia todo gesto 
espontáneo me estaba vedado. 

María Gismondi no llegaba. Un silencio pesado, terrible, se extendía. Ni los 
pájaros cantaban; sólo de vez en cuando se oía caer sobre la tierra las du- 
ras semillas de los eucaliptos. Heredia no se movía. Me asombraba su falta 
absoluta de inquietud. Esperar con esa tranquilidad a una mujer que no lle- 
ga, es signo de una gran indiferencia. ¿O es que Heredia también fingía y 
disimulaba cuando estaba solo? 

Un rayo de sol caía sobre el lugar donde yo estaba escondido; el sol violen- 
to de las tres de la tarde. Empecé a sentirlo. Traté de guarecerme la cabeza 
con las manos, con un montón de paja, con mis brazos, adoptando posturas 
inverosímiles. Sin duda hice ruido. Heredia levantó la cabeza y miró un ins- 
tante en dirección al lugar donde yo estaba. Mi corazón latió violentamente; 
me pareció que en sus latidos ya vibraban, desmenuzándose, los muros de 
la tapera; me pareció que no era el viento, sino mi corazón, lo que movía la 
desvencijada y oscura mecedora. En ese instante la muerte me parecía un 
destino muy dulce. Pero el movimiento del sol y los follajes pusieron tér- 
mino a mi suplicio. La frescura de la sombra me reanimó. 
¿Por qué seguía Heredia en la misma actitud? ¿Vi un imperceptible movi- 



miento en sus labios, oí su voz? No podría asegurarlo. 
El tiempo pasaba lentamente. Lentamente giraba el sol, mudando de luga- 
res las sombras. Mi reloj marcó las seis de la tarde. A esa hora Heredia 
montó a caballo y se alejó al galope. 

Sospeché que Heredia estaba loco: vi los primeros síntomas en su actitud, 
en sus mentiras. María Gismondi jamás acudía a las citas que él le daba. 
-¿Por qué pierde su tiempo -me atreví a decirle- con una muchacha tan ab- 
surda? Es como si se hubiera enamorado de una imagen. 
Me miró indignado. Estábamos comiendo -puso a un lado su plato, dio un 
puñetazo sobre la mesa y contestó: 
-¿Quién le pide consejos? 
-No es un consejo, es una reflexión. 
-No me interesan sus reflexiones. 
Se levantó y se fue del comedor. 

Soñé con el revólver de Esquivel. Después, perplejo, vi que el revólver es- 
taba en el cuarto de Heredia. Si no tiraba al blanco ¿para qué había traído 
ese revólver? ¿Para matarme o para matar al señor que llegaría a la estan- 
cia? 

A la mañana entré en el almacén de Cacharí. Compré un atado de cigarri- 
llos. El hombre que me atendía era bueno, lento, comunicativo. Hablamos 
del tiempo: de las probables lluvias, del calor. 

-¿Podría decirme dónde vive María Gismondi? -le pregunté, con intención de 

pasar frente a su casa. 

El hombre no contestó en seguida. 

-¿María Gismondi? ¿Cómo? ¿No sabe? Murió hace tiempo; hace cuatro años, 
por lo menos. 

Sentí terror al oír estas palabras; terror y, al mismo tiempo, alivio: María 
Gismondi no era la muchacha de quien yo estaba enamorado. 

Persuadirme de la locura de Heredia me resultaba casi imposible. Las vicisi- 
tudes habían vuelto más preciosa nuestra amistad. ¿Qué debía hacer? Tra- 
tar de salvarlo. ¿Cómo? Escribir a su padre; tal vez un médico podría inter- 
venir. Irme a la ciudad, abandonarlo en ese estado ¿no era una cobardía? 
Pensando estas cosas soñé que llevaba a Cacharí una carta que había escri- 
to al señor Heredia, comunicándole el estado de su hijo. Yo mismo quería 
dejar la carta en el correo. Al bajar del caballo, frente al correo, encontré a 
Heredia. Me dijo bruscamente: 
-¿Para quién es esa carta? 
-Para mis padres. 

Había tenido la precaución de dirigir el sobre a nombre de mi padre, con 



otro sobre adentro, para que fuera entregado al señor Heredia. 
-Démela, yo la pondré en el correo; tengo estampillas. Al entregársela, sen- 
tí la amenaza de lo irreparable. 
-Esta carta lleva otro sobre adentro. 
-¿Por qué? 

-El peso, la forma, todo lo indica. Ábrala inmediatamente -me apuntaba con 
el revólver-. Lo mataré con más facilidad que una paloma. 
Abrí el sobre, como él me lo mandaba, y le entregué la carta. A medida que 
leía, el odio oscurecía su semblante. 

-No quiero ensuciar la entrada de esta casa. Vamos. No nos quedemos 
aquí. 

Volvimos a la estancia. Heredia entró en su cuarto y yo en el mío. Casi en 
seguida salí con el propósito de huir, pero ¿cómo? ¿En qué? No había nadie. 
Busqué los caballos del sulky; no estaban en el corral. Corriendo, entré en 
el monte y tomé uno de los caminos, sin elegirlo. Mi propósito era encontrar 
un vehículo que me recogiera. Algo me molestaba al correr; me palpé la 
cintura; advertí que llevaba un cuchillo. Me había alejado bastante de la ca- 
sa y empecé a caminar. Oí el galope de un caballo. Me arrojé al suelo, me 
escondí en el pastizal, con la esperanza de no ser visto. El galope se acerca- 
ba irremisiblemente. Decidí hacerme el muerto. Heredia se acercó; bajó del 
caballo. Oí que me tuteaba como a sus perros: 
-Cobarde, aprenderás a hacerte el muerto. 

Después oí la detonación de un tiro en el silencio. Desperté sobresaltado. 
Pero mi sueño continuaba frente al correo de Cacharí. En el centro de la ca- 
lle había un perro muerto, lleno de moscas. 

No podía tomar ninguna resolución; todas me parecían precipitadas, desa- 
certadas. Temía plagiar mi sueño, inconscientemente. Por momentos resol- 
vía el viaje a Buenos Aires y preparaba la valija, por momentos tomaba la 
pluma y el papel para escribir al señor Heredia. Cualquier actitud me re- 
pugnaba, ya que Armando Heredia, a pesar de su locura, no había dejado 
de ser mi amigo; uno de mis mejores amigos. 

Estaba en mi cuarto, meditando sobre estas cosas, cuando entró Eladio con 
un papel en la mano. Abrí el papel cuidadosamente doblado. Leí estas pala- 
bras: Me ausentaré por dos días. Armando. ¿Qué debía hacer? ¿Aprovechar 
su ausencia para comunicarme con su padre? ¿Esperar su regreso? 
Pensé: tal vez no está loco. Tal vez quiere engañarme. Tal vez su novia, pa- 
ra no comprometerse, al querer ocultarle cómo se llama, le dio casualmente 
el nombre de una muchacha muerta. Imaginé mi horrible carta anunciando 
la locura de Heredia; imaginé la aflicción de su padre, su llegada a la estan- 
cia, con un médico, quizá con una enfermera; mi vergüenza eterna frente 
al mundo si Heredia no estaba loco; mi pena si tenían que ponerle un cha- 



leco de fuerza para hacer el viaje a Buenos Aires, con toda la gente nnirando 
en la estación; la horrible prisión del manicomio. Me pareció que yo tenía la 
culpa de todo lo que sucedía; que para siempre pesaría en mi conciencia 
cualquier resolución que tomara. 

A la hora del poniente llegó Heredia. Me traía de regalo un facón de plata. 
Se lo agradecí: era el objeto que yo más deseaba tener. Labradas en la 
empuñadura había unas flores de oro y un laberinto de líneas con mis ini- 
ciales. Me sentí indigno del regalo. Saqué el facón de la vaina. Como si hu- 
biera sentido el filo helado amenazar mi corazón, lo acaricié melancólica- 
mente y dije: 

-En Buenos Aires lo usaré para abrir las hojas de mis libros. 
-¿Y aquí le servirá para matar a alguien? -preguntó Heredia. 
-No lo creo -le contesté-. Matar no me seduce. 

De nuevo coloqué el facón en la vaina, lo aseguré en mi cinturón y lo palpé 
con alegría. Había olvidado el horrible problema para el que tenía que bus- 
car solución. 

Encendimos una fogata en el patio. En la noche, iluminadas por el fuego, 
nuestras caras parecían máscaras. Aproveché el momento conciliador y ro- 
mántico: 

-Heredia, hace unos días que quiero decirle una cosa: la muchacha que a 
usted le interesa no se llama María Gismondi. María Gismondi murió hace 
cuatro años. Seguramente por timidez o por temor, a fin de no comprome- 
terse, la muchacha adoptó para usted ese nombre. 

Yo le hablaba mirando el fuego, como si a través de las llamas mis palabras 
pudieran purificar su sentido. Cuando alcé los ojos Heredia no estaba. ¿Me 
había oído? Acabamos por creernos locos cuando sospechamos la locura en 
otra persona. Llamé a Heredia. La puerta de su cuarto estaba cerrada. No 
me contestó. Vi un arco iris al final del corredor. Pensé: "¿Y si la aceptara, 
si me hiciera cómplice de su locura? ¿Podría entenderme de nuevo con él? 
¿Tal vez salvarlo?" En el número de baldosas del corredor consulté lo que 
debía hacer. Escribir a Buenos Aires, irme, quedarme (aceptando la locura 
como algo normal); escribir, irme, quedarme, escribir, irme, quedarme; re- 
corrí las baldosas; la última, que estaba rota, me aconsejó lo peor: esperar. 
Recordé esta frase, que había leído en un libro: "Lo verdadero es como 
Dios; no se muestra inmediatamente; hay que adivinarlo entre sus manifes- 
taciones". 

Intenté otra conversación con Heredia. La noche era propicia, silenciosa; 

fumábamos y las volutas de humo parecían suavizar mi inquietud. 

-Me he preguntado muchas veces cómo se llamará una muchacha que venía 



de Buenos Aires en el misnno tren que yo. La señora que viajaba con ella la 
llannaba Claudia, pero tenía un prendedor con la palabra María escrita con 
falsos rubíes. 

-Es un nombre muy común. ¿Qué hay con eso? 

-Que el primer nombre que adopta una muchacha cuando no quiere dar el 
suyo, es María. 
-¿Y entonces? 

-Entonces pienso que esa muchacha que viajó conmigo en el tren y que se 
llamaba Claudia, hizo creer, a la persona que le regaló el prendedor, que se 
llamaba María. 

Un brillo de locura iluminó los ojos de Heredia. 
-¿Y yo soy la persona que regaló el prendedor a esa mujer? 
-No quiero decir eso. iSería absurdo! Conozco el retrato de María Gismondi, 
no se parecen en nada; excepto, quizás, en que las dos pretenden llamarse 
María porque tienen miedo de comprometerse si dan su verdadero nombre. 
Yo hablaba persuasivamente, sin mirar (pero adivinando) la expresión que 
invadía el rostro de Heredia. La locura que había nacido en el fondo de sus 
ojos contraía ahora su boca, hundía sus mejillas, atormentaba su frente, 
deformaba ya sus manos. Yo tenía que seguir hablando, porque las pala- 
bras me guarecían de un silencio aterrador. Proseguí: 

-La gente de campo tiene muchos prejuicios. Por eso las muchachas que vi- 
ven en estos pueblos se ven obligadas a hacer cosas extrañas. Cuando tie- 
nen un novio adoptan sin escrúpulos nombres de personas muertas. 
Cuando miré a Heredia vi en sus ojos, por primera vez, una expresión de 
espanto; como un animal herido, huyó de mi lado. Su temor me dio miedo. 

Detrás de la oscuridad, entre el follaje de los árboles, apenas veía su som- 
bra, un ojo, un mechón de pelo. Se escondía y me acechaba, entre las plan- 
tas, en los corredores, en las habitaciones de la casa. 

No podía encerrarme con llave: todas las llaves de la casa se habían perdi- 
do. Por fin resolví escribir al señor Heredia. En un rincón de mi cuarto, casi 
en la oscuridad, comencé la carta: 

"Estimado señor Heredia: Su estancia es muy linda y muy grande, en ella 
he pasado los días más felices de mi vida, y los más terribles, pero todo lo 
que se refiere a mí no tiene ahora Importancia. Sólo quiero expresarle mi 
gratitud por haberme dado la oportunidad de conocer un lugar como éste y 
mi pena por tener que anunciarle el estado en que se encuentra su hijo. Es- 
toy demasiado perturbado para que esta carta resulte correcta y clara, pero 
confío en que usted la comprenda. 

Después de haber vivido un mes (que equivale a varios años) con su hijo y 
de no haber encontrado ninguna anormalidad en su carácter, salvo algunas 



reacciones violentas, como tiene cualquier muchacho; después de haber 
comprobado que no bebe alcohol, ni frecuenta a ninguna mujer, he descu- 
bierto a través de su conducta, de sus actitudes, de sus confidencias, el 
principio de su locura. Apenas puedo creerlo: Armando está enamorado de 
una mujer que ha muerto hace cuatro años; le da citas; habla con ella; 
imagina que la ve, y está solo. Sabe que yo lo he descubierto y me odia. Si 
no le comunicara a usted estas cosas inmediatamente, temería no tener su- 
ficiente fuerza de voluntad para hacerlo después; temería volverme loco yo 
mismo, por contagio. 

En estos días creo que llegará un amigo suyo a la estancia. Tal vez pueda 
socorrernos. 

Lo saluda a usted muy atentamente. 
Luis Maidana. 

Con precaución guardé la carta en el bolsillo. 

El calor del día disminuía levemente. Caía la noche, con sus innumerables 
estrellas. Fui al pueblo para poner la carta en el correo. El correo estaba ce- 
rrado. Yo no tenía estampillas. Recordé que era domingo. Cuatro o cinco 
chicos trabajaban en una casa en construcción. En una bolsa enorme lleva- 
ban piedras para depositarlas sobre los escalones de la entrada. Me detuve 
a mirarlos. Me pareció que la tarea excedía sus fuerzas. Me indigné con las 
personas que les habían impuesto ese trabajo. Me senté sobre un montón 
de arena, a fumar un cigarrillo. Estaba cansado. Momentos después apare- 
ció una mujer desgreñada y furiosa, que dispersó, a gritos, a las criaturas. 
Entonces advertí que aquel trabajo, que tanto me había impresionado, ha- 
bía sido un juego, un juego que merecía una penitencia. 
Al oír la estridente voz de la mujer, recordé algunos episodios de mi infan- 
cia. Yo había jugado con la misma seriedad. Mis juegos podían confundirse 
con los más penosos trabajos que los hombres hacen por obligación: nadie 
me había respetado. Pensé: los niños tienen su infierno. Entonces la voz, 
agresivamente femenina, pronunció un nombre conmovedor. Para castigar, 
para amenazar más severamente al menor de los niños, utilizó el nombre 
maravilloso: 

-Mandaré a María a tu casa, para que le diga a tu madre todo lo que has 
hecho. 

Avergonzado, seguí como una sombra por las calles del pueblo a esa mujer 
horrible. Las calles me parecieron sinuosas y lúgubres, infinitas y, a cada 
paso, más sucias, como si todas desembocaran en algún pantano. Crucé las 
vías del tren, pasé por dos almacenes, me detuve frente a una farmacia; las 
calles se enangostaban y se ensanchaban caprichosamente; llegué a la 
avenida de los fénix, donde subrepticiamente, en una esquina, desapareció 



la mujer. 

Una casa de ladrillos blanqueada entreabría, sobre un balcón de fierro, una 
ventana baja. Protegido por la oscuridad progresiva de la noche, me asomé 
a esa ventana y miré el interior del cuarto. En la alucinante luz de un espejo 
vi reflejada una muchacha, cuyo rostro apenas se insinuaba en la penum- 
bra. La imagen se acercaba, pero una cabellera, como un río con brillo de 
plata, se interpuso. Pensé que María, sospechando que yo la miraba agaza- 
pado en la sombra, me ocultaba su cuerpo con su cabellera. 
La luz del cuarto se extinguió. Oí los pasos de unos pies desnudos sobre el 
piso de madera y luego el silencio definitivo de la calle. 
De un salto penetré en la habitación. Pensé en la muerte. El amor y la 
muerte se parecen: cuando estamos perdidos acudimos a ellos. Inmóvil, 
esperé acostumbrarme a la nueva oscuridad del cuarto. Después de un 
tiempo que pareció comunicarme con la eternidad, el espejo comenzó a 
iluminarlo. Primero vi una silla, después la mesa de luz, el costurero lleno 
de carreteles de hilo, el despertador de metal pintado, el vaso con flores de 
papel, la cama angosta, donde la muchacha yacía con los ojos abiertos. 
"Hay personas que duermen con los ojos abiertos", pensé, al acercarme. 
"No me ve. Puedo inclinarme sobre ella para verla mejor. Podría darle un 
beso sin que lo sintiera." Me incliné. Sentí su delicada respiración. Vi sus 
manos sobre la colcha blanca, su cabellera suelta esparcida sobre la funda 
de la almohada, que tenía bordadas grandes margaritas. "Ella, sin duda, hi- 
zo estos bordados" pensé, al ver el dibujo azul del lápiz debajo de las coro- 
nas. Arrodillado en el borde de la cama, examiné sus ojos: sin ver, parecía 
mirarme. 

"María, ahora, por primera vez, podré abrazarte como siempre lo hago en 
pensamiento", le dije, en voz baja, con la sensación de decirlo a gritos. Tra- 
taba de resguardar mi cuerpo de la luz del espejo que atravesaba la habita- 
ción. Retrocedí unos pasos y tropecé con la mesa de luz; cayó el desperta- 
dor. Me tiré al suelo esperando las terribles consecuencias, pero el silencio 
volvió a extenderse como un velo sobre la casa. Permanecí un rato en la 
misma postura, sin atreverme a hacer un movimiento. Me arrodillé de nue- 
vo en el borde de la cama. En la suave luz del espejo el rostro de la mucha- 
cha resaltaba con extraordinaria claridad. De pronto, como si mi insistente 
mirada la hubiera despertado, se incorporó en la cama. Me miró con horror. 
Quiso gritar, pero le tapé la boca. Quiso huir, pero la retuve. 
Clareaba el alba cuando me alejé de su casa. 

Salí de mi cuarto. Era muy temprano. El rocío brillaba sobre las hojas de las 
plantas. Heredia se acercó. Castigaba con el rebenque las piedras, las ra- 
mas, los cardos, los troncos, todo lo que encontrábamos. 
-Tengo que hablarle -me dijo-. Tengo que explicarle algunas cosas. 



Atónito, sin pronunciar una palabra, lo escuché. 

-Para mí -prosiguió-, María Gismondi no murió hace cuatro años. ¿Sabe us- 
ted para quién y cómo murió? Hace cuatro años, en el mes de febrero, yo 
quería entregarle una carta. Sus padres no debían saberlo. La empresa era 
casi imposible. Una noche (recuerdo que era domingo), abrumado, vagué 
por el pueblo y resolví entrar, como un ladrón, en su cuarto. Pensaba dejar 
la carta debajo de la colcha de su cama o en el cajón de la mesa de luz y 
huir sin ser visto. Entré por la ventana. Me escondí en un hueco, entre el 
ropero y la pared. Oí unos pasos en el cuarto contiguo: alguien abrió la 
puerta y encendió la lámpara. Yo no podía irme. (Todavía hoy, en los latidos 
de mi corazón, siento contra mi pecho la frialdad de la pared blanqueada.) 
Sobre el piso de madera oí los pasos de unos pies desnudos. María Gismon- 
di entró en el cuarto; cerró la ventana, se acostó y apagó la luz. Esperé que 
se durmiera. Desde mi nacimiento, nunca he esperado tanto. Cuando me 
pareció que estaba dormida, dejé la carta sobre la mesa de luz y me acer- 
qué, aterrado, a la ventana. Tropecé con algo. En el total silencio de la no- 
che, el ruido retumbó con violencia. Quedé inmóvil. En la oscuridad, María 
Gismondi buscaba, fósforos y encendía la lámpara. Al verme quiso gritar; le 
tapé la boca. La tuve entre mis brazos por primera vez. Cuando dos perso- 
nas luchan, parece que se abrazan. Hasta el alba luché con María Gismondi. 
Después huí de su casa, dejándola casi dormida. Al día siguiente me anun- 
ciaron su muerte. Durante unos días pensé que yo la había matado; luego 
pensé que la habían matado las personas que la creyeron muerta. Com- 
prendí que nuestra vida depende de un número determinado de personas 
que nos ven como seres vivos. Si esas personas nos imaginan muertos, 
morimos. Por eso no le perdono que usted haya dicho que María Gismondi 
está muerta. 

Busqué el calendario. Lo encontré en la cocina. Febrilmente lo consulté. Fal- 
taba un día para el 28. Había que esperar sin miedo. Pensé, para serenar- 
me: "el miedo atrae las desgracias". Salí al patio; recogí unas piedras y, 
con asombrosa destreza, probé en un árbol mi puntería. 
Sobre el techo de la cocina, un gato blanco me miraba con sus ojos verdes. 
Lo alcancé con la última piedra. Oí un golpe seco en las tejas y un lamento 
agudo, desgarrador. 

El pobre animal, ensangrentado, huyó del techo. Vi una huella de sangre al- 
rededor de la casa. Pensé que las personas son crueles cuando tienen mie- 
do. ¿Por qué yo había tirado esa piedra? ¿Para merecer un castigo? ¿Para 
probar que yo también podía matar? ¿Para probárselo a quién? A mí mismo. 
Nadie me había visto. 

Un cielo nublado precipitó la noche. Para no imitar mi sueño resolví ir en 
sulky al correo. Temblando, con la carta en el bolsillo, crucé los corredores. 



el patio y entré en la cocina. La casera me informó que su marido había sa- 
lido en el sulky. Con un horrible presentimiento busqué el caballo, lo ensillé. 
-¿Tiene frío? -preguntó Eladio. 
Me di cuenta que yo estaba temblando. 

Tenía la sensación de no avanzar, de ir montado en un caballo de plomo. 
Con un horrible cansancio llegué al pueblo. Frente a la casa baja y amarilla 
del correo, me sentí más tranquilo. No había nadie. Bajé del caballo. Tenía 
que dar unos pasos para dejar la carta en el buzón y sentirme libre, pero 
bruscamente, cuando ya la tenía en la mano, apareció Heredia. Pensé: "Es- 
toy soñando; no debo afligirme; luego me despertaré". 
Heredia me dijo, pausadamente: 
-Déme esa carta; voy a ponerla en el buzón. 
Cuando tuvo la carta en la mano agregó: 
-Este sobre lleva adentro otro sobre del mismo tamaño. 
-Usted es adivino -le contesté, procurando que la realidad no se pareciera al 
sueño-. He puesto una carta para un compañero del colegio. No tengo su 
dirección. 

Por el sendero de tierra, a pocos metros, venía caminando Claudia o María. 
(Todavía no sabía su nombre. INunca lo sabría!) Me sentí tranquilo: la 
realidad difería cada vez más del sueño; además, esa circunstancia me 
permitiría hablar de otra cosa, distraer la atención de Heredia. Le dije en 
voz baja, indicándole con los ojos la dirección en que debía mirar: 
-Ésa es la muchacha que hizo el viaje conmigo. Verá cómo se ruboriza. 
¡Simula no conocerme! 

Heredia me miró con desprecio. ¿Sospechaba todo lo que yo había sufrido, 
pensando que él también amaba a la misma muchacha? Esperé que se 
acercara y, sacándome el sombrero, le pregunté como si no la conociese: 
-Señorita, ¿podría decirme si cambiaron el horario de trenes? -Consulté mi 
reloj-. -Son las doce y todavía no he oído el silbato del tren. 
Me miró con asombro. 

-La estación queda a dos cuadras de aquí, pregúntele al jefe. 

-Y el Club Social, señorita, ¿dónde queda? 

-El Club Social queda a cinco cuadras, doblando a la derecha. 

-¿Cuándo habrá baile? 

-El sábado por la noche. 

-¿Irá usted, preciosa? 

Al oír la última palabra, que no era precisamente la que deseaba decirle, la 
muchacha se ruborizó. 

-Yo no voy a bailes. Estoy de luto -respondió con un orgulloso movimiento 
en los labios. Se alejó con gracia rápida, sin decirme adiós. 
Nos quedamos mirándola. Hablamos de sus piernas, de su edad, de su cin- 
tura. Pero ¿qué había hecho Heredia con mi carta? Advertí que la había 



guardado en el bolsillo, quizá por distracción. Le dije con voz trémula: 

-Se olvida de mi carta. 

-Al contrario; no la olvido. 

-La tiene en el bolsillo. ¿Para qué? 

-Para que usted me la lea cuando lleguemos a la estancia. 
Intenté arrebatársela, pero me amenazó con el revólver. iCon el revólver 
del sueño! Montamos a caballo. Durante el trayecto pensé quitarle la carta 
y el revólver. Lo miraba de soslayo, esperando que tuviera un momento de 
distracción, para huir, para pedir auxilio, para asestarle un golpe en la ca- 
beza. Pero él era tanto más fuerte que yo, tenía un aspecto tanto más equi- 
librado, que renuncié a todos mis planes. Si pedía auxilio me hubieran creí- 
do loco; si huía, Heredia me hubiera baleado por la espalda; si lo atacaba, 
me hubiera matado como a un perro. 
No me importaba morir. Lo miré con indulgencia. 
-¿Y con qué derecho pretende que le lea mi carta? 

-Con éste -dijo poniendo sobre una mesa el revólver-; porque usted no es 
capaz de defenderse ni con este revólver, ni con ese cuchillo que tiene en el 
cinturón. 

-Desprecio los medios de violencia para llegar a un acuerdo. 
-¿Qué medios le agradan, entonces? 
-Los del entendimiento. 

-Está bien -dijo, sentándose-. Léame ahora su carta. 
-No acepto. 

-Por la violencia, entonces -dijo empuñando nuevamente el revólver. 
Temblando tomé la carta que me entregó Heredia. Pensé de nuevo que so- 
ñaba y que pronto despertaría. Tal vez la carta se transformara en otra to- 
talmente distinta. 

Comencé la lectura muy lentamente. Leí como me habían enseñado a leer 
en el colegio, con el cuerpo erguido, levantando la cabeza al final de cada 
párrafo, señalando exageradamente la puntuación. Cuando terminé, des- 
pués de un siglo, Heredia, sin decir una palabra, se levantó y salió del cuar- 
to. Oí morir sus pasos en las baldosas del corredor. De cualquier modo, aun 
repitiendo mi sueño, tenía que huir. Encerré a Carbón en mi cuarto, para 
que no me siguiera. Busqué el sulky, los caballos: no estaban. Con la pesa- 
dez que da la vergüenza del miedo, corrí. Entré de nuevo en mi cuarto; ha- 
bía olvidado las llaves. Las guardé en mi bolsillo. Guardé mi cuaderno y mis 
libros en el cajón de la mesa, volví a salir. Dejé todo: cualquier cosa que 
llevara conmigo podía delatar o entorpecer mi huida. 

CONSIDERACIONES FINALES DE RÓMULO SAGASTA 

Aquí se interrumpen las páginas de este extravagante cuaderno: después 



de haber meditado sobre su contenido siento aliora la necesidad, casi el de- 
ber, de agregarles un final. 

Toda vida, con sus experiencias, con sus ilusiones, es inconnpleta, fragmen- 
taria y terrible: la que en las páginas anteriores se revela como un símbolo 
es, a mi juicio, especialmente conmovedora y dramática. Después de corre- 
gir algunos errores gramaticales, sin modificar el estilo simple y pueril de 
las frases, agregaré las siguientes líneas: 

El 28 de enero de 1930 partí de Constitución en el tren de la mañana para 
Cacharí. Lo hice de mala gana, pero sin pensar que me encontraría frente a 
un espectáculo tan triste como el que me deparó la suerte. 
Los Cisnes, aquella estancia donde mi amigo Heredia me había invitado tan- 
tas veces a pasar los fines de semana, las fiestas de mayo y de carnaval, 
evocaba en mi corazón los recuerdos más placenteros y dulces. 
Los suculentos almuerzos al aire libre, las largas siestas, el tranquilo silen- 
cio campestre, son goces que ningún criollo desdeña. Es cierto que soy afi- 
cionado a la caza y que ese entretenimiento agrega seducción a la vida de 
campo. Lo primero que hacía, al llegar allí, era alquilar por dos pesos el pe- 
rro de caza del almacenero. Un "pointer" degenerado sirve para algo cuan- 
do el cazador es competente. Invariablemente, al final de la tarde, volvía 
del campo con ocho o nueve perdices. 

Llegué a Los Cisnes, repito, el 28 de enero de 1930, con mi escopeta, arma 
que llevaba como un vano disfraz para disimular el verdadero motivo de mi 
viaje. 

Era un día de sol deslumbrante y hermoso. Nadie me esperaba en la esta- 
ción. Vagué más de media hora por el andén; tuve tiempo para arrepentir- 
me del viaje, antes de ver aparecer la volanta con Eladio Esquivel, que bajó 
lentamente como un viejito a saludarme. Lo recibí con frialdad, pero en se- 
guida sospeché que una elocuencia trágica se ocultaba en su lentitud. Algo 
grave había sucedido. Con serias palabras entrecortadas, me dijo: 
-Ha sucedido una desgracia. 

Con mi escopeta y mi valija, subí apresuradamente a la volanta y traté de 
averiguar todo lo que me costaba creer. Confusamente oí el relato del niño, 
mientras nos aproximábamos a la estancia. El sol, la claridad del día, la voz 
soñolienta del niño, todo parecía contradecir la noticia. 
Después de ver al muerto, después de hablar con los caseros, con el médi- 
co, con el agente de policía y de hacer los trámites necesarios para que en- 
viaran un ataúd, quise examinar el lugar donde había ocurrido el hecho. Por 
la calle de eucaliptos y casuarinas Eladio me guió hasta el lugar del campo 
entre los pastizales, donde se veían aún las manchas de sangre y los ras- 
tros (se hubiera dicho) de una lucha. Después supe que el perro negro de la 
estancia, aullando, había escarbado la tierra con desesperación al ver la 
sangre. 



Nunca prevemos lo peor. Yo había previsto todo, salvo lo que había ocurri- 
do. Lamenté de nuevo haber aceptado una misión tan desagradable. Mi 
amistad con Raúl Heredia, mi simpatía por toda su familia, me habían im- 
pulsado a hacerlo por un sentimiento de deber. Ir a una estancia solitaria, 
con el pretexto de cazar perdices, para espiar y aconsejar a un muchacho 
de dieciocho años, aunque ese muchacho fuera el hijo de uno de mis mejo- 
res amigos, me parecía interesante pero comprometedor. Ahora, al encon- 
trarme con una noticia tan inesperada como horrible, me parecía que mi 
temor había obedecido naturalmente a un presentimiento. 
Desde la infancia, Armando Heredia había mostrado signos de locura. Es 
cierto que los niños de corta edad siempre me parecen dementes; los diálo- 
gos, los juegos que practican, las palabras que profieren son indudables 
ejemplos de locura. Atravesar la infancia es una severa prueba para la ra- 
zón. Entre los niños que yo he conocido, Armando Heredia fue sin duda el 
más extraño. Lo veo como era hace catorce años, con los ojos encendidos, 
con un látigo en la mano, castigando a un personaje ficticio (cuyos rastros 
había pintado él mismo, con tinta roja, en el suelo) y llorando después so- 
bre su muerte. 

En el tren de la tarde llegó la familia de Heredia. Nunca había tenido que 
asistir a una escena tan dramática: ver a una madre frente a un hijo muer- 
to. No soy especialmente egoísta; sin embargo, me preocupaba más la acti- 
tud que yo debía asumir que el dolor de una familia que estimo. 
Me costaba reconocer la alegre casa de campo, con sus apacibles corredo- 
res, con sus profusas enredaderas. En un instante el aspecto de un lugar 
puede cambiar definitivamente. Al ver a Raúl Heredia comprendí que no 
podríamos volver, como antes, a la estancia. Ciertos acontecimientos seña- 
lan el tiempo como en los juegos las líneas de tiza blanca marcan límites in- 
franqueables: el principio y el final de épocas distintas. 
Colocaron el ataúd en la sala de la casa. Allí velamos al muerto. En la tré- 
mula luz de los cirios, la cara del muchacho no estaba desfigurada. Su tez 
oscura, su frente angosta, la pureza de su perfil no se habían alterado. El 
balazo lo había alcanzado en el centro del corazón. Me impresionaron las 
flores que la madre quiso, vanamente, colocar entre las manos del muerto; 
el resentimiento con que le hablaba; las frases amargas, severas. 
Al alba, después de beber varias tazas de café, Raúl Heredia me llevó al 
cuarto que había sido de su hijo (un cuarto lúgubre y húmedo). Abrió el ro- 
pero y los cajones de la mesa. 

-Mi mujer no podría hacer estas cosas. La conozco. Antes de irme quiero 
revisar todo. 

La luz del alba rayaba las persianas y los primeros pájaros cantaban débil- 
mente. Raúl Heredia se detuvo un instante y me dijo: 

-A esta hora uno comprende súbitamente todo lo que es definitivo. -En el 



marco de la puerta me enseñó el cielo blanco-: -Sólo embriagado o triste he 
visto el alba; sólo en fiestas, nacimientos o muertes, y ésta es la más 
amarga, la más infernal, la más injusta... 

Encontramos en el cajón de la mesa un cuaderno de tapas azules. La pri- 
mera página llevaba el título Mis sueños. Raúl Heredia hojeó melancólica- 
mente el cuaderno y me lo entregó. 

-No tengo el coraje de leer estas páginas. Me parecería un crimen, sin em- 
bargo, destruirlas. Armando era inteligente. ILo he conocido tan poco! Te 
las entregó a ti, porque eres mi mejor amigo. Podrás leerlas y descubrir tal 
vez en ellas qué motivos impulsaron a mi hijo a cometer este acto de locu- 
ra; ya ninguna explicación puede modificar nada. 

Tomé el cuaderno y volvimos a la sala donde temblaban las luces de los ci- 
rios. 

Muchos vecinos habían acudido al velorio. Las mujeres lloraban con ímpetu 
poético y elocuentemente hablaban de la muerte. 

Inútil sería relatar en todos sus detalles los tristes diálogos de aquella no- 
che, el viaje penoso en tren, la llegada a Constitución. 
Después del entierro en Buenos Aires, emprendí, con asombros sucesivos, 
la lectura del cuaderno. Durante algunos días permanecí aterrado. Pensé 
destruir las páginas: no he hallado, no he podido hallar solución al proble- 
ma. En vano busqué en la guía telefónica el nombre de Luis Maidana. Mien- 
tras tanto, traté de evitar los encuentros con mi amigo Heredia. ¿Si me ha- 
blaba del cuaderno? ¿Si me lo pedía? Sin éxito traté de frecuentar a otras 
personas de la familia para averiguar detalles sobre la vida del muchacho. 
Seis meses transcurrieron. Heredia fue un día a mi casa, a visitarme. En un 
tono jovial me anunció su próximo viaje a Europa. Me habló de sus hijos y, 
al mencionar a Armando, dijo: 

-Fue mejor que Dios se lo llevara; muchachos de esa clase no hacen nada 
bueno. Ya costó bastantes llantos a su madre. 

Aprovechando la oportunidad me atreví a comunicarle que el cuaderno que 
me había sido entregado seis meses antes no contenía relatos de sueños, ni 
había sido escrito por su hijo, sino por una persona llamada Luis Maidana. 
Mi noticia no asombró ni interesó demasiado a Heredia. Me miró con incre- 
dulidad. Me aseguró que su hijo no tenía ningún amigo de ese nombre. 
Estudiamos la escritura del cuaderno; confrontamos cuadernos del colegio y 
cartas que fueron escritas por él, presumíamos, en esa época: la letra era 
la misma. Averiguamos entre los amigos de Armando si existía o había exis- 
tido un Luis Maidana. Nadie lo conocía ni había oído hablar de él. Los case- 
ros de Los Cisnes afirmaron que nadie visitó a Armando en la estancia. Fi- 
nalmente tuve que aceptar lo increíble: los relatos contenidos en el cua- 
derno bajo el título Mis sueños habían sido escritos por Armando Heredia y 
no por Luis Maidana. 



¿Por qué, suponiendo que esos relatos fueran sueños, Armando fingía ser 
otro personaje? ¿Fingía o realmente soñaba que era otro, y se veía desde 
afuera? ¿Lo obsesionaba la idea de no tener sueños, como lo dice en una de 
las páginas del cuaderno? ¿Se sentía como un fantasma, se sentía como 
una hoja en blanco? ¿La obsesión fue tan poderosa que Armando terminó 
por inventar sus sueños? 

Cuando pensaba, tal vez creía Heredia que estaba soñando. De ahí proven- 
dría la extraña y alucinante ilación que hay en sus sueños: Armando Here- 
dia sufría desdoblamientos. Se veía de afuera como lo vería Luis Maidana, 
que era a la vez su amigo y su enemigo. "En la vigilia, vivimos en un mun- 
do común, pero en el sueño cada uno de nosotros penetra en un mundo 
propio." He podido comprobar que algunas personas, algunos objetos y 
acontecimientos que figuran con modificaciones en estos relatos existieron 
realmente; otros, como Luis Maidana y el doctor Tarcisio Fernández, no 
existen ni jamás existieron. 

Armando Heredia, al suicidarse, ¿creyó matar a Luis Maidana, como creyó 
matar en su infancia a un personaje imaginario? ¿En vez de tinta roja em- 
pleó su propia sangre para jugar con su enemigo? ¿Quiso, odió, asesinó a 
un ser imaginario? 

Heredia me pidió que me ocupara de la venta de su campo. Volví a Los Cis- 
nes por última vez. Vi algunos objetos que figuran en los relatos del cua- 
derno: los reconocí con desagradable sorpresa. Vi la canasta de porcelana, 
la mecedora alucinante, el paisaje pintado en la cabecera de la cama, el ti- 
gre y el jaguar del cuadro atribuido a Delacroix. En Cacharí conocí a María 
Gismondi (a quien interrogué infructuosamente). Nadie había oído hablar de 
Luis Maidana. 

Todavía siento un profundo malestar cuando pienso en este cuaderno. El 
misterio que envuelve sus páginas no ha sido totalmente aclarado para mí, 
ya que la muerte selló para siempre los labios del autor y actor, de la vícti- 
ma y del asesino de esta inverosímil historia. 

Si yo hubiera llegado a Los Cisnes el 26 o el 27 de febrero en lugar del 28, 
como quería hacerlo, hubiera salvado con el fantasma de Maidana a Ar- 
mando Heredia, pero tal vez hubiera perdido mi propia vida. Y si esto fuera 
una historia policial, yo habría sostenido, tal vez, una disputa con Armando; 
éste (como en la realidad) se habría suicidado y me acusaría criminalmente 
de su muerte. Las consecuencias de cualquier hecho son, en cierto modo, 
infinitas. 

A veces pienso que en un sueño he leído y he meditado este cuaderno, y 
que la locura de Heredia no me es ajena. 

No hay distinción en la faz de nuestras experiencias; algunas son vividas, 
otras opacas; algunas agradables, otras son una agonía para el recuerdo; 
pero no hay cómo saber cuáles fueron sueños y cuáles realidad. 



Fragmentos del libro invisible 



Cerca de las ruinas de Tegulet, en la Ciudad de los Lobos, antes de mi na- 
cimiento, hablé. Mi madre, encinta de ocho meses, me oyó decir una no- 
che: "Madre, quiero nacer en Debra Berham (Montaña de Luz). Llévame, 
pues allí podrás ser la madre de un pequeño profeta, y yo el hijo de esa 
madre. Cumpliendo mis órdenes te aseguras un cielo benévolo". 
De mi discurso prenatal conservo un recuerdo vago envuelto en brumas; 
una festividad de flores y de cánticos, a medida que pasa el tiempo lo ale- 
gra. 

El viaje era largo y peligroso, pero mi madre, que era ambiciosa, pintó sus 
ojos, untó de manteca su pelo, elevó su peinado como una colmena, y con 
todas sus pulseras -que le servían por las mañanas de espejos-, los pies 
desnudos y su mejor vestido, obedeció a mi voz. El sol del verano como una 
enorme hoguera abrasaba a los hombres. Ella lo atravesó sin perecer por- 
que me amaba. 

Los relatos de mi madre, que guardaba como una reliquia, el vestido hecho 
jirones por el viaje (además de una fiebre palúdica y una erupción en forma 
de rosas, sobre la dorada oscuridad de su piel), exigían mis explicaciones: 
"No fue por vanidad que te ordené un viaje tan penoso. Si no me hubieras 
oído hablar en tu seno antes de nacer, si no hubieras acudido a Debra Ber- 
ham, no hubieras sido mi madre: esto molestaba a tu alma y no a mi so- 
berbia. Tengo muchas cosas tuyas que juntar en este mundo para llevarlas 
al cielo". 

"Contemplar un árbol o una jirafa, respirar el olor de la lluvia o del fuego, 
oír las carcajadas de las hienas, mirar de frente el sol, en éxtasis la luna, no 
parecen cosas importantes: no sabremos nunca todo lo que hemos perdido 
o ganado en esos instantes de contemplación. Un mes antes de mi naci- 
miento, si no hubieras estado, en la noche, esperando los cantos del alba; 
si hubieras estado como tus hermanas, dormida, no hubieras escuchado mi 
voz en tus entrañas. Fuiste dócil al destino, fuiste atenta: de ese modo se 
logra la dicha." 

Mi caballo rojo espanta los reptiles cuando lo llevo al río a beber. 
Grutas, follajes intrincados, son mis guaridas en los días de tormenta, pues 
nunca duermo debajo de un techo. Me alimento de frutas, de yerbas y de 
raíces. Mi rostro, como los cielos del poniente y de la aurora, jamás se repi- 
te. 

No me conozco. Conozco a los otros, a los que me conocen. 

Algunos pastores dicen que soy un monstruo, con largo y sedoso pelo, otros 

que soy de una belleza deslumbrante y altiva. Dicen que mis ojos son de un 



azul profundo, de un verde desvaído, tan hundidos en las órbitas que no se 
pueden ver sino a ciertas horas. Dicen que mis pupilas sólo reflejan el ros- 
tro de los seres que connparten mi fervor y que los otros ven en ellas el me- 
ro reflejo de una calavera o de un mono. 
La mentira origina el miedo y el miedo la mentira. 

Conozco el lenguaje de los muertos, de las plantas abisinias, de las bestias 
y de los minerales. He compuesto dos libros, dos libros invisibles cuyas fra- 
ses imprimí únicamente en mi memoria, sin recurrir a la tinta, al papel y a 
la pluma. Desdeño esos groseros instrumentos que fijan, que desfiguran el 
pensamiento: esos enemigos de la metamorfosis y de la colaboración. 
El que se atreva a imprimir mis palabras las destruirá. El mundo no se reirá 
de mí sino de él. Mi libro, en caracteres impresos, se tornaría menos impor- 
tante que un puñado de polvo. 

El primero de mis libros, que se titula El Libro de la Oscuridad, lo comencé a 
los doce años. Ni en un árbol, ni en una piedra, ni en la tierra, donde a ve- 
ces dibujo, grabé uno solo de mis pensamientos. Al principio las frases se 
formaban en mi mente con dificultad, con lentitud. Una vez que se arraiga- 
ban en mi memoria las hacía repetir por mi madre, y, cuando fui mayor, 
por mis discípulos, que a veces se equivocaban. Estas equivocaciones toda- 
vía me deleitan: suelo modificar mi texto de acuerdo con ellas. 

La memoria es infinita, pero más infinita y caprichosa, como los senderos 
de un dédalo, es la invención que la modifica. Mis discípulos tratan de re- 
emplazar la memoria con la imaginación. 

El segundo libro, que actualmente compongo, y que contiene hacia el final 
mi autobiografía, se titula El Libro Invisible. Nunca compongo más de nueve 
frases por día, nunca menos de tres. Al principio necesitaba recurrir a los 
objetos y a los lugares inspiradores: si hablaba de una piedra tenía que te- 
nerla en mis manos mucho tiempo; si hablaba de una gruta, permanecía en 
su recinto varios días y varias noches contemplando los cambios de la luz 
según las horas; si hablaba del agua de un lago tenía que vivir en sus ori- 
llas; si hablaba de alguno de mis discípulos tenía que pasar largas horas 
con él, escuchando su voz, estudiando la estructura de sus frases, las for- 
mas de sus equivocaciones, la expresión de su dicha o de su tristeza. 
Creo en un número incalculable de dioses que moran en el sonido, en la 
forma, en el color, en la fragancia. 

Ninguna cosa es más importante que otra. 

Yo no deseaba asombrar a nadie, pero ciertas actitudes mías lograron el 
asombro. 



En vez de aspirar una flor, la acercaba a mi oído y, ante los trémulos discí- 
pulos, decía: "Puedo oír el corazón de esta flor como el vuestro. Ella clama 
por agua como vosotros por la gracia divina, y vuestra voz es pequeña co- 
mo la voz de esta flor. Dios tendría que acercarnos a su oído como yo acer- 
co esta flor al mío, pero no existe un dios que atienda a estas cosas". 
"En las flores hay una voz misteriosa y fina como la del violín que escuchó 
mi madre, en Persia, a los nueve años. ¿No la oyen ustedes? Las flores y 
todos los elementos que componen la naturaleza tienen voces sutiles. El 
espacio está tejido por estas voces. El silencio jamás es absoluto. En las no- 
ches más profundas oímos siempre un murmullo lejano, revelador de una 
suma de infinitesimales voces: todos los pensamientos que se formulan en 
el mundo vibran en esas voces. En una piedra podemos oír, si escuchamos 
con atención, el trayecto del tiempo; en el ruido de la lluvia podemos oír el 
diálogo vacilante de los primeros hombres; en ciertas plantas podemos oír a 
las mujeres de la antigüedad elaborar secretos; en el estruendo de las olas 
que se elevan en los mares podemos oír la aclaración de algunos hechos 
históricos; ciertas alondras nos traen anuncios del futuro más próximo. Si 
ustedes no se dignan oír estas voces ¿cómo podría un dios oír las vues- 
tras?" 

A veces en medio de nuestros diálogos instaba a mis discípulos a cerrar los 
ojos y a estudiar la oscuridad (éste era uno de nuestros ejercicios diarios). 
Era penoso al principio. Los ojos cerrados, las moradas de nuestros ojos ce- 
rrados eran mundos luminosos donde existían flores, pájaros, rostros, pai- 
sajes, objetos imprecisos. Mis discípulos tenían que describir estos mundos, 
uno por uno, detalladamente. Era difícil, casi imposible, precisarlos: se in- 
terponían imágenes indefinidamente variadas, y al final intervenía siempre 
el sueño. En El Libro de la Oscuridad aparecen más de mil láminas detalla- 
das, más de mil formas distintas, que me transmitieron mis discípulos y que 
yo mismo estudié en largas meditaciones. Todas tienen un significado. Tra- 
tábamos vanamente de hacer coincidir las formas que veíamos en cada una 
de nuestras oscuridades. 

Uno de mis discípulos descubrió en mi mano, al abrir los ojos, una hierba 
amarilla que nació en los dominios de la oscuridad. El sólo la había visto y 
la encontró en mi mano. Éste fue tal vez el milagro más involuntario que 
realicé en mi vida. ¿Por qué no elegí un rostro, o aquel jardín con grutas 
azules, o aquel océano incendiado, para trasladarlos a este mundo, en vez 
de aquella hierba minuciosa cuyo origen nadie conocerá? 

Esta planta se llama "Planta dorada". El viento llevará sus semillas al Monte 



del Líbano y a las sendas que conducen a Damasco. Florecerá en mayo y 
será invisible durante el día. La buscarán los alquimistas porque puede 
transmutar los metales. 

He vivido mucho; demasiado. Veré morir a mis discípulos. Un día penetraré 
en las regiones que se extienden más allá de la vida. Las visitaré antes de 
morir. Para eso he estudiado. 

Lebna, el menor de mis discípulos, era reservado y meditó su muerte con 
pudor. Era difícil advertir un cambio en él. Con la cabeza inclinada sobre el 
brazo izquierdo, como cuando descansaba boca abajo, yacía entre las hier- 
bas. No es cierto que ordené un breve silencio a los pájaros y que agrandé 
el tamaño de la primera estrella, en señal de duelo como algunas personas 
lo aseguran. 

"La puesta de sol no es más dolorosa que el alba: si no me afligió tu naci- 
miento por qué ha de afligirme tu muerte." lAh, qué vana me pareció mi 
voz sin el eco de la suya! Todas nuestras frases llevan un signo inicial de in- 
terrogación: la respuesta está en el oído que la escucha y no en las pala- 
bras que la contestan. Con dolor penetré en ese vacío templo del silencio. 

lAh, qué joven era yo entonces! Después de estas palabras designaré sólo 
la hora de aquel lugar desierto. Las horas son mansiones en lugares donde 
no hay edificios. Las horas son personas en lugares solitarios. El mediodía, 
como una torre, brillaba con cien espejos. El mediodía, como cien jóvenes, 
deslumbrantemente pesaroso, permanecía inmóvil. 

"A la hora en que nace la primera estrella vendrás a mi encuentro. Lebna, 
no me ocultes nada. No eres un adulto en el reino de los muertos; todavía 
eres un niño." Con estas palabras llamé a Lebna. 

Siguiendo la luz de la primera estrella llegó a las nieblas rosadas de este 
mundo. Se sentó a mi lado en el banco de la plaza desierta y me dijo: 
-Lo único terrible de la muerte es no saber cuándo uno muere. ¿Qué podría 
decirte ahora de mi trayecto, de mi viaje al otro mundo? Pasé por muchas 
puertas; algunas modestas, conmovedoras, otras con incrustaciones de oro 
y de piedras preciosas que me escandalizaron. Pasé por muchas puertas 
transparentes, como de hielo, en cuyas transparencias se veían ciertos co- 
lores que los mortales no alcanzan a ver; por muchas puertas altísimas, si- 
lenciosas, cubiertas de follajes, de frutos y de pájaros cuyas alas trémulas 
irradiaban luz en las maderas labradas. Pasé por muchas puertas horribles - 
algunas eran diminutas, algunas tenían una mano de hierro o de bronce, a 
un lado, o la cabeza de un león mordiendo un aro, en el centro- antes de 
hallar el otro mundo en un paisaje complicado, entre edificios y objetos he- 



terogéneos, entre camas, cuadros, armarios, arcos, estatuas, columnas, 
glorietas, miniaturas, látigos, Bistros, tabernáculos, aureolas, espadas, bal- 
daquines, linternas mágicas, barajas, astrolabios, cariátides, mapamundis. 
Lebna me hablaba con una naturalidad que parecía fingida. 
-Al principio creí que había llegado a una casa de remates, pero había jardi- 
nes y bosques y lagos. Es un lugar bello y a la vez horrible. Algunas cosas 
son idénticas a las que yo había imaginado después de oír tus palabras; 
otras seguramente se me hubieran ocurrido si hubiera meditado más tiem- 
po sobre la posible complejidad del cielo junto a ti; otras, no se me hubie- 
ran ocurrido nunca, porque te hubieran desagradado. Allí, todo lo que nos 
parecía de oro y no era de oro en el mundo, es de oro: por ejemplo, las re- 
tamas iluminadas por el sol, o el pelaje de algunos animales. Todo lo que 
nos parecía de plata, y no era de plata en el mundo, allí es de plata: por 
ejemplo, el follaje del cedro del Líbano, o el agua de un pantano en la no- 
che. Pero lo que es más maravilloso es la muchedumbre de objetos que hay 
y la música dulce que se escucha en sus recintos. 

-Qué parecido eres muerto, Lebna, a lo que eras cuando vivías -le respondí- 
. Te gustaban los objetos. Hacías colecciones de plumas de pájaros, de 
dientes de leche, de piedras que lustrabas con la palma de tu mano hasta 
que brillaban y que luego horadabas para hacer collares. Te deleitaba el 
canto de las ranas. 

-¿No habremos soñado que has muerto? Las cosas que me dices no me 
asombran. Las puertas que me describes me repugnan como me repugnan 
algunas de las puertas de las casas de la gente rica. Sabes que no tengo 
predilección por las puertas. He vivido siempre afuera. Las grutas y los fo- 
llajes donde me he guarecido no tienen puertas. En este mundo las cosas 
que te parecían bellas no me agradan. Sin embargo, no confío mucho en ti. 
Nunca fuiste observador. 

-Siempre me decías que no era observador. Para disimular mis mentiras 
muchas veces hablabas de mi imaginación. 

-En el cielo, si es que estoy en el cielo, no necesito ser observador -me de- 
cía Lebna-, no necesito mentir. Allí puede tocarse el fuego: esto no es una 
mentira. El interior de las llamas, que parece a veces el interior de una fru- 
ta al sol, puede probarse, el gusto que tiene es superior al gusto de la miel 
de las abejas más refinadas: esto no es mentira. Como se junta un ramo de 
flores, podría juntar un ramo de llamas, con las llamas más ardientes, ana- 
ranjadas, azules o violetas. 

-Las frutas adivinan los deseos de quienes las van a probar, tienen más o 
menos azúcar, son más o menos ácidas de acuerdo con cada paladar. Cam- 



bian también de forma para agradar a las personas que las miran. La pri- 
mavera es eterna en algunas regiones y hay ríos de leche, de miel y de lico- 
res cuyo gusto es inmaterial como el de las flores. Hay lámparas que pue- 
den iluminar diez mil jardines a la vez y que son pequeñas como luciérna- 
gas o como la piedra preciosa de un anillo. Hay grutas azules donde la sed 
no existe y mares obedientes donde cantan sirenas benignas en los bordes 
nacarados de las olas. La salud es variada como eran variadas en el mundo 
las enfermedades. La ausencia de dolores tiene distintos grados de agude- 
za. En los senderos de los jardines hay piedrecitas en cuyo fondo se en- 
cuentran diminutos jardines, millones de diferentes jardines; penetrar en 
ellos no es imposible. En cada gota de rocío hay otra noche en miniatura, 
con sus estrellas. Contemplar estas bellezas es un entretenimiento inagota- 
ble, pero también hay cosas horribles que no sabría describir sino muy len- 
tamente. Hay pájaros anaranjados, con seis patas y cuatro alas, sin cara, 
sin ojos. Hay un crisantemo grande como un imperio en cuyos pétalos mil 
hombres pueden pasearse. Los pensamientos vuelan como las mariposas. 
Hay lagos donde el agua es dura como una piedra transparente. Hay perros 
con caras de hombres y ovejas como árboles. Hay fuentes de donde mana 
un agua que no moja; árboles con plumas suaves. Hay casas de hielo con 
muebles de hielo. Hay soles pequeños como granos de azúcar pero más bri- 
llantes que el mismo sol. Hay un ajedrez de nácar con verdaderas reinas y 
un ruiseñor mecánico cuyas veinte mil canciones corresponden a cada una 
de sus veinte mil plumas. 

Descubrí veinte de las figuras de El Libro de la Oscuridad diseminadas. Ape- 
nas las reconocí, se perdían entre tantos objetos. Reconocí también unas 
plumas lustrosas como las que más codiciaba en este mundo, unas piedras 
horadadas, unos dientes de leche del color de la nieve. 

Oh, hermanos, reprimid los suspiros, no guardéis luto por los objetos perdi- 
dos ni por los hombres muertos. Que la hierba se seque, y que la flor caiga, 
pero que el pensamiento dure para siempre. 

Muchos muertos creerán que están en el cielo cuando llegan al infierno; es- 
to no sucede por obra de la misericordia divina ni por la perversidad de un 
demonio que colmándonos de lujo y de belleza física agota la pureza de 
nuestro espíritu: esto sucede porque está en la naturaleza del hombre equi- 
vocarse. 

En el invierno de una noche murió Nastasen, el primogénito de mis discípu- 
los. Follajes oscurecidos me anunciaron su muerte. Lo imaginé a la distan- 
cia, con el cabello ensangrentado y un tigre a sus pies. Encontramos su 
cuerpo flotando en la superficie de un lago donde solía bañarse a la luz de 



la luna, en verano. Un tigre lo había herido, en el lago; ya casi muerto in- 
tentó lavar sus heridas. 

A la hora más blanca del alba cuando rompen a cantar los pájaros, envuelto 
en las alas del viento, llamé a Nastasen. 

Siguiendo la luz del alba llegó a mi lado. Reclinados en el parapeto de un 
puente mirábamos el agua mientras hablábamos. Su voz tranquila y melo- 
diosa se elevaba como un rayo de luz entre las sombras. 
-Pasé por muchas puertas modestas, cubiertas de follajes o de marfil con 
rosas, o con incrustaciones de oro y de piedras preciosas, o transparentes, 
en cuyas transparencias se veían colores que los mortales no alcanzan a 
ver, o silenciosas y altísimas. 

De acuerdo con sus descripciones reconocí muchas de las puertas que me 
había mencionado Lebna en su narración, comprobé que otras eran nuevas, 
recién colocadas: en algunas me dijo que había sentido un olor fresco a pin- 
tura o a madera. Las basuras, los aljibes, los pisapapeles, las glorietas se 
habían acumulado. Había visto unas pulseras iguales a las de mi madre, 
unas pesadas rosas como las que regaba en su jardín. Había oído una her- 
mosa música, dulce y penetrante como la del violín de Persia en su recuer- 
do. 

Si Lebna y Nastasen están en el infierno trataré de merecer la misma suer- 
te. 

Estoy casi muerto, pero estoy pensando. Estaré muerto y seguiré pensan- 
do. El cielo o el infierno se compone de todos los objetos, sensaciones y 
pensamientos que los hombres tuvieron en la tierra. Esos objetos, esos 
pensamientos, esas sensaciones determinarán el porvenir de ese lugar infi- 
nito. 

Oh, trama suspendida en el espacio, tejido luminoso y abyecto, que unirá el 
presente al pasado y el pasado al futuro. ¿Dónde nació tu primer hilo? 
¿Somos el mero sueño de algún dios? ¿Somos una escala prismática? 

Lebna, Nastasen, Alda, Miguel, Aralia, mis discípulos, al ánfora de la sabidu- 
ría he acercado vanamente mis labios. ¡Qué amarga es su agua cristalina! 

Mi madre desapareció misteriosamente. No he de llamarla como a mis dis- 
cípulos, la visitaré; no le pediré que haga otro viaje. Ahora comprendo por 
qué sus pulseras, sus rosas y la música de su memoria se encuentran en el 
otro mundo. 



Tal vez volveremos a nacer y un día todo lo que pensemos o hagamos en la 
tierra alguien ya lo habrá hecho o pensado antes que nosotros. Entonces, 
sólo entonces, sabremos si ese lugar que nosotros los mortales hemos pre- 
parado es el cielo o el infierno. 

Tanto afán tuve en nacer en Debra Berham y ahora lo que llevo en mis ma- 
nos es un puñado de tierra, unas figuras de la oscuridad, una hierba, unas 
pulseras, unos frutos y unas flores. Con qué lentitud tan minuciosa tendré 
que esperar que los siglos renueven las palabras de mis libros y originen un 
nuevo caudal de objetos que perfeccionarán la felicidad o el dolor. 

Dios me verá como yo vi las imágenes en la oscuridad. No me distinguirá 
de las otras imágenes. Soy la continuación desesperada de mi libro, donde 
encerré a mis discípulos, a mi madre y a mí mismo. 

Soy Lebna, soy Nastasen, soy Alda, soy Miguel, soy Aralia, soy mi madre, 
soy el caballo que espanta a los reptiles, soy el agua del río, soy el tigre 
que devoró a Nastasen y el terror de la sangre, soy la oscuridad múltiple y 
luminosa de mis ojos cerrados. 

Autobiografía de Irene 

Ni a las iluminaciones del veinticinco de mayo, en Buenos Aires, con bombi- 
tas de luz en las fuentes y en los escudos, ni a las liquidaciones de las 
grandes tiendas con serpentinas verdes, ni al día de mi cumpleaños, ansié 
llegar con tanto fervor como a este momento de dicha sobrenatural. 
Desde mi infancia fui pálida como ahora, "tal vez un poco anémica", decía 
el médico, "pero sana, como todos los Andrade". Varias veces imaginé mi 
muerte en los espejos, con una rosa de papel en la mano. Hoy tengo esa 
rosa en la mano (estaba en un florero, junto a mi cama). Una rosa, un vano 
adorno con olor a trapo y con un nombre escrito en uno de sus pétalos. No 
necesito aspirarla, ni mirarla: sé que es la misma. Hoy estoy muñéndome 
con el mismo rostro que veía en los espejos de mi infancia. (Apenas he 
cambiado. Acumulaciones de cansancios, de llantos y de risas han madura- 
do, formado y deformado mi rostro.) Toda morada nueva me parecerá anti- 
gua y recordada. 

La improbable persona que lea estas páginas se preguntará para quién na- 
rro esta historia. Tal vez el temor de no morir me obligue a hacerlo. Tal vez 
sea para mí que la escribo: para volver a leerla, si por alguna maldición si- 
guiera viviendo. Necesito un testimonio. Me aflige sólo el temor de no mo- 
rir. En realidad pienso que lo único triste que hay en la muerte, en la idea 
de la muerte, es saber que no podrá ser recordada por la persona que ha 



muerto, sino, únicamente, y tristemente, por los que la vieron morir. 
Me llamo Irene Andrade. En esta casa amarilla, con balcones de fierro ne- 
gro, con hojas de bronce, brillantes, como de oro, a seis cuadras de la igle- 
sia y de la plaza de Las Flores, nací hace veinticinco años. Soy la mayor de 
cuatro hermanos turbulentos, de cuyos juegos participé en la infancia, con 
pasión. Mi abuelo materno era francés y murió en un naufragio que abrumó 
y oscureció de misterio sus ojos en un retrato al óleo, venerado por las visi- 
tas en las penumbras de la sala. Mi abuela materna nació en este mismo 
pueblo, unas horas después del incendio de la primera iglesia. Su madre, mi 
bisabuela, le había contado todos los pormenores del incendio que había 
apresurado su nacimiento. Ella nos trasmitió esos relatos. Nadie conoció 
mejor aquel incendio, su propio nacimiento, la plaza sembrada de alfalfa, la 
muerte de Serapio Rosas, la ejecución de dos reos en 1860, cerca del atrio 
de la iglesia antigua. Conozco a mis abuelos paternos por dos fotografías 
amarillentas, envueltas en una especie de bruma respetuosa. Más que es- 
posos, parecían hermanos, más que hermanos, mellizos; tenían los mismos 
labios finos, el mismo cabello crespo, las mismas manos ajenas, abandona- 
das sobre las faldas, la misma docilidad afectuosa. Mi padre, venerando la 
enseñanza que había recibido de ellos, cultivaba plantas: era suave con 
ellas como con sus hijos, les daba remedios y agua, las cubría con lonas en 
las noches frías, les daba nombres angelicales, y luego, "cuando eran gran- 
des", las vendía con pesar. Acariciaba las hojas como si fueran cabelleras 
de niño; creo que en sus últimos años les hablaba; por lo menos, fue la im- 
presión que tuve. Todo esto irritaba secretamente a mi madre; nunca me lo 
dijo, pero en el tono de su voz, cuando le oía decir a sus amigas "¡Ahí está 
Leonardo con sus plantas! ¡Las quiere más que a sus hijos!", yo adivinaba 
una impaciencia permanente y muda, una impaciencia de mujer celosa. Mi 
padre era un hombre de mediana estatura, de facciones hermosas y regula- 
res, de tez morena y pelo castaño, de barba casi rubia. De él, sin duda, ha- 
bré heredado la seriedad, la flexibilidad admirada de mi pelo, la bondad na- 
tural del corazón y la paciencia -esa paciencia que parecía casi un defecto, 
una sordera o un vicio-. Mi madre, en su juventud, fue bordadora: esa vida 
sedentaria dejó en ella un fondo como de agua estancada, algo turbio y a la 
vez tranquilo. Nadie se hamacaba con tanta elegancia en la mecedora, na- 
die manejaba los géneros con tanto fervor. Ahora, tendrá ya esa afectación 
perfecta que da la vejez. Yo sólo veo en ella su maternal blancura, la seve- 
ridad de sus ademanes y la voz: hay voces que se ven y que siguen reve- 
lando la expresión de un rostro cuando éste ha perdido su belleza. Gracias 
a esa voz puedo averiguar todavía si son azules sus ojos o si es alta su 
frente. De ella habré heredado la blancura de mi tez, la afición a la lectura o 
a las labores y cierta timidez orgullosa y antipática para aquellos que, aun 
siendo tímidos, pueden ser o parecer modestos. 



Sin alarde puedo decir que liasta los quince años, por lo menos, fui la pre- 
ferida de la casa por la prioridad de mis años y por ser mujer: circunstan- 
cias que no seducen a la mayor parte de los padres, que aman a los varo- 
nes y a los menores. 

Entre los recuerdos más vividos de mi infancia mencionaré: un perro lanu- 
do, blanco, llamado Jazmín; una virgen de diez centímetros de altura; el re- 
trato al óleo de mi abuelo materno, que ya he mencionado; y una enreda- 
dera con flores en forma de campanas, de color anaranjado, llamada Big- 
nonia o Clarín de Guerra. 

Vi al perro blanco en una especie de sueño y luego, con insistencia, en la 
vigilia. Con una soga lo ataba a las sillas, le daba agua y comida, lo acari- 
ciaba y lo castigaba, lo hacía ladrar y morder. Esta constancia que tuve con 
un perro imaginario, desdeñando otros juguetes modestos pero reales, ale- 
gró a mis padres. Recuerdo que me señalaban con orgullo, diciéndoles a las 
visitas: "Vean cómo sabe entretenerse con nada". Con frecuencia me pre- 
guntaban por el perro, me pedían que lo trajera a la sala o al comedor, a la 
hora de las comidas; yo obedecía con entusiasmo. Ellos fingían ver el perro 
que sólo yo veía; lo alababan o lo mortificaban, para alegrarme o afligirme. 
El día en que mis padres recibieron del Neuquén un perro lanudo, blanco, 
enviado por mi tío, nadie dudó que el perro se llamara Jazmín y que mi tío 
hubiera sido cómplice de mis juegos. Sin embargo mi tío estaba ausente 
desde hacía más de cinco años. Yo no le escribía (apenas sabía escribir). 
"Tu tío es adivino", recuerdo que me dijeron mis padres en el momento de 
mostrarme el perro: "lAquí está Jazmín!" Jazmín me reconoció sin asom- 
bro; lo besé. 

Como un triángulo celeste, con ribetes de oro, la Virgen fue formándose, 
adquiriendo volumen en las distancias de un cielo de junio. Hacía frío aquel 
año y los vidrios estaban empañados. Con mi pañuelo limpiaba, abría pe- 
queños rectángulos en los vidrios de las ventanas. En uno de esos rectán- 
gulos el sol iluminó un manto y una cara colorada, diminuta y redonda, in- 
forme, que al principio me pareció sacrilega. La belleza y la santidad eran 
dos virtudes, para mí, inseparables. Deploré que su rostro no fuera hermo- 
so. Lloré muchas noches tratando de modificarlo. Recuerdo que esta apari- 
ción me impresionó más que la del perro, porque en esa época yo tenía al- 
guna tendencia al misticismo. Las iglesias y los santos ejercían una fasci- 
nación sobre mi espíritu. Rezaba secretamente a la Virgen; le ofrendaba flo- 
res; en vasitos de licor, dulces que brillaban; espejitos; agua de Colonia. 
Encontré una caja de cartón apropiada para su tamaño; con cintas y corti- 
nas la transformé en altar. Al principio, al verme rezar, mi madre sonreía 
con satisfacción; después, la vehemencia de mi fervor la inquietó. Oí que le 
decía a mi padre, una noche, junto a mi cama, creyendo que yo dormía: 



"iNo vaya a volverse una santa! iPobrecita, ella que no nnolesta a nadie! 
¡Ella que es tan buena!" También se inquietó al ver la caja vacía frente a un 
cúmulo de flores silvestres y de velitas, pensando que mi fervor era el co- 
mienzo de una profanación. Quiso regalarme un San Antonio y una Santa 
Rosa, reliquias que habían pertenecido a su madre. No las acepté; dije que 
mi virgen estaba toda vestida de celeste y de oro. Indicándole con mis ma- 
nos el tamaño de la virgen, le expliqué tibiamente que su cara era roja y 
pequeña, tostada por el sol, sin dulzura, como la cara de una muñeca, pero 
expresiva como la de un ángel. 

Ese mismo verano, en el bazar donde se surtía mi madre, en el escaparate, 
apareció la virgen: era la Virgen de Luján. No dudé que mi madre la hubiera 
encargado para mí; tampoco me extrañó que hubiera acertado, con exacti- 
tud en el tamaño y en el color de la virgen, en la forma de su rostro. Re- 
cuerdo que se quejó del precio, porque estaba averiada. La trajo envuelta 
en un papel de diario. 

El retrato de mi abuelo, ese majestuoso adorno de la sala, cautivó mi aten- 
ción a los nueve años. Detrás de un cortinado rojo, junto al cual se desta- 
caba la efigie, descubrí un mundo aterrador y sombrío. Esos mundos agra- 
dan a veces a los niños. Grandes extensiones sonoras y oscuras, como de 
mármol verde, rotas, heladas, furiosas, altas, en partes como montañas, se 
estremecían. Junto a ese cuadro sentí frío y gusto a lágrimas en mis labios. 
En unos corredores de madera, mujeres con el pelo suelto, hombres afligi- 
dos, huían en actitudes inmóviles. Una mujer cubierta con una enorme ca- 
pa, un señor de quien nunca vi el rostro, llevaban de la mano a un niño con 
un caballito de madera en los brazos. En alguna parte llovía; una alta ban- 
dera flameaba al viento. Ese paisaje sin árboles, tan parecido al que podía 
ver a la caída de la tarde, en las últimas calles de este pueblo -tan parecido 
y a la vez tan distinto-, me perturbaba. En el sillón, sola, frente al retrato, 
me desmayé un día de verano. Mi madre contaba que al despertarme pedí 
agua, con los ojos cerrados; gracias a esa agua que ella me dio, y con la 
cual refrescó mi frente, me salvé de una muerte inesperadamente prematu- 
ra. 

En el patio de nuestra casa, por primera vez a fines de una primavera, vi la 
enredadera con flores anaranjadas. Cuando mi madre se sentaba a tejer o a 
bordar, yo retiraba las ramas (que sólo yo veía) para que no le estorbaran. 
Yo amaba el color anaranjado de sus pétalos, el nombre bélico (pues tenía 
la virtud de confundirse con las páginas de historia que estudiaba entonces) 
y el perfume tenue, como de lluvia, que se desprendía de sus hojas. Un día, 
mis hermanos, oyéndome pronunciar su nombre, comenzaron a hablar de 
San Martín y de los granaderos. En interminables tardes, los ademanes que 
yo hacía para retirar las ramas del rostro de mi madre, para que no le mo- 
lestaran, parecían dedicados a espantar esas moscas que se quedan agresi- 



vamente quietas en un lugar del espacio. Nadie previo la futura enredadera. 
Una inexplicable timidez me impidió hablar de ella, antes de su llegada. 
Mi padre plantó la enredadera en el mismo lugar del patio en donde yo ha- 
bía previsto su forma opulenta y su color. En el mismo lugar en donde se 
sentaba mi madre (por alguna razón, debido al sol, tal vez, mi madre no 
pudo sentarse en otro rincón del patio; por alguna razón, la misma, tal vez, 
la planta no pudo colocarse en otra parte). 

Yo era juiciosa y callada; no me alabo: estas virtudes subalternas originan a 
veces graves defectos. Por atonía o por vanidad, era más estudiosa que mis 
hermanos; ninguna lección me parecía nueva; me agradaba la quietud que 
permite el libro; me agradaba, sobre todo, el asombro que causaba mi ex- 
traordinaria facilidad para cualquier estudio. No todas mis amigas me que- 
rían, y mi compañera favorita era la soledad que me sonreía a la hora del 
recreo. Leía de noche, a la luz de una vela (mi madre me lo había prohibido 
porque era malo, no sólo para la vista, sino para la cabeza). Durante un 
tiempo estudié el piano. La maestra me llamaba "Irene la Afinada" y este 
sobrenombre, cuyo significado no entendí y que mis compañeras repitieron 
con ironía, me ofendió. Pensé que mi quietud, mi aparente melancolía, mi 
pálido rostro, habían inspirado el sobrenombre cruel: "La Finada". Hacer 
bromas con la muerte me pareció poco serio para una maestra; y un día, 
llorando, porque ya conocía mi equivocación y mi injusticia, inventé una ca- 
lumnia contra esa señorita que había querido alabarme. Nadie me creyó, 
pero ella, en la soledad de la sala, tomándome de la mano, me dijo una 
tarde: I Cómo puede usted repetir cosas tan íntimas, tan desdichadas!" No 
era un reproche: era el comienzo de una amistad. 

Hubiera podido ser feliz; lo fui hasta los quince años. La repentina muerte 
de mi padre determinó un cambio en mi vida. Mi infancia terminaba. Trata- 
ba de pintarme los labios y de usar tacos altos. En la estación los hombres 
me miraban, y tenía un pretendiente que me esperaba los domingos, a la 
salida de la iglesia. Era feliz, si es que existe la felicidad. Me complacía en 
ser grande, en ser hermosa, de una belleza que algunos de mis parientes 
reprobaban. 

Era feliz, pero la repentina muerte de mi padre, como dije anteriormente, 
determinó un cambio en mi vida. Cuando murió yo tenía preparado, desde 
hacía tres meses, el vestido de luto, los crespones; ya había llorado por él, 
en actitudes nobles, reclinada sobre la baranda del balcón. Ya había escrito 
la fecha de su muerte en una estampa; ya había visitado el cementerio. To- 
do esto se agravó a causa de la indiferencia que demostré después del en- 
tierro. En verdad, después de su muerte no pude recordarlo un solo día. Mi 
madre, bondadosa como era, nunca me lo perdonó. Aun hoy me mira con 



esa misma mirada rencorosa que despertó en mí, por primera vez, el deseo 
de morir. Aun lioy, después de tantos años, no olvida el anticipado vestido 
de luto, la fecha y el nombre escritos en una estampa, la visita inopinada al 
cementerio, mi indiferencia por esa muerte en el seno de una familia nume- 
rosa y afligida. Algunas personas me miraban con desconfianza. No podía 
reprimir mis lágrimas al oír ciertas frases sarcásticas y amargas, general- 
mente acompañadas de una guiñada. (Sólo entonces el olvido me pareció 
una dicha.) Se dijo que yo estaba poseída por el demonio; que había 
deseado la muerte de mi padre para usar un vestido de luto y un prendedor 
de azabache; que lo había envenenado para frecuentar sin restricciones los 
bailes y la estación. Me sentí culpable de haber desencadenado tanto odio a 
mi alrededor. Pasé largas noches de insomnio. Logré enfermarme pero no 
pude morir como lo había deseado. 

No se me había ocurrido que yo tuviera un don sobrenatural, pero cuando 
los seres dejaron de ser milagrosos para mí, me sentí milagrosa para ellos. 
Ni Jazmín, ni la virgen (que se había roto con sus recuerdos) existían. Me 
esperaba el porvenir austero: se alejaba la infancia. 

Me creí culpable de la muerte de mi padre. Lo había matado al imaginarlo 
muerto. Otras personas no tenían ese poder. 

Culpable y desdichada, me sentí capaz de infinitas felicidades futuras, que 
únicamente yo podía inventar. Tenía proyectos para ser feliz: mis visiones 
debían ser agradables; debía ser cuidadosa con mis pensamientos, tratar de 
evitar las ideas tristes, inventar un mundo afortunado. Era responsable de 
todo lo que sucedía. Trataba de eludir las imágenes de las sequías, de las 
inundaciones, de la pobreza, de las enfermedades de la gente de mi casa y 
de mis conocidos. 

Durante un tiempo ese método pareció eficaz. Muy pronto comprendí que 
mis propósitos eran tan vanos como pueriles. En la puerta de un almacén 
tuve que presenciar la pelea de dos hombres. No quise ver el cuchillo secre- 
to, no quise ver la sangre. La lucha parecía un abrazo desesperado. Se me 
antojó que la agonía de uno de ellos y el terror anhelante del otro eran la 
final reconciliación. Sin poder borrar un instante la imagen atroz, tuve que 
presenciar la nítida muerte, la sangre que a los pocos días se mezcló con la 
tierra de la calle. 

Traté de analizar el proceso, la forma en que se desarrollaban mis pensa- 
mientos. Mis previsiones eran involuntarias. No era difícil reconocerlas; se 
presentaban acompañadas de ciertos signos inconfundibles, siempre los 
mismos: una brisa leve, una brumosa cortina, una música que no puedo 
cantar, una puerta de madera labrada, una frialdad en las manos, una pe- 
queña estatua de bronce en un remoto jardín. Era inútil que tratara de evi- 
tar estas imágenes: en las heladas regiones del porvenir la realidad es im- 



periosa. 

Comprendí, entonces, que perder el don de recordar es una de las mayores 
desdichas, pues los acontecimientos, que pueden ser infinitos en el recuer- 
do de los seres normales, son brevísimos y casi inexistentes para quien los 
prevé y solamente los vive. El que no conoce su destino inventa y enriquece 
su vida con la esperanza de un porvenir que no sobreviene nunca: ese des- 
tino imaginado, anterior al verdadero, en cierto modo existe y es tan nece- 
sario como el otro. Las mentiras que dijeron mis amigas me parecieron a 
veces más ciertas que las verdades. He visto expresiones de beatitud en 
personas que vivían de esperanzas defraudadas. Creo que esa falta esencial 
de recuerdos, en mi caso, no provenía de una falta de memoria: creo que 
mi pensamiento, ocupado en adivinar el futuro, tan lleno de imágenes, no 
podía demorarse en el pasado. 

Asomada a los balcones, veía pasar con caras de hombres a los niños que 
iban al colegio. De ahí mi timidez ante los niños. Veía las futuras tardes con 
sus diálogos, sus nubes rosadas o lilas, sus nacimientos, sus terribles tor- 
mentas, las ambiciones, las crueldades ineludibles de los hombres con los 
hombres y con los animales. 

Ahora comprendo hasta qué punto los acontecimientos alcanzaron a ser 
como últimos recuerdos para mí. Con cuánta desventaja reemplazaron los 
recuerdos. Por ejemplo: si yo no tuviera que morir, esta rosa en mi mano, 
este momento, no me dejarían recuerdos, los habría perdido para siempre 
entre un tumulto de visiones de un destino futuro. 

Recatada en las sombras de los patios, en los zaguanes, en el atrio helado 
de la iglesia, reflexionaba con devoción. Trataba de apoderarme de los re- 
cuerdos de mis amigas, de mis hermanos, de mi madre (porque eran más 
extensos). Fue entonces que la visión conmovedora de una frente, luego, 
de unos ojos, luego, de un rostro, me acompañaron, me persiguieron, for- 
maron mi anhelo. Muchos días, muchas noches, tardó ese rostro en formar- 
se. Esto es verdad: tuve el deseo ardiente de ser una santa. Quise con 
vehemencia que ese rostro fuera el de Dios o el de un niño Jesús. En la 
iglesia, en las estampas, en los libros y en las medallas busqué aquel rostro 
adorable: no quise encontrarlo en otra parte, no quise que ese rostro fuera 
humano, ni actual, ni cierto. 

Pienso que a nadie le habrá costado tanto reconocer las amenazas del 
amor. iOh deslumhrados llantos de mi adolescencia! Sólo ahora puedo re- 
cordar el tenue y penetrante perfume de las rosas que Gabriel, mirándome 
en los ojos, me regalaba al salir del colegio. Esa presciencia hubiera durado 
toda una vida. En vano traté de postergar mi encuentro con Gabriel. Pre- 
veía ya la separación, la ausencia, el olvido. En vano traté de evitar las ho- 
ras, los senderos, los lugares propicios a su encuentro. Esa presciencia hu- 



biera podido durar toda una vida. Pero el destino puso en nnis nnanos las ro- 
sas y, ante mis ojos, sin asonnbro, al verdadero Gabriel. Inútiles fueron mis 
lágrimas. Inútilmente copié las rosas en papel, escribí nombres, fechas en 
los pétalos: una rosa podrá ser perpetuamente invisible en un rosal, frente 
a nuestra ventana, o en una mano enamorada que nos la ofrece; sólo el re- 
cuerdo la conservará intacta, con su perfume, su color y la devoción de las 
manos que la ofrecieron. 

Gabriel jugaba con mis hermanos, pero cuando yo aparecía con un libro o 
con mi bolsa de labores y me sentaba en una silla del patio, dejaba sus jue- 
gos para ofrecerme el homenaje de su silencio. Pocos niños fueron tan sa- 
gaces. Con pétalos de flores, con hojas, construía pequeños aeroplanos. 
Cazaba luciérnagas y murciélagos: los amaestraba. De tanto observar los 
movimientos de mis manos había aprendido a hacer labores. Bordaba sin 
ruborizarse: los arquitectos hacían planos de casas; él, cuando bordaba, 
hacía planos de jardines. Me amaba: en la noche, en el patio oscurecido de 
mi casa, yo sentía crecer, con la naturalidad de una planta, su amor invo- 
luntario. 

lAh, cómo esperé penetrar, sin saberlo, en el claustral recuerdo de esos 
momentos! Con qué anhelo, sin saberlo, esperé la muerte, única depositarla 
de mis recuerdos. Una fragancia hipnótica, un murmullo de eternas hojas, 
en los árboles, acude para guiarme por los senderos tan olvidados de aquel 
amor. A veces un acontecimiento que me parecía laberíntico, lento en desa- 
rrollarse, casi infinito, cabe en dos palabras. Mi nombre, escrito en tinta 
verde o con un alfiler, en su brazo, que ocupó seis meses de mi vida, ocupa 
ahora una sola frase. ¿Qué es estar enamorado? Durante años se lo pre- 
gunté a la maestra de piano y a mis amigas. ¿Qué es estar enamorado? Re- 
cordar, en la complicación de otros espacios, una palabra, una mirada; mul- 
tiplicarlas, dividirlas, transformarlas (como si nos desagradaran), comparar- 
las, sin tregua. ¿Qué es un rostro amado? Un rostro que nunca es el mismo, 
un rostro que se transforma infinitamente, un rostro que nos defrauda... 
Silencio de claustros y de rosas había en nuestro corazón. Nadie pudo adi- 
vinar el misterio que nos unía. Ni aquellos lápices de colores, ni las pastillas 
de goma, ni las flores que me regaló, nos delataron. Grababa mi nombre en 
los troncos de los árboles, con su cortaplumas, y durante las penitencias lo 
escribía con tiza, en la pared. 

-Cuando me muera le regalaré todos los días bombones y escribiré su nom- 
bre en todos los troncos de árboles del cielo -me dijo un día. 
-¿Cómo sabes que iremos al cielo? -le respondí-. ¿Cómo sabes que en el 
cielo hay árboles y cortaplumas? ¿Acaso Dios te permitirá recordarme? 
¿Acaso en el cielo te llamarás Gabriel y yo Irene? ¿Tendremos el mismo 
rostro y nos reconoceremos? 

-Tendremos el mismo rostro. Y si no lo tuviéramos, también nos reconoce- 



riamos. Aquel día de carnaval, cuando usted se vistió de estrella y hablaba 
con una voz de hielo la reconocí. Con los ojos cerrados, después la he visto 
muchas veces. 

-Me has visto cuando no estaba. Me has visto en tu imaginación. 

-La he visto cuando jugábamos a los heridos. Cuando yo era el herido y me 

vendaban los ojos, adivinaba su llegada. 

-Porque yo era la enfermera, y tenía que llegar. Veías por debajo de la ven- 
da: hacías trampa. Fuiste siempre tramposo. 

-Sin trampa la reconocería en el cielo. Disfrazada la reconocería, con los 
ojos vendados la vería llegar. 

-¿Entonces crees que no habrá diferencias entre este mundo y el cielo? 
-Nos faltará lo que aquí nos incomoda: parte de la familia, las horas de 
acostarse, algunas penitencias y los momentos en que no la veo. 

-Tal vez sea mejor el infierno que el cielo -me dijo otro día-, porque el in- 
fierno es más peligroso y me gusta sufrir por usted. Vivir entre llamas, por 
su culpa, salvarla continuamente de los demonios y del fuego, sería para mí 
una dicha. 

-¿Pero quieres morir en pecado mortal? 

-¿Por qué mortal y no inmortal? Nadie olvida a mi tío: cometió un pecado 
mortal y no le dieron la extremaunción. Mi madre me dijo: "Es un héroe; no 
escuches los comentarios de la gente". 

-¿Por qué piensas en la muerte? Generalmente los jóvenes evitan esas con- 
versaciones tristes y desfavorables -protesté un día-. Pareces un viejo en 
este momento. Mírate en un espejo. 
No había ningún espejo cerca. Se miró en mis ojos. 

-No parezco un viejo. Los viejos se peinan de otro modo. Pero soy grande 
ya, y conozco la muerte -me contestó-. La muerte se parece a la ausencia. 
El mes pasado, cuando mi madre me llevó por dos semanas al Azul, mi co- 
razón se detenía, y en mis venas, en lugar de sangre, tristemente sentí co- 
rrer un agua fría. Pronto tendré que irme más lejos y por un tiempo inde- 
terminado. Me reconforta imaginar algo más fácil: la muerte o la guerra. 

A veces mentía para conmoverme: 

-Estoy enfermo. Anoche me desmayé en la calle. 

Si le reprochaba sus mentiras, me contestaba: 

-Sólo se miente a la gente que uno quiere: la verdad induce a muchos erro- 
res. 

-Nunca me olvidaré de ti, Gabriel. -El día en que le dije esa frase, ya lo ha- 
bía olvidado-. 

Sin aflicciones, sin llantos, ya acostumbrada a su ausencia, me alejé de él. 



antes que se fuera. Un tren lo arrancó de mi lado. Otras visiones me sepa- 
raban ya de su rostro, otros amores; despedidas menos conmovedoras. A 
través de un vidrio, en la ventanilla del tren, vi su último rostro, enamorado 
y triste, borrado por las imágenes superpuestas de mi vida futura. 

No fue por falta de entretenimientos que mi vida se tornó melancólica. Al- 
guna vez confundí mi destino con el destino de la protagonista de una no- 
vela. Debo confesarlo: confundí la prevista cara de una lámina con una cara 
verdadera. Esperé algunos diálogos que después leí en un libro, en una ciu- 
dad desconocida, en el año 1890. No me asombraba la anticuada vestimen- 
ta de los personajes. "Cómo van a cambiar las modas", pensaba con indife- 
rencia. La figura de un rey, que no parecía un rey, porque sólo mostraba la 
cabeza en una lámina de un libro de historia, en las penumbras de otoño 
me dedicaba sus miradas afectuosas. Antes, los textos de los libros y sus 
personajes no se me habían aparecido como futuras realidades; es cierto 
que hasta entonces no había tenido la oportunidad de ver tantos libros. Los 
libros de uno de mis abuelos estaban relegados al último cuarto de la casa; 
atados con piolines, envueltos en telarañas, los vi cuando mi madre decidió 
venderlos. Durante varios días los revisamos pasándoles trapos y plumeros, 
pegándoles las hojas rotas. Yo leía en los momentos de soledad. 

Alejada de Gabriel, comprendí milagrosamente que sólo la muerte me haría 
recuperar su recuerdo. La tarde que no me perturbaran otras visiones, 
otras imágenes, otro porvenir, sería la tarde de mi muerte y yo sabía que la 
esperaría con esta rosa en la mano. Sabía que el mantel que iba a bordar 
durante meses, con margaritas celestes y nomeolvides rosados, con guir- 
naldas de glicinas amarillas y una glorieta entre palmas, se estrenaría en la 
noche de mi velorio. Sabía que ese mantel iba a ser alabado por las visitas 
que me habían hecho llorar diez años antes. Oí las voces, un coro de voces 
femeninas, repitiendo mi nombre, gastándolo con adjetivos tristes: "¡Pobre 
Irene, desdichada Irene!" y luego otros nombres que no eran de personas, 
nombres de masitas, nombres de plantas, proferidos con doliente admira- 
ción: 

"IQué deliciosas palmeras, qué magdalenas!" Pero con la misma tristeza, y 
con insistencia de salmo, el coro repetía: 
"iPobre Irene!" 

iOh esplendores falsos de la muerte! El sol ilumina el mismo mundo. Nada 
ha cambiado cuando todo ha cambiado para un solo ser. Moisés previó su 
muerte. ¿Quién era Moisés? Yo creía que nadie había previsto su propia 
muerte. Yo creía que Irene Andrade, esta modesta argentina, había sido el 
único ser en el mundo capaz de describir su muerte antes de su muerte. 



Viví esperando ese límite de vida que me acercaría al recuerdo. Tuve que 
tolerar infinitos momentos. Tuve que amar las mañanas como si fueran de- 
finitivas, tuve que amar algunas sombras de la plaza, en los ojos de Armin- 
do, tuve que enfermarme de fiebre tifus y hacerme cortar el pelo. Conocí a 
Teresa, a Benigno; conocí el Manantial de los Amores, el Centinela en Tan- 
dil. En Monte, en la estación, tomé té con leche, con mi madre, después de 
visitar a una señora que era maestra de labores y de tejidos. Frente al Hotel 
del Jardín vi la agonía de un caballo que parecía de barro (las moscas y un 
hombre con un látigo lo vejaban). No llegué nunca a Buenos Aires: una fa- 
talidad impidió ese proyectado viaje. No vi perfilarse el oscuro tren, en 
Constitución. Y no lo veré. Tendré que morir sin ver los jardines de Paler- 
mo, la plaza de Mayo iluminada y el teatro Colón con sus palcos y sus artis- 
tas desesperados cantando con una mano sobre el pecho. 
Contra un fondo melancólico de árboles consentí que me fotografiaran con 
un hermoso peinado alto, con los guantes puestos y un sombrero de paja 
adornado con guindas rojas, tan estropeadas que parecían naturales. 
Cumplí los últimos episodios de mi destino con lentitud. Confesaré que me 
equivoqué de modo extraño al prever mi fotografía: aunque la encontré pa- 
recida, no reconocí mi imagen. Me indigné contra esa mujer que, sin sobre- 
llevar mis imperfecciones, había usurpado mis ojos, la postura de mis ma- 
nos y el óvalo cuidadoso de mi cara. 

Para los que recuerdan, el tiempo no es demasiado largo. Para los que es- 
peran es inexorable. 

"En un pueblo todo se termina pronto. Ya no habrá casas ni personas nue- 
vas que conocer", pensaba para consolarme. "Aquí llega más pronto la 
muerte. Si hubiera nacido en Buenos Aires, interminable hubiera sido mi vi- 
da, interminables mis penas." 

Recuerdo la soledad de las tardes cuando me sentaba en la plaza. ¿Hería la 
luz mis ojos para que no fuera de tristeza que lloraba? "Tiene treinta años y 
todavía no se ha casado", decían algunas miradas. "¿Qué espera", decían 
otras, "sentada aquí en la plaza? ¿Por qué no trae sus labores? Nadie la 
quiere, ni sus hermanos. A los quince años mató a su padre. El diablo se 
apoderó de ella, quién sabe en qué forma." 

Estas pobres y monótonas previsiones del futuro me deprimieron, pero yo 
sabía que en esa región enrarecida de mi vida, ahí donde no había amor, ni 
rostros, ni objetos nuevos, donde ya nada sucedía, empezaba el final de mi 
tormento y el principio de mi dicha. Trémula me acercaba al pasado. 
Un frío de estatua se apoderó de mis manos. Un velo me separaba de las 
casas, me alejaba de las plantas y de las personas: sin embargo por prime- 
ra vez las veía dibujadas con claridad, con todos sus detalles, minuciosa- 
mente. 



Una tarde de enero, yo estaba sentada junto a la fuente de la plaza, en un 
banco. Recuerdo el calor sofocante del día y la frescura inusitada que trajo 
la puesta del sol. En alguna parte, seguramente había llovido. Tenía la ca- 
beza reclinada en mi mano; tenía en la mano un pañuelo: actitud melancó- 
lica, que a veces inspira el calor, y que en aquel momento parecía inspirada 
por la tristeza. Alguien se sentó a mi lado. Me habló una voz suave de mu- 
jer. Éste fue nuestro diálogo: 

-Perdone mi atrevimiento. Por falta de tiempo desdeño los preámbulos de la 
amistad. Yo no vivo en este pueblo; la casualidad me trae de vez en cuan- 
do. Aunque vuelva a sentarme en esta plaza, no es probable que nuestra 
entrevista se repita. Tal vez no vuelva a verla, ni en el balcón de una casa, 
ni en una tienda, ni en el andén de la estación, ni en la calle. 
-Me llamo Irene -repuse-, Irene Andrade. 
-¿Usted ha nacido aquí? 
-Sí, he nacido y moriré en el pueblo. 

-Nunca se me ocurrió la idea de morir en un lugar determinado, por triste o 
por encantador que fuera. Nunca pensé en mi muerte como cosa posible. 
-Yo no he elegido este pueblo para morir en él. El destino designa lugares y 
fechas, sin consultarnos. 

-El destino resuelve las cosas y no las participa. ¿Cómo sabe usted que va a 
morir en este pueblo? Usted es joven y no parece enferma. Uno piensa en 
la muerte cuando uno está triste. ¿Por qué está triste? 
-No estoy triste. No tengo miedo de morir y nunca me ha defraudado el 
destino. Éstas son mis últimas tardes, estas nubes rosadas serán las últi- 
mas, con sus formas de santos, de casas, de leones. Su cara será la última 
cara nueva; su voz, la última que oigo. 
-¿Qué le ha sucedido? 

-Nada me ha sucedido y felizmente pocas cosas han de sucederme. No ten- 
go curiosidades. No quiero conocer su nombre, no quiero mirarla: las cosas 
nuevas me perturban, retardan mi muerte. 
-¿Nunca ha sido feliz? ¿No son esperanzas ciertos recuerdos? 
-No tengo recuerdos. Los ángeles me traerán todos mis recuerdos el día de 
mi muerte. Los querubines me traerán las formas de los rostros. Me traerán 
todos los peinados y las cintas, todas las posturas de los brazos, las formas 
de las manos del pasado. Los serafines me traerán el sabor, la sonoridad y 
la fragancia, las flores regaladas, los paisajes. Los arcángeles me traerán 
los diálogos y las despedidas, la luz, el silencio conciliador, 
-ilrene, me parece que la conozco desde hace mucho tiempo! He visto su 
rostro en alguna parte, tal vez en una fotografía, con un peinado alto, con 
cintas de terciopelo y un sombrero con guindas. ¿No existe una fotografía 
suya, con un fondo melancólico de árboles? ¿Su padre no vendía plantas 



hace tiempo? ¿Por qué quiere morirse? No baje los ojos. ¿No admite la be- 
lleza del mundo? Usted desea morir porque en las despedidas todo se vuel- 
ve más definitivo y hermoso. 

-Para mí la muerte será una llegada y no una despedida. 
-Llegar no es tan agradable. Hay personas que ni al cielo llegarían con ale- 
gría. Hay que habituarse a los rostros, a los lugares más deseados. Hay que 
acostumbrarse a las voces, a los sueños, a la dulzura del campo. 
-A ningún lugar llegaría por primera vez. Yo reconozco todo. Hasta el cielo a 
veces me inspira temor. iEI temor de sus imágenes, el temor de reconocer- 
lo! 

-Irene Andrade, yo quisiera escribir su vida. 

-iAh! Si usted me ayudase a defraudar el destino no escribiendo mi vida, 
qué favor me haría. Pero la escribirá. Ya veo las páginas, la letra clara, y mi 
triste destino. Comenzará así: 

Ni a las iluminaciones del veinticinco de mayo, en Buenos Aires, con bombi- 
tas de luz en las fuentes y en los escudos, ni a las liquidaciones de las 
grandes tiendas con serpentinas verdes, ni al día de mi cumpleaños, ansié 
llegar con tanto fervor como a este momento de dicha sobrenatural. 
Desde mi infancia fui pálida como ahora... 

La liebre dorada 

En el seno de la tarde, el sol la iluminaba como un holocausto en las lámi- 
nas de la historia sagrada. Todas las liebres no son iguales, Jacinto, y no 
era su pelaje, créeme, lo que la distinguía de las otras liebres, no eran sus 
ojos de tártaro ni la forma caprichosa de sus orejas; era algo que iba mu- 
cho más allá de lo que nosotros los hombres llamamos personalidad. Las 
innumerables transmigraciones que había sufrido su alma le enseñaron a 
volverse invisible o visible en los momentos señalados para la complicidad 
con Dios o con algunos ángeles atrevidos. Durante cinco minutos, a medio- 
día, siempre hacía un alto en el mismo lugar del campo; con las orejas er- 
guidas escuchaba algo. 

El ruido ensordecedor de una catarata que ahuyenta los pájaros y el chispo- 
rroteo del incendio de un bosque, que aterra las bestias más temerarias, no 
hubieran dilatado tanto sus ojos; el antojadizo rumor del mundo que recor- 
daba, poblado de animales prehistóricos, de templos que parecían árboles 
resecos, de guerras cuyas metas los guerreros alcanzaban cuando las me- 
tas ya eran otras, la volvían más caprichosa y más sagaz. Un día se detuvo, 
como de costumbre, a la hora en que el sol cae a pique sobre los árboles, 
sin permitirles dar sombra, y oyó ladridos, no de un perro, sino de muchos, 
que corrían enloquecidos por el campo. 

De un salto seco, la liebre cruzó el camino y comenzó a correr; los perros 



corrieron detrás de ella confusamente. 

-¿Adonde vamos? -gritaba la liebre, con voz temblorosa, de relámpago. 
-Al fin de tu vida -gritaban los perros con voces de perros. 
Éste no es un cuento para niños, Jacinto; tal vez influida por Jorge Alberto 
Orellana, que tiene siete años y que siempre me reclama cuentos, cito las 
palabras de los perros y de la liebre, que lo seducen. Sabemos que una lie- 
bre puede ser cómplice de Dios y de los ángeles, si permanece muda, fren- 
te a interlocutores mudos. 

Los perros no eran malos, pero habían jurado alcanzar la liebre sólo para 
matarla. La liebre penetró en un bosque, donde las hojas crujían estrepito- 
samente; cruzó una pradera, donde el pasto se doblaba con suavidad; cru- 
zó un jardín, donde había cuatro estatuas de las estaciones, y un patio cu- 
bierto de flores, donde algunas personas, alrededor de una mesa, tomaban 
café. Las señoras dejaron las tazas, para ver la carrera desenfrenada que a 
su paso arrasaba con el mantel, con las naranjas, con los racimos de uvas, 
con las ciruelas, con las botellas de vino. El primer puesto lo ocupaba la lie- 
bre, ligera como una flecha; el segundo, el perro pila; el tercero, el danés 
negro; el cuarto, el atigrado grande; el quinto, el perro ovejero; el último, 
el lebrel. Cinco veces la jauría, corriendo detrás de la liebre, cruzó el patio y 
pisó las flores. En la segunda vuelta, la liebre ocupaba el segundo puesto, y 
el lebrel siempre el último. En la tercera vuelta, la liebre ocupaba el tercer 
puesto. La carrera siguió a través del patio; lo cruzó dos veces más, hasta 
que la liebre ocupó el último puesto. Los perros corrían con la lengua afuera 
y con los ojos entrecerrados. En ese momento empezaron a describir círcu- 
los, que se agrandaban o se achicaban a medida que aceleraban o dismi- 
nuían la marcha. El danés negro tuvo tiempo de levantar un alfajor o algo 
parecido, que conservó en su boca hasta el final de la carrera. 
La liebre les gritaba: 

-No corran tanto, no corran así. Estamos paseando. 

Pero ninguno la oía, porque su voz era como la voz del viento. 

Los perros corrieron tanto, que al fin cayeron exánimes, a punto de morir, 

con las lenguas afuera, como largos trapos rojos. La liebre, con su dulzura 

relampagueante, se acercó a ellos, llevando en el hocico trébol húmedo que 

puso sobre la frente de cada uno de los perros. Éstos volvieron en sí. 

-¿Quién nos puso agua fría en la frente? -preguntó el perro más grande-, y 

¿por qué no nos dio de beber? 

-¿Quién nos acarició con los bigotes? -dijo el perro más pequeño-. Creí que 
eran las moscas. 

-¿Quién nos lamió la oreja? -interrogó el perro más flaco, temblando. 
-¿Quién nos salvó la vida? -exclamó la liebre, mirando a todos lados. 
-Hay algo distinto -dijo el perro atigrado, mordiéndose minuciosamente una 
pata. 



-Parece que fuéramos más numerosos. 

-Será porque tenemos olor a liebre -dijo el perro pila rascándose la oreja-. 
No es la primera vez. 

La liebre estaba sentada entre sus enemigos. Había asumido una postura 
de perro. En algún momento, ella misma dudó de si era perro o liebre. 
-¿Quién será ese que nos mira? -preguntó el danés negro, moviendo una 
sola oreja. 

-Ninguno de nosotros -dijo el perro pila, bostezando. 

-Sea quien fuere, estoy demasiado cansado para mirarlo -suspiró el danés 
atigrado. 

De pronto se oyeron voces que llamaban: 
-Dragón, Sombra, Ayax, Lurón, Señor, Ayax. 

Los perros salieron corriendo y la liebre quedó un momento inmóvil, sola, 
en el medio del campo. Movió el hocico tres o cuatro veces, como hus- 
meando un objeto afrodisíaco. Dios o algo parecido a Dios la llamaba, y la 
liebre acaso revelando su inmortalidad, de un salto huyó. 

La continuación 

En los estantes del dormitorio encontrarás el libro de medicina, el pañuelo 
de seda y el dinero que me prestaste. No hables de mí con mi madre. No 
hables de mí con Hernán, no olvides que tiene doce años y que mi actitud lo 
ha impresionado mucho. Te regalo el cortapapel que está sobre la mesa de 
luz, junto al cenicero; lo dejé envuelto en un papel de diario. No te gustaba 
porque no te gustaban las cosas que no eran tuyas. Preferías tu cortaplu- 
mas. 

Me iré para siempre de este país. Mi conducta te habrá parecido extraña, 
aun absurda, y tal vez seguirá pareciéndote absurda después de esta expli- 
cación. No importa, nada me importa ahora. La fidelidad me ha dejado un 
hábito leve, cuyas últimas manifestaciones aparecen, por lo menos, en el 
deseo que tengo de explicarte en estas páginas muchas circunstancias difí- 
ciles de aclarar. Me siento como esos escolares holgazanes que no se esme- 
ran demasiado en escribir una composición sumamente abstrusa y cuyas 
faltas no serán perdonadas. Nunca te interesaste mucho por mis tareas li- 
terarias como yo no me interesé por tus tareas profesionales. Sabes muy 
bien lo que pienso de tus colegas, por honestos y abnegados que sean. Me 
asqueaban sus reuniones, sus diálogos obscenos. Me acusas de ser exigen- 
te. Admití que tuvieras cierta superioridad sobre ellos, por ejemplo, la de 
ser más sensible; sin embargo, tú sabes que ésa no era ni siquiera la míni- 
ma virtud a la cual aspiraba mi exigencia; que yo te considerara superior a 
esa gente tampoco debía halagarte. Mi modo de pensar te distanciaba de 
mí, como tu distracción en lo que atañe a la literatura, me distanciaba de ti. 



Aun de flores, aun de música hablábannos con rencor. ¿Recuerdas las lámi- 
nas del refectorio donde conocimos el nombre de las azaleas? ¿Recuerdas 
las Canciones Serias de Brahms?, ¿los Madrigales de Monteverdi? ¿Recuer- 
das todo lo que nos indujo a la discordia? Todo, hasta esa frase afectada 
que me dijiste un día en el Jardín Botánico: "No me gustan las flores. Ahora 
sé que nunca me gustaron". Las cosas de la vida que más me interesaban 
eran los problemas que no llegaba a desentrañar y que te parecían absur- 
dos: cómo había que escribir, en qué estilo, qué temas había que buscar. 
Nunca llegaba, desde luego, a un resultado satisfactorio; veía, en cambio, 
tu satisfacción ante el deber cumplido, lo que te daba a veces cierta digni- 
dad envidiable y efímera. Soportabas privaciones, molestias, pero eras más 
feliz que yo. Por lo menos tu alegría lo pregonaba cuando llegabas como un 
perro sediento a tomar agua. Yo vivía en la duda, en la insatisfacción. Salía 
de mi trabajo para esconderme en las páginas de un libro. Admiraba a los 
escritores más dispares, más antagónicos. Nada me parecía bastante elabo- 
rado, bastante fluido, bastante mágico; nada bastante ingenioso, ni bastan- 
te espontáneo; nada bastante riguroso, ni bastante libre. 
Conté a unos amigos un argumento que se me había ocurrido y por el ade- 
mán que hicieron supe que no los conmovía ni les interesaba. En cuanto 
empezaba a contarlo, el calor o el frío no los dejaba respirar, algunos tenían 
que atender un llamado telefónico, otros recordaban que habían perdido al- 
go importante. Apenas me escuchaban, apenas fingían escucharme. Peor 
que tu indiferencia me resultaba la indiferencia profesional de ellos. Con 
ellos tampoco me entendía. 

¿Cómo inventé ese argumento? ¿Por qué me cautivó tanto? No sabría decir- 
lo. Varias veces traté de empezar a escribir. Al principio me detenía la im- 
posibilidad de encontrar los nombres de los protagonistas. En el mes de 
enero, cuando Elena tuvo aquel desmayo y volvimos de la isla en la lancha, 
que providencialmente nos llevó hasta el club, empecé los primeros párra- 
fos. Te someteré la lectura de algunos de ellos. Comencé a escribir con en- 
tusiasmo, tanto entusiasmo que al final de la semana, cuando podíamos pa- 
sar los días como nos placía al aire libre, en vez de nadar o de remar con 
ustedes, me escondía detrás de las hojas, en el silencio en que me sumían 
los problemas literarios a los que estaba abocada mi vida. Ustedes, tú y 
Elena, me miraban con reticencia, pensando que la locura no me acechaba, 
sino que yo la acechaba para mortificar al prójimo. Entre las volutas de 
humo de tus cigarrillos me mirabas con odio, mientras acariciabas a un pe- 
rro porfiado que siempre te esperaba, que esperaba ser tuyo porque no te- 
nía amo. En lugar de mirarte o de mirar a Elena yo prefería estudiar el pai- 
saje. Varias veces me preguntaste si estaba dibujando, pues el movimiento 
de mi cabeza cuando yo escribía parecía el de un dibujante. Otras personas 
me lo habían dicho; me enfurecí porque me lo dijiste tú. Entre las volutas 



de humo de tus cigarrillos me mirabas con desdén, pero con desdén forza- 
do. No comprendo qué era lo que nos unía. Nada que no fuera desagrada- 
ble. Mi trabajo no te inspiraba ningún respeto: decías que había que traba- 
jar por el bien de la humanidad y que todas mis obras eran patrañas o mo- 
dos abyectos de "ganar dinero". Me sorprendía el tono de tu voz, tus voca- 
blos ramplones. Usabas las palabras sin discernimiento y con mucha candi- 
dez. Yo te perdonaba porque sabía que era una afectuosa manera de enfu- 
recerme. A veces pensaba que tenías razón. Muchas veces pienso que los 
demás tienen razón, aunque no la tengan. 

Como recordarás, fue en el mes de enero cuando empecé a escribir mi rela- 
to. Una noche, visualmente la más hermosa que existió para mí, esperamos 
tu cumpleaños hasta las cinco de la mañana, tendidos en el pasto del recreo 
del Delta. Vimos amanecer. Cuando me hablaste de tus problemas, yo ape- 
nas te escuchaba. Mentalmente componía mis frases y a veces las esbozaba 
en la libreta que Elena me había regalado. Porque me las señalabas, no mi- 
raba las estrellas que se hundían en el agua cuando pasaban los botes, ni la 
primera luz del alba, ni las nubes que, según decías, dibujaban un murcié- 
lago gigantesco. Buscaba la soledad. No admitía que dirigieras mi atención; 
quería descubrirlo todo por mi cuenta. Me fascinaba el abstracto placer de 
construir personajes, situaciones, lugares en mi mente, de acuerdo con los 
cánones efímeros que me había propuesto. Aquella escena, sin embargo, 
me sirvió de punto de partida para mi historia. Siempre me costó inventar 
paisajes y por ese motivo el que estaba viendo me sirvió de modelo. A esa 
misma hora, en un lugar parecido, Leonardo Moran comienza a escribir su 
despedida y refiere cómo concibió el proyecto de suicidarse. ¿Qué es lo que 
motiva su resolución? Nunca llegué a determinarlo, porque me parecía su- 
perfluo, fastidioso de escribir. Su mayor desventura es su estado de ánimo. 
Muchas cosas estorban a Moran, lo ligan a la vida. Para llegar a su fin tiene 
que lograr que los acontecimientos se barajen de modo que nada lo deten- 
ga, ningún afecto, ningún interés humano. Después de muchos papeles que 
se rompen, de objetos que se pierden, de afectos que se desechan, la vida 
se aligera. Las baldosas rojas del patio humedecidas por la lluvia ya no lo 
enternecen, y si lo enternecen será agradablemente. Los vidrios donde se 
refleja el cielo otoñal y las estatuas rotas ya no tienen el poder de conmo- 
verlo, y si lo conmueven será para entretenerlo. Las personas son como ci- 
fras y se distinguen unas de otras pintorescamente. Las fastidiosas predi- 
lecciones no existen ya en su corazón. 

Yo vivía dentro de mi personaje como un niño dentro de su madre: me ali- 
mentaba de él. Créeme, me importaba menos de mí que de él. Era más 
grave para mí lo que a él le sucedía que lo que a ti y a mí nos sucedía. 
Cuando caminaba por las calles pensaba encontrarme en cualquier esquina 
con Leonardo, no contigo. Su pelo, sus ojos, su modo de andar me enamo- 



raban. Al besarte imaginé sus labios y olvidé los tuyos. Si sus manos se pa- 
recían a las tuyas era sólo por el tacto; la forma era más perfecta, el color 
distinto, el anillo que llevaba era el que me hubiera gustado regalarte. Mis 
sueños, en vez de poblarse de imágenes, se poblaban de frases, frases que 
olvidaba en la vigilia. 

Leonardo Moran, después de perder su empleo, trata de destruir los últimos 
lazos sentimentales y pregunta a un retrato de Úrsula: ¿No tendré suficien- 
te valentía para complicar nuestro destino, enmarañarlo de tal modo que mi 
actitud te obligue a despreciarme, a rechazarme, a alejarte de mí? El retra- 
to contesta, su boca articula palabras que no me parecieron ridiculas. El 
tono falsamente sublime de mis frases o la impresión de haber cometido un 
plagio, me indujo a abandonar el relato. Tal vez la vida me requería con 
más insistencia. 

Cuando quería escribir, algo se interponía para impedírmelo. Úrsula y Leo- 
nardo se hundían en el olvido. La compra de un par de zapatos, el desorden 
de mis libros, mis amigos más lejanos, las cosas más nimias, me perturba- 
ban. La vida volvía a cautivar mi atención con su trivialidad mágica, con sus 
postergaciones, con sus afectos. Como si saliera de un sótano húmedo y 
oscuro volví al mundo. Yo quería explicarte que la luz me sorprendía: tanto 
me había alejado de ella. Yo quería explicarte que el espectáculo azul de un 
cielo con glicinas me dolía. 

Tuve momentos de felicidad, de fidelidad; no sé si coincidieron con los tu- 
yos. Pero la felicidad se volvió venenosa. Con usura, contaba lo que me da- 
bas y lo que yo te daba, queriendo siempre ganar en el cambio. Mi amor 
adquirió los síntomas de una locura. ¿Me afligí con razón porque realmente 
me engañaste? Esas cosas se saben cuando es demasiado tarde, cuando 
uno deja de ser uno mismo. Te amaba como si me pertenecieras, sin recor- 
dar que nadie pertenece a nadie, que poseer algo, cualquier cosa, es un 
vano padecimiento. Te quería únicamente para mí, como Leonardo Moran 
quería a Úrsula. Aborrecí la sangre celosa y exclusiva que corría por mis 
venas. Maldije la cara hermética de mi abuelo paterno, en el daguerrotipo, 
porque me pareció culpable de todos mis pecados, de todos mis errores. Te 
aborrecí porque me amabas normalmente, naturalmente, sin inquietudes, 
porque te fijabas en otras personas. Te pedí una suma de dinero, que sabía 
que no podías conseguir, para que algo prosaico rompiera el lirismo de 
nuestros diálogos; de igual modo te hubiera clavado un puñal o te hubiera 
quemado los párpados con un hierro candente mientras dormías, pues tu 
inocencia se asemejaba un poco al sueño y mi acto al crimen. Como si al- 
guien me hubiera hipnotizado, recuerdo que llegué a tu casa al final de una 
tarde de abril. Crucé el patio. Pensé que ninguno de mis actos dependía de 
mi voluntad. Por una de las puertas entreabiertas vi a tres hombres barbu- 



dos, frente a una mesa, escuchando la voz de un escribano que leía el texto 
de una escritura. La voz aflautada resonaba en los corredores. El escribano 
se parecía a Napoleón. Entré en tu cuarto. Acababas de vestirte. Te pedí el 
dinero, con una violencia que te sorprendió. Protesté por tu indiferencia. Te 
dije que alguna mezquindad quedaba en el fondo de tu alma falsamente 
generosa, si te ofendía tanto mi reproche. Al mover una silla rompiste invo- 
luntariamente el respaldo y reproché la violencia de tu actitud en el mo- 
mento más difícil de mi vida. Conseguí que en mis ojos brillaran lágrimas. 
Te dije que eran mis primeras lágrimas. Te hablé de mi juventud. Deploré 
que me llevaras tantos años. Sonreiste levemente, con esa levedad que 
tanto me agradaba. Me vi en tu espejo. Hacía frío, el frío me envejecía. Con 
el trozo de madera en la mano, te sentiste culpable. Querías saber para qué 
quería el dinero. Apreté los labios para expresarte mi aislamiento. Volví a 
mirarme en tu espejo, para asegurar mi presencia. Cuando salí de tu cuarto 
las plantas húmedas del patio nos anunciaron que la persona que las había 
regado seguramente nos había oído. Me reí de tus ojos circunspectos. Los 
vecinos, la opinión de tus vecinos te preocupaba. Todo lo achacabas a los 
deberes de tu profesión. En el largo corredor quisiste besarme y por prime- 
ra vez rehuí tu abrazo. 

Aquí citaré uno de los párrafos del relato que despertará tus recuerdos co- 
mo una fotografía malograda, de esas que se pierden o que se rompen o 
que se conservan si son de una persona muerta. Junto al embarcadero, un 
sauce dejaba caer sus ramas sobre el agua en que flotaban botellas, pesca- 
dos, frutas podridas. Úrsula me miraba con un rencor atónito. A través del 
humo de su cigarrillo sonreía con una ironía que yo, sin necesidad de mirar- 
la, adivinaba, porque la conocía demasiado. Las casas de la costa opuesta 
tenían las persianas cerradas. Ursula me dijo que mirara las estrellas que se 
hundían en el agua cuando cruzaba una lancha. Hacía frío. Los grillos se- 
guían con su canto el dibujo del agua. Qué fácil me parecía morir en ese 
instante; ser de mármol, de piedra, como la que sentía bajo mis pies des- 
nudos. Qué fácil, mientras olvidaba los lazos que me unían a ciertas perso- 
nas. 

-Somos un compendio de contradicciones, de afectos, de amigos, de malen- 
tendidos -me decía Elena. Sin duda, pensando en mí agregaba: 
-Somos monstruos. Cuando estoy contigo soy distinta, muy distinta de 
cuando estoy con Amalia o con Diego. Somos también lo que hacen de no- 
sotras las personas. No queremos a las personas por lo que son, sino por lo 
que nos obligan a ser. 

Frecuentemente, con la esperanza de parecer más cruel, repetía las mismas 
frases con variantes confusas. Yo empezaba a tener por ella el sentimiento 
más difícil de controlar: el odio mezclado a una leve compasión. La compa- 
decía porque te quería del mismo modo que yo. Muy pronto me irritaron la 



indiferencia y la dulzura aparente con que respondía a tus lamentos, a tus 
mentiras. Ella acumulaba rencores, rencores que la rodeaban como los ga- 
tos horribles que adoraba. Era fácil llegar a ese estado, tolerando silencio- 
samente mi conducta. Nadie destruyó con más firmeza un afecto. Nadie fue 
tan dócil como Elena a un distanciamiento, ni siquiera tú. Creo que se vin- 
culó realmente a ti cuando empezó a odiarme; así lo sospecho ahora. Hasta 
ese momento todo había sido un juego. Yo facilitaba los encuentros de us- 
tedes. Los dejaba siempre solos, en el dramático final de nuestras disputas. 
Tenía que despojarme de todo lo que enriquecía mi vida, para llegar impu- 
nemente, naturalmente, al suicidio. Quedaban siempre muchas cosas y 
siempre me parecía muy valioso lo único, lo último que me quedaba. Algún 
cariño me ligaba a Elena: el amor como el odio no es siempre perfecto. Con 
ella fui más implacable que contigo. En su casa, en un diálogo furtivo, reve- 
lé a su familia sus más íntimos secretos. Me reí de sus rubores, humillándo- 
la. Despojada de esos secretos apenas existía. Con frialdad escuché sus in- 
sultos y no contesté a la carta que me envió pidiéndome explicaciones. Me 
cubrí de vergüenza. Provoqué palabras vulgares en los labios de mi padre, 
palabras que no me perdono; de ellas deduje que prefería verme en la 
tumba, con un epitafio pérfido deplorando mi prematura muerte. Había 
perdido mi empleo, malogrado mis estudios, vendido algunos de sus mejo- 
res libros, por eso me maldijo. No te contaré las peripecias que tuve con las 
cuestiones de mi empleo. Ya te llegarán los rumores. Mucha gente dejó de 
saludarme. L. S. no quiso recibirme en su casa. 

Durante tres días me encerré en mi cuarto. Nadie me vio, nadie intentó 
verme. Ya llegaba el momento de mi liberación. Impunemente podía qui- 
tarme la vida. Cuando Hernán entró en mi cuarto, por un instante pensé 
que todo el plan se derrumbaba. Dos veces, tímidamente, llamó a mi puer- 
ta. Me traía un cartucho de bombones. Frente a mi mesa, me perdí en la 
lectura casual de un libro y no levanté los ojos hasta que pronunció mi 
nombre, extendiendo la mano con los dedos manchados de tinta. Mirando 
las manos donde se concentraba siempre su vergüenza, le dije que no me 
molestara. Protestó y, al ver mi impavidez, retrocedió unos pasos; él estaba 
a punto de llorar; reí, reí diabólicamente, con la risa que a un niño puede 
parecerle diabólica. Me preguntó por qué me reía y le contesté que me reía 
de él, de sus manos. Tiró el cartucho al suelo; sus ojos parecieron encen- 
derse, balbuceó una palabra que no entendí. 
-¿Vas a llorar? -le pregunté-. Sería aún más gracioso. 

Ya me odiaba para siempre. Con la cara muy pálida salió del cuarto. Cerró 
la puerta. 

Salí de casa. El desprecio, no el odio, pesaba sobre mí, purificaba mi reso- 
lución. Cuando llegué a la calle, una gran tranquilidad me invadió. Me senté 
en el banco de una plaza. Saqué algunos papeles de mi bolsillo, los leí: Vi 



un mundo claro, nuevo, un mundo donde no tenía que perder nada, salvo el 
deseo del suicidio que ya me había abandonado. No volverás a verme. En- 
contrarás mi anillo en el fondo de este sobre y esa maldita medallita con un 
trébol que ya no tiene ningún significado para mí. Eras todo, lo que más 
amé en el mundo, Úrsula, y no sé qué otras personas, qué otras cosas po- 
dré amar ahora que el mundo ha llegado a ser para mí lo que nunca fue ni 
pensé que sería: algo infinitamente precioso. No sé si la frase final de mi 
relato, que por un capricho ya había escrito antes de terminar sus primeras 
páginas, corresponderá también a la parte final de mi vida: A veces morir 
es simplemente irse de un lugar, abandonar a todas las personas y las cos- 
tumbres que uno quiere. Por ese motivo el exiliado que no desea morir su- 
fre, pero el exiliado que busca la muerte, encuentra lo que antes no había 
conocido: la ausencia del dolor en un mundo ajeno. 

Después de copiar algunos párrafos rompí las hojas. No sé si al romperlas, 
rompí un maleficio. Que tú no te llames Úrsula, que yo no me llame Leo- 
nardo Moran, aún hoy me parece increíble "porque el que ve ha de ser se- 
mejante a la cosa vista, antes de ponerse a contemplarla". Al abandonar mi 
relato, hace algunos meses, no volví al mundo que había dejado, sino a 
otro, que era la continuación de mi argumento (un argumento, lleno de va- 
cilaciones, que sigo corrigiendo dentro de mi vida). Si no he muerto, no me 
busques y si muero tampoco: nunca me gustó que miraras mi cara mien- 
tras dormía. 

El mal 

Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén 
que su vecino estaba agonizando. Ese vecino perverso no sólo le había ro- 
bado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar 
de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pin- 
tadas flores y figuras de querubes. Esta circunstancia oscureció la alegría de 
Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraí- 
so. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le 
daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tar- 
de y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún 
reloj le anunciara la hora. Cuando estaba sano solía comer con tanta rapi- 
dez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la di- 
ferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. 
Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gri- 
tos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles, de los 
coches de caballos que pasaban. Cuando sentía necesidad de orinar tocaba 
el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura de estatua, tra- 
yendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia y esa misma mu- 



jer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas o lo pinchaba con 
una aguja como si cosiera un género precioso. Una caja de música no era 
tan musical, el pecho de una santa o de un ángel tan buenos como la al- 
mohada donde recostaba la cabeza. Cosquilieos agradables le corrían por la 
nuca, bajaban por la columna vertebral a las rodillas. Pensaba: era la pri- 
mera vez que podía pensar: "Qué precio tiene un cuerpo. Vivimos como si 
no valiera nada, imponiéndole sacrificios hasta que revienta. La enfermedad 
es una lección de anatomía". Soñaba: era la primera vez que podía soñar. 
Juegos de billar, una pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, 
mujeres que le sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleita- 
ban. 

En sus delirios tenía presciencias del futuro; las visitas de los domingos, 
que se enteraron de su don, acudían al hospital para acercarse a su cama y 
oír las predicciones. 

Advirtió que los biombos no rodeaban la cama del vecino, sino la suya, y 
quedó complacido. 

Los pies ya no le dolían de tanto caminar, ni la cintura de tanto estar aga- 
chado, ni el estómago de pasar tanta hambre. Divisaba el patio con palme- 
ras y palomas, en cada ventanal. El tiempo no pasaba porque la felicidad es 
eterna. 

Los médicos dijeron que iban a salvarlo. Retiraron los biombos con flores y 
querubes. A su juicio, los médicos eran bribones. Saben dónde se aloja la 
enfermedad y la manejan a su gusto. El organismo tal vez oye los diálogos 
que rodean la cama de un enfermo. Efrén tuvo pesadillas por culpa de esos 
diálogos. 

Soñó que para ir al trabajo tomaba un colectivo y después de sentarse ad- 
vertía que el colectivo no tenía ruedas, que bajaba del colectivo y tomaba 
otro que no tenía motor y así sucesivamente hasta que se hacía de noche. 
Soñó que estaba en la peletería, cosiendo pieles; las pieles se movían, gru- 
ñían. Al cabo de un rato, en el cuarto donde trabajaba, varias fieras, con 
aliento inmundo, le mordían los tobillos y las manos. Al cabo de un rato, las 
fieras hablaban entre ellas. Él no entendía lo que decían porque hablaban 
en un extraño idioma. Comprendía finalmente que iban a devorarlo. 
Soñó que tenía hambre. No había nada que comer; entonces sacaba del 
bolsillo un trozo de pan tan viejo que no podía morderlo con los dientes; lo 
remojaba en agua, pero continuaba igual; finalmente, cuando lo mordía, 
sus dientes quedaban dentro del único pan que había conseguido para ali- 
mentarse. El camino hacia la salud, hacia la vida, era ése. 
El organismo de Efrén, que era fuerte y astuto, buscó un lugar en sus en- 
trañas para esconder el mal. Ese mal era una fortuna: con subterfugios, en- 
contró manera de conservarlo el mayor tiempo posible. De ese modo Efrén 
durante unos días, con el sentimiento de culpa que inspira siempre el enga- 



ño, volvió a ser feliz. La hermana de caridad le hablaba de sus hijos y de su 
mujer, inútilmente. Para él, ellos estaban dentro de la libreta del pan o de 
la carne. Tenían precio. Costaban cada día más. 

Sudó, se agachó, sufrió, lloró, caminó leguas y leguas para conseguir la 
tranquilidad que ahora querían arrebatarle. 

El vástago 

Hasta en la manía de poner sobrenombres a las personas, Ángel Arturo se 
parece a Labuelo; fue él quien bautizó a este último y al gato, con el mismo 
nombre. Es una satisfacción pensar que Labuelo sufrió en carne propia lo 
que sufrieron otros por culpa de él. A mí me puso Tacho, a mi hermano 
Pingo y a mi cuñada Chica, para humillarla, pero Ángel Arturo lo marcó a él 
para siempre con el nombre de Labuelo. Este de algún modo proyectó sobre 
el vástago inocente, rasgos, muecas, personalidad: fue la última y la más 
perfecta de sus venganzas. 

En la casa de la calle Tacuarí vivíamos mi hermano y yo, hasta que fuimos 
mayores, en una sola habitación. La casa era enorme, pero no convenía que 
ocupáramos, según opinaba Labuelo, distintos dormitorios. Teníamos que 
estar incómodos, para ser hombres. Mi cama, detalle inexplicable, estaba 
arrimada al ropero. Asimismo nuestra habitación, se transformaba, los días 
de semana, en taller de costura de una gitana que reformaba, para noso- 
tros, camisas deformes, y los domingos en depósito de empanadas y paste- 
litos (que la cocinera, por orden de Labuelo, no nos permitía probar) para 
regalos destinados a dos o tres señoras del vecindario. 
Para mal de mis pecados, yo era zurdo. Cuando en la mano izquierda to- 
maba el lápiz para escribir, o empuñaba el cuchillo, a la hora de las comi- 
das, para cortar carne, Labuelo me daba una bofetada y me mandaba a la 
cama sin comer. Llegué a perder dos dientes a fuerza de golpes y, por esa 
penitencia, a debilitarme tanto, que en verano, con abrigos de invierno, 
temblaba de frío. Para curarme, Labuelo me dejó pasar toda una noche bajo 
la lluvia, en camisón, descalzo sobre las baldosas. Si no he muerto, es por- 
que Dios es grande o porque somos más fuertes de lo que creemos. 
Sólo después del casamiento de Arturo (mi hermano), ocupamos, él y yo, 
diferentes habitaciones. Por una ironía de la suerte lograba con mi desdicha 
lo que tanto había esperado: un cuarto propio. Arturo ocupó una habitación, 
en los fondos más inhospitalarios de la casa, con su mujer (se me hiela la 
sangre cuando lo digo, como si no me hubiera habituado) y yo, otra, que 
daba, con sus balcones de estuco y de mármol, a la calle. Por razones mis- 
teriosas, no se podía entrar en un cuarto de baño que estaba junto a mi 
dormitorio; en consecuencia, yo tenía que atravesar, para ir al baño, dos 
patios. Por culpa de esas manías, para no helarme de frío en invierno o pa- 



ra no pasar junto a la habitación de mi liermano casado, orinando o jabo- 
nándome las orejas, las manos o los pies debajo del grifo, quemé dos plan- 
tas de jazmines que nadie regaba, salvo yo. 

Pero volveré a recordar mi infancia, que si no fue alegre, fue menos som- 
bría que mi pubertad. Durante mucho tiempo creyeron que Labuelo era por- 
tero de la casa. A los siete años yo mismo lo creía. En una entrada lujosa, 
con puerta cancel, donde brillaban vidrios azules como zafiros y rojos como 
rubíes, un hombre, sentado en una silla de Viena, leyendo siempre algún 
diario, en mangas de camisa y pantalón de fantasía raído, no podía ser sino 
el portero. Labuelo vivía sentado en aquel zaguán, para impedirnos salir o 
para fiscalizar el motivo de nuestras salidas. Lo peor de todo es que dormía 
con los ojos abiertos: aun roncando, sumido en el más profundo de los sue- 
ños, veía lo que hacíamos o lo que hacían las moscas, a su alrededor. Bur- 
larlo era difícil, por no decir imposible. A veces nos escapábamos por el bal- 
cón. Un día mi hermano recogió un perro perdido, y para no afrontar res- 
ponsabilidades, me lo regaló. Lo escondimos detrás del ropero. Sus ladridos 
pronto me delataron. Labuelo, de un balazo, le reventó la cabeza, para pro- 
bar su puntería y mi debilidad. No contento con este acto me obligó a pasar 
la lengua por el sitio donde el perro había dormido. 
-Los perros en la perrera, en las jaulas o en el otro mundo -solía decir. 
Sin embargo, en el campo, cuando salía a caballo, una jauría que manejaba 
a puntapiés o a rebencazos, iba a la zaga. Otro día, al saltar del balcón a la 
acera durante la siesta, me recalqué un tobillo. Labuelo me divisó desde su 
puesto. No dijo nada, pero a la hora de la cena, me hizo subir por la escale- 
ra de mano que comunicaba con la azotea, para acarrear ladrillos amonto- 
nados, hasta que me desmayé. ¿Para qué amontonaba ladrillos? 
La riqueza de nuestra familia no se advertía sino en detalles incongruentes: 
en bóvedas, con columnas de mármol y estatuas, en bodegas bien surtidas, 
en legados que iban pasando de generación en generación, en álbumes de 
cuero repujado,., con retratos célebres de familia; en un sinfín de sirvien- 
tes, todos jubilados, que traían, de cuando en cuando, huevos frescos, na- 
ranjas, pollos o junquillos, de regalo, y en el campo de Azul, cuyos potreros 
adornaban, en fotografías, las paredes del último patio, donde había siem- 
pre jaulas con gallinas, canarios, que nosotros teníamos que cuidar y mesas 
de hierro con plantas de hojas amarillas, que siempre estaban a punto de 
morir, como diciendo, mírame y no me toques. 

Cuando quise estudiar francés, Labuelo me quemó los libros, porque para él 
todo libro francés era indecente. 

A mi hermano y a mí no nos gustaban los trabajos de campo. A los quince 
años tuvimos que abandonar la ciudad para enterrarnos en aquella estancia 
de Azul. Labuelo nos hizo trabajar a la par de los peones, cosa que hubiera 
resultado divertida si no fuera que se ensañaba en castigarnos porque éra- 



mos ignorantes o torpes para cumplir los trabajos. 

Nunca tuvimos un traje nuevo: si lo teníamos era de las liquidaciones de las 
peores tiendas: nos quedaba ajustado o demasiado grande y era de ese co- 
lor café con leche que nos deprimía tanto; había que usar los zapatos viejos 
de Labuelo, que eran ya para la basura, con la punta rellena de papel. To- 
mar café no nos permitían. ¿Fumar? Podíamos hacerlo en el cuarto de baño, 
encerrados con llave, hasta que Labuelo nos sacó la llave. ¿Mujeres? Con- 
seguíamos siempre las peores y, en el mejor de los casos, podíamos estar 
con ellas cinco minutos. Bailes, teatros, diversiones, amigos, todo estaba 
vedado. Nadie podrá creerlo: jamás fui a un corso de carnaval ni tuve una 
careta en las manos. Vivíamos, en Buenos Aires, como en un claustro, bal- 
deando patios, fregando pisos dos veces por día; en la estancia, como en 
un desierto, sin agua para bañarnos y sin luz para estudiar, comiendo carne 
de oveja, galleta y nada más. 

-Si tiene tantos dientes sin caries es de no comer dulces -opinaba la gitana 
que no tenía ninguno. 

Labuelo no quería que nos casáramos y de haberlo permitido nuestra ves- 
timenta hubiera sido un serio impedimento para ello. Enfermó de ira por no 
poder adivinar nuestros secretos de muchachos. ¿Quién no tiene novia en 
aquella edad? Labuelo se escondió debajo de mi cama para oírnos hablar a 
mi hermano y a mí, una noche. Hablábamos de Leticia. ¿La sordera o la 
maldad le hizo pensar que ella era la amante de mi hermano? Nunca lo sa- 
bré. Al moverse, para no ser visto, se le enganchó parte de la barba a una 
bisagra del armario donde tenía apoyada la cabeza, y dio un gruñido que en 
aquel momento de intimidad nos dejó aterrados. Al ver que estaba a cuatro 
patas, como un animal cualquiera, no le perdí el miedo, pero sí el respeto, 
para siempre. 

Amenazado por el juez y por los padres de Leticia que había quedado em- 
barazada, en una de nuestras más inolvidables excursiones a Palermo, en 
bañadera, mi hermano tuvo que casarse. Nadie quiso escuchar razones. Por 
un extraño azar, Leticia no confesó que yo era el padre del hijo que iba a 
nacer. Quedé soltero. Sufrí ese atropello como una de las tantas fatalidades 
de mi vida. ¿Llegó a parecerme natural que Leticia durmiera con mi her- 
mano? De ningún modo natural, pero sí obligatorio e inevitable. 
En los primeros tiempos de mi desventura, le dejaba cartas encendidas de- 
bajo del felpudo de la puerta o esperaba que saliera de su cuarto para diri- 
girle dos o tres palabras, pero el terror de ser descubierto y Ángel Arturo 
que nos espiaba, paralizaron mis ímpetus. 

Cuando Ángel Arturo nació, oh vanas ilusiones, creíamos que todo iba a 
cambiar. Como carecía de barbas y anteojos, no advertíamos que era el re- 
trato de Labuelo. En la cuna celeste, el llanto de la criatura ablandó un po- 
quito nuestros corazones. Fue una ilusión convencional. Mimábamos, sin 



embargo, al niño, lo acariciábamos. Cuando cumplió tres años, era ya un 
hombrecito. Lo fotografiaron en los brazos de Labuelo. 
En la casa todo era para Ángel Arturo. Labuelo no le negaba nada, ni el te- 
léfono que no nos permitía utilizar más de cinco minutos, a las ocho de la 
mañana, ni el cuarto de baño clausurado, ni la luz eléctrica de los velado- 
res, que no nos permitía encender después de las doce de la noche. Si pe- 
día mi reloj o mi lapicera fuente para jugar, Labuelo me obligaba a dárse- 
los. Perdí, de ese modo, reloj y lapicera. IQuién me regalará otros! 
El revólver, descargado, con mango de marfil, que Labuelo guardaba en el 
cajón del escritorio, también sirvió de juguete para Ángel Arturo. La fasci- 
nación que el revólver ejerció sobre él, le hizo olvidar todos los otros obje- 
tos. Fue una dicha en aquellos días oscuros. 

Cuando descubrimos por primera vez a Ángel Arturo jugando con el revól- 
ver, los tres, mi hermano, Leticia y yo, nos miramos pensando seguramente 
en lo mismo. Sonreímos. Ninguna sonrisa fue tan compartida ni elocuente. 
Al día siguiente uno de nosotros compró en la juguetería un revólver de ju- 
guete (no gastábamos en juguetes, pero en ese revólver gastamos una for- 
tuna): así fuimos familiarizando a Ángel Arturo con el arma, haciéndolo 
apuntar contra nosotros. 

Cuando Ángel Arturo atacó a Labuelo con el revólver verdadero, de un mo- 
do magistral (tan inusitado para su edad) este último rió como si le hicieran 
cosquillas. Desgraciadamente, por grande que fuera la habilidad del niño en 
apuntar y oprimir el gatillo, el revólver estaba descargado. 
Corríamos el riesgo de morir todos, pero ¿qué era ese nimio peligro compa- 
rado con nuestra actual miseria? Pasamos un momento feliz, de unión entre 
nosotros. Teníamos que cargar el revólver: Leticia prometió hacerlo antes 
de la hora en que nieto y abuelo jugaban a los bandidos o a la cacería. Leti- 
cia cumplió su palabra. 

En el cuarto frío (era el mes de julio), tiritando, sin mirarnos, esperamos la 
detonación, mientras fregábamos el piso, porque se había inundado, junto 
con Buenos Aires, el aljibe del patio. Tardó aquello más que toda nuestra 
vida. iPero aun lo que más tarda llega! Oímos la detonación. Fue un mo- 
mento feliz para mí, al menos. 

Ahora, Ángel Arturo tomó posesión de esta casa y nuestra venganza tal vez 
no sea sino venganza de Labuelo. Nunca pude vivir con Leticia como marido 
y mujer. Ángel Arturo con su enorme cabeza pegada a la puerta cancel, 
asistió, victorioso, a nuestras desventuras y al fin de nuestro amor. Por eso 
y desde entonces lo llamamos Labuelo. 



La casa de azúcar 



Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie bo- 
rrada, una manclia de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las inicia- 
les de su nonnbre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloque- 
cían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que 
siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que 
en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté 
de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto 
en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar 
los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suer- 
te, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se 
apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía 
con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la 
cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran persona- 
les. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar fruti- 
llas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa 
con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podía- 
mos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos fre- 
cuentar. Al principio de nuestra relación, estas supersticiones me parecieron 
encantadoras, pero después empezaron a fastidiarme y a preocuparme se- 
riamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamen- 
to nuevo, pues según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores 
influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el 
peligro la amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por 
el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los subur- 
bios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habita- 
do: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la 
calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extra- 
ordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. 
Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 
la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario 
le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie 
había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. 
Cuando Cristina la vio, exclamó: 

-IQué diferente de los departamentos que hemos visto! Aquí se respira olor 
a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con pensamien- 
tos que envician el aire. 

En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron 
los muebles del dormitorio, y mis padres los del comedor. El resto de la ca- 
sa lo amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se 
enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio 
y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me 
daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa 



de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente 
Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una 
oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Viole- 
ta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se entera- 
ba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: 
no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos 
tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Urquiza, tal 
vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometie- 
ron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con me- 
jores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Duran- 
te la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado 
inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el 
depositario de la llave, el distribuidor de cartas. 

Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. 
Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel es- 
trujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo 
entre los brazos. 

-Acaban de traerme este vestido -me dijo con entusiasmo. 

Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado. 

-¿Cuándo te lo mandaste hacer? 

-Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, 
¿no te parece? 

-¿Con qué dinero lo pagaste? 
-Mamá me regaló unos pesos. 

Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla. 
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta 
para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambia- 
do: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tran- 
quila en nerviosa. No tenía apetito. 

Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas ba- 
tidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la ca- 
sa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del co- 
medor, en los armarios, en todas partes, como era su costumbre. Ya no me 
esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir al teatro o al ci- 
nematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de rega- 
lo. Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de 
calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un ba- 
ño, que le cambió el color del pelo, declaró que le daría hospitalidad y que 
lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un 
momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica 
pureza de raza. 

Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi 



una bicicleta apostada en el jardín. Entré silenciosamente y nne escurrí de- 
trás de una puerta y oí la voz de Cristina. 
-¿Qué quiere? -repitió dos veces. 

-Vengo a buscar a mi perro -decía la voz de una muchacha-. Pasó tantas 
veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de 
azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. 
Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las 
casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en 
ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flo- 
res, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años espe- 
raba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿re- 
cuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete. 
-Los barriletes son juegos de varones. 

-Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como 
enormes pájaros: me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue 
un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos en- 
contramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde 
ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su al- 
ma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los ár- 
boles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis 
padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí. 
-Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos ba- 
rrios. Usted estará confundida. 

-Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo 

de la casualidad, mi marido estuvo de novio con usted. 

-No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro? 

-Bruto. 

-Lléveselo, por favor, antes que me encariñe con él. 

-Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se moriría. No lo puedo 
cuidar. Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos 
y no hay nadie que lo saque a pasear. 
-No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene? 

-¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez 
en cuando, porque lo quiero mucho. 

-A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara 
un perro de regalo. 

-No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde 
en la Plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o 
si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, 
en el puente de Constitución o en el Parque Lezama. Me contentaré con ver 
los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él? 
-Bueno. Me quedaré con él. 



-Gracias, Violeta. 
-No me llamo Violeta. 

-¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma 
misteriosa Violeta. 

Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. 
Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A 
pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una 
sorda desconfianza comenzó a devorarme. Me pareció que había presencia- 
do una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a 
Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acon- 
tecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamen- 
tando que estuviéramos instalados en ese barrio. Yo pasaba todas las tar- 
des por la plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para com- 
probar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi in- 
quietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando el perro, 
un día Cristina me preguntó: 
-Te gustaría que me llamara Violeta? 
-No me gusta el nombre de las flores. 
-Pero Violeta es lindo. Es un color. 
-Prefiero tu nombre. 

Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Constitución, asomada 
sobre el parapeto de fierro. Me acerqué y no se inmutó. 
-¿Qué haces aquí? 

-Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba. 
-Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola. 
-No me parece tan lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola? 
-¿Te gusta el humo negro de las locomotoras? 

-Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. "Ir y 
quedar y con quedar partirse." 

Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? De todo), durante el 
trayecto apenas le hablé. 

-Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan 
desagradable este barrio -le dije, fingiendo que me era posible adquirir una 
casa en esos lugares. 

-No creas. Tenemos muy cerca de aquí el Parque Lezama. 
-Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árbo- 
les apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o reco- 
ger basuras. 

-No me fijo en esas cosas. 

-Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido man- 
darinas o pan. 
-He cambiado mucho. 



-Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. 
Ya sé que tiene un museo con leones de mármol que cuidan la entrada y 
que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada. 
-No te comprendo -me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con 
un desprecio que podía conducirla al odio. 

Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi 
ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sá- 
bados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a 
decir a Cristina: 

-Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué ha- 
rías, Cristina? ¿Te irías de aquí? 

-Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser 
como esas figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de 
cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira con- 
fianza ¿será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? iNo sé! 
No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adón- 
de ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo. 

No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiem- 
po compondría las cosas. 

Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y 
oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba ha- 
blando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía 
una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír. 
-Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta. 
-No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta -respondió mi mujer. 
-Usted está mintiendo. 

-No miento. No tengo nada que ver con Daniel. -Yo quiero que usted sepa 
las cosas como son. 
-No quiero escucharla. 

Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la in- 
trusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Enton- 
ces advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de 
pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la 
puerta entreabierta tras de sí. 

No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era 
como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese 
besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles. 

En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era 
agradable, pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo se- 
creto, que la alejaba de mí. iPor qué, si nunca había cantado, ahora canta- 
ba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las per- 
sianas! 



Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático: 
-Sospeclio que estoy lieredando la vida de alguien, las dichas y las penas, 
las equivocaciones y los ciertos. Estoy embrujada -fingí no oír esa frase 
atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el ba- 
rrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida. 
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas 
postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis 
averiguaciones, la vendedora de esa tienda me pareció la persona más indi- 
cada: era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de 
comprar un cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé 
los ojos, las manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le 
expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en 
nuestra casa. Tímidamente le dije: 
-¿No vivía una tal Violeta? 

Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente 
traté de averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Vio- 
leta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección. 
-Canto con una voz que no es mía -me dijo Cristina, renovando su aire mis- 
terioso-. Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra perso- 
na, tal vez más feliz que yo. 

Fingí de nuevo no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario. 

De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a 

Cristina. 

Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Viole- 
ta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto. 
Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos. 

Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el 
momento de llegar a la casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas 
como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, 
que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía 
más bien un organillo. 

Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia Ló- 
pez, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noti- 
cias de Violeta. 
-¿Usted es el marido? 

-No, soy un pariente -le respondí secándome los ojos con un pañuelo. 
-Usted será uno de sus innumerables admiradores -me dijo entornando los 
ojos y tomándome la mano-. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, 
¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar 
que una persona muerta, forzosamente haya sido pura fiel, buena. 
-Quiere consolarme -le dije. 



Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó: 
-Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima ami- 
ga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confi- 
dencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se la- 
mentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar: "Al- 
guien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido 
de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfraza- 
rán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que 
transmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en 
el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados 
como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse". 
Arsenia López me miró en los ojos y me dijo: 

-No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era 
hermosa ¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo? 
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arse- 
nia López que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su 
simpatía. 

Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté 
de seguirla a todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. 
Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno 
huyó. La busqué hasta el alba. 

Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está 
deshabitada. 

La casa de los relojes 

ESTIMADA SEÑORITA: 

Ya que me he distinguido en sus clases con mis composiciones, cumplo con 
mi promesa: me ejercitaré escribiéndole cartas. ¿Me pregunta qué hice en 
los últimos días de mis vacaciones? 

Le escribo mientras ronca Joaquina. Es la hora de la siesta y usted sabe que 
a esa hora y a la noche, Joaquina, porque tiene carne crecida en la nariz, 
ronca más que de costumbre. Es una lástima porque no deja dormir a na- 
die. Le escribo en el cuadernito de deberes porque el papel de carta que 
conseguí del Pituco no tiene líneas y la letra se me va para todos lados. Sa- 
brá que la perrita Julia duerme ahora debajo de mi cama, llora cuando en- 
tra luz de luna por la ventana, pero a mí no me importa porque ni el ron- 
quido de Joaquina me despierta. 

Fuimos a pasear a la laguna La Salada. Es muy lindo bañarse. Y me hundí 
hasta las rodillas en el barro. Junté hierbas para el herbario y también, en 
los árboles que quedaban bastante apartados del lugar, huevos para mi co- 
lección, de torcaza, de hurraca y de perdiz. Las perdices no ponen huevos 



en los árboles sino en el suelo, pobrecitas. Me divertí mucho en la laguna 
Salada, hicimos fortalezas de barro; pero más me divertí anoche en la fiesta 
que dio Ana María Sausa, para el bautismo de Rusito. Todo el patio estaba 
decorado con linternas de papel y serpentinas. Pusieron cuatro mesas, que 
improvisaron con tablas y caballetes, con comidas y bebidas de toda clase, 
que era de chuparse los dedos. No hicieron chocolate por la huelga de leche 
y porque mi padre se vuelve loco al verlo y le hace mal al hígado. 
Estanislao Romagán abandonó aquel día la tropilla de relojes que tiene a su 
cargo para ver cómo preparaban la fiesta y para ayudar un poquito (él, que 
ni en domingos ni en días de fiesta deja de trabajar). Yo lo quería mucho a 
Estanislao Romagán. ¿Usted recuerda aquel relojero jorobado que le com- 
puso a usted el reloj? ¿Aquel que en los altos de esta casa vivía en esa casi- 
lla que yo llamaba La Casa de los Relojes, que él mismo construyó y que 
parece de perro? ¿Aquel que se especializaba en despertadores? IQuién sa- 
be si no lo ha olvidado! IMe cuesta creerlo! Relojes y jorobas no se olvidan 
así no más. Pues ése es Estanislao Romagán. En láminas me mostraba un 
reloj de sol que disparaba un cañón automáticamente al mediodía, otro que 
no era de sol cuya parte exterior representaba una fuente, otro, el reloj de 
Estrasburgo, con escalera, con carros y caballos, figuras de mujeres con tú- 
nicas, y hombrecitos raros. Usted no me creerá, pero era tan agradable oír 
las campanillas diferentes de todos los despertadores en cualquier momen- 
to y los relojes que daban las horas mil veces al día. Mi padre no pensaba lo 
mismo. Para la fiesta, Estanislao desenterró un traje que tenía guardado en 
un pequeño baúl, entre dos ponchos, una frazada y tres pares de zapatos 
que no eran de él. El traje estaba arrugado, pero Estanislao, después de la- 
varse la cara y de peinarse el pelo, que tiene muy lustroso, negro y que le 
llega casi hasta las cejas, como un gorro catalán, quedó bastante elegante. 
-Sentado, con la nuca apoyada sobre un almohadón, se le vería bien. Tiene 
buena presencia, mejor que la de muchos invitados -comentó mi madre. 
-Dejáme tocarte la espaldita -le decía Joaquina, corriéndolo por la casa. 
Él permitía que le tocaran la espalda, porque era buenito. 
-¿Y a mí quién me trae suerte? -decía. 

-Sos un suertudo -le contestaba Joaquina-, tenés la suerte encima. 
Pero a mí me parece que era una injusticia decirle eso. ¿A usted no, señori- 
ta? 

La fiesta fue divina. Y el que diga que no, es un mentiroso. Pirucha bailó el 
Rock and Roll y Rosita bailes españoles, que aunque es rubia lo hace con 
gracia. 

Comimos sándwiches de tres pisos pero un poquito secos, merengues rosa- 
dos, con gusto a perfume, de esos chiquititos, y torta y alfajores. Las bebi- 
das eran riquísimas. Pituco las mezclaba, las batía, las servía como un ver- 
dadero mozo de restaurante. A mí me daba todo el mundo un poquito de 



acá, un poquito de allá y así llegué a juntar y a beber el contenido de tres 
copas, por lo menos. Iriberto me preguntó: 
-Che, pibe, ¿qué edad tenés? 
-Nueve años. 
-Bebiste algo? 

-No. Ni un trago -le contesté, porque me dio vergüenza. 
-Entonces tomá esta copa. 

Y me hizo beber un licor que me quemó la garganta hasta la campanilla. Se 

rió y me dijo: 

-Así serás un hombre. 

Esas cosas no se hacen con un chico, ¿no le parece, señorita? 

La gente estaba muy alegre. Mi madre que habla poco charlaba como una 
señora cualquiera y Joaquina, que es tímida, bailó sola cantando una can- 
ción mejicana que no sabía de memoria. Yo, que soy tan huraño, conversé 
hasta con el viejito malo que siempre me manda al diablo. Era tarde ya 
cuando bajó de su casilla por fin vestido y peinado Estanislao Romagán que 
se disculpó de llevar un traje arrugado. Lo aplaudieron y le dieron de beber. 
Le hicieron mil atenciones: le ofrecieron los mejores sándwiches, los mejo- 
res alfajores, las más ricas bebidas. Una muchacha, la más bonita, creo, de 
la fiesta, arrancó una flor de una enredadera y se la puso en el ojal. Puedo 
decir que era el rey de la fiesta y que se fue alegrando con cada copa que 
tomaba. Las señoras le mostraban el reloj pulsera descompuesto o roto, 
que llevaban casi todas en la muñeca. El los examinaba sonriente, prome- 
tiendo que los iba a componer sin cobrar nada. Se disculpó de nuevo de te- 
ner un traje tan arrugado y riendo dijo que era porque no acostumbraba ir 
a las fiestas. Entonces Gervasio Palmo, que tiene una tintorería a la vuelta 
de casa, se le acercó y le dijo: 

-Vamos a planchárselo ahora mismo en mi tintorería. ¿A qué sirven las tin- 
torerías si no es para planchar los trajes de los amigos? 
Todos acogieron la idea con entusiasmo, hasta el mismo Estanislao, que es 
tan moderado, gritó de alegría y dio unos pasitos al compás de la música de 
un aparato de radio que estaba colocado en el centro del patio. Así iniciaron 
la peregrinación a la tintorería. Mi madre, apenada porque le habían roto el 
adorno más bonito de la casa y ensuciado una carpeta de macramé, me re- 
tuvo del brazo: 

-No vayas, querido. Ayúdame a arreglar los desperfectos. 
Como si me hubiera hablado el gato (aunque usted no lo crea), salí corrien- 
do detrás de Estanislao, de Gervasio y del resto de la comitiva. Después de 
la casilla de los relojes de Estanislao Romagán, la casa del barrio que más 
me gusta es esa tintorería La Mancha. En su interior hay hormas de som- 
breros, planchas enormes, aparatos de donde sale vapor, frascos gigantes- 



eos y una pecera, en el escaparate, con peces colorados. El socio de Gerva- 
sio Palmo, que llamannos Nakoto, es un japonés, y la pecera es de él. Una 
vez nne regaló una plantita que murió en dos días. ¿A un chico cómo quiere 
que le guste una planta? Esas cosas son para los grandes, ¿no le parece, 
señorita? Pero Nakoto tiene anteojos, los dientes muy afilados y los ojos 
muy largos; no me atreví a decírselo: lo que yo quería que me regalara era 
uno de los peces. Cualquiera me comprende. 

Ya había oscurecido. Caminamos media cuadra cantando una canción que 
desafinábamos o que no existe. Gervasio Palmo, frente a la puerta de la tin- 
torería, buscó las llaves en su bolsillo, tardó en encontrarlas porque tenía 
muchas. Cuando abrió la puerta, todos nos agolpamos y ninguno podía en- 
trar, Gervasio Palmo impuso tranquilidad con su voz de trueno. Nakoto nos 
apartó, encendió las luces de la casa, quitándose los anteojos. Entramos en 
una enorme sala que yo no conocía. Frente a una horma que parecía la 
montura de un caballo me detuve para mirar el lugar donde iban a planchar 
el traje de Estanislao. 
-¿Me desnudo? -interrogó Estanislao. 

-No -respondió Gervasio-, no se moleste. Se lo plancharemos puesto. 
-¿Y la giba? -interrogó Estanislao, tímidamente. 

Era la primera vez que yo oía esa palabra, pero por la conversación me en- 
teré de lo que significaba (ya ve que progreso en mi vocabulario). 
-También te la plancharemos -respondió Gervasio, dándole una palmada 
sobre el hombro. 

Estanislao se acomodó sobre una mesa larga, como le ordenó Nakoto que 
estaba preparando las planchas. Un olor a amoníaco, a diferentes ácidos, 
me hicieron estornudar: me tapé la boca, siguiendo sus enseñanzas, señori- 
ta, con un pañuelo, pero alguien me dijo "cochino", lo que me pareció de 
muy mala educación. IQué ejemplo para un chico! Nadie se reía, salvo Es- 
tanislao. Todos los hombres tropezaban con algo, con los muebles, con las 
puertas, con los útiles de trabajo, con ellos mismos. Traían trapos húme- 
dos, frascos, planchas. Aquello parecía, aunque usted no lo crea, una ope- 
ración quirúrgica. Un hombre cayó al suelo y me hizo una zancadilla que 
por poco me rompo el alma. Entonces, para mí al menos, se terminó la ale- 
gría. Comencé a vomitar. Usted sabe que tengo un estómago muy sano y 
que los compañeros de colegio me llamaban avestruz, porque tragaba cual- 
quier cosa. No sé lo que me pasó. Alguien me sacó de allí a los tirones y me 
llevó a casa. 

No volví a ver a Estanislao Romagán. Mucha gente vino a buscar los relojes 
y un camioncito de la relojería La Parca retiró los últimos, entre los cuales 
había uno que parecía una casa de madera, que era mi preferido. Cuando 
pregunté a mi madre dónde estaba Estanislao, no quiso contestarme como 
era debido. Me dijo, como si hablara al perro: "Se fue a otra parte", pero 



tenía los ojos colorados de haber llorado por la carpeta de macramé y el 
adorno y me hizo callar cuando hablé de la tintorería. 

No sé lo que daría por saber algo de Estanislao. Cuando lo sepa le escribiré 
otra vez. 

La saluda cariñosamente, su discípulo preferido. 
N. N. 

Mimoso 

Desde hacía cinco días Mimoso agonizaba. Mercedes con una cucharita le 
daba leche, jugo de frutas y té. Mercedes llamó por teléfono al embalsama- 
dor, dio la altura y el largo del perro y pidió los precios. Embalsamarlo iba a 
costar casi un mes de sueldo. Cortó la comunicación y pensó llevarlo inme- 
diatamente para que no se estropeara demasiado. Al mirarse en el espejo 
vio que sus ojos estaban muy hinchados por el llanto y decidió esperar la 
muerte de Mimoso. Junto a la estufa de kerosene, colocó un platito y volvió 
a darle leche al perro, con la cucharita. Ya no abría la boca y la leche se de- 
rramó por el suelo. A las ocho llegó el marido, lloraron juntos y se consola- 
ron pensando en el embalsamamiento. Imaginaron al perro a la entrada de 
la habitación, con sus ojos de vidrio, cuidando simbólicamente la casa. 
A la mañana siguiente Mercedes metió al perro adentro de una bolsa. No 
estaba muerto, tal vez. Hizo un paquete con arpillera y papel de diario para 
no llamar la atención en el colectivo y lo llevó a la tienda del embalsama- 
dor. En el escaparate de la casa vio muchos pájaros, monos embalsamados 
y víboras. La hicieron esperar. El hombre apareció en mangas de camisa, 
fumando un cigarro toscano. Tomó el paquete, diciendo: 
-Me trajo el perro. ¿Cómo lo quiere? -Mercedes parecía no comprender-. El 
hombre trajo un álbum lleno de dibujos. 

-¿Lo quiere sentado, acostado o parado? ¿Sobre un soporte de madera ne- 
gra o pintadito de blanco? ¿Cómo lo quiere? 
Mercedes miró sin ver nada: 
-Sentadito, con las patitas cruzadas. 

-¿Con las patitas cruzadas? -repitió el hombre, como si no le gustara. 
-Como usted quiera -dijo Mercedes, ruborizándose. 
Hacía calor, un calor sofocante. Mercedes se quitó el abrigo. 
-Vamos a ver al animal -dijo el hombre, abriendo el paquete. Tomó a Mimo- 
so por las patas traseras, y continuó: 

-No está tan gordito como su dueña -y lanzó una carcajada. La miró de 
arriba abajo y ella bajó los ojos y vio sus pechos bajo el sweater demasiado 
ajustado. -Cuando lo vea listo le va a dar ganas de comerlo. 
Bruscamente, Mercedes se cubrió con el abrigo. Retorció entre sus manos 
sus guantes negros de cabritilla y dijo, tratando de contener sus deseos de 



abofetear o de quitar el perro al hombre: 

-Quiero que tenga un soporte de madera como aquél -le enseñó el que sos- 
tenía una paloma mensajera. 

-Veo que la señora tiene buen gusto -musitó el hombre-. ¿Y los ojos de qué 
los quiere? De vidrio resultará un poco más caro. 
-Los quiero de vidrio -respondió Mercedes, mordiendo los guantes. 
-¿Verdes, azules o amarillos? 

-Amarillos -dijo Mercedes, impetuosamente-. Tenía los ojos amarillos como 
las mariposas. 

-¿Y usted les vio los ojos a las mariposas? 

-Como las alas -protestó Mercedes-, como las alas de las mariposas. 
-iYa me parecía! Tiene que pagar adelantado -dijo el hombre. 
-Ya lo sé -respondió Mercedes-, me lo dijo por teléfono -abrió su cartera y 
sacó los billetes; los contó y los dejó sobre la mesa. El hombre le dio el re- 
cibo. 

-¿Cuándo estará listo para venir a buscarlo? -preguntó, guardando el recibo 
en su cartera. 

-No hace falta. Se lo llevaré yo el veinte del mes que viene. 
-Vendré a buscarlo con mi marido -respondió Mercedes y salió precipitada- 
mente de la casa. 

Las amigas de Mercedes supieron que el perro había muerto y quisieron sa- 
ber qué habían hecho con el cadáver. Mercedes dijo que lo habían hecho 
embalsamar y nadie le creyó. Muchas personas rieron. Ella resolvió que era 
mejor decir que lo había tirado por ahí. Con su tejido en la mano esperaba 
como Penélope, tejiendo, la llegada del perro embalsamado. Pero el perro 
no llegaba. Mercedes todavía lloraba y se secaba las lágrimas con el pañue- 
lo floreado. 

El día convenido Mercedes recibió un llamado telefónico: el perro ya estaba 
embalsamado, sólo faltaba ir a buscarlo. El hombre no podía ir tan lejos. 
Mercedes y su marido fueron a buscar al perro en un taxímetro. 
-Lo que nos ha hecho gastar este perro -dijo el marido de Mercedes, en el 
taxímetro, mirando los números que subían. 

-Un hijo no hubiera costado más -dijo Mercedes, sacando su pañuelo del 
bolsillo y enjugándose las lágrimas. 
-Bueno, basta; ya lloraste bastante. 

En la casa del embalsamador tuvieron que esperar. Mercedes no hablaba, 
pero su marido la miraba atentamente. 

-¿La gente no dirá que estás loca? -inquirió su marido con una sonrisa. 
-Peor para ellos -respondió Mercedes apasionadamente-. No tienen corazón, 
y la vida es muy triste para los que no tienen corazón. Nadie los quiere. 
-Mujer, tienes razón. 

El embalsamador trajo casi demasiado pronto al perro. Sobre un pie de ma- 



dera barnizada de oscuro, semisentado, con los ojos de vidrio y el hocico 
barnizado estaba Mimoso. Nunca había parecido de mejor salud; estaba 
gordo, bien peinado y lustroso, lo único que le faltaba era hablar. Mercedes 
lo acarició con sus manos trémulas; lágrimas saltaron de sus ojos y cayeron 
sobre la cabeza del perro. 

-No me lo moje -dijo el embalsamador-. Y lávese la mano. 
-Sólo le falta hablar -dijo el marido de Mercedes-. ¿Cómo hace estas mara- 
villas? 

-Con venenos, señor. Todo el trabajo lo hago con venenos, con guantes y 
anteojos, de otro modo, me intoxicaría. Es un sistema personal. ¿No hay 
niños en su casa? 
-No. 

-¿Será peligroso para nosotros? -preguntó Mercedes. 
-Únicamente si lo comen -respondió el hombre. 

-Tenemos que envolverlo -dijo Mercedes, después de secar sus lágrimas. 
El embalsamador envolvió el animal embalsamado en papeles de diario y 
entregó el paquete al marido de Mercedes. Salieron con alegría. En el ca- 
mino hablaron del lugar donde colocarían a Mimoso. Eligieron el vestíbulo 
de la casa, junto a la mesita del teléfono en donde Mimoso los esperaba 
cuando ellos salían. 

Después de examinar el trabajo del embalsamador, una vez en la casa, co- 
locaron al perro en el lugar elegido. Mercedes se sentó frente a él para mi- 
rarlo: ese perro muerto la acompañaría como la había acompañado el mis- 
mo perro vivo, la defendería de los ladrones y de la soledad. Le acarició la 
cabeza con la punta de los dedos y cuando creyó que el marido no la mira- 
ba, le dio un beso furtivo. 

-¿Qué dirán tus amigas, cuando vean esto? -inquirió el marido-. Qué dirá el 
tenedor de libros de la Casa Merluchi. 

-Cuando vengan a cenar lo guardaré en el armario o diré que fue un regalo 
de la señora del segundo piso. 
-Tendrás que decírselo a la señora. 
-Se lo diré -dijo Mercedes. 

Aquella noche bebieron un vino especial y se acostaron más tarde que de 
costumbre. 

La señora del segundo piso sonrió ante el pedido de Mercedes. Comprendió 
la perversidad del mundo ante el cual una mujer no puede mandar embal- 
samar a su perro sin que la crean loca. 

Mercedes era más feliz con el perro embalsamado que con el perro vivo; no 
le daba de comer, no tenía que sacarlo para que orinara, ni tenía que ba- 
ñarlo, no le ensuciaba la casa ni le mordía el felpudo. Pero la felicidad no es 
duradera. Bajo la forma de un anónimo llegó la maledicencia a esa casa. Un 
dibujo obsceno ilustraba las palabras. El marido de Mercedes tembló de in- 



dignación: el fuego ardía en la cocina menos que en su corazón. Tomó al 
perro sobre sus rodillas, lo quebró en varias partes como si fuese una rama 
seca y lo arrojó al horno que estaba abierto. 

-Que sea o que no sea verdad no importa, lo que importa es que lo digan. 
-No me impedirás que sueñe con él -gritó Mercedes y se acostó en la cama 
vestida-. Sé quién es el hombre perverso que hace anónimos. Es ese tene- 
dor de porquería. No volverá a entrar en esta casa. 
-Tendrás que recibirlo. Esta noche viene a cenar. 

-¿Esta noche? -dijo Mercedes. Saltó de la cama y corrió a la cocina a prepa- 
rar la cena, con una sonrisa en los labios. Puso junto al perro el asado de 
tira, en el horno. 

Preparó la comida más temprano que de costumbre. 
-Hay asado con cuero -anunció Mercedes. 

Antes de saludar, junto a la puerta, el invitado se restregó las manos, al 
tomar el olor que venía del horno. Después, mientras se servía, dijo: 
-Estos animales parecen embalsamados -miró con admiración los ojos del 
perro. 

-En China -dijo Mercedes-, me han dicho que la gente come perros, ¿será 
cierto o será un cuento chino? 

-Yo no sé. Pero en todo caso, yo por nada del mundo los comería. 

-No hay que decir "de este perro no comeré" -respondió Mercedes, con una 

sonrisa encantadora. 

-De esta agua no beberé -corrigió el marido. 

El invitado se asombró de que Mercedes hablara con tanto desparpajo de 
los perros. 

-Tendremos que llamar al peluquero -dijo el invitado, viendo la carne con 
cuero donde asomaban algunos pelos y, riendo a carcajadas, con una risa 
contagiosa, preguntó-: ¿La carne con cuero se come con salsa? 
-Es una novedad -contestó Mercedes. 

El invitado se sirvió de la fuente, chupó un pedazo de cuero untado con sal- 
sa, lo mascó y cayó muerto. 

-Mimoso todavía me defiende -dijo Mercedes, recogiendo los platos y se- 
cando sus lágrimas, pues lloraba cuando reía. 

El cuaderno 

Era un día patrio. Su marido había ido a ver el desfile. Las calles estaban 
embanderadas y en todas las casas se oían músicas marciales. Era también 
un día sin horas. Para no perder el espectáculo habían almorzado a las once 
y media. El cielo estaba tormentoso. 

-Pobres soldados, tener que marchar con este día -repetía Ermelina de Ríos 
encendiendo la luz. 



Por más que levantara las cortinitas de la ventana, el cuarto quedaba en ti- 
nieblas. Afuera caía una lluvia finísima. 

Los días de fiesta, siempre Ermelina cosía frente a la ventana. Remendaba 
las camisas, zurcía las medias. Esta vez, Ermelina cosía un vestido, para 
cuando estuviese más delgada. El cuarto estaba en desorden, había retazos 
de género en el suelo, alfileres, papeles recortados. La puerta que comuni- 
caba con la pieza vecina estaba abierta. Ermelina alzó los ojos y miró la 
cama de matrimonio que era de bronce dorado; un ramo de flores en el 
centro de la cabecera entrelazaba los barrotes con una cinta. Esa cama era 
el testimonio de su felicidad. Se la mostraba siempre a sus amigas y a las 
amigas de sus vecinas. Era el regalo de bodas que le había hecho Paula 
Hódl, la dueña de la casa de sombreros donde ella trabajaba. Hacía quince 
años que trabajaba en esa casa, y era sin duda la mejor oficiala. Las alas de 
los sombreros bajo sus manos se plegaban mágicamente; las cintas, las 
plumas, los moños y las flores eran dóciles a sus dedos, que formaban, con 
idéntica facilidad, el sombrero de fieltro, el panamá de papel, el verdadero 
panamá o el sombrero de paja de Italia. Paula Hodl la adoraba. Cuando al- 
gún admirador mandaba flores para Paula, ésta, infaliblemente, le daba dos 
o tres de las más lindas. Pero Paula no la quería a ella, sino a su habilidad, 
no la quería a ella, sino a los sombreros que salían de sus manos como pá- 
jaros recién nacidos. Desde que se había casado, Paula le hablaba de mal 
modo, los sombreros estaban mal planchados, las dientas se quejaban. 
Paula movía una mano amenazadora. 

-Ya te dije, Ermelina, ya te dije que no te casaras. Ahora estás triste. Has 
perdido hasta la habilidad que tenías para adornar sombreros -y sacudiendo 
un sombrero adornado con cintas, añadía con una pequeñísima risa, que 
parecía una carraspera-: ¿Qué significa este moño? ¿Qué significa esta cos- 
tura? 

Ermelina sabía que el sombrero era un cachivache, pero quedaba en silen- 
cio (era su manera de contestar). No estaba triste. Hasta entonces había 
tratado los sombreros como a recién nacidos, frágiles e importantes. Ahora 
le inspiraban un gran cansancio, que se traducía en moños mal hechos y 
pegados con grandes puntadas, que martirizaban la frescura de las cintas. 
-Cuando sienta los primeros dolores venga en seguida a la Maternidad -le 
había dicho el médico-. Me parece que le faltan pocos días. 
Ermelina sentía su hijo moverse dentro de ella. Sentía que se encogía, que 
se estiraba caprichosamente, como en una cuna recién estrenada. Creía ver 
la forma de los pies desnudos y de las manos de muñeca. 
No estaba sola en ese cuarto frío. 

Alguien golpeaba la puerta, alguien venía siempre a interrumpir las largas 
conversaciones que tenía con su hijo que era a veces un muchacho de vein- 
te años con un traje gris rayado, a veces de doce años y otras veces un re- 



cién nacido. Veía al hombre, al niño, al bebé; no el rostro. Ermelina dejó la 
costura, hizo pasar a la vecina que llegaba con sus dos hijos. Le pidió que 
se sentara en la mecedora que era su preferida, mientras ella volvió a la 
pequeña silla de costura. Los chicos se arrastraban por el suelo. Eran chi- 
quitos y morenos, con las mejillas paspadas. 

-Cumplo con mi promesa; aquí le traigo los cuadernos de mis hijos. Pobre- 
citos, es el primer año que van al colegio -dijo la vecina, abriendo los cua- 
dernos y dándoselos a Ermelina. 

Entre cada página de palotes había figuritas pegadas, ramos de rosas y 
nomeolvides, manos entrelazadas, palomas, niños, animales, banderas. 
Ermelina hojeaba el cuaderno. 

-Qué bien. Qué estudiosos son sus hijos, señora -repetía dando vuelta las 
páginas, hasta que se detuvo frente a una, donde había la cara de un chico 
muy rosado, pegada entre un ramo de lilas-. Así quisiera que fuese. Así qui- 
siera que fuese mi hijo -repetía Ermelina indicando con la mano la imagen 
brillante-. Me ha dicho mi tía que en los meses de preñez, si se mira mucho 
un rostro o una imagen, el hijo sale idéntico a ese rostro o a esa imagen. 
-Dicen tantas cosas -suspiró la vecina, y agregó-: No es porque sean míos, 
pero mis hijos son bien lindos y durante los nueve meses del embarazo se 
puede decir que no he visto a nadie, ni mirado a nadie, ni siquiera en revis- 
tas, ni siquiera en figuras. En aquella estancia en La Pampa no teníamos 
radio. No teníamos otra música que la música de los eucaliptos. Yo estaba 
recluida en las habitaciones todo el santo día, haciendo solitarios. IQué va- 
caciones fueron aquellas! No me las olvidaré nunca -y diciendo esto tomó el 
cuaderno que Ermelina le tendía, para mostrarle el rostro del niño rosado. 
De repente Ermelina vio que el menor de los hijos de la vecina se parecía 
extrañamente a la sota de espadas; era una suerte de hombrecito pequeño 
aplastado contra el suelo, vestido de verde y rojo. El otro parecía un rey 
muy cabezón con una copa en la mano, donde bebía una cantidad incalcu- 
lable de agua. Habían sembrado el suelo con los útiles de colegio, y jugaban 
a la guerra con unos sacapuntas en forma de cañoncitos. 
La vecina, mirando la figura, comentó: 

-Tiene la nariz demasiado respingada, y además tiene mota, como un ne- 
gro. 

Ermelina sacudió la cabeza: 

-Es un niño precioso -alzó los ojos triunfantes-. Así quiero que sea mi hijo. 
Hasta entonces no sabía cómo tenía que ser su hijo, rubio o moreno, de 
ojos azules, verdes o negros. ¿Parecido a quién? No lo sabía, y ahora había 
encontrado la imagen. 

-¿Me presta este cuaderno, señora? Solamente hasta esta noche. 

La vecina consintió, y se despidió de Ermelina, dejándole un beso pegajoso 

en cada mejilla. Los dos niños salieron del cuarto arrastrando los pies. 



Ermelina volvió a sentarse con el cuaderno entre las manos; estudió la ima- 
gen minuciosamente, luego la dejó sobre la mesa y tomó la costura. Pero 
no había cosido cuatro puntadas, cuando empezó a sentir un dolor y des- 
pués otro, como relámpagos espaciados, pero puntuales. Se levantó de la 
silla. Seguramente era el niño que estaba por nacer; lo sentía en su vientre, 
como en un cuarto oscuro, golpeando contra la puerta, con insistencia. Se 
puso un abrigo y ató un pañuelo alrededor del cuello. Tomó un lápiz y un 
papel donde escribió en letras temblorosas: El niño está por nacer, me voy 
a la Maternidad, la sopa está lista, no hay más que calentarla para la hora 
de la comida, la figura que está en la hoja abierta de este cuaderno es igual 
a nuestro hijo, en cuanto la mires llévale el cuaderno a la señora Lucía que 
me lo ha prestado. Prendió el papelito con un alfiler sobre la colcha de la 
cama, puso al lado el cuaderno abierto, apagó la luz y salió del cuarto. 
Atravesó los corredores oscuros, lentamente. Bajó las escaleras empinadas, 
con miedo de caerse; se aferraba a la baranda. En la esquina esperó el óm- 
nibus. Llevaba apretada en su mano la recomendación para el médico. El 
trayecto era largo. Parecía que el conductor del ómnibus no tenía apuro 
como otras veces; parecía esperar a una novia, en todas las esquinas; mi- 
raba de izquierda a derecha y hablaba solo. Ermelina pensó que iba a tener 
el hijo allí mismo, tan fuerte seguían los golpes y con tanta impaciencia. El 
tránsito estaba interrumpido; los dolores se sucedían como cuentas de un 
rosario interminable. Por fin se detuvo el ómnibus. Para llegar a la Ma- 
ternidad, no había que caminar más que unos cuantos metros. Ermelina se 
bajó trabajosamente; caminaba con rapidez y, por el esfuerzo que hacía pa- 
ra no separar demasiado las piernas, con una extraña cadencia de baile. 
Subió los escalones larguísimos y blancos de la Maternidad; había una luz 
constante, de amanecer. Las enfermeras la rodearon, la llevaron de sala en 
sala, luego la estiraron sobre una cama. Vio muchas estrellas rojas y azu- 
les, adornando gigantescos sombreros; rompió con los dientes cintas de se- 
da, que eran ásperas sábanas de algodón, que le hicieron sangrar las en- 
cías. La negrura del cuarto se llenaba de filamentos deslumbrantes y de gri- 
tos. Y después perdió la conciencia. Nadaba en un lago sin agua y sin ori- 
llas, hasta que llegó a la ausencia del dolor, que fue una gran desnudez pu- 
ra y diáfana. Se había sentido como una casa muy grande y muy cerrada, 
que hubieran de pronto abierto, para un solo niño que quería ver el mundo. 
Despertó en la camita blanca, repetida como en un cuarto de espejos, un 
cuarto larguísimo, repleto de camitas blancas, alineadas. La enfermera se 
inclinó sobre la cama: 
-Señora, mire lo que le traigo. 

Entre envoltorios de llantos y pañales Ermelina reconoció la cara rosada pe- 
gada contra las lilas del cuaderno. La cara era quizá demasiado colorada, 
pero ella pensó que tenía el mismo color chillón que tienen los juguetes 



nuevos, para que no se decoloren de nnano en mano. 
La sibila 

Las herramientas de trabajo están en la sala del comisario: un reloj pulsera 
de oro, los guantes, un alambre, una caja de madera con llaves, la linterna, 
las tenazas, el destornillador y una valijita (para parecer más serio llevo 
siempre una valijita). ¿Armas? Nunca las quise. ¿Para qué me sirven las 
manos?, digo yo. Son garras de fierro; si no estrangulan, dan puñetazos 
como Dios manda. 

Solía desanimarme últimamente. Hay mucha competencia y pobreza. 
IQuién no lo sabe! La vida de un carnicero es menos sacrificada que la 
nuestra. De noche, no tenía a veces ganas de salir, y rondar por las manza- 
nas para conocer un barrio determinado de Buenos Aires, o una casa; era 
francamente aburrido. Del Barrio Norte me gusta Palermo porque tiene 
fuentes y lagos, donde uno bebe y se lava las uñas de algunos dedos; del 
barrio Sur, Constitución, sin duda porque allí conocí a mis compañeros en la 
escalera mecánica subiendo y bajando, bajando y subiendo, entregados a 
nuestras ocupaciones. Me sentaba en las plazas, comiendo naranjas o pan, 
salame cuando tenía suerte, o queso fresco. A veces, los transeúntes me 
miraban como si vieran algo raro en mí. No llevo barba larga hasta el om- 
bligo, ni llevo los dedos de los pies al aire, ni tengo lunares grandes entre 
las cejas, ni dientes de oro. Los otros días le pregunté a uno ",Tengo monos 
en la cara?", olvidando mi responsabilidad, mi edad, mi situación. Tal vez 
mi pantalón de paño azul sea llamativo, porque lleva, en lugar de botones 
en la bragueta, cierre relámpago: todo lo que uno hace por no llamar la 
atención, llama la atención. IQué le vamos a hacer! Si me deslizo como un 
gusano, todo el mundo se fija en cómo camino. Si me visto como un puer- 
co, del color de los árboles o de las paredes o de la tierra, todo el mundo se 
fija en mi vestimenta. Si trato de no elevar la voz ¡Dios me libre!, todo el 
mundo estira la oreja para oírme. Comer helados me resulta imposible. Las 
chicas me miran y se codean. A veces ser simpático a las mujeres, no es 
agradable; tengo que oír macanas todo el día. Felizmente que de una oreja 
no oigo nada. Quedé sordo a los dieciséis años. Me perforaron el tímpano 
con una astilla. Vivíamos con mis padres en Punta Chica, en una casa sobre 
pilotes. Mi padre, que es malhumorado, y mis hermanos, que son cascarra- 
bias, una noche que en broma les puse bagres en las camas, se envalento- 
naron, me acostaron en el piso, y mientras unos me sujetaban, otro me 
clavó la astilla adentro de la oreja. Después, naturalmente, para que yo no 
hablara, me metieron en una bolsa que tiraron al río. Los vecinos me salva- 
ron. Me pareció raro. Luego supe que lo hicieron para hacerme hablar. IHay 
de curiosos! Todo el mundo me odia, salvo las mujeres; sin embargo, la se- 



ñorita Rómula, que vive en el almacén, porque un día maté un gato de un 
cascotazo en la puerta de su cuarto, me interpeló. 
-Mal educado -me dijo-, ¿no puede hacer esas cosas en otra parte? 
¿Qué podían molestarle unas gotas de sangre en el piso? Se limpian en dos 
segundos. Nunca me perdonó. Es una haragana, eso es lo que es. Cuando 
me emplearon en la farmacia Firpo, ya la gente comenzó a mirarme como a 
un tipo que llama la atención. "Cachaciento" me llamaban cuando corría, 
"Tren expreso" cuando me demoraba, "Roñitis" cuando me había bañado, 
"Palmolive" cuando no me bañaba. Pero lo que más me indignó fue cuando 
me llamaron "Pizza", injustamente, porque me vieron comiendo, mientras 
repartía las mercaderías, un trozo de torta pascualina que me regaló Su- 
sana Plombis, para llevar en el bolsillo, cuando tuviera hambre, sobre mi bi- 
cicleta. 

Fue en aquella época cuando conocí los interiores de muchas casas. Ningu- 
na me impresionó como la de Aníbal Celino; sería porque entré por la puer- 
ta principal. En las otras casas me tocaba entrar por la cocina. Guardo al- 
gunas cucharitas, algunos saleritos de plata, que sustraje de los cajones 
mientras las sirvientas buscaban dinero para pagar la cuenta, y que no me 
sirvieron para nada. La casa de Aníbal Celino era un palacio, ni más ni me- 
nos. La primera vez que me mandaron allí con un paquete de la farmacia 
Firpo, la puerta de servicio me pareció la principal y corrí en busca de la 
otra, creyendo que era la de servicio, porque estaba sucia. Conozco bien las 
casas de hoy. Casa muy lujosa, casa sucia. La puerta estaba cerrada y se 
abrió cuando moví el llamador, que era un león de bronce masticando un 
aro, también de bronce. Entré en la casa y no vi a nadie. Volví a salir y vi 
en el jardín las pelucas despeinadas de las palmeras. IQué árboles! Ni a un 
perro le gustarían. Volví a entrar: no había nadie. La puerta se abrió sola. 
En seguida tropecé con la escalera de mármol que tenía una balaustrada 
lustrosa, como el león de la puerta. Di unos pasos y entré en una sala 
enorme, llena de vitrinas; aquello era una tienda o una iglesia. Por todas 
partes se veían estatuas, bomboneras, miniaturas, collares, abanicos, reli- 
carios, muñequitos. Ya adentro de mi mano, porque soy distraído, vi una 
bombonera de oro con turquesas; la guardé en mi bolsillo; después guardé 
una estatuita que brillaba, sobre una mesa, en el otro bolsillo (mis bolsillos 
tienen doble fondo, por si acaso. Rosaura Pansi se ocupa de forrarlos. Le 
hago muchos regalos y la pobrecita es agradecida hasta decir basta). Cuan- 
do salí del salón oí un ruidito como de laucha, en la escalera. Se me detuvo 
el corazón, porque vi a una niña de poquísimos años, sentada sobre el últi- 
mo escalón, mirándome con cara de gitana. Me dio risa. 
-Aquí traigo un paquete de la farmacia Firpo -le dije. 
-IQué lástima! -me contestó-. Entonces usted no es el Señor. 
-¿Que yo no soy ningún señor? ¿Qué soy, entonces? Traigo un frasco de al- 



cohol, magnesia y polvos de arroz -dije, leyendo la boleta. 

-Esta no es la puerta de servicio. Salga -dijo, arrancándome de las manos 

la boleta y mirándola-. Vaya hasta la esquina. Allí lo atenderán. 

Me hubiera gustado estrangular a esa nena; era blanca y suave como un 

ángel de porcelana que una vez vi en el escaparate de una santería. 

-¿No son todas las puertas iguales? -Todas -respondió-, salvo la del cielo. 

-¿Y entonces, por qué no recibe el paquete y lo paga? 

-Porque no tengo plata para pagar cuentas. Tengo plata para regalar o per- 
der. 

-¿Regalar a quién? 

-Regalar a cualquiera que no sea de mi familia ni de mis amistades. 
-¿Perder cómo? 
-¿Perder? De mil maneras. 

Del bolsillo de su delantal sacó un monedero con plata, puso las monedas 
en fila sobre el escalón. 

-Las monedas se pierden jugando para tirar a la suerte -me dijo-, en las 
fuentes o en cualquier parte, la cuestión es que se pierden. ¿Para qué sir- 
ven? 

Me pareció un poco menos repelente y le dije: 
-Adiós, Micifus. 

-Me llamo Aurora —contestó con voz autoritaria. 
-¿Qué culpa tengo yo si tiene ojos de gato? ¿Se enoja? 
No me contestó y subió saltando la escalera. 

Durante mucho tiempo no volví a ver a Aurora, por más que fuera de vez 
en cuando a la casa, a llevar mercaderías. 

Cuando me despidieron de la farmacia Firpo, conocí a Cuchillito y a Torno. 
Nos entendíamos, no puedo decir como hermanos, dada la trifulca que tuve 
con los míos; nos entendíamos como amigos inseparables, eso quiere decir 
que a veces no nos mirábamos la cara delante de la gente sin reírnos como 
locos. La verdad es que todo era una diversión. No tardé en hablarles de la 
casa de Aníbal Celino y de Aurora, al pasar por la calle Canning. Les enume- 
ré los objetos que yo había visto allí. ¡Fue un verdadero inventario! porque 
ninguna de las riquezas del palacio habían pasado inadvertidas para mí. Cu- 
chillito me miró sin ánimo: 

-iCuánto cachivache! ¿Y para qué los queremos? -dijo. 

Pero a Torno, que es más entendido, se le iluminaron los ojos y susurró, 

con esa voz que sonaba como un silbido en la noche: 

-A cualquier hora, entraremos esta semana. 

Comimos cada uno ocho helados y entramos en el Jardín Zoológico, a mirar 
los monos. El sol pelaba. Nos detuvimos a oír la musiquita de la calesita, 
porque a Torno le gusta cualquier musiquita. No es extraño: el padre toca- 
ba el bandoneón. Planeaba, como pensando en otra cosa, el asalto. 



Durante varios días, como era nuestra costumbre, anduvimos vagando por 
el barrio, donde queda la casa. Un día entero estuve sentado sobre los res- 
tos del paredón roto de un baldío viendo el movimiento de la gente que sa- 
lía y entraba. No había vigilante en la esquina, por suerte. El único peligro, 
tal vez, era el silencio de esa manzana. El calor me obligó a quitarme la 
camisa: nadie me dijo nada, porque sudar vuelve distraída a la gente. 
Por fin llegó la noche esperada. Yo tenía que entrar primero en la casa, por- 
que la conocía y porque soy menos nervioso. Cuchillito y Torno quedarían 
afuera, escondidos detrás de las plantas, con una bolsa vacía, donde pon- 
dríamos los objetos adquiridos. Yo tenía que avisarles, con un chistido de 
lechuza, si convenía que ellos entraran. Comimos aquella noche a las mil 
maravillas, con vino tinto, y grapa al final. Nos costó cara la fiesta. 
Después de algunas discusiones sobre la hora conveniente para entrar en la 
casa de Aníbal Celino, consultando el reloj cada cuarto de hora, nos enca- 
minamos hacia la calle Canning y nos detuvimos frente al jardín de nuestra 
casa, como si nos hubiésemos perdido. Bruscamente Cuchillito y Torno sal- 
taron la verja del jardín y se escondieron entre unas plantas. Yo me guarecí 
en la oscuridad de la entrada, con la ganzúa ya en la mano. La cara brillan- 
te del león que mascaba el aro me distrajo un instante de mi tarea; se abrió 
de improviso la puerta. Retrocedí de un salto y me escondí entre las plan- 
tas, pero la puerta permaneció abierta. Durante un tiempo larguísimo un 
reloj dio las horas con variadísimas campanadas, luego el cuarto y luego la 
media hora. Esperé, arañándome el tobillo, con una maldita rama, que algo 
sucediera. Nada sucedió; silencio tras silencio, carcomiéndome los ojos de 
sueño, hormigas subiéndome por las piernas hasta el ombligo. Esperé otro 
cuarto de hora y me acerqué a la puerta que permanecía abierta. Entré en 
la casa y encendí la linterna. Hice girar el redondel de luz a mi alrededor y 
lo detuve sobre la escalera: en uno de los escalones estaba sentada Aurora. 
Creo que fue la primera vez en mi vida que me asusté: parecía una verda- 
dera enana, porque llevaba puesto un camisón largo y el pelo recogido en la 
punta de la cabeza. Como si me hubiera esperado, se me acercó y me dijo 
al oído: 

-Usted es el Señor. Hace mucho que lo espero. 
Empecé a temblar y le pregunté en secreto: 
-¿A quién espera? 

Entonces, como si no escuchara lo que yo le estaba diciendo, me dijo agi- 
tando una de sus patas que parecía de gato que se limpia la cara: 
-Clotilde Ifrán me espera. 
-¿Quién es Clotilde Ifrán? ¿Dónde está? 

-Está en el cielo. Es una adivina que me leyó las manos. Cuando murió es- 
taba acostada en una cama preciosa, en su tienda. Era corsetera. Hacía fa- 
jas y corpiños para señoras y tenía los cajones de su cuarto llenos de cintas 



celestes y rosadas, elásticos y broches, botones y encajes por todas partes. 
Cuando yo iba a su casa con mamá y la esperaba, me dejaba jugar con to- 
do y a veces, cuando yo no iba al colegio, y mamá iba al teatro o Dios sabe 
dónde, me dejaba en la casa de Clotilde Ifrán, para que ella me cuidara. Y 
entonces sí que me divertía. No sólo me daba bombones y me dejaba jugar 
con las agujas, con las tijeras y con las cintas, sino que me leía las manos y 
me tiraba las cartas. Un día, que estaba echada sobre la cama, pálida como 
un susto, me dijo: "El Señor vendrá a buscarme, también vendrá por ti: y 
entonces nos encontraremos en el cielo". "¿Y nos divertiremos como nos di- 
vertimos acá?", le pregunté. "Mucho más, me respondió; porque el Señor 
es muy bueno." "¿Y cuándo vendrá a buscarme?" "No sé ni cuándo ni cómo, 
pero luego echaré las cartas para saberlo", me respondió. Al día siguiente 
unos enormes caballos negros la llevaron a la Chacarita en un coche lleno 
de adornos negros, con flores y no la vi más, ni en sueños. Usted es el Se- 
ñor del que ella siempre me hablaba, para el cual no había puertas. Usted 
quiso probar mi lealtad, ¿no es cierto?, cuando trajo aquel paquete de la 
farmacia Firpo. Usted es el Señor, porque tiene barba crecida. 
-He de ser, si usted lo dice. 

-Un Señor, al cual tenemos que dar todo lo que tenemos. 
-Llevaremos cosas brillantes y bonitas, ¿no es cierto? 
-Pondremos todo adentro de una canastita de picnic. Espéreme. 
Aurora volvió con una canastita. Entramos en la sala. Aurora se subió a una 
silla y de arriba de un mueble buscó una llavecita. Abrió la vitrina y fue sa- 
cando objetos que iba mostrándome. Cuando la canastita estuvo llena, ce- 
rró la vitrina con llave. 
-Ya está -dijo Aurora. 

En ese momento Aurora elevó la voz. Con temor dije: 
-Tenga cuidado. No haga ruido. 

-Mamá toma pildoras para dormir y a papá no lo despierta ni un trueno. 
¿Quiere que le eche las cartas? Haré con usted lo que Clotilde Ifrán hizo 
conmigo. ¿Quiere? 

De un salto bajó la escalera y me trajo un mazo de naipes; se sentó en uno 
de los escalones. 

-Así echaba las cartas Clotilde Ifrán. 

Aurora mezcló las cartas, las colocó en fila, una por una, sobre tres de los 
escalones. El vaivén de sus manos empezó a marearme. (Temí dormir: es 
el peligro de mi tranquilidad.) Le propuse que fuéramos a la sala, pensando 
en los objetos que yo tenía que recolectar, pero no me escuchó; con su voz 
autoritaria, empezó a enseñarme el significado de las cartas. 
-Este rey de espadas, con la cara muy seria, es un enemigo suyo. Lo está 
esperando afuera; van a matarlo. Este caballo de espadas, también lo está 
esperando. ¿Usted no oye los ruidos que vienen de la calle? ¿No oye los pa- 



sos, que van acercándose? Es difícil esconderse en la noche. Porque en la 
noche todos los ruidos se oyen y la luz de la luna es como la luz de la con- 
ciencia. Y las plantas. ¿Usted cree que las plantas pueden ayudarlo a uno? 
Son nuestras enemigas, a veces, cuando llega la policía, con las armas des- 
envainadas. Por eso Clotilde Ifrán quería llevarme con ella. Hay muchos pe- 
ligros. 

Quería irme, pero un sopor como el que siento después de haber comido, 
me detuvo. ¿Qué pensaría Torno, el jefe? Como un borracho me acerqué a 
la puerta y la entreabrí. Alguien hizo fuego; caí al suelo como un muerto y 
no supe más nada. 

El sótano 

Este sótano que en invierno es excesivamente frío, en verano es un Edén. 
En la puerta cancel, arriba, algunas personas se asoman a tomar fresco du- 
rante los días más cruentos de enero y ensucian el piso. Ninguna ventana 
deja pasar la luz ni el horrible calor del día. Tengo un espejo grande y un 
sofá o cama turca que me regaló un cliente millonario y cuatro colchas que 
fui adquiriendo poco a poco, de otros sinvergüenzas. En baldes, que me 
presta el portero de la casa vecina, traigo por las mañanas agua para la- 
varme la cara y las manos. Soy aseada. Tengo una percha, para colgar mis 
vestidos detrás de un cortinaje, y una repisa para el candelero. No hay luz 
eléctrica ni agua. Mi mesa de luz es una silla, y mi silla un almohadón de 
terciopelo. Uno de mis clientes, el más jovencito, me trajo de la casa de su 
abuela retazos de cortinas antiguas, con las que adorno las paredes, con fi- 
guritas que recorto de las revistas. La señora de arriba, me da el almuerzo; 
con lo que guardo en mis bolsillos y algunos caramelos, me desayuno. Te- 
ner que convivir con ratones, me pareció en el primer momento el único de- 
fecto de este sótano, donde no pago alquiler. Ahora advierto que estos 
animales no son tan terribles: son discretos. En resumidas cuentas son pre- 
feribles a las moscas, que abundan tanto en las casas más lujosas de Bue- 
nos Aires, donde me regalaban restos de comida, cuando yo tenía once 
años. Mientras están los clientes, no aparecen: reconocen la diferencia que 
hay entre un silencio y otro; surgen en cuanto me quedo sola, en medio de 
cualquier bullicio; pasan corriendo, se detienen un instante y me miran de 
reojo, como si adivinaran lo que pienso de ellos. A veces comen un trozo de 
queso o de pan, que quedó en el suelo. No me tienen miedo, ni yo a ellos. 
Lo malo es que no puedo almacenar provisiones, porque las comen antes 
de que yo las pruebe. Hay personas malintencionadas que se alegran de es- 
ta circunstancia y que me llaman Fermina, la de los ratones. Yo no quiero 
darles el gusto y no les pediré prestadas las trampas para exterminarlos. 
Vivo con ellos. Los reconozco y los bauticé con nombres de actores de ci- 



nematógrafo. Uno, el más viejo, se llama Garlitos Chaplin, otro Gregory 
Peck, otro Marión Brando, otro Duilio Marzio; otro que es juguetón, Daniel 
Gellin, otro Yul Brinner, y una hembrita, Gina Lollobrigida, y otra Sofía Lo- 
ren. Es extraño cómo estos animalitos se han apoderado del sótano donde 
tal vez vivieron antes que yo. Hasta las manchas de humedad adquirieron 
formas de ratones; todas son oscuras y un poco alargadas, con dos orejitas 
y una cola larga, en punta. Cuando nadie me ve, guardo comida para ellos, 
en uno de los platitos que me regaló el señor de la casa de enfrente. No 
quiero que me abandonen y si viene a visitarme el vecino y quiere exter- 
minarlos con trampas o con un gato, haré un escándalo del que se arrepen- 
tirá toda su vida. La demolición de esta casa está anunciada, pero yo no me 
iré de aquí hasta que me muera. Arriba preparan baúles y canastos y sin 
cesar hacen paquetes. Frente a la puerta de calle hay camiones de mudan- 
za, pero yo paso junto a ellos, como si no los viera. Nunca pedí ni cinco 
centavos a esos señores. Me espían todo el ida y creen que estoy con clien- 
tes, porque hablo conmigo misma, para disgustarlos; porque me tienen ra- 
bia, me encerraron con llave; porque les tengo rabia, no les pido que abran 
la puerta. Desde hace dos días suceden cosas muy raras con los ratones: 
uno me trajo un anillo, otro una pulsera, y otro, el más astuto, un collar. En 
el primer momento no podía creerlo y nadie me creerá. Soy feliz. IQué im- 
porta que sea un sueño! Tengo sed: bebo mi sudor. Tengo hambre: muerdo 
mis dedos y mi pelo. No vendrá la policía a buscarme. No me exigirán el 
certificado de salud, ni de buena conducta. El techo se está desmoronando, 
caen hojitas de pasto: será la demolición que empieza. Oigo gritos y nin- 
guno contiene mi nombre. Los ratones tienen miedo. iPobrecitos! No saben, 
no comprenden lo que es el mundo. No conocen la felicidad de la venganza. 
Me miro en un espejito: desde que aprendí a mirarme en los espejos, nunca 
me vi tan linda. 

Las fotografías 

Llegué con mis regalos. Saludé a Adriana. Estaba sentada en el centro del 
patio, en una silla de mimbre, rodeada por los invitados. Tenía una falda 
muy amplia, de organdí blanco, con un viso almidonado, cuya puntilla se 
asomaba al menor movimiento, una vincha de metal plegadizo, con flores 
blancas, en el pelo, unos botines ortopédicos de cuero y un abanico rosado 
en la mano. Aquella vocación por la desdicha que yo había descubierto en 
ella mucho antes del accidente, no se notaba en su rostro. 
Estaban la Clara, estaba Rossi, el Cordero, Perfecto y Juan, Albina Renato, 
María, la de los anteojos, el Bodoque Acevedo, con su nueva dentadura, los 
tres pibes de la finada, un rubio que nadie me presentó y la desgraciada de 
Humberta. Estaban Luqui, el Enanito y el chiquilín que fue novio de Adriana, 



y que ya no le hablaba. Me mostraron los regalos: estaban dispuestos en 
una repisa del dormitorio. En el patio, debajo de un toldo amarillo, habían 
puesto la mesa, que era muy larga: la cubrían dos manteles. Los sándwi- 
ches de verdura y de jamón y las tortas muy bien elaboradas, despertaron 
mi apetito. Media docena de botellas de sidra, con sus vasos corres- 
pondientes, brillaban sobre la mesa. Se me hacía agua la boca. Un florero 
con gladiolos naranjados y otro con claveles blancos, adornaban las cabece- 
ras. Esperábamos la llegada de Spirito, el fotógrafo: no teníamos que sen- 
tarnos a la mesa ni destapar las botellas de sidra, ni tocar las tortas, hasta 
que él llegara. 

Para hacernos reír. Albina Renato bailó La muerte del Cisne. Estudia bailes 
clásicos, pero bailaba en broma. 

Hacía calor y había moscas. Las flores de las catalpas ensuciaban las baldo- 
sas del patio. Los hombres con los periódicos, las mujeres con pantallas im- 
provisadas o abanicos, todo el mundo se abanicaba o abanicaba las tortas y 
sándwiches. La desgraciada de Humberta, lo hacía con una flor, para llamar 
la atención. Qué aire puede dar, por mucho que se agite, una flor. 
Durante una hora de expectativa en que todos nos preguntábamos al oír el 
timbre de la puerta de calle si llegaba o no llegaba Spirito, nos entretuvi- 
mos contando cuentos de accidentes más o menos fatales. Algunos de los 
accidentados habían quedado sin brazos, otros sin manos, otros sin orejas. 
"Mal de muchos, consuelo de algunos", dijo una viejita, refiriéndose a Rossi, 
que tiene un ojo de vidrio. Adriana sonreía. Los invitados seguían entrando. 
Cuando llegó Spirito, se destapó la primera botella de sidra. Por supuesto 
que nadie la probó. Se sirvieron varias copas y se inició el larguísimo prelu- 
dio al esperado brindis. 

En la primera fotografía, Adriana, a la cabecera de la mesa, trataba de son- 
reír con sus padres. Dio mucho trabajo colocar bien el grupo, que no armo- 
nizaba: el padre de Adriana era corpulento y muy alto, los padres fruncían 
mucho el ceño, sosteniendo en alto las copas. La segunda fotografía no dio 
menos trabajo: los hermanitos, las tías y la abuela se agrupaban desorde- 
nadamente alrededor de Adriana, tapándole la cara. El pobre Spirito tenía 
que esperar pacientemente el momento de sosiego, en que todos ocupaban 
el lugar por él indicado. En la tercera fotografía, Adriana blandía el cuchillo, 
para cortar la torta, que llevaba escrito con merengue rosado su nombre, la 
fecha de su cumpleaños y la palabra FELICIDAD, salpicada de grageas. 
-Tendría que ponerse de pie -dijeron los invitados. La tía objetó: 
-Y si los pies salen mal. 

-No se aflija -respondió el amable Spirito-, si quedan mal, después se los 
corto. 

Adriana hizo una mueca de dolor y el pobre Spirito tuvo que fotografiarla de 
nuevo, hundida en su silla, entre los invitados. En la cuarta fotografía, sólo 



los niños rodeaban a Adriana; les permitieron mantener las copas en alto, 
imitando a los mayores. Los niños dieron menos trabajo que los grandes. El 
momento más difícil no había terminado. Había que llevar a Adriana al dor- 
mitorio de su abuela para que le sacaran las últimas fotografías. Entre dos 
hombres la cargaron en la silla de mimbre y la pusieron en el cuarto, con 
los gladiolos y los claveles. Allí la sentaron en un diván, entre varios al- 
mohadones superpuestos. En el dormitorio, que medía cinco metros por 
seis, había aproximadamente quince personas, enloqueciendo al pobre Spi- 
rito, dándole indicaciones y aconsejando a Adriana las posturas que debía 
adoptar. Le arreglaban el pelo, le cubrían los pies, le agregaban almohado- 
nes, le colocaban flores y abanicos, le levantaban la cabeza, le abotonaban 
el cuello, le ponían polvos, le pintaban los labios. No se podía ni respirar. 
Adriana sudaba y hacía muecas. El pobre Spirito esperó más de media hora, 
sin decir una palabra; luego, con muchísimo tacto, sacó las flores que ha- 
bían colocado a los pies de Adriana, diciendo que la niña estaba de blanco y 
que los gladiolos naranjados desentonaban con el conjunto. Con santa pa- 
ciencia, Spirito repitió la consabida amenaza: 
-Ahora va a salir un pajarito. 

Encendió las lámparas y sacó la quinta fotografía, que terminó en un trueno 
de aplausos. Desde afuera, la gente decía: 

-Parece una novia, parece una verdadera novia. Lástima los botines. 
La tía de Adriana pidió que fotografiaran a la niña con el abanico de su sue- 
gra, en la mano. Era un abanico con encaje de Alenzón, con lentejuelas, y 
cuyas varillas de nácar tenían pequeñas pinturas hechas a mano. El pobre 
Spirito no juzgó de buen gusto introducir en la fotografía de una niña de ca- 
torce años un abanico negro y triste, por valioso que fuera. Tanto insistie- 
ron, que aceptó. Con un clavel blanco en una mano y el abanico negro en la 
otra, salió Adriana en la sexta fotografía. La séptima fotografía motivó dis- 
cusiones: si se sacaría en el interior del cuarto o en el patio, junto al abuelo 
maniático, que no quería moverse de su rincón. La Clara dijo: 
-Si es el día más feliz de su vida, cómo no la van a fotografiar junto al 
abuelo, que tanto la quiere. -Luego explicó-: -Desde hace un año esta niña 
se ha debatido entre los brazos de la muerte, ha quedado paralítica. 
La tía declaró: 

-Nos hemos desvivido por salvarla, durmiendo a su lado en los pisos de 
baldosa de los hospitales, dándole nuestra sangre en transfusiones, y aho- 
ra, en el día de su cumpleaños, vamos a descuidar el momento más solem- 
ne del banquete, olvidando de ponerla en el grupo más importante, junto a 
su abuelo, que siempre fue su preferido. 

Adriana se quejaba. Creo que pedía un vaso de agua, pero estaba tan agi- 
tada que no podía pronunciar ninguna palabra; además, el estruendo que 
hacía la gente al moverse y al hablar hubiera sofocado sus palabras, si ella 



las hubiera pronunciado. Dos lionnbres la llevaron, de nuevo, en la silla de 
mimbre, al patio y la pusieron junto a la mesa. En ese momento se oyó de 
un altoparlante la canción ritual de Feliz cumpleaños. Adriana en la cabece- 
ra de la mesa, al lado del abuelo y de la torta con velitas, posó para la sép- 
tima fotografía, con mucha serenidad. La desgraciada de Humberta logró 
introducirse en el retrato en primer plano, con sus omóplatos descubiertos y 
despechugada como siempre. La acusé en público por la intromisión, y 
aconsejé al fotógrafo que repitiera la fotografía, lo que hizo de buen grado. 
Resentida, la desgraciada de Humberta se fue a un rincón del patio; el rubio 
que nadie me presentó la siguió y para consolarla le sopló algo al oído. Si 
no hubiera sido por esa desgraciada la catástrofe no habría sucedido. 
Adriana estaba a punto de desmayarse, cuando la fotografiaron de nuevo. 
Todos me lo agradecieron. Destaparon las botellas de sidra; las copas re- 
balsaban de espuma. Cortaron las dos tortas en tajadas grandotas, que se 
repartieron en cada plato. Estas cosas llevan tiempo y atención. Algunas 
copas se volcaron sobre el mantel: dicen que trae suerte. Con la punta de 
los dedos, nos humedecimos la frente. Algunos mal educados habían bebido 
ya la sidra antes del brindis. La desgraciada de Humberta dio el ejemplo, y 
le pasó la copa al rubio. No fue sino más tarde, cuando probamos la torta y 
brindamos a la salud de Adriana, que advertimos que estaba dormida. La 
cabeza colgaba de su cuello como un melón. No era extraño que siendo 
aquella su primera salida del hospital, el cansancio y la emoción la hubieran 
vencido. Algunas personas se rieron, otras se acercaron y le golpearon la 
espalda para despertarla. La desgraciada de Humberta, esa aguafiestas, la 
zarandeó de un brazo y le gritó: 
-Estás helada. 

Ese pájaro de mal agüero, dijo: 
-Está muerta. 

Algunas personas alejadas de la cabecera, creyeron que se trataba de una 
broma y dijeron: 

-Como para no estar muerta con este día. 

El Bodoque Acevedo no soltaba su copa. Todos dejaron de comer, salvo Lu- 
qui y el Enanito. Otros, disimuladamente, guardaban trozos de torta estru- 
jada y sin merengue, en el bolsillo. IQué injusta es la vida! lEn lugar de 
Adriana, que era un angelito, hubiera podido morir la desgraciada de Hum- 
berta! 

Magush 

Una bruja tesálica adivinó el destino de Polícrates en los dibujos que al reti- 
rarse hacía el mar en la orilla de la playa; una vestal romana adivinó el de 
César en un montoncito de arena que rodeaba una planta; el alemán Cor- 



nelio Agripa se sirvió de un espejo para adivinar el futuro. Algunos brujos 
actuales leen el destino en las hojas de té o en la borra del café del fondo 
de una taza, algunos en los árboles, en la lluvia, en las manchas de tinta o 
en la clara de huevo, otros simplemente en las líneas de las manos, otros 
en bolas de cristal. Magush lee el destino en el edificio deshabitado que está 
frente a la carbonería en donde vive. Los seis enormes ventanales y las do- 
ce ventanitas del edificio vecino son como barajas para él. Magush jamás 
pensó en asociar ventanas y barajas: a mí se me ocurrió la idea. Sus méto- 
dos son misteriosos y sólo dan cabida a una relativa explicación. Me dijo 
que durante el día difícilmente puede sacar conclusiones, porque la luz per- 
turba las imágenes. El momento propicio para realizar el trabajo es la caída 
del sol, cuando se filtran por las celosías de las ventanas interiores del edifi- 
cio ciertos rayos oblicuos, que reverberan sobre los vidrios de las ventanas 
del frente. Por ese motivo siempre cita a la misma hora a sus clientes. Yo 
sé, lo he sabido después de muchas averiguaciones, que la parte más alta 
del edificio revela los asuntos del corazón, la parte baja, las cuestiones de 
dinero y de trabajo y la parte central, los problemas de la familia y el esta- 
do de salud. 

Magush, a pesar de tener apenas catorce años, es amigo mío. Lo conocí por 
casualidad, un día que fui a comprar una bolsa de carbón. No tardé en intuir 
su genio divinatorio. Después de algunas conversaciones en el patio de la 
carbonería (rodeados de bolsas de carbón, muñéndonos de frío), me hizo 
pasar al cuarto donde trabaja. El cuarto es una suerte de pasillo, tan frío 
como el patio; desde ahí, cómodamente, a través de una combinación de 
claraboyas con vidrios de colores y de una ventana angosta y alta, como 
para alojar una jirafa, se divisa el edificio de enfrente, con su fachada ama- 
rillenta marcada por las lluvias y el sol. Después de estar un rato en ese 
cuarto comprobé que el frío desaparecía y lo reemplazaba una agradable 
sensación de calor. Magush me dijo que aquel fenómeno se produce en los 
momentos de adivinación y que no es el cuarto sino el cuerpo el que absor- 
be aquellas irradiaciones tan benéficas. 

Conmigo Magush tuvo deferencias extraordinarias. Me dejó mirar, perso- 
nalmente, a la hora propicia, una por una, las ventanas del edificio. (A ve- 
ces se veían escenas indescifrables; en ese sentido, al principio anduve con 
suerte.) En una de ellas vi, para mal de mis pecados, a la que fue después 
mi novia, con mi rival. Ella llevaba puesto el vestido rojo que me deslumhró 
y la cabellera suelta, retenida con un pequeño moño, sobre la nuca. Por ha- 
ber visto ese detalle yo debía tener ojos de lince, pero la claridad de la ima- 
gen se debe a la magia que la rodea y no a mi vista. (A esa misma distan- 
cia he alcanzado a leer cartas o recortes de diarios.) Allí vi la escena penosa 
que después tuve que sufrir en carne propia. Allí vi aquel lecho cubierto de 
colchas rosadas y las señoras horribles que entraban y salían con paquetes. 



Allí, en los vidrios del poniente, vi los paseos al Tigre y al río Luján. Allí es- 
tuve a punto de estrangular a alguien. Después, cuando fui al encuentro de 
esos acontecimientos, la realidad me pareció un tanto descolorida y mi no- 
via tal vez menos hermosa. 

Pasadas aquellas experiencias disminuyó mi interés por llegar a mi destino. 
Consulté con Magush. ¿Era posible evitarlo? Abstenerse de vivir ¿era posi- 
ble? Magush, que es inteligente, pensó en la conveniencia de intentar esto. 
Durante algunos días no me separé de su lado. Me entretuve viendo imáge- 
nes, absteniéndome de buscarlas y de vivirlas. Magush me dijo que por tra- 
tarse de nuestra amistad, que era de tantos años, hacía una excepción: que 
a nadie le hubiera permitido esa conducta. Me entretuve viendo mi destino 
en aquellas ventanas y las artimañas que empleaba Magush con clientes a 
quienes engañaba, entregándoles mi destino como si fuese el de ellos. 
-Es más prudente que alguien viva tu destino inmediatamente, a medida 
que va apareciendo en las ventanas. No vaya a ser que después te busque: 
el destino es como un tigre cebado, que acecha a su dueño -me decía Ma- 
gush, y para tranquilizarme agregaba-: Un día, tal vez, no haya más nada 
para ti en y esas ventanas. 
-¿Moriré? -interrogaba yo con cierta inquietud. 
-Necesariamente, no -respondía Magush-. Puedes vivir sin destino. 
-Pero, hasta los perros tienen destino -protesté yo. 
-Los perros no pueden evitarlo: son obedientes. 

Sucedió, en parte, lo que Magush había pronosticado y viví por un tiempo 
aburrido y tranquilo, dedicado a mi trabajo, pero la vida me atraía y la año- 
ré, junto a Magush, contemplando el edificio. Aún no se habían extinguido 
las figuras dedicadas a esclarecer mi destino. En cada una de las ventanas 
nos sorprendieron a veces inextricables composiciones nuevas. Tétricas lu- 
ces, fantasmas con caras de perros, criminales, todo indicaba que no con- 
venía que aquellos cuadros que estaba viendo llegaran a ser reales. 
-A quién le agradaría vivir estas desdichas -dije a Magush, que resolvió 
aquel día, para distraerme, hacer de consultante y de adivino a la vez. Em- 
pecé a ver luces de Bengala, títeres, farolitos japoneses, enanos, personas 
vestidas de oso y de gato. Con hipocresía le dije: 
-Te envidio. Quisiera tener catorce años. 
-Te cambio el destino -me dijo Magush. 

Acepté, aunque su proposición me pareciera atrevida. ¿Qué haría con esos 
enanitos? Hablamos demasiado tiempo de las dificultades que podían aca- 
rrear las diferencias de nuestra edad. Perdimos tal vez la fe que necesitá- 
bamos. 

Nuestro proyecto no se cumplió. Los dos perdimos la ocasión de satisfacer 
nuestra curiosidad. 

A veces reincidimos en la tentación de intercambiar nuestro destino; hace- 



mos algunas tentativas, pero siennpre vuelve a ocurrir el misnno impedimen- 
to: si se piensa en las dificultades que Magush ha vencido resulta absurdo. 
No hace mucho estuve a punto de partir. Hice mis valijas. Nos despedimos. 
Las imágenes en las ventanas eran tentadoras. Algo me retuvo a último 
momento. Lo mismo sucedió a Magush; no tuvo valor para escaparse de la 
carbonería. 

A mí me fascina siempre el destino de Magush y a él (por malo que sea) el 
mío, pero en el fondo lo único que deseamos los dos es seguir contemplan- 
do las ventanas de esa casa y regalar a otros nuestro destino, mientras no 
nos parezca extraordinario. 

La propiedad 

En esa propiedad de campo que daba sobre el mar, cuyo jardín no tenía flo- 
res por culpa del viento, pero toda suerte de cascadas, de grutas, de fuen- 
tes y de glorietas, vivíamos en un Edén. La señora a veces iba a la ciudad y 
durante su ausencia yo aprovechaba para descansar. Bonita como nadie, yo 
salía esos días y bajaba a la playa, con el kimono y las sandalias puestos; 
no llevaba ninguna uña sin barniz, ninguna pierna sin depilar. 
Aproveché las vacaciones, que pasaron en un abrir y cerrar de ojos, para 
someterme a operaciones de cirugía estética: empecé por la nariz, después 
fue el turno de los ojos y de los senos. Los médicos no me cobraban nada. 
Yo no tenía inconveniente en prestarme para experimentos de esos, porque 
me atendían médicos importantes y serios, verdaderos doctores y no prac- 
ticantes que la matan a una, prometiendo el oro y el moro. 
No había propiedad en el continente tan bonita como ésa. Muchos huéspe- 
des millonarios venían a alojarse y pasaban días, a veces semanas, a veces 
meses, en la casa. La señora era buena, tanto para las visitas como para la 
servidumbre. Mi trabajo era agradable. No enceraba pisos, ni limpiaba vi- 
drios, que es tan engorroso. 

Lo que más me costaba era levantarme a las seis y media de la mañana: ni 
la limpieza de los baños, ni atender el teléfono cuando me colgaban el tubo, 
me desagradaba tanto como ese momento en que abandonaba mis castillos 
en el aire, para levantarme y servir los desayunos, que no es trabajo de co- 
cinera. 

En aquella mansión, en lugar de flores, peces rojos, que nadaban en sus 
peceras como Pedro por su casa, adornaban los dormitorios. Ésta era una 
de las tantas originalidades de la patrona. Además de ser generosa, mi se- 
ñora era bonita y rubia como el trigo, "tal vez un poquito delgada para su 
estatura", decían el panadero Ruiz y Langostino, el del muelle, que eran 
unos envidiosos; para mí, estaba en su peso. Pero ella nunca estaba satis- 
fecha. Siempre quería adelgazar más: ¡Qué pecado! El tratamiento de un 



especialista, con liormonas, que valían un ojo de la cara, le hizo aumentar 
cuarenta kilos, que rebajaba fácilmente, sin querer, y comiendo como un ti- 
burón o como un pajarito. iCuántas veces la sostuve en mis brazos, llo- 
rando porque no había bajado de peso o porque había subido injustamente, 
con muchos sacrificios! Una vez me resfrié de tantas lágrimas que recibí so- 
bre los hombros. lYo era su paño de lágrimas! 

-Si fuera pobre como yo no se alimentaría tan mal -le decía para consolarla- 
-Peor sería parecer un elefante como la señora Macuri, o un palillo de dien- 
tes como doña Selena, o el hambre en la India, como otras de sus invitadas 
-yo agregaba con el corazón en la mano. Ella me hacía callar. Sabía que era 
perfecta, pero se encaprichaba con la misma retahila: gorda y flaca, flaca y 
gorda. 

Desde las ocho de la mañana, los compañeros llevaban las peceras al jardín 
para cambiarles el agua y dar comida a los peces, que eran unos comilones. 
Las persianas cerraban bien, tan bien que se necesitaban maña y fuerza pa- 
ra abrirlas. Un día uno de los invitados me llamó para que abriera una de 
ellas. 

-Yo me ahogo en esta casa. Es bonita, pero las persianas no se abren. 
Se lo conté a la señora y aprovechó para no invitar más al desagradecido, 
que nunca me dio propina, ni cuando le buscaba los zapatos debajo de la 
cama, que no era mi trabajo. 

La señora me trataba bien, salvo cuando se enojaba y eso sucedía todos los 
días: por una puerta abierta, por un sillón colocado en otro sitio, por una 
basurita que había caído en un rincón, por los bichos feos que ensuciaban 
las sillas de la terraza. ¡Qué culpa tenía yo! 

La señora era elegante. Con verdadera pena, yo veía envejecer los trajes, 
los zapatos, los guantes, la ropa interior, que iba a regalarme. No soy in- 
teresada. A veces, si caía el lápiz de rouge al suelo, me lo regalaba; si le 
faltaba un solo diente al peine, aunque fuera de carey, también me lo rega- 
laba. No mezquinaba los perfumes: el perfume desaparecía de a medio 
frasco por día: las visitas tenían todas el mismo olor relajante de algunas 
flores, que no me dejan dormir de noche. 

Las mallas de baño, yo las estrenaba nuevecitas, porque el día en que la 
señora las compraba ya le parecían horribles, por esto, por lo otro y por lo 
de más allá. Yo era muy feliz en aquella vida de abundancia y de lujo: nun- 
ca faltó vino en mi comida, ni café, ni té, si lo quería. Los remedios viejos y 
los postres que habían salido mal, me los regalaba para mi madre enferma, 
que la adoraba como yo. 

Todo cambió cuando llegó Ismael Gómez. La señora ya no me regaló sus 
vestidos viejos, ni sus remedios, porque Ismael Gómez pretendía que cuan- 
to más viejo era un traje o un remedio, sentaban mejor. Las comidas tam- 
bién cambiaron: me obligaron a preparar muchos postres con crema y hue- 



vo batido, mucho merengue con dulce de leche, y yemas quemadas, que 
me hacían mal al hígado. Ismael Gómez tenía una verdadera adoración por 
la señora pero la respetaba, eso sí. No la dejaba mover, le alcanzaba cual- 
quier cosita que necesitaba. Todo el día le ofrecía algo de comer, le com- 
praba bebidas finísimas y él no compartía nada, como si no quisiera abusar 
de las riquezas de la señora. La gente decía que era un pan de Dios, pero 
yo no lo tragaba. 

En aquella época la señora tomó a su servicio a un cocinero gigante, reco- 
mendado por Ismael Gómez. Me sacaron de la cocina sin decir agua va. Las 
comidas cambiaron de nuevo. Enormes postres de cuatro pisos, adornados 
con figuras aparentemente alegres, desfilaban a diario por el comedor. Con 
el tiempo descubrí que esas figuras hechas de merengue rosado, que en el 
primer momento me parecían tan bonitas, representaban calaveras, mons- 
truos con cuatro cabezas, diablos con guadañas, en fin, todo un mundo de 
cosas horribles, que mi señora no advirtió, porque no era maliciosa; yo no 
me atreví a explicarle nada. Resolví, sin embargo, vigilar las comidas, y a 
las horas en que preparaban las fuentes, entraba intempestivamente en la 
cocina, donde me recibían de mala gana. 

Ismael Gómez redobló sus cuidados con la señora. No permitía que se mo- 
lestara ni para ir al Banco. Durante varios días, en un cuaderno con hojas 
cuadriculadas, como un nene que no sabe escribir, se ejercitó en imitar la 
firma de la señora, hasta que nadie pudo distinguir qué mano había escrito 
aquellas líneas. 

Varias veces me escondí detrás de la puerta, para oír las conversaciones 
entre la señora e Ismael Gómez, al atardecer, antes de que nos fuéramos a 
la cama. Yo presentía que alguna desgracia iba a suceder en la casa, pero 
no podía explicar en qué fundaba mis presentimientos. Tuve que consultar 
a un médico, porque durante varias noches tuve pesadillas que me dejaron 
afiebrada. 

Mis presentimientos se cumplieron el día en que vi a mi señora acostada 
con perfil de santa, entre coronas de flores blancas, en la capilla ardiente. 
Yo llegaba de casa de mis tías, donde había pasado un mes de vacaciones, 
y pregunté en la puerta, sujetando con la mano mi corazón, que latía como 
un despertador: 
-¿Dónde está la señora? 

-Está en la sala, de cuerpo presente -me respondieron. 
Se me doblaron las rodillas. En los espejos yo parecía ni más ni menos que 
una enana. ¿Quién es ésa?, pensé, y era yo. Entré en la sala llorando como 
una Magdalena. El señor Ismael Gómez me tomó del brazo y me dijo: 
-Tengo que darte una buena noticia. La señora te deja una pequeña fortu- 
na, a condición de que cuides esta casa, que ahora es mía, como la cuidaste 
siempre para mí y para ella, que seguirá viviendo en nuestra memoria -y 



agregó, conteniendo las lágrimas-: 

lYa ves lo que es la vida! No quiso ser mi novia y ahora es la novia de la 
muerte, que es menos alegre que yo. 

Un zumbido de moscardones llenó la sala: mujeres enlutadas rezaron. Perdí 
la cabeza. 

Me arrojé en los brazos que Ismael Gómez me tendía como un padre y 
comprendí que era un señor bondadoso. 

Los objetos 

Alguien regaló a Camila Ersky, el día que cumplió veinte años, una pulsera 
de oro con una rosa de rubí. Era una reliquia de familia. La pulsera le gus- 
taba y sólo la usaba en ciertas ocasiones, cuando iba a alguna reunión o al 
teatro, a una función de gala. Sin embargo, cuando la perdió, no compartió 
con el resto de la familia, el duelo de su pérdida. Por valiosos que fueran, 
los objetos le parecían reemplazables. Sólo apreciaba a las personas, a los 
canarios que adornaban su casa y a los perros. A lo largo de su vida, creo 
que lloró por la desaparición de una cadena de plata, con una medalla de la 
virgen de Luján, engarzada en oro, que uno de sus novios le había regala- 
do. La idea de ir perdiendo las cosas, esas cosas que fatalmente perdemos, 
no la apenaba como al resto de su familia o a sus amigas, que eran todas 
tan vanidosas. Sin lágrimas había visto su casa natal despojarse, una vez 
por un incendio, otra vez por un empobrecimiento, ardiente como un incen- 
dio, de sus más preciados adornos (cuadros, mesas, consolas, biombos, ja- 
rrones, estatuas de bronce, abanicos, niños de mármol, bailarines de porce- 
lana, perfumeros en forma de rábanos, vitrinas enteras con miniaturas, lle- 
nas de rulos y de barbas), horribles a veces pero valiosos. Sospecho que su 
conformidad no era un signo de indiferencia y que presentía con cierto ma- 
lestar que los objetos la despojarían un día de algo muy precioso de su ju- 
ventud. Le agradaban tal vez más a ella que a las demás personas que llo- 
raban al perderlos. A veces los veía. Llegaban a visitarla como personas, en 
procesiones, especialmente de noche, cuando estaba por dormirse, cuando 
viajaba en tren o en automóvil, o simplemente cuando hacía el recorrido 
diario para ir a su trabajo. Muchas veces le molestaban como insectos: que- 
ría espantarlos, pensar en otras cosas. Muchas veces por falta de imagina- 
ción se los describía a sus hijos, en los cuentos que les contaba para entre- 
tenerlos, mientras comían. No les agregaba ni brillo, ni belleza, ni misterio: 
no hacía falta. 

Una tarde de invierno volvía de cumplir unas diligencias en las calles de la 
ciudad y al cruzar una plaza se detuvo a descansar en un banco. iPara qué 
imaginar Buenos Aires! Hay otras ciudades con plazas. Una luz crepuscular 
bañaba las ramas, los caminos, las casas que la rodeaban; esa luz que au- 



menta a veces la sagacidad de la dicha. Durante un largo rato miró el cielo, 
acariciando sus guantes de cabritilla manchados; luego, atraída por algo 
que brillaba en el suelo, bajó los ojos y vio, después de unos instantes, la 
pulsera que había perdido hacía más de quince años. Con la emoción que 
produciría a los santos el primer milagro, recogió el objeto. Cayó la noche 
antes que resolviera colocar como antaño en la muñeca de su brazo iz- 
quierdo la pulsera. 

Cuando llegó a su casa, después de haber mirado su brazo, para asegurarse 
de que la pulsera no se había desvanecido, dio la noticia a sus hijos, que no 
interrumpieron sus juegos, y a su marido, que la miró con recelo, sin inte- 
rrumpir la lectura del diario. Durante muchos días, a pesar de la indiferen- 
cia de los hijos y de la desconfianza del marido, la despertaba la alegría de 
haber encontrado la pulsera. Las únicas personas que se hubieran asom- 
brado debidamente habían muerto. 

Comenzó a recordar con más precisión los objetos que habían poblado su 
vida; los recordó con nostalgia, con ansiedad desconocida. Como en un in- 
ventario, siguiendo un orden cronológico invertido, aparecieron en su me- 
moria la paloma de cristal de roca, con el pico y el ala rotos; la bombonera 
en forma de piano; la estatua de bronce, que sostenía una antorcha con 
bombitas de luz; el reloj de bronce; el almohadón de mármol, a rayas ce- 
lestes, con borlas; el anteojo de larga vista, con empuñadura de nácar; la 
taza con inscripciones y los monos de marfil, con canastitas llenas de moni- 
tos. 

Del modo más natural para ella y más increíble para nosotros, fue recupe- 
rando paulatinamente los objetos que durante tanto tiempo habían morado 
en su memoria. 

Simultáneamente advirtió que la felicidad que había sentido al principio se 
transformaba en malestar, en un temor, en una preocupación. 
Apenas miraba las cosas, de miedo de descubrir un objeto perdido. 
Desde la estatua de bronce con la antorcha que iluminaba la entrada de la 
casa, hasta el dije con el corazón atravesado con una flecha, mientras Ca- 
mila se inquietaba, tratando de pensar en otras cosas, en los mercados, en 
las tiendas, en los hoteles, en cualquier parte, los objetos aparecieron. La 
muñeca cíngara y el calidoscopio fueron los últimos. ¿Dónde encontró estos 
juguetes, que pertenecían a su infancia? Me da vergüenza decirlo, porque 
ustedes, lectores, pensarán que sólo busco el asombro y que no digo la 
verdad. Pensarán que los juguetes eran otros parecidos a aquéllos y no los 
mismos, que forzosamente no existirá una sola muñeca cíngara en el mun- 
do ni un solo calidoscopio. El capricho quiso que el brazo de la muñeca es- 
tuviera tatuado con una mariposa en tinta china y que el calidoscopio tuvie- 
ra, grabado sobre el tubo de cobre, el nombre de Camila Ersky. 
Si no fuera tan patética, esta historia resultaría tediosa. Si no les parece pa- 



tética, lectores, por lo menos es breve, y contarla me servirá de ejercicio. 
En los camarines de los teatros que Camila solía frecuentar, encontró los 
juguetes que pertenecían, por una serie de coincidencias, a la hija de una 
bailarina que insistió en canjeárselos por un oso mecánico y un circo de ma- 
terial plástico. Volvió a su casa con los viejos juguetes envueltos en un pa- 
pel de diario. Varias veces quiso depositar el paquete, durante el trayecto, 
en el descanso de una escalera o en el umbral de alguna puerta. 
No había nadie en su casa. Abrió la ventana de par en par, aspiró el aire de 
la tarde. Entonces vio los objetos alineados contra la pared de su cuarto, 
como había soñado que los vería. Se arrodilló para acariciarlos. Ignoró el 
día y la noche. Vio que los objetos tenían caras, esas horribles caras que se 
les forman cuando los hemos mirado durante mucho tiempo. 
A través de una suma de felicidades Camila Ersky había entrado, por fin, en 
el infierno. 

Nosotros 

-INunca te mires en un espejo: sería una redundancia! -me dicen nuestros 
amigos-. Lo mirarás a Eduardo que es igual a ti, para peinarte o anudarte la 
corbata. 

Dicen que nos parecemos como dos gotas de agua, pero conozco las dife- 
rencias que hay entre nosotros como la diferencia que hay entre mi mano 
izquierda y mi mano derecha, o mi ojo derecho y mi ojo izquierdo. Modestia 
aparte, mi cara de perfil es más perfecta que la de Eduardo, el hoyuelo de 
las mejillas, que tanto éxito tiene, se me acentúa más cuando nos reímos; 
por eso las chicas me miran tanto: sin embargo, nunca traté de enamorar- 
me de otras mujeres que las que enamoraban a mi hermano. A veces pensé 
que sería conveniente independizarme un poco, lo confieso, pero no tuve 
valor. Soy feliz: para qué buscarle tres pies al gato. Somos de una familia 
pudiente y distinguida. Por las mañanas tomamos un desayuno copioso que 
hasta el Rey de Inglaterra envidiaría. Nos dedicamos a algunos deportes: el 
lanzamiento de la jabalina, la natación o el golf. Por las tardes nos ocupa- 
mos de nuestra tarea habitual que nos da tanta satisfacción. Creo que no 
conocemos lo que es estar tristes ni deprimidos. Nos bastaría abrir el ropero 
y contemplar nuestros zapatos lustrosos como espejos para borrar cualquier 
preocupación. El ama de llaves que tenemos es un pan de Dios; ella contri- 
buye a la felicidad de nuestra vida. (Ama de llaves, ama de leche, ama de 
casa. Siempre nos fascinaron esas mujeres ejemplares.) Un día nos enamo- 
ramos de ella, porque la teníamos a mano, pero pronto tuvimos una de- 
silusión tremenda: sus dientes, que nos parecían un collar de perlas, eran 
postizos. Los descubrimos adentro de un vaso de agua, en su cuarto. Sus 
pies, con los cuales tropezábamos, tenían un dedo encimado. Sus desayu- 



nos eran natas sobre un trozo de pan y ajo picado. 

-Sería mejor pensar en otra cosa -dije a Eduardo, que inmediatamente me 
comprendió, 

iPobre Bernarda! Cuántas ilusiones se habrá fieciio con nosotros. INo quiero 
pensar en las desventuras ajenas! Para ella siempre seremos los niños mi- 
mados, los diablillos, los buenos mozos despreocupados. 
Cuando nos enamoramos de Leticia pensamos que el mundo iba a cambiar. 
La felicidad es ambiciosa: queríamos más y más. La conocimos en el Club 
Náutico de San Isidro. Eduardo fue el que la conquistó con no sé qué triqui- 
ñuelas. Yo me enardecí, pero ella no quería saber nada conmigo. 
-¿Por qué emplea siempre el plural? -me dijo. 
-¿La molesto? -le pregunté. 

-Eduardo es mi novio, ¿no se da cuenta? -me contestó. Me alejé, desconso- 
lado. 

A veces me confundía con Eduardo cuando me encontraba en la calle, y me 
saludaba efusivamente, o en el teléfono cuando llamaba a casa para hablar 
con él y me decía frases amorosas que me agradaban. Cuando Eduardo se 
casó fingí ausentarme por unos meses a la Patagonia, lugar ideal para un 
misántropo. 

Quedé de incógnito en un hotel de Buenos Aires, haciéndome la ilusión de 
viajar por Europa. Eduardo venía a visitarme por las tardes, con los bolsillos 
llenos de tabletas de chocolate suizo. Desde el hotel llamaba a su mujer y 
me daba el tubo para que yo finalizara la conversación; yo hacía esto de 
buena gana, pues Leticia me decía palabras encendidas con una voz no 
menos encendida. iCuánto nos divertíamos! 

En el barrio donde vivía Eduardo había como ahora frecuentes cortes de luz 
que se anunciaban con anterioridad en los diarios. Esta circunstancia facili- 
taría las cosas. Eduardo, con muchos eufemismos, me dio la idea: 
-¿Por qué no pasas la noche con Leticia? Yo te relevaré antes de las siete de 
la mañana. 

Me dio las llaves. Con el corazón en la boca acepté y fui al departamento 
que queda en la calle Junín. Estaba convenido que llegaría a medianoche, 
hora en que Eduardo tenía que regresar de una comida de hombres solos, 
en el Hotel Alvear. Tomé unas pildoras para los nervios y llegué al departa- 
mento después de demorarme en el ascensor más de lo necesario. Abrí la 
puerta con tranquilidad, oí unos pasos desnudos en la alfombra. Leticia se 
echó en mis brazos. Eduardo me había dicho: 
-Tienes que representarme. Llámala mi corderito. 

No me costaba imaginar que yo era Eduardo: en la infancia había jugado 
muchas veces un juego similar; pero llamarla Corderito no podía. La alcé en 
mis brazos y la llevé a la cama. El resto casi no lo recuerdo. La emoción se- 
xual es una suerte de hipnótico, que me roba la memoria. Cuando llegó 



Eduardo a relevarme yo estaba profundamente dormido. Con mucha pre- 
caución, tuvo que acercarse a la cama y despertarme, antes que Leticia se 
despertara. Volví varias veces, en similares circunstancias, a dormir en los 
brazos de Leticia. La vida se volvió agradable y no exenta de peligros y de 
variaciones. 

Dos personas juntas se atreven a hacer cualquier cosa: Eduardo y yo tene- 
mos una fuerza mayor que el común de las personas. ¿Qué otros mellizos 
se hubieran atrevido a semejante acción? 

Bien se dice que el amor es ciego. Comenzaba el otoño. Durante una sema- 
na Leticia convivió conmigo, creyendo que yo era Eduardo. Yo mismo llegué 
a creer que era Eduardo a fuerza de imitarlo. Pero una circunstancia des- 
agradable rompió el encanto. Leticia oyó comentarios malignos de personas 
que habían visto a Eduardo a la hora en que ella estaba en mis brazos. Leti- 
cia comenzó a cavilar sobre posibles desdoblamientos, sobre circunstancias 
mágicas, que permitían simultáneamente que ella estuviera en los brazos 
de Eduardo mientras Eduardo estaba en otros sitios. Alguien, tal vez malig- 
namente, sacó una fotografía de Eduardo, sin que éste lo advirtiera, en una 
casa donde jugaban al póker. La fotografía llevaba la fecha y la dirección en 
el dorso y alguien se la mandó a Leticia. 

Leticia comenzó a cavilar fríamente, mientras yo la abrazaba. Me confió sus 
inquietudes. La tranquilicé. IMi vida ya no era una vida! Una mañana creí 
que Leticia estaba durmiendo, como lo estaba habitualmente a la hora en 
que Eduardo me relevaba. Furtivamente me levanté cuando oí entrar a 
Eduardo, que se asomó a la puerta. iSe nos heló la sangre! Como una apa- 
rición, Leticia se levantó de la cama. Tanta tranquilidad no era humana. Se 
acercó al teléfono y habló con una tapicería para que vinieran a colocarle 
las alfombras. Pensé que iba a matar a uno de los dos o a delatarnos. Se- 
guramente la vergüenza le impidió hacerlo. Trató por todos los medios de 
que Eduardo se batiera conmigo. 

Hicimos nuestro baúl y con Eduardo nos fuimos de esa casa donde la vida 
ya nos parecía tediosa, por no decir insoportable. 

La furia 

(Para mi amigo Octavio.) 

Por momentos creo que oigo todavía ese tambor. ¿Cómo podré salir de esta 
casa sin ser visto? Y, suponiendo que pudiera salir, una vez afuera, ¿cómo 
haría para llevar al niño a su casa? Esperaría que alguien lo reclamara por 
radio o por los diarios. ¿Hacerlo desaparecer? No sería posible. ¿Suicidar- 
me? Sería la última solución. Además ¿con qué podría hacerlo? ¿Escapar- 
me? ¿Por dónde? En los corredores, en este momento, hay gente. Las ven- 



tanas están tapiadas. 

Me formulé mil veces estas preguntas a mí mismo hasta que descubrí el 
cortaplumas que el niño tenía en la mano y que guardaba de vez en cuando 
en el bolsillo. Me tranquilicé pensando que podía, en última instancia, ma- 
tarlo, cortándole, en la bañadera, para que no ensuciara el piso, las venas 
de las muñecas. Una vez muerto lo colocaría debajo de la cama. 
Para no volverme loco saqué la libreta de apuntes que llevo en el bolsillo, y 
mientras el niño jugaba de un modo inverosímil con los flecos de la colcha, 
con la alfombra, con la silla, escribí todo lo que me había sucedido desde 
que conocí a Winifred. 

La conocí en Palermo. Sus ojos brillaban, ahora me doy cuenta, como los de 
las hienas. Me recordaba a una de las Furias. Era frágil y nerviosa, como 
suelen ser las mujeres que no te gustan. Octavio. El pelo negro era fino y 
crespo, como el vello de las axilas. Nunca supe qué perfume usaba, pues su 
olor natural modificaba el del frasco sin etiqueta, decorado con cupidos, que 
vislumbré en el interior revuelto de su cartera. 
Nuestro primer diálogo fue breve: 
-Che, no parecés argentina, vos. 
-Es claro. Soy filipina. 
-¿Hablás inglés? 
-Es claro. 

-Podrías enseñarme. 
-Para qué. 

-Para estudiar me vendría bien. 

Ella paseaba con un niño que cuidaba; yo, con un libro de matemáticas o de 
lógica, debajo del brazo. Winifred no era muy joven; lo advertí por las ve- 
nas de las piernas, que formaban pequeños arbolitos azules a la altura de la 
rodilla y por la hinchazón pronunciada de los párpados. Me dijo que tenía 
veinte años. 

La veía los sábados por la tarde. Durante un tiempo, recorriendo el mismo 
trayecto del primer día, desde el busto de Dante, que queda junto a un 
aguaribay, hasta la jaula de los monos, mirando la punta de nuestros zapa- 
tos tiznados con polvo, o dando carne cruda a los gatos, repetimos el mis- 
mo diálogo, con distinto énfasis, casi podría decir con distinto significado. El 
niño tocaba sin cesar el tambor. Nos cansamos de los gatos el día en que 
nos tomamos de la mano: no alcanzaba el tiempo para cortar tantos peda- 
citos de carne cruda. Un día llevamos pan a las palomas y a los cisnes: esto 
fue un pretexto para retratarnos al pie del puente que comunica con la isla 
clausurada del lago, cuyo portón abunda en inscripciones pornográficas. 
Quiso escribir su nombre y el mío junto a una de las inscripciones más obs- 
cenas. Le obedecí con desgano. 

Me enamoré de ella cuando pronunció un alejandrino (Octavio, me enseñas- 



te métrica). 

-Me acuerdo de mis plumas de ángel, cuando era chica. 
Para no turbarme, la miré en el agua. Creí que lloraba. 
-¿Tenías plumas de ángel? -pregunté con voz sentimental. 
-Eran de algodón y muy grandes -me respondió-. Encuadraban mi cara. Pa- 
recían de armiño. Para el día de la Virgen, las hermanas del colegio me vis- 
tieron de ángel, con un vestido celeste; una túnica, no un vestido. Debajo 
llevaba una malla celeste y zapatos celestes también. Me hicieron rulos y 
me los pegaron con goma arábiga. 

Le coloqué mi brazo alrededor de la cintura, pero siguió hablando: 
-Sobre la cabeza me pusieron una corona de azucenas artificiales. Las azu- 
cenas son muy fragantes, creo que eran nardos. Sí, nardos. Vomité durante 
toda la noche. Nunca olvidaré ese día. Mi amiga Lavinia, a quien estimaban 
tanto como a mí en el colegio, recibió la misma distinción: la vistieron de 
ángel, de ángel rosado (el ángel rosado era menos importante que el ángel 
celeste). 

(Recordé tus consejos. Octavio, no hay que ser tímido para conquistar a 
una mujer.) 

-¿No querés que nos sentemos? -le dije, abrazándola, frente a un banco de 
mármol. 

-Sentémonos en el césped -me dijo. 
Dio unos pasos y se echó al suelo. 

-Me gustaría encontrar un trébol de cuatro hojas... y me gustaría darte un 
beso. 

Prosiguió, como si no me hubiera oído: 

-Mi amiga Lavinia murió aquel día: fue el día más feliz y más triste de mi 
vida. Feliz, porque las dos estábamos vestidas de ángel; triste porque perdí 
para siempre la felicidad. 

Para que tocara sus lágrimas, puso mi mano sobre su mejilla. 
-Siempre que la recuerdo, lloro -dijo, con voz entrecortada-. Aquel día fes- 
tivo terminó en tragedia. Una de las alas de Lavinia se incendió en la llama 
del cirio que yo llevaba en mi mano. El padre le Lavinia se precipitó para 
salvar a su hija: la cargó, corrió al presbiterio, atravesó el patio, entró en el 
cuarto de baño con esa antor-ha viva. Cuando la sumergió en el agua de la 
bañadera ya era tarde. Mi amiga Lavinia yacía carbonizada. De su cuerpo 
quedó sólo este anillo que cuido como oro en polvo -me dijo, mostrando en 
su anular un anillito con un rubí-. Un día, jugando, me prometió que me re- 
galaría el anillo cuando muriera. No faltó gente malintencionada que me 
acusara de haber incendiado a propósito las alas de Lavinia. La verdad es 
que sólo puedo jactarme de haber sido bondadosa con una persona: con 
ella. Yo vivía dedicada como una verdadera madre a cuidarla, a educarla, a 
corregir sus defectos. Todos tenemos defectos: Lavinia era orgullosa y mié- 



dosa. Tenía el pelo largo y rubio, la piel muy blanca. Para corregir su orgu- 
llo, un día le corté un nnechón que guardé secretamente en un relicario; tu- 
vieron que cortarle el resto del pelo, para emparejarlo. Otro día, le volqué 
un frasco de agua de Colonia sobre el cuello y la mejilla; su cutis quedó to- 
do manchado. 

El niño tocaba el tambor junto a nosotros. Le dijimos que se alejara, pero 
no nos obedeció. 

-¿Si le quitásemos el tambor? -inquirí con impaciencia. 

-Tendría un ataque de nervios -me respondió Winifred. 

-¿Podré verte algún día, sin el chico o sin el tambor? 

-Por ahora, no -respondió Winifred. 

Llegué a creer que era hijo de ella, tanto lo complacía. 

-¿Y la madre, la madre nunca puede estar con él? -le pregunté un día, con 

acritud. 

-Para eso me pagan -me contestó, como si la hubiera insultado. 
Después de una serie de besos, que cambiamos entre los follajes, continuó 
sus confidencias, sin que el niño dejara de tocar el tambor. 
-En las Filipinas hay paraísos. 

-Aquí también -le respondí, creyendo que hablaba de árboles. 

-Paraísos de felicidad. En Manila, donde yo nací, las ventanas de las casas 

están adornadas de madreperla. 

-¿Con ventanas adornadas de madreperla logra uno ser feliz? 
-Estar en el paraíso equivale a lograr la felicidad; pero siempre llega la ser- 
piente y uno la espera. Los temblores de tierra, la invasión japonesa, la 
muerte de Lavinia, todo ocurrió después. Lo presentí, sin embargo. Mis pa- 
dres siempre colocaban afuera de nuestra casa, junto a la puerta principal, 
un platito con leche para que las víboras no entraran en la casa. Una noche 
se olvidaron de colocar la leche afuera. Cuando mi padre se metió en la 
cama, sintió algo caliente entre las sábanas. Era una víbora. Para matarla 
de un balazo tuvo que esperar hasta la mañana. No quería asustarnos con 
la detonación. Aquella vez presentí todo lo que iba a ocurrir. Fue una pre- 
monición. Arrodillada en la capilla del colegio trataba de pedir protección a 
Dios, pero siempre que estaba arrodillada, mis pies me molestaban. Los 
doblaba hacia afuera, hacia adentro, para un lado, para el otro, sin hallar 
postura adecuada para el recogimiento. Lavinia me miraba con asombro; 
ella era muy inteligente y no podía comprender que uno tuviera esas dificul- 
tades frente a Dios. Ella era sensata; yo era romántica. Un día, vagando 
con un libro, en un campo cubierto de lirios, me dormí. Era ya tarde. Me 
buscaron con linternas: el cortejo iba encabezado por Lavinia. Allí los lirios 
dan sueño, son flores narcóticas. Si no me hubieran encontrado, se- 
guramente usted no estaría hablando hoy conmigo. 
El niño se sentó junto a nosotros, tocando el tambor. 



-¿Por qué no le sacamos el tambor y se lo tiramos al lago? -me aventuré a 
decir-. Me aturde el ruido. 

Winifred dobló su impermeable rojo, lo acarició y siguió hablando: 
-En los dormitorios del colegio, Lavinia lloraba de noche, porque temía a los 
animales. Para combatir sus inexplicables terrores, metí arañas vivas aden- 
tro de su cama. Una vez metí un ratón muerto que encontré en el jardín, 
otra vez metí un sapo. A pesar de todo no conseguí corregirla; su miedo, 
por lo contrario, durante un tiempo se agravó. Llegó al paroxismo el día en 
que la invité a mi casa. Alrededor de la mesita donde estaba dispuesto el 
juego de té con las masas, coloqué todas las fieras que mi padre había ca- 
zado en África y había mandado embalsamar: dos tigres y un león. Lavinia 
no probó la leche ni las masas aquel día. Yo jugaba a darle de comer a las 
fieras. Ella lloraba. La llevé a las hamacas del jardín, para consolarla. No 
cesó de llorar, hasta el momento en que anocheció. Entonces aproveché la 
oscuridad para esconderme detrás de unas plantas. El miedo secó sus lá- 
grimas. Creyó que estaba sola. El sitio de las hamacas quedaba retirado de 
la casa. Permaneció de pie, junto a un banco rústico, rascándose nerviosa- 
mente las rodillas, hasta que aparecí cubierta de hojas de banano. En la os- 
curidad adiviné la palidez de su cara y los hilitos de sangre de sus rodillas 
arañadas. Dije su nombre, tres veces: Lavinia, Lavinia, Lavinia, tratando de 
cambiar mi voz. Palpé su mano helada. Creo que se desvaneció. Esa noche 
tuvieron que ponerle bolsas de agua caliente en los pies y bolsas de hielo 
en la cabeza. Lavinia dijo a sus padres que no quería verme más. Nos re- 
conciliamos, como es natural. Para celebrar nuestra reconciliación, fui a su 
casa con varios regalos: chocolate y una pecera con un pez rojo; pero lo 
que más le desagradó fue un monito, vestido de verde, con cuatro cascabe- 
les. Los padres de Lavinia me recibieron con cariño y me agradecieron los 
regalos, que Lavinia no me agradeció. Creo que el pez y el mono murieron 
de inanición. En cuanto al chocolate, Lavinia no lo probó. Tenía la manía de 
no comer dulces, razón por la cual la reprendían, cuando no le metían a la 
fuerza en la boca, bombones o dulces que yo siempre le regalaba. 
-¿No querés que paseemos por otra parte? -le dije, interrumpiendo sus con- 
fidencias-. Está lloviendo. 

-Bueno -me contestó, poniéndose el impermeable. 

Caminamos, cruzamos la avenida de las palmeras, llegamos al Monumento 
a los Españoles. Buscamos un taxímetro. Di las instrucciones al chauffeur. 
En el camino compramos chocolate y pan, para el niño. La casa era como 
las otras de su género, un poco más grande, tal vez. La habitación tenía un 
espejo con molduras doradas y un perchero, cuyas perchas lucían en sus 
extremidades cuellos de cisne. Escondimos el tambor debajo de la cama. 
-¿Qué hacemos con el niño? -pregunté, sin recibir otra respuesta que el 
abrazo que nos condujo a un laberinto de otros abrazos. Penetramos, nos 



demoramos en la oscuridad como en un túnel, cegados por la luz del jardín 
donde habíamos estado. 

-¿Y el niño? -volví a interrogar, viendo su ausencia, su sombrero de paja y 

sus guantes blancos en la penumbra-. ¿No estará debajo de la cama? 

-Ese andariego andará por los corredores de la casa. 

-¿Y si alguien lo ve? 

-Pensarán que es el hijo del dueño. 

-Pero no permiten traer niños. 

-¿Cómo lo dejaron pasar? 

-No lo vieron, debajo de tu impermeable. 

Cerré los ojos y aspiré el perfume de Winifred. 

-Qué cruel fuiste con Lavinia -le dije. 

-¿Cruel, cruel? -me respondió, con énfasis-. Cruel soy con el resto del mun- 
do. Cruel seré contigo -dijo, mordiendo mis labios. 
-No podrás. 
-¿Estás seguro? 
-Estoy seguro. 

Ahora comprendo que sólo quería redimirse para Lavinia, cometiendo ma- 
yores crueldades con las demás personas. Redimirse a través de la maldad. 
Después salí en busca del niño, porque ella me lo pidió. Vagué por los co- 
rredores. No había nadie. Me detuve en el patio donde llegaban los taxíme- 
tros con parejas que ocultaban risas, alegría, vergüenza. Un gato blanco se 
trepó a una enredadera. El niño estaba orinando junto a la pared. Lo alcé y 
lo llevé escondiéndome lo mejor que pude. Al entrar en el cuarto, primera- 
mente no vi nada; la oscuridad era absoluta. Luego advertí que Winifred ya 
no estaba. Nada de ella había quedado, ni su cartera, ni sus guantes, ni el 
pañuelo con iniciales celestes. Abrí bruscamente la puerta para ver si la al- 
canzaba en el corredor, pero no hallé ni el perfume de ella. Volví a cerrarla 
y mientras el niño jugaba peligrosamente con los flecos de la colcha, descu- 
brí el tambor. Revisé todos los rincones en donde Winifred hubiera podido, 
en su distracción, dejar algo de ella, algo que me ayudara a encontrarla de 
nuevo: su dirección, la dirección de una amiga, el apellido de ella. 
Intenté varios diálogos con el niño, que me fueron de poca utilidad. 
-No toques el tambor. ¿Cómo te llamas? 
-Cintito. 

-Ése es un sobrenombre, ¿cuál es tu verdadero nombre? 

-Cintito. 

-¿Y tu niñera? 

-Niní. 

-¿Y qué más? 
-Nada más. 
-¿Dónde vive? 



-En una casita. 

-¿Dónde? 

-En una casita. 

-¿Dónde está esa casita? 

-No sé. 

-Te doy bombones, si me decís cómo se llama tu niñera. 
-Dame bombones. 
-Después. ¿Cómo se llama? 

Cintito siguió jugando con la colcha, con la alfombra, con la silla, con los 
palillos del tambor. 

¿Qué haré?, pensaba, mientras hablaba con el niño. 
-No toques el tambor. Más divertido es hacerlo rodar. 
-¿Por qué? 

-Porque no hay que hacer ruido. 

-Si yo quiero. 

-No toques, te digo. 

-Entonces devolvéme el cortaplumas. 

-No es un juguete para niños. Podrías lastimarte. 

-Tocaré el tambor. 

-Si tocas el tambor, te mato. 

Comenzó a gritar. Lo tomé del cuello. Le pedí que se callara. No quiso escu- 
charme. Le tapé la boca con la almohada. Durante unos minutos se deba- 
tió; luego quedó inmóvil, con los ojos cerrados. 

Vacilar es una de mis perdiciones. Durante minutos que me comunicaron 
con la eternidad, repetí: ¿Qué haré? 

Ahora sólo espero que se abra la puerta de mi cárcel donde todavía estoy 
encerrado. Siempre fui así: por no provocar un escándalo fui capaz de co- 
meter un crimen. 

Carta perdida en un cajón 

¿Cuánto tiempo hace que no pienso en otra cosa que en ti, imbécil, que te 
intercalas entre las líneas del libro que leo, dentro de la música que oigo, en 
el interior de los objetos que miro? No me parece posible que el revesti- 
miento de mi esqueleto sea igual al tuyo. Sospecho que perteneces a otro 
planeta, que tu Dios es diferente del mío, que el ángel guardián de tu infan- 
cia no se parecía al mío. Como si se tratara de alguien que hubiera entre- 
visto en la calle, me parece que no nos hemos conocido en la infancia y que 
aquella época hubiera sido mero sueño. Pensar de la mañana a la noche y 
de la noche a la mañana en tus ojos, en tu pelo, en tu boca, en tu voz, en 
esa manera de caminar que tienes, me incapacita para cualquier trabajo. A 
veces, al oír pronunciar tu nombre mi corazón deja de latir. Imagino las fra- 



ses que dices, los lugares que frecuentas, los libros que te gustan. En me- 
dio de la noche, me despierto con sobresaltos preguntándome: "¿dónde es- 
tará esa bestia?" o "¿con quién estará?" A veces, con mis amigos, llevo el 
diálogo a temas que fatalmente atraen comentarios sobre tu modo de vivir, 
sobre las particularidades de tu carácter, o bien paso por la puerta de tu 
casa, perdiendo un tiempo infinito en esperarte para ver a qué horas sales 
o cómo te has vestido. Ningún amante habrá pensado tanto en su amada 
como yo en ti. Recuerdo siempre tus manos levemente rojas, y la piel de 
tus brazos oscura en los pliegues del codo o en el cuello como arena húme- 
da. "¿Será suciedad?", pienso, esperando con un defecto nuevo lograr la 
destrucción de tu ser tan despreciable. Podría dibujar tu cara con los ojos 
cerrados, sin equivocarme en ninguna de sus líneas: me guardaré de hacer- 
lo, pues temo mejorar tus facciones o divinizar la expresión un poco bestial 
de tus mejillas prominentes. Será una mezquindad de mi parte, pero todas 
mis mezquindades te las debo a ti. Después de nuestra infancia, que trans- 
currió en un colegio que fue nuestra prisión donde nos veíamos diariamente 
y dormíamos en el mismo dormitorio, podría enumerar algunos furtivos en- 
cuentros: un día en el andén de una estación, otro día en una playa, otro 
día en un teatro, otro día en la casa de unos amigos. No olvidaré aquel úl- 
timo encuentro, tampoco olvido los otros, pero el último me parece más 
significativo. Cuando advertí tu presencia en aquella casa perdí por la frac- 
ción de un segundo el conocimiento. Tus pies lascivos estaban desnudos. 
Pretender describir la impresión que me causaron las uñas de tus pies sería 
como pretender reconstruir el Partenón. Creo, sin embargo, que en la in- 
fancia tuve el presentimiento de todo lo que iba a sufrir por ti. Oí a mi ma- 
dre pronunciar tu nombre cuando entramos a visitar por primera vez aquel 
colegio donde había en el jardín tantos jaracandas en flor y aquellas dos es- 
tatuas sosteniendo globos de luz en cada lado del portón. 
-Alba Cristián es hija de una amiga mía. La internarán también aquí. Es de 
tu edad -dijo mi madre cruelmente. 

Sentí un extraño malestar: pensé que era por culpa del colegio donde me 
iban a internar. Sin embargo, inconscientemente, como esos antiguos ani- 
llos que contenían veneno debajo de un camafeo o de una piedra, tu nom- 
bre semejante también a un círculo me pareció venenoso. Otro presenti- 
miento me avasalló aquel día del paseo a los lagos de Palermo, cuando nos 
bajamos a comer la merienda sobre el césped y que Máxima Parisi te ense- 
ñó unas tarjetas postales que no quiso enseñarme a mí y que al final de la 
tarde, comiendo un helado de frambuesa, se recostó sobre tu hombro en el 
ómnibus que nos llevó de vuelta al colegio. En aquella intimidad que me ex- 
cluía, sentí la amenaza de otras desventuras. No creas que olvidé la llave 
misteriosa de tu mesa de luz que hacía sonreír a Máxima Parisi ni aquel 
atado de cigarrillos americanos que fumaron sin convidarme en la glorieta 



de los arbustos "cuerpo a tierra" decían ustedes "como los soldados", en 
aquel escondite que aborrecí hasta el día de hoy. No creas que olvidé aquel 
libro pornográfico, ni el gato que bautizaban con un nuevo nombre estrafa- 
lario cada día, ipobre diablo! Ni aquella suerte de supositorios para perfu- 
mar el baño con olor a rosa que disolvían en un vaso de agua y que se pa- 
saban por el pelo y por los brazos. No creas que olvidé la enfermedad de 
Máxima cuando te colgaste de mi brazo todo el día diciéndome que yo era 
tu amiga predilecta y que me invitarías a tu casa de campo durante el ve- 
rano. No me hice ilusiones, además no me inspirabas ninguna simpatía. No 
aspiré a tu amistad sino para alejarte de otras. En el fondo de mi corazón 
se retorcía una serpiente semejante a la que hizo que Adán y Eva fueran 
expulsados del Paraíso. 

Sospechaba que mi vida sería una sucesión de fracasos y de abo- 
minaciones. No hay niño desdichado que después sea feliz: adulto podrá 
ilusionarse en algún momento, pero es un error creer que el destino pueda 
cambiarlo. Podrá tener vocación por la dicha o por la desdicha, por la virtud 
o por la infamia, por el amor o por el odio. El hombre lleva su cruz desde el 
principio: hay cruces de madera tosca, de aluminio, de cobre, de plata o de 
oro, pero todas son cruces. 

Bien sabes cuál es la mía, pero tal vez no sepas cuál es la tuya, pues no to- 
dos los seres son lúcidos, ni capaces de leer el destino en los signos que 
diariamente ven a su alrededor. ¿Será cruel advertírtelo? Me tiene sin cui- 
dado. No siento por ti la menor lástima. Me molesta que alguien aún crea 
que somos amigas de infancia. No falta quien me pregunte con tono almi- 
barado y escandalizado a la vez: 
-¿No tenés amigos de infancia? 
Yo les respondo: 

-No me casé con los amigos de infancia. Si ahora tengo poco discernimiento 
para elegirlos, ¿cómo habrán sido las equivocaciones de mis primeros años? 
Las amistades de infancia son erróneas, y no se puede ser fiel al error inde- 
finidamente. 

Aquel día, en casa de nuestros amigos, al verte, una trémula nube envolvió 
mi nuca, mi cuerpo se cubrió de escalofríos. Tomé un libro que estaba sobre 
la mesa y comencé a hojearlo ávidamente: sólo después advertí que el libro 
se titulaba Balance de las ventas de animales bovinos. La dueña de casa me 
ofreció una naranjada horrible "de alfileres" como denominábamos toda be- 
bida que llevaba soda. Bebí de un trago para ocultar el temblor de mi 
mano; felizmente hacía calor y salí al balcón con el pretexto de tomar fres- 
co y de mirar la vista que abarcaba el Río de la Plata a lo lejos y en primer 
plano el Monumento de los Españoles que divisado de ese ángulo parecía, 
más que nunca, un gigantesco postre de bodas o de primera comunión. 
Sonreí a tu cara de bestia, sonreiste. Vivir así no era vivir. Sentí vértigos. 



náuseas. Desde aquel séptimo piso contemplé la calle pensando cómo sería 
mi caída, si me tiraba de esa altura. Un puesto de fruta, cajones de basura 
al pie de la casa (estarían en huelga los basureros) y una baranda alta me 
molestaban para imaginar la escena. Traté de concentrarme en esa idea 
llena de dificultades para serenarme. Tenía el poder, que ahora no tengo, 
para desdoblarme: conversé con la gente que me rodeó, reí, miré a todos 
lados con los ojos clavados en el fondo de aquel precipicio con cajones de 
basura, con frutas y con hombres que pasaban. Todo era menos inmundo 
que tu cara. "De cuántas músicas, de cuántas personas, de cuántos libros 
tengo que renegar para no compartir mis gustos contigo", pensé al mirar 
hacia el interior del departamento a través del vidrio de la ventana. "Quiero 
mi soledad, la quiero con mil caras impersonales." Te miré y a través del 
vidrio que reverberaba tembló tu cara de piraña como en el fondo del agua. 
Pensé en quien no puedo pensar por causa tuya y en el sortilegio que me 
envolvía. Estás en mí como esas figuras que ocultan otras más importantes 
en los cuadros. Un experto puede borrar la figura superpuesta pero ¿dónde 
está el experto? Necesito dar una explicación a mis actos. Después de ha- 
berte saludado con una inusitada amabilidad te invité a tomar té. Aceptas- 
te. Te dije que en mi casa había pintores. Sugeriste felizmente que sería 
mejor ir a tu casa. En el momento en que prepares el té y lo dejes sobre la 
mesa fingiré un desmayo. Irás a buscar un vaso de agua que yo te pediré, 
entonces echaré en la tetera el veneno que traigo en mi cartera. Servirás el 
té después de un rato. Yo no tomaré el mío, pensé como delirando mientras 
me hablabas. 

No cumplí mi proyecto. Era infantil. Me pareció más atinado usar ese proce- 
dimiento para matar a L. Deseché la idea porque la muerte no me pareció 
un castigo. 

-¿Qué te pasa? -me decía L. 

La conversación recaía sobre ti. Le decía de ti las peores cosas que pueden 
decirse de un ser humano. Hablé de suciedad, de mentiras, de deslealtad, 
de vulgaridad, de pornografía. Inventé cosas atroces que resultaron maravi- 
llosas. No sospeché que por primera vez L. se interesaba en tu personali- 
dad, en tu vida, en tu manera de sentir y que todo había nacido de mi ima- 
ginación. 

Durante el tiempo que dediqué a pensar sólo en ti, a hablar de tus terribles 
vestimentas, de tu malignidad, de tu falta de asco para meterte en la boca 
dinero sucio y cosas que encontrabas en el suelo, con mi complicidad, con 
mis sospechas, con mi odio construí para ustedes ese edificio de amor tan 
complicado donde viven alejados de mí por mi culpa. Quiero que sepas que 
debes tu felicidad al ser que más te desdeña y aborrece en el mundo. Una 
vez que ese ser que te adorna con su envidia y te embellece con su odio 
desaparezca, tu dicha concluirá con mi vida y la terminación de esta carta. 



Entonces te internarás en un jardín semejante al del colegio que era nues- 
tra prisión, un jardín engañoso, cuidado por dos estatuas, que tienen dos 
globos de luz en las nnanos, para alumbrar tu soledad inextinguible. 

El verdugo 

Como siempre, con la primavera llegó el día de los festivales. El Emperador, 
después de comer y de beber, con la cara recamada de manchas rojas, se 
dirigió a la plaza, hoy llamada de las Cáscaras, seguido por sus súbditos y 
por un célebre técnico, que llevaba un cofre de madera, con incrustaciones 
de oro. 

-¿Qué lleva en esa caja? -preguntó uno de los ministros al técnico. 
-Los presos políticos; más bien dicho los traidores. 
-¿No han muerto todos? -interrogó el ministro con inquietud. 
-Todos, pero eso no impide que estén de algún modo en esta cajita - 
susurró el técnico, mostrando entre los bigotes, que eran muy negros, lar- 
gos dientes blancos. 

En la plaza de las Cáscaras, donde habitualmente celebraban las fiestas pa- 
trias, los pañuelos de la gente volaban entre las palomas; éstas llevaban 
grabadas en las plumas, o en un medallón que les colgaba del pescuezo, la 
cara pintada del Emperador. En el centro de la plaza histórica, rodeado de 
palmeras, había un suntuoso pedestal sin estatua. Las señoras de los minis- 
tros y los hijos estaban sentados en los palcos oficiales. Desde los balcones 
las niñas arrojaban flores. 

Para celebrar mejor la fiesta, para alegrar al pueblo que había vivido tantos 
años oprimido, el Emperador había ordenado que soltaran aquel día los gri- 
tos de todos los traidores que habían sido torturados. Después de saludar a 
los altos jefes, guiñando un ojo y masticando un escarbadientes, el Empe- 
rador entró en la casa Amarilla, que tenía una ventana alta, como las ven- 
tanas de las casas de los elefantes del Jardín Zoológico. Se asomó a mu- 
chos balcones, con distintas vestiduras, antes de asomarse al verdadero 
balcón, desde el que habitualmente lanzaba sus discursos. El Emperador, 
bajo una apariencia severa, era juguetón. Aquel día hizo reír a todo el mun- 
do. Algunas personas lloraron de risa. El Emperador habló de las lenguas de 
los opositores: "que no se cortaron -dijo- para que el pueblo oyera los gri- 
tos de los torturados". Las señoras, que chupaban naranjas, las guardaron 
en sus carteras, para oírlo mejor; algunos hombres orinaron involuntaria- 
mente sobre los bancos donde había pavos, gallinas y dulces; algunos ni- 
ños, sin que las madres lo advirtieran, se treparon a las palmeras. El Empe- 
rador bajó a la plaza. Subió al pedestal. El eminente Técnico se caló las ga- 
fas y lo siguió: subió las seis o siete gradas que quedaban al pie del pedes- 
tal, se sentó en una silla y se dispuso a abrir el cofre. En ese instante el si- 



lencio creció, como suele crecer al pie de una cadena de montañas al ano- 
checer. Todas las personas, hasta los hombres muy altos, se pusieron en 
puntas de pie, para oír lo que nadie había oído: los gritos de los traidores 
que habían muerto mientras los torturaban. El Técnico levantó la tapa de la 
caja y movió los diales, buscando mejor sonoridad: se oyó, como por en- 
canto, el primer grito. La voz modulaba sus quejas más graves alternativa- 
mente; luego aparecieron otras voces más turbias pero infinitamente más 
poderosas, algunas de mujeres, otras de niños. Los aplausos, los insultos y 
los silbidos ahogaban por momentos los gritos. Pero a través de ese mar de 
voces inarticuladas, apareció una voz distinta y sin embargo conocida. El 
Emperador, que había sonreído hasta ese momento, se estremeció. El Téc- 
nico movió los diales con recogimiento: como un pianista que toca en el 
piano un acorde importante, agachó la cabeza. Toda la gente, simultánea- 
mente, reconoció el grito del. Emperador. iCómo pudieron reconocerlo! 
Subía y bajaba, rechinaba, se hundía, para volver a subir. El Emperador, 
asombrado, escuchó su propio grito: no era el grito furioso o emocionado, 
enternecido o travieso, que solía dar en sus arrebatos; era un grito agudo y 
áspero, que parecía provenir de una usina, de una locomotora, o de un cer- 
do que estrangulan. De pronto algo, un instrumento invisible, lo castigó. 
Después de cada golpe, su cuerpo se contraía, anunciando con otro grito el 
próximo golpe que iba a recibir. El Técnico, ensimismado, no pensó que tal 
vez suspendiendo la transmisión podría salvar al Emperador. Yo no creo, 
como otras personas, que el Técnico fuera un enemigo acérrimo del Empe- 
rador y que había tramado todo esto para ultimarlo. 

El Emperador cayó muerto, con los brazos y las piernas colgando del pedes- 
tal, sin el decoro que hubiera querido tener frente a sus hombres. Nadie le 
perdonó que se dejase torturar por verdugos invisibles. La gente religiosa 
dijo que esos verdugos invisibles eran uno solo, el remordimiento. 
-¿Remordimiento de qué? -preguntaron los adversarios. 
-De no haberles cortado la lengua a esos reos -contestaron las personas re- 
ligiosas, tristemente. 

Azabache 

Soy argentino. Me enganché en un barco. Conseguí en Marsella que un mé- 
dico firmara un documento certificando que yo estaba loco. No le costó na- 
da porque él estaba tal vez loco. De ese modo pude abandonar el barco, 
pero me encerraron en un manicomio y no tengo esperanza de que ningún 
ser humano pueda sacarme de aquí. 

Ésta fue mi historia: por huir de mi tierra me enganché en un barco, y por 
huir del barco me encerraron en un manicomio. Al huir de mi tierra y al huir 
del barco pensé que huía de mis recuerdos, pero cada día revivo la historia 



de mi amor, que es mi cárcel. Dicen que por odio a las mujeres elegantes, 
me enamoré de Aurelia, pero no es cierto. La amé como no amé a ninguna 
otra mujer en mi vida. Aurelia era una sirvienta; apenas sabía escribir, ape- 
nas sabía leer. Sus ojos eran negros, su pelo negro y lacio como las crines 
de los caballos. En cuanto terminaba de limpiar las cacerolas o los pisos to- 
maba un lápiz y un papel y se iba a un rincón para dibujar caballos. Era lo 
único que sabía dibujar: caballos al galope, saltando, sentados, acostados; 
a veces eran rosillos, otras veces zainos, colorados, bayos, negros, azule- 
jos, blancos; a veces los pintaba con tiza (cuando encontraba tiza), otras 
veces con lápices de colores, cuando alguien le regalaba lápices; otras ve- 
ces con tinta y otras veces con tintura. Todos tenían un nombre: el preferi- 
do era Azabache, porque era negro y arisco. 

Cuando por las mañanas me traía el desayuno, durante unos instantes oía 
su risa, como un relincho, antes que entrara en mi dormitorio, dando una 
patada nerviosa contra la puerta. No pude educarla, no quise educarla. Me 
enamoré de ella. 

Tuve que irme de la casa de mis padres y me fui a vivir con ella a Chasco- 
mús, en las afueras del pueblo. Pensé que las paredes multiplicadas de una 
ciudad labran nuestra desdicha. Con alegría vendí todas mis cosas, mi au- 
tomóvil y mis muebles, para arrendar aquel pequeñísimo campo donde viví 
pobremente, ilusionado por aquel amor imposible. En un remate compré al- 
gunas vacas y una tropilla de caballos que me eran necesarios para trabajar 
el campo. 

Al principio fui feliz. IQué importaba no tener baño, ni luz eléctrica, ni hela- 
dera, ni ropa limpia de cama! El amor lo reemplaza todo. Aurelia me había 
hechizado. IQué importaba que las plantas de sus pies fuesen ásperas, que 
sus manos estuvieran siempre rojas y que sus modales no fuesen finos: yo 
era su esclavo! 

Le gustaba comer azúcar. En la palma de mi mano, yo colocaba terrones de 
azúcar, que ella tomaba con su boca. Le gustaba que le acariciaran la cabe- 
za: durante horas yo se la acariciaba. 

A veces la buscaba todo el día, sin encontrarla en ninguna parte. ¿Cómo 
podía en aquel campo tan llano y sin árboles encontrar un escondite? Volvía 
descalza y con el pelo tan enmarañado, que ningún peine podía desenredar- 
lo. Le advertí que a lo largo de la costa, no muy lejos, se extendían los can- 
grejales. 

Algunas veces la hallaba conversando con los caballos. Ella, que era tan si- 
lenciosa, hablaba incesantemente con ellos. La rodeaban, la querían. Su 
preferido se llamaba Azabache. 

Algunas personas hablaron de mí como de un degenerado: otros, me com- 
padecían, pero fueron los menos. Me vendían carne mala, y en el almacén 
trataban de cobrarme dos veces las mismas cuentas, creyendo que yo era 



un distraído. Vivir en aquella soledad enemiga me hacía daño. 
Me casé con Aurelia para que en la carnicería me dieran mejor carne; así lo 
dijeron mis enemigos, pero yo podría asegurarles que lo hice para vivir res- 
petablemente. Aurelia se divertía besando la nariz de los caballos; trenzaba 
su pelo a las crines de los caballos. Estos juegos denotaban su corta edad y 
la ternura de su corazón. Era mía, como no había sido aquella horrible mu- 
jer elegante, con las uñas pintadas, de la cual me había enamorado años 
atrás. 

Una tarde encontré a Aurelia con un vagabundo, hablando de caballos. No 
entendí nada de lo que hablaban. Tomé a Aurelia del brazo y la llevé a casa, 
sin decirle una palabra. Aquel día cocinó de mala gana y rompió una puerta 
a patadas. La encerré con llave y le dije que era la penitencia que le infligía 
por hablar con extraños. Pareció no entenderme. Durmió hasta que la per- 
doné. 

Para que no volviera a aventurarse lejos de la casa le conté cómo morían la 
gente y los animales, que se hundían devorados por los cangrejos. No me 
oyó. La tomé del brazo y le grité al oído. Se puso de pie y salió de la casa 
con la cabeza erguida, encaminándose hacia la costa. 
-¿Adónde vas? -le pregunté. 

Siguió caminando sin mirarme. La retuve del vestido, forcejeó hasta que se 
rompió. La voltié, la lastimé en mi desesperación. Se puso de pie y siguió 
caminando. Yo la seguí. Cuando llegamos a la proximidad del río, le supli- 
qué que no siguiera adelante porque allí se extendían los cangrejales, con 
un inmundo olor a barro. Siguió caminando. Tomó un camino angosto, en- 
tre los cangrejales. La seguí. Nuestros pies se hundían en el barro y oíamos 
el grito innumerable de los pájaros. No se veía ningún árbol y los juncos ta- 
paban el horizonte. Llegamos a un lugar donde el camino se desviaba y vi- 
mos a Azabache, el caballo negro, hundido hasta la panza en el cangrejal. 
Aurelia se detuvo un instante sin asombro. Rápida, de un salto, entró en el 
cangrejal y comenzó a hundirse. Mientras ella trataba de acercarse al caba- 
llo, yo trataba de acercarme a ella para salvarla. Me acosté, me deslicé, 
como un reptil, en el cangrejal. La tomé del brazo y comencé a hundirme 
con ella. Durante algunos momentos creí que yo iba a morir. Le miré los 
ojos y vi esa luz extraña que tienen los ojos agonizantes: vi el caballo refle- 
jado en ellos. Le solté el brazo. Esperé hasta el alba, deslizándome como un 
gusano sobre la superficie asquerosa del cangrejal, el final, sin fin para mí, 
de Aurelia y de Azabache, que se hundieron. 

La última tarde 

Muchos cueros de corderitos colgaban del alambrado. 

Porfirio Lasta oyó en el canto de la tarde, una suerte de amanecer. La arbo- 



leda que rodeaba el rancho era pequeña, pero los pájaros la multiplicaban. 
A esas horas, Porfirio pensaba siempre en lo mismo: en la hija del capataz 
del Recreo. Era ésta una señorita opulenta, con medias de seda y tacos al- 
tos. Pensaba también en un piano, que había entrevisto detrás de una puer- 
ta, un día de lluvia. La música lo fascinaba y recordar los acordes de un 
piano y aquella mujer, era el premio que recibía a la caída de la noche. 
Hacía ya veinte años que había arrendado ese campo, con un solo potrero y 
un rancho: después de muchos sacrificios, pudo comprarlo. Cuando se ins- 
taló, el rancho estaba casi en ruinas; poco a poco lo había refaccionado, de 
manera que el techo no tuviera goteras, ni la puerta demasiados chiflones. 
Había agregado tablas al postigo de la ventana, había apisonado el piso de 
tierra y blanqueado las paredes. 

Alrededor del rancho había los restos de una huerta, poquísimas gallinas, 
una que otra vaca, tres caballos. Además tenía trescientas ovejas: vivía de 
eso. La lana se pagaba bien y los gastos eran pocos. Bañaba la majada en 
el campo vecino. Entregaba todas sus ganancias a uno de sus hermanos 
que sabía leer, escribir, manejar dinero y un automóvil. Guardaba justo lo 
necesario para sus gastos personales. 

Porfirio pensó en su hermano; era distante y silencioso, como una caja de 
hierro; lo circundaba una aureola de instrucción. Vivía a dos leguas de dis- 
tancia, en una casa con varios corredores; tenía mujer y algunos hijos. 
Varias veces Porfirio había ido a reclamarle dinero. Desde la compra del 
campito y de los animales, no había conseguido que su hermano le entrega- 
ra ninguna suma. Éste solía decirle: 

-No conviene que tengas dinero. Una de estas noches pueden entrar a ma- 
tarte. 

-No tengo miedo -respondía Porfirio, temblando-. Necesito dinero para 
comprar unas cuantas ovejas criollas. Y después, quizá me hagan falta unas 
hectáreas más. 

El hermano distraído no contestaba nada. 

Aquella vez Porfirio salió del rancho, abrió lentamente la tranquera de 
alambre que comunicaba con el potrero, caminó entre bostas rizadas y car- 
dos, atajando la luz del poniente con una mano. Era el mes de agosto. Ha- 
cía un frío penetrante: en su frente, lo sentía como una corona de hielo, en 
sus manos, como una superficie dura. Apuró el paso. Se detuvo en el ex- 
tremo del potrero, junto al alambrado. Copos de lana florecían del alambre 
de púas. La majada se desenrollaba con ruido de alfombra. Una sola oveja 
no se movía. Estaba panza arriba, acostada en el suelo, esperando la pari- 
ción. Algunos caranchos y chimangos aguardaban el nacimiento, esperando 
un corderito vivo o una madre casi muerta, con grandes ojos abrillantados. 
Al acercarse Porfirio ahuyentó los pájaros. La oveja respiraba con dificultad, 
se quejaba y mascaba lentamente grandes granos invisibles de maíz durí- 



simo. Luego, como la desgarradura de la tarde roja, sobre una piedra gris, 
fueron naciendo, uno, dos, tres corderitos idénticos. La madre lamió cuida- 
dosamente los dos primeros y olvidó el último. Porfirio buscó una bolsa, 
limpió el tercer corderito, lo envolvió, lo llevó hasta el rancho y lo colocó 
debajo del alero. 

Entró en la pieza y se acercó al fogón encendido. Puso carne a asar en las 
brasas. 

Los últimos rayos del sol brillaban en la abertura de la puerta. Porfirio vio 
bailar un redondel de luz en la pared del cuarto. Era el mensaje cotidiano 
de su vecino. Se levantó del banco, descolgó el espejito redondo que había 
usado alguna vez para afeitarse y se detuvo en el marco de la puerta. Inú- 
tilmente trató de contestar con el mismo redondel de luz, con el mismo re- 
flejo, sobre la casa de su vecino. El sol había desaparecido. Encauzando la 
voz con las dos manos puestas de cada lado de la boca, después de un rato 
gritó: 

-Buenas noches. 

El silencio multiplicó la voz. Cayó la noche de golpe. Entró en el rancho y 
comió junto al fogón un trozo de carne con galleta y vino tinto. La llama de 
la vela vacilaba con el viento; sin embargo, había cerrado la puerta. Los 
chiflones eran sus compañeros. 

Sin desvestirse, se dejó caer sobre la cama. Tenía dos ponchos muy man- 
chados y una frazada con bordes rojos. El sueño, antes de llegar a sus ojos, 
rondaba como un agua muy mansa por todo su cuerpo. El sueño no lo ava- 
sallaba como otras noches. Sopló la vela y el cuarto quedó en tinieblas. 
Tardó en dormir. Rehízo mentalmente los trabajos del día, y después empe- 
zó a soñar. 

Soñó que se casaba con la hija del capataz del Recreo en la iglesia de Azul. 
Después de la ceremonia llegaba al Recreo, con su novia en un sulky, escol- 
tado por toda la familia, que venía en un vagón, remolcando un piano con 
ruedas. El piano era una casita alta y negra, con un escenario cerrado en el 
centro. Tenía dos candelabros de oro de cada lado. Una familia pequeñísima 
de enanos vivía dentro de esa casa. La música surgía aparentemente de las 
manos de la pianista, cuando tocaba las notas, pero el procedimiento era 
más complicado y secreto: la música surgía de la boca de los enanitos. 
-Hay que llevarlo con cuidado -decía el padre de la novia, abrazando el 
piano-; tiene notas muy sufridas. 

Cuidadosamente detuvieron los caballos frente a la tranquera y luego el pa- 
dre, junto con el resto de la familia de la novia, se fue por el campo, agi- 
tando ramas para espantar mosquitos. La hija del capataz, que era mullida, 
se acostó en la cama de hierro y Porfirio, a su lado, en el piso de tierra, so- 
bre unas cuantas bolsas que le servían de colchón. Aquella casa, tan sun- 
tuosa por dentro, tenía dormitorios con piso de tierra. Los desposados ya 



debían de estar durmiendo, cuando la puerta se abrió de pronto. Una tropi- 
lla de caballos pasó relinchando. 

El perro ladraba muy lejos. Un redondel de luz bailó levemente en la pared. 
Porfirio sonrió al ver la señal del vecino. Una sombra se perfilaba en el mar- 
co de la puerta y no vio otro rostro que aquel redondel de luz. Porfirio ade- 
lantó unos pasos más allá de su sueño; aún creo que tuvo tiempo de asom- 
brarse, de ser sonámbulo, él que jamás lo había sido, cuando sintió que le 
hundían un hierro muy rojo en el pecho. 

La oscuridad modificó los colores, las medias tintas, como la revelación ca- 
prichosa de una fotografía. 

La mano de Remigio Lasta no soltaba el cuchillo. El silencio, que no se había 
manifestado hasta ese momento, crecía; se llenaba de filamentos, de silbi- 
dos, de memorias, de cantos de grillos infinitesimales. 
No crujía ninguna puerta, ningún mueble: todos los objetos se ausentaban 
sobre el piso de tierra. Las paredes, el techo se habían disuelto, pero el 
hombre sintió, en la irrealidad del cuarto, una presencia viva. Daba la es- 
palda a la ventanita; las paredes se habían disuelto, pero no la ventanita. 
Le molestaba tener espalda; era ella el lugar vulnerable de su cuerpo; con 
el deseo de ignorarla, volvió bruscamente la cabeza y vio, por primera vez, 
un fantasma. Lo estudió atentamente. Era una señorita opulenta, con me- 
dias de seda y tacos altos. Oyó la insoportable musiquita de un piano. Ins- 
tantes después, sintió el contacto de una mano sobre una de sus manos y 
tres dedos se le quedaron dormidos. 

Sacó el cuchillo y lo limpió en la frazada. La linterna era pequeña y alum- 
braba una circunferencia nítida, pero muy exigua. Buscó un fósforo; encen- 
dió la vela. Hizo un paseo circular alrededor del cuarto. Se sentó un rato en 
un banco y se quitó los guantes: miró sus manos oscuras, con las venas 
muy salientes. Se levantó del banco y volvió a ponerse los guantes. Los tres 
dedos seguían dormidos. Sopló la vela y después de alumbrar el cuarto, con 
la linterna una última vez abrió la puerta y miró el cielo. La noche carecía 
de estrellas; enfocó el caballo que estaba a cinco metros y dijo en voz alta: 
-Dos leguas, dos leguas. Tendré tiempo de recorrerlas antes que amanezca. 
Montó el caballo y nadie, salvo yo, pudo oír aquel galope, que se alejaba en 
la noche. Nadie, salvo yo, supo que Remigio Lasta heredaba no sólo el dine- 
ro sino el sueño de su hermano. 

El vestido de terciopelo 

Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuen- 
te de la Recoleta, llegamos a esa casa, con jardín, de la calle Ayacucho. 
IQué risa! 

Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no 



quería salir, pues mi vestido estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar 
y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre: nos abrieron la 
puerta y entramos, Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es mo- 
dista. Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre 
todo cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De 
inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspiri- 
na que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y mone- 
dero. IQué risa! 

Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sir- 
vienta, que nos hizo pasar al dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, 
cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo, 
con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un si- 
glo esperamos que la señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos 
hacer gárgaras y discutir con voces diferentes. Entró su perfume y después 
de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos saludó: 
-IQué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no 
hay hollín, por lo menos. Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Mi- 
ren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris? No. Es blanca. Un 
ampo de nieve -me tomó del mentón y agregó-: 

-No te preocupan estas cosas. IQué edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? 
-y dirigiéndose a Casilda; agregó-: 

-¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la 

edad de nuestros hijos depende nuestra juventud. 

Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa! 

-Señora, ¿quiere probarse? -dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba 

prendido con alfileres. Me ordenó: 

-Alcanza de mi cartera los alfileres. 

-¡Probarse! lEs mi tortura! iSi alguien se probara los vestidos por mí, qué 
feliz sería! Me cansa tanto. 

La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo. 
-¿Para cuándo el viaje, señora? -le dijo para distraerla. 
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo 
lo detenía en el cuello. ¡Qué risa! 

-El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un po- 
quito de talco. 

-Sáquemelo, que me asfixio -exclamó la señora. 

Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de 
desvanecerse. 

-¿Para cuándo será el viaje, señora? -volvió a preguntar Casilda para dis- 
traerla. 

-Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando 
quiere. El vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es 



blanco, limpio, y brillante. 
-Se va a París, ¿no? 
-Iré también a Italia. 

-¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos. 
La señora asintió dando un suspiro. 

-Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos mangas -dijo 
Casilda, tomando el vestido y poniéndoselo de nuevo. 

Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para 
que resbalara sobre las caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que 
podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la 
señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mi- 
rarse en el espejo, i El vestido era precioso y complicado! Un dragón borda- 
do de lentejuelas negras, brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda 
se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Lue- 
go se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, 
en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pa- 
saba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El con- 
tacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso 
de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno. IQué risa! 
-IQué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos 
Aires -dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tenía entre sus dientes-. ¿No 
le agrada, señora? 

-Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son 
como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los 
nardos. 

-¿Le gusta el nardo? Es tan triste -protestó Casilda. 

-El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro 
su olor me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, 
como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo, para 
mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi 
mano, me atrae aunque a veces me repugne. IQué mujer está mejor vesti- 
da que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le 
hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta 
a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio. 

Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón 
también. Casilda tomó un diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, 
pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le 
hacía mal. IQué risa! 

En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas, 
helados, tal vez? El silbato del afilador, y el tilín del barquillero recorrían 
también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como otras veces. 
No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de 



lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente 
al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El ves- 
tido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de 
los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligro- 
samente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban. 
-Cuando seas grande -me dijo la señora- te gustará llevar un vestido de 
terciopelo, ¿no es cierto? 

-Sí -respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el 
cuello con manos enguantadas. IQué risa! 
-Ahora me quitaré el vestido -dijo la señora. 

Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos 
manos. Forcejeó inútilmente durante algunos segundos, hasta que volvió a 
acomodarle el vestido. 

-Tendré que dormir con él -dijo la señora, frente al espejo, mirando su ros- 
tro pálido y el dragón que temblaba sobre los latidos de su corazón-. Es 
maravilloso el terciopelo, pero pesa -llevó la mano a la frente-. Es una cár- 
cel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el 
aire, la luz o el agua. 

-Yo le aconsejé la seda natural -protestó Casilda. 

La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su 
cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo 
que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente: 
-Ha muerto, i Me costó tanto hacer este vestido! i Me costó tanto, tanto! 
IQué risa! 

Los sueños de Leopoldina 

Desde el nacimiento de Leopoldina en la familia de Yapurra, las mujeres lle- 
vaban nombres que empiezan con L., y a mí, por ser tan pequeño, me lla- 
maban Changuito. 

Ludovica y Leonor, que eran las menores, buscaban un milagro, junto al 
arroyo, todas las tardes, a la caída del sol. íbamos a la vertiente llamada 
Agua de la Salvia. Dejábamos las damajuanas junto a la fuente, y nos sen- 
tábamos sobre una piedra, esperando con ojos muy abiertos el advenimien- 
to de la noche. Todos los diálogos llevaban el mismo tema. 
-Juan Mamanís estará en Catamarca -decía Ludovica. 
-lAy! IQué lindita bicicleta llevaba! Todos los años visita la Virgen del Valle. 
-¿Harías la promesa tú de ir a pie, como Javiera? 
-Tengo los pies delicados. 
-iSi tuviésemos una Virgen como ésa! 
-Juan Mamanís no iría a Catamarca. 
-Me tiene sin cuidado. La Virgen es lo que me aflige. 



Yo nunca me quedaba quieto; ellas conocían mi costumbre. "Changuito deje 
eso", me decía Ludovica, "las arañas son ponzoñosas", o bien "Changuito 
no haga eso. No se orina en la fuente". 

Alguien les había dicho, tal vez la curandera, que a esa hora brillaba una luz 
en un hueco de las piedras y que una sombra aparecía en la orillita del 
arroyo. 

-Un día la hallaremos -decía Leonor-. Ha de parecerse a la Virgen del Valle. 
-Puede que sea un ánima -respondía Ludovica-. Yo no me ilusiono - 
metiendo los pies en el arroyo salpicaba mis ojos y mis orejas con agua. Yo 
temblaba. 

-¿Qué harás, Changuito cuando caiga la nieve, cuando todos los árboles y el 
suelo estén blancos? No saldrás de la orilla del fuego ¿eh? Hasta el agua ti- 
bia te hace tiritar como una estrella. 

-Si descubrimos la nueva Virgen saldremos en los diarios. Dirán así: "Dos 
niñas en Chaquibil vieron la aparición de una nueva Virgen. Las altas auto- 
ridades irán a presenciar el acto". Se hará una gruta iluminada para la esta- 
tua y después se construirá la basílica. La imagino muy bien a la Virgen de 
Chaquibil: morocha, con vestido punzó, con espejitos y un manto azul, con 
guarda dorada. 

-Yo me contentaría si tuviera una falda como la nuestra y un pañuelo en la 

cabeza, siempre que nos hiciera regalos. 

-Las vírgenes no regalan cosas ni se visten como nosotros. 

-Siempre quieres tener razón. 

-Cuando la tengo, la tengo. 

-Para estar de acuerdo contigo no se puede ni decir "esta boca es mía" - 
comentaba Leonor, acariciándome la cabeza. 
Bruscamente cayó la noche, con olor a menta y a lluvia. 
Ludovica y Leonor llenaron las damajuanas, bebieron agua y volvieron a la 
casa. En el camino se detuvieron a hablar con un viejo que llevaba una bol- 
sa. Hablaron del esperado milagro. Dijeron que de noche oían el llamado de 
aquella aparición. El viejito respondió: 

-Andará cantando el zorro. Para qué buscar milagros afuera de la casa, 
cuando la tienen a Leopoldina, que hace milagros con los sueños. 
Ludovica y Leonor se preguntaron si sería cierto. 

En la cocina, en una sillita de mimbre con un respaldo altísimo. Leopoldina 
estaba sentada, fumando. Era tan vieja que parecía un garabato; no se le 
veían los ojos, ni la boca. Olía a tierra, a hierba, a hoja seca; no a persona. 
Como un barómetro anunciaba las tormentas o el buen tiempo; antes que 
yo, olía al león que bajaba del cerro, a comer los chivitos o a torcerle el 
pescuezo a los potrillos. A pesar de que hacía treinta años que no salía de 
su casa, sabía, como los pájaros, en qué valle, junto a qué arroyo estaban 
las nueces, los higos, los duraznos maduros, y hasta el mismo crispín, con 



su canto desolado, que es arisco como el zorro, bajó un día a comer migas 
de galleta, mojadas en leche, de sus manos, creyendo seguramente que era 
un arbusto. 

Leopoldina soñaba, sentada en la sillita de mimbre. A veces, al despertar, 
sobre su falda o al pie de la sillita, hallaba los objetos que aparecían en los 
sueños; pero los sueños eran tan modestos, tan pobres -sueños de espinas, 
sueños de piedras, sueños de ramas, sueños de plumitas-, que a nadie 
asombraba el milagro. 

-¿Qué soñó. Leopoldina? -preguntó Leonor, aquella noche, al entrar en la 
casa. 

-Soñé que andaba por un arroyo seco, juntando piedritas redondas. Aquí 
tengo una -dijo Leopoldina, con voz de flauta. -¿Y cómo consiguió la piedri- 
ta? 

-Mirándola no más -respondió. 

Junto a la vertiente, Leonor y Ludovica no esperaron, como otras tardes, la 
llegada de la noche, en la esperanza de asistir a un milagro. Volvieron a la 
casa, con paso apresurado. 
-¿Con qué soñó. Leopoldina? -preguntó Ludovica. 

-Con las plumas de una torcaza, que caían al suelo. Aquí tengo una -agregó 
Leopoldina, mostrándole una plumita. 

-Diga, Leopoldina, ¿por qué no sueña con otras cosas? -dijo Ludovica con 
impaciencia. 

-M'hijita, ¿con qué quiere que sueñe? 

-Con piedras preciosas, con anillos, con collares, con esclavas. Con algo que 

sirva para algo. Con automóviles. 

-M'hijita, no sé. 

-¿Qué es lo que no sabe? 

-Lo que son esas cosas. Tengo como ciento veinte años y he sido muy po- 
bre. 

-Es tiempo de hacernos ricos. Usted puede traer la riqueza a esta casa. 
Los días siguientes Leonor y Ludovica se sentaban junto a Leopoldina, para 
verla dormir. A cada rato la despertaban. 
-¿Qué soñó? -le preguntaban-. ¿Qué soñó? 

Ella respondía algunas veces que había soñado con plumitas, otro día con 
piedritas y otros con hierbas, con ramas o con ranas. Ludovica y Leonor a 
veces protestaban agriamente, a veces con ternura, para conmoverla, pero 
Leopoldina no era dueña de sus sueños: tanto la molestaron que ya no po- 
día dormir. Resolvieron darle un guiso indigesto. 

-El estómago pesado da sueñito -dijo Ludovica, preparando una fritura os- 
cura con un olor riquísimo. 
Leopoldina comió, pero no tuvo sueño. 
-Le daremos vino -dijo Ludovica-. Vino caliente. 



Leopoldina bebió, pero no durmió. 

Leonor, que era previsora, fue en busca de la curandera, para pedirle unas 
hierbas dornnitivas. La curandera vivía en un lugar apartado. Tuvimos que 
atravesar la Ciénaga y una de las muías se hundió en un pantano. Las hier- 
bas que Leonor consiguió tampoco dieron ningún resultado. Ludovica y 
Leonor discutieron durante unos días adónde les convendría ir en busca de 
un médico; si a Tafí del Valle o a Amaicha. 

-Si vamos a Amaicha traeremos uvas -dijo Leonor a Leopoldina, para con- 
solarla. Luego rió: 
-No es la época de las uvas. 

-Y si vamos a Tafí del Valle, de la Quesería del Churquí traeremos un quesi- 
to -dijo Ludovica. 

-¿Lo llevarán al Changuito, para que dé un paseo? -contestó Leopoldina, 
como si no le gustara ni el queso ni las uvas. 

Fuimos a Tafí del Valle. Cruzamos muy lentamente, a caballo, la Ciénaga 
donde murió la muía. En la villa fuimos al hospital y Leonor preguntó por el 
médico. Nosotros la esperamos en el patio. Mientras Leonor hablaba con el 
médico, tuvimos tiempo de dar un paseo por el pueblo; cuando volvimos 
Leonor nos recibió en la puerta del hospital, con un envoltorio en la mano. 
El envoltorio contenía un remedio, una jeringa y una aguja para inyeccio- 
nes. Leonor sabía dar inyecciones: una enfermera, que había conocido, le 
enseñó el arte de clavar la aguja en una naranja o en una manzana. Dor- 
mimos en Tafí del Valle y de mañana, muy temprano, emprendimos el re- 
greso. 

Al vernos llegar, como si ella hubiera hecho el viaje. Leopoldina dijo que es- 
taba cansada, y durmió por primera vez después de veinte días de insom- 
nio. 

-Qué bandida -dijo Ludovica-. Duerme para hacernos un desprecio. 
En cuanto vieron que despertaba le preguntaron: 
-¿Qué soñó? Tiene que decirnos lo que soñó. 

Leopoldina balbuceó algunas palabritas. Ludovica la zarandeó del brazo. 
-Si no nos dice lo que soñó, Leonor le pondrá una inyección -agregó, mos- 
trándole la aguja y la jeringa. 

-Soñé que un perro escribía mi historia: aquí está -dijo Leopoldina, mos- 
trando unas hojas de papel arrugado y sucio-. ¿No las leerían ustedes, hiji- 
tas, para que yo la escuche? 

-¿No puede soñar con cosas más importantes? -dijo Leonor indignada, ti- 
rando al suelo las hojas. Luego trajo un libro enorme que olía a pis de gato, 
con láminas en colores, que le había prestado la maestra. Después de ho- 
jearlo atentamente, se detuvo en algunas láminas, que mostró a Leopoldi- 
na, restregándolas con el índice. 

-Automóviles -daba vuelta las hojas-, collares -daba vuelta las hojas-, pul- 



seras -soplaba sobre las hojas-, joyas -se humedecía el pulgar con saliva-, 
relojes -giraban las hojas entre sus dedos-. Con estas cosas tiene que soñar 
y no con basuritas. 

-Fue en ese momento, Leopoldina, cuando te hablé, pero tú no me oíste, 
porque dormías de nuevo y algo se había deslizado entre tu sueño anterior 
y el presente. 

-Te acuerdas de mis antepasados? Si los evocas panzones, ásperos, hir- 
vientes y temblorosos como yo, recordarás los objetos más suntuosos que 
conociste: aquel medallón, con baño de oro, y en el interior un mechón de 
pelo, que te regalaron para el casamiento; las piedras del collar de tu ma- 
dre, que tu nuera robó; aquel cofre lleno de medallitas con aguamarinas; la 
máquina de coser, el reloj; el coche con caballos tan viejos que eran man- 
sos. Es increíble, pero existió todo eso. Recuerdas, en Tafí del Valle, aquella 
tienda deslumbrante donde compraste un prendedor, con la cabeza de un 
perro parecido a mí, grabada en una piedra: sólo yo, para curarte el asma, 
puedo recordártelo, porque fui el abrigo de tu pecho. 

-Si no se duerme le pondrán la inyección -amenazó Ludovica. Leopoldina, 
aterrada, volvió a dormir. La silla de mimbre, meciéndose, hacía un ruidito 
extraño. 

-¿Habrá ladrones? -interrogó Leonor. -No hay luna. 
-Serán las ánimas -contestó Ludovica. 

¿Sabía por qué lloraba yo? Porque sentía venir el viento Zonda. Ni Leonor ni 
Ludovica lo oían, porque sus voces retumbaban, desesperadas o tal vez es- 
peranzadas, preguntando: 
-¿Qué soñó? ¿Qué soñó? 

Esta vez Leopoldina salió afuera, sin contestar, y me dijo: 
-Vamos, Changuito, es la hora. 

Inmediatamente comenzó a soplar el viento Zonda. Para los cristianos se 
había anunciado siempre con anticipación, con un cielo muy limpio, con un 
sol desteñido y bien dibujadito, con un amenazador ruido de mar (que no 
conozco) a lo lejos. Pero esta vez llegó como un relámpago, barrió el piso 
del patio, amontonó hojas y ramas en los huecos de los cerros, degolló, en- 
tre las piedras, los animales, destruyó las mieses y en un remolino levantó 
en el aire a Leopoldina y a mí, su perro pila, llamado Changuito, que escri- 
bió esta historia en el penúltimo sueño de su patrona. 

Las ondas 

¿Sólo creerás en las calumnias? IHasta cuándo! Qué feliz era la época en 
que bastaba que dos personas se amaran o sintieran simpatía la una por la 
otra, para que les fuera permitido convivir, o simplemente, frecuentarse. La 
luna era un misterioso satélite lejano como América antes de Cristóbal Co- 



lón. Maldigo a la señorita Lina Zfanseid, que en los meses de invierno de mil 
novecientos setenta y cinco prestó su abrigo a la señora Rosa Tilda. Ayer leí 
su biografía, por casualidad, en el pequeño Diccionario Médico que me 
acompaña. Por culpa del maldito abrigo, de la vitalidad de la señora Lina 
Zfanseid, nosotros tenemos que sufrir esta separación, este malentendido. 
Si aquella apática señora Rosa Tilda no hubiera sido tan apática, si aquella 
señorita Lina Zfanseid no hubiera sido tan vital, si el anticuado abrigo de 
piel de camello no hubiera trasmitido tan perfectamente las ondas de un 
organismo a otro, si no hubiera existido ese horrible microscopio electróni- 
co, que revela la disposición de nuestras moléculas, con el que se entretie- 
nen los médicos modernos como antiguamente con los calidoscopios los ni- 
ños, no estaríamos en esta situación. Ya ves de qué complicadas confabula- 
ciones, de qué ínfimos detalles dependen los descubrimientos; de qué ca- 
sualidades las desdichas, las costumbres que van adoptando los seres hu- 
manos. En verdad, somos como un rebaño que obedece a las más sutiles o 
groseras combinaciones para el bien de la sociedad. Ciegamente, para no 
merecer castigos, obedecemos a los deberes cívicos y cuando meditamos 
sobre ellos y los eludimos, caemos en grandes desventuras. A veces me da 
risa pensar que si la señora Rosa Tilda no se hubiera sometido a un trata- 
miento médico porque sus depresiones le impedían acudir diariamente a su 
trabajo, el hecho del abrigo que transformó su organismo no hubiera llama- 
do la atención a nadie, ni el tejido de piel de camello, que ya no se usa, hu- 
biera subido de precio. Pero un médico, que tenía alma de investigador, se- 
gún dicen, estudió el caso y logró, indebidamente, a mi juicio, celebridad y 
riqueza. 

Desearía haber nacido en otra época, siempre que te hubiera encontrado en 
ella. Hasta el año mil novecientos setenta y cinco el mundo era tolerable. 
Somos víctimas de lo que algunos hombres llaman progreso. Las guerras se 
hacen ahora con lluvias o sequías, con movimientos sísmicos, con plagas 
sorpresivas, con cambios exorbitantes de temperatura: la mayor parte del 
tiempo no se derrama una gota de sangre, pero esto no significa que su- 
framos menos que nuestros antecesores. iCuántos jóvenes sueñan con mo- 
rir en un campo de batalla, después de jugar a balazos con el enemigo! Es 
natural que quieran tener una satisfacción individual. 

Puedo comunicarme contigo por medio de este diminuto metal (que recuer- 
da los antiguos televisores); veo tu cara reflejada y oigo tu voz, y tú recibes 
mis mensajes diarios y el reflejo también de mi cara. Salvajes de 1930 (y 
todavía existen salvajes de ese tipo), creerían que vivimos en un mundo 
mágico, pero si yo pudiera hablar con ellos, les diría: "Desengáñense, soy 
más desdichada que ustedes, que no tenían televisor". A ejemplo de algu- 
nos roedores que dejan dentro de la tierra alimento para sus hijos, yo deja- 
ré mensajes para nuestros descendientes. Que tú estés en la luna trabajan- 



do en las minas, con todas las comodidades y halagos de tu posición, que 
yo esté en la tierra, atisbando tus menores movimientos, oculta, para que 
las autoridades no me descubran y me den drogas para olvidarte, parecerá 
un infortunio suficiente para los hombres del futuro que descifren nuestros 
mensajes. 

Hallo monstruoso que los pueblos se hayan dividido y se fundan de acuerdo 
con la disposición de las moléculas de los individuos y sus proyecciones de 
ondas. Tendré ideas anticuadas. Cuando rememoro mis siete años, me es- 
tremezco. Las interdicciones comenzaron con la masacre de los niños de la 
escuela de Massachusetts, con el incendio del Circo Nipón, en Tokio, y con 
los asaltos a mano armada en los jardines públicos de Inglaterra y de Ale- 
mania. Los crímenes no los cometía nunca un individuo solo, sino una com- 
binación de moléculas, y disparates de ese estilo, que yo comprendía ape- 
nas. Las fotografías en colores de Lina Zfanseid y de Rosa Tilda aparecieron 
en los diarios, pegadas a las paredes de las casas, como salvadoras de la 
humanidad. Se adoptaron severas medidas: se empezó con las cuestiones 
de los viajes: las personas del grupo A no podían viajar con las del grupo B, 
ni las del grupo B con las del grupo C y así sucesivamente. (En la libreta de 
control icuánto me repugnaba la fotografía de las moléculas en un recuadro 
junto a mi cara!) Se dividieron las familias. Muchos hogares quedaron des- 
hechos. ¿Digo o no digo la verdad? Llegaron a formar pueblos de gente que 
no tenía nada que ver la una con la otra. Hubo varios suicidios: la mayor 
parte eran de enamorados o de alumnos y maestros que no querían sepa- 
rarse. Se dio el caso de unos niños de once años, que yo conocía, y de dos 
estudiantes de ingeniería, pues de ningún modo hay que creer que sólo el 
amor de novios o de amantes puede ser apasionado. Nunca estuvimos de 
acuerdo sobre ese punto. 

Cuando quisimos falsificar nuestros documentos nos sentíamos felices, ¿por 
qué no lo seríamos ahora si no fuera por esta separación? Para obtener la 
felicidad nada nos parecería imposible. Imaginas que todo ha terminado en- 
tre nosotros, pero te equivocas. ¿Gastaste tu dinero en sobornos? Ya lo sé, 
no me lo eches en cara. 

¿Recuerdas aquella preciosa mañana de verano, cuando subíamos la escali- 
nata de la plaza de La Verdad? Llevábamos los papeles en las manos. Tus 
ondas coincidían con las mías en el certificado que nos dieron en el Ministe- 
rio de Salud. Después de haber visitado los hospitales que nos correspon- 
dían para las investigaciones, nos detuvimos al pie del monumento, donde 
la figura de La Verdad, con los ojos enormes, relumbra como si fuese de 
azúcar. Nos sentamos en el pedestal de mármol, comimos un helado de 
frambuesa, después de besarnos. Durante unos días, pensando que no nos 
dañábamos mutuamente, planeábamos el porvenir. Aquel certificado nos 
impresionaba tanto que no nos disgustamos ni una sola vez, en cinco días. 



Mi mano sobre tu piel no ocasionaba la desazón habitual, mi voz no reper- 
cutía sobre tu sueño inspirándote aquella extraña angustia. Tus ojos, cuan- 
do me miraban fijamente, no me hacían vacilar o cambiar de rumbo, como 
si yo hubiera sido una autómata. Tu abrazo no obliteraba mi ser como de 
costumbre. Asistíamos a una suerte de milagro. Como si no hubiéramos 
querido engañar al Estado, nos conducíamos de acuerdo a sus normas, a 
sus leyes. IQué importaba que el documento hubiera sido fraguado, que 
nuestras ondas no coincidieran! Nos transformábamos de acuerdo a los pa- 
peles sellados que desdeñábamos. Habíamos nacido el uno para el otro, nos 
amábamos legalmente y nadie podía separarnos. Pero alguien siempre dice 
la verdad y si la verdad salva a algunos individuos a otros los hunde. El que 
nos delató fue un enemigo mío. Nos incomunicaron y te exiliaron. Antes de 
tu partida te dijeron que yo había confesado la verdad, porque me había 
arrepentido: que había tenido que reconocer mi error y mi desdicha. Lo 
creíste. Que yo me haya retirado del mundo para vivir en esta gruta, no te 
conmueve, que huya de los hombres para poder comunicarme contigo, no 
te parece una prueba de amor. Nuestros malentendidos persisten. Creo que 
nuestro cariño nació de un malentendido y creo que no se debilitó por eso. 
"Amemos a los organismos que nos benefician. Desechemos a los que nos 
perjudican", decía una inscripción sobre la puerta de los hospitales. "Con- 
trole sus trenes de ondas." INo quiero oír hablar de ondas ni de organis- 
mos! 

Recuerdo con horror aquellas leyendas de crímenes pasionales que me con- 
taban los médicos, para hacerme entrar en razón. 

He conocido a un sabio (no sé si será un embustero), que pretende, por 
medio de una operación, reintegrarme a tu grupo. Por unos días se inte- 
rrumpirán mis mensajes y tal vez durante mi ausencia se asome mi perro al 
disco de metal. Dile "vaya a la cucha", o "tome agua", o "pobrecito", para 
consolarlo. No pienso sino en esa operación. Sueño noche y día con ella. No 
he averiguado qué grado de sufrimiento tendré que soportar, qué anestesia 
me darán, ni en qué lugar de mi cuerpo se realizará. Estoy entregada a la 
esperanza de pertenecer a tu grupo de ondas y poder, de ese modo, convi- 
vir contigo de un modo normal. Naturalmente correré el riesgo de cambiar 
de personalidad, y falta saber si esa nueva personalidad te agradará. Podría 
transformarme en un ratón o en una baldosa. No tengo que pensar en to- 
dos los peligros; me volvería loca. Si fracasara este intento lo pagaré con 
mi vida, y realmente será la única solución que pondría término al sufri- 
miento de verme defraudada. 

Después de la operación pienso enrolarme en un viaje interplanetario para 
acercarme discretamente a tu mundo. Aprenderé a caminar sobre el aire, 
para que me confundan con un ángel o una divinidad mitológica griega, de 
esas con las cuales me comparabas cuando creías en mi honestidad, en mi 



belleza, en mi amor. 



La boda 

Que una muchacha de la edad de Robería se fijara en mí, saliera a pasear 
conmigo, me hiciera confidencias, era una dicha que ninguna de mis amigas 
tenía. Me dominaba y yo la quería no porque me comprara bombones o bo- 
litas de vidrio o lápices de colores, sino porque me hablaba a veces como si 
yo fuera grande y a veces como si ella y yo fuéramos chicas de siete años. 
Es misterioso el dominio que Roberta ejercía sobre mí: ella decía que yo 
adivinaba sus pensamientos, sus deseos. Tenía sed: yo le alcanzaba un va- 
so de agua, sin que me lo pidiera. Estaba acalorada: la abanicaba o le traía 
un pañuelo humedecido en agua de Colonia. Tenía dolor de cabeza: le ofre- 
cía una aspirina o una taza de café. Quería una flor: yo se la daba. Si me 
hubiera ordenado "Gabriela, tírate por la ventana" o "pon tu mano en las 
brasas" o "corre a las vías del tren para que el tren te aplaste", lo hubiera 
hecho en el acto. 

Vivíamos todos en los arrabales de la ciudad de Córdoba. Arminda López 
era vecina mía y Roberta Carma vivía en la casa de enfrente. Arminda Ló- 
pez y Roberta Carma se querían como primas que eran, pero a veces se 
hablaban con acritud: todo surgía por las conversaciones de vestidos o de 
ropa interior o de peinados o de novios que tenían. Nunca pensaban en su 
trabajo. A la media cuadra de nuestras casas se encontraba la peluquería 
LAS ONDAS BONITAS. Ahí, Roberta me llevaba una vez por mes. Mientras 
que le teñían el pelo de rubio con agua oxigenada y amoníaco, yo jugaba 
con los guantes del peluquero, con el vaporizador, con las peinetas, con las 
horquillas, con el secador que parecía el yelmo de un guerrero y con una 
peluca vieja, que el peluquero me cedía con mucha amabilidad. Me agrada- 
ba aquella peluca, más que nada en el mundo, más que los paseos a On- 
gamira o al Pan de Azúcar, más que los alfajores de arrope o que aquel ca- 
ballo azulejo que montaba en el terreno baldío para dar la vuelta a la man- 
zana, sin riendas y sin montura y que me distraía de mis estudios. 
El compromiso de Arminda López me distrajo más que la peluquería y que 
los paseos. Tuve malas notas, las peores de mi vida, en aquellos días. 
Roberta me llevaba a pasear en tranvía hasta la confitería Oriental. Ahí to- 
mábamos chocolate con vainillas y algún muchacho se acercaba para con- 
versar con ella. De vuelta en el tranvía me decía que Arminda tenía más 
suerte que ella, porque a los veinte años las mujeres tenían que enamorar- 
se o tirarse al río. 

-¿Qué río? -preguntaba yo, perturbada por las confidencias. 

-No entiendes. Qué le vas a hacer. Eres muy pequeña. 

-Cuando me case, me mandaré hacer un hermoso rodete -había dicho Ar- 



minda-, mi peinado llamará la atención. 

Roberta reía y protestaba: 

-Qué anticuada. Ya no se usan los rodetes. 

-Estás equivocada. Se usan de nuevo -respondía Arminda-. Verás, si no 
llamo la atención. 

Los preparativos para la boda fueron largos y minuciosos. El traje de novia 
era suntuoso. Una puntilla de la abuela materna adornaba la bata, un enca- 
je de la abuela paterna (para que no se resintiera) adornaba el tocado. La 
modista probó el vestido a Arminda cinco veces. Arrodillada y con la boca 
llena de alfileres la modista redondeaba el ruedo de la falda o agregaba pin- 
zas al nacimiento de la bata. Cinco veces del brazo de su padre, Arminda 
cruzó el patio de la casa, entró en su dormitorio y se detuvo frente a un es- 
pejo para ver el efecto que hacían los pliegues de la falda con el movi- 
miento de su paso. El peinado era tal vez lo que más preocupaba a Armin- 
da. Había soñado con él toda su vida. Se mandó hacer un rodete muy gran- 
de, aprovechando una trenza de pelo que le habían cortado a los quince 
años. Una redecilla dorada y muy fina, con perlitas, sostenía el rodete, que 
el peluquero exhibía ya en la peluquería. El peinado, según su padre, pare- 
cía una peluca. 

La víspera del casamiento, el 2 de enero, el termómetro marcaba cuarenta 
grados. Hacía tanto calor que no necesitábamos mojarnos el pelo para pei- 
narlo ni lavarnos la cara con agua para quitarnos la suciedad. Exhaustas 
Roberta y yo estábamos en el patio. Anochecía. El cielo, de un color gris de 
plomo, nos asustó. La tormenta se resolvió sólo en relámpagos y avalan- 
chas de insectos. Una enorme araña se detuvo en la enredadera del patio: 
me pareció que nos miraba. Tomé el palo de una escoba para matarla, pero 
me detuve no sé por qué. Roberta exclamó: 

-Es la esperanza. Una señora francesa me contó una vez que La araña por 
la noche es esperanza. 

-Entonces, si es esperanza, vamos a guardarla en una cajita -le dije. 

Como una sonámbula porque estaba cansada y es muy buena, Roberta fue 

a su cuarto para buscar una cajita. 

-Ten cuidado. Son ponzoñosas -me dijo. 

-¿Y si me pica? 

-Las arañas son como las personas: pican para defenderse. Si no les haces 
daño, no te harán a ti. 

Puse la cajita abierta frente a la araña, que de un salto se metió adentro. 
Después cerré la tapa, que perforé con un alfiler. 
-¿Qué vas a hacer con ella? -interrogó Roberta. 
-Guardarla. 

-No la pierdas -me respondió Roberta. 

Desde ese minuto, anduve con la caja en el bolsillo. A la mañana siguiente 



fuimos a la peluquería. Era domingo. Vendían matras y flores en la calle. 
Esos colores alegres parecían festejar la proximidad de la boda. Tuvimos 
que esperar al peluquero, que fue a misa, mientras Roberta tenía la cabeza 
bajo el secador. 
-Pareces un guerrero -le grité. 

Ella no me oyó y siguió leyendo su libro de misa. Entonces se me ocurrió 
jugar con el rodete de Arminda, que estaba a mi alcance. Retiré las horqui- 
llas que sostenían el rodete compacto dentro de la preciosa redecilla. Se me 
antojó que Roberta me miraba, pero era tan distraída que veía sólo el va- 
cío, mirando fijamente a alguien. 

-¿Pongo la araña adentro? -interrogué mostrándole el rodete. 
El ruido del secador eléctrico seguramente no dejaba oír mi voz. No me 
respondió, pero inclinó la cabeza como si asintiera. Abrí la caja, la volqué 
en el interior del rodete, donde cayó la araña. Rápidamente volví a enroscar 
el pelo y a colocar la fina redecilla que lo envolvía y las horquillas para que 
no me sorprendieran. Sin duda lo hice con habilidad, pues el peluquero no 
advirtió ninguna anomalía en aquella obra de arte, como él mismo denomi- 
naba el rodete de la novia. 

-Todo esto será un secreto entre nosotras -dijo Roberta, al salir de la pelu- 
quería, torciendo mi brazo hasta que grité. Yo no recordaba qué secretos 
me había dicho aquel día y le respondí, como había oído hacerlo a las per- 
sonas mayores. 
-Seré una tumba. 

Roberta se puso un vestido amarillo con volantes y yo un vestido blanco de 
plumetís, almidonado, con un entredós de broderie. En la iglesia no miré al 
novio porque Roberta me dijo que no había que mirarlo. La novia estaba 
muy bonita con un velo blanco lleno de flores de azahar. De pálida que es- 
taba parecía un ángel. Luego cayó al suelo inanimada. De lejos parecía una 
cortina que se hubiera soltado. Muchas personas la socorrieron, la abanica- 
ron, buscaron agua en el presbiterio, le palmetearon la cara. Durante un ra- 
to creyeron que había muerto; durante otro rato creyeron que estaba viva. 
La llevaron a la casa, helada como el mármol. No quisieron desvestirla ni 
quitarle el rodete para ponerla muerta en el ataúd. Tímidamente, turbada, 
avergonzada, durante el velorio que duró dos días, me acusé de haber sido 
la causante de su muerte. 

-¿Con qué la mataste, mocosa? -me preguntaba un pariente lejano de Ar- 
minda, que bebía café sin cesar. 
-Con una araña -yo respondía. 

Mis padres sostuvieron un conciliábulo para decidir si tenían que llamar a un 
médico. Nadie jamás me creyó. Roberta me tomó antipatía, creo que le ins- 
piré repulsión y jamás volvió a salir conmigo. 



La paciente y el médico 



(La paciente está acostada frente a un retrato.) 

Hace cinco años que lo conozco y su verdadera naturaleza no me ha sido 
revelada. Alejandrina me llevó a su consultorio una tarde de invierno. En la 
sala de espera, durante tres horas, tuve que mirar las revistas que estaban 
sobre la mesa. No olvidaré nunca los hermosos claveles de papel que ador- 
naban el florero, sobre la consola. Había mucha gente: dos niños que co- 
rrían de un lado a otro del cuarto y que comían bombones, y una vieja ma- 
lísima, con una sombrilla negra y un sombrero de terciopelo. Hace cinco 
años que lo conozco. A veces pienso que es un ángel, otras veces un niño, 
otras veces un hombre. El día que fui a su consultorio no pensé que iba a 
tener tanta importancia en mi vida. Detrás de un biombo me desvestí para 
que me auscultara. Anotó mis datos personales y mi historia clínica sin mi- 
rarme. Cuando colocó su cabeza sobre mi pecho, es cierto que aspiré el 
perfume de su pelo y que aprecié el color castaño de sus rizos. Me dijo, mi- 
rando un lunar que tengo en el cuello, que mi enfermedad era larga de cu- 
rar, pero benigna. Le obedecí en todo. Me habría tirado por la ventana, si 
me lo hubiese ordenado. Suspendí las verduras crudas, el vino, el café y el 
chocolate, que tanto me gusta. Me alimenté de papas cocidas y de carne 
asada; dormía después del almuerzo; aunque no durmiera, descansaba. 
Durante seis meses dejé de estudiar; fue en esos días cuando me dio su re- 
trato para que lo colocara frente a mi cama. 

-Cuando te sientas mal, mi hijita, le pedirás consejos al retrato. Él te los 

dará. Puedes rezarle, ¿acaso no rezas a los santos? 

Este modo de proceder le pareció extraño a Alejandrina. 

Mi vida transcurría monótonamente, pues tengo un testigo constante que 

me prohibe la felicidad: mi dolencia. El doctor Edgardo es la única persona 

que lo sabe. 

Hasta el momento de conocerlo viví ignorando que algo dentro de mi orga- 
nismo me carcomía. Ahora conozco todo lo que sufro: el doctor Edgardo me 
lo ha explicado. Es mi naturaleza. Algunos nacen con ojos negros, otros con 
ojos azules. 

Parece imposible que siendo tan joven sea tan sabio; sin embargo, me he 
enterado de que no se precisa ser un anciano para serlo. Su piel lisa, sus 
ojos de niño, su cabellera rubia, ensortijada, son para mí el emblema de la 
sabiduría. 

Hubo épocas en que lo veía casi todos los días. Cuando yo estaba muy débil 
venía a mi casa a verme. En el zaguán al despedirse me besó varias veces. 
Desde hace un tiempo me atiende sólo por teléfono. 

-Qué necesidad tengo de verla si la conozco tanto: es como si tuviera su 



organismo en mi bolsillo, como el reloj. En el momento en que usted me 
habla puedo mirarlo y contestar a cualquier pregunta que me haga. 
Le respondí: 

-Si no necesita verme, yo necesito verlo a usted. 
A lo que replicó: 

-¿Mi retrato y mi voz no le bastan? 

Tenía miedo de influir directamente sobre mi ánimo, pero yo he insistido 
mucho para verlo, demasiado, pues se ha encaprichado en no hacerme el 
gusto. Primeramente lo hice llamar por mis amigas para pedir hora en su 
consultorio; le mandé regalos, me las arreglé, sin perder mi virginidad, para 
conseguir dinero. La primera noche salí con Alberto, la segunda con Raúl, 
las otras con amigos que ellos me presentaron. Alberto me interpeló un día: 
-Qué haces con la plata, che. Siempre viniendo a llorar miserias. 
Le contesté la verdad: 
-Es para el médico. 

No tenía por qué mentir a un atorrante. De ese modo pude mandar al doc- 
tor Edgardo una lapicera, una pipa, un anotador con tapa de cuero, un pi- 
sapapel de vidrio con flores pintadas, un frasco de agua de Colonia de la 
más fina; luego empecé a mandarle cartas escritas en diferentes colores de 
papel, según mi estado de ánimo. A veces, cuando estaba más alegre, en 
color rosado; cuando estaba tierna, en color celeste; cuando estaba celosa, 
en color amarillo; cuando estaba triste, en un color violeta precioso; un vio- 
leta tan precioso que a veces deseaba estar triste, para enviárselo. Mis 
mensajeros eran los niños del barrio, que me quieren mucho y que estaban 
siempre dispuestos a llevar las cartas a cualquier hora. Yo siempre introdu- 
cía entre las hojas alguna ramita o alguna flor o alguna gotita de perfume o 
de lágrimas. En lugar de firmar mi nombre al pie de la hoja lo hacía con mis 
labios, de manera que la pintura quedara estampada. Después comencé a 
abusar de todos estos recursos: le mandaba, por ejemplo, tres regalos en 
un día, cuatro cartas, en otro; o bien lo llamaba cinco veces por teléfono. 
No puedo vivir sin él, la verdad sea dicha. Verlo otra vez sería para mí como 
llorar después de contenerme mucho tiempo. Es algo necesario, algo mara- 
villoso. Nadie comprende, ni Alejandrina lo comprende. Ayer, resolví poner 
término a estas vanas insistencias. En la farmacia compré veronal. Voy a 
tomar el contenido de este frasco para que el doctor Edgardo venga a ver- 
me. Dormida no gozaría de esa visita y por lo tanto no lo tomaré todo: to- 
maré justo lo suficiente para estar calma y poder mantener mis párpados 
cerrados, inmóviles sobre mis ojos. El resto del frasco lo tiraré y cuando la 
dueña de la pensión, que todas las noches me trae una taza de tilo, entre 
en mi cuarto, creerá que me he suicidado. Junto al frasco de veronal vacío 
dejaré el número del teléfono del doctor Edgardo con su nombre. Ella lo 
llamará, pues tomé ya mis precauciones: las otras mañanas le dije, como 



sin quererlo, cuando volvíannos del mercado: 

-Si me sucediera algo, no es a mi familia a quien tiene que llamar sino al 
doctor Edgardo, que es como un padre para mí. 

Me echaré sobre la cama, con el vestido que me hice el mes pasado: el azul 
marino con cuello y puños blancos. El modelo era tan difícil que tardé más 
de quince días en copiarlo; sin embargo, esos quince días pasaron volando, 
pues sabía que el doctor Edgardo me vería muerta o viva con este vestido 
puesto. No soy vanidosa, pero me gusta que las personas que yo quiero me 
vean bien vestida; además, tengo conciencia de mi belleza y estoy persua- 
dida de que si el doctor Edgardo me ha rehuido es porque tiene miedo de 
enamorarse demasiado de mí. Los hombres aman su libertad y el doctor 
Edgardo no sólo ama su libertad, sino su profesión. Aunque sé de buena 
fuente y porque él mismo lo ha confesado que de noche descuelga el tubo 
del teléfono para que sus pacientes no lo despierten y que sólo por un caso 
de gravedad sería capaz de molestarse, es un mártir de su profesión. iSi 
fuera tan bondadoso en su vida íntima, no tendría motivo para quejarme! 
Me echaré sobre la cama y colocaré a mis pies a Michín. Ayer le puse polvo 
contra las pulgas y le pasé el cepillo. Le pondré agua de Colonia, aunque 
me rasguñe. Será conmovedor verme muerta, con Michín velándome. 
A veces he creído odiar a Edgardo: tanta frialdad no parece humana. Me 
trató como los niños tratan a sus juguetes: los primeros días los miran con 
avidez, les besan los ojos cuando son muñecos, los acarician cuando son 
automóviles, y luego, cuando ya saben cómo se les puede hacer gritar o 
chocar, los abandonan en un rincón. Yo no me resigné a ese abandono por- 
que sospecho que Edgardo tuvo que librar una batalla consigo mismo para 
abandonarme. Estoy persuadida de que me ama y que su vida ha sido un 
páramo hasta el momento en que me conoció. Fui como él me dijo el en- 
cuentro de la primavera en su vida y si renunció a mis besos fue porque lo 
asediaba un deseo que no podía satisfacer por respeto a mi virginidad. 
Otras mujeres a quienes no ama, prostitutas que sacan plata a los hom- 
bres, gozarán de su compañía. No tengo motivos para celarlo ni para enfu- 
recerme con él; sin embargo, cinco años de esperanza frustrada me llevan 
a una solución que tal vez sea la única que me queda. 

(El médico piensa mientras camina por las calles de Buenos Aires.) 

Iré caminando. Tal vez logrará lo que quería: verme. Me llamaron con ur- 
gencia. Yo sé lo que son esas cosas. Un simulacro de suicidio, seguramente. 
Llamar la atención de alguna manera. La conocí hace cinco años y un siglo 
me hubiera parecido menos largo. Cuando entró en mi consultorio y la vi 
por primera vez me interesó: era un día de pocos clientes, un día de tedio. 
La piel cobriza, el color del pelo, los ojos alargados y azules, la boca grande 



y golosa me agradaron. Atrevida y tímida, modesta y orgullosa, fría y apa- 
sionada me pareció que no me cansaría nunca de estudiarla, pero ay... qué 
pronto conocemos el mecanismo de ciertas enfermas, a qué responden los 
ojos entornados y la boca entreabierta, a qué la modulación de la voz. La 
ausculté aquel día no pensando en el tipo de paciente que sería, sino en el 
tipo de mujer que era. Me demoré tal vez demasiado con mi cabeza sobre 
su pecho oyendo los latidos acelerados de su corazón. Olía a jabón y no a 
perfume como la generalidad de las mujeres. Me causó gracia el rubor de la 
cara y del cuello en el momento en que le ordené desvestirse. No pensé que 
aquel comienzo de nuestra relación pudiera terminar en algo tan fastidioso. 
Durante varios meses soporté sus visitas sin sacar ningún provecho de 
ellas, pero con la esperanza de llegar a alguna satisfacción. Ni el tiempo ni 
la intimidad modificaron las cosas; éramos una suerte de monstruosos no- 
vios, cuya sortija de matrimonio era la enfermedad que también es circular 
como un anillo. Yo sabía que jamás recibiría un buen regalo, ni cobraría mis 
honorarios. La señora de Berlusea, a quien jamás cobré un céntimo por mis 
atenciones de médico, me regaló un tintero importantísimo de bronce con 
un Mercurio en la tapa, un cortapapel de marfil con figuras chinas y un reloj 
de pie que tengo en mi consultorio. El señor Remigio Álvarez, a quien tam- 
poco cobré un céntimo, me regaló un juego de fuentes y un centro de mesa 
de plata en forma de cisne. Todos mis pacientes mal que mal me pagaron 
en alguna forma. De ella qué puedo esperar sino un amor de virgen que me 
abruma, que me persigue. Subrepticiamente me encontré metido en una 
trampa. No quise verla más, pero le di mi retrato por compasión. Le ordené 
que lo colocara frente a su cama: tal vez debido a las miradas que le prodi- 
gué desde ese marco día y noche comencé a imaginarla involuntariamente 
durante todas las horas del día: cuando se acostaba, cuando se levantaba, 
cuando se vestía, cuando recibía la visita de alguna amiga, cuando acaricia- 
ba al gato que saltaba sobre su cama. Fue una suerte de castigo cuyas con- 
secuencias todavía estoy pagando. Esa mujer, que ahora tiene apenas vein- 
te años, que no me atraía de ningún modo, día y noche perseguía y persi- 
gue mi pensamiento. Como si yo estuviese dentro del retrato, como si yo 
mismo fuera el retrato, veo las escenas que se desarrollan dentro de esa 
habitación. No le mentí al decirle que conocía su organismo como al reloj 
que llevo en el bolsillo. A la hora del desayuno oigo hasta los sorbos del ca- 
fé que toma, el ruido de la cucharita golpeteando el fondo de la taza para 
deshacer los terrones de azúcar. En la penumbra de la habitación veo los 
zapatos que se quita a la hora de la siesta para colocar los pies desnudos y 
alargados sobre la colcha floreada de la cama. Oigo el baño que se llena de 
agua en el cuarto contiguo, oigo sus abluciones y la veo en el vaho del 
cuarto de baño envuelta en la toalla felpuda con un hombro al aire, secarse 
las axilas, los brazos, las rodillas y el cuello. Aspiro el olor a jabón que aspi- 



ré en su pecho el primer día que la vi en mi consultorio, ese olor que en los 
primeros momentos me pareció afrodisíaco y después una mezcla intolera- 
ble de polvo de talco y sémola. Cuando dejé de verla, y fue dificilísimo lo- 
grarlo, pues no escatimó ningún subterfugio para seguir viéndome, comen- 
zó a llamar por teléfono y a mandarme regalos. iSi a eso puede uno llamar 
regalos! Las chucherías pulularon sobre mi mesa. A veces tenían gracia, no 
digo que no, pero eran poco prácticas y yo las guardaba para reírme o las 
regalaba a alguno de mis amigos. La mayoría de las veces escondía esos 
objetos heterogéneos en cajones relegados al olvido, pues nunca acertó en 
mandarme algo que realmente me agradara. Cuando vio que los regalitos 
no surtían efecto empezó a mandarme cartas con los niños del barrio. Por el 
color de los sobres reconocí en seguida de dónde provenían y a veces los 
dejaba sin abrir sobre mi mesa. En estos últimos tiempos usó un papel vio- 
leta repugnante que coincide con los acentos más patéticos. Escribió que 
estaba de luto y que el violeta era el color que expresaba mejor su estado 
de ánimo. A veces pensé que convendría hacerle un narcoanálisis, tal vez 
se liberaría de la obsesión que tiene conmigo; es natural que no se presta- 
ría a ello ni siquiera por amor. Creí alejarla con un retrato y sucedió lo con- 
trario: se acercó más íntimamente a mí. Iré caminando. Le daré tiempo pa- 
ra morir. Oigo sus quejidos, el maullido del gato, las gotas que caen del gri- 
fo dentro del baño vecino. Camino, voy hacia ella dentro de mi retrato mal- 
dito. 

Voz en el teléfono 

No, no me invites a casa de tus sobrinos. Las fiestas infantiles me entriste- 
cen. Te parecerá una macana. Ayer te enojaste porque no quise encender 
tu cigarrillo. Todo está relacionado. ¿Que estoy loco? Tal vez. Ya que nunca 
puedo verte, terminaré por explicar las cosas por teléfono. ¿Qué cosas? La 
historia de los fósforos. Detesto el teléfono. Sí. Ya sé que te encanta, pero a 
mí me hubiera gustado contarte todo en el auto, o saliendo del cine, o en la 
confitería. Tengo que remontarme a los días de mi infancia. 
-Fernando, si jugás con fósforos, vas a quemar la casa -me decía mamá, o 
bien-: Toda la casa va a quedar reducida a un montoncito de cenizas -o 
bien-: Volaremos como fuegos de artificio. 

¿Te parece natural? A mí también, pero todo eso me inducía a tocar fósfo- 
ros, a acariciarlos, a tratar de encenderlos, a vivir por ellos. ¿Te sucedía lo 
mismo con las gomas de borrar? Pero no te prohibían tocarlas. Las gomas 
de borrar no queman. ¿Las comías? Ésa es otra cosa. Los recuerdos de mis 
cuatro años tiemblan como iluminados por fósforos. La casa donde pasé mi 
infancia, ya te dije que era enorme: se componía de cinco dormitorios, dos 
vestíbulos, dos salas con el cielo raso pintado, con nubes y angelitos. ¿Te 



parece que vivía como un rey? No creas. Siempre liabía líos entre los sir- 
vientes. Se habían dividido en dos bandos: los partidarios de mi madre y los 
partidarios de Nicolás Simonetti. ¿Quién era? Nicolás Simonetti era el coci- 
nero: yo lo quería con locura. Me amenazaba, en broma, con un enorme 
cuchillo lustroso, me daba trocitos de carne y hojitas de lechuga para que 
me entretuviera, me daba caramelo que derramaba sobre el mármol. Él 
contribuyó tanto como mi madre a despertar mi pasión por los fósforos, que 
encendía para que yo los apagara soplando. Debido a los partidarios de mi 
madre, que eran infatigables, la comida nunca estaba lista, ni rica, ni a 
punto. Siempre había una mano que interceptaba los platos, que los dejaba 
enfriar, que agregaba talco a los tallarines, que espolvoreaba los huevos 
con ceniza. Todo esto culminó con la aparición de un pelo larguísimo en un 
budín de arroz. 

-Este pelo es de Juanita -dijo mi padre. 

-No -dijo mi tía-, no quiero "echar pelos en la leche", para mi gusto, es de 
Luisa. 

Mi madre, que tenía mucho amor propio, se levantó de la mesa en medio 
de la comida y tomando de la punta de los dedos el pelo, lo llevó a la coci- 
na. La cara absorta del cocinero que vio, en lugar de un pelo, una hebra de 
hilo negro, irritó a mi madre. No sé qué frase sarcástica o hiriente hizo que 
Nicolás Simonetti se quitara el delantal que amasó como un bollo para tirar- 
lo y anunciar que dejaba la casa. Yo lo seguí al cuarto de baño donde se 
vestía y se desvestía diariamente. Aquella vez, él que era tan atento conmi- 
go, se vistió sin mirarme. Se peinó con un poquito de grasa que le quedaba 
en las manos. Nunca vi manos tan parecidas a peines. Luego, con dignidad 
juntó, en la cocina, los moldes, los cuchillos enormes, las espátulas y las 
metió en una valijita que siempre traía y se dirigió a la puerta con el som- 
brero puesto. Para que se dignara mirarme le di un puntapié en la pierna; 
entonces puso su mano, que olía a manteca, sobre mi cabeza y dijo: 
-Adiós, pibe. Ahora muchos apreciarán las comidas de Nicolás. Que se chu- 
pen los dedos. 

¿Te hace gracia? Sigo enumerando: dos escritorios. ¿Para qué tantos? Yo 
también me lo pregunto. Nadie escribía. Ocho corredores, tres cuartos de 
baño (uno con dos lavatorios). ¿Por qué dos? Se lavarían a cuatro manos. 
Dos cocinas (una económica y una eléctrica), dos cuartos para lavar y plan- 
char la ropa (uno de ellos decía mi padre que estaba destinado a arrugarla), 
una antecocina, un antecomedor, cinco cuartos de servicio, un cuarto para 
los baúles. ¿Viajábamos mucho? No. Esos baúles se utilizaban para distintas 
cosas. Otro cuarto para los armarios, otro para los cachivaches donde dor- 
mía el perro y mi caballo de madera montado en un triciclo. ¿Si existe esa 
casa? Existe en mi recuerdo. Los objetos son como esos mojones que indi- 
can los kilómetros recorridos: la casa tenía tantos que mi memoria está cu- 



bierta de números. Podría decir en qué año comí la primera manzana o 
mordí la oreja del perro, o bien oriné en la dulcera. ITe parece que soy un 
cochino! Las alfombras, las arañas y las vitrinas de la casa me gustaban 
más que los juguetes. Para el día de mi cumpleaños mi madre organizó una 
fiesta. Invitó a veinte varones y veinte mujeres para que me trajeran rega- 
los. Mi madre era previsora. ITenés razón, era un amor! Para el día de la 
fiesta los sirvientes sacaron las alfombras, los objetos de las vitrinas que mi 
madre reemplazó por caballitos de cartón con sorpresas y automovilitos de 
material plástico, matracas, cornetas y flautines, dedicados a los varones; 
pulseras, anillos, monederos y corazoncitos a las mujeres. En el centro de 
la mesa del comedor colocaron la torta con cuatro velitas, los sándwiches, 
el chocolate servido. Algunos niños llegaron (no todos con regalos) con sus 
niñeras, otros con sus madres, otros con una tía o una abuela. Las madres, 
tías o abuelas se sentaron en un rincón para conversar. Yo las escuchaba de 
pie, soplando en una corneta que no sonaba. 

-Qué bonita estás, Boquita -dijo mi madre a la madre de una de mis ami- 
gas-. ¿Venís del campo? 

-Es la época en que uno quiere quemarse y es un monstruo -respondió Bo- 
quita. 

Yo creí que se refería a los fósforos y no al sol. ¿Si me gustaba? ¿Qué cosa? 
¿Boquita? No. Era horrible, con su boca diminuta, sin labios, pero mi madre 
aseguraba que nunca había que decir bonita a las bonitas, sino a las feas 
porque era más amable; que la belleza está en el alma y no en la cara; que 
Boquita era un esperpento, pero que "tenía algo". Además mi madre no 
mentía: siempre se arreglaba para pronunciar las palabras de un modo 
equívoco, como si se le enredara la lengua, y así lograba decir "qué loquita 
estás Boquita"; lo que también podía interpretarse como una alabanza a la 
fuerte personalidad de su amiga. Hablaron de política, de sombreros y de 
vestidos, hablaron de problemas económicos, de personas que no habían 
ido a la fiesta: lo advierto ahora recopilando las palabras que les oí decir. 
Después de la distribución de globos y de la representación de títeres (don- 
de Caperucita Roja me aterró como el lobo a la abuela, donde la Bella me 
pareció horrorosa como la Bestia), después de apagar las velas de mi torta 
de cumpleaños, seguí a mi madre a la salita más íntima de la casa, donde 
se encerró con sus amigas, entre los almohadones bordados. Conseguí es- 
conderme detrás de un sillón, pisotear el sombrero de una señora, sentado 
en cuclillas, apoyado contra la pared, para no perder el equilibrio. Ya sé que 
soy un bruto. Las señoras reían tanto que apenas comprendía yo las pala- 
bras que pronunciaban. Hablaban de corpiños, y una de ellas se desabotonó 
la blusa hasta la cintura para mostrar el que llevaba puesto: era transpa- 
rente como una media de Navidad, pensé que tendría algún juguete y sentí 
deseos de meter la mano adentro. Hablaron de medidas: resultó que se tra- 



taba de un juego. Por turno se pusieron de pie. Elvira, que parecía una ne- 
na enorme, misteriosamente sacó de su cartera un centímetro. 
-Siempre llevo en mi cartera una lima y un centímetro, por las dudas -dijo. 
-Qué loca -exclamó Boquita estrepitosamente-, parecés una modista. 
Se midieron la cintura, el pecho y las caderas. 
-Te apuesto a que tengo cincuenta y ocho de cintura. 
-Y yo te apuesto a que tengo menos. 
Las voces resonaban como en un teatro. 
-Quisiera ganar con las caderas -decía una. 

-Yo me contento con la pechera -dijo otra-. A los hombres les interesa más 
el pecho, ¿no ves dónde miran? 

-Si no me miran en los ojos no siento nada -dijo otra, con un suntuoso co- 
llar de perlas. 

-No se trata de lo que sentís, sino de lo que ellos sienten -dijo la voz agre- 
siva de una que no era madre de nadie. 

-A mí me importa un bledo -respondió la otra, encogiéndose de hombros. 
-Yo, no -dijo la Rosca Pérez, que era preciosa, cuando le tocó el turno de 
medirse; tropezó contra el sillón donde yo estaba escondido. 
-Gané -dijo Chinche, que era puntiaguda como un alfiler de cabeza chica y 
que hacía sonar las nueve esclavas de oro que llevaba en el brazo. 
-Cincuenta y uno -exclamó Elvira, examinando el centímetro que rodeaba la 
cintura diminuta de Chinche. 

¿Que no podía tener cincuenta y un centímetros, a menos de ser una avis- 
pa? Pues entonces era una avispa. ¿Se puede hundiendo la barriga como un 
yogui? Yogui no era, pero encantadora de serpientes, sí. Fascinaba a las 
mujeres perversas. A mi madre, no. Mi madre era un pan de Dios. Le tenía 
lástima. Cuando le hablaban mal de Chinche contestaba: 
-Macana frita. 

Cualquier día. Nunca le oí decir a un malevo "macana frita". Sería algo muy 
personal. Era muy ella misma. Seguiré contando. En ese momento sonó el 
teléfono que estaba colocado junto a uno de los sillones; Chinche y Elvira, 
repartiéndoselo, lo atendieron; luego, tapando el teléfono con un almoha- 
dón, dijeron a mi madre: 
-Es para vos, che. 

Las otras se codearon y Rosca tomó el teléfono para oír la voz. 
-Apuesto a que es el barbudo -dijo una de las señoras. 
-Apuesto a que es el duende -dijo otra, mordiendo sus collares. 
Entonces comenzó un diálogo telefónico en que todas intervinieron pasán- 
dose el teléfono por turno. Olvidé que estaba escondido y me puse de pie 
para ver mejor el entusiasmo, con tintineo de pulseras y collares, de las se- 
ñoras. Mi madre al verme cambió de voz y de rostro: como frente al espejo 
se alisó el pelo y se acomodó las medias; apagó con ahínco el cigarrillo en 



el cenicero, retorciéndolo dos o tres veces. Me tomó de la mano y yo, apro- 
vechando su turbación, robé los fósforos largos y lujosos que estaban sobre 
la mesa, junto a los vasos de whisky. Salimos del cuarto. 
-Tenés que atender a tus invitados -dijo mi madre con severidad-. Yo atien- 
do a los míos. 

Me dejó en la sala desmantelada, sin alfombra, sin los objetos habituales de 
las vitrinas, sin los muebles más valiosos, con los caballitos de cartón va- 
cíos, con las cornetas y flautines en el suelo, con los automovilitos todos 
con dueños que eran impostores para mí. Cada uno de los niños tenía ya un 
globo que abrazaba, que estrujaba con audacia. Sobre el piano enfundado 
alguien había colocado los regalos que los amigos me habían traído. ¿Pobre 
piano? iPor qué no decís, más bien, pobre Fernando! Advertí que faltaban 
algunos regalos, pues yo atentamente los había contado y examinado en el 
momento de recibirlos. Pensé que estarían en otro lugar de la casa y ahí 
empezó mi peregrinación por los corredores que me llevaron al tacho de 
basura donde desenterré unas cajas de cartón y papeles de diario que 
triunfalmente llevé a la sala desmantelada. Descubrí que algunos de los ni- 
ños habían aprovechado de mi ausencia para apoderarse de nuevo de los 
regalos que me habían traído. ¿Vivos? Sinvergüenzas. Después de muchas 
vacilaciones, muchas dificultades para entrar en relación con los niños, nos 
sentamos en el suelo para jugar con los fósforos. Pasó una niñera y dijo a 
su compañera: 

-Hay adornos muy finos en esta casa: hay cada florero que si se te cae en 
un pie te lo aplasta -y mirándonos como si hablaran del mismo florero, 
agregó-: Cada uno cuando está solo es un diablo, pero acompañado se te 
vuelve un Niño Dios. 

Hicimos construcciones, planos, casas, puentes con los fósforos, les dobla- 
mos las puntas, durante un largo rato. No fue sino después, cuando llegó 
Cacho con los anteojos puestos y una billetera en el bolsillo que tratamos 
de encender los fósforos. Primero quisimos encenderlos en la suela de los 
zapatos, después en la piedra de la chimenea. A la primera chispa nos 
quemamos los dedos. Cacho era muy sabio y dijo que sabía no sólo prepa- 
rar sino encender una fogata. Él tuvo la idea de cercar la antecocina, donde 
estaba su niñera, con fuego. Yo protesté. No teníamos que desperdiciar fós- 
foros en niñeras. Esos fósforos lujosos estaban destinados para la salita ín- 
tima donde los había encontrado. Eran los fósforos de nuestras madres. En 
puntas de pie nos acercamos a la puerta del cuarto donde se oían las voces 
y las risas. Yo fui el que cerré la puerta con llave, yo fui el que saqué la lla- 
ve y la guardé en el bolsillo. Apilamos los papeles en que venían envueltos 
los regalos, las cajas de cartón con paja, algunos diarios que habían queda- 
do sobre una mesa, las basuras que había juntado, unos leños de la chime- 
nea, donde nos sentamos un rato para mirar la futura hoguera. Oímos la 



voz de Margarita, su risa que no lie olvidado, diciendo: 
-Nos encerraron con llave. 
Y la respuesta de no sé quién: 
-Mejor, así nos dejan tranquilas. 

Al principio el fuego chisporroteaba apenas, luego estalló, creció conno un 
gigante, con lengua de gigante. Lamía el mueble más valioso de la casa, un 
mueble chino con muchos cajoncitos, decorado con millones de figuras que 
atravesaban puentes, que se asomaban a las puertas, que paseaban en la 
orilla de un río. Millones y millones de pesos le habían ofrecido a mi madre 
por ese mueble, y nunca lo quiso vender a ningún precio. ¡Te parece, una 
lástima! Mejor hubiera sido venderlo. Retrocedimos hasta la puerta de en- 
trada donde acudieron las niñeras. Retumbaron las voces pidiendo auxilio 
en la larga escalera de servicio. El portero, que estaba conversando en la 
esquina, no llegó a tiempo para hacer funcionar el extinguidor de incendios. 
Nos hicieron bajar a la plaza. Agrupados debajo de un árbol vimos la casa 
en llamas, y la inútil llegada de los bomberos. ¿Ahora comprendés por qué 
no quise encender tu cigarrillo? ¿Por qué me impresionan tanto los fósfo- 
ros? ¿No sabías que era tan sensible? Naturalmente, las señoras se asoma- 
ron a la ventana, pero estábamos tan interesados en el incendio que apenas 
las vimos. La última visión que tengo de mi madre es de su cara inclinada 
hacia abajo, apoyada sobre un balaustre del balcón. ¿Y el mueble chino? El 
mueble chino se salvó del incendio, felizmente. Algunas figuritas se estro- 
pearon: una de una señora que llevaba un niño en los brazos y que se ase- 
mejaba un poco a mi madre y a mí. 

El castigo 

Estábamos frente a un espejo que reflejaba nuestros rostros y las flores del 
cuarto. 

-¿Qué te pasa? -le pregunté. Estaba pálida. ¿Me ocultas algo? 
-No te oculto nada. Ese espejo me recuerda mi desventura: somos dos y no 
una sola persona -dijo, tapándose la cara-. Al verte tan severo, me siento 
culpable. Todo me parece una infidelidad. Tengo veinte años. ¿Para qué me 
sirven? Por miedo de perderme no quieres que mire, ni que pruebe nada, 
no quieres que viva. Quieres que sea tuya definitivamente, como un objeto 
inanimado. Si te hiciera el gusto, terminaría por volver al punto inicial de mi 
vida o por morir, o tal vez por volverme loca -me dijo-. ¿No te da miedo? 
-Me ocultas algo -insistí-. No trates de distraerme con lamentos. 
-Si crees que te oculto algo, me remontaré a mis veinte años -me dijo- y te 
contaré toda mi vida. Haré un resumen. 
-iComo si no conociera tu vida! -le respondí. 

-No la conoces. Déjame recostar mi cabeza sobre tus rodillas, porque tengo 



sueño. 

Me acomodé en el sofá y dejé que se apoyara cómodamente sobre mí, me- 
ciéndola como a un recién nacido. 

-El único pecado que existía para mí era la infidelidad. Mas ¿cómo ser fiel 
sin morir para el resto del mundo y para uno mismo? En un cuarto, con flo- 
res pintadas en la pared, Sergio me tuvo, desnuda, entre sus brazos. Sos- 
pechó que lo había engañado y quiso matarme. No lo había engañado, pues 
en mis infidelidades, si las había, lo buscaba a él. 
-¿Por qué me nombras como si hablaras de otra persona? 
-Porque Sergio era otra persona. Conocí el amor perfecto durante tres años. 
Todo nos unía: teníamos los mismos gustos, el mismo carácter, la misma 
sensibilidad. Me dominaba: me devoró como un tigre devora un cordero. Me 
quería como si me tuviese en sus entrañas, y yo lo quería como si hubiera 
salido de ellas. Al cabo de tres años de dicha y también de tormento, paula- 
tinamente, y de un modo cada día más sentimental y pudoroso, aprendi- 
mos a no saber siquiera besarnos. La vergüenza, como un vestido demasia- 
do abrigado y con demasiados broches y cintas, cubría mi cuerpo. No quise 
verlo más. Tuve asco de sus besos. Me escribió una carta proponiéndome 
cosas obscenas. Tiré la carta al fuego. "¿Qué contenido tendrá esta carta?", 
pensé al mirar el sobre, llena de esperanzas. Lo tuve un rato en mis manos 
antes de abrirlo. 

"Nos dimos cita en una iglesia; apenas nos miramos. Después, furtivamen- 
te, en una plaza. Viví un tiempo rodeada por una suerte de bruma inquie- 
tante, pero venturosa. 

"Encontré a Sergio unos meses después en un teatro. 

-No me nombres como si no me conocieras. Soy capaz de estrangularte -le 
dije. Ella prosiguió como si no me hubiera oído: 

-IQué hermoso es un desconocido! Me conmoví al ver aquellos ojos que me 
miraban por primera vez. Temblé de emoción, como quien ve el principio de 
la primavera en una sola hoja imperceptible, cuando todo el resto de un 
jardín ha quedado sumido en el invierno, o como quien ve un precipicio, en- 
tre montañas azules y arbustos con flores deslumbrantes y lejanas. iVérti- 
go, sólo vértigo sentí! Seguramente, nos habíamos conocido en otra reen- 
carnación: no nos saludamos y sin embargo me pareció natural. "Quisiera 
conocerlo en esta vida", pensé con vehemencia. Rápidamente Sergio entró 
en mi olvido. 

-Te prohibo jugar con nuestro amor -le dije, tratando de llamar su atención; 
no me escuchó. 

-Fui feliz, con esa felicidad que da la expectativa. Bailaba frente al espejo. 
Tocaba el piano maravillosamente bien, por lo menos así lo creía yo. Espe- 
raba, ¿qué? No sé. Un novio probablemente. Estaba cansada ya de estu- 
diar. Ni la timidez me salvaba del tedio, de la nerviosidad de los exámenes. 



Mi profesora de filosofía fue mi mejor amiga. Le llevaba ramos de rosas, o 
frutas que traía del campo. Ella me invitaba a tomar té en su casa. Dejó de 
ser mi amiga. Me trató con desdén o con indiferencia. 

"Llévale un ramo de flores a tu maestra; si no tienes atenciones con ella, 

nunca te demostrará su simpatía", me dijo un día mi madre. 

-¿Hay que comprar la simpatía? 

-¿Quién te enseñó esa palabra tan vulgar?"; me dijo. 

-¿Cuál?", interrogué con evidente mala fe. 

"Comprar. Se compra fruta, alimentos, vestidos, iqué sé yo!, pero no sen- 
timientos humanos", me respondió orgullosamente. "Todo se compra con o 
sin dinero", le dije. 

"No sé por qué recuerdo con tanta precisión ese diálogo. Los días empeza- 
ron a ser muy largos, muy anchos, muy profundos. Había tiempo para todo, 
principalmente para olvidar. Tardé mucho en no saber bailar, ni tocar el 
piano. Mi cuerpo perdió el equilibrio; cuando trataba de ponerme de punti- 
llas, vacilaba; los dedos de mi mano perdieron agilidad, se pegaban a las 
notas cuando recorrían escalas. Me sentí humillada. Intenté suicidarme una 
noche de invierno, desnuda, junta a la ventana abierta, sin moverme, tiri- 
tando de frío, hasta el alba; después, con un hipnótico, que conseguí de 
contrabando, en la farmacia; después, con un revólver, que descubrí en el 
cuarto de mi padre. Todo fracasó por culpa de mi indecisión, por culpa de 
mi nerviosidad, por culpa de mi buena salud, pero no por mi amor a la vida. 
Alicia me decepcionó con sus traiciones, con sus mentiras. Resolví no verla 
más y, antes de despedirme de ella, contar sus pecados en el seno de su 
familia, algún día que estuvieran todos reunidos, frente a esos cuadros mís- 
ticos que estaban tan bien iluminados, en la casa. Alicia y yo nos hacíamos 
confidencias. Era mi mejor amiga. Dormíamos juntas en verano, debajo de 
los mosquiteros que velaban nuestras caras. Nos enamorábamos siempre 
del mismo muchacho, que siempre me amaba a mí. Alicia creía que era de 
ella de quien se enamoraban. Nos aborrecimos sin aparente razón. Reíamos 
de todo y por todo: de la muerte, del amor, de la desventura y de la dicha. 
No sabíamos lo que nos gustaba, y aquello que más nos divertía, a veces 
resultaba tedioso y absurdo. 

'Estas mocosas se creen grandes -decía mi madre, o mi tía o alguien de la 
servidumbre-, les hace falta una buena paliza." 

"Leíamos libros pornográficos, que escondíamos debajo del colchón, fumá- 
bamos, íbamos al cinematógrafo en vez de estudiar. 

"En la pileta municipal, todas las mañanas, nadábamos y conseguimos 
premios en cuatro o cinco concursos. Nadábamos también en el río, cuando 
nos invitaban a pasar el día en el Tigre, en algún recreo; o en el mar, aquel 
verano que nos alojamos en una casa, que alquiló mi tía, en Los Acantila- 
dos. iVi por primera vez el mar! Allí aprendimos a flotar sobre el agua, con 



dificultad, porque teníamos miedo. Fuimos olvidando la natación. lAh, cómo 
nos hundíamos en el agua! Un día casi nos ahogamos abrazadas, tratando 
de salvarnos o de hundirnos mutuamente. 

- ... Vas a ahogarte -me prevenía mi madre-. Cuando aprendas a nadar, 
perderás el miedo, y podrás ganar concursos." Atesoraba en mi armario 
tarjetas postales que recibía de Claudina. No dormía pensando en ir al cole- 
gio: vergüenza de los niños, temor a los mayores, curiosidad por los supli- 
cios sexuales, todo me torturaba. 

"Pasamos días y días de dicha en un jardín enorme, con dos esfinges de 
piedra que cuidaban la entrada del portón. Por las tardes bajábamos al río, 
a pasear. Del camino que nos conducía al Club Náutico, se divisaba la igle- 
sia de San Isidro, donde me llevaban a misa los domingos. Fui mística, de- 
vota de la Virgen de Luján. En lugar de llevar en mi brazo una pulsera, lle- 
vaba un rosario. Claudina se fue a Europa. Comprábamos huevos frescos, 
en una casita escondida debajo de una gigantesca enredadera. A veces me 
permitían ir en bicicleta, con Claudina o sola. En una de mis incursiones, un 
hombre miró mis senos nacientes y me dijo obscenidades. Me asusté y se lo 
comuniqué a Claudina. No me habituaba a tener senos. Transcurrió el tiem- 
po y la bicicleta fue altísima para mí. Me faltaba equilibrio para manejarla. 
"Miedosa", me decía el jardinero, mirando mis rodillas y moviendo los bigo- 
tes. 

"La cicatriz que tengo en la frente se debe a un golpe, que me di contra un 
poste bajando la barranca. 

"Hice la primera comunión. Soñaba con mi vestido blanco. Yo tenía el cuer- 
po derecho; sin caderas, sin pechos, sin cintura, como un varón. Nos lleva- 
ron a la casa del fotógrafo, a Claudina y a mí, cubiertas de tules blancos, de 
libros de misa y de malos pensamientos. Conservo las fotografías. 
"Recuerdo el día en que la bicicleta nueva, embalada, llegó a casa. Des- 
pués, el día en que mi madre me la prometió en recompensa por las buenas 
notas que obtuve en el colegio. "lAndar en triciclo me aburre! iCuándo ten- 
dré una bicicleta!", decía mi voz. 

"Yo giraba y giraba alrededor de los muebles de la casa, en triciclo, pensan- 
do en aquella bicicleta. Estábamos en la ciudad. 

"Con la cabeza rapada, como varón, me trepaba a los árboles. Convalecía 
con dificultad, pues mi madre no lograba que yo me quedara quieta. Tres 
médicos rodearon mi cama. Oí que hablaban de fiebre tifus. Temblaba en la 
cama y bebía agua y naranjada, continuamente. Mi madre se asustó: los 
ojos le brillaban como piedras preciosas. Hay que llamar a un médico. 
"Esa misma mañana dijo: 

"Mi hija no tiene nada. Tiene una salud de fierro", y me mandó al colegio 
con la niñera. 

"Bebía agua de un pantano, donde se acumulaba la basura, el día que co- 



nocí a Claudina. Nadie habló de mi travesura. 

"No sabía ya andar en triciclo. Los pedales me lastimaban las piernas. 
"Hicimos un viaje a Francia: el mar, que vi por última vez, me fascinó. Y 
después, durante mucho tiempo, pregunté a mi madre: 
""¿Cómo será Francia? ¿Cómo será el mar? 

"Fingía leer el diario, como las personas mayores, sentada en una silla. Ro- 
sa, Magdalena y Ercilia eran mis amigas. Teníamos la misma edad, pero yo 
era más precoz. Reconocía cualquier música. En los columpios de Palermo, 
me mecía sin temor y subía al tobogán más alto, sin vacilar. Luego, poco a 
poco, no me dejaron subir sino al tobogán más bajo, porque el otro era pe- 
ligroso. Peligro, peligro, ¿dónde estaba el peligro? Trataron de enseñárme- 
lo: en los cuchillos, en los alfileres, en los vidrios rotos, en los tomacorrien- 
tes, en la altura. No me dejaron comer chocolate, ni helados, ni subir a la 
calesita, sola. 

-¿Por qué no puedo comer chocolate?, interrogaba yo. "Porque es indiges- 
to", me contestaban. Adoré a mi madre: lloraba cuando no volvía temprano 
de la calle. Mis amigas me quitaban los juguetes. 

"Alguien me asustó una noche, con un mono de trapo, y me regalaron al día 
siguiente el mismo mono, que no me gustó. Las personas me daban miedo 
o alegría. No supe escribir sino con letras de goma: rosa, casa, mamá. Los 
días se alargaron más y más. Cada día atesoraba pequeñas albas, pequeñas 
tardes, pequeñas noches, que se repetían al infinito. Lloraba en cuanto veía 
un perro o un gato que no fuera de juguete. No reconocía las letras: ni la o, 
ni la a, que eran tan fáciles; no reconocía los números, ni el cero que era 
como un huevo, ni el uno que era como un soldadito. Comencé a probar el 
gusto de algunas frutas, de algunas sopas; luego, el gusto dulce de la le- 
che. Ésta es mi vida -me dijo, cerrando los ojos-. Recordar el pasado me 
mata. 

-Te burlas de mí? -le pregunté. 

No me respondió y apretó los labios: jamás volvió a abrirlos para decirme 
que me amaba. No pude llorar. Como si la contemplara desde la cima de 
una montaña, la miré, lejana, indefensa, inexpugnable. Su locura era mi 
único rival. La abracé por última vez y fue como una violación. Durante el 
relato, el tiempo, para mí, había transcurrido a la inversa: para ella, veinte 
años menos, significaron para mí veinte años más. Eché una mirada al es- 
pejo, esperando que reflejara seres menos afligidos, menos dementes que 
nosotros. Vi que mi pelo se había vuelto blanco. 

La oración 

Laura estaba en la iglesia, rezando: 

Dios mío, ¿no recompensarás la buena acción de tu sierva? Comprendo que 



a veces no fui buena. Soy impaciente o mentirosa. Carezco de caridad, pero 
siempre trato de lograr tu perdón. ¿No lie pasado Inoras arrodillada sobre el 
piso de mi cuarto, frente a la imagen de una de tus vírgenes? Este niño ho- 
rrible que he escondido en mi casa, para salvarlo de la gente que quería lin- 
charlo ¿no me traerá satisfacción alguna? No tengo hijos, soy huérfana, no 
estoy enamorada de mi marido, bien lo sabes. No te lo oculto. Mis padres 
me llevaron al casamiento como se lleva a una niña al colegio o al médico. 
Yo les obedecí, porque creí que todo iba a andar bien. No te lo oculto: el 
amor no se manda, y si tú mismo me dieras la orden de amar a mi marido, 
no podría obedecerte, si no me inspiras el amor que necesito. Cuando él me 
abraza, quiero huir, esconderme en un bosque (siempre imagino, desde la 
infancia, un bosque enorme, con nieve, donde me escondo, en mi desdi- 
cha); él me dice: 

-Qué fría estás... como de mármol. 

Me agrada más el boletero feo que a veces me regala plateas para que vaya 
al cinematógrafo con mi hermanita, o el vendedor, un poco repugnante, de 
la zapatería, que acaricia mi pie, entre sus piernas, cuando me prueba za- 
patos, o el albañil rubio de la esquina de 9 de Julio y Corrientes, junto a la 
casa donde vive mi alumna predilecta, ese que me gusta, el de ojos negros, 
el que come pan, cebolla y uvas con carne en el suelo; el que me pregunta: 
-¿Usted es casada? -y sin esperar mi respuesta dice-: qué lástima. 
El que me hizo pasar entre los andamios para ver el departamento que iba 
a ocupar una pareja de recién casados. 

Visité cuatro veces el piso que estaba en construcción. La primera vez fui de 
mañana; estaban poniendo ladrillos en una pared medianera. Me senté so- 
bre maderas apiladas. lEra la casa de mis sueños! El albañil (que se llama 
Anselmo) me llevó a la parte más alta de la casa, para que viera la vista. 
Sabes que tu sierva no quiso demorarse en la casa en construcción hasta 
tan tarde y que al torcer se el tobillo tuvo que quedarse, disgustada, un ra- 
to largo entre hombres, esperando que el dolor pasara. La segunda vez lle- 
gué por la tarde. Estaban colocando vidrios y fui a buscar el monedero que 
había olvidado. Anselmo quiso que viera la terraza. Eran las seis de la tarde 
cuando bajamos y todos los otros obreros se habían retirado. Al pasar junto 
a una pared me ensucié un brazo y la mejilla con cal. Anselmo con su pa- 
ñuelo y sin pedirme permiso me sacó las manchas. Vi que sus ojos eran 
azules y su boca muy rosada. Lo miré, tal vez demasiado, pues me dijo: 
-IQué ojos tiene! 

Bajamos de la mano entre los andamios. Me dijo que volviera a las ocho de 
la noche del día siguiente, que uno de sus camaradas tocaría el acordeón y 
que la mujer de otro traería vino. Sabes, Dios mío, que haciendo un gran 
sacrificio fui por no ofenderlo. El camarada de Anselmo tocaba el acordeón 
cuando llegué. A la luz de una linterna se agruparon los otros alrededor de 



unas botellas. La mujer trajo en una canasta vasos para que bebiéramos, y 
bebimos. Me retiré antes que terminara la fiesta. Anselmo me condujo con 
una linterna hasta la salida. Quiso acompañarme una cuadras. No lo dejé. 
-¿Volverá? -me dijo al despedirse-. Todavía no vio los mosaicos. 
-¿Qué mosaicos? -pregunté riendo. 

-Los del baño -contestó como besándome-. Vuelva, mañana vienen ellos. 
-¿Quiénes? 

-Los novios. Podemos espiarlos. 
-No acostumbro espiar. 

-Le mostraré un aviso luminoso, unos zapatos con alas. ¿No los vio nunca? 
-Nunca. 

-Se lo mostraré mañana. 

-Bueno. 

-¿Vendrá? 

-Sí -contesté y me fui. 

La tercera vez no había nadie en el edificio. Detrás de un cerco de madera, 

ardía un fuego; sobre unas piedras había una olla. 

-Esta noche reemplazo al sereno -me dijo al verme llegar. 

-¿Y la pareja? 

-La pareja se fue. ¿Subimos a ver el letrero luminoso? -me dijo. 
-Bueno -contesté, disimulando mi nerviosidad. 

Dios mío, no sabía lo que me esperaba en aquel séptimo piso. Subimos. 
Creí que mi corazón latía porque subía tantos pisos y no porque estaba sola 
en ese edificio con ese hombre. Cuando llegamos arriba, desde la terraza, 
vi con alegría el aviso luminoso. Los zapatos iluminados con alas revolotea- 
ban en el aire. Tuve miedo. Faltaba la baranda y retrocedí hasta el dormito- 
rio. Anselmo me tomó de la cintura. 

-No se caiga -dijo, y agregó-: Aquí van a poner la cama. Lindo casarse ¿no? 
y tener un nido. 

Al decir estas palabras se sentó en el suelo junto a una valijita y un atado 
de ropa. 

-¿Quiere ver unas fotografías? Siéntese. 

Colocó un diario en el suelo para que me sentara. Me senté. Abrió la valijita 
y de su interior. Dios mío, sacó un sobre y del sobre unas fotografías. 
-Ésta era mi madre -dijo acercándose a mí-. Ves qué bonita era -comenzó a 
tutearme-: Y esta es mi hermana -dijo soplando sobre mi cara. 
Me acorraló y empezó a abrazarme sin dejarme respirar. Dios mío, sabes 
que intenté desasirme inútilmente de sus brazos. Sabes que fingí estar las- 
timada para hacerlo entrar en razón. Sabes que me alejé llorando. Yo no te 
escondo nada. Con el vestido roto llegué a mi casa, y a pesar de todo volví 
a verlo al día siguiente porque fui a buscar el monedero que siempre pierdo 
en alguna parte. Yo no te escondo nada. Comprendo que no soy virtuosa. 



pero ¿conoces muchas mujeres virtuosas? No soy de esas que usan panta- 
lones muy ajustados y la mitad del pecho afuera cuando van al río los do- 
mingos. Es claro que mi marido se opondría a esas cosas, pero a veces po- 
dría aprovecharme de su distracción para hacerlas. No tengo la culpa si me 
miran los hombres: me miran como a una chiquilina. Soy joven, es cierto, 
pero lo que les gusta no es eso. A Rosaura y a Clara ni las miran cuando 
van por la calle: no ligan ni un solo piropo durante las vacaciones, estoy se- 
gura. Ni siquiera indecencias, que son tan fáciles de conseguir. Soy buena 
moza ¿acaso es un pecado? Peor es estar amargada. Desde que me casé 
con Alberto, vivo en esa calle oscura de Avellaneda. Sabes muy bien que no 
está pavimentada y que de noche me tuerzo los tobillos para llegar a casa, 
cuando llevo tacos muy altos. Los días de lluvia calzo botas de goma, que 
ya se han roto, y un impermeable que parece una bolsa, para ir a mi traba- 
jo. Es claro que las bolsas están de moda ahora. Soy maestra de piano y 
hubiera sido una gran pianista si no fuera por mi marido, que se ha opues- 
to, y por mi carencia de vanidad. A veces, cuando invitamos gente a casa, 
insiste para que toque tangos o jazz. Humillada, me siento al piano y le 
obedezco con desgano, porque sé que le agrada a él. Mi vida no tiene hala- 
gos. Todos los días, salvo los de fiesta y los sábados, recorro la calle Espa- 
ña, a la misma hora, para llegar a la casa de una de mis discípulas. En un 
trecho de camino de tierra, solitario, con zanjones, donde tantas veces pen- 
sé en ti, hará ya veinte días (que me parecen eternos), vi a cinco niños, ju- 
gando. Distraídamente los vi en el barro, en el borde del zanjón, como si se 
tratara de niños irreales. Dos de ellos reñían: uno le había arrancado al otro 
un barrilete amarillo y celeste, que apretaba contra su pecho. El otro lo to- 
mó del cuello (lo hizo rodar por la zanja) y le metió la cabeza en el agua. Se 
debatieron un rato: uno por hundir la cabeza al otro, el otro por sacarla. Al- 
gunas burbujas aparecieron en el agua barrosa, como cuando sumergimos 
una botella vacía y hace glu glu glu. Sin soltar la cabeza, el niño seguía afe- 
rrado a su presa, que ya no tenía fuerza para defenderse. Los compañeros 
de juego aplaudían. Los minutos parecen a veces muy largos o muy cortos. 
Yo miraba la escena, como en el cinematógrafo, sin pensar que hubiera po- 
dido intervenir. Cuando el niño soltó la cabeza de su adversario, éste se 
hundió en el barro silencioso. Hubo entonces una desbandada. Los niños 
huyeron. Comprendí que había asistido a un crimen, a un crimen en medio 
de esos juegos que parecían inocentes. Corriendo, los niños llegaron a sus 
casas y anunciaron que Amando Aráoz había sido asesinado por Claudio 
Herrera. Saqué del zanjón a Amando. Fue entonces que las mujeres y los 
hombres del barrio, armados de palos y de fierros, quisieron linchar a Clau- 
dio Herrera. La madre de Claudio, que me quería mucho, me pidió llorando 
que lo escondiera en mi casa, lo que hice de buen grado, después de depo- 
sitar al finadito en la cama donde lo amortajaron. Mi casa queda apartada 



del lugar donde viven los padres de Amando Aráoz y eso facilitaba las co- 
sas. Durante el entierro la gente no lloraba a Amando, maldecía a Claudio. 
Caminando dieron la vuelta a la manzana con el ataúd. En cada puerta se 
detenían para gritar insultos a Claudio Herrera, para que la gente se ente- 
rase del crimen que había cometido. Estaban tan exaltados que parecían fe- 
lices. Sobre el ataúd blanco de Amando habían colocado flores muy visto- 
sas, que las mujeres no se cansaban de alabar. Varios niños, que no esta- 
ban emparentados con el muerto, siguieron el cortejo, para entretenerse; 
hacían bulla y se reían, arrastrando los palos con que jugaban sobre el em- 
pedrado. Creo que nadie lloraba, porque la indignación no tiene lágrimas. 
Sólo una vieja, misia Carmen, sollozaba, porque no comprendía lo que ha- 
bía ocurrido. Dios mío, qué poca suntuosidad y qué poco lujo en ese entie- 
rro. Claudio Herrera tiene ocho años. No se puede saber hasta qué punto 
será consciente del crimen que ha cometido. Lo protejo como una madre. 
No me explico bien por qué motivo me siento tan feliz. Transformé mi salita 
en dormitorio, allí lo alojo: en los fondos de la casa, donde antiguamente 
estaba el gallinero, le hice poner un trapecio y una hamaca; le compré un 
balde y una pala para que haga un pequeño jardín y que se distraiga con 
las plantas. Claudio me quiere o por lo menos se conduce como si me qui- 
siera. Me obedece más que a su madre. Le prohibí asomarse a los balcones 
y a la azotea de la casa. Le prohibí atender el teléfono. Nunca me desobe- 
deció. Me ayuda a limpiar la vajilla, cuando terminamos de comer. Limpia y 
pela las verduras y barre el patio, por las mañanas. No tengo por qué que- 
jarme; sin embargo, tal vez influida por la opinión de los vecinos, empiezo a 
ver en él al criminal. Estoy segura. Dios mío, que trató por diferentes méto- 
dos, de matar a Jazmín. Primero advertí que había colocado veneno para 
las cucarachas en el plato donde le poníamos la comida; después, que trató 
de ahogarlo debajo de la canilla o adentro del balde que usamos para lavar 
el patio. Durante unos días estoy persuadida de que no le dio agua, o si se 
la ofreció, fue mezclada con tinta, que Jazmín rechazó inmediatamente, 
después de ladrar. Atribuyo su diarrea a alguna mixtura diabólica que colo- 
có en la carne que le damos. Consulté con la doctora, que siempre me 
aconseja. Sabe que tengo muchos remedios en el botiquín, entre ellos bar- 
bitúricos. Me dijo en la última visita que le hice: 

-M'hijita, cierra el botiquín con llave. La criminalidad infantil es peligrosa. 
Los niños usan de cualquier medio para llegar a sus fines. Estudian los dic- 
cionarios. Nada se les escapa. Saben todo. Podría envenenar a tu marido, a 
quien, según me dijiste, lo tiene entre ojos. 
Yo le respondí: 

-Para que los seres vuelvan a ser buenos, hay que confiar en ellos. Si Clau- 
dio sospecha que no tengo confianza en él, será capaz de hacer cosas ho- 
rribles. Ya le expliqué el contenido de cada frasco y le mostré los que lie- 



van, en una etiqueta roja, la palabra VENENO. 

Dios mío, no cerré el botiquín con llave, y lo hago deliberadamente para 
que Claudio aprenda a reprimir sus instintos, si es verdad que es un crimi- 
nal. Las otras noches, durante la cena, mi marido lo mandó al altillo a bus- 
car una caja, donde tenía sus herramientas de carpintero. Mi marido tiene 
afición a la carpintería. Como el niño no volvía bastante pronto, subió al al- 
tillo para espiarlo. Claudio, según me dijo mi marido, estaba sentado en el 
suelo, entreteniéndose con las herramientas, horadando la tapa de la caja 
de madera lustrada, que él tanto apreciaba. Indignado, le dio una paliza allí 
mismo. Lo trajo, de una oreja, a la mesa. Mi marido no tiene imaginación. 
Tratándose de un niño que sospechamos anormal, ¿cómo se atrevió a infli- 
girle un castigo que a mí misma me hubiera enloquecido de ira? Seguimos 
la cena en silencio. Claudio, como de costumbre, nos dio las "buenas no- 
ches" y cuando nos quedamos solos, mi marido me dijo: 
-Si este monstruo no se va pronto de la casa, voy a morir. 
-IQué impaciente! -le contesté-. Estoy haciendo una obra de caridad. Ten- 
drías que reconocerlo. 

Y para impresionarlo más, invoqué tu nombre. Antes de acostarnos, del 
frasquito del botiquín tomamos pildoras para dormir, pues los dos sufrimos 
de insomnio, él porque no duerme y hace ruido con el libro o el diario que 
lee, con el cigarrillo que enciende, y yo porque lo escucho y espero que se 
duerma, temiendo no conciliar el sueño. Tuvo la misma idea que la doctora: 
que yo debía cerrar con llave el botiquín. No le hice caso, pues insisto que 
la confianza es el medio de conseguir el mejor resultado. Mi marido no lo 
cree. Desde hace unos días se ha puesto aprensivo. Dice que el café tiene 
un gusto raro y que después de beberlo siente mareos, cosa que jamás le 
ha sucedido. Para tranquilizarlo, en los momentos en que está en casa, cie- 
rro el botiquín con llave. Luego vuelvo a abrirlo. Muchos de mis amigos no 
vienen a mi casa: no puedo recibirlos, pues a nadie he dicho mi secreto, 
salvo a la doctora y a ti, que sabes todo. Sin embargo, no estoy triste. Yo 
sé que un día tendré mi recompensa y ese día volveré a sentirme feliz, co- 
mo cuando era soltera y que vivía junto a los jardines de Palermo, en una 
casita que ya no existe sino en mi recuerdo. Es extraño. Dios mío, lo que 
hoy me pasa. No me iría nunca de esta iglesia y casi podría decir que lo he 
previsto, pues en mi cartera tengo unos bombones que traje para no desfa- 
llecer de hambre. Ya pasó la hora del almuerzo y desde esta mañana a las 
siete no pruebo bocado. No te ofenderás. Dios mío, si como uno de estos 
bombones. No soy golosa; sabes que soy un poco anémica y que el choco- 
late me da coraje. No sé por qué temo que algo haya sucedido en mi casa: 
tengo premoniciones. Esas señoras harapientas, con sombreros negros, con 
plumas, y el cura que entró en el confesionario, me las auguran. ¿Alguien 
se habrá escondido alguna vez en uno de tus confesionarios? Es el lugar 



ideal para que se esconda un niño. ¿Y acaso no me parezco yo a un niño, 
en estos momentos? Cuando salgan el sacerdote y las señoras cubiertas de 
plumas, abriré la püertita del confesionario y penetraré en él. No me confe- 
saré con un sacerdote, sino contigo. Y toda la noche la pasaré en tu compa- 
ñía. Dios mío, yo sé que recompensarás la buena acción de tu sierva. 

La creación 

(Cuento autobiográfico) 

Ningún instrumento de música: ni la cornamusa romana, ni la fuya japone- 
sa, ni el nekeb hebreo, ni la travesera china, ni la fluirá rumana, ni la floye- 
ra griega, ni todos ellos juntos resonarían de un modo tan extraño: llega- 
ban del río, entre tambores, emitiendo ligeros y obstinados silbatos. La pla- 
za adonde se dirigían estaba oscura, mojada por la lluvia que daba brillo a 
las estatuas y a las piedras del estanque. Debajo de los bancos no había los 
papeles ni las cáscaras ni los excrementos habituales. Los perros acudían 
husmeando algún hueso enterrado. Amparadas por la oscuridad, niñas sor- 
domudas se habían demorado en las hamacas, meciéndose con frenesí; los 
delantales volaban en el viento: no se les veía caras ni manos; parecían 
fantasmas, Erinnias de yeso. Mujeres enlutadas, con olor a naranja, lleva- 
ban las antorchas. 

Paulatinamente se iluminó la plaza. Las niñas dejaron de mecerse. Las ni- 
ñas y los perros se unieron a la procesión. El frío, la lluvia influían sobre la 
repercusión de los sonidos: resonaban, como dentro de una gruta que se 
multiplicara y que se dividiera para siempre. 

Los primeros silbos que oí como en un sueño, comenzaron a crecer, a ad- 
quirir ritmo e intensidad, cuando la procesión se congregó en la plaza. 
Aquella música, que duró hasta la mañana, se oía ya de todas las casas de 
Buenos Aires. Sin embargo, la persona que estaba a mi lado no la oía. 
Aquella música que al principio podría haberse confundido con el silbato de 
un tren, de una usina, o del troley que recorre un cable ¿era un réquiem? 
Se prolongaba más que la eternidad. Sólo músicos heroicos podían prolon- 
gar ese concierto bajo la lluvia, durante tanto tiempo, sin desmayar en la 
noche. El delirio crecía. En algún momento creí distinguir voces, pero pronto 
advertí que los instrumentos se volvían humanos y que ninguna voz podía 
ser tan desgarradora. Como en las liturgias del Viernes Santo ¿no serían 
improperios? Los mismos tambores latían como un corazón. A fuerza de ser 
humana, aquella música se volvía despiadada y bestial. 
Las mujeres apagaron las antorchas sobre el pasto húmedo, pero la luz se- 
guía iluminando árboles y estatuas. 

¿Qué hacía esa gente en el jardín? ¿Qué hacían las niñas sordomudas? 



¿Qué hacían los perros acostados como si formaran un monumento? Se 
dispersaban lentamente y tal vez aquella música no provenía ya de los ins- 
trumentos, sino de algunos discos que se habían distribuido anteriormente 
por la ciudad y que personas trasnochadoras escuchaban en sus fonógrafos. 
Si esa música era tan conocida ¿cómo yo no la había oído antes? Tal vez, 
en mi ofuscamiento, confundía la música de jazz, que tanto me seduce, con 
un réquiem. Sin embargo, aquellas frases musicales que estaba escuchando 
no eran de jazz ni de ninguna música bailable. ¿Cómo era posible que sien- 
do una obra tan excelente hubiera sido escrita por gente de esa calaña, de- 
dicada sólo a cuestiones de índole política, para exaltar y engañar al pue- 
blo? 

El alba penetraba en los cuartos. En los patios húmedos se evaporaban las 
baldosas. Nunca Buenos Aires había estado tan limpio. Ya no se oían los fo- 
nógrafos, sino el silbido de un hombre solitario, que estaba en la azotea de 
una casa. El hombre no tenía oído o no recordaba bien la melodía; y se 
equivocaba en el ritmo, abreviando o prolongando angustiosamente las no- 
tas más importantes. Volvía a comenzar el mismo compás, con esfuerzo: el 
silbido terminaba en sonidos casi inaudibles y vacilantes, que se repetían 
lastimosamente. Las notas, las modulaciones, sugerían el color rosado páli- 
do que reviste el cielo del alba. Pensé que en esos balbuceos musicales se 
advertía la belleza de la obra. Pero no sólo el hombre solitario silbaba aque- 
lla melodía; otras personas, más lejanas, más oscuras, sin sexo, asomadas 
a un balcón o en la acera, barriendo ya la calle, trataban de modularla. Se 
trataba de una canción popular como Mambrú se fue a la guerra, el Himno 
Nacional o Mi noche triste. Las niñas sordomudas, cuyas voces y silbidos 
sonaban como el croar de los sapos, la ensayaron; la ensayaron también los 
vigilantes, con un silbato insistente, en las esquinas. La música iba dismi- 
nuyendo, atravesó las vías del tren, los puentes, hasta volver al río donde 
se extinguió. 

Aquella obra no fue compuesta ni escrita por nadie: lo supe al día siguiente. 
Ninguna orquesta la ejecutó, no fue grabada en ningún disco, ni silbada por 
nadie. Sin embargo, no me asombraría encontrarme con ella mañana, en 
cualquier momento, y en cualquier lugar. Tal vez (esta idea ahora me obce- 
ca) la obra más importante de la vida se produce en horas de inconsciencia 
(existe, aunque la conozca sólo el que la creó); sospecho que la mía andará 
perdida por el mundo, buscando asidero, con voluntad y vida propias. Sólo 
así se explica que yo no pueda olvidar esta música que compuse cuando es- 
tuve a punto de morir, como no podría olvidar, por cansada que estuviera 
de ellos, el Trío en A menor de Brahms, el Concierto para cuatro pianos de 
Vivaidi o la Sonata en D menor de Schumann. 



El asco 



Para cumplir con una promesa, durante la internación de Rosalía, se dejó 
crecer la barba. Gracias a esa circunstancia el fotógrafo Ersalis, sin cobrarle 
nada, para propaganda, lo fotografió y expuso en el escaparate de la tienda 
la fotografía cuya copia en un marco de madera, está colgada sobre la ca- 
becera de la cama matrimonial. Cuando Rosalía, de noche, se arrodillaba a 
rezar, la presencia de ese cuadro le parecía un sacrilegio; ahora, como si el 
marido fuera un santo, la aceptaba como algo natural. Es claro que al rato 
de mirar el retrato, a pesar de la barba sedosa y negra que llama la aten- 
ción como un adorno religioso, la mujer más desprevenida o depravada ad- 
vierte que el barbudo tiene cejas de demonio y probablemente olor a sapo o 
a culebra. 

Jamás comprendí por qué ese hombre gusta a las mujeres. Tal vez su cara 
de demonio, su habilidad para ganar dinero o aquel retrato que ha modifi- 
cado, a mi juicio, la forma de su verdadera cara, lo vuelve atrayente. 
Antes de casarse, Rosalía le tenía asco, y después de casada, parece menti- 
ra, aún más asco. No me lo dijo, pero yo lo sé de buena fuente. Creyó que 
nunca llegaría a soportarlo y a quererlo, pero a veces uno se engaña sobre 
las cosas que son o que no son posibles. Bien se dice "sobre gustos no hay 
nada escrito" y otras tonterías, siempre las mismas. 

La casa de Rosalía es preciosa; queda frente a la peluquería donde yo tra- 
bajo. Dos rosales rojos que en primavera, de lejos, parecen manojos de 
uñas pintadas, una bignonia cuyas flores me recuerdan mi carpeta de paño, 
un jazmín del cielo que no tiene que envidiar a ninguna cretona floreada, 
llaman la atención de cualquier indiferente que pasa por la calle. 
Nosotras, empleadas de la peluquería, sabemos todo lo que sucede en el 
barrio, las idas y venidas de la gente, cualquier cosa turbia que pasa. So- 
mos como los confesores o como los médicos: nada se nos escapa. Pocos 
hombres y pocas mujeres pueden vivir sin nosotros. Cuando teñimos, ondu- 
lamos o cortamos el cabello, la vida de la dienta se nos queda en las ma- 
nos, como el polvillo de las alas de las mariposas. iCon razón nuestros 
abuelos hacían cuadros tan memorables con las cabelleras de todos los 
miembros de la familia! Nada es más elocuente, más efusivo ni más confi- 
dencial. 

El hecho de que la casa de Rosalía fuera preciosa y envidiada por todo el 
barrio no le servía de consuelo, sino más bien de mortificación. Tal vez pen- 
saba que en esa casa tan bonita hubiera sido feliz con otro hombre y que 
las comodidades eran superfluas, un derroche de la suerte, para su vida de 
padecimientos. 

Tenía una heladera donde cabían media docena de pollos, cualquier canti- 
dad de frutas, manteca y botellas, una máquina de lavar importada, una 
máquina de coser eléctrica, con un mueble de madera clara, para adorno y 



entretenimiento tenía un televisor, una vajilla y una mantelería envidiable. 
En el patio, que en verano servía de comedor, por su frescura, había un sin- 
fín de jaulas con pájaros como violinistas que cantaban en concierto, Pero 
todo esto no la satisfacía, porque una mujer debe amar a su marido por so- 
bre todas las cosas, después de Dios, se entiende. 

En los primeros tiempos de su vida de casada, Rosalía mantenía la casa 
como una casa de muñecas. Todo estaba ordenado y limpio. Para su mari- 
do, preparaba comidas muy complicadas. En la puerta de calle, ahí no más, 
se tomaba olor a frituras apetitosas. Que una mujer tan delicada como ella, 
sin mayor conocimiento de lo que es manejar una casa, supiera desenvol- 
verse, causaba admiración. El marido embobado no sabía qué regalos ha- 
cerle. Le regaló un collar de oro, una bicicleta, un abrigo de piel y finalmen- 
te, como si no fuera bastante, un reloj, engarzado con pequeños brillantes, 
muy costoso. 

Rosalía sólo pensaba en una cosa: en cómo perder el asco y la repulsión por 
el hombre. Durante días imaginó maneras de volverlo más simpático. Tra- 
taba de que sus amigas se enamoraran de él, para poder de algún modo 
llegar al cariño, a través de los celos, pero dispuesta a abandonarlo, eso sí, 
a la menor traición. 

A veces cerraba los ojos para no verle la cara, pero su voz no era menos 
odiosa. Se tapaba las orejas, como alisándose el pelo, para no oírlo: su as- 
pecto le daba náuseas. Como una enferma que no puede vencer su mal, 
pensó que no tenía cura. Durante mucho tiempo, como pan que no se ven- 
de, anduvo perdida, con los ojos extraviados. Para sufrir menos, la pobreci- 
ta comía siempre caramelos, como esas criaturas que se consuelan con pa- 
vadas. Mi socia me decía: 

-¿Qué le pasa a esa señora? El marido anda loco por ella, ¿qué más quiere? 
-Ser amada no da felicidad, lo que da felicidad es amar, señora -yo le res- 
pondía. 

Pero todo se logra cuando hay voluntad. A fuerza de proponérselo, Rosalía 
llegó a amar de verdad a su marido, más que la mayoría de las mujeres 
que pretenden ser fieles o virtuosas. 

En el primer momento me pareció imposible verla libre de esa pesadilla que 
nos entristecía. Hasta el color de su cara cambió. Adiós pildoras para el hí- 
gado, adiós tisanas. Pero el alivio duró poco. Simultáneamente aquel bar- 
budo que en verdad era un demonio, empezó a abandonar a Rosalía. Varias 
personas, principalmente nosotras, las empleadas de la peluquería, lo vie- 
ron en la calle, abrazado a una chica, que todos los días no era la misma. 
Algún mal intencionado, de los que no faltan, dijo que la chica era yo, pues 
suelo cambiar de peinado y de anteojos y que para algo me sirve ser pei- 
nadora y miope. IQué desgraciados! No soy miope: tengo una pequeña 
desviación en un ojo. 



El hombre entraba como un ladrón en su casa, a las horas más indebidas, 
con zapatos embarrados oliendo a tabaco y a alcohol como un marinero. No 
regalaba ni un alfiler a Rosalía. IQué abandono! Ella, a su vez, empezó a 
descuidar la casa. Murieron los canarios y las plantas. Los celos la trabaja- 
ban todo el día, como ella a su costura, con puntadas largas y cortas, con 
pespuntes torcidos, pues era mala costurera. 

Cada uno de los cabellos de mi dienta y amiga llevaba una etiqueta con es- 
tas interrogaciones: ¿estará mi esposo? ¿Cuándo volverá? ¿En qué lugar de 
Buenos Aires citará a aquellas chicas? 

La heladera dejó de funcionar. En los cuartos se amontonaban los trastos 
viejos, por los cuales Rosalía ya no se interesaba. Algo malo tenía que su- 
ceder. 

Un día me enseñó un cuchillo que usaba en la cocina para deshuesar los po- 
llos; blandiéndolo me dijo: 

-Se lo clavaré, si seguimos así, con grasa y todo. 

Creí que tenía fiebre, pero hablaba por amor. Le aconsejé que se acostara, 
pero no hubo forma de que lo hiciera. Durante todo el día, con los ojos cla- 
vados en la casa de enfrente, cumplí con mis tareas, esperando, de un 
momento a otro, que el desastre ocurriera. Las persianas estaban cerradas 
y parecía que alguien había muerto en la casa; no ocurrió nada. 
-Tanto trabajo me dio amar a este hombre, para que ahora me cueste tanto 
dejar de amarlo -me dijo Rosalía al día siguiente. 

Estaba cambiada. Como quien deshace un tejido o descose una costura co- 
menzó a deshacer, a descoser su amor. Descubrir que le había repugnado 
en él aquello que más la seducía, la desanimó. Era difícil, casi imposible, 
verse libre de un sentimiento logrado a costa de tanta pena, pero todo se 
consigue con voluntad y tiempo. 

Durante las comidas, la pareja no se hablaba. Dormían casi todo el tiempo 
los días de fiesta, cuando el sinvergüenza no salía a pasear o no pretendía 
salir conmigo. El colchón de la cama de bronce se había desformado por 
causa de los bruscos movimientos de odio de los cónyuges, que dormían 
dándose la espalda. 

Tardó un tiempo, pero de nuevo la repulsión se apoderó de Rosalía. De 
nuevo la casa parecía una casa de muñecas, porque Rosalía no tenía preo- 
cupaciones; volvió a ordenarla y a limpiarla. Para conquistar de nuevo a 
Rosalía, el marido le regaló un anillo. 

IQué anillo! Cualquier apretón de mano hacía sangrar el dedo que llevaba el 
anillo puesto. Hay que decir la verdad: el hombre era dadivoso y volvió a 
ser puntual para las horas de las comidas. No trasnochaba y nadie lo veía, 
en la calle, con chicas. Rosalía usa el anillo, que es de oro, con una agua- 
marina, cuando sale a pasear o cuando la invitan a una fiesta. Yo lo usaría 
siempre. Ella es parca en sus gustos. Ahora tiño el cabello de Rosalía: le sa- 



Nerón hebras blancas, a fuerza de querer amar, de no querer amar y de 
querer amar de nuevo. El barbudo, después de todo, no es tan malo. Es co- 
mo todos los hombres. 

El goce y la penitencia 

Todos los lunes a las cuatro y media en punto de la tarde, yo llevaba a mi 
hijo Santiago al taller de Armindo Talas, para que lo retratara: yo no hacía 
sino obedecer a mi marido. Siguiendo el ejemplo de nuestros antepasados, 
bajo sus órdenes, grandes pintores hacían retratos de todos los vástagos de 
nuestra familia, ya que en el comedor de la casa teníamos los de sus bisa- 
buelos pintados por Prilidiano Pueyrredón; los míos por Fabre, en mi dormi- 
torio; y el de mi padre disfrazado de indio, por Bermúdez, en el vestíbulo; y 
el de una hermana de mi abuela vestida de amazona, por V. Dupit, en el re- 
llano oscuro de la escalera. 

-IQué bien quedaría un retrato tuyo, mío, de Santiago, de los tres, en esta 
casa! -repetía, cuando se habían ido las visitas o cuando las esperábamos. 
Yo lo oía como quien oye llover. En la época de las fotografías no me pare- 
cía urgente adquirir retratos, por valiosos que fueran. Las instantáneas, con 
sus ampliaciones, me gustaban más. 

Dejamos pasar el tiempo, pero hay antojos duraderos. Mi marido eligió el 
pintor: resolvimos que empezaría por el retrato de Santiago, porque tenía 
cinco años que no volvería a tener, mientras que nosotros ya empezábamos 
a cumplir siempre la misma edad. Mi marido sostenía que los retratos te- 
nían que parecerse al modelo: si la nariz original era aguileña y horrible, o 
si era respingada y atroz, la copia tenía que serlo. Había que dejar de lado 
la belleza. En una palabra, le gustaban los mamarrachos. Yo sostenía que la 
expresión de una cara no dependía, en modo alguno, de sus líneas ni de sus 
proporciones, y que el parecido no se manifestaba en meros detalles. 
El taller de Armindo Talas quedaba en la calle Lavalle, a dos cuadras de Ca- 
llao: era misterioso, pobre y enorme, con ventanales por donde se entre- 
veían infinitas azoteas y patios con plantas casi negras. Sobre la repisa del 
caballete, sucia de pintura, a veces había pan, restos quizá del desayuno. 
En los rincones, entre papeles, aparecían tarros de miel y de café y alguna 
cuchara pringosa. En un altillo se amontonaban toda suerte de objetos pol- 
vorientos, hasta un caballo de calesita y la cabeza de una vaca que estuvo, 
según me aseguró el pintor, durante años sobre la puerta de una carnicería 
de Avellaneda. Pocas veces en mi vida, salvo en un jardín o en un museo, 
había visto a un pintor seriamente entregado a su tarea. Me fascinaba ver a 
Armindo Talas preparar la paleta con todos los colores, como pastas dentí- 
fricas, que iba sacando de los pomos, los pinceles que tenía en un cacharro 
y que secaba cuidadosamente con un trapo. En lugar de mirar cómo pintaba 



Armindo Talas, poco a poco, insensiblemente, le nniré las manos, luego el 
mentón, luego la boca. No me gustó. Yo llevaba un libro, que nunca pude 
leer, porque él y yo conversábamos continuamente. ¿De qué? A veces qui- 
siera reproducir esos diálogos que eran el fruto de mi aburrimiento; no pue- 
do. Hablábamos tal vez de las noticias de los diarios o tal vez de lugares 
pintorescos de Buenos Aires, de los veraneos, de eso hablábamos mucho, 
ahora lo recuerdo, pero jamás de cosas íntimas. 

Un día Santiago se portó mal: la voz de un vendedor de helados que iba 
pregonando por la calle, creo que lo perturbó. Hacía gestos, no quería sen- 
tarse y a cada instante abría la boca y miraba el techo con cara de idiota. 
Como única penitencia le infligí la penitencia más divertida del mundo: lo 
encerré con llave en el altillo. Oí su jubiloso paso, su alegría mientras Ar- 
mindo aprovechaba la oportunidad para mostrarme cuadros, libros, fotogra- 
fías. Nos miramos en los ojos por primera vez. El me pidió que me levanta- 
ra el pelo para admirar mi perfil con la oreja descubierta. Fue como si me 
ordenara quitarme la ropa. No quise. Insistió. No sé cómo, terminamos sen- 
tados en el diván azul, debajo del ventanal, él con un lápiz y un papel en las 
manos, yo, mostrándole mi perfil con la oreja descubierta. Hablábamos sin 
cesar. ¿Quién era el charlatán? Ninguno de los dos. Estábamos nerviosos. 
Me confesó que el hecho de retratar a mi hijo lo asustaba un poco, porque 
era la primera vez que retrataba a un niño. Para él, cada cuadro que pinta- 
ba, era el primero. Yo protesté diciéndole que era modesto. Me respondió: 
-Al contrario. En eso consiste ser un gran pintor. Cada cuadro es un pro- 
blema nuevo, un problema inesperado. 

Al verlo afligido lo consolé lo mejor que pude. Le tomé la mano y miré el di- 
bujo que había hecho de mi perfil. Se me antojó que en una lámina para 
estudiantes de anatomía, esa oreja era una parte muy vergonzosa del cuer- 
po humano. Me pareció indecente, se lo dije y lo rompí. Sonrió complacido. 
Estudiamos el retrato de Santiago, lo retiramos del caballete y le colocamos 
un marco. Nadie hubiera conocido a mi hijo. Prometí a Armindo fotografías 
que podrían servirle de ayuda. 

En el altillo no se oía ningún ruido. Comencé a inquietarme por Santiago. 
-No se habrá suicidado -dije-, podría tirarse por la ventana. 
-La ventana queda muy arriba -me contestó Armindo. 
-Puede comer pintura. Es un niño violento. 
-No hay pintura. 

Corrí a abrirle la puerta. Santiago estaba jugando con unos muñecos articu- 
lados y no quiso salir del altillo. Me arañó un brazo. Volví a encerrarlo. 
Entonces sin saber qué hacer nos abrazamos como si nos despidiésemos, 
desesperadamente. Todo fue natural mientras mirábamos el malogrado re- 
trato de Santiago. 

Cada vez que llevaba a Santiago al taller, para infligirle la consabida peni- 



tencia, involuntariamente yo conseguía que se portara mal. No había otro 
pretexto para encerrarlo con llave. Armindo y yo sabíamos que nuestro go- 
ce duraría el tiempo de la penitencia. De ese modo eché a perder la educa- 
ción de Santiago, que terminó por pedirme que lo pusiera en penitencia, a 
cada rato. 

El retrato se parecía cada vez menos al modelo. En vano indiqué a Armindo 
ciertas características de la cara de mi hijo: la boca de labios anchos, los 
ojos un poco oblicuos, el mentón prominente. Armindo no podía corregir 
esa cara. Tenía una vida propia, ineludible. Una vez concluido el cuadro, 
pensamos que nuestra dicha también había concluido. 
Volví a mi casa, aquel día, en taxímetro, con Santiago, con el retrato y con 
una espina clavada en el hígado. Mi marido al ver el cuadro declaró que no 
lo pagaría. Sugerí que podía cambiarlo por una naturaleza muerta o un león 
parecido a los de Délos. Durante una semana el cuadro anduvo de silla en 
silla, para que lo vieran las visitas y la servidumbre. Nadie reconocía a San- 
tiago, por más que Santiago se colocara junto al retrato. El cuadro terminó 
detrás de un ropero. Entonces quedé encinta. No fui víctima de malestares 
ni de fealdades, como la vez anterior. Comer, dormir, pasear al sol fueron 
mis únicas ocupaciones y algún furtivo encuentro con Armindo, que me 
abrazaba como a un almohadón. No podíamos amarnos sin Santiago en pe- 
nitencia, en el altillo. 
Di a luz sin dolor. 

Cuando mi hijo menor tuvo cinco años, durante una mudanza mi marido 
comprobó que era idéntico al retrato de Santiago. Colgó el cuadro en la sa- 
la. 

Nunca sabré si ese retrato que tanto miré formó la imagen de aquel hijo fu- 
turo en mi familia o si Armindo pintó esa imagen a semejanza de su hijo, en 
mí. 

Los amigos 

Sucedieron muchas desventuras en nuestro pueblo. Una inundación nos in- 
comunicó con el centro de la ciudad. Recuerdo que durante dos meses no 
pudimos ir al colegio ni a la farmacia. Con las correntadas del río que des- 
bordó, algunas de las paredes de la escuela se derrumbaron. Al año si- 
guiente, una epidemia de fiebre tifoidea mató a mi tía, que era una mujer 
piadosa pero severa, a la maestra y al cura de la parroquia, que mis padres 
estimaban tanto. En tres semanas ocurrieron treinta casos mortales. Casi 
todo el pueblo estaba de luto y el cementerio parecía una exposición de flo- 
res y las calles un concierto de campanas. 

Mi ami^o Cornelio vivía en el segundo piso de nuestra casa. Teníamos siete 
años. Eramos como hermanos, porque nuestras familias eran muy unidas. 



Compartíamos nuestros juegos, nuestros padres, nuestras tías, nuestras 
comidas. íbamos juntos al colegio. Cornelio aprendía fácilmente cualquier 
lección, pero no le gustaba estudiar. Yo aprendía con dificultad, pero me 
gustaba estudiar. Cornelio detestaba a la maestra; yo la quería. 
-Va a ser un santo -decía tía Fermina tristemente. 

-Ya se le pasará -decía tía Claudia, que se asemejaba a un ñandú-. No hay 
que afligirse. 

Como un ñandú sacude sus alas, ella sacudía sus hombros al hablar. 
-¿Qué mal hay en ser un santo? -decía bruscamente mi madre. 
-Si fuera tu hijo, no te haría gracia -respondía la madre de Cornelio. 
-¿Por qué? ¿Acaso no conviene estar bien con Dios? 

-El cilicio, el ayuno, el retiro -pronunciaba la madre de Cornelio, pausada- 
mente, con terror y asimismo con deleite. 

-¿Te agradan más el alcohol, las mujeres, la política? ¿Tienes miedo que te 
roben a tu hijo? Dios o el mundo te lo quitará. 
-¿Dios? Es más serio. 

Nuestras madres sonreían melancólicamente, como si hubieran llegado a un 
acuerdo. Yo escuchaba en silencio. Había visto a Cornelio con su delantal 
blanco, con un misal en la mano, arrodillado frente a la ventana, rezando, a 
horas inverosímiles. Cuando yo entraba en el cuarto, fingía, ruborizado, es- 
tudiar un libro de gramática o de historia y rápidamente ocultaba el misal, 
debajo del asiento o en un cajón, para que yo no lo viera. Yo me pregunta- 
ba ¿por qué se avergüenza de su piedad? ¿Rezar era para él como jugar a 
las muñecas? Jamás me demostraba su confianza ni me hablaba de cues- 
tiones religiosas. A pesar de nuestros pocos años, éramos como hombres y 
con desparpajo hablábamos de noviazgos, de casamientos, del acto sexual. 
Esto desdecía de la actitud mística y recatada de Cornelio. 
-Cuando rezo para pedir una gracia, me la conceden -me dijo un día, cantu- 
rriando con orgullo. 

Repetí la frase a mis tías, que la comentaron durante mucho tiempo. Atri- 
buían la devoción de Cornelio a las profundas impresiones que recibió du- 
rante las catástrofes que habían asolado al pueblo. Que un niño de nuestra 
edad, hubiera visto en un lapso de tiempo tan corto, tantos muertos, tenía 
que dejar huellas en su alma. Si estos acontecimientos no habían influido 
en mi carácter, era por mi natural insensible y un poco perverso. El misti- 
cismo de Cornelio se había iniciado antes de que ocurrieran la inundación y 
la epidemia; era absurdo, por lo tanto, atribuirlo a tales hechos. Oscura- 
mente yo advertía el error en que incurrían todas estas personas mayores, 
pero mi costumbre fue siempre callar y aceptar. Acepté, pues, mi papel de 
niño perverso, en oposición a Cornelio, que era la sensibilidad y la bondad 
personificadas. No dejé de sentir celos y admiración por el involuntario cul- 
pable de mi inferioridad. Frecuentemente, encerrado en el cuarto, lloré por 



mis pecados, pidiendo a Dios que me otorgara el favor de volverme pareci- 
do a mi amigo. 

La dominación que ejercía Cornelio sobre mí era grande: jamás quise con- 
trariarlo, ni disgustarlo ni herirlo, pero él exigía que lo contrariara, que lo 
disgustara, que lo hiriera. 

Un día se disgustó conmigo porque le quité el cortaplumas. Para que no me 
desdeñara yo tenía que recurrir a tales estratagemas. Otro día que le quité 
la caja de útiles, me golpeó y me arañó. 

-Si volvés a tocar otra cosa mía, pediré que te mueras -me dijo. Me reí. 
-¿No me creés? ¿Acaso no hubo una inundación y una epidemia hace un 
tiempo? ¿Creés que fue por casualidad? 
-¿La inundación? -interrogué. 
-Yo la obtuve. Fue obra mía. 

No dijo, quizá, esas palabras; pero habló como un hombre y sus palabras 
fueron precisas. 
-¿Y para qué? 

-Para no ir al colegio. ¿Para qué va a ser? ¿Para qué se reza? 
-¿Y la epidemia? -susurré, conteniendo la respiración. 
-También. Ésa me dio menos trabajo todavía. 
-¿Y para qué? 

-Para que matara a la señorita y a mi tía. Puedo conseguir que mueras vos, 
si me da la gana. 

Reí, porque sabía que iba a despreciarme si no lo hacía. En el espejo del 
armario, frente a nosotros, vi que yo estaba haciendo una mueca. Se me 
heló la sangre y en cuanto pude fui a contar a las tías el diálogo que tuve 
con mi amigo. Las tías rieron de mi aflicción. 
-Es una broma -dijeron-. El niño es un santo. 

Pero Rita, mi prima, que parecía una viejita y que escuchaba siempre las 
conversaciones, dijo: 

-No es un santo. Ni reza a Dios. Tiene un pacto con el demonio. ¿No vieron 
su libro de misa? La tapa es igual a todas las tapas de los libros de misa, 
pero lo que lleva escrito adentro es diferente. No se entiende nada de lo 
impreso en esas páginas horrorosas. ¿Quieren verlo? Trae el libro -me or- 
denó-. Está en el cajón de la cómoda, envuelto en un pañuelo. 
Vacilé. ¿Cómo iba a traicionar a Cornelio? Los secretos son sagrados, pero 
la debilidad venció. Fui al dormitorio de Cornelio y, temblando, traje el libro 
de misa, envuelto en el pañuelo. Mi tía Claudia desanudó las puntas del pa- 
ñuelo y sacó el libro. Una hoja superpuesta estaba pegada sobre la hoja 
original. Alcancé a ver los signos indescifrables y los dibujos demoníacos 
que Rita había descrito. 
-¿Qué hacemos? -dijeron mis tías. 
La madre de Cornelio me devolvió el libro y me ordenó: 



-Puedes guardarlo donde lo encontraste -y dirigiéndose a Rita, le dijo-: Me- 
recerías que te denuncie por calumnias. lAh, si estuviésemos en Inglaterra! 
Mis tías hicieron un chistido como de lechuza ofendida. 
-El niño es un santo. Él tendrá su idioma para comunicarse con Dios - 
declaró mi madre, observando con severidad a Rita, que se atragantó con 
una pastilla de menta. 

-¿Y si consigue hacerme morir? -pregunté tartamudeando. 
Todas las mujeres rieron, hasta la misma Rita, que hacía unos instantes 
aseguraba que existía un pacto entre el demonio y Cornelio. 
¿Qué seriedad había en las palabras de las personas mayores? ¿Quién podía 
creerme o tomarme en serio? Rita se había burlado de mí. Entonces, para 
probar la veracidad de mis palabras, subí al cuarto de Cornelio y en lugar 
de guardar en el cajón el misal que tenía en mis manos, lo guardé en el 
bolsillo y saqué el objeto que él más apreciaba: un reloj de material plásti- 
co, con agujas movibles. 

Recuerdo que era tarde y que nos reunimos a comer, con toda la familia. 
Como era verano, después de comer, salí al jardín, con mi tía. Seguramente 
Cornelio no había entrado en su cuarto ni advertido aún que algo le faltaba. 
¿Qué poder tenía Cornelio para que sus oraciones fueran escuchadas? ¿Qué 
muerte pediría para mí? ¿El fuego, el agua, la sangre? Todas estas palabras 
cruzaron por mi mente, cuando oí pasos en la escalera y en su cuarto. Con- 
fundía los golpes secos del taconeo con los de mi corazón. Estuve a punto 
de huir, de enterrar el reloj y el misal en el jardín; pero sabía que no podía 
engañar a Cornelio porque se había aliado a un ser superior a nosotros. Oí 
que me llamaba: su grito era un rugido que desentrañaba mi nombre. Subí 
la escalera que conducía a su cuarto. Me detuve unos instantes en el re- 
llano, atisbando sus movimientos, por la puerta entreabierta; luego me 
aventuré por la escalera enclenque, con algunos escalones rotos, que lleva 
al altillo. Cornelio, desde el rellano de la otra escalera, me interpeló y yo, 
en lugar de contestarle, le arrojé a la cara el libro y el reloj. No dijo nada. 
Los recogió. Se arrodilló y ávidamente leyó las páginas. Por primera vez 
Cornelio no tenía vergüenza de que lo vieran rezando. El escalón en donde 
me detuve crujía y de pronto cedió: al caer me golpeé la nuca contra los 
barrotes de hierro del balaustre. 

Cuando recuperé el conocimiento, toda la familia me rodeaba; Cornelio, en 
un rincón del cuarto, estaba inmóvil, con los brazos cruzados. 
Yo iba a morir, sin duda, pues veía, como desde el fondo de un brocal con 
agua, los rostros asomados sobre mi cara. 

-¿Por qué no pedís a Dios que salve a tu amiguito? ¿No decís que Dios te 
otorga todo lo que le pedís? -se atrevió a murmurar mi tía Fermina. 
Cornelio se prosternó, como un musulmán, en el suelo. Golpeó su cabeza 
contra el piso y respondió con voz de niño mimado: 



-Sólo consigo la enfermedad o la muerte. 

Mi madre lo miró con horror y arrodillándose a su lado, tironeándole del pe- 
lo como si hubiera sido un perro, le dijo: 

-Haz la prueba, m'hijito. Nada se pierde con rezar. Dios tendrá que oírte. 
Durante días floté en un limbo rosado y azul, entre vida y muerte. Las vo- 
ces se habían alejado. No reconocía las caras: seguían temblando en el fon- 
do del agua. Cuando me salvé, dos meses después, agradecieron mi buena 
suerte a Cornelio: según mis tías y nuestras madres, me había salvado. De 
nuevo oí cantos de loa a la santidad de Cornelio. Ya no se acordaban de las 
lágrimas que habían derramado por mí, ni del cariño que les había inspirado 
mi gravedad. De nuevo yo era el niño insensible y un poco perverso, tan in- 
ferior a su amigo. 

A través de mis tías, de la costurera y de las amigas de la casa, 
contradictorios pormenores de lo que había ocurrido llegaron al pueblo. No 
faltó quien comentara la inclinación mística de Cornelio. Algunas personas 
dijeron que mi amigo era un santo, otras dijeron que era un brujo y que no 
convenía frecuentar nuestra casa, por sus maleficios. Cuando mi tía Claudia 
se casó, nadie vino a la fiesta. 

¿Cornelio era brujo o era santo? Durante noches, dando vueltas mi almoha- 
da en busca de un lugar fresco donde poner la afiebrada cabeza, pensaba 
en la santidad o en la brujería de Cornelio. ¿Hasta la misma Rita había olvi- 
dado su sospecha? 

Fuimos un día al arroyo del Sauce, a pescar. Llevábamos una canastita con 
alimentos, para pasar el día allí. Andrés, nuestro vecino, que era aficionado 
a la pesca, estaba ya instalado en la orilla, con la caña preparada. Un perro 
se nos acercó y anduvo haciendo monerías, como suelen los perros perdi- 
dos. Andrés declaró que lo llevaría a su casa; Cornelio, que él lo llevaría; 
por esta causa, empezaron a discutir. Se agarraron a puñetazos y Cornelio 
cayó al suelo, vencido. Andrés, muy orondo, arregló el aparejo, tomó el pe- 
rro en brazos y partió. Desde el suelo, Cornelio comenzó sus imprecacio- 
nes: el ruido que hacían sus labios era semejante al de los líquidos cuando 
van a hervir en una olla. Andrés no alcanzó a caminar veinte metros; cayó 
al suelo; le salía espuma de la boca. El perro, libre, corrió a nuestro en- 
cuentro. Supimos después que Andrés se había vuelto epiléptico. 
Cuando Cornelio y yo paseábamos por la calle, la gente secreteaba: sabían 
que era brujo, que no era santo como creía nuestra familia. Un viernes San- 
to los niños no nos dejaron entrar en la iglesia: nos apedrearon. 
¿Cómo haría yo para castigar a Cornelio? ¿Lo lograría con mi muerte, como 
testimonio de mi veracidad y de sus perversiones? En un instante imaginé 
su vida arruinada para siempre, perseguido por mi recuerdo, como Caín por 
Abel. Busqué el modo de enfurecerlo. Tenía que conseguir que sus impreca- 
ciones de nuevo cayeran sobre mí. Lamentaba que la muerte me impidiera 



ser testigo de su arrepentimiento, cuando su voluntad se cunnpliera. ¿Le 
impediría el arrepentimiento repetir esos ruegos malvados? 
Estábamos en la orilla del arroyo del Sauce. Mirábamos un Martín pescador, 
que se zambullía continuamente en el agua, con rapidez vertiginosa. Cada 
uno tenía su honda. Apuntamos: Cornelio, al Martín pescador; yo al azar, 
para perder el tiro. Cornelio, que era un buen tirador, dio en la cabeza del 
pájaro, que cayó herido. Nos metimos en la laguna, para sacarlo del agua. 
Luego, ya en la orilla, empezó la discusión sobre quién había matado al 
Martín Pescador. Sostuve firmemente que la presa era mía. 
Había un lugar muy profundo en el arroyo, donde no hacíamos pie. Yo lo 
conocía, porque se veía una suerte de remolino. Mi padre me lo había mos- 
trado. Recogí el pájaro, corrí por la orilla hasta que llegué frente al lugar en 
que se veía aquel misterioso movimiento del agua. Por ahí estaba Andrés, 
pescando como de costumbre. Me detuve y arrojé el pájaro al remolino. 
Cornelio, que me perseguía, se echó al suelo de rodillas. Oí el aterrador 
murmullo de sus labios; repetía mi nombre. Una transpiración fría me hu- 
medeció la nuca, los brazos, el pelo. El campo, los árboles, las barrancas, el 
arroyo, Andrés, empezaron a temblar, a girar. Vi la muerte con su guadaña. 
Luego oí que Cornelio pronunciaba su propio nombre. No advertí, tan gran- 
de era mi estupor, que Cornelio se había arrojado al agua; no trataba de al- 
canzar el pájaro; se debatía en el agua, se hundía, pues no sabía nadar. 
Andrés le gritó sin inmutarse, con voz agria, de loro: 
-Atorrante. ¿De qué te sirve ser brujo? 

Comprendí, después de muchos años, que a último momento, Cornelio 
cambió el contenido de su último ruego: para salvarme, a cambio de la mía, 
que tal vez ya estaba otorgada, pidió su propia muerte. 

Informe del Cielo y del Infierno 

A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen 
en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, por- 
que son los que habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bas- 
tante claro hablar sólo de objetos: en esas galerías también hay ciudades, 
pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, 
reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de 
sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad. 
Si el viento ruge, para ti, como un tigre y la paloma angelical tiene, al mi- 
rar, ojos de hiena, si el hombre acicalado que cruza por la calle, está vesti- 
do de andrajos lascivos; si la rosa con títulos honoríficos, que te regalan, es 
un trapo desteñido y menos interesante que un gorrión; si la cara de tu 
mujer es un leño descascarado y furioso: tus ojos, y no Dios, los creó así. 
Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos. 



sabiendo que estás adormecido, un poco en este mundo y un poco en cual- 
quier otro, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán 
a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de 
muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan 
el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y 
creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las 
montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las 
montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que 
ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán 
tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones; ha- 
ciéndote creer que eres todavía niño, te sentarán en una silla de manos 
llamada también silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, 
con las manos entrelazadas por aquellos corredores al centro de tu vida, 
donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno 
que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del 
Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las 
cosas celestiales denotará mera concupiscencia. 

Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a 
otro depende de un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota 
o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario 
o una taza de leche, al Cielo. 

La raza inextinguible 

En aquella ciudad todo era perfecto y pequeño: las casas, los muebles, los 
útiles de trabajo, las tiendas, los jardines. Traté de averiguar qué raza tan 
evolucionada de pigmeos la habitaban. Un niño ojeroso me dio el informe: 
Somos los que trabajamos: nuestros padres, un poco por egoísmo, otro po- 
co por darnos el gusto, implantaron esta manera de vivir económica y 
agradable. Mientras ellos están sentados en sus casas, jugando a los nai- 
pes, tocando música, leyendo o conversando, amando, odiando (pues son 
apasionados), nosotros jugamos a edificar, a limpiar, a hacer trabajos de 
carpintería, a cosechar, a vender. Usamos instrumentos de trabajo propor- 
cionados a nuestro tamaño. Con sorprendente facilidad cumplimos las obli- 
gaciones cotidianas. Debo confesar que al principio algunos animales, sobre 
todo los amaestrados, no nos respetaban, porque sabían que éramos niños. 
Pero paulatinamente con algunos engaños, nos respetaron. Los trabajos 
que hacemos no son difíciles: son fatigosos. A menucio sudamos como ca- 
ballos lanzados en una carrera. A veces nos arrojamos al suelo y no quere- 
mos seguir jugando (comemos pasto o terroncitos de tierra o nos conten- 
tamos con lamer las baldosas), pero ese capricho dura un instante "lo que 
dura una tormenta de verano", como dice mi prima. Es claro que no todo es 



ventaja para nuestros padres. Ellos tannbién tienen algunos inconvenientes; 
por ejemplo: deben entrar en sus casas agachándose, casi en cuclillas, por- 
que las puertas y las habitaciones son diminutas. La palabra diminuta está 
siempre en sus labios. La cantidad de alimentos que consiguen, según las 
quejas de mis tías, que son glotonas, es reducidísima. Las jarras y los vasos 
en que toman agua no los satisfacen y tal vez esto explica que haya habido 
últimamente tantos robos de baldes y de otras quincallas. La ropa les queda 
ajustada, pues nuestras máquinas no sirven, ni servirán para hacerlas en 
medidas tan grandes. La mayoría, que no disponen de varias camas, duer- 
men encogidos. De noche tiritan de frío si no se cubren con una enormidad 
de colchas que, de acuerdo con las palabras de mi pobre padre, parecen 
más bien pañuelos. Actualmente mucha gente protesta por las tortas de 
boda que nadie prueba por cortesía; por las pelucas que no tapan las calvi- 
cies más moderadas; por las jaulas donde entran sólo los picaflores embal- 
samados. Sospecho que para demostrar su malevolencia esa misma gente 
no concurre casi nunca a nuestras ceremonias ni a nuestras representacio- 
nes teatrales o cinematográficas. Debo decir que no caben en las butacas y 
que la idea de sentarse en el suelo, en un lugar público, los horroriza. Sin 
embargo, algunas personas de estatura mediocre, inescrupulosas (cada día 
hay más), ocupan nuestros lugares, sin que lo advirtamos. Somos confiados 
pero no distraídos. Hemos tardado mucho en descubrir a los impostores. 
Las personas grandes, cuando son pequeñas, muy pequeñas, se parecen a 
nosotros; a nosotros, se entiende, cuando estamos cansados: tienen líneas 
en la cara, hinchazones bajo los ojos, hablan de un modo vago, mezclando 
varios idiomas. Un día me confundieron con una de esas criaturas: no quie- 
ro recordarlo. Ahora descubrimos con más facilidad a los impostores. Nos 
hemos puesto en guardia, para echarlos de nuestro círculo. Somos felices. 
Creo que somos felices. 

Nos abruman, es cierto, algunas inquietudes: corre el rumor de que por 
culpa nuestra la gente no alcanza cuando es adulta, las proporciones nor- 
males, vale decir, las proporciones desorbitadas que la caracteriza. Hay 
quien tiene la estatura de un niño de diez años, otros, más afortunados, la 
de un niño de siete años. Pretenden ser niños y no saben que cualquiera no 
lo es por una mera deficiencia de centímetros. Nosotros, en cambio, según 
las estadísticas, disminuimos de estatura sin debilitarnos, sin dejar de ser lo 
que somos, sin pretender engañar a nadie. 

Esto nos halaga, pero también nos inquieta. Mi hermano ya me dijo que sus 
herramientas de carpintería le pesan. Una amiga me dijo que su aguja de 
bordar le parece grande como una espada. Yo mismo encuentro cierta difi- 
cultad en manejar el hacha. 

No nos preocupa tanto el peligro de que nuestros padres ocupen el lugar 
que nos han concedido, cosa que nunca les permitiremos, pues antes de 



entregárselas, romperemos nuestras máquinas, destruiremos las usinas 
eléctricas y las instalaciones de agua corriente; nos preocupa la posteridad, 
el porvenir de la raza. 

Es verdad que algunos, entre nosotros, afirman que al reducirnos, a lo largo 
del tiempo, nuestra visión del mundo será más íntima y más humana. 



Tales eran sus rostros 

Tales eran sus rostros 
Tales eran sus rostros; y tenían sus 
alas extendidas por encima^ dos 
cada uno, las cuales se juntaban. 

EZEQUIEL 1, 11. 

¿Cómo los niños menores llegaron a saberlo? Nunca se explicará. Además 
falta dilucidar qué llegaron a saber, y si ya no lo sabrían los mayores. Se 
presume, sin embargo, que fue un hecho real, no una fantasía, y que sólo 
personas que no los conocieron y que no conocieron el colegio y a sus 
maestras podrían negarlo sin sentir algún escrúpulo. 

A la hora en que tocaron, inútilmente como siempre, para mantener un rito, 
la campana que anuncia la leche, o un poco más tarde, en el recreo, cuando 
se dirigieron corriendo al patio del fondo, o bien, lo que es más probable, 
inconscientemente, paulatinamente, diariamente, sin orden de edades ni de 
sexos, llegaron a saberlo, y digo llegaron, porque se advirtió por múltiples 
manifestaciones que estaban esperando, hasta ese momento, algo que les 
permitiría esperar de nuevo y definitivamente, algo muy importante. A 
ciencia cierta, sabemos que a partir de ese instante, que menciono de modo 
impreciso, pero sobre el cual se hacen miles de conjeturas, sin perder la 
inocencia, pero perdiendo esa despreocupación aparente, tan característica 
de la infancia, los niños no pensaron en otra cosa. 

Después de meditarlo, todo deja presumir que los niños lo supieron simul- 
táneamente. En los dormitorios, al dormirse; en el comedor, al comer; en la 
capilla, al rezar; en los patios, al jugar a la mancha o a Martín Pescador, 
sentados frente a los pupitres, al hacer los deberes o cumpliendo las peni- 
tencias; en la plaza, cuando se hamacaban; o en los baños, dedicados a la 
higiene corporal (momentos importantes, porque en ellos las preocupacio- 
nes se olvidan), con la misma mirada hosca y abstraída, sus mentes, como 
pequeñas máquinas, hilaban la trama de un mismo pensamiento, de un 



mismo anhelo, de una misma expectación. 

La gente que los veía pasar endomingados, limpios y bien peinados, en los 
días patrios, en las fiestas de la iglesia, o en cualquier domingo, decía: 
"Estos niños pertenecen a una misma familia o a una cofradía misteriosa. 
Son idénticos. iPobres padres! ¡No reconocerán al hijo! Estos tiempos mo- 
dernos, una misma tijera corta todos los niños (las niñas parecen varones y 
los varones niñas); tiempos sin espiritualidad, son crueles." 
En efecto, sus caras eran tan parecidas entre sí, tan inexpresivas como las 
caras de las escarapelas o de las vírgenes de Luján en las medallas que lu- 
cían sobre sus pechos. 

Pero ellos, cada uno de ellos, en el primer momento, se sentían solos, como 
si una armazón de hierro los revistiera incomunicándolos, endureciéndolos. 
El dolor de cada uno era un dolor individual y terrible; la alegría también y 
por lo mismo era dolorosa. Humillados, se figuraban diferentes los unos de 
los otros, como los perros con sus razas tan dispares o como los monstruos 
prehistóricos de las láminas. Creían que el secreto, que en ese mismo mo- 
mento se bifurcaba en cuarenta secretos, no era compartido y no sería ja- 
más compartido. Pero un ángel llegó, el ángel que asiste a veces a las mu- 
chedumbres; llegó con su reluciente espejo en alto, como el retrato del 
candidato, del héroe o del tirano que llevan los manifestantes, y les mostró 
la identidad de sus caras. Cuarenta caras eran la misma cara; cuarenta 
conciencias eran la misma conciencia, a pesar de la diferencia de edades y 
de familia. 

Por horrible que sea un secreto, compartido deja a veces de ser horrible, 
porque su horror da placer: el placer de la comunicación incesante. 
Pero quien supone que fuera horrible se adelanta a los acontecimientos. En 
realidad no se sabe si era horrible y se volvía hermoso, o si era hermoso y 
se volvía horrible. 

Cuando se sintieron más seguros de sí mismos, se escribieron cartas, en 
papeles de diversos colores, con festones de puntillas o con figuritas pega- 
das. Al principio eran lacónicas; luego, largas y más confusas. Eligieron lu- 
gares estratégicos que servían de estafeta, para que los otros las recogie- 
ran. 

Porque eran cómplices felices, los inconvenientes habituales de la vida no 
los molestaban ya. 

Si alguno pensaba tomar una decisión, los otros inmediatamente resolvían 
hacer lo mismo. 

Como si desearan igualarse, los menores caminaban de puntillas para pare- 
cer más altos; los mayores se encorvaban para parecer más bajos. Se hu- 
biera dicho que los pelirrojos apagaban el fuego de sus cabelleras y que los 
morenos moderaban la oscuridad de una tez apasionadamente oscura. Los 
ojos lucían todos las mismas rayitas castañas o grises, que caracterizan los 



ojos claros. Ya ninguno se comía las uñas, y el único que se chupaba el de- 
do dejó de hacerlo. 

Estaban unidos también por la violencia de los ademanes, por las risas si- 
multáneas, por una solidaridad bulliciosa y súbitamente triste que se refu- 
giaba en los ojos, en el pelo lacio o levemente encrespado. Tan indisolu- 
blemente unidos, hubieran derrotado un ejército, una manada de lobos 
hambrientos, una peste, el hambre, la sed, o el cansancio aplicado que ex- 
termina a las civilizaciones. 

En lo alto de un tobogán, no por maldad sino por frenesí, estuvieron a pun- 
to de matar a un niño, que se metió entre ellos. En una calle, bajo el entu- 
siasmo admirativo de todos, un vendedor de flores ambulante por poco no 
pereció con su mercadería. 

En los guardarropas, de noche, las faldas azul marino, tableadas, los panta- 
lones, las blusas, la ropa interior áspera y blanca, los pañuelos se apretuja- 
ban en la oscuridad, con esa vida que les habían trasmitido sus dueños, du- 
rante la vigilia. Los zapatos juntos, cada vez más juntos, formaban un ejér- 
cito enérgico y organizado: caminaban tanto de noche sin ellos, como de 
día con ellos. Un barro espiritual se adhería a las suelas. lYa bastante paté- 
ticos son los zapatos cuando están solos! El jabón que pasaba de mano en 
mano, de boca en boca, de pecho en pecho, adquiría la forma de sus almas. 
iJabones perdidos entre el dentífrico y los cepillos de uñas y de dientes! 
¡Todos iguales! 

"La voz dispersa a los que hablan. Los que no hablan trasmiten su fuerza a 
los objetos que los circundan", dijo Pabia Hernández, una de las maestras; 
pero ni ella, ni Lelia Isnaga, ni Albina Romarín, sus colegas, penetraba en el 
mundo cerrado que a veces mora en el corazón de un hombre solo (que se 
defiende y que se entrega a su desventura o a su dicha). lEse mundo ce- 
rrado moraba en el corazón de cuarenta niños! Ellas, por amor a su trabajo, 
con suma dedicación, querían sorprender el secreto. Sabían que un secreto 
puede ser venenoso para el alma. Las madres lo temen para sus hijos; por 
hermoso que sea, piensan, iquién sabe qué víboras atesora! 
Querían sorprenderlos. Encendían las luces de los dormitorios intempesti- 
vamente, con el pretexto de revisar el techo donde una cañería se había ro- 
to, o con el de cazar las lauchas que habían invadido las dependencias prin- 
cipales; con el pretexto de imponer silencio interrumpían los recreos, di- 
ciendo que la bulla molestaba a algún vecino enfermo o la ceremonia de al- 
gún velorio; con el pretexto de vigilar la conducta religiosa, entraban en la 
capilla, donde el misticismo exacerbado permitía en raptos de amor divino 
la articulación de palabras desmembradas, pero estruendosas y difíciles, 
frente a las llamas de los cirios que iluminaban los rostros herméticos. 
Los niños, como pájaros aleteando, irrumpían en los cinematógrafos o en 
los teatros o en alguna función de beneficencia, pues tenían oportunidad de 



divertirse o de distraerse con espectáculos pintorescos. Las cabezas giraban 
de dereclia a izquierda, de izquierda a dereclia, al mismo tiempo, revelando 
la plenitud de la simulación. 

La señorita Fabia Hernández fue la primera en advertir que los niños tenían 
los mismos sueños; que cometían los mismos errores en los cuadernos y 
cuando les reprochó el no tener personalidad sonrieron dulcemente, cosa 
que no era habitual en ellos. 

Ninguno tenía inconveniente en pagar por las travesuras de su compañero. 
Ninguno tenía inconveniente en ver premiado por mérito suyo a otros com- 
pañeros. 

En varias oportunidades las maestras acusaron a uno o a dos de ellos de 
hacer los deberes del resto de los alumnos, pues de otro modo no se podía 
explicar que la letra fuera tan parecida y las frases de las composiciones tan 
idénticas. Las maestras comprobaron que ellas se habían equivocado. 
Cuando en la clase de dibujo, la profesora, para estimularles la imaginación, 
les pidió que dibujaran cualquier objeto que sentían, todos dibujaron, du- 
rante un tiempo alarmante, alas cuyas formas y dimensiones variaban al in- 
finito sin restar según ella, monotonía al conjunto. Cuando se les reprendió 
por dibujar siempre lo mismo, rezongaron y, por último, escribieron en el 
pizarrón: Sentimos las alas, señorita. 

Sin incurrir en un irrespetuoso error, ¿cabría decir que eran felices? Dentro 
de lo que pueden serlo niños con sus limitaciones, todo induce a creer que 
lo eran, salvo en verano. El calor de la ciudad pesaba sobre las maestras. A 
la hora en que a los niños les gustaba correr, trepar a los árboles, retozar 
en el pasto o bajar rodando las barrancas, la siesta, la temida costumbre de 
la siesta, reemplazaba los paseos. Cantaban las chicharras, pero ellos no 
oían ese canto que vuelve el calor más intenso. Vociferaban las radios, pero 
ellos no oían ese ruido que vuelve intolerable al verano, con asfalto pegajo- 
so. 

Perdían las horas esperando a la zaga de las maestras con pantallas que 
bajara el sol o que amainara el calor, haciendo cuando los dejaban solos in- 
voluntarias travesuras como llamar desde el balcón a algún perro que al ver 
tantos posibles amos simultáneos daba un salto delirante para alcanzarlos, 
o con pitos catalanes provocaban la ira de alguna señora que tocaba el tim- 
bre para quejarse de tanta insolencia. 

Una inesperada donación permitió que fueran a veranear al borde del mar. 
Las niñas confeccionaron ellas mismas púdicos trajes de baño; los niños 
adquirieron los suyos en una tienda económica, cuyos géneros olían a acei- 
te de ricino pero que eran de corte moderno, de esos que caen bien a cual- 
quiera. 

Para dar más importancia al hecho de que veranearan por primera vez, las 
maestras les mostraron con un puntero, sobre el mapa, el punto azul, junto 



al Atlántico, hacia donde viajarían. 

Soñaron con el Atlántico, con la arena, todos el mismo sueño. Cuando el 
tren partió de la estación, los pañuelos se agitaron en las ventanillas como 
una bandada de palomas; esto lo registra una fotografía que salió en los 
diarios. 

Cuando llegaron al mar apenas lo miraron; siguieron viendo el mar imagi- 
nado antes de ver el verdadero. Cuando se habituaron al nuevo paisaje, fue 
difícil contenerlos. Corrían detrás de la espuma que formaba copos pareci- 
dos a los que forma la nieve. Pero el júbilo no les hacía olvidar el secreto y 
gravemente volvían a las habitaciones, donde la comunicación entre ellos se 
volvía más placentera. Si no estaba en juego el amor, algo muy parecido al 
amor los unía, los alegraba, los exaltaba. Los mayores, influidos por los 
menores, se ruborizaban cuando las maestras les hacían preguntas capcio- 
sas y respondían con rápidos movimientos de cabeza. Los menores, con 
gravedad, parecían adultos a quienes nada perturba. La mayoría tenía 
nombre de flores como Jacinto, Delio, Margarita, Jazmín, Violeta, Lila, Azu- 
ceno, Narciso, Hortensio, Camello: apelativos cariñosos elegidos por los pa- 
dres. Los grababan en los troncos de los árboles, con uñas duras como de 
tigre; los escribían sobre las paredes, con lápices carcomidos; en la arena 
húmeda, con un dedo. 

Emprendieron el regreso a la ciudad, con el corazón rebosando de dicha, 
pues viajarían, de regreso, en avión. Se iniciaba un festival de cine aquel 
día y pudieron entrever furtivas estrellas en el aeródromo. De tanto reír les 
dolía la garganta. De tanto mirar, los ojos se les pusieron punzó. 
La noticia apareció en los periódicos; he aquí un texto: El avión en que via- 
jaban cuarenta niños de un colegio de sordomudos, que volvían de su pri- 
mer veraneo en el mar, sufrió un accidente imprevisto. Una portezuela que 
se abrió en pleno vuelo ocasionó la catástrofe. Sólo se salvaron las maes- 
tras, el piloto y el resto de los tripulantes. La señorita Pabia Hernández, que 
fue entrevistada, asegura que los niños al precipitarse en el abismo tenían 
alas. Quiso detener al último, que se arrancó de sus brazos para seguir co- 
mo un ángel detrás de los otros. La escena la deslumhró tanto por su inten- 
sa belleza que no pudo considerarla en un primer momento una catástrofe, 
sino una visión celestial, que jamás olvidará. Todavía no cree en la desapa- 
rición de esos niños. 

-Mostrarnos el cielo, para precipitarnos en el infierno, sería una mala juga- 
da de Dios -declara la señorita Lelia Isnaga-. No creo en la catástrofe. 
Dice Albina Romarín: 

-Todo fue un sueño de los niños, que quisieron deslumhrarnos, como lo ha- 
cían en los columpios de la plaza. Nadie me persuadirá de que han desapa- 
recido. 

Ni el cartel rojo que anuncia el alquiler de la casa donde funcionaba el colé- 



gio, ni las persianas cerradas, desaniman a Fabia Hernández. Con sus cole- 
gas, a las cuales está unida, como los niños lo estaban entre ellos, visita el 
viejo edificio y contempla los nombres de los alumnos escritos en las pare- 
des (inscripciones por las que los reprendían) y algunas alas dibujadas con 
destreza infantil, que testimonian el milagro. 

La hija del toro 

A Amalia Raffo 

Cerca de la arboleda que rodeaba la casa, las reses colgaban de un hierro 
sostenido por las ramas de las higueras, que olían a miel cuando estaban 
cargadas de frutas. 

Nieves Montovia, llamado Pata de Perro porque tenía las uñas de los pies 
enruladas, duras y negras, como las de un perro; después de carnear, pre- 
cedido de una jauría, sentado en un banquito, frente a las reses, cantaba, 
no sé si a los perros, a nosotros, o al escribano López, acompañándose con 
una guitarra grasienta, de tres cuerdas, un cantito que no he olvidado y que 
aún no descifro: 

Tengui, tengui está colgada. 
Tengui, tengui está mirando. 
Tengui, tengui si cayera, 
Tengui, tengui la comiera. 

Antes de tomar el desayuno, el olor a carne cruda y a higos me daba náu- 
seas; pero yo acudía junto a Pata de Perro a cualquier hora. Sobre el te- 
rreno de polvo de ladrillo apisonado, no se veían las manchas de sangre. 
Todo era rojo: los higos entreabiertos, la carne, el polvo de ladrillo, mis al- 
pargatas, los arañazos del escribano López. 

Con la cabeza rapada y el pantalón azul, me parecía a mis hermanos varo- 
nes. Trabajaba a la par de ellos. Después de sacar los abrojos de la lana, o 
de arrancar cardos, o de juntar leña de oveja, corríamos a la lomita que 
quedaba junto a la laguna seca. Allí, debajo de los castaños de la India, 
hervía sobre el fuego la olla con grasa para hacer jabón. A veces. Pata de 
Perro, al divisarnos de lejos, venía a nuestro encuentro, arrastrando la gui- 
tarra; otras veces, nosotros corríamos a su lado. Nos enseñaba a guiñar un 
ojo, a hipnotizar gallinas, a carnear, a decir malas palabras, a fumar. De su 
bolsillo sacaba un atado de cigarrillos, llamados la Hija del Toro, cigarrillos 
que distribuía entre nosotros. El papel que envolvía el atado llevaba la figu- 
ra de una mujer, con una corona de flores, abrazando el toro (especie de 
calcomanía, que me fascinaba). 



¿cómo puede un toro tener una hija? -yo preguntaba. 
-Usted debe de saberlo mejor que nadie. 
-¿Por qué lie de saberlo? 

-Porque usted también es hija del toro -decía Pata de Perro-. Ya le mostra- 
ré, curiosa, como hacen los toros para tener una hija. 
Yo no era curiosa. Tenía otros defectos, tal vez peores. 
Inventé un juego demoníaco, en el cual mis hermanos, aun hoy, niegan ha- 
ber participado, porque lo recuerdan como un crimen. Fabricábamos muñe- 
cos con castañas y palitos. Cada uno de estos muñecos personificaba a al- 
gún miembro de nuestra familia. Pata de Perro y mis hermanos se encarga- 
ban de perfeccionar el parecido; con barba de choclo, lana o cerda, imita- 
ban el pelo y los bigotes. 

A la hora del poniente, cuando la hoguera iluminaba nuestras caras, tirá- 
bamos los muñecos en la olla, nombrándolos a medida que los tirábamos, 
para no dar lugar a errores. La ceremonia generalmente acontecía los do- 
mingos, día en que Pata de Perro estaba franco. 

Uno de nuestros tíos murió. Sabíamos que el sortilegio había surtido efecto. 
No suspendimos por eso el juego. 

Nieves Montovia no siempre era bueno conmigo; me hacía burla, cantando 
una canción alusiva a la hija del toro: 

Conozco una niña 
que es hija del toro. 
La llaman Amalia. 

A la hora de la siesta escapé para ver cómo el toro tenía una hija. Pata de 
Perro me citó en el corral del fondo, que estaba pegado a los galpones. Fui 
corriendo, para que nadie me sorprendiera. Jadeante llegué al alambrado, 
donde me esperaba Pata de Perro, con el cuidador, fumando. El toro estaba 
montado sobre una vaca. Lo miré. ¡Tantas veces había visto los animales 
en esa postura! Yo esperaba sin hablar. Pata de Perro rompió el silencio: 
-¿No está contenta? Ya vio lo que quería ver. 
-Idiota -le respondí furiosa-. Usted las va a pagar. 

Esperé el domingo con impaciencia. Bauticé a uno de los muñecos con el 
nombre de Pata de Perro. Era una suerte de centauro, pues para simbolizar 
al carnicero quise que estuviese a horcajadas en la yegua Remigia, a la cual 
el hombre quería tanto. Fabricar este muñeco resultaba difícil; tuve que 
agregar alambres y clavos, para asegurar las numerosas patas y la cola, a 
más de los bigotes y del pelo revuelto del jinete. 

Nunca tardó tanto en llegar un domingo como tardó aquél. El tiempo no pa- 
recía medido por los mismos relojes, ni el día ni la noche hechos por el 
mismo Dios. Su demora me había envejecido: en lugar de siete años, creí 



tener diez. Tiramos los muñecos dentro de la olla. Cuando llegó el momento 
de tirar el último, lo anuncié con una voz estridente: Pata de Perro y Remi- 
gia. 

Blandí el centauro bigotudo en el aire. Pata de Perro, dando una suerte de 
rugido, rió, como si estuviese borracho, cuando oyó su nombre; pero se en- 
sombreció al oír el nombre de la querida yegua. 
-Que me quemen a mí pero no a Remigia -dijo con voz entrecortada. 
Tal vez me arrepentí. Pata de Perro no pertenecía a mi familia. ¿Para qué 
sacrificarlo? 

Quisimos sacar el muñeco del interior de la olla. Nos quemamos las manos 
en el vapor. Cuando logramos sacarlo no le quedaban ni piernas, ni patas, 
ni pelo, ni cola al centauro. 

-No hay salvación para Pata de Perro, ni para Remigia -dijo Nieves Monto- 
via-. Enterrémoslos, niños. 

Con palas hicimos un hoyo para enterrar al centauro. Le pusimos flores sil- 
vestres, después de cubrirlo con tierra. Nieves Montovia se arrodilló frente a 
su propia tumba en miniatura. Es el último recuerdo que conservo de él. En 
el campo, dijeron que había desaparecido. Al principio creí que se trataba 
de una broma que nos hacía él mismo. Lo buscamos durante varios días en 
los pajonales, en los potreros del fondo, pero ni él ni su yegua Remigia apa- 
recieron. Quedó la guitarra grasienta bajo las higueras como otra res que la 
lluvia pudriera poco a poco y el escribano López ronroneando junto a la ho- 
guera, donde siguió hirviendo la grasa. 

Éxodo 

Sucedió lentamente pero lo advertí de modo subrepticio. A veces ob- 
servamos extraños signos en la naturaleza, pero con tanta distracción que 
no les asignamos ningún valor. Las hormigas trataban de abandonar la ciu- 
dad. Los infinitos caminos en zigzag que formaban se dirigían hacia afuera 
de la ciudad, y ninguno hacia adentro. Con otros insectos sucedía algo simi- 
lar aunque menos evidente. Las arañas habían abandonado sus telarañas, 
las orugas las hojas, dejando largos regueros de baba. Al principio la au- 
sencia de insectos debió alegrar a la gente por insólito que les pareciera. "Al 
fin nos vemos libres de estas plagas", exclamaban. 

Los pájaros, a pesar de la estación (era verano), empezaron a emigrar en 
grandes bandadas que oscurecían el sol. Algunos pájaros cautivos rompie- 
ron los barrotes de las jaulas para emprender vuelo y evadirse, otros caye- 
ron muertos, heridos por el esfuerzo. 

Cuando fue el turno de los gatos, me sobrecogí. Se alejaban en fila india, 
manteniendo la misma distancia el uno del otro; se hubiera dicho que era 
cuestión de vida o de muerte observar la exacta medida que los unía o que 



los alejaba. A la distancia pude verlos alineados como las cuentas de un ro- 
sario. Cuando fue el turno de los perros, cuya huida resultó bastante desor- 
ganizada, me dio risa, una risa nerviosa: grupos de ocho, de nueve, de di- 
ferentes razas y tamaños, corrían carreras desenfrenadas hasta llegar a una 
meta para buscar otra inmediatamente con igual o mayor frenesí. Muchos 
caballos de tiro o de silla rompieron a patadas las caballerizas para abalan- 
zarse en dirección a las montañas; los que pastaban sueltos ganaron rápi- 
damente los valles. Se oía sus fugas con ruido de tormenta. Al estrellarse 
contra las piedras murieron algunos padrillos. Aun las vacas con terneros al 
pie parecían ágiles. Los toros, casi mitológicos, como si un dios los llamara, 
se precipitaban. Los peces saltaban. Las limpias orillas del río, donde brilla- 
ba la arena dorada, plagadas de pescados, olían a podredumbre. 
-Algo horrible va a suceder en esta ciudad -yo repetía-. Los niños, tan ape- 
gados a sus padres y a sus casas, fueron los últimos en huir. Muy precavi- 
dos, dentro de pañuelos llevaron alimentos. Algunos escalaron las más altas 
montañas y bajaron a los valles de manzanos donde, junto a los arroyos, se 
guarecían del calor, felices, mientras las madres enloquecidas rezaban para 
que volvieran, gastaban dinero en cirios y esperanza en promesas y sacrifi- 
cios. 

Yo atribuía todo esto a mi estado febril, pero secretamente exclamaba: "A 
esta gente el alma se le pasea por el cuerpo". 

Cuando me enviaron en busca de los niños acepté con gusto la misión. Heli- 
cópteros y automóviles, dedicados a la propaganda y al salvataje, fueron 
puestos a mis órdenes con sus conductores. Me alejé, presintiendo que me 
despedía de mi ciudad para siempre. Sobre las azoteas de las casas, las ro- 
pas tendidas parecían personas y las verdaderas personas ropas tendidas; 
les dije adiós. Dije adiós al vestido azul de Filomena, al corpiño de Carmen, 
a la camisa a rayas de Damián, a la salida de baño de Fermina. 
Una hora después la ciudad entera ardía bajo las llamas y nadie allá aden- 
tro se salvó. Pero los niños que habían huido leyeron esta noticia en los dia- 
rios y los que no sabían leer la repetían de memoria, por haberla oído leer a 
las personas mayores. 

Carta bajo la cama 

Querido Florencio: 

Estoy pasando unos días en Aldington, en casa de unos amigos. Aldington 
está situado en un lugar del sur de Inglaterra, bello, anegado y solitario, 
donde crían ovejas. Desde aquí se ve, en una lejana franja, el mar, que po- 
dría ser un río. El paisaje me recuerda un poco el nuestro, salvo la ondula- 
ción natural del suelo, la moderación del canto de los pájaros, el absoluto 
silencio y la oscuridad perfecta de las noches. Es probable que en otras no- 



ches se oiga el croar de las ranas y que brille una luz extraordinaria ¿pero 
qué espera el tiempo para volver exuberante a la naturaleza? Estamos en 
pleno verano. 

Hay en mí una mezcla de nostalgia y de goce que no sabría explicar. La si- 
militud y disimilitud del lugar, comparado con mi tierra, provoca alborozo 
en mi ánimo cuando vago al atardecer por los caminos sinuosos que llevan 
al pueblo. No muy lejos de aquí, un campamento de gitanos, rubios, altos y 
feroces, con carros pintados de colores violentos, con manijas, bisagras y 
guardabarros de bronce, llamó mi atención. La primera vez que lo vi fue el 
día del año en que os gitanos lavan la ropa: la habían tendido alrededor de 
las carpas ocupando casi una manzana. 

Hay un bosque, de abundante vegetación, con muchas flores rosadas; creo 
que te gustaría como a mí. Dos veces logré perderme en él, en su oscuri- 
dad, que me fascina. Observamos con mis amigos que de trecho en trecho 
(sin quitarle belleza, pero dándole quizá un aspecto lúgubre), se abren ho- 
yos en el suelo, con visibles restos de raíces rotas, diríase que alguien, un 
jardinero, de prisa, hubiera sacado plantas con el terrón de tierra, para 
trasplantarlas. Junto a algún hoyo queda una arpillera raída y húmeda, una 
colilla o una lata vacía. Me atrae ese bosque y secretamente deseo que la 
noche me sorprenda alguna vez perdida en él para que yo me vea obligada 
a quedarme entre las flores rosas y los heléchos sobre el musgo, acostada, 
con ese miedo que me agrada, como suele agradarles a los niños. 
Me dijiste que el miedo fue siempre una de mis favoritas distracciones. Esas 
locuras mías son las que te gustan más, porque demuestran que aún queda 
en mí un resto de infancia. No soy valiente, pero en mi inconsciencia jamás 
rehuyo el peligro, lo busco para jugar con él. No lo olvides: he quedado sola 
en este desamparado lugar de Inglaterra, en una casa sin persianas, con 
ventanales de vidrio, alejada de otras viviendas, sin ni siquiera un perro pa- 
ra cuidarme. Mis amigos se fueron a Londres. Es claro que el sitio es tran- 
quilo y la gente tan buena, que al salir ponemos la llave sobre el soporte 
del farol de entrada, de modo que el almacenero, el lechero o el cartero 
puedan dejar paquetes o cartas adentro de la casa. Todo el pueblo sabe 
dónde está la llave de la puerta de entrada. 

Debo confesarte que en el primer momento vacilé ante la idea de quedar 
sola aquí. Me gusta compartir el miedo aunque sea con un perro o un gato, 
pero sola ¿qué placer podría sentir? La picadura de una avispa en la pierna 
izquierda, que me dio fiebre (me duele todavía), los discos maravillosos que 
no he oído bastante en el fonógrafo, la lectura de Rómulo Magno de 
Dürrenmatt y cierta inercia me indujeron a quedarme. Luego, cuando quedé 
sola, y empezó a caer la tarde, una angustia intolerable me sobrecogió. Tu- 
ve que tomar unas pastillas de Ampliactil como esas mujeres de las cuales 
te burlas. Todo eso sucedió ayer. El cielo, donde buscaba los Siete Cabritos, 



las Tres Marías, la Cruz del Sur, porque no conozco otro cielo y porque me 
parece que todos los cielos tendrán que ser como el nuestro, se cubrió de 
nubes. Una tormenta, que podía competir con las de mi provincia, se des- 
encadenó. El mar, a lo lejos, parecía colérico. La noche sobrevino más tem- 
prano, por suerte; digo por suerte, porque la oscuridad me daba menos 
miedo tal vez que las imágenes que estaba viendo, pues aunque busqué el 
miedo éste excedía mi deseo. Acurrucada en un sillón, el más alejado de la 
ventana, me puse a leer, mientras el cielo organizaba truenos y relámpa- 
gos, y la lluvia, con su cortina espesa y fría, sin protegerme, me separaba 
del mundo. 

Esta mañana me desperté feliz de haber vencido esa parte tan vulnerable 
de mi ser. Caminando fui de nuevo al bosque; me perdí entre las flores ro- 
sadas y los crujientes árboles; "Sola, sola, sola", repetía, regocijándome 
con mi soledad. "Estoy sola." 

¿Qué es el miedo? Ciertamente cada ser tiene su propio miedo, un miedo 
que nace con él. En mi caso no guarda proporción con el peligro que me 
acecha. Hoy por ejemplo, ¿por qué no tengo el miedo de ayer? La misma 
soledad absoluta me circunda. Las ovejas grises que pastan a lo lejos son 
como piedras grises que se mueven. ¿Por qué no me dan miedo? 
Temprano, tres veces por semana, viene una mujer reumática a hacer la 
limpieza de la casa; todavía estoy durmiendo cuando oigo sus cantos desa- 
finados como un zumbido. El jardín se cuida él mismo. Nada cuida mejor un 
jardín que la humedad. Los dueños de la casa dicen que se encargan de re- 
garlo, cuando vienen a vivir aquí, pero hay tanta humedad natural que no 
han de regarlo nunca, por más que se jacten de ello. 
Interrumpí esta carta para preparar una taza de té. 

Esta cocinita de gas es muy práctica: en dos minutos todo está listo. Mien- 
tras te escribo, bebo el té. Escribirte con la pluma en la mano derecha y 
sostener con la izquierda la taza en que bebo un manjar que preparo tan 
bien, es una felicidad que no cambio por ninguna otra. No, aunque no lo 
creas: no cambio esta felicidad por ninguna otra, ni por estar a tu lado. iEI 
amor es tan complicado con todos sus ritos! No me vengo de ti. El poniente 
ha iluminado los vidrios de rojo. Ahora estoy sentada frente al ancho ven- 
tanal del dormitorio, desde donde diviso el campo y una franja lejana, como 
otro campo, de mar. No comprendo mi temor de ayer. La soledad se in- 
tensifica a esta hora. El zumbido de un moscardón golpea los vidrios: abro 
la ventana para que se vaya. 

Nunca oí tantos silencios juntos: el de la casa, el del campo, el del cielo. 
Con cuidado, pongo la taza sobre el plato de porcelana. Cualquier ruido se- 
ría estruendoso. Recuerdo un poema de Verlaine, titulado Circunspección: 
"No interrumpamos el silencio de la naturaleza, esa diosa taciturna y feroz" 
decía un verso. 



Desde hace unos instantes oigo un ruido, un ruido que me trae algún re- 
cuerdo de infancia, el ruido que hace una rala (hermana del rastrillo) en la 
tierra húmeda. ¿Pero quién puede trabajar a estas horas? ¿Una pala invisi- 
ble? Si pienso un poco puedo asustarme. ¿Prefiero que esa pala que golpea 
rítmicamente la tierra sea invisible? Involuntariamente, de un misterio elijo 
la versión que más me asusta. Me vuelvo hacia el este donde está el otro 
ventanal, que no tiene mayor atractivo. Hay una bolsa en el suelo. La bolsa 
se mueve: es un hombre arrodillado. Está cavando la tierra. ¿Por qué está 
arrodillado? Hace un esfuerzo inaudito con los brazos. Para cavar la tierra, 
habitualmente los jardineros hincan la pala con la ayuda del pie. La postura 
del hombre es extraña. ¿Será un vecino que viene a robar plantas? ¿Qué 
plantas? Hay alverjillas, rosas, salvias, dalias, nardos, caléndulas, brincos 
iqué se yo! Pero no hay plantas grandes. ¿Para qué está cavando ese hoyo? 
¿Para qué? Habrán mandado una planta de algún vivero. ¿Por qué no me 
avisaron? Pero a esta hora nadie trabaja. Dentro de un rato, ese hombre 
tendrá que irse y podré acurrucarme en un sillón tranquilamente para oír 
los discos. Ahora no puedo interrumpir con otro sonido el ruido de esa pala. 
Cerrando los ojos sueño que vivimos en esta casa, que es nuestra y que te- 
nemos un jardinero, que está trabajando afuera. Se acerca la hora de la 
cena, hora en que volverás. Soy feliz. 

Sospecho que el comienzo de esta carta no fue del todo sincero. 
Te extraño. No tengo motivo para ocultártelo, salvo este orgullo que me 
oprime el cuello, como si tuviera manos para estrangularme. 
A través del vidrio del ventanal, el hombre ¿será un hombre? Se mueve pe- 
sadamente. Miro mis brazos y compruebo que tengo frío, 
por consiguiente miedo. Al alcance de mi mano está el televisor. Muevo los 
diales. Con avisos, imágenes (aunque sean para niños), música, noticias, 
cualquier noticia, llegaré a no oír el silencio, que encuadra mi susto. El 
hombre me mira mientras hinca la pala: ahora lo advierto. No sé si la som- 
bra es negra o su cara, debajo del sombrero raído. Su figura corpulenta se 
pierde en la oscuridad de la noche, que va cayendo del cielo. Diríase que 
sólo la tierra está iluminada, con los últimos reflejos del poniente. 
Si en esta casa hubiera una jaula con un pájaro, o un animalito cualquiera, 
sentiría menos miedo. El televisor tarda en funcionar. ¿Le faltará la antena? 
Oigo el ruido de la pala. Muevo los diales: la pantalla se ilumina intensa- 
mente. ¿Antes de llegar a enfocar las imágenes tendré que morir? El es- 
fuerzo me calma un poco. Como verás, manejo los diales con la mano iz- 
quierda. Podrías creer que no estoy escribiendo con la mano derecha itan 
temblorosa es ahora mi letra! Las imágenes aparecen nítidas. En sus casas 
miles de señoras estarán tejiendo, dando de comer a sus hijos o comiendo 
ellas mismas; más bien, habrán terminado de comer, los hijos estarán dur- 
miendo (pues aquí se come muy temprano), viendo tranquilamente lo que 



estoy viendo: propagandas de trajes de baño, de aceite bronceador, de ce- 
pillos Kent con su peine elástico, de jabones para el cutis, de supositorios 
para infantes que ríen en vez de llorar. Luego las noticias policiales. Oigo la 
voz que da los informes: un hombre peligroso, portugués, de cuarenta 
años, corpulento, asesino, llamado Fausto Sendeiro, alias Laranja, que tra- 
baja de jardinero, asesina y mutila a mujeres, para abonar las plantas que 
distribuye caprichosamente. ¿Cómo no se descubrió antes?, dice el locutor. 
Parece que dos mujeres lo secundan, vestidas con trajes anticuados ven- 
diendo baratijas. Fausto Sendeiro, durante el atardecer, cava los hoyos 
donde arroja a sus víctimas para plantar encima arbolitos que saca de los 
bosques. Jamás existió asesino tan trabajador. ¿Cuántas mujeres habrá 
matado? ¿Cómo? El primer jardín donde hizo las excavaciones, por pura ca- 
sualidad aparece en la pantalla. Una bolsa quedó olvidada con las impresio- 
nes digitales. Veo el jardín macabro, con las excavaciones, y unas pobres 
plantas en el suelo. 

Desconecto el televisor. El ruido de la pala continúa. No puedo casi mover- 
me. Estoy paralizada. El hoyo se agranda; es un agujero negro. Junto al 
agujero vislumbro una planta tirada en el suelo. ¿Dónde podré esconderme? 
Estoy en una casa de vidrio, y el hombre me mira continuamente. No hay 
teléfono. Arrastrándome como un gusano podría tal vez llegar hasta la 
puerta de entrada o hasta el dormitorio, donde está mi cama, sin ser vista. 
¿Pero si al verme hacer esos movimientos deja su trabajo y viene corriendo 
hacia mí, para clavarme el cuchillo que llevará en el cinto, o para estrangu- 
larme, con sus manos enormes? ¿En cuántos pedazos me cortará, supo- 
niendo que lleva un cuchillo en el cinto, y en cuantos minutos me estrangu- 
lará, suponiendo que oprima mi cuello con sus manos enormes? No puedo 
alzar la vista hacia la puerta: las dos mujeres están allí. Ya entraron: sin 
golpear. Una de ellas tiene un sombrero con lentejuelas, plumas y gasa, la 
otra un gorro de paja con cerezas, visten faldas almidonadas, negras, y lle- 
van cada una de ellas una valija de cuero. Musitan a un tiempo: "Venimos, 
señora, a venderle unas cositas interesantes" (es la única frase que saben 
decir). De las valijas sacan blusas de nylon, medias, prendedores, fotogra- 
fías de árboles y de buques, y frascos de bombones que me ofrecen. 
-Acabo en seguida con estas cuentas -les digo-. Mis gastos... 
Se sientan, para esperarme, ofreciéndome un bombón, entre sus dedos lar- 
gos. ¿Ese bombón contendrá un soporífero? Son mujeres piadosas. Se mi- 
ran y ríen. 

-¿Pronto serviré de abono a una planta? -les pregunto. 
No saben lo que quiere decir abono ni planta, ni pronto. Tomo el bombón y 
lo llevo a la boca: tiene gusto a chocolate, al último bombón, a la última 
etapa del miedo, que me comunica con Dios. Siento un agradable sopor que 
me vuelve atrevida. 



-¿No quieren tomar té? -les pregunto, sin dejar de escribir. Con el índice de 
la nnano izquierda señalo la taza que está sobre la mesa, y la tetera. 
-Sí -responden al mismo tiempo, mirándose de soslayo-. ¿Cha cha? 
Mientras tomen el té pondré a salvo mi carta. L-i dirección ya está en el so- 
bre y... 

La revelación 

A Edgardo 

Hablara o no hablara, la gente advertía en su mirada la inapelable verdad: 
Valentín Brumana era idiota. Solía decir: 
-Voy a casarme con una estrella. 

-IQué estrella ni estrella! -le contestábamos para hacerlo sufrir. 
Nos placía torturarlo. Lo acostábamos en una hamaca paraguaya con los 
bordes anudados para que no pudiera escapar, y lo mecíamos hasta que el 
vértigo le cerraba los ojos. Lo sentábamos en un columpio, enrollábamos 
las cuerdas laterales, para soltarlas de golpe y lanzarlo vertiginosamente en 
el espacio. No le permitíamos que probara los postres, que nosotros co- 
míamos, pero le untábamos el pelo con dulce o con azúcar impalpable y lo 
hacíamos llorar. Colocábamos sobre un armario altísimo los juguetes que 
nos pedía prestados; así escalaba, trastabillando, para alcanzarlos, una me- 
sa enclenque y dos sillas superpuestas, una de las cuales era una mece- 
dora. 

Cuando descubrimos que Valentín Brumana, sin ningún alarde, era una 
suerte de mago, empezamos a respetarlo un poco, o a temerlo tal vez. 
-¿Viste a tu novia esta noche? -nos decía. Era la noche en que nos había- 
mos encontrado clandestinamente con alguna de nuestras novias, en un 
baldío. lÉramos tan precoces! 

-¿De quién te estás escondiendo? -nos preguntaba. Era el día de las malas 
notas, en que nos escondíamos porque nuestro padre nos buscaba para po- 
nernos en penitencia, o para darnos un sermón, cosa que era mil veces 
peor. 

-Estás triste, con mala cara -exclamaba. Lo decía en el momento en que 
queríamos suicidarnos de tristeza, de una tristeza clandestina como nues- 
tras citas de amor. 

La vida de Valentín Brumana estaba llena de sobresaltos, no sólo por nues- 
tra culpa sino por la intensa actividad que desplegaba. Tenía un reloj de 
bolsillo, que su tío le había regalado. Era un verdadero reloj, no de chocola- 
te, ni de lata, ni de celuloide, como lo hubiera merecido, según comentá- 
bamos; creo que era de plata, con una cadena que tenía una medallita de la 
Virgen de Luján. El sonido que hacía el reloj, al golpearse contra la medalli- 



ta, cuando lo sacaba del bolsillo, infundía respeto, si no mirábamos al due- 
ño del reloj, que hacía reír. Mil veces al día sacaba del bolsillo el reloj y de- 
cía. 

-Tengo que ir a mi trabajo. -Se ponía de pie y bruscamente salía del cuarto; 
volvía inmediatamente. 

Nadie se ocupaba de él. Le regalaban discos viejos, revistas viejas, para en- 
tretenerlo. 

Cuando trabajaba de escribano, lucía papel higiénico, si no encontraba otro, 
lápices y un portafolio roto; cuando trabajaba de electricista, el mismo por- 
tafolio hacía las veces de valija para llevar cintas aisladoras y cables, que 
recogía de la basura; cuando trabajaba de carpintero, una tabla de lavar, 
un banquito roto y un martillo eran sus herramientas de trabajo; cuando 
trabajaba de fotógrafo, yo le prestaba mi cámara fotográfica, sin película. 
Sin embargo, si alguien le preguntaba: "¿Valentín, qué vas a ser cuando 
seas grande?", respondía: 
-Cura o sirviente de comedor. 
-¿Por qué? -le preguntábamos. 
-Porque me gusta limpiar la platería. 

Un día Valentín Brumana amaneció enfermo. Los médicos dijeron con eu- 
femismos que iba a morir y que para arrastrar semejante vida, tal vez fuera 
lo mejor; él estaba presente y oyó sin congoja aquellas palabras que es- 
tremecieron la desolada casa, pues en ese instante la familia entera, aun 
nosotros, sus primos, pensamos que Valentín Brumana alegraba a las per- 
sonas por ser tan distinto de ellas y que sería, en la ausencia, irreemplaza- 
ble. 

La muerte no se hizo esperar. A la mañana siguiente llegó: todo me induce 
a creer que Valentín, agonizante, la vio entrar por la puerta de su cuarto. El 
regocijo de saludar a una persona amada iluminó su rostro, por lo común 
indiferente. Estiró el brazo y la señaló con el índice. 
-Entra -dijo. Luego, mirándonos de soslayo, exclamó: 
-IQué bonita! 

-¿Quién? ¿Quién es bonita?-le preguntamos, con un atrevimiento que ahora 
me parece más que atrevimiento grosería. Reímos, pero nuestra risa podía 
confundirse con el llanto: de nuestros ojos saltaban lágrimas. 
-Esta señora -dijo, ruborizándose. 

La puerta se había abierto. Mi prima asegura que esa puerta se abría siem- 
pre sola, por un defecto del picaporte, pero yo no lo creo. Valentín se incor- 
poró en la cama y dio la bienvenida a aquella aparición, que nosotros no 
percibíamos. Es indudable que la veía, que acariciaba el velo que colgaba de 
su hombro, que le decía al oído un secreto que jamás escucharíamos. Lue- 
go, ocurrió algo aún más insólito: con gran esfuerzo Valentín puso en mis 
manos la cámara fotográfica que había quedado en su mesa de luz y me pi- 



dió que los fotografiara. Indicaba posturas a quien estaba a su lado. 

-No, no te sientes así -le decía. 

O bien, en un susurro, casi inaudible: 

-El velo, el velo te tapa la cara. 

O bien, con voz autoritaria: 

-No mires para otro lado. 

La familia entera, y parte de la servidumbre, a carcajadas levantaban las 
cortinas, que eran de terciopelo, muy altas y pesadas, para que entrara 
más luz, alguien medía, con grandes pasos, los metros que separaban la 
cámara fotográfica de Valentín, para que la fotografía no saliera fuera de 
foco. Temblando, enfoqué a Valentín, que señalaba con la mano el lugar, 
más importante que él mismo, un poco a su izquierda, que debía abarcar la 
fotografía: un lugar vacío. Obedecí. 

Poco tiempo después mandé revelar la película. Entre las seis fotografías, 
pensé que por un error me habían entregado una sacada por otro aficiona- 
do. Sin embargo. Pigmeo, mi pony, estaba patente; Tapioca, la perrita de 
Facundo, también; el nido del hornero, aunque muy confuso y oscuro, se 
reconocía; en cuanto a Gilberta, en traje de baño, bueno, bueno, podría fi- 
gurar en cualquier concurso, aun hoy, y la fachada de la escuela sin ir más 
lejos, en el huecograbado de La Nación. Todas esas instantáneas yo las ha- 
bía sacado aquella misma semana. 

En el primer momento, no miré demasiado la borrosa y desconocida foto- 
grafía. Indignado, fui a protestar al laboratorio, pero me aseguraron que no 
habían cometido ningún error y que se trataría de alguna instantánea saca- 
da por uno de mis hermanitos. 

No fue sino después de un tiempo y de un detallado estudio cuando distin- 
guí, en la famosa fotografía, el cuarto, los muebles, la borrosa cara de Va- 
lentín. La figura central, nítida, terriblemente nítida, era la de una mujer 
cubierta de velos y de escapularios, un poco vieja ya y con grandes ojos 
hambrientos, que resultó ser Pola Negri. 

Amelia Cicuta 

Un patio con la estatua de Baco sosteniendo racimos de uvas entre los de- 
dos, que en verano servía de espantapájaros, era memorable en casa de 
Irma y de Edimia Urbino. 

Irma era una buena modista, de las más cotizadas en Buenos Aires. Por la 
manera de sostener un corte de género sobre los hombros de la dienta y 
plegarlo en la cintura, haciendo resaltar un busto o una cadera, se adivina- 
ba la jerarquía de su destreza. Su manera de arrodillarse al pie de la dienta 
apretando con los labios hileras torcidas de alfileres, para marcar el ruedo 
de una falda, también denotaba su docta capacidad. En cambio, Edimia Ur- 



bino servía sólo para rematar las costuras y acomodar en las perchas los 
vestidos, para abrir la puerta a las dientas y para pasar la escoba por el pi- 
so para juntar las agujas o los alfileres caídos, cuando las dientas se habían 
retirado. 

En los primeros tiempos, las dos hermanas ganaban poco dinero, pero fue- 
ron aumentando los precios e insensiblemente acumularon una fortuna, 
como la que tuvieron los padres hoy venidos a menos. Compraron una casi- 
ta en Mar del Plata, del tamaño de una lata de sardinas, según los informes 
que ellas mismas daban, para no despertar envidias. Televisor, enceradora, 
aspiradora, máquina de lavar, heladera y automóvil atraían pretendientes, 
que venían de Burzaco en motoneta o de Avellaneda en microómnibus. Ir- 
ma, que tenía las piernas bien formadas y la cintura fina, era la de más éxi- 
to; Edimia, que era como una especie de fotografía fuera de foco de su 
hermana, no lograba que la mirasen siquiera, cosa que no le preocupaba en 
lo más mínimo. Los hombres no le interesaban: todos tenían barba e inú- 
tilmente se afeitaban; un formato de cuerpo incómodo, por más que dijeran 
que era más práctico que el de las mujeres para orinar, trajes llenos de ti- 
radores y de ligas. Le interesaban los gatos: todas las mañanas desde que 
cumplió quince años les llevaba carne cruda y restos de comida. En Buenos 
Aires hay muchas personas que llevan a Palermo, al Botánico, al Parque Le- 
zama, comida para los gatos; pero ella, Edimia, llevaba comida a todos los 
gatos de la ciudad. La conocían, acudían a su llamado, y ahora que era más 
rica y que tenía automóvil, con más razón. Podía llevar carne de lomo, pes- 
cado, que les gustaba tanto, y leche cuajada en jarras de plata. Diariamen- 
te Edimia iba a distintos barrios; los gatos la seguían; un maullido de ella 
bastaba para que acudieran y entraran en el automóvil, saltando con exal- 
tada familiaridad. Irma tuvo que desistir de sus viajes, de sus veraneos. 
Edimia no podía abandonar los gatos e Irma no podía abandonar a Edimia. 
El dinero se iba como agua. La comida de los gatos resultaba demasiado ca- 
ra, "¿Acaso no les podría dar corazón o carnaza?" decía Irma. "Los gatos 
son delicados -respondía Edimia-. Si les llevamos porquerías iqué dirán de 
nosotros!". Irma se resignó. 

Edimia siguió recorriendo en automóvil las calles de Buenos Aires, los luga- 
res apartados, los alrededores. Fue en Almagro donde se detuvo un día en 
una reunión de gatos gordos que tomaban sol y se lamían las patas perezo- 
samente. Edimia detuvo el automóvil con una frenada brusca y emitió un 
maullido perfecto. Abrió las portezuelas y todos los gatos; se precipitaron 
dentro del coche, salvo uno que ronroneando se quedó acostado. Indigna- 
da, Edimia bajó del coche, se acercó al animal y le habló en estos términos: 
"Vengo del centro de la ciudad, me molesto y usted se queda, señor, dur- 
miendo. ¿Es justo? ¿Es natural?" El gato no se movió. Edimia le dio una pal- 
madita y algo de comer en la boca. El gato levantó la cabeza sin convicción. 



pidiendo más. Edimia le dio bocados de carne liasta que el gato, satisfecho, 
se levantó y lentamente se alejó. Edimia maulló de nuevo, el gato siguió 
caminando con su paso de tigre desdeñoso. Edimia lo siguió, cruzó un mer- 
cado, una plaza, un terreno baldío; ahí se metió en una casa prefabricada. 
Edimia espió desde la puerta el interior del cuarto. Un hombre le daba de 
comer al gato. Afuera, al sol, en una reja, colgaban catorce cueros. Edimia 
no alcanzaba a ver de qué color ni qué animales eran. Se aproximó para 
mirarlos: vio que eran cueros de gato. Golpeó a la puerta de la casa. El 
hombre, con amabilidad, la invitó a entrar. 
-¿Hay rabia entre los gatos? -inquirió Edimia, nerviosamente. 
-¿A qué gatos se refiere, señorita? ¿A los señores vecinos? Tienen uñas de 
gato y lenguas de víbora, es cierto, y son rabiosos... 

-No. No quiero insultar a los gatos -agregó Edimia con una sonrisa encanta- 
dora-; dígame la verdad, señor, ¿hay rabia entre los gatos? 
-¿Por qué me lo pregunta, preciosa? 

Edimia se estremeció; pensó que el hombre iba a violarla, pero serenamen- 
te siguió sus averiguaciones. 

-Vi los cueros colgados en la reja y pensé que habrían muerto de alguna 
peste. 

-Esos cueros son la prueba de que gozan todos de buena salud, señorita. 
¿Acaso los comería yo si estuvieran rabiosos? 

-¿Los come? -musitó Edimia conteniendo la respiración-. iCómo puede! 
-¿Le da asco? 
-iUsted me da asco! 

-A algunas les dan asco los gatos, a otras les doy asco yo porque como ga- 
tos que ellas aprecian, ¿en qué estamos, señorita? ¿No come usted gallinas, 
vacas, que son tan grandes, perdices, pollos, pichones que son tan indiges- 
tos, pavos, chanchos que son tan inteligentes, y pescados que también son 
animales como cualquier otro, aunque vivan en el agua? 
-Se va a ir al infierno -musitó Edimia. 

-Mientras la encuentre a usted allí, me sentiré honrado, señorita. 
-Me encontrará, no pierda cuidado, mientras coma gatos. 
-Diga, ¿no come usted la carne de vaca? Diga, diga. 

-El gato es diferente. No se me ocurriría comer un perro por ejemplo, ni a 
un cristiano. ¿Cómo se llama usted? 
-Torcuato Angora, ¿y usted? 

-Amelia Cicuta. Lo denunciaré a la Sociedad Protectora de Animales Peque- 
ños -dijo Edimia, con energía amenazante. 

-Será inútil. Observe. -Torcuato Angora emitió con los labios un sonido co- 
mo el que emplean las mujeres para hacer orinar a sus hijos. Aparecieron 
millones de gatos. Los alimento, por eso vienen, y después, con los propios 
cueros les hago mantitas para cubrirlos cuando hace frío: mientras, engor- 



dan. ¿Qué hace en cambio la Sociedad Protectora de Animales? 
-Es horrible -musitó Edimia. 

-¿Ve cómo me quieren? -dijo Torcuato Angora, mostrando un gato que se 

trepó a sus hombros-. ¿Está celosa? -preguntó con malicia. 

-Protege para matar. Engorda para comer a unos inofensivos animales. Es 

horrible. 

-¿Horrible? Éste es el gato Maestro, el que enseña a todos los otros a con- 
ducirse como la gente. 

-iPobre inocente! -exclamó Edimia-. ¿Por qué no me lo presta? Lo traeré lis- 
to para comer. 

-Se lo regalo, señorita. Soy comilón pero no egoísta. 

-Regalos no acepto. Me lo llevaré a casa por unos días. Me gustaría verlo 
jugar con mis ovillos de lana. ¿Qué hace usted? ¿No trabaja? 
-¿Cree que puedo vivir del aire? Trabajo en la oficina de Transradio. ¿Y us- 
ted? 

-Yo trabajo en la fábrica de embutidos. ¿Y necesita comer gatos? 
-No es por economía, es por costumbre. Mi horario es de ocho a seis. 
Edimia se despidió y tomó en sus brazos el gato. Se encaminó hacia el au- 
tomóvil, temblando. Era la primera vez que llevaba un animal doméstico a 
la casa. ¿Qué diría su hermana? ¿Y las dientas? 

El gato no congeniaba con ella, por lo que fue más fácil llevar a cabo su 
proyecto. Después de cebarlo durante dos meses, lo llevó a las cuatro de la 
tarde de un hermoso día a la casa de Torcuato Angora. Había previsto todo. 
Llevaba en un paquetito la carne con estricnina. Para no llamar la atención 
dejó en la otra cuadra el coche, y llegó a pie a la casa. Se arrodilló, le dio la 
carne envenenada al gato y, con lágrimas en los ojos y un martillo, antes 
de marcharse, violentamente le golpeó la cabeza. Luego, después de com- 
probar que el gato estaba muerto, con los guantes puestos escribió en un 
papelito que sacó del bolsillo: "Señor Torcuato: el gato Maestro está a pun- 
to para comer. Lo engordé para usted. Que le aproveche. Amelia Cicuta". 
Acomodó el gato junto a la puerta con el mensaje. 

En los diarios, entre las noticias policiales del día siguiente, no salió la noti- 
cia del envenenamiento de Torcuato Angora. Edimia Urbino compró durante 
varios días los diarios de la tarde, para ver si aparecía. Pensó que Torcuato 
Angora le había dado un falso nombre como ella. No se atrevió a volver a 
Almagro. Pero sabía que en el infierno Torcuato Angora y el gato Maestro 
estarían esperándola y que de nada le valdría llamarse Edimia Urbino, ha- 
ber nacido en una casa con un patio que tenía una estatua de Baco soste- 
niendo racimos. Como si su vida entera hubiera transcurrido sólo en Alma- 
gro, en ese terreno baldío, su nombre valedero era Amelia Cicuta. 



El almacén negro 



Se llamaba el Almacén Negro; la primera mano de bleque que sus muros 
habían recibido siempre aparecía por debajo de sucesivos blanqueos. En es- 
ta ancha casa, que servía de vivienda y de proveeduría, frente a la esta- 
ción, velaron a su dueño Néstor Medina. Aquella noche de enero por las 
persianas junto al piano enfundado, donde me recliné a mirar el crucifijo, 
entraba del cielo luz de luna y de la planta baja, donde estaban las provi- 
siones, olor a yerba y a vino derramado. 

Si Néstor Medina hubiera podido, después de muerto, ver a sus hijos dilapi- 
dar y disputarse su fortuna, habría muerto de nuevo. No me canso pues de 
alegrarme de su muerte lujosa y tranquila, de la última de las sonrisas con 
la que se despidió de sus hijos, que consideraba inocentes como ángeles y 
virtuosos como santos. Su cara redonda y sonriente, dentro del ataúd de 
lustrosa madera, no inspiraba pena. Por eso la gente que acudió a aquel ve- 
lorio inolvidable, como si creyera vivo al muerto, habló de caballos de carre- 
ra, de ferias, de estafas, de chistes, de chismes sin que esto pareciera una 
falta de respeto. Nadie lloraba, salvo el perro a la luna y yo para mis aden- 
tros. 

Sus cuatro hijos fueron en la infancia amigos míos. Sigmundo, el mayor, 
corpulento, suave como una mujer y juicioso, me protegía. Rinso, delgado, 
con orejas rojas, puntiagudas, me despreciaba un poco. Juan, menudo y 
esquivo, sin personalidad, me temía. Ema, la menor, la amiga de Amanda, 
robusta, obesa y blanca como una odalisca, me amaba apasionadamente. 
iSer amado abruma, a veces! Ema, sin embargo, no era fea. Una graciosa 
papada terminaba su perfil de muñeca. La mitad de uno de sus pechos se 
asomaba siempre por el escote del vestido. Soy joven, pero era aún más 
joven en aquellos días y me perturbaba ese espectáculo carnal. 
Para ver a Amanda Rimbosa, de quien yo estaba enamorado, buscaba la 
compañía de Ema, que era su íntima amiga. Ema aprovechó la circunstancia 
para ennoviarse conmigo. Un domingo en que fue a comulgar quedó en 
ayunas hasta las once; volvió de la iglesia en break y, al bajar, se desmayó 
en mis brazos. Después de este episodio tuve que regalarle un anillo y olvi- 
dar a Amanda Rimbosa. lYo sé lo que es la vida en un pueblo! 
No se me ocurría pensar en el testamento de Néstor Medina ni en la enor- 
me fortuna que dejaba a sus hijos. Los creía unidos, formando parte de una 
admirable familia y no de una fortuna admirable, pero cuando menos se 
piensa la liebre salta. Sigmundo, el mayor, fue el primero en demostrar su 
avidez por el dinero. 

En el almacén, lúgubre después de la muerte de Néstor Medina, mientras 
estaban a punto de pudrirse las mercaderías, los jóvenes herederos (salvo 
yo) se peleaban a gritos. De común acuerdo, que parecía más bien 
desacuerdo, hicieron un remate con todas las prendas de uso personal del 



padre: conservo el inventario: 

Reloj de oro, con cadena y medalla de bautismo, zapatos, botas y sacabo- 
tas, escarbadientes de oro, tintero de bronce, con Mercurio (que hubiera 
podido competir con el de cualquier médico de Buenos Aires), ropero con 
espejo, salivadera de mayólica, juego de sombreros de verano y de in- 
vierno, calzador de hueso, peine y cepillo, gemelos de esmalte, alfiler de 
corbata con turquesa, anillo de compromiso doble, bufanda de seda, medias 
de lana, tiradores, cinturón, cincha, bozal, riendas y freno con virolas de 
plata, estribos, bastos de Casimiro Gómez, boquilla de madera negra, so- 
brepuesto de carpincho, mate con iniciales de plata, y bombilla ídem, par de 
pantuflas, poncho deteriorado, navaja, podadera, medalla de bronce y es- 
malte, par de lentes con estuche recubierto de nácar y forrado en felpa. 
El remate se llevó a cabo con éxito. La gente dio valor a los objetos, porque 
pertenecían a don Néstor Medina. Si hubieran sido de Perico de los Palotes, 
nadie hubiera pagado ni un centavo por ellos. Me entristece a veces la falta 
de juicio de la gente. El sobrepuesto de carpincho estaba apolillado, las 
riendas y el freno rotos, al peine le faltaba un diente, las medias tenían 
tremendos zurcidos y todo lo pagaron como nuevo. 

Roberto Spellman, el nuevo tendero, compró los lentes con el estuche. No 
creo que viera bien, el que es présbita, con esos vidrios de miope, pero 
siendo muchacho joven pensó que con esos lentes puestos iba a parecer un 
hombre respetable e importante, cosa que necesitaba el mequetrefe por 
cuestiones de trabajo. Solía decir: "Padezco de una ambliopía". iSi hubiera 
hablado en chino, vaya y pase! 

Al principio de mi noviazgo con Ema, la familia Medina estaba melancólica, 
casi trágica; yo creía que lloraba por la muerte del padre pero pronto me 
desengañé. El día del remate, las caras de los cuatro hermanos brillaban de 
júbilo. 

¡Cómo, si amaban la memoria del padre, podían desprenderse de aquellos 
objetos con tanta satisfacción! Asimismo, con velos enlutados llevé a mi 
novia al altar. 
Yo le decía a mi mujer: 

-Ema, no te preocupes por asuntos de dinero. Pero ella no me oía o fingía 
no oírme. 

Después de casado mis gustos fueron parcos como antes, pero Ema desa- 
rrolló una verdadera pasión por las dalias, los colores violetas, las cretonas 
costosas con caras de enanos, de perros o de indios sorpresivos, que llena- 
ron la casa y nos vaciaron los bolsillos. Ella, que había cultivado plantas en 
una escupidera o en una cacerola cuando la conocí, en nuestra vida matri- 
monial exigía el máximo lujo. 

Tres meses después del remate, la mala suerte persiguió a la familia Medi- 
na y la buena suerte al desgraciado de Roberto Spellman. Por entonces. 



justamente, se pudrieron las mercaderías del almacén. Nadie concurría al 
despacho de bebidas, ni los borrachos; sólo algún pedigüeño golpeaba la 
puerta en busca de pan o de las sobras de las comidas, que eran sabrosas. 
Durante mucho tiempo Sigmundo y Ema, yo mismo, nos preguntamos la 
causa del fracaso. Llevábamos correctamente los libros, no hacíamos rega- 
los con las mercaderías, éramos atentos con los clientes. 
Un día, debajo de la quesera de vidrio del mostrador, encontramos un ratón 
muerto (¿cómo entró? Dios lo sabe); con cinco paquetes de fideos las hor- 
migas fabricaron un solo hormiguero; de una caja de arroz, salió un sapo. 
Esas cosas, tarde o temprano, se saben. La casa pierde prestigio y nadie se 
lo devuelve. ¿Por qué sucedían tantas calamidades? Yo no era supersticio- 
so; ahora lo soy. Se me ocurrió que, gracias a aquellos lentes que Roberto 
Spellman había comprado por una bicoca, el viejo Medina había hecho su 
fortuna. Su mirada a través de los cristales, penetrante como el sol a través 
de una lupa, había seducido no sólo a los clientes sino a la suerte. Pero esto 
no era debido a los ojos, sino a los cristales, esos cristales gruesos y blan- 
cuzcos. Se lo dije a Sigmundo, que lo tomó en serio. Los hermanos estuvie- 
ron de acuerdo en ese punto. La familia se reconcilió. Se unieron con un so- 
lo fin, el de recuperar los lentes, aunque tuvieran que matar a Roberto Spe- 
llman. 

No parece posible que un par de lentes pueda provocar una tragedia, sin 
embargo, en este caso, la provocó. 

Los hermanos emprendieron diversas gestiones para recuperar el objeto y 
no sé cómo lograron ofender a Roberto Spellman y enfurecerlo, mandándo- 
le mercaderías en mal estado. Pero estaban dispuestos a cualquier sacrifi- 
cio. Se humillaron para reconciliarse con él, lo invitaron a comer un asado, 
bajo los sauces del tan mentado patio del almacén; lo durmieron con una 
droga; mientras dormía, registraron sus bolsillos y su casa. En esa oportu- 
nidad Roberto Spellman había mandado los lentes a la casa de óptica, para 
componer una patilla. Otra vez lo llevaron al río, pero Spellman se bañó con 
los lentes puestos. Por último, Ema lo provocó con su escote y su falda cor- 
ta, dispuesta a cualquier cosa con tal de recuperar los lentes; pero, créan- 
me, fue en vano. 
Sigmundo dictaminó: 
-Hay que matarlo. 
-¿Si grita? -dijo Rinso, temeroso. 

-Gritaremos más fuerte -dijo la voz de una Ema desconocida. 
Prepararon otro banquete en honor de Spellman. Los hermanos afilaron los 
cuchillos y bebieron para tener coraje. Spellman bebió más que nadie. Le 
dieron la consabida sandía disfrazada de remolacha, pero antes de que pu- 
dieran matarlo, cayó muerto de un síncope. Los cuatro hermanos buscaron 
los lentes, sin aguardar el último suspiro de un moribundo. Aquí empezaron 



las penurias de mis cuñados y de Erna. Durante la noche del velorio abrie- 
ron todos los cajones de la casa mortuoria. Les dije, para que no curiosea- 
ran tanto, que seguramente habrían enterrado a Spellman con los lentes, 
en algún bolsillo suplementario. Desesperados fueron una noche al cemen- 
terio para desenterrar al muerto. Acudió una jauría silenciosa que presenció 
el acto. Yo atisbé de lejos. Alguien los vio. Cuando en el pueblo se supo el 
hecho, los cuatro hermanos fueron arrestados y acusados de asesinato. Los 
cuatro en cierto modo se creyeron culpables. 

Todos los días los espero. Muchas mujeres robustas bajan del tren: ninguna 
es tan blanca, ninguna es la mía. No vuelven. No volverán. iPobre Ema de 
mi corazón! Soy dueño ahora de este enorme almacén, que es mi amargu- 
ra. El oculista me recetó lentes y debo usarlos. Si estuvieran aquí mis cuña- 
dos creerían que uso los lentes de Spellman, porque tengo buena suerte, 
aunque no alegría. La alegría y la buena suerte a veces no van juntas. 

La escalera 

-Isaura, Isaura. 

Las voces resuenan en los corredores de la casa, para que se dé prisa. 
Isaura sube la escalera. Cincuenta años de su vida ha limpiado aquellos es- 
calones, diez otros años los ha dedicado a ocupaciones frivolas, de creci- 
miento, diez otros a tener hijos, pero siempre ha limpiado esa escalera o ha 
acompañado a las personas que la limpian. 

Ahora, que no funciona el ascensor, sube de nuevo por los mismos escalo- 
nes, en busca de la ropa tendida en la azotea. Su corazón late como si qui- 
siera volársele del pecho. 

Veinticinco escalones. Cuando enseñaba a caminar a sus hijas, contándolos 
uno por uno, llevándolas de la mano, subía. Sola, vuelve, después de tantos 
años, a contarlos, por mera costumbre. 

Uno... Tiene este escalón blancura de azúcar. Ahí se sentó una noche de 
verano, cuando no quedaba casi nadie en la casa, porque todos los inquili- 
nos se habían ido a veranear. Tenía cuatro años. Su padre limpiaba la esca- 
lera, hablando con un hombre corpulento, que se apoyaba sobre la baranda 
y que ensuciaba los escalones limpios, con zapatos embarrados. Los tres 
estaban borrachos, había olor a vino. Ella conocía el gusto, el olor a vino de 
aquella damajuana que estaba en la cocina. Su padre le daba vino a cual- 
quiera. Súbitamente el tono de las voces resonó con violencia. Los hombres 
se trabaron en lucha; parecía que bailaban. Cayó el padre. El otro hombre 
huyó escaleras abajo. Gotas de sangre comenzaron a caer. ¿Era el vino? 
¿Era la lluvia sobre las claraboyas? 

Dos... En este escalón, más gris, más sucio que los otros, siempre cae leche 
de alguna botella rota. 



Tres... Es un escalón menos liso. Pasando la mano por la superficie, se sien- 
te una aspereza cuyo contacto da escalofríos. Fue allí que Lucrecia, su tía, 
dándole pan para distraerla, caramelos de dulce de leche, se dejó acariciar 
por Mario delante de ella. El amor es una cosa sucia, pero mientras consiga 
caramelos de dulce de leche no me importará presenciarlo, pensó. 
Cuatro... Este escalón, liso pero amarillento, le da miedo. (Allí encontró el 
collar de piedras verdes y lo guardó en el bolsillo. Allí, la acusaron de ladro- 
na, y su padre la dejó sin salir cinco días. Sus tías dijeron que iban a man- 
darla a un reformatorio.) 

Cinco... El escalón del cansancio. Nunca, nunca está limpio. Un día, por 
broma, alguien defecó sobre sus bordes. Otro día, un perro orinó y el orín 
bajó los cinco escalones dejando un tinte amarillo y maloliente. Otra vez 
quedó allí, acurrucado, un recién nacido, envuelto en pañales y papel de 
diario. Nadie descubrió el paradero de la madre, y lo entregaron a la casa 
de expósitos. Ella tuvo al niño en sus brazos. Se hubiera quedado con él. 
iPero qué hubieran pensado los vecinos! Que era hijo de ella, y ella misma 
lo hubiera creído. 

-Seis... El escalón que es como un altar. Sobre él se arrodilló una mañana 
de invierno, preparándose para tomar la comunión. Ensayó las posturas di- 
fíciles que había que adoptar: la inclinación de la cabeza, la postura de las 
manos, la posición de los labios. 

Siete... El escalón del remordimiento. Tiene vetas como venas o como ner- 
vaduras de hojas. Allí la violó Roque AIsina, el camionero de la cuadra, la 
tarde en que trajo la heladera, en el mes de enero. ¡Ese trágico mes de 
enero! ¿Cómo fue posible? Los inquilinos del primer piso vieron todo. Ni su 
amiga Isabel le creyó. Y cuando quedó sola, después que el canalla bajó por 
la escalera, apoyó la mejilla encendida sobre el mármol helado y pensó que 
ningún hombre decente se casaría con ella. 

Ocho... El escalón que huele a lavandina. La camilla dura del hospital, 
cuando vinieron a buscarla, para hacerle una operación de apendicitis. Ahí, 
blanda como un trapo, rezó el rosario, antes de llegar a la puerta. 
Nueve... Idéntico a la tapa de mármol de una cómoda. La cómoda con la 
que soñaba, con un espejo cuadrado encima. Formaba parte del juego de 
muebles para su casamiento; los muebles que nunca obtuvo. 
Diez... El escalón más tranquilo, más feliz. Jugaba con el atado de ropa co- 
mo si fuera una muñeca. Ahí soñó también con el primer hijo, que parecía 
una verdadera muñeca. 

Once... La sombra oscura sobre el escalón parece una mancha. Inútilmente 
la jabonaba. Los celos, en su corazón, proyectaron la misma mancha. Ni la 
lavandina ni el querosén sacaron esa mancha. Estaba encinta y abandona- 
da, como una caja hermética e impenetrable. 

Doce... ¿Para qué tantos niños? iSi con uno basta! A los hombres no les 



importa. Es la mujer la que paga. ¿Y si la echaban de la casa donde traba- 
jaba? A esa altura de la escalera, los escalones le hacían doler las piernas y 
el corazón. Sentía ganas de tirarse abajo y de caer deshecha. 
Trece... Ese escalón huele a casilla de baño. Ella se había bañado en el mar. 
Conoció los secretos de la playa y de las vacaciones y ¿por qué no? allí so- 
ñaba con irse, en una vida que sólo fuera vacaciones. 

Catorce... El escalón nefasto. Siempre lo había detestado. Tiene como una 

suerte de mordisco, del lado izquierdo. Ahí, al bajarlo, le dieron la noticia 

del asesinato de su hija. Tropezó y se retuvo en la baranda. 

Quince... A veces, se detenía a descansar y se quitaba los zapatos. "¿Qué 

haces, ahí?" le decían los inquilinos al pasar. Se reían con ella. Todavía era 

bonita. 

Dieciséis... Empezaba a envejecer. No era en el pelo blanco ni en las arru- 
gas... Ya no cantaba al limpiar los pisos, y los hombres que subían por la 
escalera no miraban sus piernas con várices. Várices tiene también ese es- 
calón y una mala palabra, escrita con lápiz, siempre por el mismo chico de 
abajo, que es un boca sucia. 

Diecisiete... Algunas cucarachas se aventuran por los zócalos. Es una pena. 
Hay gente asquerosa: tiran desperdicios en la escalera, caigan donde cai- 
gan; un trozo de algodón, la cáscara de una mandarina, a veces una media 
o una cinta, un peine roto, con pelo, y otras porquerías increíbles. IDespués 
se quejan! ¿Qué culpa tiene la persona que limpia si después de limpiar 
arrojan basuras y el piso queda más sucio que antes? 

Dieciocho... Un día que fue al campo, encontró un huevo de urraca. Lo 
guardó en una cajita y al subir la escalera, se le cayó en ese escalón. Des- 
pués lloró sobre ese mismo mármol por algo perdido que no recuperó ja- 
más: la hija muerta, un billete de mil pesos y aquel prendedor de filigrana, 
que todavía echaba de menos. 

Diecinueve. El escalón que casi está a oscuras. El escalón de las preocupa- 
ciones. ¿En qué había gastado el sueldo? Para no ruborizarse se detenía en 
la oscuridad. Advirtió un día que el rosario faltaba de su cartera, al volver 
de la misa. 

Veinte... En el departamento treinta y dos de la casa, un pobre hombre en- 
gañado adora a su mujer como si fuese buena. Voy a denunciarla. Este es- 
calón presenció el encuentro de esa sinvergüenza con su amante. No sopor- 
to las injusticias. Recogí una horquilla que cayó de su horrible pelo colora- 
do, cuando el amante la estrujaba entre los brazos. La impudicia me suble- 
va. Se soltó el pelo, al subir la escalera, para provocar al hombre, que per- 
dió la cabeza. 

Veintiuno... Bastante oscuro. Pocas veces jabono en serio este escalón. Es 
una boca de lobo. Si mi corazón fuera un despertador, serviría más que el 
despertador de mi marido, que después de sonar no permite seguir dur- 



miendo. Dormir. Dormir, después de la inora en que iiay que levantarse. 
iCuándo tendré esa diciia! Una pequeña enfermedad es a veces agradable. 
Veintidós... Desde aquí se puede espiar la entrada y la salida de la gente. El 
balde lleno de agua y de jabón, a veces rebalsa y salpica a las personas que 
están en la planta baja. IMuchos creen que Isaura hace las cosas por trave- 
sura. ¿Qué travesura puede liacer alguien que trabaja de la mañana a la 
noche y de la noche a la mañana? Esas cosas las piensan los haraganes. 
Veintitrés... La oscuridad más perfecta asiste a este escalón. El portero 
nunca repone las bombillas quemadas. Es peligroso detenerse aquí. 
Veinticuatro... Una luz celeste siempre se filtra de la claraboya. Éste es un 
escalón celeste, donde caen a veces las flores del cajón de basura. Una ca- 
léndula encuentro hoy deshojada. IHay gente que gasta plata en flores! 
Isaura no puede gastarla ni para los muertos, salvo aquellas lágrimas de la 
Virgen, que temblaron en el viento de junio para su hija, nunca gastó ni un 
céntimo en flores. Cuando la ventana está abierta, en los pasillos que co- 
munican con la escalera, se oye el trote de los caballos del carro del leche- 
ro, del carro de la basura, del coche fúnebre. 

Veinticinco... Acostada sobre el hielo, Isaura ve nevar. En su mano tiene un 
ovillo de nieve. Lo devana, como el ovillo de lana de aquella bufanda que 
tejió. Sus plantas se apoyan en el aire y no sobre el piso, y su cuerpo sobre 
el último escalón. 

La boda 

¿Por qué me casé? Bien dicen "Casamiento y mortaja, del cielo bajan". Todo 
ocurrió por casualidad: muchas personas no lo creen. Estábamos sentados, 
Armando y yo, en los sillones de mimbre de la cocina, a las doce y media 
de la noche cuando llegó mi tía sombrero en mano. Tengo una cabellera en- 
rulada, que me llega a la cintura; se había enredado al mimbre del sillón. 
Armando la desenredaba en ese momento y seguramente parecíamos no- 
vios. Por el color violeta de su cara sé que mi tía, al vernos juntos a Arman- 
do y a mí -a tales horas, la punta de mi cabellera en la mano de Armando 
arrodillado a mis pies, para colmo de mi desdicha-, sé que mi tía pensó co- 
sas feas, aunque no dijo nada, porque hay que tragarse las cosas feas, se- 
gún ella misma aconseja. ¿Qué iba a decir? I^e quiere demasiado. Abrió la 
puerta de calle, extendió el brazo. La mano, el índice, indicando la salida a 
Armando, que se puso colorado. Tomó su abrigo, el pobre, y desapareció en 
la oscuridad del zaguán, sin decir "Adiós Filomena" como era su costumbre. 
-Ahora se casarán -repitió mi tía, durante muchos días-. Ahora se casarán. 
Armando y yo nos casamos. Nos casamos sin que yo lo deseara ni tratara 
de evitarlo. No me agradaba Armando, aunque tuviera buen porte, ojos 
grandes, tez morena y energía para el trabajo. Parecía, por más que no lo 



fuera, siempre sucio. Debajo de los puños de la camisa, entre las cejas, 
juntándoselas, adentro de su nariz y de sus orejas puntiagudas y en el na- 
cimiento de cada uno de los dedos se le veía un vello negro. 
-Los hombres tienen que ser peludos para ser hombres -decía Carmen. 
El día de nuestro casamiento fue el más frío del año. Nos tocó casarnos en 
el mes de agosto. Temí que la helada se transformara en nieve aquella ma- 
ñana y desbaratara de ese modo la fiesta que, después de todo, iba a ser lo 
más agradable de la boda. 

En casa de mi tía, esperamos a Armando para ir juntos a la iglesia. No está 
bien que una novia espere al novio y no me gustó la cosa. Se hizo esperar: 
estaba en el consultorio del dentista arreglándose la nueva dentadura y, 
cuando llegó, a pesar de la demora, todos lo felicitaron por lo buen mozo 
que estaba y yo tuve que sonreír. 

En la iglesia había otro casamiento lujoso, por eso el altar mayor estaba cu- 
bierto de flores blancas, de manteles con puntillas, que parecían trabajados 
a mano por las monjas, de cirios que reverberaban, lo que fue una suerte 
para nosotros. Después del casamiento, que duró lo que dura un lirio, a pe- 
sar de mi nerviosidad al contestar al cura si quería a Armando por esposo, 
nos esperaba la fiesta en la casa que habíamos alquilado: fiesta organizada 
por mis tíos, con mesas que parecían una sola, de cinco metros de largo, 
dispuesta en el centro del patio, con mantel blanco, flores blancas y toda 
clase de sándwiches, masas y empanadas en fuentes de cartón pintadas, y 
bebidas buenas, a más del chocolate espeso, que todo el mundo ponderó y 
bebió con preferencia. 

Los regalos estaban ordenados en el dormitorio: una colcha con una enor- 
me dalia en el centro; una fuente de plata con una cigüeña labrada; un sal- 
to de cama rojo con bordado azul Francia; un collar de perlas; una virgenci- 
ta de Luján que sirve de velador; una frazada de pura lana; un florero di- 
vino alto, de cuello angosto, tallado para una sola flor, de esas de género; 
una bombonera de material plástico muy novedosa; un par de chinelas de 
quedarse boba. 

Yo me sentía bastante alegre por la fiesta, si no pensaba que era la cele- 
bración de mi casamiento. Aquella noche debí de enfermar, pues al poco 
tiempo me llevaron al sanatorio, donde pasé un año, lejos de Armando. 
Cuando me dieron de alta y volví a mi casa, no podía creer a mis ojos. Ar- 
mando me había preparado una serie de sorpresas: una máquina de coser, 
una radio y una bicicleta. 

El médico me había prohibido hacer ejercicio y trabajar, eso era lo malo. 
Pero durante los primeros días me alegré mirando la bicicleta pintada de ro- 
jo. Armando me desagradaba siempre. Sus regalos no lo volvieron más 
simpático a mis ojos. Se me antojaba que era un bosque al mirar el vello de 
su pecho desnudo, o que era un mono, al verlo comer o vestirse por las 



mañanas, pero jamás el galán de cine que me seduce tanto. 

Dormía con un cuchillo bajo el colchón, por si entraban ladrones de noche. 

Este detalle, lejos de tranquilizarme, me inquietaba. Un día, temprano, oí 

una gritería en la calle: había una pelea. Salí al patio, abrí la puerta y una 

señora enorme con uñas pintadas y una hija emperifollada, preguntó por mi 

marido. 

-Venimos a buscarlo -dijo-. Ha seducido a mi hija. Está encinta. 
Comprendí la verdad: Armando me había traicionado. No pude soportarlo. 
Pensé primero matar o hacer abortar a golpes a mi rival, después acuchillar 
o quemar a Armando echándole una lata de nafta encendida; después sui- 
cidarme, pero no hice nada, no dije nada. 

Una mujer enamorada no puede sobrevivir a un engaño. Varias personas 
me aconsejaron que abandonara a mi marido, pero yo no puedo hacerlo. 
Por ahora me quedaré con él, porque uno se enamora, después de todo, 
una sola vez en la vida, pero, si vuelvo a ver a esa desvergonzada, lo mata- 
ré o me suicidaré. 

El progreso de la ciencia 

En otros tiempos los hombres no sólo conocieron la curación de la ceguera, 
sino el secreto del rejuvenecimiento. 

Un rey piadoso, cargado de virtudes e infinitamente bello, que tenía un solo 
defecto, la presunción, al sentir que envejecía mandó cegar a todos los 
súbditos, que trataban de imitarlo, para que no sufrieran un desencanto. 
El rey pensó que al no ser vista su desdicha, dejaría de existir. Se equivocó. 
No podía hacer nada sino lamentar su vejez. 

Mas uno de los súbditos, que era sabio, con el correr del tiempo decidió sal- 
var a ese rey que amaba tanto a su pueblo. El sabio y sus compañeros, con 
el vehemente deseo de salvar al rey, hallaron el modo de rejuvenecerlo. 
Como primera medida los sabios ordenaron la construcción de un palacio de 
hielo, donde encerraron al rey. Nunca se supo con qué productos químicos 
lo alimentaron durante varios meses. Al cabo de un tiempo, que pareció 
larguísimo al rey y brevísimo a los sabios, el rey volvió a ser como cuando 
tenía veinte años. Al verse en el espejo, tan hermoso, el rey suspiró de ale- 
gría y se contempló durante tres días y tres noches, sin comer ni dormir. No 
podía hacer nada, sino alegrarse de ser joven. Llamó a los súbditos para 
que lo admiraran, pero hombres, mujeres y niños miraron para otro lado, 
con sus miradas blancas. Llamó a todos los animales del reino, pero los 
animales no saben lo que es un hombre hermoso. Si hubiera sido una mu- 
jer, tal vez un mono se hubiera enamorado de él, pero no era mujer y no 
había monos en todo el territorio. Al cabo de un tiempo se cansó de los es- 
pejos, de vestirse y de peinarse, entristeció y quiso morir. 



-De qué me sirve mi belleza, si nadie la ve. Mi juventud está en los ojos que 
me miran -dijo, y llamó a los sabios, que llegaron guiados por sus perros 
lanudos. 

-Ustedes tienen que devolver la vista a los ciegos -dijo el rey, que seguía 
lamentándose- o moriré. ¿Quién me mira? 
-Majestad, los animales tienen ojos que ven. 
-Los animales me aburren. 
-Juegue al diábolo. Es un juego solitario. 
-Quiero que las personas me vean -gritó desconsoladamente. 
Los sabios se encerraron en sus casas para leer y estudiar, pero los libros 
para ciegos se leen lentamente, y las manos aprenden lentamente a reem- 
plazar los ojos que no ven. Hicieron experimentos con muchos reptiles, 
animales feroces y domésticos. 

El rey lloró tanto que envejeció de nuevo en poco tiempo. Las lágrimas de- 
jaban huellas en sus ojos y sus dos cejas afligidas marcaban arrugas en la 
frente. "¿Qué hacen los sabios?" pensaba, con resentimiento nocivo. 
Los sabios, que no alardeaban de sus descubrimientos, preparaban una 
sorpresa para el rey: en un día determinado devolverían la vista a todos los 
ciegos. Fue difícil organizar las cosas. El rey, al ver llegar ese ejército de vi- 
dentes, que llenaba las calles, se ocultó en el palacio de hielo. Se cubrió la 
cara con una máscara verde, y el mismo día ordenó a los sabios, bajo pena 
de muerte, que cegaran de nuevo a los súbditos, hasta que él rejuvenecie- 
ra. 

Varias veces el rey recuperó la juventud y los ciegos la vista, siempre a 
destiempo, con igual zozobra que la primera vez, pues los sabios no podían 
comprobar, por ser ciegos, en qué momento el rey había rejuvenecido; pero 
la vida no es eterna y tiene que terminar, aun para los que rejuvenecen. 
Por eso mismo el rey, después de cien años en plena juventud, antes de 
morir, destruyó el secreto de los sabios. 

"No quiero -dijo en su testamento- que otros reyes rejuvenezcan, ni que los 
ciegos recobren la vista, si no es para mirarme a mí. Quiero que la historia 
de mi reino, con su dicha y su dolor, sea única en el mundo. Además esta 
costumbre que hemos adquirido podría convertirse en moda, y detesto la 
moda. El plagio no se practica sólo en literatura, detesto también el plagio. 
Conozco un pelagatos, rey de no sé dónde que pretendía arrancar los ojos 
de su cónyuge para que no le viera los párpados hinchados. Otro pelagatos 
más conocido, rey también, hizo perforar los tímpanos de sus discípulos (un 
famoso orador) para que no oyeran los desvarios de su vejez." 
Después de redactar su testamento el rey se suicidó con los sabios, que le 
agradecieron, hasta en el último suspiro, el honor que les hacía de morir 
con ellos, sin advertir que lo hacía por egoísmo, o más bien dicho, por inte- 
rés, para poder disponer de ellos en el cielo o en el infierno, donde creyó 



que también envejecería. 



Visiones 

La oscuridad. El no ser. ¿Puede existir algo más perfecto? Los momentos se 
entremezclan. Como una víbora una sonda baja por la garganta. El médico 
es una mezcla de torturador y de joyero. Se inclina sobre mí, me deslumbra 
con un foco de luz intensa. Me ordena, me perfora, me martiriza. Mi orga- 
nismo se confiesa con él. Soy dócil. No sufro. Hay que entregarse. Vuelvo a 
la oscuridad. Vuelvo a no ser. 

Despierta, a medias, lo primero que veo es un cuadro que me esfuerzo en 
descifrar. Pienso en los peores pintores ingleses, hasta llegar a Dante Ga- 
briel Rossetti. Esta mujer, con el pelo iluminado de atrás, es Beata Beatrix. 
Recuerdo la inscripción en latín que Rossetti grabó en el marco: QUOMODO 
SEDET SOLA CIVITAS: ¿Por qué estoy viendo ese cuadro, con una luz tan 
falsa? Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos. No es un cuadro. Es una persona 
que me cuida, con el pelo iluminado y la cara en sombra. El cuarto está a 
oscuras. Cuando se enciende la luz, miro el cuarto y creo que es el mío. Si 
no salí de mi casa tengo que estar en ella, en mi cuarto. 
La puerta está colocada a la izquierda, en mi cuarto está a la derecha. Hay 
un mueble oscuro, pequeño, con un espejo ovalado encima, en el mío hay 
una cómoda grande, con una virgen dentro de un fanal. Las persianas son 
de madera, se suben y se bajan por medio de sogas; en el mío las persia- 
nas son de hierro y se abren lateralmente, en tres partes. La luz eléctrica, 
que ilumina el cuarto, está colocada en un cuadrángulo de vidrio, en el cen- 
tro del techo; en el mío hay sólo dos lámparas, con pie de plata, sobre las 
mesas de luz. Soy distraída. He vivido tantos años en esta casa, sin advertir 
que en mi cuarto hay dos clases de persianas; unas de subir y bajar, mo- 
dernas, que se componen de listones de madera liviana, y otras, an- 
ticuadas, de hierro pesado, que se abren lateralmente, en tres partes. Soy 
tan distraída que nunca llegué a advertir que hay luz, no sólo en las lámpa- 
ras con pie de plata, sino dentro de ese cuadrángulo de vidrio insertado en 
el techo, que nunca encendí, por no haber descubierto el conmutador. Me 
extraña, sin embargo, no haber visto hasta ahora ese vidrio esmerilado, en 
el techo, que llama la atención y que estoy mirando todo el tiempo. Ade- 
más, la Virgen bajo el fanal no está; ni la cómoda. La Virgen me preocupa. 
Si yo volviera la cabeza, como una lechuza, bruscamente, hacia atrás, la 
encontraría, tal vez. Para limpiar los objetos que hay en un cuarto, sin rom- 
perlos, aunque rara vez se limpien, ya que siempre están sucios, alguien los 
saca del lugar habitual y los coloca en otro sitio. La Virgen debe de estar en 
un rincón, debajo de un mueble, o detrás de la cabecera de la cama. ¿Una 
sirvienta la habrá limpiado? Pero no puedo volverme hacia atrás. En vez de 



la cómoda, que ocupaba la pared lateral y no la que tengo frente a mi ca- 
ma, veo ese mueble amorfo, diminuto, con un espejito. ¿Estaré en Córdo- 
ba? ¿Estaré soñando con Córdoba? Allí en una casa había muebles pareci- 
dos. No, no estoy en Córdoba. Debe de ser un regalo que alguien me ha he- 
cho para mi cumpleaños; alguien que me quiere, pero que no sabe cuáles 
son los regalos que me agradan. ¿En qué momento se introdujeron esos 
objetos en mi cuarto, y quién los trajo? Serán muy livianos. Cualquiera los 
carga y los lleva de un lugar a otro. No tengo que preocuparme. ¡Qué im- 
porta quién los trajo! A cualquiera de las personas que están aquí les agra- 
decería este regalo que no me gusta. Por si alguna de ellas me lo regaló, 
sonrío. ¿Y ese cuadrito? Está colgado en la pared de la izquierda, sobre una 
especie de cama turca, muy cómoda sin duda, y que vislumbro desde mi 
cama como si yo estuviese encaramada sobre una montaña. Jamás vi esa 
cama en mi cuarto ni en ningún otro cuarto de mi casa. Los muebles tienen 
vida propia, no es extraño que salgan y entren, se turnen, se reemplacen 
por otros cuando quieren. ¿Acaso no es mejor que sea así? ¿Qué hay de ex- 
traño en este cuarto? ¿Vale la pena decirlo a alguien? Tal vez se lo diga a la 
primera persona que se acerque: a la enfermera. Su delantal cruje: está 
muy almidonado, tan almidonado que parecería de yeso, si el yeso fuera 
brillante. A esta enfermera le gusta ser enfermera. Lástima que a todas las 
personas no les guste, como a ésta, su trabajo. Es feliz. A veces la sigue un 
raudo y diminuto perro, que no alcanzo a ver bien. 

Pero antes de ser interrogada por mí, la enfermera me contesta con una 
pregunta: 

-¿No sabe dónde está, querida? 
-No. 

-En el sanatorio, querida. 

-Con razón. 

-¿Con razón, qué? 

-Con razón no reconocía mi cuarto. 

-No se asuste. 

Qué corta sería la vida si no tuviera momentos desagradables que la vuel- 
ven interminable. En un cuarto, que no es el mío, creyendo durante horas 
que es el mío, trato de situarme: iy no muero! 

Como el arquitecto que encuentra el plano perdido de una casa, o el nave- 
gante o el explorador que se orienta con una brújula que parece rota, o 
más bien como un animal que se acomoda en una nueva madriguera, tra- 
tando de recordar la anterior, me tranquilizo y averiguo, para tranquilizar- 
me mejor, en dónde está el sanatorio, si la ventana de mi cuarto mira al río 
y desde cuándo estoy alojada aquí. 

Los ruidos acumulan sus perversas historias a mi alrededor. 

¿Qué es la sierra que está chirriando todo el día, desde las horas más tem- 



pranas? ¿Desmenuza seres humanos? ¿Les tritura los huesos, hasta que los 
transforma en arena? ¿Con esos materiales ahora construyen las casas? ¿Y 
ese ruido, como de agua en ebullición, que sube de los sótanos y del piso 
bajo? 

¿Son labios que rezan o son calderas del infierno que preparan líquidos hir- 
vientes para los infieles? Recuerdo que yo canté en el coro de una lejana 
capilla. ¿En una clínica? Como zumbido de moscas eran las voces. ¿Serán 
las mismas? Y ese rugido de fieras de la gente que se junta en los pasillos, 
¿en qué se transformará? En monstruos desolados o en una caravana de 
hombres con disfraces improvisados con jirones de sábanas o de toallas 
húmedas, que se dirigen al desierto, llevando provisiones incomibles y he- 
diondas. IHay tantos días de carnaval cuando no es carnaval! 
Estas caras parecen dibujadas por la oscuridad. Súbitamente las veo. Se 
distinguen entre los muebles, materiales como ellos. Son las caras de los 
médicos. Tienen manos, no tienen cuerpo ni alma. Congestionadas, se me 
acercan, son ellas las que sufren. Son las próximas víctimas. Sufre menos 
el que sufre que aquel que ve sufrir. 

Encienden la luz bruscamente, como si quisieran sorprenderme cometiendo 
algún pecado inconfesable. Uno de ellos, mezcla de dios y de locomotora, 
tiene un faro en su frente de especialista. 

Me sientan, me golpean, me destapan, me gritan, me palpan, me ponen el 
termómetro, me hunden el dedo en el abdomen hasta hacerme gritar, me 
pellizcan con un manómetro en el brazo. 

-Respire -me dicen-. No respire -me dicen, hasta que me pongo violeta. 
iCuántos enfermos habrán muerto en los hospitales por ser auscultados! No 
quiero pensarlo. Un ejercicio tan violento podría matar a una persona sana, 
pero tal vez la salve porque no la deja dormir. Después de todo, el sueño es 
la prefiguración de la muerte. 

A fuerza de interrupciones, el tiempo se alarga. El reloj con su cara redonda 
y lívida, me mira. Es eterno como el sol: sus horas no se extinguen, como 
los rayos. 

Ocho diarias visitas de médicos hacen de un día un año. ¿Habrá que agra- 
decer que lo desagradable nos permita medir el tiempo? 
El suero cae gota a gota. Un reloj de arena, para cocinar huevos pasados 
por agua, una clepsidra, en un jardín perdido, en Italia, son menos obsesi- 
vos. Hay algo de fiebre en la arena que cae, en el agua que cae. La aguja 
clavada en la vena se transforma en nuestra vena. No la miro. 
No me gustan las venas grises de acero de las máquinas. Soy como una 
máquina, pero las venas humanas tienen un color diferente. Azul, azul. La 
tinta y la sangre. La tinta azul y la sangre roja se parecen. 
Hay inundaciones en Buenos Aires. Lo sé porque lo siento. Lo sé por los dia- 
rios (sin leerlos): están crepitando en el cuarto vecino. 



Es el aniversario de una suerte de reina. Es de noclie. Oigo los tambores 
que lo celebran. La gente congregada en la plaza improvisa altares y modu- 
la, a través de instrumentos de viento, la célebre sinfonía. ¡Qué extraño que 
yo nunca la haya oído! La banda de música viene del río y, cada vez más 
exaltada, modula una melodía sublime. Yo no usaría la palabra "sublime" 
para ninguna música. ¿Pero con qué otra palabra podría designar a ésta? En 
la nota más aguda, que entra en los oídos como a través de un largo alfiler, 
la gente se turba de tal modo que el sonido trémulo vibra, se prolonga in- 
definidamente... iCómo no oí antes esta música tan conocida! Cuántas gra- 
baciones habrá de ella dirigida por diferentes directores de orquesta, modi- 
ficada con distintos ritmos. 

Los niños sordomudos de la plaza, como si la conocieran, se hamacan con 
frenesí. No se arrodillan frente a los altares improvisados, porque son de- 
masiado nerviosos. Los niños son los privilegiados. Toda la noche dura esa 
música. Es como una imprecación. ¡Qué dramática, qué larga, qué intermi- 
nable! Al alba, hombres solitarios, en las azoteas rosadas la silban equivo- 
cando la entonación, pues no la conocen bien. No sé en qué momento so- 
lemne y diáfano desaparece la última vibración de esa música, en cuyo 
amanecer el día no llega nunca, como en el goce de los yoguis la eyacula- 
ción. Pocas horas después irrumpen en mis ojos deslumhrados, primero los 
colores y después las visiones, que me maravillan. Se derrama súbitamente 
un color amarillo que mi vista jamás ha registrado. Como un aviso luminoso 
traza sus contornos sobre un agua lila (color lila que parece indicar el 
agua). Dentro de la zona amarilla (que representa la tierra), nítidamente 
dibujadas se perfilan grupos de personas temerosas, grises, inmóviles, aga- 
zapadas, como esculpidas en piedra, debajo de innumerables parasoles, 
como los parasoles del Buda, salvándose de algo. ¿De qué? Se me antoja 
que todo esto es un mapa del mundo cuajado de monumentos. 
En el cuarto contiguo alguien lee en los diarios las noticias de las inundacio- 
nes. Yo conocía un perro que dormía sobre los diarios. El crujir de los pape- 
les, cuando se movía o suspiraba, me hacía pensar que estaba leyéndolos. 
Una mancha de humedad aparece en la pared donde está apoyada la cabe- 
cera de mi cama. La busco inútilmente en el espejo que está frente a mí. 
Me preocupa. Sé que es verde, violeta, azul, como un moretón y que se 
agranda. ¿Será el símbolo de mi enfermedad? Me duele esa mancha de 
humedad como si estuviera en mi cuerpo. Llaman a un hombre para que la 
vea. ¿Será un plomero? Lleva una valijita marrón. El hombre palpa, golpea 
la pared, me ignora. Suspira. 

Pienso en las ilustraciones del Libro de Job y de Las Puertas del Paraíso de 
William Blake. 

-No hay nada que hacer -exclama, y sale del cuarto con su olor a masilla-. 
Todos los años es lo mismo. Viene de la casa de al lado -agrega, volviendo 



a entrar en el cuarto. La enfermera me da de beber. El agua no tiene gusto 
a agua. 

-Buen provecho -me dice el plomero. Llaman a la hermana de caridad. La 
hermana de caridad acude; como obre rueditas se desliza con su falda os- 
cura y su cara feliz, de muñeca. Opina que los caños son misteriosos. Ha- 
bría que echar abajo la casa, para averiguar de dónde proviene la hume- 
dad. Sale del cuarto, con llaves y rosarios. 
Antiguamente llevaban regalos a los muertos. ¿Estaré muerta? 
Me traen un ramo fétido de lágrimas de la Virgen, dos camisones verdes, 
dulce demasiado dulce, corazones de chocolate, un ramo de rosas, que me 
repugna, una planta de ciclamen, que regalo a la Virgen, una caja de bizco- 
chos, caldo que me da náuseas. 

Hay automóviles en la calle, un teléfono en el cuarto. ¿Estamos en qué épo- 
ca? A los muertos ahora se los despoja de todo lo que tienen, de los anillos 
y de las emplomaduras, porque son de oro, de los ojos, porque la córnea se 
utiliza para otros ojos, de la piel o del pelo, porque se hacen injertos y pelu- 
cas. No me han quitado nada: no estoy muerta. 

IQué sucederá afuera! Tengo que averiguarlo. Los árboles seguirán crecien- 
do, preparando nuevas estaciones. El monumento atroz con pedestal de 
mármol rosado y mujeres de bronce, que desde aquí, por la ventana, podría 
vislumbrar, tendrá siempre esas vetas amarillas, que no pertenecen al 
mármol sino a la orina de perros que pasean, o de hombres nocturnos con 
amores diuréticos. 

-¿Quiere que le acomode la almohada? 

Cuando entré en esta mansión felizmente el invierno había arrancado ya las 
hojas de los árboles y el otoño, que es mi estación favorita con sus dorados 
frutos, había huido. 
-¿Quiere tomar agua? -me preguntan. 

La suave, la tersa, la blanda podredumbre de los jardines públicos, donde 
los hombres acuden a tomar aire y a masturbarse, está cerca. Si abren la 
ventana entra ese viento sucio que da la ilusión de ser limpio porque es 
frío, ahora en invierno. Hay gente que se sienta, que está sentada, en los 
bancos; mujeres que tejen mirando a sus propios hijos y a los ajenos, 
mendigas con cargamentos de ropa y de vasijas llenas de pan viejo que 
huele a naranja; hombres que se arriman a seres humanos y a vegetales, 
con igual pasión, para decirles secretos; perros cuidados o perdidos, gatos 
histéricos, que copulan, llenando la noche de gritos eléctricos. 
-¿Un juguito de fruta? -me ofrece una voz almibarada. 
-¿Cómo llegué aquí? -pregunto. 
-En una ambulancia -me dicen. 
-¿Y cómo me trajeron? 
-En la camilla, por el ascensor. 



Llegué en la oscuridad, como un ratón por un sótano, sin un sueño, rígida, 
sin una sola sensación, inmóvil. En la infancia jugaba a las estatuas, con 
temor de ser estatua, al cuarto oscuro (juego afrodisíaco), con miedo de 
desaparecer. Había que cerrar los ojos. 

Esta vez, pienso, jugué en serio a las estatuas y a la oscuridad. 
La araucaria, tiznada y enorme, el gomero, irreal, se nutren de excremen- 
tos, de semen y de vidrios. Nadie los riega salvo Dios, cuando llueve. Hay 
una voluntad de existir por encima de todo y a pesar de todo, hasta en los 
árboles. Pero si la forma de un individuo pasa a otra, si nada se pierde ipor 
qué luchar tanto por conservar una determinada forma que, en resumidas 
cuentas, podría ser la inferior o la menos interesante! 
-¿Cómo se llama? -pregunté a la enfermera. 
-Linda Fontenla. 

A Linda Fontenla le gusta conversar; también le gusta la gravedad de los 
enfermos. ¿Qué es una persona sana? Un cachivache sin interés. La vida 
para Linda Fontenla es un sinfín de enemas, de termómetros, de transfu- 
siones, de cataplasmas hábilmente aplicadas y distribuidas. Si se casa, se 
casará con un enfermo, que es una persona atrayente para ella, un paquete 
de hemorroides, un hígado demasiado grande, un intestino perforado, una 
vejiga infectada o un corazón lleno de extrasístoles. 

-Un viejo que yo estaba cuidando, aunque usted no me crea, quería acos- 
tarse conmigo, ¿se da cuenta? Qué sinvergüenza tendrá que ser. Me ofreció 
todo, hasta casarse. Lo mandé a freír papas a otra parte. A mí, por eso, no 
me gusta cuidar hombres. Todos son iguales. No se les puede ni poner tal- 
co, créame lo que le digo. Quieren divertirse, eso es lo que quieren. 
-¿Me estaré muriendo, Linda? 

-Querida, qué disparates dice. ¿Quiere que le traiga el espejito de mano pa- 
ra que vea lo bien que está? Aquí lo tiene. Mírese. Ayer sí que estaba mal. 
De veras que tuve miedo. 

-Pero ayer usted me dijo que yo estaba muy bien. 
-¡Hay que decírselo para animarla un poco! 

Me miro en el espejo de mano, pero, simultáneamente, miro la mano de la 
enfermera. Cuántos dedos pintados tienen las enfermeras; mucho más que 
la generalidad de las personas. 

-Tengo cara de oveja -oigo mi voz, como si fuera ajena. 

-¿De oveja? Se ve la cara de oveja, i Me hace reír! 

-Esa cara de oveja que tienen los enfermos. 

-Es la primera vez que me dicen eso. 

-Tendría que saberlo, usted. 

-No hable tanto que se le acelera el pulso. 

Me miró la palma de la mano. 

-Me dijeron que sabe leer las líneas de la mano -prosigue Linda-. ¿No me 



las leería, un día? 
-Si no me muero. 

-iOtra vez con lo mismo! Déle que te déle con la muerte. Hay que pensar 
en cosas alegres. ¿Quiere que le cuente algo? Cuando llegué esta mañana, 
en los pasillos de entrada un grupo de mujeres lloraba y rezaba. Pensé: 
Zas, murió mi enferma. Era el vecino, ¿se da cuenta? ¿A quién se le ocurre? 
Con caras de tres metros, estar llorando. Asustan a cualquiera. 
-Pero ¿no sería por mí que lloraban? 

-No había nadie de su familia, ninguna amiga suya. Esté tranquila. ¿Ahora 
empieza a desconfiar? 
-No me importa un pito. 
-Ya lo sé. Es una broma. 
-Apague la luz. 

Estoy absorbida por mis visiones. Vuelvo a mirar la penumbra del cuarto 
entretejida de colores brillantes. Es al principio un paraíso para mis ojos. Me 
aventuro con miedo, como sucede con el amor. Que nadie me hable, que 
nadie me interrumpa. Asisto al momento más importante de mi vida. En la 
pared blanca del cuarto se desarrolla la historia del mundo. Tengo que des- 
cifrar los signos, cada vez más complicados. Ya comenzó con aquel planisfe- 
rio, con tierra amarilla, agua lila y personas agrupadas con perfil de bison- 
tes, guarecidas debajo de innumerables parasoles. ¿Qué imágenes me es- 
peran ahora? Cambian como por magia. Veo una cabeza asomada a una 
ventana. La ventana la forman cuatro piedras grandes. La cabeza es her- 
mosa, casi angelical, podría decirse, hasta que las piedras de arriba y de 
abajo empiezan a juntarse. La boca ríe, muestra los dientes, como las más- 
caras de las tragedias griegas. Los colores se apagan. Una expresión de do- 
lor aparece en el rostro: las piedras trituran la cabeza aterrada y aterrado- 
ra. Ansio ver otra visión. Las provoco. ¿Cómo? Tengo un poder sobrenatu- 
ral, pero limitado. No siempre consigo ver cosas hermosas ni tranquilizado- 
ras. ¿Los dibujos de Blake no me agradan? Estas visiones parecen salidas 
del Libro de Job o de Las puertas del paraíso. Un sinfín de caballos negros, 
con brillantes arneses, cubren la pared. No sé a qué carruajes estos caba- 
llos están atados, ni a qué siglo remoto corresponden. Me deslumhran tanto 
que no puedo fijarme en aquello que los rodea. Silenciosos cascabeles 
acompañan su trote pausado. Una alegría indescriptible los acompaña. ¡Qué 
triste sería que estos caballos no vuelvan más! Ya se desvanecen como las 
nubes del poniente. lEran tan precisos y tan nítidos! ¿Dónde huyeron? Estas 
visiones serán como los cielos que nunca se repiten. Ahora, con un trote 
idéntico al de los caballos, como si los miembros se movieran dentro del 
agua, cuatro arlequines giran en círculos. Hay muchos otros arlequines; el 
cuarto está lleno de arlequines, pero estos cuatro cautivan mi atención. 
¡Quisiera que nunca se fueran! Los caballos en cierto momento me dan 



miedo; son negros; pueden ser lúgubres, fúnebres. Pero estas figuras, en 
cambio, no pueden ser sino arlequines, leves, alegres, inmateriales. Mirar- 
los es como hacer el amor eternamente, como haber descubierto la perfec- 
ción, como estar en el cielo. Pero presiento al mirarlos que desaparecerán, 
que nada podrá reemplazarlos. 

El interior de un cuarto aparece con personajes alegres que forman parte de 
un mundo desconocido; luego, al aire libre, una altísima escalera, hecha de 
piernas que suben, se perfila sobre el cielo azul. Y cuando creo que ya no 
vuelven más, los arlequines aparecen con esos movimientos lentos que los 
cuerpos logran hacer sólo dentro del agua. Un regocijo incontenible se apo- 
dera de mí. Vuelven, porque yo deseo con fuerza que vuelvan. ¿Mi poder 
sobrenatural se habrá perfeccionado? Pero ya se desvanecen y figuras mís- 
ticas los remplazan; primero los apóstoles y luego Jesús. Jesús, con una co- 
rona de espinas sobre el lienzo de Santa Verónica, pero la cara hermosa de 
Jesús se transforma en la cara de un mono y miro para otro lado, a mi de- 
recha. Veo un armario, pegado a mis ojos: un armario de caoba lustroso, 
que no abriré nunca. El armario se transforma en cuanto dejo de mirarlo. 
Ahora es un armario común, de cedro, barnizado, con manchas de cal. No 
quiero mirar a mi izquierda. Frente a mí veo ahora un jardín cubierto de en- 
redaderas gigantescas, que crecen hasta el cielo, y entre esas enredaderas, 
estatuas de mármol, que también crecen hasta el cielo. Después veo brillar 
una montaña de piedra pero advierto que las piedras son personas ape- 
ñuscadas, que se matan entre ellas, personas de piedra que se matan con 
piedras. A medida que esa montaña acumula muertos crece, los hombres 
de piedra se reproducen. 
Un león blanco brilla y ocupa toda la pared. 

Cuando alguien entra en el cuarto y enciende la luz, las visiones desapare- 
cen pero el cielo raso se cubre de rosas hermosísimas o de rayas de todos 
los colores del arco iris. 

Un bailarín con piernas largas lleva el cuadrángulo de vidrio de la luz (como 
un escudo) en sus manos, lo aleja del centro del cielo raso, después vuelve 
y se acerca de nuevo al centro del cielo raso. Dejo de mirar el techo, para 
admirar las rosas, que resaltan sobre un follaje interminable. Jamás vi rosas 
sobresalir del aire con tanta vehemencia. Las veo resaltar como a través de 
varios lentes de aumento. Después se achican, se vuelven casi impercepti- 
bles y más hermosas aún. La luz del cuarto de al lado se apagó. El ángel se 
asoma. Un jardín chino aparece lentamente, con lentitud de calcomanía. 
Como si atesorara tarjetas postales para un álbum, miro esta imagen desde 
todos los ángulos posibles. Temo que desaparezca. Si pudiera escribir al pie 
una fecha, un nombre, lo haría. Desaparece. Nada me consolará de su 
desaparición. Era un jardín profundo que atesoraba una pagoda. El bambú 
se mecía, seguramente con el viento, y había sombra y lagos y ríos con ca- 



noas inmóviles. ITodo es inmóvil! 

Este barco de oro que estoy viendo, con un millón de cabezas que asoman 
por la borda, no avanza, o si avanza, avanza conmigo en un mar azul. Es 
un barco griego. Lleva cabezas de hombres, como frutas, frutas sin cueros, 
frutas con caras, todas del mismo tamaño y peladas. 

Ahora las personas envejecen inmediatamente, de la dicha pasan al dolor, 
de la bondad a la crueldad, de la belleza a la fealdad. ¿Por qué? Nada per- 
manece. ¿Por qué? ¿Estoy sufriendo? ¿Cada cara es un símbolo de lo que 
siento, sin saberlo? 

Existe un ángel que estoy esperando. No está; no estuvo en mis visiones. 
Oigo su paso, siento su mano, me da de beber, me da de comer. Atesoro 
imágenes para él, figuritas de esas que pegan los niños en los cuadernos. 
iSi le agradaran! iUn cuadro pintado, un libro escrito, no me agradarían 
tanto a mí! 

La belleza no tiene fin ni aristas. La espero. Mas ¿dónde está mi lecho, para 
esperar cómodamente? No estoy acostada, no consigo estarlo. Un lecho no 
es siempre un lecho. Está el lecho del nacimiento, el lecho del amor, el le- 
cho de la muerte, el lecho del río. Pero éste no es un verdadero lecho... 

El lecho 

Se amaban, pero los celos retrospectivos o futuros, la envidia recíproca, la 
desconfianza mutua, los carcomía. A veces, en un lecho, olvidaban estos 
desventurados sentimientos y gracias a él sobrevivían. A una de esas ve- 
ces, la última, me referiré. 

El lecho era mullido y amplio y tenía una colcha rosada. El centro de la ca- 
becera, de hierro, representaba un paisaje con árboles y barcos. El sol del 
poniente iluminaba una nube que parecía una llama. Cuando se abrazaban, 
el que tenía la suerte de estar colocado boca abajo, besando la otra boca, 
contemplaba aquella nube, atraído por el fulgor insólito que la iluminaba, a 
través de los caireles de una araña con tulipas rojas y verdes. 
Se demoraron en el lecho más que de costumbre. Los ruidos de la calle cre- 
cieron y murieron con la luz. Se hubiera dicho que el lecho navegaba sobre 
un mar sin tiempo, sin espacio al encuentro de la dicha o de algo que la 
remedaba equívocamente. Pero hay amantes temerarios. La ropa, que se 
habían quitado, estaba cerca, al alcance de la mano. Las mangas vacías de 
una camisa colgaban del lecho, y de un bolsillo había caído un papel celes- 
te. Alguien recogió el papel. No sé lo que contenía ese papel celeste, pero 
sé que produjo disturbios, investigaciones, odios irreprimibles, disputas, re- 
conciliaciones, nuevas disputas. 
El alba se asomaba a las ventanas. 

-Hay olor a quemado. Anoche soñé con un incendio -dijo ella, en un mo- 



mentó de horror, frente al enojo de él, para distraerlo. 
-Invenciones de tu olfato -dijo él. 

-Estamos en el noveno piso -agregó ella, tratando de parecer asustada-. 
Tengo miedo. 

-No cambies de conversación. 

-No cambio de conversación. El fuego hace ruido de agua, ¿no oyes? 
-Invenciones de tu oído. 

El cuarto estaba intensamente iluminado y caliente. Era una hoguera. 

-Si nos abrazáramos, nos quemaríamos tan sólo la espalda. 

-Nos quemaremos enteros -dijo él, mirando el fuego con ojos enfurecidos. 

Anillo de humo 

A José Blanco 

Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. Él caminaba por la calle 
vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un perro 
negro que, al cruzar la calle fue atropellado por un automóvil. El perro, au- 
llando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la vieja quinta, para 
guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del perro pa- 
ra admirar la belleza de Gabriel. 

-IDegenerado! -exclamaron las personas que te acompañaban. 
Amaste su perfil y su pobreza. 

Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las caballe- 
rizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y juguetes para 
los niños del barrio. Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia aparecieron. 
Alguien dijo: 

-Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta. Es un 
sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos mató al 
panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas. 
Gabriel tuvo que irse.. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia. 
Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al 
panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la espe- 
ranza de tal vez verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la 
quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías. 
Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para ir 
al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te gustaba 
y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. Te reclinabas sobre el 
alambrado en posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba del 
caballo, saltaba el zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus ami- 
gas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza? El 
traje de mecánico de Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor 



vestidos. 

Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en vano. 
Ellas no conocían los misterios del amor. 

Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De lejos bri- 
llaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o como una 
mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera prolongación de tu 
sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el camino, se 
desataba el moño, entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te reco- 
gías el pelo y volvías a atarlo, arrodillada en el suelo. 

Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel in- 
ventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu bolsillo, se la da- 
bas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después fumaban, 
mirándose en los ojos. Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te los so- 
plaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas de 
amor, iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los ciga- 
rrillos para encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste. 
Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de ma- 
traca. Cuando volviste a la clase, oíste que el padre hablaba con tu madre. 
Era de ti que hablaban. 

-Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del guardabarreras. 
¿Te das cuenta? Con el que mató al panadero por cinco centavos. Hay que 
ponerla en penitencia. 

-Son cosas de chica, no hay que hacer caso. -Tiene once años ya -dijo la 
madre. 

No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola. Fingías dor- 
mir la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar, llorabas 
detrás de las persianas o el mosquitero. 

Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de Gabriel 
y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén hablando de los 
cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho palabras obsce- 
nas o con doble sentido. 

Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu anillo. 
Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro. 
-Vamos -le dijiste- a las vías del tren. 
-¿Para qué? 

-Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río. 
Verdad y mentira salían juntas de tus labios. 

Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a las 
vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te arrodillaste sobre 
las piedras. 

-¿Dónde perdió el anillo? -te preguntó, arrodillándose a tu lado. 
-Aquí -dijiste, apuntando el centro de los rieles. 



-Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí -exclamó con 
desdén. 

-Quiero que nos suicidemos -le dijiste. 

Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las som- 
bras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas pasaron 
sobre tu cuerpo. 

Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste dentro del 
aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira un pez cuando 
hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos sucesivos, lo ima- 
ginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las quintas, con su 
traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza. 

Fuera de las jaulas 

El león miraba a Enrique Donadío. La opinión que este último tenía de los 
leones había variado. Otro misterio los envolvía deslumhrándolo como en la 
infancia. Los leones llevaban enormes máscaras de cartón con melenas que 
se apolillan, quizá, en verano. El armiño que usan los reyes también se apo- 
lilla. Eran todopoderosos y reumáticos. Una amenaza oscura se desprendía 
de ellos: la amenaza provenía de lo escondido y lejano que estaba el verda- 
dero ser, que suspiraba tras del vidrio impenetrable de los ojos y del cuerpo 
vacío, sosteniendo, como por encanto, una máscara de gigante, que rugía. 
Enrique Donadío, reclinado contra la baranda de hierro que lo mantenía a 
un metro de distancia de las jaulas, miraba fijamente al león. De vez en 
cuando estiraba el brazo y emitía un sonido de besos, como solía hacer 
cuando llamaba a los perros (pues no sabía silbar, sino más bien soplar, de 
un modo ridículo). El león, que en los primeros tiempos quedaba impasible, 
con fijeza de muerte en los ojos, empezaba a reconocerlo. Un día le habló: 
"La luz me deslumhra a veces", dijo en voz baja. "Quiero ser libre." Enrique 
Donadío creyó que esas frases eran prueba de un cariño inconfundible. 
Enrique Donadío consagraba las tardes del jueves y de domingo a pasear 
por el Jardín Zoológico. En cuanto entraba sus pasos lo encaminaban al pa- 
bellón de las fieras. A través del león se había interesado por los otros ani- 
males. La jaula del león era como un puente que lo llevaba de jaula enjau- 
la; establecía comparaciones de colores y de formas. 

Enrique Donadío, que era profesor de dibujo y de inglés en una escuela, 
había llevado a sus alumnos al Zoológico. Su clase se componía de diez ni- 
ños, de los cuales cinco solamente habían podido salir con él esa tarde. A 
menudo los llevaba los domingos o días de fiesta; allí los niños hacían dibu- 
jos y aprendían los nombres de los animales en inglés y en alemán. 
Enrique Donadío era un hombre alto, serio y delgado. Era miembro de la 
Sociedad Protectora de Niños, Pájaros y Plantas. Tenía un proyecto en el 



que había pensado continuamente desde hacía tiempo, quizá desde la pri- 
mera vez que había vuelto al Zoológico, después de su infancia: abrir las 
jaulas, soltar todos los animales y restituirles la libertad. Para llevar a cabo 
el plan era necesario que alguien lo ayudara, y esos cinco niños estaban 
dispuestos a hacerlo. Al principio se burlaban del león, le gritaban insultos, 
le arrojaban flechas de papel, pero lentamente, contagiados por una misma 
ternura (así pensaba Enrique Donadío), quisieron al león como a un perro 
sin amo, un perro bueno y misterioso, lleno de secretos encerrados en una 
jaula. Pero eso no era bastante para persuadirlos de que era necesario sol- 
tar no sólo al león, sino a todos los otros animales. Enrique Donadío ejerció 
sobre ellos una gran fascinación. 

-Cada uno de nosotros se parece a uno de estos animales -solía decirles-. 
¿A cuál de ellos preferirían parecerse? 
Cada niño elegía su animal, lo remedaba. 

Hacía tres noches que no dormían esperando el día señalado por el profesor 
de inglés. Hacía tres días que comían de prisa como si fuesen a perder un 
tren. Enrique Donadío, pausadamente, les había hablado de las noches en 
el Zoológico; noches que son, para el que penetra en ellas, un sueño ver- 
dadero y no banal, como son los sueños habitualmente. Cuando era niño, 
hasta los diez años, había vivido en Dublín. Su tío era director del Zoológi- 
co; allí vivía en un pabelloncito, y lo llevaba con él, a veces, de noche. En 
aquella época lo acusaron de bestialidad, cosa que no pudo contar a los ni- 
ños. 

Nunca podría olvidar la noche del Jardín Zoológico de Dublín. Tenía que 
dormir en un pasillo, pegado al cuarto de su tío, que pasaba las noches de 
invierno y de verano con las ventanas de par en par abiertas. Era como 
dormir afuera. Entraban todos los ruidos: aullidos, rugidos, cantos. Las bal- 
dosas del pasillo tenían un millón de dragoncitos pintados de azul que al 
principio lo asustaban más que los verdaderos animales. Las fieras parecían 
estar libres, pues no estaban enjauladas como aquí, sino rodeadas por fo- 
sas. Los animales a esa hora (les contaba Enrique Donadío con la voz con- 
movida) se dicen secretos horribles, que los hacen gritar, lamentarse; 
cuando están enjaulados se golpean contra los barrotes de fierro hasta san- 
grar, y cuando están rodeados por fosas contemplan con ojos enloquecidos 
la honda pared invisible que los encierra. Pero eso no dura más que un bre- 
ve momento... todo el paisaje cambia. El Jardín Zoológico, con sus puentes 
y lagos, es una selva africana o un desierto, donde corren las jirafas, o bien 
un paisaje helado, lleno de focas místicas, que rezan continuamente, con 
ademanes de monjas o de prisioneros. Los animales sonámbulos sueñan 
que están en libertad y conspiran contra los mortales que los han martiriza- 
do; el camello, que es muy rencoroso, cavila y cavila en los sueños movien- 
do la mandíbula de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, como los 



niñitos cuando les crecen los dientes. Las serpientes silban y agitan casca- 
beles, que relumbran contra el pasto, fascinando vacas imaginarias; los rui- 
señores cantan como en los bosques europeos; el elefante se divierte, ba- 
ñando el cielo con juegos de agua más altos y más diversos que los de las 
fuentes de Versalles el 14 de Julio; las jirafas hacen moños con el pescue- 
zo; los monos hacen pruebas, los cocodrilos lloran en serio. Pero si en esos 
momentos se abriesen las jaulas que tienen prisioneros a esos animales, 
uno podría ver el espectáculo más asombroso del mundo; quizá aparecerían 
fantasmas, directores del Zoológico, quizá habría peleas de júbilo entre el 
tigre y el elefante, entre el león y el tigre, entre el orangután y el oso, pero 
eso no sería lo más emocionante de todo... Lo más emocionante no se pue- 
de nunca contar, hay que presenciarlo. Los alumnos estaban de acuerdo. 
Era una tarde templada de noviembre. Los portones del Jardín Zoológico se 
cerraban a las seis y media de la tarde. Sin pérdida de tiempo había que es- 
tacionarse cerca del escondite que Enrique Donadío había elegido. Con los 
ojos buscó a su alumno más joven y le hizo la seña convenida. Salieron 
caminando; los otros niños seguían a unos metros de distancia. Después de 
haber comprado chocolatines y galletitas, se acercaron al gomero coposo 
que queda al pie de un puente donde siempre hay un fotógrafo. Enrique 
Donadío se hizo fotografiar con sus discípulos, dispuestos en fila, según la 
altura. El fotógrafo no estaba de acuerdo con la distribución del grupo; hu- 
bo que hacer concesiones: apoyar cuidadosamente los brazos contra la ba- 
laustrada del puente. Tardaron diez minutos en revelar las fotografías. Des- 
pués de pagarlas y guardarlas en el bolsillo, Enrique Donadío se deslizó co- 
mo una sombra detrás de un árbol, el fotógrafo no se asombró, pues desde 
hacía un tiempo había notado que los hombres tenían la inocente costum- 
bre de esconderse detrás de los árboles. Los alumnos se habían escondido; 
dos de ellos detrás de una enorme enredadera, otro detrás de una estatua 
y los otros dos trepados sobre las ramas del gomero, junto al profesor. 
Se oía el murmullo de la gente; los guardianes golpeaban las manos, reco- 
rriendo todos los caminos, y después de un momento interminable, entre 
los ruidos que se perdían, las sombras y la oscuridad que aumentaban, se 
oyó el chirrido de los portones. 

De nuevo se oyeron pasos, se acercaron y se alejaron varias veces por las 
curvas de los caminos. Sombras enormes crecían entre los árboles y de 
pronto apareció la luna pegada al horizonte junto a los faroles que alum- 
braban la calle distante. Los ruidos del día se habían terminado; crecían 
otros ruidos misteriosos, que brotaban de las jaulas, de los pabellones, de 
las lagunas verdes. Los alumnos hicieron un largo viaje de silencio y de es- 
pera. Enrique Donadío sabía todo, estaba seguro de todo. Fue el primero en 
salir de su escondite. 

-Casi me dormí -dijo, con voz tranquilizadora. 



Los alumnos dejaron de temblar y salieron de los escondites, mirando para 
todos lados. No había ningún guardián. El profesor estaba tranquilo. 
Caminaron un largo trecho, agachados, confundiendo ramas con sombras, y 
sombras con ramas quebradizas. Se sentaron sobre un banco y comieron 
los chocolatines derretidos y las galletitas, que llevaban en los bolsillos. No 
sabían la hora que era, pero debía de ser casi la medianoche, pues no se 
oía ningún ruido, salvo el canto de algunos pájaros desvelados. 
-Y ahora -dijo Enrique Donadío- tendremos que buscar la manera de abrir 
las jaulas. 

La voz transformada por la oscuridad los sobresaltó. ¿Dónde estarían las 
llaves? 

Todo brillaba con frialdad metálica bajo la luna; los barrotes de las jaulas 
dividían la noche como cuchillos. Los niños se levantaron del banco y Enri- 
que Donadío se encaminó hacia la casilla, donde sabía que dormían los 
guardianes. Allí, en el cajón de un mueble del pasillo de la entrada, estaban 
los manojos de llaves. Enrique Donadío, durante sus incursiones por el Zoo- 
lógico, había conversado largamente con los guardianes enterándose de to- 
dos los secretos. En verano, dormían con las puertas abiertas. Los serenos 
eran los que tenían mejor vida pues nunca trabajaban y pasaban la noche 
durmiendo, debajo de los árboles. 

A dos metros de la casilla oyó un ronquido; fue como una puerta abierta. 
Entró en la habitación, haciendo señas a sus alumnos, para que lo espera- 
sen afuera. No hay sueño más pesado que el de los guardianes del Zoológi- 
co, acostumbrados a dormir entre rugidos de fieras, cantos de pájaros de 
todos los países del mundo: sólo el despertador, con su campanilla, es ca- 
paz de despertarlos. Si no fuera por el despertador, seguirían durmiendo 
durante el día. Como el príncipe que entra en el Palacio de la Bella Dur- 
miente del Bosque, conmovido, Enrique Donadío entró en la habitación en 
donde estaban las llaves de todos los pabellones y de todas las jaulas del 
Zoológico. Entró de puntillas, silenciosamente tomó los manojos de llaves, 
que apenas sonaron. Los alumnos sonrieron; era como si las jaulas ya se 
hubiesen abierto. Ahora les tocaba a ellos abrir las puertas, probar las lla- 
ves de los pabellones, hasta encontrar las que coincidieran, y después... 
Los alumnos acudieron a recibir las llaves, que llenaban los bolsillos defor- 
mados de Enrique Donadío. Luego se deslizaron entre las sombras, conte- 
niendo el sonido de llaves y de risas en las manos sudadas y frías. 
Nunca hubo tantas jaulas en el Zoológico, nunca hubo tantos pabellones. Se 
multiplicaban en la noche, eran laberintos enrejados de olores; estaban to- 
dos preparados, alineados y reforzados en la intimidad de las tinieblas. 
El maestro y los alumnos se dirigieron primero a las jaulas de los pájaros. 
Fue difícil encontrar la llave; después de probarlas varias veces, tras largas 
vacilaciones, entró una llave en la cerradura. Se abrió por fin la puerta de 



hierro, con dos vueltas. Hubo un revuelo y después no se oyó nada más. 
Los pájaros siguieron entre las ramas. Uno de los alumnos sacudió el enre- 
jado, hubo otro revuelo y un canto débil, dormido. Un pájaro desplegó las 
alas y voló, golpeándose contra los hierros del enrejado. No veía la puerta 
abierta. Pero no había que demorarse; los alumnos siguieron caminando y 
abrieron las jaulas de los monos. Algunos monos salieron corriendo, para 
treparse a los árboles más cercanos, otros quedaron dormidos e indiferen- 
tes. La pesada puerta de hierro del pabellón del elefante dio mucho trabajo 
para abrir. El elefante aparentemente dormía. Parecía tan sordo como los 
guardianes, pues era inútil sacudir las cadenas y las llaves: no despertaba. 
Finalmente abrió un ojo y con movimiento de pesadilla estiró la trompa y 
dio un galope. Enrique Donadío salió corriendo con sus alumnos. El elefan- 
te, balanceándose, quedó cerca del león, recogió un papel con su trompa y 
retorció la enorme cadena que llevaba atada a la pata. Los niños se escon- 
dían detrás de los árboles mirando al elefante, mientras Enrique Donadío se 
acercaba al pabellón de las fieras. 
-Es el turno de los osos -susurró uno de los niños. 

Después de buscar largamente entre las llaves, Enrique Donadío encontró la 
etiqueta en donde estaba escrito "Pabellón de las fieras": era una llave tor- 
cida y oxidada, con sombras rojizas. Un olor espeso, nauseabundo, como a 
carne cruda y a orina, emanaba de las jaulas de las fieras. Las puertitas de 
comunicación que daban a la galería interior estaban todas cerradas. Las 
fieras se encontraban del lado de adentro. Había que abrir varias puertas de 
comunicación antes de poner en libertad a los leones. 

-Es el turno de los osos -musitó el niño, que amaba los osos, pero nadie lo 
escuchó. 

No bastaba abrir la puerta grande del pabellón de las fieras. El exterior de 
esas jaulas era como las cajas de hierro con secreto: había que tantear y 
reflexionar un buen rato; además eran peligrosas como trampas. Al menor 
movimiento las puertitas de hierro podían caer. Pero la puerta grande ya 
estaba abierta, los alumnos se quedaban en el umbral, maravillados al ver 
que las cosas se hacían tan fácilmente. Enrique Donadío se puso el índice 
delante de la boca ordenando silencio a los alumnos, aunque nadie había 
hablado; el asombro de las miradas parecía ruidoso. 

-Despacito, despacito -decía la voz de Enrique Donadío tratando de imitar al 
león. 

El león movió las orejas, luego la cola y dio un pequeño gruñido. Quedó 
quieto. Tenía los ojos cerrados y la cabeza entre las patas, en actitud de 
oración. Los alumnos pasaron debajo de la baranda y se acercaron, como 
nunca lo habían hecho, a las jaulas. No podían contener las risas, jadeantes 
como rugidos. 

Había llegado el momento de abrir las jaulas -los alumnos daban vuelta las 



llaves simultáneamente; las jaulas no eran tan complicadas como parecían 
a primera vista, no había más que levantar una tranca y desprender un 
gancho: las jaulas estaban entreabiertas. No había ningún secreto. 
Al principio el león quedo inmóvil, amodorrado; su cuerpo parecía vacío, ol- 
vidado contra el suelo, como si tuviera las patas rellenas de algodón. Un 
imperceptible temblor corría por su lomo; temblores breves como relámpa- 
gos le contraían las patas en galopes oblicuos. Dijo: "El frío me hace tem- 
blar, a veces". Y luego, un rugido desgarró el silencio, un rugido débil y lú- 
gubre, como el llanto de los perros cuando miran la luna. El león soñaba. 
Era extraño que un león soñara tan suavemente. ¿No habría llegado más 
bien el momento de su agonía? ¿No iba a quedar muerto, antes de haber 
sido puesto en libertad? 

Había un silencio sin rejas y sin puertas, pero el olor a fiera era potente, 
ensordecedor como un ruido, resplandeciente como un color muy rojo o 
muy amarillo, salpicado de luces. 

Las puertas de las jaulas estaban abiertas. El leopardo, el tigre, el jaguar y 
la pantera ¿también dormían o estaban muertos? 

Las miradas de los alumnos se agrandaron; uno de ellos buscó en los bolsi- 
llos de su delantal blanco algo que no encontraba, y de pronto salió corrien- 
do del pabellón y volvió con unas cuantas piedras. Desde la puerta gritó con 
todas sus fuerzas: 

-Fuera de las jaulas, fuera -y arrojó las piedras. 

Ese grito destemplado se esparció como un líquido hirviente. Los rugidos 
cubrieron la noche entrecortada por los gritos. A veinte o cuarenta cuadras 
se oía el mismo ruido, o un ruido muy parecido al que se desprende de las 
tribunas de un partido de fútbol en día domingo. 

Se veían apenas las primeras luces del alba cuando Enrique Donadío y sus 
alumnos advirtieron que estaban adentro de las jaulas. El público que los 
miraba, unas horas más tarde, se componía en gran parte de los animales 
que habían puesto ellos mismos en libertad. Así somos los animales, pensa- 
ron; exactamente iguales a los hombres. 

Isis 

Su nombre era Elisa, pero le decían Lisi; algunos quitándole la 1 y agre- 
gándole una s le dijeron Isis. Estaba siempre sentada en la ventana, miran- 
do. Yo vivía en la planta baja de la misma casa. Los que pasaban por la ca- 
lle decían: 

-Ahí esta la idiota. -Y miraban para arriba como si vieran un globo o una 
cometa. 

Tenía muñecas, tenía libros, tenía cajas con diferentes juegos de paciencia, 
pero nunca jugaba con ellos. Después de comer y de dormir se colocaba 



frente a la ventana. Desde esa ventana se divisaba en primer plano la calle 
por donde pasa el tranvía, el vendedor de helados, el afilador y el carro 
lleno de canastos y de sillas de mimbre; en segundo plano, el Jardín Zooló- 
gico y (después lo descubrí) uno de los animales: ahora sospecho que no 
necesitaba mirarlo para verlo; lo miraba fijamente como al sol, que deja su 
mancha deslumbrante sobre todo lo que uno mira después. 
Sonreía cuando la gente hablaba pero nunca pronunciaba sino el final de al- 
gunas palabras, inmediatamente después de oírlas, a pesar de ella. Algunas 
personas sospechaban que no era del todo idiota, sino que más bien se ha- 
cía la idiota. Sus grandes ojos verdes parecían siempre deslumhrados por la 
luz, aun cuando el cielo estuviera cubierto de nubes en el crepúsculo, o has- 
ta en la penumbra de las habitaciones. Su inmovilidad era más perfecta que 
la inmovilidad de las águilas, cuando se admiran en la propia sombra, como 
en un espejo, dentro de la enorme jaula que imita la nieve con piedras tris- 
tes, pintadas de blanco. Más perfecta que la inmovilidad del jaguar, que no 
cierra los ojos sino para dormir o para devorar. 
A veces una cometa brillaba, con su cola amarilla, en el cielo. 
-Mire el barrilete -le decían, pero ella no miraba-. De qué le servirá tener 
ojos tan grandes, si no ve nada -decía la gente. 

Nunca miraba algo que le hiciera mover el cuello o los ojos. Un día le dieron 
los anteojos de larga vista, que la madre usaba cuando iba al teatro. El ar- 
mazón era de nácar. Los dejó caer. Otra vez le dieron un sonajero, otra vez 
un calidoscopio. 

Pasaban aviones, pasaban helicópteros, pasaban soldados, pasaban proce- 
siones; tampoco los miraba. Se hubiera dicho que nada debía distraerla. 
La familia, la servidumbre o sus amigas, de las cuales yo era una, solíamos 
llevarla a pasear. A veces la llevábamos hasta el río, otras veces a una pla- 
za, donde había columpios y toboganes, que no le interesaban; otras veces, 
al Jardín Zoológico, porque quedaba cerca; pero ella nunca pedía que la lle- 
varan a ninguna parte. Y no lo hacía, sospecho yo, porque fuera humilde y 
dócil, sino porque era constante en su propósito y persistente en el renun- 
ciamiento de aquello que no le agradaba. 

Era, sin duda, la preferida de Rómula la sirvienta. No protestaba porque en 
el baño quedara Puloil, ni porque dejara juntar tierra sobre las mesas o 
porque no atendiera el teléfono. Para ella todo era perfecto. 
Las tardes eran todas iguales, pero una de ellas fue para mí fatídica. 
El treinta y uno de enero de mil novecientos sesenta me pidieron que la sa- 
cara a pasear. Era la primera vez que me la confiaban a mí sola, pues la 
madre la trataba como a una niñita de un año. Pensaba llevarla al río, por- 
que hacía calor, pero en la esquina, frente a los portones del Zoológico, se 
prendió de mi falda y con el mentón me señaló la entrada del Jardín Zooló- 
gico. Entramos. No podía oponerme a sus gustos siendo Isis una niña tan 



buena; además, hacía tanto tiennpo que no manifestaba su voluntad con 
ademán alguno, que ese gesto fue una orden. Primeramente nos sentamos 
en un banco frente a las calesitas, luego recorrimos los senderos del Jardín 
Zoológico. Se detuvo a mirar un animal que no parecía real sino dibujado 
en la arena. Sus enormes ojos nos reflejaban. Desde ese ángulo del jardín, 
donde nos detuvimos, advertí que se divisaba la ventana donde se asomaba 
Isis diariamente. Comprendí que ése era el animal que ella había contem- 
plado y que la había contemplado. 

-Dame la mano -dije a Isis. Y me dio una mano que fue cubriéndose paula- 
tinamente de pelos y de pezuñas. La solté con horror. No quise verla mien- 
tras se transformaba. Cuando me volví para mirarla vi un montón de ropa 
que estaba ya en el suelo. La busqué. La esperé. La perdí. 

La venganza 

La señora Mercedes de Umbel era una de las mujeres más elegantes del 
mundo, pero algunos de sus amigos opinaban que era muy remilgada, y 
ninguno de los que la criticaban se ponía de acuerdo sobre sus verdaderos 
defectos y méritos. A veces hablaba la envidia, otras veces los celos, otras 
veces el sentimiento religioso, pero nunca la pura verdad ni la pura menti- 
ra. 

No todo es éxito para una mujer hermosa y pudiente. Porque no sabía ma- 
nejar la llave de la puerta de calle, porque dejaba a menudo abierta la del 
ascensor, Toño Juárez, el portero de la casa de departamentos donde ella 
vivía, la maltrataba. Cada vez que debía subir los ocho pisos para cerrar esa 
maligna puerta del ascensor, Toño Juárez dedicaba a Mercedes de Umbel un 
selecto repertorio de malas palabras, que ella oía con la sonrisa en los la- 
bios. Pero no eran éstos los únicos motivos que él tenía para despreciarla; y 
tenía razón. Siempre hay cosas peores. Con sus manos, diariamente, la 
desgraciada ponía en el balcón miguitas o maíz y aun alpiste para las palo- 
mas (no por amor a las palomas; sino para encarnar la figura de un cuadro 
visto en una casa de remates), Toño Juárez comparaba las palomas con las 
mujeres elegantes. 

-Están cubiertas de plumas, con la pechuga llena, pero roñosas, ensuciando 
lo que otros limpian con el sudor de su frente -decía a quien quisiera oírlo. 
-iPara qué le sirve tanta riqueza! IMucha pintura en los ojos; pero es más 
ciega que una lechuza! Mucha en la boca, ipero ni un diente de oro! 
Un día, más bien dicho una tarde, a la hora del teatro, la señora de Umbel 
quedó encerrada, con un cajón de basura, en el ascensor. Su angustia fue 
grande, tan grande que olvidó las reglas de la elegancia. Se puso a traspi- 
rar. Apoyó la rodilla sobre una basura memorable. Tocó el timbre de auxilio. 
Se quitó el sombrero y los guantes y al ver que nadie venía a socorrerla se 



sentó en el piso, pensando que se asfixiaría en pocos minutos, si alguien, 
aunque fueran los bomberos, no la sacaba de ese fétido suplicio. Media ho- 
ra de encierro y de gritos bastaron para dejarla afónica. Cuando llegó Toño 
Juárez, que la había oído desde el primer momento, la asustó un poquito 
más, gritándole desde afuera que la dejaría pasar la noche dentro del as- 
censor, que olía a coliflor y a queso de rallar. Este episodio desagradable no 
se borró de la memoria, llena de recuerdos lujosos, de la señora de Umbel. 
Para los que no meditan, meditar es un sacrificio, pero la señora de Umbel 
estaba dispuesta a hacer cualquier locura. La gente, al verla tan abstraída, 
creyó que un inesperado misticismo se apoderaba de su alma. Pensaba. 
Pensaba en vengarse. Una mañana, más allá de la ventana abierta, por 
donde entraban sol y campanadas de iglesia, las palomas volaban de la ca- 
sa de enfrente a la suya y ensuciaban la vereda, que el portero limpiaba. 
Con la escoba, este último las amenazaba de vez en cuando, y les echaba 
maldiciones. Tristemente, alejadas del símbolo habitual de pureza y de paz, 
aquellas angelicales aves, con plumas del color de guantes femeninos a la 
moda, que arrullaban todo el día, que al desprenderse de las cornisas ba- 
tían el ala como una mano de colegial, que ponían huevos inútiles, inspira- 
ron la sutil venganza. 

A la hora en que toda la gente de la ciudad duerme la siesta, Mercedes de 
Umbel, después de vestirse, puso papel higiénico en su bolsillo. Papel rosa- 
do. Bajó los ocho pisos sin utilizar el ascensor. En el último tramo de la es- 
calera se detuvo unos instantes. Después, con lentitud, salió de la casa, po- 
niéndose los guantes. 

Cuando la señora volvió del cine, el mismo día, Toño vociferaba, en la puer- 
ta, rodeado de vecinos y de moscas. 
Algunas voces decían: 
-Fue un perro, seguramente. 

-iQué perro ni perro! -contestaba Toño Juárez-. Perra digan ustedes. Gran 
perra. 

Esta escena se repitió a diferentes horas en los subsiguientes días. Toño 
Juárez resolvió quedarse en un lugar estratégico día y noche, esperando. 
¿Esperando qué? El cumplimiento de un sueño premonitorio que tuvo no 
hacía un año, cuando le dio por redoblar la limpieza de la escalera. 
El sacrificio no fue vano. 

Con el corazón trémulo, como en sus mocedades, vio el sueño hecho reali- 
dad: desde la penumbra del patio donde había un ínfimo jardín, divisó a la 
dama en la postura prevista. Se acercó y, obedeciendo a la continuación 
inevitable del sueño, con un certero puntapié descargó su venganza contra 
palomas y señoras elegantes. 



El novio de Sibila 



-Voy a hacer tu retrato -yo le decía. 
-¿Cuándo? -me preguntaba. 
-Mañana o pasado -yo le respondía. 

No la olvidaré nunca. Tenía los ojos muy separados y se parecía mucho a la 
Sibila de Cumas, de Miguel Ángel. Sobre la mesa de luz tenía un retrato. Me 
dijo que era de su novio. Era tan buen mozo que cualquiera se hubiera 
enamorado de él. 

-Otras chicas de mi edad estuvieron de novias con varios muchachos antes 
de decidirse por uno. Yo, no. Es la primera vez. 
-¿La primera vez que te enamoraste? 
-La primera vez -contestó. 

Sus ojos brillaban como los espejos, cuando se limpian con alcohol de que- 
mar. 

-Cuando era chica -me dijo- enfermé gravemente. Viví en las montañas. Es- 
taba paralítica. Para sanarme me metieron en un río helado, me dieron cal- 
do de culebra y después, al ver que nada me curaba, mis padres llamaron a 
un curandero. Vino a casa a caballo, desde muy lejos. Dijo que yo tenía que 
comer tres pulgas de su caballo. Cuando supo que me habían bañado en un 
río helado y que había tomado caldo de culebra le dio lástima y dijo que él 
se comería las pulgas. Era lo mismo. Comió las tres pulgas ya preparadas 
en el hueco de su mano y a las pocas horas mejoré. 
-Voy a hacer tu retrato y tan parecido como una fotografía -le dije. 
-¿Cuándo? -me preguntó. 
-Mañana o pasado -respondí. 

Durante el verano Sibila trepaba a los árboles más altos para echar abajo 
los nidos y romper los huevos; sabía cortar el pasto con la guadaña; cuando 
acomodaba un cuarto, ponía todos los muebles juntos; todos los adornos de 
una mesa, juntos o adentro de los cajones. No comprendía el caprichoso 
gusto que la gente tenía en dispersarlos desordenadamente. No distinguía 
una fotografía de un cuadro. No comprendía la perspectiva. Creía que las si- 
renas existían porque figuraban en los diccionarios. Reía de los defectos de 
los hombres: remedaba a los rengos o a los tuertos o a las caras de las per- 
sonas que sufrían. 
-Voy a hacer tu retrato. 
-¿Cuándo? 
-Mañana mismo. 

Jamás pensé que iba a morir tan joven, pero murió. 

Al pie del ataúd, cuando llegué a verla aquel día de su entierro, un hombre 
todo de negro, con cara de sacristán, lloraba. 

-Es el novio -me dijeron sus parientas avergonzadas. Lo saludé. Era un 
hombre feo, de rasgos mezquinos, enlutado. 



-Soy casado -me dijo-. No quisiera comprometer a la cínica. 
Si usted pudiera devolverme las cartas que yo le he escrito, se lo agradece- 
ría. 

Le prometí hacer lo que me pedía, pero no encontré en el cuarto de Sibila 
ninguna carta; sólo encontré la fotografía que había visto sobre su mesa de 
luz, cada vez que la visitaba. Saqué la fotografía del marco para ver si en el 
reverso llevaba un nombre. Decía: "A Sibila, tu sobrino Armando". Guardé 
la fotografía en mi bolsillo y al salir del cuarto tropecé con el mismo Arman- 
do, a quien devolví la fotografía. 
-¿Usted estaba de novio con Sibila? 
-No. ¿Quién le dijo eso? 
-Ella -le respondí. 

-La mataría -me dijo-. Soy el sobrino y nada más. 

-Está muerta -protesté. 

-Ya sé. ¿Pero qué derecho tiene de mentir? 

El Moro 

A Luis Saslavskv 

Indio volvéme mi moro 
que me hias llevado la vida. 

Oía aquella tarde esa canción cantada por Gardel, en la radio del almacén 
de Tres Arroyos, cuando me enteré por boca de Ireneo, que no era menti- 
roso, de algo increíble: que en Francia la gente comía carne de caballo, y 
que al dueño del establecimiento donde yo trabajaba le habían propuesto 
como negocio (el desgraciado aceptó en el acto) comprarle caballos para 
mandarlos en barco a Francia. 

Yo tenía ocho años. A pesar de mi corta edad, trabajaba de peón como un 
hombre, mejor que un hombre porque no era haragán. Quizá mi habilidad y 
diligencia me volvían simpático, pues todos los peones me regalaban algo; 
es cierto que les hacía parte del trabajo. iPero qué regalos recibía! El más 
extraordinario que conservo hasta hoy fue aquel par de espuelas con estre- 
llitas de plata. 

Yo era el último en acostarme y el primero en levantarme para encender el 
fogón, cebar mate o ensillar los caballos. A más de Guacho me llamaban Bi- 
chofeo, porque era feo. Comadreja, porque robaba huevos de noche. Tero, 
porque tenía las piernas flacas. 

Sabía hacer todo lo que saben hacer los hombres: beber, fumar, jugar a las 
bochas o a la taba, enlazar, cuerear y otras cosas que no digo. Me gustaban 
los caballos: eran mi juguete pero también mi herramienta de trabajo. En la 



trompilla del desgraciado de don Eusebio (del establecimiento La Felicidad, 
de Tres Arroyos) había caballos de todos los pelos: alazanes, gateados, zai- 
nos, azulejos, tobianos, rosillos, picazos, malacaras, colorados, bayos, tor- 
dillos, negros, blancos. Todos me gustaban, salvo el blanco, que atraía los 
rayos, el rosillo que parecía sucio. El mío era moro y uno de los pocos de 
ese pelo en mi pago. Tal vez por ese motivo me gustaba tanto la canción 
del Moro, cantada por Gardel, que a menudo oía en la radio de Tres Arro- 
yos. 

Yo no era caviloso ni inclinado a creer en la mala suerte, aunque tuviera ya 
experiencia de adulto. Empecé a temer que embarcaran el moro con el res- 
to de la trompilla, pues no sólo era mañero y medio manco, sino bichoco, y 
no me pertenecía. Los hombres del establecimiento, salvo Ireneo, que tenía 
un corazón de oro, daban poca importancia a la amistad que me unía al ca- 
ballo. Por esa amistad yo me creía poco menos que su propietario, pero en 
ese punto reconozco que me equivocaba. 

El tiempo rápidamente reveló que mis temores eran justificados. 
Fijada la fecha de partida, en el establecimiento se hizo un rodeo: apartaron 
los caballos que mandarían a Bahía Blanca, para embarcarlos en un buque 
de carga francés, llamado Mistral. Tres hombres y yo los arrearíamos hasta 
el puerto. Luego el capataz e Ireneo se embarcarían con la tropilla, destina- 
da al matadero en Francia. Como si yo también fuera a embarcar me des- 
pedí de mi madre, que insistió en no dejarme ir a Bahía Blanca, para no 
quedar sola. En vez de besar su mejilla besé su esclavina de lana azul y 
pensé que me iría más lejos aún. 

Era pleno verano. Durante el trayecto arreamos los caballos de sol a sol. 
Llevé poco equipaje; justo lo necesario para un viaje largo: las espuelitas y 
el poncho. De continuo el capataz nos retaba a Ireneo y a mí; esto me unía 
a Ireneo. Yo discurría tretas para embarcarme. ¿Qué podía hacer sin la 
ayuda de alguien? ¿Podría esconderme en el barco hasta que zarpáramos? 
¿Quedarme con el Moro? ¿Huir a último momento con él? La solución fue 
mejor. Yo sabía que la cebolla hacía llorar los ojos. Antes de llegar a Bahía 
Blanca (el trayecto duró una semana entre una cosa y otra), robé una cebo- 
lla en la cocina de una fonda donde nos apeamos y, para conmover a Ire- 
neo, me la pasé por los ojos. Todo salió como por encanto, pues estuve 
media hora a solas con él, lagrimeando, mientras el capataz se lavaba los 
pies, orinaba en la letrina o cumplía otros engorrosos preparativos para 
proseguir el viaje. Expliqué a Ireneo la causa de mi llanto: el Moro era un 
caballo extraordinario; para salvarlo me embarcaría con él. Un llanto verda- 
dero hubiera sido menos elocuente. Ireneo me dijo: 

-Un hombre no llora y menos cuando lleva espuelas y se llama Bichofeo. El 
Moro no vale nada, pero todo va en gustos. iCaray que estás hediondo! 
Prometió, si yo me bañaba, armar personalmente, con el pretexto de llevar 



en lugar seguro las herramientas, un enorme cajón para esconderme du- 
rante el viaje. Así lo hizo, porque era hombre de palabra. En lugar de pa- 
sear por Bahía Blanca, el día de nuestra partida preparó el cajón, en el que 
agregó una cama de paja y unas arpilleras para cubrirme. A último momen- 
to me deslicé en el escondite. Ireneo clavó las tablas que me encerraban, 
dejando algunos agujeros para que yo pudiera respirar y aun ver. Con mu- 
chas recomendaciones pidió a los estibadores que no golpearan demasiado 
el cajón, para que no se rompiera la madera. Con la grúa lo subieron a bor- 
do, sin tropiezos. 

Durante cinco días dormí en la cubierta, sobre la cama de paja, entre los 
caballos. Ireneo me visitaba para traerme comida. Salía de mi escondite de 
noche y como tuve suerte de no ser visto, me atreví a pasear por la cubier- 
ta en horas más peligrosas. El capataz me sorprendió abrazado al Moro. En- 
tonces Ireneo pareció tan asombrado como él. Discutieron si me arrojarían 
al mar, pues mi presencia en el barco podría traer disgustos. Luego convi- 
nieron en tirar a la suerte con una moneda. Estaban borrachos. Me di cuen- 
ta de ello porque se servían continuamente vino de una damajuana. "Los 
franceses en los barcos llevan bebidas buenas; están dispuestos a cambiar- 
las por yerba o maní", me había dicho Ireneo el día anterior. 
-¿Cara o cruz? -dijo Ireneo. 
-Cara -dijo el capataz. 

Ireneo tiró la moneda al aire y la barajó en la palma de la mano. Salió cara. 
-Lo tiraremos al mar -murmuró el capataz. La palabra más cruel me la dijo 
Ireneo: 

-Despedíte del Moro, Bichofeo. 

Estiraron un poncho sobre el piso. Me despedí del Moro, como lo había or- 
denado Ireneo, y me eché de boca sobre el poncho, acurrucándome des- 
pués sobre un costado. Los hombres tomaron el poncho por las puntas y 
me levantaron en el aire. Si hubiera sido en broma, el juego me hubiera 
gustado. El barco se movía y tambaleándose los hombres se arrimaron a la 
borda. Como si hubieran comprendido, los caballos relincharon; pero no lo 
hacían por mí, sino de terror, porque se levantaba una tormenta. Los mari- 
neros aparecieron en la cubierta, treparon a los mástiles, desanudaron so- 
gas, anudaron otras. El capataz y mi amigo soltaron las puntas del poncho 
y me dejaron caer al suelo. 

-Arregláte como puedas -me dijeron, acodándose a la borda. -Yo me lavo 
las manos -declaró el capataz, encendiendo un cigarrillo. 
-Decíle al Moro que te proteja. ¿No lloraste por él, como una mujer, cuando 
llegábamos a Bahía Blanca? 

Me senté sobre unas sogas, más muerto que vivo. Yo con el susto, el capa- 
taz e Ireneo con la borrachera, no hacíamos caso de la tripulación, que iba 
y venía; ni siquiera del capitán, que se acercó y me dijo dos o tres palabras 



en francés, palmoteándome el hombro. Supe después que me tomó por un 
fantasma, por una de esas visiones producidas por el delirio que alguna vez 
padeció. Ahora, cuando recuerdo, pienso que tal vez estaba beoda la tripu- 
lación entera, pues se conducía tan caprichosamente que era difícil com- 
prender lo que hacía y por qué lo hacía. La tormenta arreciaba, crujían las 
maderas como si el barco se quebrara. Los relinchos aumentaron. El ca- 
pataz e Ireneo estaban mareados, los caballos también: daba risa mirarlos. 
Eso sí, ver a Ireneo, que era tan hombre, vomitar, me causó pena. Yo ga- 
teaba por la cubierta y con gusto recibía el agua en el pelo y en la cara. Por 
primera vez veía el mar enojado. 

Cuando calmó la tormenta, sequé mi ropa al sol. Ireneo me dio una manta. 
No tardaron mis compañeros en obligarme a hacer todo el trabajo. Tenía 
que bañar los caballos, darles la ración, limpiar las camas. El capataz e Ire- 
neo conversaban todo el día o bebían o jugaban a la taba con marineros 
que conocían dos o tres palabras de castellano. Como el Moro y yo, los 
hombres se entienden mejor cuando no hablan el mismo idioma. 
Soñé una noche que montado en el Moro galopaba por el mar en dirección 
al sol del poniente, hasta llegar de nuevo a Tres Arroyos. Muchas veces 
deseé bajar del barco y alejarme en aquella extensión misteriosa donde no 
había alfalfa, ni trigo, ni girasol, ni lino, ni barro, ni tierra arada, ni greda, ni 
arboledas, ni pájaros, ni vacunos, ni majadas, sino agua azul, agua verde, 
agua negra con espuma. 

Ireneo y el capataz discutían a menudo, mientras yo bañaba o daba la ra- 
ción a los caballos. ¿De qué discutían? No sé. Miraban un pianito de Francia 
y le dibujaban cruces con un lápiz; hablaban de un dinero que repartirían 
entre ellos, también. 

El barco atracó en Pernambuco. En el puerto, mercachifles exhibieron in- 
mediatamente carpetas, colchas, canastas, adornos de celuloide, muñecos 
de madera. Ireneo me preguntó si quería que me comprara algo. Era bueno 
Ireneo. Le pedí un pajarito, porque pensé que era lo más barato y que ale- 
graría al Moro, porque en el campo un tordo solía posarse sobre su lomo. Le 
pedí también un cortaplumas, porque me hacía falta para limpiarme las 
uñas. 

-¿Y abrigo? -me dijo-. ¿No sabés que hay nieve en Francia? 

Me encogí de hombros. 

-Con el ponchito basta -le contesté. 

Casi desnudo me escondí en el cajón. Como fogón ardía el sol. Gotas de su- 
dor chorreaban por mi frente. Era carnaval y algunas máscaras, al caer la 
noche, bajaron al embarcadero, buscando un barco argentino, donde había 
fiesta. Pasaban con sus caretas, bailaban, tiraban serpentinas a nuestro 
barco vacío. Salí de mi escondite y me asomé. Vi una fila de negros, algu- 
nos con bolsas al hombro, otros con pescados colgando de una caña; no sé 



si pertenecían a la comparsa ennnascarada o si eran peones que aproveclia- 
ban el fresco de la noche para trabajar. Los caballos apesadunnbrados por el 
calor y las moscas del día, agachaban las cabezas. Sin olvidar mi obligación 
los bañé y les di agua, antes de recorrer el barco, aprovechando el rato de 
soledad. 

Amanecía cuando volvieron el capataz e Ireneo. Me escondí. Como llegaban 
borrachos yo sabía lo que me esperaba. Ireneo traía un cacho de bananas y 
una jaulita; el capataz, un sombrero de paja aludo, lleno de chirimoyas y de 
abacashis. Nada bueno me esperaba; cuando estaban borrachos no tenían 
otra preocupación que deshacerse de mí. 

-¿Dónde está? -vociferaba el capataz, mientras subía la planchada, mirando 
a todos lados. 

-Ahí me parece haberlo visto -respondió Ireneo. 

-Yo lo vendo por nada, por veinte reis. En casa de la loca limpiará los pa- 
tios: puede darse por bien servida. Y él, qué más quiere. Comerá bananas 
todo el santo día, como un mono. 

En la dársena una mujer de pelo rojo, extravagante, agitaba una mano, mi- 
raba el barco, esperaba probablemente que me entregaran de una vez el 
capataz e Ireneo. Me buscaron hasta la salida del sol. Bajaron del barco y 
de nuevo subieron. Mi escondite era seguro, pues me alojé en un camarote 
vacío, por cuyo ojo de buey veía todo. El barco tembló, sonó la sirena, se 
levantó la planchada, golpeó la cadena del ancla contra los hierros del cas- 
co. Aproveché del movimiento para salir del camarote y meterme en el ca- 
jón. Cuando estábamos navegando, advertí que Ireneo y el capataz dormi- 
tan en la cubierta. Ireneo, junto a la jaula que en lugar de un pájaro con- 
tenía un monito, y al cacho de bananas; el capataz junto al sombrero de 
paja con chirimoyas. Me acerqué, arranqué cuatro bananas, regalé una al 
mono y comí las otras; tenía hambre, pues Ireneo me daba alimentos una 
vez por día, y nunca frutas, sino las sobras de su comida, que era abundan- 
te, pero no de mi agrado. El mar tan parecido a la llanura, ya no fue verde, 
sino azul, cuando dejamos Pernambuco. 

Tramábamos con Ireneo una huida a nado con la tropilla, para salvarla del 
matadero. iParecía tan fácil! Mucho más fácil que llegar a Francia. 
A veces el monito andaba con Ireneo, que lo llevaba bajo el poncho, porque 
era friolento, y a veces conmigo. Lo bautizamos Maní. 

Un caballo enfermó de locura. Hubo que tirarlo al mar, para que nadie se 
enterara de la enfermedad, pues si no al llegar a Francia nos hubieran 
puesto en cuarentena, y iadiós negocio! 

-Si otro caballo enloquece, también lo tiramos al mar -decía el capataz, 
moviendo una mano amenazadora-. Hay que evitar que descubran la en- 
fermedad y nos arruinen el negocio, aunque debamos echar al agua toda la 
tropilla. 



Yo observaba al Moro con inquietud. Un día lo noté triste y le puse vino en 
el agua, para alegrarlo. 

El capitán, que sabía algunas palabras de castellano, conversaba a menudo 
con Ireneo y con el capataz. De nuevo habló de que había un niño a bordo, 
quizá un polizonte, a lo que Ireneo le dijo que si padecía de delirio era me- 
jor que se cuidara. 

De noche las fosforescencias y de día los peces voladores me des- 
lumhraban. Las horas pasaron con rapidez; ni tiempo me daban para dor- 
mir. Ireneo discutía siempre con el capataz; a ellos tampoco el tiempo les 
alcanzaba. Con desgano jugaban a la taba o al truco, alumbrados por un fa- 
rol. 

Una noche en que jugaban por plata, el capataz gritó itrampa! Ireneo con- 
testó riendo. El capataz lo arrinconó contra la borda. Relucieron los cuchi- 
llos. El de Ireneo cayó al suelo. Lo recogí. Quise alcanzárselo, pero lo tomó 
el capataz y se lo clavó en el pecho. El capataz trató de reanimar a Ireneo 
toda la noche. Antes de que amaneciera envolvió el cadáver en bolsas, las 
ató con sogas y lo tiró al mar. Me dijo: 

-Diremos que se suicidó. Total, le hice un favor ¿Para qué quería vivir? 
Cuando la tripulación se enteró de que faltaba Ireneo, lo buscaron hasta en 
la bodega. Casi me descubren a mí. iPero a mí ya no me importaba! 
Uno de los marineros encontró sobre la cucheta de Ireneo un papel que de- 
cía: "No me busquen porque voy a tirarme al mar. Ahí acabarán mis penas. 
Ireneo". El capataz era como un hombre que perdió a un hermano, cuando 
el capitán le palmeó la espalda. 

Con la desaparición de Ireneo, el capataz se ocupó del mono y de mí. Me 
trajo vino: lo tiré al mar. Me trajo comida: la tiré al mar. Durante cinco días 
no probé bocado, pero desfallecía, y avergonzado comí para no morir. El 
capataz me regaló el rebenque de Ireneo, que tenía empuñadura de plata; 
sin contestarle, mirándolo en la cara, lo acepté. 

Cuando llegamos a Francia, llovía. Con el apuro de los últimos momentos 
Maní quedó en el barco. Con la grúa me bajaron en el cajón, me deposita- 
ron en la dársena de El Havre. Divisé a Maní junto a la baranda de la cu- 
bierta. Le grité adiós. 

En la entrada del pueblo había ruinas. Fue allí donde el capataz sacó una 
carta arrugada y me anunció la muerte de mi madre. Él anclaba medio en- 
corvado, porque maldad y deformidad van juntas. Se quitó la boina y me 
alargó la mano. Crucé los brazos. 

-Lo siento de verdad -me dijo. Y agregó: -Si querés quedarte con el Moro, 
te lo regalo. Bichofeo. 

-Me llamo Luis -le respondí, pensando que los asesinos tienen cara de gu- 
sano. 

Emprendimos el viaje de El Havre al matadero. De mi mano cayó el gorro 



de arpillera que usaba Maní en el barco. Francia estaba tan vacía como el 
partido de Tres Arroyos pero hacía más frío. Yo, montado en el Moro, el ca- 
pataz en un alazán, arreábamos la tropilla. Desde aquel día odio los alaza- 
nes. 

Fue largo el trayecto, como fue largo el trayecto de Tres Arroyos a Bahía 
Blanca; ningún cerco de cina-cina, ningún eucalipto nos guarecía. Los cami- 
nos arbolados se estiraban hasta el horizonte. 

Los pueblos tenían calles torcidas y angostas. El cielo estaba más lejos y no 
reconocí las estrellas. ¿Dónde estarían las Tres Marías y los Siete Cabritos? 
Ya habíamos pasado una semana en aquel país parecido al nuestro y tan di- 
ferente. Nos acercábamos al matadero. Oímos los bramidos de los animales 
en la mañana. Entonces, en el momento en que la tropilla, súbitamente 
aterrada, comprendiendo dónde la llevábamos, se detuvo, arrimé mi caballo 
al del capataz. ¿Qué había en la mirada mía para asustar a un hombre? Le 
crucé la cara de un rebencazo y le grité: 
-Por Ireneo. 

Largué la rienda al Moro, clavé las espuelas. Huí en dirección adonde ha- 
bíamos desembarcado. Galopé, sin mirar a dónde iba, no sé cuánto tiempo. 
Cuando el Moro, bañado en sudor, se detuvo como si se le aflojaran las pa- 
tas, caí contra su pescuezo, abrazado. Una mujer me habló. Yo miraba a lo 
lejos. La mujer tenía una esclavina azul. Me bajé del caballo y ella tomó las 
riendas. Me desmayé sobre su pecho, con la cara contra la esclavina. Acari- 
ciándome el pelo, dijo algo en francés, que no entendí, pero yo oí las pala- 
bras que me dijo mamá cuando me fui a Bahía Blanca: "Quedáte con tu 
madre" y la voz de Gardel que cantaba en la radio del almacén de Tres 
Arroyos. 

El siniestro del Ecuador 

Esa noche decidieron llevarnos al nuevo local del Ecuador porque a la niñera 
le tocaba salir. Hacía un año que el viejo edificio se había derrumbado sobre 
los mozos por así decirlo, pues todos perecieron bajo los escombros. El ac- 
cidente sucedió, no se sabe cómo, a las doce de la noche cuando los clien- 
tes ya se habían retirado. 

Mis padres iban frecuentemente a ese restaurante, no porque la comida 
fuese buena ni porque sirviesen con rapidez sino un poco por rutina, otro 
poco porque quedaba a cinco cuadras de nuestra casa y porque era barato. 
El mozo que siempre servía a mis padres, al decir de ellos, tenía un rostro 
extraño que se les quedó grabado en la memoria; decían que les resultaba 
difícil describirlo pero que si lo viesen entre un millón de mozos podrían re- 
conocerlo. Lo único que describían con precisión eran las diversas manchas 
de su delantal y el color blanco de su cara que parecía de miga. Había días 



en los que todo cuanto traía estaba falsificado: el arroz parecía fideo; los fi- 
deos, chauchas; las papas, batatas; las bananas fritas, pescado; el dulce de 
membrillo, puré de remolacha; el agua, carne; la carne, vino. Lo peor de 
todo es que mis padres culpaban de estos inconvenientes al mozo, no al co- 
cinero, y pensaban que eran justos pues ¿cómo había de explicarse que las 
frutas en las compoteras resultaran tan insípidas, que las mandarinas y las 
manzanas fueran como alcancías y que la manteca y el pan tuvieran gusto 
a cartón, como en los platos de juguete? Ellos hacían estos comentarios, 
creyendo que yo no los escuchaba pero un chico escucha todo. El mozo se 
llamaba Isidro Ebers. 

Cuando llegamos al restaurante El Ecuador se asombraron de no encontrar 
en el nuevo local ni vestigios de lo que había sido el otro. No había manchas 
en los manteles, no había música ni plantas en macetas doradas, no había 
aparadores, ni rifaban radios; las paredes eran blancas y los asientos de 
imitación cuero. 

Eligieron una mesa cerca de la pared del fondo del comedor. Frente a un 
espejo nos sentamos. Mis padres se pasaron el menú y discutieron un buen 
rato. A mi madre le gusta la comida pesada. Se deleita con un plato de os- 
tras o con una carbonada. Le gusta el pato con naranja y salsa negra, los 
calamares en su tinta y las empanadas con un sinfín de sorpresas, como si 
fuesen pequeñas y hediondas medias de Navidad llenas de alimentos. Pidió 
ostras y carbonada. Mi padre se atrevía a veces a comer una milanesa. 
Después de estudiar bien el menú dijo al mozo lo que siempre decía en es- 
tas ocasiones: 
-Tráigame arroz al natural. 

Un rato estuvo pensando mi padre ante el delantal el mozo. Las manchas 
de los delantales son todas iguales. Pobre Isidro Ebers. Hace un año que ha 
muerto, debajo de esos andamies, de esos muebles, de esos platos caídos, 
quizás con una compotera en la mano. Entre tenedores, cuchillos, soperas 
rotas y almíbar de compotas, pobre Isidro Ebers. Siguió enumerando des- 
pacio su pedido y con vergüenza, porque era un mozo nuevo el que lo escu- 
chaba, y quizá fuera despiadado con los que piden comida sencilla. 
-Arroz al natural, y un bife. 

-Sí, ya sé -interrumpió el mozo-. Un bife bien cocido con puré de papas y 
ensalada de lechuga. 

Mi padre alzó los ojos, asombrado. ¿Quién era el que hablaba así? 

-Para los niños -dijo mi madre-, huevos pasados por agua, si son frescos; 

fideos y un bife. De postre queso fresco y dulce de membrillo. 

Recorrió de nuevo el delantal manchado del mozo para asegurarse de que 

sus ojos veían bien. Cuando llegó a la altura de la cabeza encontró la cara 

pálida de Isidro Ebers, esa cara que hubiera reconocido entre un millón de 

caras. Lo miró, le miró las manos: eran las mismas manos coloradas con las 



uñas comidas. 

Isidro tomó mi abrigo y lo colgó en la percha; lo mismo hizo con los otros 
abrigos. Después desapareció por la puerta del costado derecho, donde de- 
bían estar las cocinas. 

Mi madre exclamó con los ojos desmesuradamente abiertos y en voz baja, 
a mi padre: 
-¡Isidro Ebers! 

-¿No estaremos soñando? -le contestó mi padre. Comenzamos a reír. 

-¿Qué les pasa? ¿Por qué están tan asustados? ¿Quién es Isidro Ebers? - 

pregunté a mi madre, sabiendo quién era. 

-Isidro Ebers es el mozo que nos está sirviendo -dijo mi madre. 

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó mi hermano. 

-Nada -dijo mi madre. 

-Lo que tiene de extraordinario es que todos los mozos murieron hace un 
año en el accidente que ocurrió en el otro local. Y entre ellos estaba Isidro 
Ebers. Hay que decir las cosas como son -dijo mi padre furioso. 
-No le crean -dijo mi madre-. Es un mentiroso. 
Reímos. 

-Tiene cara de muerto -dijo mi hermano, mirando para el lado donde había 
desaparecido el mozo-. Vamos a preguntarle si es cierto que ha muerto o si 
es una calumnia. 

-Mañana no irás al cine -dijo mi madre-. IMaleducado! 

Al cabo de un rato apareció Isidro Ebers, trayendo una fuente. Mi hermano 

le preguntó: 

-¿Es verdad que todos los mozos murieron en el accidente que ocurrió hace 

un año en el otro local? 

El mozo contestó sin cambiar de color: 

-Todos murieron. Todos mis compañeros. Ninguno se salvó. 

-, Isidro Ebers? 

-Isidro Ebers también murió. 

Seguimos comiendo. El mozo iba y venía con rapidez, pero nos traía las 
fuentes con extrema lentitud. Se había olvidado de hacer tostar el pan. Mi 
madre dijo: 

-Mejor será que no le hablemos. 
-¿Por qué? -dijo mi padre. 

El mozo desapareció corriendo y volvió lentamente con una pila muy alta de 
tostadas; después de dejarlas sobre la mesa, dijo intempestivamente: 
-Isidro Ebers tardó más que los otros en morir, porque quedó preso durante 
seis horas entre dos tirantes gruesos, que se habían caído y que le apreta- 
ban la cintura. Fue el último abrazo que recibió en su vida. 
El mozo buscó una silla y se sentó entre nosotros. Siguió hablando: 
-Vio toda la noche el vuelo de los murciélagos que lo asustaban de chico. 



Como después de una batalla, los mozos estaban tendidos en el suelo, con 
cuchillos en la mano. 

-No diga esas cosas delante de los niños -dijo mi madre, furiosa-. INo van a 
dormir esta noche! 

-La muerte es para todos, para grandes y chicos, señora -prosiguió Isidro 
Ebers-. Los aparadores estaban intactos, las mesas, las perchas y las sillas 
estaban alineadas como en un gran campo de batalla donde corrían los ra- 
tones, porque ustedes sabrán, señores, que en el local antiguo abundaban 
los ratones. Vio salir el sol y oyó las campanadas de las cinco, de las seis... 
y luego pudo, al fin, salir de los tirantes que lo abrazaban. Fue hasta su ca- 
sa, no encontró a nadie; estaban velándolo en la cochera. Fue hasta la co- 
chera. En el fondo de un largo cuarto, su mujer lloraba inconsolablemente, 
quiso abrazarla y ella sin verlo preguntó a su pequeña sobrina: 
-¿De dónde viene ese chiflón helado? 
La sobrina, acercándose, le contestó: 

-Tía Etelinda, las puertas están cerradas. -Y después de un rato dijo en voz 
baja: ¿Qué haríamos si resucitara el tío Isidro? 

-Mi hijita, no me asustes. Eres muy niña para saber lo que es la muerte. Es- 
te cajón es el más lujoso que he encontrado -y al decir estas palabras se 
acercó al cajón y acarició con el índice el dibujo del bronce sobre la madera, 
para distraer a la sobrina. 

-¿Pero usted cómo se llama? -interrumpió mi hermano entusiasmado. 
-Yo me llamo Isidro Ebers. 

En ese instante se acercó el maitre d'hótel, muy congestionado, y dirigién- 
dose al mozo le dijo: 

-¿Qué hace usted acá? ¿Por qué no está sirviendo? 
-Pero estamos hablando de Isidro Ebers -protestó mi hermano. 
-De acuerdo a los reglamentos -dijo el maitre d'hótel dirigiéndose a mi ma- 
dre- los mozos no están autorizados a sentarse a las mesas donde están los 
clientes, salvo cuando se trate de un desmayo o de un fallecimiento. En ese 
caso se ruega a la víctima que se acueste en el suelo para no permitir abu- 
sos. Se ha previsto también el caso de un encuentro familiar, padre, madre 
o hermanos. En esas circunstancias será menester (dice el reglamento) que 
el mozo elija otro restaurante para encontrarse con su familia. 
-Tiene razón -dijo mi madre, interrumpiendo al maitre d'liótel. 
-Pero Isidro Ebers ha muerto. Hace un año que ha muerto -contestó mi 
hermano, indignado. 

-No importa. No estamos hablando de casos personales. Se trata del perso- 
nal y de los reglamentos que todos deben respetar. -Dirigiéndose al mozo, 
que no se había movido de la silla, gritó: 
-Usted queda despedido. 

El mozo sonrió levemente, esperó que el maitre d'hótel se fuera y nos dijo: 



-Esto sucede todos los días. 

Se levantó y nos trajo el postre. El postre estaba hecho de una azucarada 
nube de merengue. Después de dejar la fuente sobre la mesa, sacó una tar- 
jeta de su bolsillo: 

-Les voy a dar mi dirección -nos dijo, escribiendo apresuradamente con un 
lápiz. 

Para fastidiar a mis padres, me entregó la tarjeta a mí, sin mirarme. Vis- 
lumbré en letras negras su nombre: Isidro Ebers, Sector E, número 9. Cha- 
carita. 

-Si alguna vez quieren comprobar la miseria en que vivo, ini una flor! -dijo. 
Mi madre me arrebató la tarjeta, pero yo sabía la dirección de memoria. Mi- 
ré a mi hermano. Llegué hasta él a través de un largo puente de miradas 
asombradas. Éramos partidarios de Isidro Ebers y resolvimos, aunque estu- 
viera muerto, ir a visitarlo. No dormimos en toda la noche. 

El médico encantador 

Con los bolsillos repletos de bombones en forma de palomas, de ratones 
Mickey, de enanitos, de conejos, de los que me ofrecía, uno antes de aus- 
cultarme, otro después de examinarme la garganta, bajando mi lengua con 
el mango de una cuchara de postre otro, el menos codiciado y más pegajo- 
so de todos, al despedirse, recuerdo a Albino Morgan. Era nuestro médico. 
El médico de mi infancia, de mi adolescencia, de mi familia, de toda la vida. 
En aquella época, el principio de su carrera, de esto hará quince años, se 
especializaba en niños y era muy joven, pero me parecía viejo porque usa- 
ba anteojos verdes, barba larga, pañuelo anudado al cuello (que le daba ca- 
ra de garganta dolorida) y la valijita del manómetro, que llevaba bajo el 
brazo como si hubiera sido una caja llena de huevos o de tazas muy finas 
de porcelana. Para conquistar a los niños, antes de mirarlos siquiera, fingía 
auscultar alguna estatuita, alguna figura de un cuadro, de esos que nunca 
faltan en las casas, dirigiéndoles palabras cariñosas, como si se tratara de 
seres reales. Mirta, que venía a jugar conmigo después de las clases, aun- 
que no estuviera enferma recibía dentro de la boca su caramelo. Como un 
cura que da la hostia, sosteniéndola entre el dedo pulgar y el índice. Albino 
Morgan le administraba la golosina; dirán que el gesto denotaba perversión 
sexual, indicio de otras depravaciones, pero yo no lo creo. En broma y por- 
que mis padres admiraban sus bromas les decía: "Soy especialista de niños 
porque los niños se contagian más fácilmente. A cincuenta casas puedo lle- 
var la enfermedad de un solo niño que visito". Si hubieran adivinado la se- 
creta verdad de esa frase, mis padres no hubieran reído. 
Muchas veces oí a mis tías discutir su eficacia, su honestidad, su sabiduría y 
hablar con cierto mal disimulado temor o falso desdén de lo que llamaban la 



originalidad o la excentricidad de Albino Morgan. Yo trataba de no escuchar 
esos diálogos odiosos, que me sumían en la mayor de las confusiones: por 
ellos llegaba a dudar de todo, hasta de la existencia de Dios. Pues como no 
había de dudar, sin perder fe en todo lo demás, en el médico que mis pa- 
dres veneraban, que me auscultaba de pies a cabeza, logrando que resona- 
ra mi abdomen como un tambor, que hacía saltar mis piernas y mis brazos 
con un simple golpecito, que escuchaba el corazón o las arterias a través de 
instrumentos parecidos uno a un teléfono y otro a un reloj, que prohibía 
alimentos y prescribía gotas azules, rojas o verdes, inyecciones, jarabes, 
enemas de leche sin vacilar. Por orden de Albino Morgan nunca tomé de ni- 
ño remedios repulsivos como el aceite de ricino o la magnesia, sino aquellos 
de sabor a frutilla, incomparablemente agradables. Bajo su influjo los pa- 
cientes se enamoraban de las enfermedades. Conozco a una señora que llo- 
raba por verlo, tal vez ella sabía que simultáneamente con el doctor Morgan 
entraba en su casa alguna interesante dolencia que le rejuvenecía el alma. 
Con un camisón rosado y una mañanita que le había regalado su íntima 
amiga gozaba de un bienestar imponderable esperando la visita de su mé- 
dico. Mi abuelo, que era atrabiliario, creyendo a pesar de su longevidad, 
que cada día era el último de su existencia, frente a él se dedicaba a las 
bromas. Cuando el médico le decía, refiriéndose a su dolencia: "Pasará, pa- 
sará", él respondía: "pasará, pasará, pero el último quedará", como dicen 
los niños cuando juegan a Martín Pescador. Albino Morgan, con su manía de 
decir la verdad en broma, haciéndome cosquillas, me llamaba "chanchito de 
la India" y, en efecto, yo fui uno de sus primeros y predilectos chanchitos 
de la India. 

En un momento dado empezó a variar inmoderadamente de remedios. No 
sé cuándo ni cómo comenzaron sus innovaciones terapéuticas, ni cómo las 
concibió, pero advertí un cambio en su actitud, en su manera de hablar. 
¿Fue debido al amor que evolucionó? No lo creo. ¿Su noviazgo con Mirta, 
que era tanto más joven que él, lo perturbó? El amor transforma a los se- 
res, no lo dudo, pero en el caso de Albino Morgan fue diferente: el trans- 
formó el amor, por lo menos el amor de Mirta. 

Todo el mundo sabía ya que en la casa en donde entraba Albino Morgan, 
entraban las más variadas enfermedades: las personas que no lo confesa- 
ban abiertamente, se reían un poquito si alguien les mencionaba el hecho, 
como si se tratara de las travesuras de un niño mimado al que se le perdo- 
na cualquier cosa. Como quien lleva un ramo de flores o una caja de bom- 
bones a una casa. Albino Morgan llegaba con los virus que diseminaba. 
Asimismo, cada paciente esperaba su visita con impaciencia: querían verlo 
sonreír en la puerta de entrada, sentarse junto a la cama (aunque se lustra- 
ra la punta del zapato con la colcha), hablar y dar palmadas sobre el hom- 
bro de un padre o de una madre complacida o acariciar la frente del enfer- 



mo o distribuir aquellos bombones que sacaba del bolsillo. Bastaba que ex- 
tendiera la mano para prohibir la sal o el azúcar en las comidas: los pacien- 
tes más rebeldes le obedecían. Bastaba que cruzara una pierna para recetar 
enemas: los pacientes menos resignados aceptaban sin protesta el sacrifi- 
cio. Bastaba que se acomodara la corbata para ordenar una dieta de una 
docena y media de bananas por día: 

el paciente más inapetente no vacilaba, jubiloso, en complacerlo. Bastaba 
que pronunciara palabras ininteligibles, para que el paciente más sano que- 
dara con fiebre o malestares gástricos. 

Por medio de un manómetro generador de rayos, o con caramelos o con el 
termómetro que colocaba en la boca del paciente (jamás en el recto, ni en 
la axila, ni entre las piernas) dicen que propagaba las enfermedades. Se 
trataba de virus como lo dije anteriormente, que cultivaba en la intimidad 
de su propia casa: uno de sus colegas, amigo mío, me lo aseguró. Recuerdo 
el nombre de las enfermedades que el mismo bautizó y los síntomas, que 
voy a enumerar y a detallar. 

Colmenares nocturnos. El colmenar nocturno se manifestaba con un leve 
dolor de cabeza, con mareos que se prolongaban durante la noche sobre las 
sienes hasta abarcar toda la cabeza del paciente. Un zumbido similar al que 
circunda y desborda en días de calor una colmena, atormentaba los oídos. 
Si alguien se acercaba al enfermo podía, en algún momento, oír ese zumbi- 
do, pues tal vez lo proyectaba el aire al salir de los labios secos y contraídos 
por la dolencia. El paciente creía ver en la oscuridad, en tonos amarillos vio- 
lentos, lo que podría parecemos a primera vista una visión agradable: un 
panal perfectamente dibujado. Simultáneamente sentía en la boca un sabor 
a miel que lo obligaba a beber agua sin interrupción. Encendiendo la luz, la 
intensidad de la visión se moderaba; luego, con la subida inevitable de la 
temperatura comenzaban las pesadillas, y todas se referían a la miel. Algu- 
nos soñaban que de los grifos del lavatorio del baño, en lugar de agua, salía 
miel. Otros, para aplacar una sed intensa, tomaban un vaso de miel. Otros 
se acercaban a un mar asombrosamente quieto y amarillo, donde un barco 
se hundía con dificultad: el líquido era naturalmente miel. Mujeres coquetas 
continuamente se peinaban el pelo de miel que no podían sostener con nin- 
guna horquilla. 

Cromosis tisular. Ésta era otra de las enfermedades que diseminó en los ba- 
rrios más elegantes de Buenos Aires. En común con la anterior tenía un sín- 
toma: el insomnio. En lanas de colores vivos el paciente imaginariamente 
bordaba la vida de sus antepasados; el esfuerzo que hacía por recordar los 
detalles más tediosos de la vida de personas que conocía sólo en fotografías 
lo obligaba a encender la lámpara para buscar en la mesita de luz, como si 
estuviera ahí la lana gris, la lana castaña, que convenía para bordar tal o 
cual pasaje de una biografía. El esfuerzo, precedido de un dolor agudo de 



estómago, dejaba postrado al enfermo, que no podía conciliar el sueño. Si 
el paciente era del sexo masculino, pensaba: Soy hombre, no tendría que 
dedicarme a estas labores absurdas. Si era del sexo femenino, pensaba: Es 
ridículo no poder descansar ni de noche. No soy una niña de un orfanato; 
¿quién me obliga a este trabajo? Si era un cura, pensaba: Sería mejor ha- 
cer un ex voto o pintar la virgen al óleo. 

Astereognosis insomne. Ningún dolor de cabeza ni de estómago caracteri- 
zaba esta enfermedad más incómoda, pero menos abrumante que las otras. 
Los síntomas se manifestaban sólo de noche, sin luz, o en la oscuridad total 
de algún cuarto en horas diurnas. El enfermo no reconocía el objeto que 
palpaba. En algunos casos un hombre buscando fósforos confundió la mesa 
de luz con el pecho de su mujer; en otra una madre confundió la cabeza de 
su hijo con un melón y estuvo a punto de ponerlo en la heladera. Pero mu- 
cho más terrible fue la historia, que todo el mundo conoce, de aquella novia 
de dieciséis años, perdida en el bosque de Palermo con su novio, la noche 
en que los chicos apedrearon el último farol que tenía una bombilla y que 
simultáneamente, dejando el bosque a oscuras, las nubes cubrieron la luna 
que alumbraba apenas las ramas peligrosas de los árboles. 
No hay que creer, y esto se lo digo a las personas aprensivas, que todas las 
enfermedades son horribles. Albino Morgan me explicó un día que esas ma- 
ravillosas hojas creo que son de begonia, rayadas de rojo o de amarillo o de 
violeta, que las dueñas de casa eligen para adornar sus hogares, son her- 
mosas porque están enfermas. A mí me tocó, como a las begonias, tener 
una enfermedad que me volvió encantador, por lo menos ante los ojos de 
Mirta. lAI inocularme ese virus no previó Albino Morgan el funesto desenla- 
ce! Yo soy por naturaleza callado. El mal del cual sufrí durante dos años y 
que me unió a Mirta indisolublemente, llamado labiagnosis, no era desagra- 
dable, sino a veces molesto, pues los síntomas no tenían horario. Desde el 
momento en que yo sentía una puntada aguda en el centro de mi frente, 
hasta que cesaba el dolor -dos horas- hablaba sin parar, con elocuencia im- 
ponderable. He oído grabaciones de esas tardes, que Mirta conserva, real- 
mente conmovedoras. Me es difícil reconocer en ellas mi voz, aunque dicen 
que nadie conoce su propia voz grabada. Si los síntomas de mi dolencia se 
hubieran manifestado con horarios convenientes, hubiera podido dar confe- 
rencias y ganar dinero, ya que tuve que abandonar mi empleo en la Biblio- 
teca Nacional, pues no dejaba leer a nadie. 

Gracias a todas estas circunstancias, mi elocuencia y el abandono del traba- 
jo, que me dejaba horas libres para dedicarme al amor y a la contempla- 
ción, Mirta se enamoró de mí. Compañeros de infancia, era natural en cierto 
modo que nuestra amistad se volviera sentimental, luego apasionada. Al- 
gunas personas, cuando hablan, olvidan lo esencial y son elocuentes sólo 
mentalmente en el silencio. Yo recordaba todo, hasta el latín y el griego. 



cuando hablaba. Esa inusitada lucidez deslumbró a Mirta, que rompió su 
connpromiso con Albino Morgan para darme su amor. 

Albino Morgan trató de inocularse a él mismo la enfermedad admirada y 
luego, en vano, por todos los medios, trató de curarme. INo pudo lograrlo a 
tiempo, pues cuando lo consiguió, si es que lo consiguió él y no mi propio 
organismo, Mirta me amaba para siempre! A veces una persona ama a otra 
en memoria de lo que fue. 

El incesto A Juana Ivulich 

ITodavía me gustan las muñecas! En mi dormitorio sobre una carpeta de 
macramé, estaba sentada mi predilecta, la última que me regalaron, la más 
bonita de todas. 

-Quisiera tener una mujercita y no un varón -solía decirle a mi marido, pen- 
sando en alguna muñeca. 
Siempre oía una cariñosa respuesta: 

-La tendrás. -Y luego la recomendación habitual: No te canses -cuando salía 
de casa y tomaba el tranvía en la esquina. iOtro marido tan bueno como el 
mío no habrá en todo Buenos Aires! 

Yo estaba encinta y la alegría, la infalibilidad y el asombro de la perspectiva 
me impedían tal vez padecer los malestares de otras mujeres cuando están 
encintas. Además, mi afición por la costura no me dejaba desfallecer. Tenía 
que acudir todas las mañanas al taller de Dionisia Ferrari, donde aprendía a 
cortar y a coser, con otras chicas de mi edad, durante el invierno. Yo tenía 
la impresión de otorgar un placer a mis manos cuando manejaban las tije- 
ras las agujas y los alfileres: un placer del cual yo estaba a menudo ex- 
cluida pues mi pensamiento, preocupado por otras cosas, me desvinculaba 
de mi cuerpo. A veces, por las tardes, la señora Dionisia, que me trataba 
como una madre, me servía chocolate con leche y vainillas. El placer lo sen- 
tía mi paladar y mi estómago y no mi verdadero yo. Mientras relamía mis 
labios golosos, esa preocupación, que iría acrecentándose como una enfer- 
medad, me carcomía. 

¿Acaso la desventura de los demás debe de ser también nuestra? ¿Acaso 
debemos sentirnos siempre tan solidarios con el género humano? Yo atri- 
buía mi estado de sensibilidad al hecho de estar encinta. ¿Qué podría im- 
portarme del drama que se desarrollaba en la familia de Dionisia Ferrari? Si 
bien Dionisia me trataba como una madre, dándome chocolate con crema y 
vainillas por la tarde, ofreciéndome, para coser, un asiento junto a la ven- 
tana, prestándome a veces su dedal de oro con perlitas y su tijera de sas- 
tre, la verdad es que no le preocupaba que mi marido perdiera su empleo, 
que mi madre tuviera flebitis. Hay que ver las cosas como son: en el fondo 
me hacía mala sangre por motivos egoístas. Iba a ser madre y tal vez todo 



lo que sucedía a una madre o a una hija tenía, en cierto modo, que preocu- 
parme, y como todas las mujeres son madres e hijas, me preocupaba por 
todas las mujeres, cosa que nunca me había sucedido, pues antes la huma- 
nidad me era indiferente. 

El taller de Dionisia quedaba en la calle Necochea, en la Boca. La casa era 
amarilla como el jabón de lavar los pisos, tenía una reja pintada de negro, 
con adornos de bronce y en el jardín de entrada, dos palmeras con pena- 
chos tristes, que se agitaban con el viento, daban la ilusión de barrer las 
nubes del cielo cuando había tormenta. En el frente de la casa quedaban las 
habitaciones de los parientes de Dionisia, en los fondos, detrás de un patio 
con numerosas plantas, las dependencias de Dionisia y de su familia, que se 
reducían al taller de costura, separado por una cortina floreada del angosto 
y largo dormitorio. 

Inútilmente yo trataba de distraerme cuando regresaba a casa. Leía Caras y 
Caretas. Soy aficionada a la lectura. He gastado más velas en leer que en 
rezar, no me da vergüenza decirlo. Soy franca y digo las cosas feas, con 
naturalidad. En las fotografías miraba a la reina Ranavalona Manjaka, la ex 
reina de Madagascar, con su cara negra, vestida con tanta elegancia, en 
una berlina, paseando por las calles de París y no me daba risa. Miraba al 
ganador del primer premio de carrera de automóviles París-Berlín, sin 
asombro. Miraba el paletot de última moda para señoras del Palacio de Cris- 
tal: no hubiera dado ni un paso ni un peso por tenerlo. Miraba el retrato de 
la pobre secuestrada de Poitiers: no me horrorizaba. No me daban ganas de 
estar en Nápoles, para la fiesta de San Genaro. Leía con indiferencia las re- 
comendaciones para las madres: "El estómago es el cochero del sistema 
nervioso". El estreno de Nerón, por la compañía de la Guerrero, no desper- 
taba mi curiosidad. El ombú donde habitaba el ermitaño Witner, en San Ni- 
colás de los Arroyos, no me impresionaba ni un poquito; Jacquets para se- 
ñoras: al ver los avisos no ambicionaba tener ninguno. Digo la verdad. Mi- 
raba el cuadrante solar del bañado de Flores, en una fotografía: no hubiera 
dado un centavo por verlo personalmente. El cura Frabricci, circulador de 
moneda falsa, no me escandalizaba. "¿Estaré enferma?", me preguntaba a 
mí misma. Si no hubiera sido por las confidencias de Dionisia, no habría ad- 
vertido lo que sucedía en esa casa donde yo trabajaba. 
Horacio Ferrari no amaba a su mujer. No dormía con ella, prefería acostarse 
en un catre incómodo, junto a la ventana, para evitar la promiscuidad de su 
cuerpo. Decían las malas lenguas que el dinero que tenía lo dilapidaba en 
jugar. ¿Jugar a qué? INo lo sabré nunca! ¿Riñas de gallos, carreras de caba- 
llos, naipes? Dionisia lloraba de la mañana la noche. Horacio era buen mo- 
zo, demasiado buen mozo, lo que impedía que yo le tuviera fastidio o que 
pensara mal de él. Su cara era noble y tranquila y sus modales correctos. 
En cuanto el matrimonio estaba junto, discutía. Los motivos de discordia no 



tenían mayor importancia. Una vez fue por la estrella del escudo de la casa 
de gobierno: si tenía ochocientas o novecientas lámparas ocupó una parte 
de exaltado diálogo. Otra vez fue por la casa del Rey del Son: si quedaba 
en la calle Florida al 220 o al 340 pareció cuestión de vida o muerte. Otra 
vez fue por la noticia que salió en una revista, de una gata que dio a luz 
cinco gatos y tres perros: el matrimonio Ferrari no estaba de acuerdo sobre 
el número de perros o de gatos que habían nacido. Pero todo sucedía, a mi 
juicio, por culpa de Livia. Livia sacaba la conversación de esto y del otro y 
de lo de más allá para perturbar la tranquilidad de sus padres. Yo no digo 
que lo hiciera a propósito, era inocente porque tenía doce años, pero la 
cuestión es que en ese hogar no había paz. Yo misma empecé a sentirme 
culpable. Soy cavilosa, me enseñaron a serlo en la infancia, cuando orinaba 
en la cama. 

Horacio a menudo se sentaba a mi lado para verme coser. Yo me ponía 
nerviosa. Felizmente Livia siempre estaba con nosotros. Horacio la besaba 
mirándome como diciendo: "Estoy besando a Livia, pero en mi imaginación 
te beso a ti". Un día me corté un dedo con la tijera. Horacio, serio como de 
costumbre, hizo algo increíble: tomó mi mano en su mano, miró mi dedo 
que tenía una herida como una boca abierta, y me dijo: 
-Hay que chupar toda la sangre para que no se infecte. 
Acto seguido metió mi dedo en su boca para chupar la sangre. Sentí el calor 
mojado de su lengua y me estremecí. En ese momento pensé que Horacio 
se asemejaba mucho a un animal, y me repugnó. Me ruboricé y Lila comen- 
zó a reír como si le hicieran cosquillas. Me limpié la mano en la falda y seguí 
cosiendo como si nada hubiera sucedido pero sentía la mirada de Horacio 
ardiendo sobre mi nuca. Esa mirada húmeda y brillante me recordaría para 
el resto de mi vida la blandura cálida del interior de su boca. Lo miraba ya 
sin verlo y lo veía sin mirarlo. Ningún asomo de coquetería hubo en mí. Si 
se enamoró no fue por mi culpa. Muchos malpensados dirán que traté de 
seducirlo cuando, detrás del biombo o frente a él en el cuarto de costura 
por orden de Dionisia, me ponía los trajes suntuosos, que le encargaban las 
dientas, y luego ataviada con vestido de baile, de amazona, de novia o de 
viuda, daba unos pasos frente al espejo, para que pudiera yo misma com- 
probar que todo estaba en orden: el lazo, el ruedo, las puntillas del cuello, 
los puños del vestido. Creo que las otras chicas me envidiaban, pues ¿cómo 
habría de interpretar la actitud que asumieron el día en que me puse la co- 
pia del vestido de la artista francesa Henriot que había muerto hacía dos 
meses, en el incendio del Teatro de la Comedia? Yo había gritado desde una 
azotea, al ver el entierro escandalosamente lujoso: 

"Fuera blancura y azahares" hasta que los vigilantes me hicieron callar. 
Pensé: estas chicas saben que no soy partidaria de la francesa loca, ni de 
sus admiradores, que murió por salvar a su perro ¿entonces por qué me 



miran con severidad y no nne liablan, al vernne con el vestido de la france- 
sa? Por envidia y por ninguna otra razón. Mi cuerpo es esbelto a pesar de 
estar encinta; tengo una cintura de avispa y mi estatura es mediana, más 
alta que el común de las mujeres argentinas. Mi mamá dice que me distingo 
por mi silueta. 

Tuve un hijo. Durante un año, para cumplir con mis deberes maternales, no 
fui al taller de costura. Cuando volví a lo de Ferrari, nada había cambiado. 
Volví a reanudar mi trabajo. Dionisia, Horacio, Livia me trataron como 
siempre. Mi amor por Horacio había crecido. 
Un día, que jamás olvidaré, Dionisia me dijo: 

-Tengo que hablar contigo. Saldremos hoy a las cinco. Diré que vamos a 
comprar géneros y cintas. 

Dionisia nunca tuvo que dar explicaciones por sus salidas. Nos vestimos pa- 
ra salir, nerviosamente. En la calle, lejos de la casa, Dionisia me habló: 
-Sabes que Horacio es un hombre raro, un degenerado. -Cobardemente yo 
asentí con la cabeza. -No me importa que me engañe, pero que ande detrás 
de su propia hija es un pecado mortal, que no tolero. 

Cobardemente me escandalicé. Yo sabía que Horacio estaba enamorado de 
mí y que utilizaba a su hija para disimular. 

-Dentro de cuatro semanas -prosiguió- huiré con Livia de mi casa. Nos ire- 
mos a España. Tienes que acompañarme al puerto. Diré que voy a despedir 
a una amiga. A último momento me esconderé para que nadie me vea. 
Tengo aquí los pasajes. Me embarcaré en el Marsella. 

Sacó de su corpiño un sobre, lo abrió y me mostró los papeles. Yo podía 
disponer de cuatro semanas para defender a Horacio, diciendo simplemente 
la verdad. Para declarar su inocencia, yo tenía que acusarme. No dije nada. 
Dionisia confiaba en mí. Me quería más tal vez que a su hija, que era una 
coqueta. 

El día en que salía el barco fui más temprano que de costumbre a la casa de 
Dionisia Ferrari. Debajo de la cama estaban escondidos dos paquetes, po- 
quita ropa de las viajeras. 

Vislumbré a Horacio tomando el desayuno, antes de salir para el trabajo. 
Dos horas después fuimos en un coche a la dársena. Temblando, esperé 
que saliera el barco. Debajo de mi sombrilla abierta oculté las lágrimas, que 
quemaban mis ojos. 

La cara en la palma 

Anoche, perdón, antenoche, a las cuatro y media de la mañana, cuando vi- 
niste a buscar el sobre con las direcciones que dejó la señora Upinsky deba- 
jo de la mano del llamador de bronce (como habíamos convenido, para no 
tener que entregártelo personalmente), yo estaba despierta y oí tus pasos 



en las baldosas del corredor. Mi vida se rige de acuerdo a tus pasos. Toda la 
casa dormía, salvo el perro, con sus grandes orejas rubias, que también te 
oyó. Me faltó valor para abrir la puerta y salir a tu encuentro, como pude 
hacerlo. Perdóname y compréndeme. A la hora en que todo el mundo duer- 
me suceden las cosas más maravillosas y las cosas más terribles del mun- 
do. Uno es capaz de matar a alguien, iuno es capaz de revelar cualquier se- 
creto!, uno es capaz de alejarse de la persona que uno más quiere para ro- 
bar una sortija de diamantes o una rosa de cristal; uno es capaz de huir, de 
huir sin rumbo y de esperar la aurora creyendo que uno se ha enamorado 
de alguien que uno no volverá a mirar; uno es capaz de atravesar el fuego 
por una persona amada, sin morir. Uno es capaz de revelar cualquier secre- 
to a esa hora, te lo aseguro. iSalvo yo! No quería revelarte ningún secreto, 
ni siquiera quería explicarte por qué uso un guante en la mano izquierda. 
No. No soy leprosa, te lo hubiera dicho. Yo quería oír tus pasos subir y bajar 
la escalera. Te hubiera demorado con problemas personales. A esa hora 
uno es o tiene la sensación de estar libre, pero nadie, salvo tú, sabe ser li- 
bre cuando es culpable. Tengo que hacerte una confesión, tenía que hacér- 
tela desde hace tiempo. Tengo en la palma de la mano izquierda una cara 
que me habla, que me acompaña, que me combate; una cara pequeña co- 
mo un bajo relieve, que ocupa el lugar en que deben estar las líneas de la 
mano. Es un defecto de nacimiento. Por sola que esté, jamás estoy sola. 
Por segura que esté de una cosa, jamás lo estoy, pues siempre esta peque- 
ña voz contradice mis íntimos pensamientos como si fuera una enemiga. 
Hemos convivido dieciocho años; no he llegado aún a habituarme a ella. Si 
adviertes cierta incoherencia en mis palabras no te asombres: todo se acla- 
rará cuando contestes con paso rápido o pausado la pregunta que te hice la 
última vez que nos vimos de lejos, en la confitería Los Alfeñiques a la hora 
del desayuno. No hagas conjeturas. No pienses mal de mí. No pretendo 
despertar tu curiosidad y aprovechar de ella para que me digas lo que ja- 
más quisiste decirme. ¿Amarías a una mujer manca? Sinceramente te ad- 
vierto que no tendré confianza en ti, si no tienes confianza en mí. 
Mientras elaboro mis flores, en el taller de la calle Uspallata, pienso invenci- 
blemente en tu manera de caminar, pero la voz atroz me dice que tienes 
paso de soldado con clavos en las suelas, y que las flores que hago parecen 
insectos. Para torturarme les pasa la lengua o las muerde. La gente dice 
que nunca hice flores tan bonitas. No saben que están hechas con el sonido 
de tus pasos sobre las baldosas, la madera o el mármol. No saben que es- 
tán hechas con palabras de reproche. IHice tantas flores en mi vida que 
ahora puedo hacerlas con los ojos cerrados! Las hice de algodón, de celu- 
loide, de lata, de plumas, de trapo, de cera, de mostacilla, de terciopelo, de 
espejitos, de tarlatán, de pelo (como las hacían antiguamente). Ahora las 
hago más económicas: de papel madera, de papel manteca, de papel de 



diario (de diarios viejos), de serpentinas cuando llega carnaval. 
Aurelio: no sabes lo que es la vida de una mujer que trabaja, con una voz 
enenniga que le sopla palabras al oído, cuando está preocupada y oye pasos 
amorosos en el piso de arriba. No sabes lo que me duele el ir y venir de la 
gente, en el salón de ventas, donde brillan las arañas y los espejos. Ayer 
hice un ramo para una novia. Me lo devolvieron, porque en uno de los péta- 
los de las violetas de los Alpes había caído una mancha de tinta, una man- 
cha imperceptible, te lo juro (culpa de esta lapicera con que te escribo y 
culpa de mi afán por escribirte). Después supe que la novia lució un horrible 
ramo de flores verdaderas, que en menos de cinco minutos, como era de 
esperar, se marchitó entre sus manos. Anteayer la señora de Upinsky me 
felicitó personalmente por el florero que preparé para su cumpleaños. Dice 
que las flores verdaderas, nunca perfectas, se marchitan pronto y huelen a 
cementerio, que las mías se conservan siempre hermosas, con un tenue 
perfume a lila. Es una señora inteligente: habla como un libro de filosofía. 
La hermana Camila, del Corazón de Jesús, me pidió flores de seda para el 
altar mayor, pues la señora de Upinsky le había dado mi dirección. Nunca te 
agradeceré bastante que me hayas iniciado en este arte de hacer flores ar- 
tificiales (con tus pacientes consejos), cuando me encontraste en la calle, 
desvalida, hambrienta, pidiendo limosna. En parte era mi culpa, lo sé: me 
había escapado de mi casa, pero ¿quién desoye una voz que aconseja con- 
tinuamente la huida? 

Recuerdo con minuciosa claridad nuestros diálogos: me fascinaban porque 
me estaban salvando de una tremenda inercia, de la consunción, de la 
muerte, tal vez. iCon qué orgullo entregué tu carta de recomendación a la 
señora Okinamoto para que me empleara en su casa! ICon qué alegría em- 
prendí una nueva vida! Ahora te contaré cómo esperé el año nuevo: fue en 
una casa de campo. Habían arreglado cuatro mesas sobre el césped; cada 
una tenía en el centro un arbolito con velas encendidas. Comimos una serie 
de manjares cuyos colores me deslumbraban; predominaban los colores ro- 
sados; el celeste no era comible. Brindé con todo el mundo para festejar el 
año nuevo; íntimamente brindé contigo. Bailamos hasta las cinco de la ma- 
ñana. Tres payasos hicieron pruebas y sólo reí porque soy corta de vista. 
Cuando vi salir el sol me entristecí un poco, al volver a la ciudad. La aurora 
del campo es limpia, pero la aurora de la ciudad es sucia, llena de cobijas y 
de cucarachas que se esconden debajo de las bañaderas. 
¿Me habrás olvidado? Me consuela la idea de poder mandarte, próximamen- 
te, un pensamiento (cuyos pétalos llevarán, en letras de oro, las iniciales 
tuyas); es una de mis nuevas creaciones: lo colocarás entre las hojas de al- 
guno de los libros que tienes siempre sobre tu mesa de luz. Al olvidarme, 
por lo menos no olvidarás esa pequeña obra elaborada por mis manos, si 
todavía eres amante de la lectura y de las flores artificiales. 



Si me ves llegar un día con la manga del vestido vacía, como esos guardia- 
nes lisiados de las plazas, sabrás que estoy dispuesta a casarme contigo; 
pero si me ves alejarme como siempre, aparentemente normal, con ese 
guante tejido, en la mano izquierda, entiende que yo, tu enamorada, vivo 
oyendo en mí la voz de alguien que te odia. 

Los amantes 

En la billetera de material plástico él llevaba el retrato de ella, vestida de 
odalisca. Ella, sobre su mesa de luz, tenía el retrato de él con traje de cons- 
cripto. 

La familia, el trabajo, los horarios de las comidas y del sueño, confabulaban 
para que no se vieran a menudo, pero esos encuentros esporádicos eran ri- 
tuales y ocurrían siempre en invierno. Primeramente compraban masas, 
después las saboreaban debajo de los árboles, como los niños que llevan la 
merienda. 

La ansiedad es una forma de dicha que beneficia a los enamorados. A tra- 
vés de un laberinto de días, de cacofónicas comunicaciones telefónicas, que 
parecían no llegar nunca a su término, y después de desechar otras posibi- 
lidades, elogian siempre, para lugar de citas, la confitería Las Dalias, y un 
domingo. Ella llevaba a guisa de abrigo una manta peluda, escocesa, que 
era de gran utilidad. Frente al escaparate de la confitería se saludaban sin 
mirarse, ceremoniosamente confusos. Todas las personas que no se ven a 
menudo, no saben qué decirse; esto es cierto. 

"Tal vez en un cuarto bien oscuro o en un automóvil a gran velocidad - 
pensaba él- perdería mi timidez." "Tal vez en un cinematógrafo, después 
del entreacto o siguiendo una procesión, sabría qué decirle" pensaba ella. 
Después de este diálogo interior, entraron en la confitería, como lo hacían 
siempre, y compraron ocho tajadas de tortas diferentes. Una parecía el mo- 
numento de los españoles, con penachos de crema abigarrados y frutas 
abrillantadas, formando flores; otra, parecía un encaje, era misteriosa y 
muy negra, con adornos lustrosos de chocolate y de merengue amarillo, 
salpicado de grageas; otra parecía un pedestal de mármol roto, era menos 
hermosa pero más grande, con café, crema pastelera y nueces machaca- 
das; otra parecía parte de un cofre, con joyas incrustadas en los lados y 
nieve en la parte superior. Cuando pagaron y el paquete estuvo listo, se di- 
rigieron a la Recoleta, al reparo del paredón del asilo de ancianos, donde se 
refugian los niños que rompen los faroles y los mendigos que lavan su ropa 
en la fuente. Junto a un árbol degenerado, con ramas que hacen las veces 
de columpios y de caballos para los niños que se hamacan, se sentaron so- 
bre el pasto. Ella abrió el paquete y sacó la bandeja de cartón donde brilla- 
ban, un poco aplastados ya, la crema, el merengue y el chocolate. Simuitá- 



neamente, como si cada uno proyectara en el otro sus movinnientos (innis- 
terioso y sutil espejo!), tomaron con una mano primeramente, luego con las 
dos, la tajada de torta con penachos de crema (monumento de los españo- 
les en miniatura), y se la llevaron a la boca. Mascaban al unísono y termi- 
naban de deglutir cada bocado al mismo tiempo. Con idéntica sorprendente 
armonía se limpiaban los dedos en los papeles que otras personas habían 
dejado tirados sobre el pasto. La repetición de estos movimientos los comu- 
nicaba con la eternidad. 

Terminada la primera tajada volvieron a contemplar las restantes tajadas 
en la bandeja de cartón. Con amorosa avidez y con mayor familiaridad to- 
maron la segunda ración: las tajadas de chocolate, decoradas con meren- 
gue. Sin vacilar, con los ojos bizcos, se las llevaron a las bocas desmedida- 
mente abiertas que esperaban. Los pichones abren de igual modo los picos 
para recibir el alimento que las madres les traen. Con más energía y mayor 
velocidad, pero con la misma fruición, comenzaron a masticar y a tragar de 
nuevo como dos gimnastas que hacen ejercicios al mismo tiempo. Ella, de 
vez en cuando, se volvía para ver pasar un automóvil más valioso que los 
otros por su excesivo olor a nafta y por su tamaño, o levantaba la cabeza 
para mirar una paloma, símbolo de amor, que revoloteaba pesadamente 
entre las ramas. Él miraba hacia adelante, pero tal vez paladeaba con me- 
nos conciencia que ella el gusto de esos manjares, cuya abundante crema 
caía sobre el pasto, sobre la manta doblada y sobre algunas basuritas adya- 
centes. Hasta que pudieran terminar el contenido de la bandejita de cartón 
amarillenta recubierta de papel manteca, ninguna sonrisa animaría aquellos 
labios armoniosos. El último bocado de ambos trozos de torta se desmenu- 
zó entre el dedo pulgar, el índice y el mayor de ambas manos, y tardó en 
penetrar en las bocas que lo esperaban. Las migas que caían sobre la ban- 
deja, la falda y el pantalón, fueron cuidadosamente recogidas e introduci- 
das, con el pulgar y el índice, en la boca. 

La tercera tajada de torta, más opulenta que las otras, parecía el material 
que sirve para construir algunas casas originales que hay en los balnearios. 
La cuarta tajada, más leve pero más ardua, por su consistencia de esponja 
(estaba espolvoreada de azúcar) les dejó bigotes blancos y pintas blancas 
en la nariz. Para introducirla en la boca había que sacar la lengua y cerrar 
los ojos. No aventurarse a tomar un gran bocado era perder buena parte 
del manjar donde pululaba el maní disfrazado de nuez o de almendra. Ella 
estiró el cuello y bajó la cabeza; él no cambió de actitud. La masticación si- 
guió su ritmo regular, como acompañada por un cronómetro. 
Sabían que quedaban más manjares en la bandeja de cartón. Pasado ese 
primer momento difícil, el resto fue fácil. Las manos hacían las veces de cu- 
charas. En vez de masticar antes de tragarlos, las bocas hacían buches con 
la crema el bizcochuelo. 



Terminado el contenido de la bandeja, ella tiró lejos el cartón festoneado y 
sacó del bolsillo un paquetito lleno de maníes. Durante unos minutos, con 
ademanes de modista, partía las cáscaras, pelaba los granitos de maní, se 
los daba a él, guardándose algunos, que se llevaba a la boca, para masticar 
de nuevo al unísono con él. Relamiéndose los labios osaron esbozar algún 
tímido diálogo, relacionado con picnics: gente que murió al beber vino, des- 
pués de comer sandía: una araña pollito dentro de una canasta, que sirvió 
para matar a una muchacha odiada por los suegros, un domingo; conservas 
en mal estado, aparentemente deliciosas, que causaron la muerte de dos 
familias, en Trenquelauquen; una tormenta que ahogó la luna de miel de 
dos parejas, brindando con sidra y comiendo salchichas con pan, en la orilla 
del arroyo, en Tapalqué. 

Cuando terminaron los alimentos y el diálogo, ella desplegó la manta y am- 
bos se cubrieron, acostándose en el pasto. Sonrieron por primera vez, pues 
tenían la boca libre de alimentos y de palabras, pero ella sabía (y él tam- 
bién lo sabía), que bajo el amparo de esa manta el amor repetiría sus actos 
y que la esperanza, con alas frivolas, cada vez más remota, la alejaría del 
matrimonio. 

Las termas de Tírte 

Estaban sentados en la tétrica sala de las termas de Tirte. Las termas de 
Tirte eran célebres: sus aguas curaban las enfermedades más dispares, el 
eczema, la hepatitis, los cálculos de riñón, el reumatismo, los desarreglos 
nerviosos, la hipertensión, la conjuntivitis crónica, que afea tantos ojos. Los 
enfermos que acudían a las termas, todo el tiempo hablaban de enfermeda- 
des. Cada uno de ellos había sufrido más que el otro y ese otro no lo admi- 
tía. Bebían agua como si hubieran nacido sólo para eso. Antes de tragar el 
agua algunos hacían buches, otros gárgaras, otros mantenían en la boca el 
sorbo de agua sin moverlo, como si fuera una hostia, otros bebían tan len- 
tamente que el vaso parecía llenarse en lugar de vaciarse. Entre tantos en- 
fermos, poco atrayentes, jamás pensé que Lucy encontraría al hombre de 
quien debía enamorarse. Tan luego ella, que era tan difícil. Yo la visitaba 
todos los fines de semana y dormía en la orilla del lago o en la plaza sobre 
un banco para no pagar alojamiento. 

Samuel Ortigas, el médico, hablaba del poder mágico de las aguas, mien- 
tras los enfermos se mataban a trompadas. 
-¿Aguas mágicas? Aguas diabólicas -yo le decía. 

A las cinco de la tarde, hora en que se abrían los baños de aguas sulfuro- 
sas, los ánimos de los enfermos llegaban al paroxismo de la exaltación. Si 
durante la mañana discutían casi amenamente, bebiendo agua, durante la 
tarde se golpeaban, se arañaban o se tiraban con los vasos porque algún 



orgulloso pretendía tener el hígado nnás enfermo, o un innpúdico, el reunna- 
tismo más deformante, o un insolente la conjuntivitis más purulenta. 
En aquel sitio que por su belleza y su tristeza era célebre sentí una gran 
melancolía, pero poco a poco fui descubriendo que también sería agradable 
vivir por unos días en un lugar dedicado al reposo y consagrado al mejora- 
miento de la salud. 

Fue en las orillas del lago, uno de los adornos más famosos de la comarca, 
debajo de un cerezo, que me dijo Lucy: 
-Estoy enamorada de ese actor francés. 
-iCómo puedes! -le respondí escandalizado. 
-¿Por qué? -su asombro no tenía límite. 

Le señalé con el índice a Raúl Bertrés, que hablaba con un joven de camisa 
celeste. Mientras hablaba arrancaba distraídamente cerezas del árbol, para 
ofrecérselas a su interlocutor, colgándoselas de las orejas o del cuello como 
si fuesen aros o cuentas de un collar. 

-Todos los días se encuentran a la misma hora, y salen en yate. 
-¿Y es una razón para que te escandalices? -me respondió-. 
El pobre se aburre como un condenado con ese discípulo. 
-La razón es que juntos se divierten más que con una mujer. 
-Serán amigos. 

Reí con un grito agudo casi afeminado, y dije: 
-Naturalmente. Era eso lo que quería decirte. 
-Calumnias -respondió Lucy. 

Raúl Bertrés, además de haber inspirado a Lucy una pasión desmedida, era 
uno de los más célebres actores del momento. Venía todos los años a cum- 
plir una cura a Las Termas de Tirte, para mantenerse joven, según los in- 
formes de Lucy, y se hospedaba en el hotel más lujoso del lugar. Bajaba ra- 
ra vez al edificio de los baños, y si lo hacía desdeñaba el funicular, prefi- 
riendo bajar a pie hasta la fuente misma de donde manaba el agua que be- 
bía, para después entrar furtivamente en el edificio, a saludar a los médi- 
cos. Fue en su organismo que se pudo comprobar el poder de las aguas, 
poder harto distinto del que rezaban las propagandas. Samuel Ortigas ase- 
guraba a Lucy que las aguas no curaban las enfermedades banales sino que 
daban una energía sobrenatural a los enfermos o a los hombres sanos. En 
el primer momento esta teoría le pareció absurda a Lucy, pero tuvo que 
admitirla, pues comprobó que aquello que parecía un cuento de hadas era 
la verdad. 

Para Raúl Bertrés la vida del hombre era demasiado corta. Lucy lo supo por 
el conserje del hotelito donde vivía. Un hombre que se acuesta todos los 
días a las cinco de la mañana, que no tiene tiempo de divertirse, que tiene 
que hacer ejercicios respiratorios y aprender de memoria páginas y páginas 
de diálogos, siente que la vida pasa como un soplo. No podía vivir a fuerza 



de no encontrar tiempo para vivir: era esa su enfernnedad. La angustia del 
tiempo, que todos tenemos, lo carcomía. ¿Pero cómo sería posible alargar 
la vida de un hombre? Los sabios habían estudiado tanto y tan infruc- 
tuosamente la cuestión que se habían desanimado. iUn problema sin solu- 
ción! 

-¿Qué son dos o tres años más de vida que me darán estas aguas? - 
exclamaba Raúl Bertrés, bebiendo con desesperación. 

-Yo que de joven siempre quise morir, no lo comprendo -se lamentaba 
Lucy. 

Samuel Ortigas creyó descubrir de este modo la solución y la halló. Si un 
ser dotado de suficientes energías pudiera cumplir, mientras duerme, sus 
obligaciones más tediosas y de ese modo aprovechar el tiempo que desper- 
dicia en descansar, alargaría el doble su vida. 

Aunque parezca mentira, Raúl Bertrés, mientras dormía cumplía sus obliga- 
ciones más tediosas. 

Demostrar a Lucy, como yo me lo había propuesto, cuáles eran para Raúl 
Bertrés las obligaciones tediosas resultaba difícil, ya que el único indicio que 
revelaba su sueño eran los ojos cerrados y un imperceptible ronquido, pues 
el hipócrita usaba gruesos anteojos negros. 

Me aventuré a una empresa difícil: resolví hacerme amigo de él, para arre- 
batarle o romperle intempestivamente los anteojos, en circunstancias de 
sumo interés para Lucy y para mí. 

Ala distancia, de nuevo debajo del cerezo, platicando con el discípulo, lo 
vislumbramos. Con Lucy nos acercamos corriendo. Fingí que iba en busca 
de las mismas cerezas. Con un brusco movimiento le quité los anteojos. Lo 
miré con asombro. Vi que sus ojos estaban cerrados. 
-Mientras está contigo también duerme -dije a Lucy. 

Para probar la veracidad de mis palabras, traté de organizar el paseo de él 
y de Lucy, en una noche de luna. 

En medio de un diálogo apasionado, como un maleante me acerqué a Raúl 
Bertrés y le quité los anteojos gruesos y verdes. Pero cuál no fue mi sorpre- 
sa y mi disgusto al ver que sus ojos estaban abiertos. Sin embargo sé que 
se abrieron en ese instante con mi aparición y que volvieron a cerrarse in- 
dignados cuando desaparecí entre los árboles, llevándome los anteojos, pe- 
ro iay! no el confiado, el engañado corazón de mi ex novia Lucy. 
La vida clandestina 

-Magdalena cree que la engaño, y la engaño pero de un modo raro -me dijo 
un día. 

Hacía poco que nos conocíamos. Yo no sabía quién era Magdalena y la con- 
fidencia me pareció estúpida. 

Otro día lo acompañé al sótano: de ahí se divisaba la escalera, donde re- 
tumbaba el eco. Me dijo: 



-Cuando grito, no es con mis palabras, ni con mi voz, que el eco responde. 
No sólo eso me da miedo; me dan miedo los espejos, donde no me veo a 
mí mismo reflejado sino a otro muchacho diferente, totalmente diferente. 
-¿Desde cuándo suceden estas cosas? -le pregunté. 

-Desde siempre. Desde que fui capaz de hablar, de mirar, de distinguir un 
reflejo de una persona. Por eso nunca pensé libremente en Magdalena, ni 
pude, acostado con otra mujer, engañarla. Sentí que la voz del eco, que 
esas palabras que no grité, que esas imágenes del espejo, que no proyecté, 
se juntaban para formar a un ser infinitamente más vital y más humano 
que yo y que Magdalena. 

-No te preocupes -le dije-. El eco tiene una voz impersonal. 
-Pero cuando una voz de hombre grita, contesta con voz de hombre. 
-El eco de tu casa desfigurará los sonidos, un fenómeno corriente. ¡Hay tan- 
tos cuentos al respecto! ITantos poemas que conozco de memoria! Existe el 
eco simple, el doble, el triple, el múltiple, el monosilábico y el polisilábico. El 
espejo que también desfigura las imágenes es muy común. A veces las de- 
vora: en el caso de Arquímedes... 
Ya protestaba y, para tranquilizarlo, le dije: 
-Es un desdoblamiento, tal vez. 

Empecé a preocuparme cuando advertí que el eco no modificaba el ladrido 
ni el espejo el hocico de Dongo, su perro, que el eco no modificaba el canto 
del canario ni el espejo su color, y que, por último, a mí tampoco me modi- 
ficaban ni el eco ni el espejo. 
Un día me dijo: 

-Tengo miedo de encontrarme con esa persona... Por ella sería capaz de 
abandonar a Magdalena. 

-No te quedes en esta casa. Verás que los otros ecos y los otros espejos del 
mundo son diferentes. 

Huyó. Pero sus cartas me dijeron que en todas partes encontraba la extraña 
voz en el eco, y la extraña imagen en los espejos. En todas partes aquel ser 
iba creciendo. En el agua, en los metales, en los vidrios, en los huecos de 
las escaleras, en los zaguanes de las casas viejas, en los aljibes, en las igle- 
sias, las grutas, en el fondo de las montañas, aquel ser lo esperaba. Aunque 
la amara, no podía pensar en Magdalena. 

Desde niño le había gustado la música. Tocó el clarinete en una orquesta. 
Pero vio la imagen reflejada en el bronce convexo del instrumento. Abando- 
nó la orquesta. Trabajó en una fábrica de cuchillos: la vio en las hojas de 
los cuchillos. Trabajó en un taller mecánico, donde el eco, atesorando aque- 
lla voz, se agazapaba en los huecos del galpón... Con la esperanza de ser 
libre y de amar sin infidelidades a Magdalena, se fue a vivir al desierto. 
Rendido, se acostó a dormir. Luego vio su impronta en la arena, que no 
guardaba relación alguna con su cuerpo; le dibujó ojos y boca, y le modeló 



una reja, donde susurró el final de esta historia, que nadie sabrá. 

La peluca 

A Elva y Sammy 

Para engañarme me decías siempre la verdad; para decirte la verdad yo 
siempre te mentía. Éramos novios. Estudiábamos juntos; trabajábamos en 
la misma oficina. Queríamos aprender alemán. Vimos el nombre de Hermi- 
nia Langster en el diario: ella quería aprender castellano (con nosotros) y 
enseñar en cambio alemán. Era rubia, alta y delgada. 

Conversábamos en los jardines públicos, en las confiterías, en las casas 
cuando llovía. 

Sería inútil negarlo: te enamoraste de ella por la peluca. Admiraste su ca- 
bellera postiza, creyendo que era natural, pero el día que se le ladeó, ocu- 
pándole parte de la frente, o que la puso en la punta del respaldo de la silla, 
para alisar su verdadero pelo, porque creía estar sola, sin que la espiára- 
mos, y que volvió a colocársela con elegancia, la amaste aún más. Aparen- 
temente era una peluca parecida a todas las pelucas: ni rojiza para llamar 
la atención, ni platinada para parecerse a las más atrayentes, ni negra para 
ser repugnante; era rubia, discreta e impersonal, con una raya perfecta en 
el centro, y algunos rulos que armonizaban con las ondas suaves del con- 
junto. 

Creo que Herminia también te amaba. ¿Por qué voy a dudarlo? Por lo me- 
nos te prefería. Era tan buena que estaba dispuesta a sacrificar todo por ti, 
pero tú no le pedías sacrificio alguno, salvo ser amado, lo que implica de 
todos modos un sacrificio de ambas partes, porque amar es sacrificarse, 
uno lo aprende a lo largo del tiempo. 

¿Cuándo y por qué Herminia comenzó a cambiar de modales? No lo sé. Ni 
sé tampoco si lo haría para parecer graciosa o para asombrarnos. 
Un día que paseábamos por el bosque de Palermo me dejó pasmada. Miró 
en las ramas de un árbol, con insistencia, una torcaza. No podía seguir 
nuestra conversación. Sin decir agua va, como un relámpago, trepó el árbol 
y trajo la torcaza entre sus manos. Desplumó y mordió bestialmente al po- 
bre pajarito. Fingiste no advertirlo, para no escandalizarme, probablemente. 
Comía como los perros, pasando la lengua por el plato; bebía el agua de los 
grifos o de un tazón, nunca de los vasos. IFue absurdo que un día se nos 
ocurriera invitarla a cenar con nosotros! 

Cuando empezó a caminar en cuatro patas, a romper los libros, nos fastidió 
mucho; y cuando nos mordió la mano y la mejilla a mí me dio asco y a ti te 
perturbó. 

En noches de verano, clandestinamente, saliste con ella y sospecho que no 



era para aprender alemán sino un idioma más complicado: el amor. Volvías 
maltrecho, con el pelo revuelto y cubierto de rasguños. Estuve a punto de 
romper mi compromiso para no verte más, por lo menos hasta tranquilizar 
mis nervios, pero no fue necesario. 

Sin comunicármelo te fuiste con ella a la provincia de Tucumán. Supe que 
habían alquilado una casa en las sierras. Durante días vagué por los jardi- 
nes donde habíamos paseado juntos. 

Al poco tiempo, en las noticias policiales, me enteré de un caso de caniba- 
lismo en las sierras. Una mujer mató con un cuchillo a un niño, un panade- 
rito, y lo dio de comer a sus hijos. Simultáneamente recibí un telegrama tu- 
yo, para que fuera a tu encuentro, en las sierras. Relacioné las dos noticias 
y partí en el primer tren. 

Tucumán me deslumhró. Me quedé a dormir una noche en un hotel de la 
ciudad. El lugar donde vivías, en las sierras, quedaba bastante retirado. Tu- 
ve que tomar otro tren. 

Tu casa estaba en un valle encantador y salvaje. Cuando te vi solo, te pre- 
gunté: 

-¿Y Herminia? ¿Te libraste de ella? 
Abrazándome, contestaste: 

-Me la comí. Si ella era un animal, es natural que yo la comiera. 
Herminia no volvió a aparecer. Vivimos en un mundo extraño. Me casé con- 
tigo, pero a medida que pasa el tiempo me das miedo, sobre todo desde 
que dijiste que debo engordar, pues me sienta mejor, y porque insistes en 
vivir en un lugar retirado, en plena sierra, sin un criado siquiera. 
Esta carta es para que sepas que no soy tonta y que no me engañas. 
Los hombres se comen los unos a los otros, como los animales: que lo ha- 
gas de un modo físico y real, no te volverá más culpable ante mis ojos, pero 
sí ante el mundo, que registrará el hecho en los diarios como un nuevo caso 
de canibalismo. 

La expiación 

A Helena y Eduardo 

Antonio nos llamó a Ruperto y a mí al cuarto del fondo de la casa. Con voz 
imperiosa ordenó que nos sentáramos. La cama estaba tendida. Salió al pa- 
tio para abrir la puerta de la pajarera, volvió y se echó en la cama. 
-Voy a mostrarles una prueba -nos dijo. 
-¿Van a contratarte en un circo? -le pregunté. 

Silbó dos o tres veces y entraron en el cuarto Favorita, la María Callas y 
Mandarín, que es coloradito. Mirando el techo fijamente volvió a silbar con 
un silbido más agudo y trémulo ¿Era ésa la prueba? ¿Por qué nos llamaba a 



Ruperto y a mí? ¿Por qué no esperaba que llegara Cleóbula? Pensé que toda 
esa representación serviría para demostrar que Ruperto no era ciego, sino 
más bien loco; que en algún momento de emoción frente a la destreza de 
Antonio lo demostraría. El vaivén de los canarios me daba sueño. Mis re- 
cuerdos volaban en mi mente con la misma persistencia. Dicen que en el 
momento de morir uno revive su vida: yo la reviví esa tarde con remoto 
desconsuelo. 

Vi, como pintado en la pared, mi casamiento con Antonio a las cinco de la 
tarde, en el mes de diciembre. Hacía calor ya, y cuando llegamos a nuestra 
casa, desde la ventana del dormitorio donde me quité el vestido y el tul de 
novia, vi con sorpresa un canario. Ahora me doy cuenta de que era el mis- 
mo Mandarín que picoteaba la única naranja que había quedado en el árbol 
del patio. Antonio no interrumpió sus besos al verme tan interesada en ese 
espectáculo. El ensañamiento del pájaro con la naranja me fascinaba. Con- 
templé la escena hasta que Antonio me arrastró temblando a la cama nup- 
cial, cuya colcha, entre los regalos, había sido para él fuente de felicidad y 
para mí terror durante las vísperas de nuestro casamiento. La colcha de 
terciopelo granate llevaba bordado un viaje en diligencia. Cerré los ojos y 
apenas supe lo que sucedió después. El amor es también un viaje; durante 
muchos días fui aprendiendo sus lecciones, sin ver ni comprender en qué 
consistían las dulzuras y suplicios que prodiga. Al principio, creo que Anto- 
nio y yo nos amábamos parejamente, sin dificultad, salvo la que nos impo- 
nía mi inocencia y su timidez. 

Esta casa diminuta que tiene un jardín igualmente diminuto está situada en 
la entrada del pueblo. El aire saludable de las montañas nos rodea: el cam- 
po queda cerca y lo vemos al abrir las ventanas. 

Teníamos ya una radio y una heladera. Numerosos amigos frecuentaban 
nuestra casa en los días de fiesta o para festejar alguna fecha de familia. 
¿Qué más podíamos pedir? Cleóbula y Ruperto nos visitaban más a menudo 
porque eran nuestros amigos de infancia. Antonio se había enamorado de 
mí, ellos lo sabían. No me había buscado, no me había elegido; era más 
bien yo la que lo había elegido a él. Su única ambición era ser amado por 
su mujer, conservar su fidelidad. Poca importancia le daba al dinero. 
Ruperto se sentaba en un rincón del patio y sin preámbulos mientras afina- 
ba la guitarra, pedía un mate, o bien una naranjada cuando hacía calor. Yo 
lo consideraba como uno de los tantos amigos o parientes que forman, casi 
podría decir, parte de los muebles de una casa y que uno advierte sólo 
cuándo están estropeados o colocados en distinto lugar del habitual. 
"Son cantores los canarios" decía Cleóbula invariablemente, pero si hubiera 
podido matarlos con una escoba lo hubiera hecho porque los detestaba. 
¡Qué hubiera dicho al verlos hacer tantas pruebas ridiculas sin que Antonio 
les ofreciera ni una hojita de lechuga ni una vainilla! 



Yo alcanzaba el mate o el vaso de naranjada a Ruperto, mecánicamente, 
bajo la sombra del parral, donde siempre se sentaba, en una silla de Viena, 
como un perro en su rincón. Yo no lo consideraba como una mujer conside- 
ra a un hombre, yo no observaba la más elemental coquetería para recibir- 
lo. Muchas veces, después de haberme lavado la cabeza, con el pelo moja- 
do, recogido por horquillitas, como un esperpento, o bien con el cepillo de 
dientes en la boca y con dentífrico en los labios, o con las manos llenas de 
espuma de jabón en el momento de lavar la ropa, con el delantal recogido 
en la cintura, barrigona como una mujer encinta, lo hacía pasar abriéndole 
la puerta de calle, sin mirarlo siquiera. Muchas veces, en mi descuido, creo 
que me vio salir del cuarto de baño envuelta en una toalla turca, arrastran- 
do las chancletas como una vieja o como una mujer cualquiera. 
Chusco, Albahaca y Serranito volaron al recipiente que contenía pequeñas 
flechas con espinas. Llevando las flechas volaban afanosos a otros recipien- 
tes que contenían un líquido oscuro donde humedecían la punta diminuta de 
las flechas. Parecían pajaritos de juguete, palilleros baratos, adornos de 
sombrero de una tatarabuela. 

Cleóbula, que no es maliciosa, había advertido, y me lo dijo, que Ruperto 
me miraba con demasiada insistencia. "IQué ojos!", repetía sin cesar. "IQué 
ojos!" 

-He conseguido conservar los ojos abiertos cuando duermo -musitó Anto- 
nio-; es una de las pruebas más difíciles que he logrado en mi vida. 
Me sobresalté al oír su voz. ¿Era ésa la prueba? Después de todo, ¿qué ha- 
bía de extraordinario en ella? 
-Como Ruperto -dije con voz extraña. 

-Como Ruperto -repitió Antonio-. Los canarios, más fácilmente que mis pár- 
pados, obedecen mis órdenes. 

Los tres estábamos en ese cuarto en penumbra como en penitencia. Pero 
¿qué relación podía haber entre sus ojos abiertos durante el sueño y las ór- 
denes que impartía a los canarios? No era de extrañar que Antonio me de- 
jara de algún modo perpleja: lera tan distinto de los otros hombres! 
Cleóbula también me había asegurado que mientras Ruperto afinaba la gui- 
tarra sus miradas me recorrían desde la punta del pelo hasta la punta de 
los pies, que una noche al quedar dormido en el patio, medio borracho, sus 
ojos habían quedado fijos en mí. En consecuencia perdí la naturalidad, tal 
vez la falta de coquetería. Para mi ilusión, Ruperto me miraba a través de 
una suerte de antifaz en el que se engarzaban sus ojos de animal, esos ojos 
que no cerraba ni para dormir. Como al vaso de naranjada o al mate que yo 
le servía, con una misteriosa fijeza me clavaba sus pupilas cuando tenía 
sed. Dios sabe con qué intención. Ojos que miraran tanto no existían en to- 
da la provincia, en todo el mundo; un brillo azul y profundo como si el cielo 
se hubiera metido en ellos los diferenciaba de los otros, cuyas miradas pa- 



recían apagadas o muertas. Ruperto no era un hombre: era un par de ojos, 
sin cara, sin voz, sin cuerpo; así me parecía, pero así no lo sentía Antonio. 
Durante muclios días en que mi inconsciencia llegó a exasperarlo, por cual- 
quier nimiedad me hablaba de mal modo o me infligía trabajos penosos, 
como si en lugar de ser su mujer yo hubiera sido su esclava. La transforma- 
ción en el carácter de Antonio me afligió. 

IQué extraños son los hombres! ¿En qué consistía la prueba que quería 
mostrarnos? Lo del circo no había sido una broma. 

Al poco tiempo de casarnos muchas veces dejaba de ir a su trabajo, pretex- 
tando un dolor de cabeza o un inexplicable malestar de estómago. ¿Todos 
los maridos eran iguales? 

En el fondo de la casa la enorme pajarera llena de canarios que Antonio ha- 
bía cuidado siempre con afán estaba abandonada. Por las mañanas cuando 
yo tenía tiempo limpiaba la pajarera, colocaba alpiste, agua y lechuga en 
los recipientes blancos y cuando las hembras estaban por tener cría, prepa- 
raba los niditos. Antonio se había ocupado siempre de estas cosas, pero ya 
no demostraba ningún interés en hacerlo ni en que yo lo hiciera. 
IHacía dos años que nos habíamos casado! INI un hijo! En cambio icuánta 
cría habían tenido los canarios! 

Un olor a almizcle y a cedrón llenó el cuarto. Los canarios olían a gallina, 
Antonio a tabaco y a sudor, pero Ruperto últimamente no olía sino a al- 
cohol. Me decían que se emborrachaba. IQué sucio estaba el cuarto! Alpis- 
te, miguitas de pan, hojas de lechuga, colillas y ceniza estaban diseminados 
en el piso. 

Desde la infancia Antonio se había dedicado, en los momentos libres, a 
amaestrar animales: primero usó de su arte pues era un verdadero artista, 
con un perro, con un caballo, luego con un zorrino operado, que llevó du- 
rante un tiempo en su bolsillo; después, cuando me conoció y porque me 
agradaban, se le ocurrió amaestrar canarios. En los meses de noviazgo, pa- 
ra conquistarme, me había enviado con ellos papelitos con frases de amor o 
flores atadas con una cintita. De la casa donde él habitaba a la mía se ex- 
tendían quince largas cuadras: los alados mensajeros iban de una casa a la 
otra sin vacilar. Por increíble que parezca llegaron a colocar flores en mi pe- 
lo y un papelito dentro del bolsillo de mi blusa. 

Que los canarios colocaran flores en mi pelo y papelitos en mi bolsillo ¿no 
era más difícil que las tonterías que estaban haciendo con las benditas fle- 
chas? 

En el pueblo, Antonio llegó a gozar de un gran prestigio. "Si hipnotizaras a 
las mujeres como a los pájaros, nadie resistiría a tus encantos; le decían 
sus tías con la esperanza de que el sobrino se casara con alguna millonaria. 
Como dije anteriormente, Antonio no se interesaba por el dinero. Desde los 
quince años había trabajado de mecánico y tenía lo que deseaba tener, lo 



que me ofreció con su casamiento. Nada nos faltaba para ser felices. Yo no 
podía comprender por qué Antonio no buscaba un pretexto para alejar a 
Ruperto. Cualquier motivo hubiera servido para ese fin, aunque más no fue- 
ra una reyerta por cuestiones de trabajo o de política que, sin llegar a una 
riña a puñetazos o con armas, hubiera vedado la entrada de ese amigo a 
nuestra casa. Antonio no dejaba traslucir ninguno de sus sentimientos, sal- 
vo en ese cambio de carácter que yo supe interpretar. Contrariando mi mo- 
destia, advertí que los celos que yo podía inspirar enajenaban a un hombre 
que había sido siempre, a mi juicio, el ejemplo de la normalidad. 
Antonio silbó, se quitó la camiseta. Su torso desnudo parecía de bronce. Me 
estremecí al verlo. Recuerdo que antes de casarme me ruboricé frente a 
una estatua muy parecida a él. ¿Acaso no lo había visto nunca desnudo? 
iPor qué me asombraba tanto! 

Pero el carácter de Antonio sufrió otro cambio que en parte me tranquilizó: 
de inerte se volvió extremadamente activo, de melancólico se volvió, apa- 
rentemente, alegre. Su vida se llenó de misteriosas ocupaciones, de un ir y 
venir que denotaba interés extremo por la vida. Después de la cena ni si- 
quiera encontrábamos un momento de solaz para oír la radio, o para leer 
los diarios, o para no hacer nada, o para conversar unos instantes sobre los 
acontecimientos del día. Los domingos y días de fiesta tampoco eran un 
pretexto para permitirnos un descanso; yo que soy como un espejo de An- 
tonio, contagiada por su inquietud, iba y venía por la casa, ordenando rope- 
ros ya ordenados, o lavando fundas impecables, por una imperiosa necesi- 
dad de contemporizar con las enigmáticas ocupaciones de mi marido. Un 
redoblamiento de amor y de solicitud por los pájaros ocupó parte de sus 
días. Arregló nuevas dependencias de la pajarera; el arbolito seco, que 
ocupaba el centro, fue reemplazado por otro, más grande y más gracioso, 
que la embellecía. 

Abandonando las flechas dos canarios empezaron a pelear: las plumitas vo- 
laron por el cuarto, la cara de Antonio se oscureció de cólera. ¿Sería capaz 
de matarlos? Cleóbula me había dicho que era cruel. "Tiene cara de llevar 
un cuchillo en el cinto", había aclarado. 

Antonio ya no permitía que yo limpiara la pajarera. En aquellos días él ocu- 
pó un cuarto que servía de depósito en los fondos de la casa y abandonó 
nuestra cama matrimonial. En una cama turca donde mi hermano solía 
dormir la siesta cuando venía de visita, Antonio pasaba las noches (sin 
dormir, lo sospecho, pues hasta el alba yo oía sus pasos incansables sobre 
las baldosas). A veces se encerraba horas enteras en ese cuarto maldito. 
Uno por uno los canarios dejaron caer de sus picos las pequeñas flechas, se 
posaron sobre el respaldo de una silla modularon un canto suave. Antonio 
se incorporó y mirando a María Callas, al que siempre había llamado "La 
reina de la desobediencia", dijo una palabra que no tiene sentido para mí. 



Los canarios volvieron a revolotear. 

A través de los vidrios pintados de la ventana yo trataba de atisbar sus mo- 
vimientos. Me lastimé una mano intencionalmente, con un cuchillo: de ese 
modo me atreví a golpear a su puerta. Cuando me abrió, salió volando una 
bandada de canarios que volvió a la pajarera. Antonio curó mi herida pero, 
como si hubiera sospechado que era un pretexto para llamar su atención, 
me trató con sequedad y desconfianza. En aquellos días hizo un viaje de 
dos semanas, en un camión, no sé adónde y volvió con una bolsa llena de 
plantas. 

Miré de soslayo mi falda manchada. Las pájaros son tan chiquitos y tan su- 
cios. ¿En qué momento me habían ensuciado? Los observé con odio: me 
gusta estar limpia aun en la penumbra de un cuarto. 

Ruperto, ignorando la mala impresión que causaban sus visitas, venía con 
la misma frecuencia y con los mismos hábitos. A veces, cuando yo me reti- 
raba del patio para evitar sus miradas, mi marido con algún pretexto me 
hacía volver. Pensé que de algún modo le agradaba aquello que tanto le 
desagradaba. Las miradas de Ruperto me parecían ya obscenas, me desnu- 
daban bajo la sombra del parral, me ordenaban actos inconfesables cuando 
a la caída de la tarde una brisa fresca acariciaba mis mejillas. Antonio, en 
cambio, nunca me miraba o fingía no mirarme, según me lo aseguraba 
Cleóbula. No haberlo conocido, no haberme casado con él, ni conocido sus 
caricias, para volver a encontrarlo, a descubrirlo, a entregarme a él, fue du- 
rante un tiempo uno de mis deseos más ardientes. ¿Pero quién recupera lo 
que ya perdió? 

Me incorporé, me dolían las piernas. No me gusta estar quieta tanto tiempo. 
¡Qué envidia tengo a los pájaros que vuelan! Pero los canarios me dan pe- 
na. Parece que sufrieran cuando obedecen. 

Antonio no trataba de evitar las visitas de Ruperto: por lo contrario, las fo- 
mentaba. Durante los días de carnaval llegó al extremo de invitarlo a que- 
darse en nuestra casa, una noche en que se demoró hasta muy tarde. Tu- 
vimos que alojarlo en el cuarto que Antonio ocupaba provisoriamente. 
Aquella noche, como la cosa más natural del mundo, volvimos a dormir jun- 
tos, mi marido y yo, en la cama de matrimonio. Mi vida se encauzó de nue- 
vo desde aquel momento en su antigua normalidad; así lo creí, al menos. 
Vislumbré en un rincón, debajo de la mesa de luz, el famoso muñeco. Pensé 
que podría recogerlo. Como si hubiese hecho un ademán, Antonio me dijo: 
-No te muevas. 

Recordé aquel día en que al acomodar los cuartos, en la semana de carna- 
val, descubrí, para mal de mis pecados, arrumbado sobre el armario de An- 
tonio, ese muñeco hecho de estopa, con grandes ojos azules, de un mate- 
rial blando, como de género, con dos círculos oscuros en el centro, imitando 
las pupilas. Vestido de gaucho hubiera servido de adorno en nuestro dormi- 



torio. Riendo se lo mostré a Antonio, que me lo quitó de las manos con fas- 
tidio. 

-Es un recuerdo de infancia -me dijo-. No me gusta que toques mis cosas. 
-¿Qué mal hay en tocar un muñeco con el cual jugabas en tu infancia? Co- 
nozco niños que juegan con muñecos ¿acaso te da vergüenza? ¿No eres un 
hombre ya? -le dije. 

-No tengo que dar ninguna explicación. Lo mejor será que te calles. 
Antonio, malhumorado, colocó el muñeco de nuevo sobre el armario y no 
me dirigió la palabra durante varios días. Pero volvimos a abrazarnos como 
en nuestros mejores tiempos. 

Pasé la mano por mi frente húmeda. ¿Se me habrían deshecho los rulos? 
No había ningún espejo en el cuarto, por suerte, pues no hubiera resistido 
la tentación de mirarme en lugar de mirar los canarios que me parecían tan 
tontos. 

A menudo Antonio se encerraba en el cuarto del fondo y advertí que dejaba 
abierta la puerta de la pajarera para que entrara por la ventana alguno de 
los pajaritos. Llevada por la curiosidad, una tarde lo espié, subida sobre una 
silla, pues la ventana quedaba muy alta (lo que naturalmente no me permi- 
tía mirar hacia adentro del cuarto cuando yo pasaba por el patio). 
Miraba el torso desnudo de Antonio. ¿Era mi marido o una estatua? Acusaba 
a Ruperto de loco, pero él era más loco tal vez. iCuánto dinero había gasta- 
do en la compra de canarios, en vez de comprarme una máquina de lavar! 
Un día pude entrever el muñeco acostado en la cama. Un enjambre de pa- 
jaritos lo rodeaba. El cuarto se había transformado en una especie de labo- 
ratorio. En un recipiente de barro había un montón de hojas, de tallos, de 
cortezas oscuras; en otro, unas flechitas hechas con espinas; en otro, un lí- 
quido brillante castaño. Me pareció que yo había visto esos objetos en sue- 
ños y para salir de mi perplejidad conté la escena a Cleóbula, que me res- 
pondió: 

-Así son los indios: usan flechas con curare. 

No le pregunté lo que quería decir curare. Ni sabía si me lo decía con des- 
dén o con admiración. 

-Se dedican a las brujerías. Tu marido es un indio -y al ver mi asombro, in- 
terrogó-: ¿No lo sabes? 

Sacudí la cabeza con fastidio. Mi marido era mi marido. No había pensado 
que pudiera pertenecer a otra raza ni a otro mundo que el mío. 
-¿Cómo lo sabes? -interrogué con vehemencia. 

-¿No has mirado sus ojos, sus pómulos salientes? ¿No adviertes lo ladino 
que es? Mandarín, la misma María Callas, son más francos que él. Esa re- 
serva, esa manera de no contestar cuando se le pregunta algo, ese modo 
que tiene de tratar a las mujeres, ¿no bastan para demostrarte que es un 
indio? Mi madre está enterada de todo. Lo sacaron de un campamento 



cuando tenía cinco años. Tal vez eso fue lo que te gustó en él: ese nnisterio 
que lo distingue de los otros hombres. 

Antonio traspiraba y el sudor hacía brillar su torso. ITan buen mozo y per- 
diendo el tiempo! Si me hubiera casado con Juan Leston, el abogado, o con 
Roberto Cuentas, el tenedor de libros, no hubiera padecido tanto, segura- 
mente. Pero ¿qué mujer sensible se casa por interés? Dicen que hay hom- 
bres que amaestran pulgas, ¿de qué sirve? ° 

Perdí la confianza en Cleóbula. Sin duda decía que mi marido era indio para 
afligirme o para hacerme perder la confianza en él; pero al hojear un libro 
de historia donde había láminas con campamentos de indios, e indios a ca- 
ballo, con boleadoras, encontré una similitud entre Antonio y esos hombres 
desnudos, con plumas. Advertí simultáneamente que lo que me había atraí- 
do en Antonio era tal vez la diferencia que había entre él y mis hermanos y 
los amigos de mis hermanos, el color bronceado de la piel, los ojos rasga- 
dos y ese aire ladino que Cleóbula mencionaba con perverso deleite. 
-¿Y la prueba? -interrogué. 

Antonio no me respondió. Fijamente miraba los canarios que volvieron a re- 
volotear. Mandarín se apartó de sus compañeros y permaneció solo en la 
penumbra modulando un canto parecido al de las calandrias. 
Mi soledad comenzó a crecer. A nadie comunicaba mis inquietudes. 
Para Semana Santa, por segunda vez, Antonio insistió en que Ruperto se 
quedara de huésped en nuestra casa. Llovía como suele llover para Semana 
Santa. Fuimos con Cleóbula a la iglesia para hacer el Viacrucis. 
-¿Cómo está el indio? -me preguntó Cleóbula, con insolencia. 
-¿Quién? 

-El indio, tu marido -me respondió-. En el pueblo todo el mundo lo llama 
así. 

-Me gustan los indios, aunque mi marido no lo fuera, me seguirían gustando 
-le respondí, tratando de seguir mis oraciones. 

Antonio estaba en actitud de oración. ¿Había rezado alguna vez? Para el día 
de nuestro casamiento mi madre le pidió que comulgara; Antonio no quiso 
complacerla. 

Mientras tanto la amistad de Antonio con Ruperto se estrechaba. Una suerte 
de camaradería, de la que yo estaba en cierto modo excluida, los vinculaba 
de una manera que me pareció veraz. En aquellos días Antonio hizo gala de 
sus poderes. Para entretenerse, mandó mensajes a Ruperto, hasta su casa, 
con los canarios. Decían que jugaban al truco por medio de ellos, pues una 
vez intercambiaron algunos naipes españoles. ¿Se burlaban de mí? Me fas- 
tidió el juego de esos dos hombres grandes y resolví no tomarlos en serio. 
¿Tuve que admitir que la amistad es más importante que el amor? Nada 
había desunido a Antonio y a Ruperto, en cambio Antonio, injustamente en 
cierto modo, se había alejado de mí. Sufrí en mi orgullo de mujer. Ruperto 



siguió mirándome. Todo aquel drama ¿sólo había sido una farsa? ¿Añoraba 
el drama conyugal, ese martirio al que me habían abocado los celos de un 
marido enloquecido durante tantos días? 
Seguíamos amándonos, a pesar de todo. 

En un circo Antonio podía ganar dinero con sus pruebas, ¿por qué no? La 
María Callas inclinó la cabecita para un lado, luego para el otro, y se posó 
en el respaldo de una silla. 

Una mañana como si me anunciara el incendio de la casa, Antonio entró en 
mi cuarto y me dijo: 

-Ruperto está muriendo. Me mandaron llamar. Salgo para verlo. 

Esperé a Antonio hasta mediodía, distraída con los quehaceres domésticos. 

Volvió cuando yo estaba lavándome el pelo. 

-Vamos -me dijo-, Ruperto está en el patio. Lo salvé. 

-¿Cómo? ¿Fue una broma? 

-Ninguna. Lo salvé, con la respiración artificial. 

Apresuradamente, sin comprender nada, recogí mi pelo, me vestí, salí al 
patio. Ruperto, inmóvil, de pie junto a la puerta miraba ya sin ver las baldo- 
sas del patio. Antonio le arrimó una silla para que se sentara. 
Antonio no me miraba, miraba al techo como conteniendo la respiración. De 
improviso Mandarín voló junto a Antonio y le clavó una de las flechas en un 
brazo. Aplaudí: pensé que debía hacerlo para contentar a Antonio. Era sin 
embargo una prueba absurda. iPor qué no utilizaba su ingenio para sanar a 
Ruperto! 

Aquel día fatal Ruperto al sentarse se cubrió la cara con las manos. 
iCómo había cambiado! Miré su cara inanimada, fría, sus manos oscuras. 
¡Cuándo me dejarían sola! Tenía que hacerme los rulos con el pelo mojado. 
Interrogué a Ruperto disimulando mi fastidio: 
-¿Qué ha sucedido? 

Un largo silencio que hacía resaltar el canto de los pájaros tembló en el sol. 
Ruperto respondió por fin: 

-Soñé que los canarios picoteaban mis brazos, mi cuello, mi pecho; que no 
podía cerrar mis párpados para proteger mi ojos. Soñé que mis brazos y 
que mis piernas pesaban como sacos de arena. Mis manos no podían es- 
pantar esos picos monstruosos que picoteaban mis pupilas. Dormía sin 
dormir, como si hubiera ingerido un narcótico. Cuando desperté de ese 
sueño, que no era sueño, vi la oscuridad: sin embargo oí cantar los pájaros 
y oí los ruidos habituales de la mañana. Haciendo un gran esfuerzo llamé a 
mi hermana, que acudió. Con voz que no era mía, le dije: "Tienes que lla- 
mar a Antonio para que me salve". "¿De qué?" interrogó mi hermana. No 
pude articular otra palabra. Mi hermana salió corriendo, y acompañada de 
Antonio volvió media hora después. IMedia hora que me pareció un siglo! 
Lentamente, a medida que Antonio movía mi brazos recuperé la fuerza pero 



no la vista. 

-Voy a hacerles una confesión -murmuró Antonio, y agregó, lentamente-, 
pero sin palabras. 

Favorita siguió a Mandarín y clavó una flechita en el cuello de Antonio, Ma- 
ría Callas sobrevoló un momento sobre su pecho donde le clavó otra flechi- 
ta. Los ojos de Antonio, fijos en el techo cambiaron, se hubiera dicho, de 
color. ¿Antonio era un indio? ¿Un indio tiene los ojos azules? De algún modo 
sus ojos se parecieron a los de Ruperto. 
-¿Qué significa todo esto? -musité. 

-¿Qué está haciendo? -dijo Ruperto, que no comprendía nada. 
Antonio no respondió. Inmóvil como una estatua recibía las flechas de as- 
pecto inofensivo que los canarios le clavaban. Me acerqué a la cama y lo za- 
randeé. 

-Contéstame -le dije-. Contéstame. ¿Qué significa todo esto? 
No me respondió. Llorando lo abracé, echándome sobre su cuerpo; olvidan- 
do todo pudor lo besé en la boca como sólo podría hacerlo una estrella de 
cine. Un enjambre de canarios revoloteó sobre mi cabeza. 
Aquella mañana Antonio miraba a Ruperto con horror. Ahora yo comprendía 
que Antonio era doblemente culpable: para que nadie descubriera su cri- 
men, me había dicho y lo había dicho después a todo el mundo: 
-Ruperto se ha vuelto loco. Cree que está ciego, pero ve como cualquiera 
de nosotros. 

Como la luz se había alejado de los ojos de Ruperto el amor se alejó de 
nuestra casa. Se hubiera dicho que aquellas miradas eran indispensables 
para nuestro amor. Las reuniones en el patio carecían de animación. Anto- 
nio cayó en una tenebrosa tristeza. Me explicaba: 

-Peor que la muerte es la locura de un amigo. Ruperto ve pero cree que es- 
tá ciego. 

Pensé con despecho, tal vez con celos, que la amistad en la vida de un 
hombre era más importante que el amor. 

Cuando dejé de besar a Antonio y aparté mi cara de la suya, advertí que los 
canarios estaban a punto de picotear sus ojos. Le tapé la cara con mi cara y 
con mi cabellera que es espesa como un manto. Ordené a Ruperto que ce- 
rrara la puerta y las ventanas para que el cuarto quedara en completa oscu- 
ridad, esperando que los canarios se durmieran. Me dolían las piernas. ¿El 
tiempo que habré quedado en esa postura? No lo sé. Lentamente compren- 
dí la confesión de Antonio. Fue una confesión que me unió a él con frenesí, 
con el frenesí de la desdicha. Comprendí el dolor que él habría soportado 
para sacrificar y estar dispuesto a sacrificar tan ingeniosamente, con esa 
dosis tan infinitesimal de curare y con esos monstruos alados que obede- 
cían sus caprichosas órdenes como enfermeros, los ojos de Ruperto, su 
amigo, y los de él, para que no pudieran mirarme, pobrecitos, nunca más. 



El fantasma 



Mi alma: 

Sirvientas distinguidas, señoras ricas, prostitutas de buena familia, adoles- 
centes que estudian, mujeres de todas las edades, ociosas o que trabajan, 
y algunos hombres, cuando no temen parecer afeminados, tienen por cos- 
tumbre exhibir en el dormitorio, en un marco bonito como si se tratara de 
un novio, un retrato de ellos mismos. Vi a una mendiga sin vivienda, sin ro- 
pa (salvo la que tenía puesta), sin alimentos (salvo la basura recogida), que 
llevaba en su bolsa vacía un retrato de sí misma, con marco en forma de 
corazón. Hay también mujeres que en algún álbum costoso conservan foto- 
grafías de sí mismas, en distintas edades con distintos trajes y posturas. Si 
pululan en estas fotografías perros, amigos y parientes, es para disimular el 
amor que sienten por sí mismas. El cuerpo parece ajeno a nosotros; nunca 
nuestro como podría ser o darnos la ilusión de ser. Además, los cuerpos in- 
cesantemente cambian, como las personas de quienes nos enamoramos. Se 
transforman en algo peor, o mejor cuando tienen mucha suerte. El enamo- 
rado sigue los rastros originales del ser amado. Narciso se enamoró de Nar- 
ciso: estaba menos solo que yo. Me enamoré de una sustancia volátil y 
siendo tú, mi alma, de calidad parecida, me dirijo a ti para justificar de al- 
gún modo un sentimiento que no comprendo. La única superioridad que 
tiene esta sustancia sobre los seres humanos es que no envejece o que si 
envejece el hecho no se advierte. Cambia, eso sí: parece maternal a veces, 
frivola otras o bien grave, suele llevar faldas, pura vestimenta y pedrerías, 
o bien estar desnuda, puede convertirse en la naturaleza, es árbol y es 
agua, en temperatura maravillosa, en música y en luz. 
Parecería que he desvariado pero ¿quién no habría de hacerlo tratándose de 
una experiencia como ésta? 

Cuando ese perfume a junquillo, a jazmín, a tumbergias, a no sé qué extra- 
vagante flor, me sorprendió de improviso, al abrir la puerta de calle de mi 
casa, pensé que una mujer perfumada, llevando tal vez flores, había entra- 
do. Supe después, por los porteros y por la gente que allí habitaba, que 
semejante mujer no había entrado. 

Cuando el mismo perfume me sorprendió después en mi dormitorio, otro 
día en la oficina en donde trabajo, entre hombres y mujeres con olor a ta- 
baco, comenzó a preocuparme. 

Ráfagas inopinadas entraban por la ventanilla del tren, cuando viajaba, o 
refrescaban súbitamente el aire, cuando cruzaba por la calle, lugares féti- 
dos, tales como mercados, farmacias, queserías o, en verano, esos monto- 
nes de basura, con hálito inmundo, a donde acuden las moscas verdes y los 
perros abandonados. 



No me atreví a confesárselo a nadie. Amar a algo que no tiene rostro ni 
forma alguna es un suplicio que, sospecho, ni siquiera los santos han sopor- 
tado. Jesús está representado en miles de formas: entre los brazos de la 
Virgen, en el pesebre, en los brazos de San Cristóbal, cruzando el mar, sen- 
tado en una sillita con el mundo en la mano, jugando con San Juan o bien 
mostrando su corazón. La Virgen tiene millones de rostros y de vestimen- 
tas. Puede estar con un manto azul, un vestido rojo, puede tener al niño 
entre sus brazos, puede tener un rosario en la mano o una serpiente a los 
pies. Cristo, en formas aún más variadas por las actitudes en que está cla- 
vado en la cruz, por la trenza de la corona, por la edad de la cara, por el 
color de la túnica. 

Mi suplicio es de los peores a que puede estar condenado un hombre. 
A veces aquel perfume quedaba en mis labios como el sabor a sal que el 
mar deja en los labios. A veces quedaba en mi pelo, como el olor a cosmé- 
tico cuando uno sale de la peluquería. A veces quedaba simplemente en un 
dedo o en la solapa de un traje o en un guante usado. Llegó a parecerme 
casi natural. Hoy me parece totalmente natural. 

Cirila, mi novia, no me amaba, pero yo gozaba con ella de todos los incon- 
venientes del amor; esta circunstancia hacía que estuviésemos dispuestos a 
casarnos, creyendo que estábamos enamorados el uno del otro. 
Un día que paseábamos como de costumbre, sacó del bolsillo un pequeño 
frasco de perfume y me pasó el tapón suavemente debajo de la nariz. Me 
estremecí, pero no dije nada. 
-Este perfume -dijo- es de Claudia. 

-¿Quién es Claudia? -pregunté ansiosamente; pensé que había descubierto 
la clave del enigma. 

-No la conocerás nunca -respondió Cirila-, murió hace un año. Este perfume 
lo fabricó ella misma con una mezcla de flores que puso a macerar en al- 
cohol. Tenía el proyecto de poner una perfumería, pues le interesaban las 
cuestiones de perfumes de las destilerías. Estudió química durante algunos 
años. Pero antes de recibirse abandonó la carrera. 
-¿La quieres mucho? -le pregunté, no pudiendo contener mi turbación. 
-Estás temblando -respondió-. ¿Qué te pasa? 
-No sé. He fumado mucho. Contesta lo que te pregunté. 
-A decir verdad, no la quería mucho. 
-¿Por qué? 

-No sé. Me molestaba, tenía celos de todo. 
-¿Y de qué murió? 

-En un accidente. íbamos juntas. Fue horrible. 
-¿Por qué no me lo contaste? 

-INo sé! No puedo pensar en eso: me hace mal. Nos peleamos. Fue nuestra 
última pelea, y su última frase fue: "Me las vas a pagar". 



La gallina de membrillo 



Se llamaba Blanquita Simara, porque no parecía un macho, sino una hem- 
bra. Desde que Manuel Grasín se había instalado en la habitación del fondo 
de la casa, que era como estar en primera fila de platea, Blanquita había 
engordado mucho. Esto era inevitable porque Manuel Grasín, que trabajaba 
en la confitería El Obelisco, una vez por semana le traía en una bolsa las 
sobras: huesos, pasteles rotos, grasa rancia de jamón y pavo, sándwiches 
viejos. Grasín podía disponer de los alimentos para otros fines, cocinarlos 
para hacer pasteles, por ejemplo, o regalarlos a la prima Virginia, que pre- 
paraba con cualquier basurita albóndigas deliciosas, pero prefería dárselos a 
Blanquita Simara, porque lo esperaba con los ojos ardiendo de hambre, en 
el zaguán y, porque, además, Rosaura Pringles con otras atenciones agra- 
decía su generosidad. Si él tenía que comprar camisas, calzoncillos o piya- 
mas, Rosaura se los mandaba hacer en pocos días, a medida y en poplín 
italiano. 

Rosaura Pringles, veinte años atrás, tuvo que soportar una injuria: a ella, 
que se había casado contra viento y marea, su marido la había abandona- 
do; a ella, que había sido la niña mimada de la sociedad, a ella, pobrecita, 
que, después, por culpa de él tuvo que trabajar para ganarse la vida. Ró- 
mulo Pringles, intempestivamente, salió una mañana para no volver. La ha- 
bía dejado en una casa bonita, bien puesta, con un taller de camisas que 
daba mucha ganancia, rodeada de plantas que se llaman corazón de estu- 
diante, lazo de amor, lluvia de fuego. Rosaura jamás pensó que el hombre 
volvería, y cuando la llamó veinte años después por teléfono (soy testigo), 
para preguntarle si vivía siempre en la misma casa, quedó tan asombrada 
que aceptó en el acto su proposición de vivir de nuevo juntos. 
Rómulo Pringles llegó con un cargamento de valijas, con menos pelo, pero 
mayor mandíbula, lo que le confirió un aire feroz que no desagradaba a Ro- 
saura, pero sí a Blanquita Simara, que descubrió en el hombre, así lo sos- 
pecho, pretensiones de animal. 

Hubo que arreglar la casa, pedir a Manuel Grasín que se fuera, cosa que no 
era fácil. "Soy solo y amigo de la tranquilidad" decía Grasín. Fue entonces 
que Rosaura Pringles adquirió ese hábito que formó la parte más importan- 
te de su personalidad y de su encanto. Blanquita Simara empezó a hablar 
por su boca: no sólo expresaba lo que Blanquita hubiera dicho en tal y cual 
circunstancia, sino que remedaba la voz que le atribuía: una voz de acuerdo 
con su idiosincrasia, que era mezcla de niño mimado, de negro de las Anti- 
llas y de viejito provinciano tartamudo. ¿Qué mujer, cuando vale algo, no 
es juguetona? Ella misma decía "Soy Blanquita". 
Manuel Grasín la escuchó primeramente con impaciencia. 



-¿Manuel Grasín, que es tan bueno, no nos dejará el cuarto, para que po- 
damos alojar a papá? Por difícil que sea conseguir alojamiento, Manuel Gra- 
sín lo encontrará y vendrá a visitarnos y a traernos huesitos de la confitería, 
y alguna vez, para mamá una gallinita de membrillo. 

La voz irresistible de Blanquita obró sobre el espíritu y la suerte de Manuel 
Grasín; consiguió una vivienda en otra casa, retiró su cama y su armario, 
para dejar la habitación, que sirvió otrora de escritorio lujoso a Rómulo 
Phngles. 

Rosaura Pringles era hermosa y sabía manejar a sus oficialas: lo único que 
no. pudo inculcarles fue su amor a Blanquita Simara. Le sonreían, es ver- 
dad, la acariciaban, pero con visible repugnancia. Blanquita Simara dejaba 
vómitos en la alfombra, rompía los géneros que encontraba en el suelo 
(jamás comía los alfileres, cosa que hubiera agradado a las oficialas), ori- 
naba en la puerta del taller, si hacía frío. Las oficialas aprovechaban cuando 
la señora salía para llamarlo puerco, darle un puntapié; una llegó a quemar- 
le la oreja con un cigarrillo, acto inhumano, explicable, si se quiere, en mu- 
jeres cansadas o celosas de la dicha de un perro más querido que ellas. Pe- 
ro desde que Rómulo Pringles había vuelto, las oficialas se burlaban de los 
dueños de casa y permitían a Blanquita Simara cualquier locura. 
-La señora, que es tan seria, conversa mucho, y no de géneros, con el due- 
ño de la sedería Sendra; y no de cuestiones jurídicas, con Ernesto Roque, 
buen mozo y atrevido que trabaja en la televisión y conquista a todas las 
mujeres -decían en coro esas lenguas de víbora. 

Yo las oía con mi oído de tísico, cuando aparecía con mi bolsa con golosinas 
en aquel paraíso. 

-Que una dama se perfume tanto no es nada bueno -decía la segunda ofi- 
ciala. 

-Usa pestañas falsas y peluca -decía la primera oficiala. 

-Eso no quiere decir nada -decía la sirvienta, siempre asomada a la puerta. 

-Los afeites desagradan a los hombres. 

-Según a qué hombres. Conocí a uno que exigía que su mujer llevara, hasta 
en la cama, la peluca puesta. Ustedes no me creerán. Aquel pelo, requete- 
bién muerto y postizo, que había sido de otra mujer, lo enardecía -opinaba 
gravemente la primera oficiala. 

-Todas las noches saca a Blanquita Simara a pasear. Le compró un collar de 
cuero verde, que vale más que un sombrero, y una cadenita que es un chi- 
che ¿para qué? Si antes andaba conmigo por la calle sin collar, como un co- 
nejo, la Blanquita Simara. ¿Yo, qué más quiero? Me quedo a descansar. Pe- 
ro el señor ¿qué pensará? -dijo la sirvienta. 
Infamias, pensé, estirando la oreja. 

-El señor merecido lo tiene -dijo la segunda oficiala-. ¿No la plantó durante 
veinte años? Y ella esperándolo, como la santa imagen de la fidelidad. 



-Eso es lo raro. Ahora que el señor ha vuelto, se divierte con otros -dijo la 
sirvienta. 

-Así es la vida. Ahora está tranquila, puede divertirse -decía la primera ofi- 
ciala. 

-Tengo ganas de romperle la peluca; se hace la nena -protestó la segunda 
oficiala-. Los otros días dijo: "Esta oficialita que no traiga su negro hasta la 
puerta porque lo vamos a sacar corriendo de un mordiscón". 
Estaban enfurecidas, porque con el correr de los días Blanquita Simara ad- 
quirió, a mi juicio, una mala costumbre. Hay que ser justos, lo que está mal 
está mal. Intempestivamente la picarona se sentaba en medio del cuarto de 
costura, levantaba el hocico y aullaba: era anuncio de desgracia. Tardamos 
poco tiempo en descubrirlo. Las oficialas se ponían nerviosas. Sabían que 
ese aullido traería a alguna de ellas o a algún habitante de la casa malas 
noticias. Y así fue como Blanquita Simara anunció sucesivamente con su 
aullido la muerte de la tía Paquita, el accidente de la rusita Sonia, que no 
volvió al taller, y el asesinato del hermano de Rómulo Pringles. Los aconte- 
cimientos se presentaron de un modo trágico. Aquella noche, Rómulo Prin- 
gles, al oír el aullido de Blanquita, acudió al taller, empuñó un palo y golpeó 
el lomo de Blanquita. Rosaura tomó a su vez un hierro, para golpear a su 
marido, en defensa de Blanquita; en ese preciso momento el novio de una 
de las oficialas entraba en la casa para buscar a su novia, y con verdadera 
indignación recibió el golpe. Yo temía que la vida de Blanquita Simara estu- 
viera en peligro y se lo dije a Rosaura, que respondió, con voz adorable: 
-Tiene siete vidas. Tenemos un Dios aparte. 
Al oír esto, Manuel Grasín se tranquilizó. 

Yo la seguí aquel día. En la plaza, en la paz del anochecer, con la voz de 
Blanquita Simara, Rosaura Pringles hablaba a su enamorado: 
-Vamos a dejarlo solo porque los enamorados molestan con sus atrevimien- 
tos. Este Ernesto Roque es un mentiroso. ¿Acaso le perdonaríamos que diga 
a otras mujeres lo que nos dice a nosotras? 

Nada tan injusto. Ernesto Roque, subyugado por la voz de Blanquita Sima- 
ra, era fiel ahora a una sola mujer: a Rosaura. 
Sacó del bolsillo un revólver y le dijo: 

-Rosaura: vienes a vivir conmigo o te mato aquí mismo y me pego un bala- 
zo. No olvides que soy un hombre y que no se juega con un hombre. 
-¿Y cómo hacemos para decírselo a papá? -dijo Rosaura Pringles, con la voz 
de Blanquita Simara-. ¿Y para deshacer el taller, echar a las oficialas tan 
buenitas, que nos dan de comer? ¿Y cómo hacemos para sacar la ropa, los 
muebles, los chiches, la batería de cocina nueva? ¿No vamos a vivir como 
gitanos? ¿Dónde? ¿En una habitación sin cuarto de baño? ¿En un tugurio 
del centro, sin calefacción y sin agua caliente, comiendo fritangas frías y 
papas fritas en aceite de algodón, que es un veneno para los estómagos? 



No, señor. Somos románticas, pero nos gusta vivir con las comodidades 
modernas. Ya ve usted que tenemos en nuestra casita todas las máquinas, 
desde la licuadora hasta el televisor. Nos gusta vivir bien, entre adornos 
bonitos, perros de porcelana y ¿para qué ocultarlo?, somos gastadoras. Es 
raro que andemos por las calles del centro sin comprar algo. Las comidas 
más caras son las que nos gustan: langostinos, blanquito de pavita, pastel 
de almendras, faisán a la turca, dátiles y marrón glacé, caviar, que es difícil 
de conseguir. 

¿De dónde conocía esos platos? Un furor seco oprimió la garganta de Ernes- 
to Roque. Recordé con orgullo mi generosidad. 

-Nos gusta pasear -siguió diciendo la voz de Blanquita Simara-, y tener au- 
tomóvil. ¡Y los perfumes! Aceptamos sólo perfumes franceses, de los más 
finos. lY jabones! Jabones ingleses de glicerina, para la sarna, que también 
son caros, como los cepillos. 

Todas estas palabras dichas con voz de niña, conmovieron a Ernesto Roque. 
-Estoy decidido -dijo subyugado el infeliz. Empuñó el revólver con una 
mano, y con la otra oprimió el brazo de Rosaura. 

-Yo también estoy decidida -respondió Rosaura, aterrada, con su propia 
voz, por primera vez, para asustar al hombre-. Me iré contigo. IQué me im- 
portan mi casa y sus comodidades! Tendría que ser frivola para rehusar tu 
proposición. Llevaré á Blanquita conmigo. No te opondrás a ello. Tu amor es 
lo más importante que hay en mi vida, lo único auténtico. Hasta ahora mi 
existencia no tenía significado; mecánicamente yo cumplía con mis obliga- 
ciones, sin alegría. El día era idéntico a la noche, y la noche al día; la diver- 
sión al tedio y el tedio a la diversión; el amor al odio y el odio al amor. Si 
usaba peluca, era para esconder mi cabellera, que es más hermosa; si usa- 
ba pestañas falsas, era para ocultar la curva irresistible de mis pestañas; si 
usaba senos postizos, era para proteger los míos de las manos que podrían 
acariciarlos. Ahora, porque puedo ser yo misma, frente al revólver, prueba 
irrefutable de tu amor, prometo abandonar todo para seguirte. 
Rosaura Pringles, que miraba fijamente la luz de un farol mientras hablaba, 
bajó la vista y vio que el amenazante revólver y la mano amorosa que 
oprimía su brazo habían desaparecido. Ernesto Roque no estaba a su lado. 
Rosaura se alisó la peluca, se anudó la bufanda, con un leve temblor, y no 
sabiendo si estaba muerta o viva, musitó a Blanquita Simara: 
-Si no vuelve tu mamá a casa le comerán toda la sopita y van a dejarla sin 
postre. 

La voz divina de Blanquita Simara resonó en sus labios con la misma gracia 
de siempre; Rosaura se encaminó a su casa llevando consigo ese Sésamo 
ábrete de los corazones, que le permitiría gozar aún del amor. En la mesa 
del comedor estaba esperando la gallinita de membrillo, obsequio de Ma- 
nuel Grasín. 



Celestina 



Era la persona más importante de la casa. Manejaba la cocina y las llaves 
de las alacenas. Era necesario complacerla. 

Para que fuera feliz, había que darle malas noticias: esas noticias eran tóni- 
cos para su cuerpo, deleites para su espíritu. 

-Celestina, hoy, mientras daba a luz, murió de un ataque al corazón la se- 
ñora Celina Romero, aquella mujer simpática y bondadosa, a quien convidó 
usted con carbonada y niños envueltos. Nadie se ocupará del hijo, que tiene 
dos cabezas y una sola oreja. 
-¿Y en todo lo demás el niño es normal? 

-No. Tiene el talón del pie colocado adelante, los dedos en el talón, además 
de las pestañas dentro de los párpados. Hablan de hacerle una operación. 
-iQué pavada operar a un recién nacido! 

Celestina se incorporaba en la silla, como en el agua una flor marchita, y 
revivía. 

-Celestina, hay terremotos en Chile; maremotos también. Ciudades enteras 

han desaparecido. Los ríos se transforman en montañas, las montañas en 

ríos. Se desbordan, se vienen abajo. Predicen el fin del mundo. 

Celestina sonreía misteriosamente. Ella que era tan pálida, se sonrojaba un 

poco. 

-¿Cuántos muertos? -preguntaba. 

-Todavía no se sabe. Muchos han desaparecido 

-¿Podría mostrarme el diario? 

Le mostrábamos el diario, con las fotografías de los desastres. Las guarda- 
ba sobre su corazón. 
-IQué broma! -respondía. 

-Celestina, la criminalidad infantil aumenta. Ayer, mientras el señor Ismael 
Rébora, que usted conoce, dormía, con la dosis habitual de somnífero, su 
nieto, Amílcar, de ocho años de edad, con el cuchillo que utilizaba para sa- 
car punta a los lápices y a las cañas de bambú, le infirió varias heridas mor- 
tales. El señor Ismael Rébora tuvo tiempo de encender la luz para ver como 
le asestaban la cuarta puñalada y comprobar que el autor del hecho, no só- 
lo era un niño, sino su nieto, amargura que para él duró la fracción de un 
segundo, pero no para su familia, que ocultó el asesinato con éxito, y que 
tiene que convivir ahora con un pequeño criminal que asesinará con el 
tiempo al resto de la familia. 
-A lo mejor -respondía Celestina. 

Durante horas fue amable, bondadosa, alegre, casi bonita; tarareaba una 
canción española, que expresaba claramente su regocijo. 
Celestina podía vivir en carne propia las malas noticias. 



-Esta casa está incendiándose -le dijeron un día-. Los bomberos ya están al 
pie del edificio, tratando de apagar el incendio. No, no es una broma. De los 
grifos, en vez de agua, salen llamas. No podemos salvarnos, porque la es- 
calera que da al pasillo de la puerta de calle está ardiendo y la de servicio 
está obstruida por los tirantes de madera que cayeron. De cada ventana se 
asoma el fuego, con sus ojos de anguila eléctrica. 

Celestina, reconfortada con la mala noticia, se salvó del incendio sin una 
quemadura. Los otros inquilinos de la casa murieron o se salvaron con 
quemaduras de tercer grado. 

A veces, por increíble que parezca, no hay malas noticias en los diarios. Es 
difícil, pero sucede. Entonces, hay que inventar crímenes, asaltos, muertes 
sobrenaturales, pestes, movimientos sísmicos, naufragios, accidentes de 
aviación o de tren, pero estas invenciones no satisfacen a Celestina. Mira 
con cara incrédula a su interlocutor. 

Y llegó un día en que tuvimos sólo buenas noticias, y la imposibilidad de in- 
ventar malas noticias. 

-¿Qué hacemos? -preguntaron Adela, Gertrudis y Ana. 

-¿Buenas noticias? No hay que dárselas -dije, pues me había encariñado 

con Celestina. 

-Algunas poquitas no le harán daño -dijeron. 

-Por pocas que sean, le harán daño -protesté-. Es capaz de cualquier cosa. 
Nos secreteábamos en las puertas. lAquel último accidente, horrible, que yo 
le había anunciado, la dejó tan contenta! Fui personalmente a ver el tren 
descarrilado, a revisar los vagones en busca de un mechón de pelo, de un 
brazo mutilado para describírselo. 

Como si hubiera presentido que estábamos preparándole una emboscada, 
nos llamó. 

-¿Qué hacen? ¿Qué están completando, niñas? 
-Tenemos una buena noticia -dijo Adela, cruelmente. 

Celestina palideció, pero creyó que se trataba de una broma. El sillón de 

mimbre donde estaba sentada, crujió debajo de su falda oscura. 

-No te creo -dijo-. Sólo hay malas noticias en este mundo. 

-Pues, no, Celestina. Los diarios están llenos de buenas noticias -dijo Ana, 

con los ojos brillantes-. De acuerdo con las estadísticas, se han podido 

combatir eficazmente las peores enfermedades. 

-Son cuentos -musitó Celestina-. ¿Y tú, con esa carita triste, qué noticia me 
traes? -me dijo débilmente, con una última esperanza. 
-Los crímenes han disminuido notablemente -exclamó Adela. 
-En cuanto a la leucemia, es una historia antigua -musitó Gertrudis. 
-Y yo gané a la lotería -dijo Ana diabólicamente, sacando un billete del bol- 
sillo. 

Esas voces agrias, anunciando noticias alegres, no auguraban nada bueno. 



Celestina cayó muerta. 



Icera 

Cuando vio Icera en el escaparate de aquella enorme juguetería del Bazar 
Colón el juego de muebles para muñecas lo codició. No lo quiso para las 
muñecas (no tenía ninguna) sino para ella misma, pues deseaba dormir en 
esa exigua cama de madera, con molduras que formaban guirnaldas, cestos 
de flores, mirarse en el espejo del armario, que tenía diminutos cajoncitos, 
puerta con cerradura y llave, sentarse en la sillita con el asiento de esterilla 
y los barrotes torneados, frente a la mesa de vestir, en cuyo mármol había 
una palangana y una jarra, con un jaboncito de yapa, y un peine, que servi- 
ría para peinar las cabelleras más rebeldes. 

El jefe de la sección muñecas, Darío Cuerda, tomó simpatía a la niña. 

-Es tan feúcha -solía decir para disculparse ante los otros empleados de las 

atenciones que le prodigaba. 

Icera consideraba las muñecas como rivales; no las aceptaba ni de regalo; 
sólo quería ocupar el lugar que ellas ocupaban; como era testaruda, se 
mantuvo firme en sus gustos. Esta particularidad de su carácter, a más de 
su estatura, que era muy por debajo de la normal, llamaba la atención. La 
niña iba siempre con su madre a mirar, porque eran pobres, y no a comprar 
juguetes. El jefe de la sección muñecas, Darío Cuerda, permitía que Icera 
se acostara en la diminuta cama, se mirara en el diminuto espejo del arma- 
rio y se sentara en la silla, frente a la mesa de vestir, para peinarse el pelo, 
como lo hacía una señora que vivía frente a su casa. 

Nadie regalaba juguetes a Icera, pero Darío Cuerda, para el día de Navidad, 
le regaló un vestido, un sombrerito, guantes y zapatitos de muñecas, ave- 
riados, que se vendían como saldos. Icera, delirando de felicidad, salió a 
pasear con las prendas puestas. Todavía las conserva. 
Con sus visitas, la niña creaba complicaciones a Cuerda, pues si le daba a 
elegir algún regalo, la niña siempre elegía el de más precio. 
-Este Cuerda, tan generoso -decían sus compañeros de trabajo a los clien- 
tes que frecuentaban la casa. 

La fama de generoso le costaba algunos pesos. A la niña le agradaban los 
juguetes prácticos: máquinas de coser, de lavar, un piano de cola, una caja 
de costura con todos los implementos y ese baúl con un ajuar, que costa- 
ban una fortuna. Darío Cuerda le dio una guitarra y un rastrillo; luego, co- 
mo los juguetes baratos no abundaban, optó por regalarle jaboncitos, per- 
chitas, peinecitos que dejaban satisfecha a la niña, porque le eran de algu- 
na utilidad. 

-Los niños crecen -decía la madre de Icera con sincera tristeza-. IQué ma- 
dre no deplora secretamente el crecimiento de su hija, aunque la quiera 



más alta y más robusta que las demás! La madre de Icera era como todas 
las madres, un poco más pobre y más apasionada, tal vez. 
-Un día, este vestidito no te servirá -proseguía, enseñándole el vestidito de 
la muñeca. 

-iQué pena! Yo también fui chiquita, y aquí me ve. 

Icera miraba a su madre que era desconsoladamente alta. Los niños cre- 
cían, era cierto. Pocas cosas en el mundo eran tan ciertas. Ferdinando lle- 
vaba pantalón largo. Próspera no encontraba zapatos a su medida, Marina 
no se trepaba a los árboles porque todos eran pequeños para su altura de 
jirafa. Una angustia diminuta carcomió por unos días el corazón de Icera, 
pero se le antojó que una frase que repetiría incesantemente dentro de sí 
misma "no debo crecer, no debo crecer", detendría su ilusorio crecimiento. 
Además, si diariamente se calzaba los zapatitos, si se ponía el vestido, los 
guantes y el sombrero de muñeca, forzosamente siempre seguiría siendo 
del mismo tamaño. Su fe obró un milagro. Icera no creció. 
Cayó enferma y durante cuatro semanas no pudo vestirse. Cuando se le- 
vantó medía diez centímetros más. Sintió una gran pena, como si ese au- 
mento de centímetros hubiera sido una pérdida. Y lo fue en verdad. No sólo 
pararse sobre la mesa le fue prohibido; el baño en la palangana de lavar la 
ropa no volvió a repetirse, el vino bebido en el dedal de la madre se sus- 
pendió; ni las uvas que le dieron, ni los macachines que juntaba en el cam- 
po ocuparon tanto lugar en el hueco de su mano. El vestido, los guantes y 
los zapatos ya no le servían. El sombrero le quedaba en la punta de la ca- 
beza. Fácil le sería a cualquiera imaginar el disgusto que sentía la niña si 
recuerda el disgusto que él mismo siente cuando engorda, cuando el pie o 
la cabeza se hinchan, cuando los dedos de los guantes se arrugan como 
salchichas crudas. Pero se encuentra solución a un problema, a fuerza de 
buscarla: el vestido le sirvió de blusa; los guantes, reformándolos, de mito- 
nes; los zapatos, recortando los talones, de chinelas. 

Icera vivió feliz, de nuevo, hasta que un mal intencionado le recordó su in- 
fortunio. 

-iCómo has crecido! -le dijo el malhadado vecino. 

Para demostrar que no era cierto, Icera trató de esconderse de bajo del he- 
lecho del patio, pero la descubrieron en el acto tres otros malhadados veci- 
nos, para seguir hablando de su estatura anormal. 

Icera acudió a la juguetería, que era su bálsamo de lágrimas. Con el cora- 
zón henchido de amargura, se detuvo en la puerta. En el escaparate, aquel 
día, se exhibían sólo muñecas. ILas detestadas muñecas, con ese olor rígido 
a pelo y a vestido nuevo que tienen, brillaban sobre el vidrio entre los refle- 
jados admiradores que pasan a toda hora por la calle Florida! Algunas esta- 
ban vestidas de primera comunión, otras de esquiadores, otras de Caperu- 
cita Roja, otras de colegiala; una sola, de novia. La muñeca vestida de no- 



Via era un poco diferente de la que estaba vestida de primera connunión: 

llevaba un ramito de azahares en la mano y estaba metida adentro de una 

caja de cartón celeste, cuyos bordes tenían un festón de encaje, de papel, 

como lo tienen las cajas de bombones. Icera, olvidando su natural timidez, 

entró en la juguetería en busca de Darío Cuerda. Preguntó por él a otros 

dependientes de la casa, pues no lo encontró en su puesto habitual. 

-¿El señor Darío Cuerda? (La tan callada Icera olvidaba su timidez.) ¿No 

podría llamarlo? -dijo a uno de los dependientes más temidos. 

-Aquí está -dijo el cajero, señalando a un viejito que parecía Darío Cuerda 

disfrazado de viejito. 

Darío Cuerda estaba tan cubierto de arrugas que Icera no lo reconoció. En 
cambio él, en su vaga memoria, la recordó a ella por su estatura. 
-Su mamita venía a mirar los juguetes. iCómo le gustaban los juegos de 
dormitorio y las maquinitas de coser! -dijo con deferencia Darío Cuerda, 
adelantándose con maternal dulzura. Advirtió que la niña tenía bigotes, 
barba y dentadura postizas. 

-Estas criaturas modernas -exclamó- son como adultos para los odontólo- 
gos. 

IQué arrugados estamos todos! pensó Darío Cuerda. Luego imaginó que to- 
do aquello era un sueño, nacido de su cansancio. ITantas caras viejas, tan- 
tas caras nuevas, tantos juguetes elegidos, tantas boletas de venta escritas 
sobre papel carbónico, mientras el cliente se impacienta! ITantos niños que 
se hacen los viejos y viejos que se hacen los niños! 
-Tengo que decirle un secreto -dijo Icera. 

Para que la boca de Icera llegara a alcanzar la oreja larguísima de Darío 
Cuerda, fue menester subir a la niña al mostrador. 
-Soy Icera -susurró Icera. 

-¿También te llamas Icera? Es natural. Los hijos se llaman como los padres 
-dijo el jefe de la sección muñecas pensando me obsesiona la vejez: hasta 
los niños parecen viejos. (Aprovechando pronunciar mal las palabras mien- 
tras pensaba.) 

-Señor Cuerda, quisiera que me regale la caja donde está la muñeca vesti- 
da de novia -susurró Icera, haciéndole intolerables cosquillas en la oreja. 
Nunca Icera había dicho una frase tan larga ni tan bien pronunciada. Aque- 
lla caja aseguraría según sus convicciones la dicha del porvenir. Conseguirla 
era cuestión de vida o muerte. 

-Todo se hereda -exclamó Cuerda-, especialmente los gustos. Existe poca 
diferencia entre esta niña y su madre. Ésta habla mejor pero parece una 
viejita -agregó, dirigiéndose a la que creía ser la abuela de Icera, que era 
como un fantasma. 

Icera pensó que al introducirse en esa caja no seguiría creciendo, pero 
también pensó que se vengaba un poco de todas las muñecas del mundo. 



quitándole a la más importante esa caja con puntilla de papel. 
Darío Cuerda, maltratando su cansancio, pues no era poco trabajo retirar 
cualquier objeto del escaparate, desanudó las cintas que ataban la muñeca 
al cartón, y regaló a Icera la caja. 

Fue en ese momento cuando un inesperado fotógrafo pasó con sus herra- 
mientas de trabajo: al ver gente agolpada en el Bazar Colón, se enteró de 
que Icera, a quien buscaba desde hacia tiempo, estaba en la juguetería. El 
fotógrafo pidió permiso para sacar una fotografía, mientras Icera se acomo- 
daba adentro de la caja y Cuerda le ataba cintas. Hincó una rodilla, blandió 
la cámara, se alejó, volvió a acercarse como un verdadero muñeco. Tal vez 
esa escena formaba parte de la propaganda de la casa, pensó Cuerda con 
orgullo y, mientras sonreía, olvidó sus arrugas y las de la niñita, deslum- 
hrado por la luz de relámpago que los iluminó. 

El fotógrafo, que era un cronista del diario, por fórmula pues conocía nom- 
bre, domicilio, edad, vida y milagros de la niña, comenzó a tomar notas 
consultando a la viejita que acompañaba a Icera. 
-¿Cuándo cumplió cuarenta años su hija? -preguntó. 
-El mes pasado -respondió la madre de Icera. 

Entonces Darío Cuerda advirtió que todo lo que ocurría no era obra de su 
cansancio. Habían transcurrido treinta y cinco años desde la anterior visita 
de Icera al Bazar Colón y pensó, acaso confusamente (porque en verdad 
estaba cansadísimo), que Icera no había crecido más de diez centímetros 
en ese ínterin por estar destinada a dormir noches futuras en aquella caja, 
que impediría su crecimiento en el pasado. 

El crimen perfecto 

Gilberta Pax quería vivir tranquila. Cuando me enamoré de ella, yo creía lo 
contrario y le ofrecí todo lo que un hombre de mi posición puede ofrecer a 
una mujer para que se viniera a vivir conmigo, ya que no podíamos casar- 
nos. Durante uno o dos años nos vimos en lugares incómodos y caros. Pri- 
mero en automóviles, después en cafés, después en cines de mala repu- 
tación, después en hoteles un poco sucios. Cuando no le rogué sino exigí 
que viviera conmigo, me respondió: 
-INo puedo! 

-¿Por qué? -interrogué-. ¿Por tu marido? 
-Por el cocinero -susurró, y salió corriendo. 
Con ira, al día siguiente, le pedí una explicación. Me la dio. 
-No conoces mi casa, parece un hotel -me dijo-. Cinco personas viven en 
ella; a más de mi marido, mi tío, una de sus hermanas y sus dos hijos. To- 
do lo quieren perfecto, especialmente la comida; pero Tomás Mangorsino, 
el cocinero -desde hace ocho años está en la casa- se burlaba de nosotros. 



Aunque la presentación de cada plato fuera muy decorativa, cada día coci- 
naba peor. Con el pelo oliendo a grasa, porque nne olvidaba de cubrirlo con 
un pañuelo, yo pasaba la nnañana pidiéndole que cocinara como en sus 
buenos tiempos. Mangorsino me miraba con cierta compasión, pero jamás 
me obedecía. Una mañana que lo visité con una salida de baño rosada y 
con una gorra de material plástico verde, de esas con las cuales uno podría 
ir a un baile, me miró con tanta insistencia, que le pregunté: 
-¿Qué le sucede, Mangorsino? 

-¿Qué me sucede? Que la señora está tan linda esta mañana que no se re- 
conoce. 

Fue entonces cuando me vino la idea de sacrificarme por mi deber de ama 
de casa, y seducirlo. Como si él lo hubiera adivinado, cambió de conducta, 
pero sólo para mí. Mandaba postres de merengue, con formas alusivas a su 
amor, en porciones para una sola persona. Cuando me hablaba, en la ento- 
nación de su voz yo adivinaba la reprimida ternura. 
-Va a hacer unos tallarines con una masa liviana. 
-La voy a amasar muy bien -me decía, mirándome en los ojos. O si no: 
-¿Y la empanada que me gusta? 
-La doraré. Sé que le agrada. 
-Y para el té ¿qué hará? 
-Besitos de Venus. 

Todo lo decía comiéndome con sus ojos de lobo. 

Accedí a sus requerimientos, pero las cosas no cambiaron mucho. Me man- 
daba un plato para mí, con la prohibición de comer lo que rellenaba la fuen- 
te, la parte de los otros, más barata y menos fresca. La sirvienta me susu- 
rraba, al colocar el plato sobre la mesa, frente a mi asiento: 
-Esto es para la señora, que está un poco delicada del estómago. 
La situación se prolongó angustiosamente. Mientras el resto de la familia se 
retorcía de dolor de barriga, yo comía manjares suculentos, que si no hu- 
bieran puesto en peligro mi esbeltez, me hubieran deleitado. 
-Mi marido quiere comer hongos (yo los odio, no los como ni por un pastel) 
y pavita, mis hijos -le dije un día. Casi me estrangula. 
-Son muy caros -respondió. 

Simultáneamente los malentendidos comenzaron a traer disturbios en nues- 
tra relación. Mientras afila los cuchillos mira mi cuello con insistencia. Yo le 
tengo miedo ¿por qué negarlo? Cuando retuerce un trapo de rejilla, sé que 
esta retorciendo mi cuello; cuando corta la carne, corta la mía. De noche no 
duermo. Soy esclava de sus caprichos. 

-No te aflijas -dije a Gilberta-. ¿Dónde compra la carne y las verduras? 
-Tengo la dirección en mi libreta -me dijo-. Junín 1000. ¿Piensas matarlo? 
-Algo mejor -le respondí. 

Era pleno invierno y fui al campo a juntar hongos. Los traje en una bolsa. 



Pedí a Gilberta una fotografía de Tomás Mangorsino. 

-¿Para que la quieres? -preguntó. 

-Yo también tengo capriclios -respondí, y me la trajo. 

Para llevar a cabo mi plan, tenía que saber cómo era Mangorsino. Después 
de averiguar a qué horas iba al mercado, me aposté en la esquina donde 
sabía que pasaba a las siete de la mañana. Un hombre pasó con un impe- 
cable traje gris y una bufanda marrón. Consulté la fotografía: era Mangor- 
sino. 

-Hongos regalados -grité, con voz de mercachifle-, fresquitos. 
Mangorsino se detuvo, miró mis guantes. No quiero dejar mis impresiones 
digitales, por precaución. 
-¿Cuánto valen? 

-Cinco pesos -dije con pronunciación extranjera. 
-Démelos -dijo, sacando plata de un bolsillo interminable. 
Al día siguiente, en el diario de la tarde, leí la noticia. Murió una familia en- 
tera, envenenada por hongos comprados en la calle por el cocinero Mangor- 
sino. La única sobreviviente es la señora Gilberta Pax. 
Acudí a la casa, donde Gilberta me esperaba. Nada le dije de lo que yo ha- 
bía hecho. Un crimen tan complicado y sutil no se confía al ser que uno más 
ama en el mundo, ni a la almohada. 

Me contó que la familia indignada y moribunda no perdió la cabeza: al sen- 
tir los primeros síntomas de envenenamiento había corrido con tenedores a 
la cocina para obligar por la fuerza a Mangorsino a comer los hongos vene- 
nosos, por lo que el pobre también murió. Mi crimen fue pasional y lo que 
es más raro, perfecto. 

El lazo 

Era anciana, había que respetarla por su edad; era distinguida, de facciones 
regulares, había que admirar la belleza que había conservado; comía mu- 
cho, había que alabar la lozanía de su salud; se interesaba por la vida de 
los otros, sabía vida y milagros de todas las personas que apenas conocía, 
había que creer en su alma caritativa; era rica, había que servirla y aprove- 
char de las ventajas de su situación económica; era trabajadora, había que 
reconocer las virtudes de su espíritu, ya que no obligada por la necesidad 
trabajaba. Se llamaba Valentina Shelder. 

En este relato, porque soy honesta, resaltarán mis defectos y las virtudes 
de Valentina Shelder. Todo esto forma parte del vasto plan agresivo de Va- 
lentina Shelder. Haber aniquilado, también, la parte simpática o generosa 
de mi ser, haberme transformado en un monstruo, y haberse ella salvado 
ante la opinión pública, que en suma era lo único que le preocupaba, de- 
pendía de su habilidad. Tardé en advertir sus intenciones, porque era astuta 



y disimulaba todos sus sentimientos. Parecía feliz, sobre todo cuando ha- 
blaba de temas indecentes, escatológicos o crueles. Conocía la biografía de 
todas las personas que frecuentaban el dispensario donde trabajábamos, 
las casas vecinas con sus porteros, la plaza a donde íbamos a tomar sol a 
veces, las tiendas donde comprábamos nuestra ropa de trabajo, el té y el 
café. 

Cuando Valentina acababa de contar una historia de adulterio o de amor li- 
bertino, que terminaba mal, su risa estridente llenaba la sala. Me odiaba; su 
odio por mí era sólo comparable a mi odio por ella. Odio que se alimentaba 
de reyertas diarias, de palabras groseras, de miradas penetrantes como cu- 
chillos que nos hendían el alma. 

Los días de atmósfera limpia, cuando se aproximaba un aguacero, en el 
dispensario se oían los rugidos de las fieras del Jardín Zoológico. No sé por 
qué me serenaba oírlas. Tal vez pensaba en lo que yo hubiera hecho con 
Valentina Shelder si yo hubiera sido una fiera suelta o si por algún milagro 
Valentina Shelder se hubiera encontrado encerrada conmigo en una jaula. 
Valentina Shelder gozaba de un rudimentario placer: inspirar me sentimien- 
tos criminales que contrariaban mis ideas religiosas; por eso, adivinando el 
motivo inquietante de mi serenidad, también ella sonreía cuando rugían las 
fieras. 

Ella sabía que se acercaba el día de su venganza: era la parte primordial de 
nuestra vida, y el resto una puerilidad. 

Si ahora tuviera que enumerar los pormenores de nuestras peleas, tal vez 
no podría. Muchos versaban sobre remedios, muchos sobre alimentos, mu- 
chos sobre animales domésticos, insecticidas, y vestimentas adecuadas al 
tiempo y a las edades, muchos al modo de clavar la aguja de inyecciones 
(si directamente con la aguja o con el émbolo ajustado a la aguja); muchos 
sobre higiene mental y moral. A veces me quedaba ronca sin haberle ha- 
blado, a fuerza de gritar mentalmente, otras veces quedaba con un brazo 
lastimado por los golpes imaginarios que yo le asestaba en medio de una 
discusión acalorada. Yo me desfiguraba. Ella naturalmente envejecía con 
esa falsa distinción que la caracterizaba. 

Cada nuevo insulto que yo le propinaba proyectaba en ella una luz que res- 
plandecía en su semblante. 

-Lengua larga. Muía. Yegua. Cretina. Degenerada. Infeliz -no despreciaba 
ninguna palabra vulgar para lanzársela a la cara, como una piedra-. Ella re- 
cibía todo con sonrisas. Luego, para vituperarme, para calumniarme, el ve- 
neno de los chismes como el rocío caía de sus labios. A veces, ante cual- 
quiera que la escuchara despotricar contra mí, parecía una enamorada. Pa- 
ra aguzar mi deseo de venganza, ella no desdeñaba ninguna traición. Ante 
quien quisiera oírla me acusaba de inmoralidad, de perversión, de latroci- 
nio, de mendacidad, de crueldad. Si, por orden médica, yo abrigaba a un 



enfermo, ella lo desabrigaba aunque lo matara. Si yo le daba jugos de fru- 
tas, decía que eran un veneno. Si yo hablaba a un moribundo, tratando de 
reconfortarlo con palabras de esperanza, decía que eso le subía la fiebre. 
Los médicos la escuchaban y llegaron, sin decírmelo abiertamente, a mi- 
rarme con desconfianza. 

Yo sola era el blanco de su agresividad, y esto sucedía casi todo el tiempo; 
se colocaba en lugares estratégicos, por ejemplo en el borde de una venta- 
na sin baranda, que daba al patio interior del establecimiento, o subida so- 
bre una escalera de mano, alta y enclenque, para cambiar la bombilla de 
una araña o dando la espalda a un calentador Primus, a punto de estallar, o 
trepada a una mesa frágil, que apenas la sostenía, para acomodar una cor- 
tina de lona, que pesaba un quintal. De un empujón yo hubiera podido en 
un instante ultimarla o dejarla tullida para el resto de su existencia. 
Le gustaban los espectáculos crueles, le gustaba mi cara de espanto. 
Un día salimos solas a comprar ropa blanca para el personal del dispensa- 
rio. A corta distancia de la tienda vimos un automóvil deshecho, que había 
chocado contra una pared. Valentina quiso mirarlo de cerca. Tuve que 
acompañarla. Abrió la puerta del automóvil, buscó manchas de sangre. 
Cuando las encontró quedó satisfecha. Otro día quiso ver el departamento 
donde una pareja de amantes había muerto asfixiada por un escape de gas 
del calefón. Para verlo, pedimos permiso al portero, que nos creyó locas. 
Como un guía, nos mostró el lugar, contándonos la historia macabra. 
El médico, Samuel Sical, el jefe de nuestra sala, nos apreciaba tanto a una 
como a otra, pero Valentina Shelder no lo admitía. 

Samuel Sical cuidaba a sus enfermos con ejemplar devoción. Los ausculta- 
ba con minuciosidad. Salvó vidas, pero en una oportunidad no tuvo suerte. 
El enfermo, que no tenía una enfermedad del otro mundo, se quejaba por 
demás. Samuel Sical pensó que estaba grave y un día lo auscultó más mi- 
nuciosamente que de costumbre. Anunció a sus colegas, que rodeaban la 
cama, que el enfermo estaba fuera de peligro. El hombre parecía restable- 
cido porque no se quejaba; pero estaba muerto. 

Samuel Sical, desprestigiado desde aquel día, parecía un alma en pena. Por 
él nos peleamos con Valentina Shelder. Acabábamos de tomar el desayuno. 
Los instrumentos de cirugía estaban cerca. El bisturí brillaba cuando me dijo 
que yo defendía a Samuel Sical, porque era mi amante. Agregó, "Por mirar- 
te, dejó morir al enfermo". Tomé el bisturí, al oír su risa estridente, y me 
abalancé sobre ella, apuntando a su cuello. Cayó y mientras corría la san- 
gre, que salpicaba mi delantal, su risa persistía. Muerta, su voz furiosamen- 
te alegre continuaba resonando por las salas y corredores del dispensario. 
Amor 



Durante el principio de la travesía fuimos felices. Era nuestro viaje de bo- 



das, íbamos a Estados Unidos, mi marido para completar sus estudios y yo 
los míos, pues conseguí una beca. 

Continuamente gozábamos del espectáculo del mar, de la música, de los 
juegos, de los alimentos, del dolce far niente a bordo. El aire marítimo, que 
vuelve exuberantes a los hombres, también los enamora. Siempre lo he di- 
cho. Bajo su influjo adoramos, odiamos, desesperamos, gozamos más que 
bajo el influjo de cualquier droga. Eran tal vez nuestras primeras vacacio- 
nes, pues desde muy jóvenes habíamos vivido siempre sometidos a las fa- 
milias de nuestros padres y a trabajos que nos esclavizaban. 
Por las mañanas, a las ocho, cuando no nos levantábamos para ver la salida 
del sol, estábamos ya en la cubierta haciendo ejercicios. Tomábamos, a las 
once, el caldo, que servían con sándwiches. El resto de la mañana, hasta la 
hora del almuerzo, nos echábamos al sol, casi desnudos. Por la tarde estu- 
diábamos y algunos días tomábamos asueto leyendo libros o jugando a los 
naipes con algunos de los pasajeros. Teníamos la impresión de estar co- 
miendo, durmiendo, haciendo el amor, o esperando hacerlo, todo el día. 
Nos amábamos profundamente, con esa nueva dicha que consistía en ale- 
jarnos del mundo rodeados de gente que no conocíamos o que apenas co- 
nocíamos. 

Entre los pasajeros ¿valdrá la pena nombrar a Isaura Díaz que leía las lí- 
neas de las manos; a Roberto Crin, prestidigitador; a Luis Amaral, brasile- 
ño, cazador y millonario, a John Edwards, médico que en un momento dado 
me salvó la vida y a la niña Cirila Fray, a quien yo cuidaba durante una o 
dos horas de la tarde, para ayudar a la madre, que estaba anémica? 
Roberto Crin me fascinaba, con sus pruebas de prestidigitación y conversa- 
ba un poquito conmigo cuando subíamos las escaleras o cuando nos cruzá- 
bamos por la cubierta. A mi marido no le gustaba. No me lo decía, pero yo 
lo advertía por su modo de fruncir el ceño o de arrugar la frente. ¿Acaso él 
no conversaba con todas las mujeres de a bordo, en cuanto tenía una opor- 
tunidad? Con Luis Amaral, yo no me atrevía a hablar, porque me miraba 
demasiado, con sus ojos oscuros y despiadados. En cuanto intentaba ha- 
blarme, yo miraba para otro lado, haciéndome la distraída. Al enigmático 
John Edwards, que me salvó la vida y con quien por ese motivo tuve algún 
trato, mi marido apenas le hablaba. La vida, que había sido tan agradable 
en los primeros días, para mí se volvió atroz. Para distraerme un poco me 
ocupé de Cirila, que tenía cinco años y que pasaba la tarde en la sala de 
gimnasia de niños, donde había un caballo de madera, un sube y baja, co- 
lumpios y otros juegos que uno encuentra en las plazas. Durante el mo- 
mento que estaba con ella me olvidaba un poco de la abrumante tarea que 
es para una mujer tratar de evitar los celos de un marido desconfiado. 
Nuestro viaje no parecía un viaje de luna de miel. Una amargura semejante 
a la que había visto entre otros matrimonios casados desde hacía ya tiem- 



po, destruía nuestra avenencia. No nos queríamos menos por ello. Durante 
el día nos reconciliábamos cinco o seis veces; esas reconciliaciones eran 
efusivas. No lo culpo a él más de lo que me culpo por ese estado de cosas. 
Soy vengativa, desde mi infancia lo fui: en cuanto lo veía conversar con al- 
guna mujer que no fuera demasiado vieja, yo buscaba algún hombre a 
quien dar conversación, para que mi marido supiera lo que era el senti- 
miento que yo más detestaba: los celos. 

No fue sino después de quince días de a bordo que me decidí a hablar con 
Luis Amaral. Un marido que ama a su mujer advierte cuando ésta se siente 
atraída por otro hombre: algo en la voz, algo en la mirada, algo en el com- 
portamiento, la delata. Mi marido habría notado esta atracción, pues se tor- 
nó hosco y malhumorado conmigo, sin dejar de ser amable con las otras 
mujeres. 

Un día, Luis Amaral con el pretexto de mostrarme las escopetas con las 
cuales cazaba en el Amazonas, me hizo pasar a su camarote. Yo no hubiera 
debido aceptar. No me invitaba como a otros pasajeros de a bordo; su ma- 
nera de mirarme, su voz, me perturbaban. Para vengarme de las infidelida- 
des, tal vez inexistentes, de mi marido, yo me sentía capaz de hacer cual- 
quier cosa. No me hice rogar demasiado. Entré en el camarote de Luis Ama- 
ral como quien se suicida. Cuando me encontré a solas frente a él me sentí 
avergonzada. Él lo tomó de otro modo. Quiso abrazarme. Naturalmente lo 
rehuí. Él había cerrado la puerta con llave: quise abrirla. Grité. 
Después de ese episodio Luis Amaral me miró de un modo insolente. No 
perdonaba mi indiferencia, porque se creía irresistible. 
Mi marido, con el pretexto de averiguar su destino, hablaba con Isaura 
Díaz, de noche cuando yo me desvestía para dormir. Varias veces los vi en 
la cubierta juntos: ella teniéndole la mano y diciéndole cosas que él nunca 
me contaba. Isaura Díaz era una mujer ya madura. Sus ojos negros irradia- 
ban una luz extraña. Me parecía que ningún hombre podía enamorarse de 
ella, primeramente por su edad, luego por su falta de belleza. Pero a medi- 
da que la observé, descubrí en ella un encanto y una fuerza que me inquie- 
taron. Pensé que mi marido se sentía atraído por ella y ese interés que de- 
mostraba por saber algo del futuro no era sino el interés que siente un 
hombre frente a una mujer. Roberto Crin trataba de distraerme con sus 
pruebas de prestidigitación. Tal vez adivinaba mi angustia. Yo con él me 
sentía alegre, alegre como una niña, porque siempre me fascinó ese juego 
de hacer aparecer y desaparecer objetos. 

Mi marido no podía creer en mi inocencia, ni yo en la de él. Un barco es un 
mundo, y en ese mundo empezábamos a vivir nuestro amor de una manera 
equivocada. No sé si los pasajeros oían nuestras peleas. A veces íbamos 
hasta la proa y el viento traía bocanadas de sal a nuestros labios mientras 
discutíamos. A veces íbamos hasta la popa y ahí, con la cabeza agachada 



mirábamos el surco azul que dejaba el barco y los peces voladores, que sal- 
taban mientras nos destrozábamos el alma. A veces, cuando todos los pa- 
sajeros se habían ido a dormir, permanecíamos en la cubierta, como dos 
espectros, odiándonos. 

Los motivos de nuestras disputas no nos enfurecían de acuerdo a la grave- 
dad del caso. A veces bastaba un pañuelo que hubiera caído, un movimien- 
to de una mano, un buenos días que se hubiera dicho, la palidez de las me- 
jillas o una contemplación demasiado prolongada frente al espejo, para que 
la ira desbordara. Un demonio se había apoderado de nuestras almas. A ve- 
ces pienso que Dios intentó salvarnos de ese demonio infligiéndonos un 
castigo mayor. 

Estábamos, aquel día, acodados a la borda. Hacía frío. Nos habíamos puesto 
nuestros abrigos más gruesos, es cierto, pero no sentíamos el frío en nues- 
tras caras, ni en nuestras manos descubiertas. Peleábamos, no sé por qué. 
Todos los motivos de nuestras peleas los recuerdo, salvo ese que parecía la 
conjunción de todos los otros. Era la hora en que el mar, cuando hace frío, 
se pone de un gris de acero. El sol blanco se parecía menos al sol que a la 
luna. Yo contemplaba el cielo, el mar, como en un sueño. De repente el 
barco tembló, se tumbó hacia la izquierda. Seguimos peleando. Se oyó la 
sirena. Los pasajeros del barco corrían, recogiendo alegremente trozos de 
hielo que habían caído dentro de la cubierta, y los lanzaban al aire. Segui- 
mos peleando. El barco se ladeaba hacia la izquierda. Un oficial vino a de- 
cirnos que el barco había chocado con un témpano de hielo. Estaba hun- 
diéndose. Le dimos las gracias. Seguimos peleando. De vez en cuando, un 
leve movimiento, con una serie de crujidos, ladeaba el barco. Veíamos la 
vajilla del comedor de primera clase caer una tras otra; la mesita con rue- 
das, cubierta de fiambres y postres, golpearse contra las paredes, empuja- 
da por manos invisibles. La gente se agrupaba en los rincones, como ani- 
males que temieran el granizo. Ya habían bajado los botes de salvataje. Nos 
peleábamos. ¿Tuvimos deseos de salvarnos? Un oficial vino a buscarme. Le 
dije que quería quedarme con mi marido, si en los botes no había sitio para 
él. Seguimos peleando. Una avalancha de gente se nos vino encima cuando 
abrieron las puertas de comunicación de la segunda clase y de la tercera. El 
amargo gusto del mar tan parecido a las lágrimas, entró en mi boca. Me 
desvanecí. No sé quién nos salvo, pero sea quien fuere, no se lo perdono, 
pues le debo haber quedado en este mundo de peleas, en lugar de haber 
perecido en un espléndido naufragio, abrazada a mi marido. 

El pecado mortal 

Los símbolos de la pureza y del misticismo son a veces más afrodisíacos 
que las fotografías o que los cuentos pornográficos, por eso ioh sacrilega! 



los días próximos a tu primera comunión, con la promesa del vestido blan- 
co, lleno de entredoses, de los guantes de hilo y del rosario de perlitas, fue- 
ron tal vez los verdaderamente impuros de tu vida. Dios me lo perdone, 
pues fui en cierto modo tu cómplice y tu esclava. 

Con una flor roja llamada plumerito, que traías del campo los domingos, 
con el libro de misa de tapas blancas (un cáliz estampado en el centro de la 
primera página y listas de pecados en otra), conociste en aquel tiempo el 
placer -diré- del amor, por no mencionarlo con su nombre técnico; tampoco 
tú podrías darle un nombre técnico, pues ni siquiera sabías dónde colocarlo 
en la lista de pecados que tan aplicadamente estudiabas. Ni siquiera en el 
catecismo estaba todo previsto ni aclarado. 

Al ver tu rostro inocente y melancólico, nadie sospechaba que la perversi- 
dad o más bien el vicio te apresaba ya en su tela pegajosa y compleja. 
Cuando alguna amiga llegaba para jugar contigo, le relatabas primero, le 
demostrabas después, la secreta relación que existía entre la flor del plu- 
merito, el libro de misa y tu goce inexplicable. Ninguna amiga lo compren- 
día, ni intentaba participar de él, pero todas fingían lo contrario, para con- 
tentarte, y sembraban en tu corazón esa pánica soledad (mayor que tú) de 
saberte engañada por el prójimo. 

En la enorme casa donde vivías (de cuyas ventanas se divisaba más de una 
iglesia, más de un almacén, el río con barcos, a veces procesiones de tran- 
vías o de victorias de plaza y el reloj de los ingleses), el último piso estaba 
destinado a la pureza y a la esclavitud: a la infancia y a la servidumbre. (A 
ti te parecía que la esclavitud existía también en los otros pisos y la pureza 
en ninguno.) 

Oíste decir en un sermón: "Mas grande es el lujo, más grande es la corrup- 
ción"; quisiste andar descalza, como el niño Jesús, dormir en un lecho ro- 
deada de animales, comer miguitas de pan, recogidas del suelo, como los 
pájaros, pero no te fue dada esa dicha: para consolarte de no andar descal- 
za, te pusieron un vestido de tafetas tornasolado y zapatos de cuero mor- 
deré; para consolarte de no dormir en un lecho de paja, rodeada de anima- 
les, te llevaron al teatro Colón, el teatro más grande del mundo; para con- 
solarte de no comer miguitas recogidas del suelo, te regalaron una caja lu- 
josa con puntilla de papel plateado, llena de bombones que apenas cabían 
en tu boca. 

Rara vez las señoras, con tocados de plumas y de pieles, durante el in- 
vierno se aventuraban por ese último piso de la casa, cuya superioridad 
(indiscutible para ti) las atraía en verano, con vestidos ligeros y anteojos de 
larga vista, en busca de una azotea, de donde mirar aeroplanos, un eclipse, 
o simplemente la aparición de Venus; acariciaban tu cabeza al pasar, y ex- 
clamaban con voz de falsete: "¡Qué lindo pelo!" "iPero qué lindo pelo!" 
Contiguo al cuarto de juguetes, que era a la vez el cuarto de estudio, esta- 



ban las letrinas de los hombres, letrinas que nunca viste sino de lejos, a 
través de la puerta entreabierta. El primer sirviente, Chango, el hombre de 
confianza de la casa, que te había puesto de apodo Muñeca, se demoraba 
más que sus compañeros en el recinto. Lo advertiste porque a menudo cru- 
zabas por el corredor, para ir al cuarto donde planchaban la ropa, lugar 
atrayente para ti. Desde ahí, no sólo se divisaba la entrada vergonzosa: se 
oía el ruido intestinal de las cañerías que bajaban a los innumerables dormi- 
torios y salas de la casa, donde había vitrinas, un altarcito con vírgenes, y 
una puesta de sol en un cielo raso. 

En el ascensor cuando la niñera te llevaba al cuarto de juguetes, repetidas 
veces viste a Chango que entraba en el recinto vedado, con mirada ladina, 
el cigarrillo entre los bigotes, pero más veces aún lo viste solo, enajenado, 
deslumhrado, en distintos lugares de la casa, de pie arrimándose incesan- 
temente a la punta de cualquier mesa, lujosa o modesta (salvo a la de 
mármol de la cocina, o a la de hierro con lirios de bronce del patio). "¿Qué 
hará Chango, que no viene?" Se oían voces agudas, llamándolo. Él tardaba 
en separarse del mueble. Después, cuando acudía, naturalmente nadie re- 
cordaba para qué lo llamaban. 

Tú lo espiabas, pero él también terminó por espiarte: lo descubriste el día 
en que desapareció de tu pupitre la flor de plumerito, que adornó más tarde 
el ojal de su chaqueta de lustrina. 

Pocas veces las mujeres de la casa te dejaban sola, pero cuando había fies- 
tas o muertes (se parecían mucho) te encomendaban a Chango. Fiestas y 
muertes consolidaron esta costumbre, que al parecer agradaba a tus pa- 
dres. "Chango es serio. Chango es bueno. Mejor que una niñera" decían en 
coro. "Es claro, se entretiene con ella" agregaban. Pero yo sé que una len- 
gua de víbora, de las que nunca faltan, dijo: "Un hombre es un hombre, pe- 
ro nada les importa a los señores, con tal de hacer economías". " IQué in- 
justicia!", musitaban las ruidosas tías. "Los padres de la niñita son genero- 
sos; tan generosos que pagan un sueldo de institutriz a Chango." 
Alguien murió, no recuerdo quién. Subía por el hueco del ascensor ese apa- 
sionado olor a flores, que gasta el aire y las desacredita. La muerte, con 
numerosos aparatos, llenaba los pisos bajos, subía y bajaba por los ascen- 
sores, con cruces, cofres, coronas, palmas y atriles. En el piso alto, bajo la 
vigilancia de Chango, comías chocolates que él te regaló, jugabas con el pi- 
zarrón, con el almacén, con el tren y con la casa de muñecas. Fugaz como 
el sueño de un relámpago, te visitó tu madre y preguntó a Chango si hacía 
falta invitar a alguna niñita para jugar contigo. Chango contestó que no 
convenía, porque entre las dos harían bulla. Un color violeta pasó por sus 
mejillas. Tu madre te dio un beso y partió; sonreía, mostrando sus precio- 
sos dientes, feliz por un instante de verte juiciosa, en compañía de Chango. 
Aquel día la cara de Chango estaba más borrosa que de costumbre: en la 



calle no lo hubiéramos conocido ni tú ni yo, aunque tantas veces me lo des- 
cribiste. De soslayo lo espiabas: él, habitualmente tan erguido, arqueándo- 
se como signos de paréntesis; ahora se arrimaba a la punta de la mesa y te 
miraba. Vigilaba de vez en cuando los movimientos del ascensor, que deja- 
ba ver a través de la armazón de hierro negro, el paso de cables como ser- 
pientes. Jugabas con resignada inquietud. Presentías que algo insólito había 
sucedido o iba a suceder en la casa. Como un perro, husmeabas el horrible 
olor de las flores. La puerta estaba abierta: era tan alta, que su abertura 
equivalía a la de tres puertas de un edificio actual, pero eso no facilitaría tu 
huida; además, no tenías la menor intención de huir. Un ratón o una rana 
no huyen de la serpiente que los quiere, no huyen animales más grandes. 
Chango, arrastrando los pies, se alejó de la mesa por fin, se inclinó sobre la 
balaustrada de la escalera para mirar hacia abajo. Una voz de mujer, agu- 
da, fría, retumbó desde el sótano: 
-¿La Muñeca se porta bien? 

El eco, seductor cuando le decías algo, repitió sin encanto la frase. 

-Muy bien -respondió Chango, que oyó resonar sus palabras en los fondos 

oscuros del sótano. 

-A las cinco le llevaré la leche. La respuesta de Chango: 
-No hace falta: se la prepararé yo-, se mezcló con un -gracias- femenino, 
que se perdió en los mosaicos de los pisos bajos. Chango volvió a entrar en 
el cuarto y te ordenó: 

-Mirarás por la cerradura, cuando yo esté en el cuartito de al lado. Voy a 
mostrarte algo muy lindo. 

Se agachó junto a la puerta y arrimó el ojo a la cerradura, para enseñarte 
cómo había que hacer. Salió del cuarto y te dejó sola. Seguiste jugando 
como si Dios te mirara, por compromiso, con esa aplicación engañosa que a 
veces ponen en sus juegos los niños. Luego, sin vacilar, te acercaste a la 
puerta. No tuviste que agacharte: la cerradura se encontraba a la altura de 
tus ojos. ¿Qué mujeres degolladas descubrirías? El agujero de la cerradura 
obra como un lente sobre la imagen vista: los mosaicos relumbraron, un 
rincón de la pared blanca se iluminó intensamente. Nada más. Un exiguo 
chinflón hizo volar tu pelo suelto y cerrar tus párpados. Te alejaste de la ce- 
rradura, pero la voz de Chango resonó con imperiosa y dulce obscenidad: 
"Muñeca, mira, mira". Volviste a mirar. Un aliento de animal se filtró por la 
puerta, no era ya el aire de una ventana abierta en el cuarto contiguo. Qué 
pena siento al pensar que lo horrible imita lo hermoso. Como tú y Chango a 
través de esa puerta, Píramo y Tisbe se hablaban amorosamente a través 
de un muro. 

Te alejaste de nuevo de la puerta y reanudaste tus juegos mecánicamente. 
Chango volvió al cuarto y te preguntó: "¿Viste?" Sacudiste la cabeza, y. tu 
pelo lacio giró desesperadamente. "¿Te gustó?" insistió Chango, sabiendo 



que mentías. No contestabas. Arrancaste con un peine la peluca de tu mu- 
ñeca, pero de nuevo Chango estaba arrimado a la punta de la mesa, donde 
tratabas de jugar. Con su mirada turbia recorría los centímetros que te se- 
paraban de él y ya imperceptiblemente se deslizaba a tu encuentro. Te 
echaste al suelo, con la cinta de la muñeca en la mano. No te moviste. Ba- 
ños consecutivos de rubor cubrieron tu rostro, como esos baños de oro que 
cubren las joyas falsas. Recordaste a Chango hurgando en la ropa blanca de 
los roperos de tu madre, cuando reemplazaba en sus tareas a las mujeres 
de la casa. Las venas de sus manos se hincharon, como de tinta azul. En la 
punta de los dedos viste que tenía moretones. Involuntariamente recorriste 
con la mirada los detalles de su chaqueta de lustrina, tan áspera sobre tus 
rodillas. Desde entonces verías para siempre las tragedias de tu vida ador- 
nadas con detalles minuciosos. No te defendiste. Añorabas la pulcra flor del 
plumerito, tu morbosidad incomprendida, pero sentías que aquella arcana 
representación, impuesta por circunstancias imprevisibles, tenía que alcan- 
zar su meta: la imposible violación de tu soledad. Como dos criminales pa- 
ralelos, tú y Chango estaban unidos por objetos distintos, pero solicitados 
para idénticos fines. 

Durante noches de insomnio compusiste mentirosos informes, que servirían 
para confesar tu culpa. Tu primera comunión llegó. No hallaste fórmula pu- 
dorosa ni clara ni concisa de confesarte. Tuviste que comulgar en estado de 
pecado mortal. Estaban en los reclinatorios no sólo tu familia, que era nu- 
merosa, estaban Chango y Camila Figueira, Valeria Ramos, Celina Eyzagui- 
rre y Romagnoli, cura de otra parroquia. Con dolor de parricida, de conde- 
nada a muerte por traición, entraste en la iglesia helada, mordiendo la pun- 
ta de tu libro de misa. Te veo pálida, ya no ruborizada frente al altar mayor, 
con los guantes de hilo puestos y un ramito de flores artificiales, como de 
novia, en tu cintura. Te buscaría por el mundo entero a pie como los misio- 
neros para salvarte si tuvieras la suerte, que no tienes, de ser mi contem- 
poránea. Yo sé que durante mucho tiempo oíste en la oscuridad de tu cuar- 
to, con esa insistencia que el silencio desata en los labios crueles de las fu- 
rias que se dedican a martirizar a los niños, voces inhumanas, unidas a la 
tuya, que decían: es un pecado mortal. Dios mío, es un pecado mortal. 
¿Cómo hiciste para sobrevivir? Sólo un milagro lo explica: el milagro de la 
misericordia. 

Rhadamanthos 

La envidiaba por sus pecados con una envidia que la carcomía, una envidia 
que no la dejaba descansar, y ahora, ahí estaba, muerta. Nada en el mundo 
podría resucitarla. Ahí estaba, muerta como una piedra preciosa, que no su- 
fre, con todos los honores, con todas las ceremonias. ¡Ni siquiera desfigura- 



da! Y si lo hubiera estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un 
encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. Joven, nada le quitaría la 
juventud; tranquila, nada le quitaría la tranquilidad; impura, nada le quita- 
ría su aparente pureza. Las iniciales, sobre el paño negro del coche fúnebre, 
brillaban, y sus retratos ya se repartían entre los amigos de la casa. No ha- 
bía modo de contener las lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho 
años, un marido de treinta y esa corte ridicula de amigos que la admiraban, 
aún más que antes. En los armarios, aquellos vestidos que olían a perfume, 
serían sus delegados. Con ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en 
su memoria. Las santas tienen altares, pero ella, que se había suicidado, 
tendría en cada corazón alguien que suspiraba secretamente por su memo- 
ria. 

Injusticias de la suerte, pensaba Virginia, mientras subía las escaleras. Yo 
que he sufrido tanto, yo que soy pura, yo que tengo a veces cara de muer- 
ta, yo que no tengo miedo de nadie, yo no me he suicidado. Nadie l